Isaac Asimov-El Niño Feo







El niño feo

«Lastborn (The Ugly Little Boy)» (1958)

Edith Fellowes se alisó la bata de trabajo como hacía siempre antes

de abrir la compleja cerradura de la puerta y cruzar la invisible línea

divisoria que separaba el es del no es. Llevaba la libreta y el

bolígrafo, aunque ya no tomaba notas excepto cuando consideraba

absolutamente necesario hacer algún informe.

En esta ocasión llevaba también una maleta. («Juguetes para el

niño», había dicho ella, sonriente, al vigilante, que desde hacía

tiempo había dejado de hacerle preguntas y que le indicó que podía

pasar).

Como siempre, el niño feo supo que ella había entrado y se

acercó corriendo.

—¡Señorita Fellowes! ¡Señorita Fellowes! —gritó con su blanda e

indistinta voz.

—Timmie… —dijo ella, y pasó la mano por el tupido cabello

castaño que cubría la desfigurada cabecita—. ¿Qué ocurre?

—¿Volverá Jerry para jugar otra vez? Siento lo que pasó.

—Eso no importa ahora, Timmie. ¿Por eso llorabas?

El niño bajó los ojos.

—No sólo por eso, señorita Fellowes. He soñado otra vez.

—¿El mismo sueño?

Los labios de la señorita Fellowes se fruncieron. Claro, el

incidente con Jerry había hecho volver el sueño.

El niño asintió. Sus dientes, demasiado grandes, asomaron

cuando intentó sonreír, y los labios de su sobresaliente boca se

estiraron al máximo.

—¿Cuándo seré bastante grande para salir, señorita Fellowes?

—Pronto —dijo ella en voz baja, sintiendo que se le partía el

corazón—. Pronto.

La señorita Fellowes dejó que el niño le tomara la mano y gozó

con el cálido tacto de la gruesa y seca piel de la palma. El niño la

llevó por las tres habitaciones que formaban el conjunto de la

Sección Uno de Estasis; acogedoras, cierto, pero una prisión eterna

para el niño feo durante los siete años (¿eran siete?) que llevaba de

vida.

El niño la condujo a la única ventana, con vistas a un boscoso

fragmento lleno de matorrales del mundo del es (en aquel momento

oculto por la noche), donde una valla e instrucciones pintadas

prohibían a cualquier hombre adentrarse sin permiso.

El niño apretó la nariz contra la ventana.

—¿Afuera, señorita Fellowes?

—Mejores lugares. Lugares más bonitos —dijo tristemente ella,

mientras contemplaba la pobre cara encarcelada perfilada en la

ventana.

La frente del niño se hundía planamente, y su cabello caía en

mechones sobre ella. La nuca sobresalía y parecía un peso excesivo

para la cabeza, de forma que esta se inclinaba hacia delante y

obligaba al cuerpo a adoptar una postura encorvada. Óseos bordes

habían provocado ya un abultamiento en la piel de los ojos. La

ancha boca sobresalía más que la amplia y achatada nariz, y el niño

carecía de barbilla propiamente dicha; sólo tenía una mandíbula de

lisas curvas. Era bajo para su edad, y tenía las piernas cortas,

gruesas y torcidas.

Era un niño terriblemente feo, y Edith Fellowes lo amaba

intensamente.

La cara de la enfermera quedaba fuera de la línea de visión del

niño, por lo que permitió a sus labios el lujo de un temblor.

No lo matarían. Ella haría cualquier cosa para impedirlo.

Cualquier cosa. Abrió la maleta y empezó a sacar la ropa que

contenía.

Edith Fellowes había cruzado por primera vez el umbral de

Estasis, Inc., hacía poco más de tres años. Entonces no tenía la

menor idea sobre el significado de Estasis y la tarea de la sociedad.

Nadie lo sabía entonces, excepto las personas que trabajaban allí.

De hecho, sólo un día después de la llegada de la enfermera se dio

la noticia al mundo.

En aquel entonces, fue simplemente un anuncio de Estasis

solicitando una mujer con conocimientos de fisiología, experiencia en

química clínica y amor a los niños. Edith Fellowes era enfermera en

una sala de maternidad y creía satisfacer dichos requisitos.

Gerald Hoskins, en cuyo escritorio figuraba una placa que

indicaba su título de doctor, se rascó la mejilla con el pulgar y miró

fijamente a la aspirante.

La señorita Fellowes se irguió automáticamente y notó que se le

crispaba el rostro, de nariz levemente asimétrica y cejas una pizca

gruesas.

«Él tampoco es guapo —pensó ella resentida—. Está

engordando, se está quedando calvo y tiene una boca horrible…».

Pero el salario mencionado en el anuncio era mucho más elevado de

lo que la señorita Fellowes esperaba, y por eso se limitó a aguardar.

—Bien, ¿realmente adora a los niños? —dijo Hoskins.

—No lo afirmaría si no fuera cierto.

—¿O simplemente le encantan los niños guapos? ¿Los

encantadores, regordetes, con lindas naricillas y voces de jilguero?

—Los niños son niños, doctor Hoskins —dijo la señorita Fellowes

—, y los que no son guapos son precisamente los que pueden

necesitar más ayuda.

—Entonces supongo que podemos aceptarla…

—¿Pretende decir que me da el empleo ahora mismo?

Él sonrió brevemente, y durante un momento su ancha cara tuvo

un distraído rasgo de encanto.

—Tomo decisiones rápidas —dijo—. Pero de momento la oferta es

provisional. Puedo tomar una decisión igualmente rápida para

dejarla marchar. ¿Está dispuesta a correr el riesgo?

La señorita Fellowes aferró su bolso y calculó con la máxima

rapidez posible. Luego ignoró los cálculos y se dejó llevar por su

impulso.

—De acuerdo.

—Magnífico. Vamos a formar Estasis esta noche y creo que será

mejor que esté allí para empezar de inmediato. Eso será a las ocho

de la noche, y me gustaría que usted estuviera a las siete y media.

—Pero ¿qué…?

—Magnífico. Magnífico. Eso es todo por ahora.

Tras una señal, una risueña secretaria entró y acompañó fuera a

la enfermera.

La señorita Fellowes contempló un instante la cerrada puerta del

doctor Hoskins. ¿Qué era Estasis? ¿Qué relación tenía con los niños

aquel gran edificio de aspecto de granero, con empleados provistos

de placas de identificación, con improvisados pasillos, con un

inconfundible ambiente de ingeniería?

Se preguntó si debía volver por la noche o quedarse en casa y

dar una lección al arrogante individuo. Pero sabía que iba a volver,

aunque sólo fuera por pura frustración. Tenía que averiguar lo de los

niños.

La señorita Fellowes volvió a las siete y media y no tuvo que

anunciarse. Uno tras otro, hombres y mujeres parecían conocerla y

saber su trabajo. Le parecía ir sobre ruedas cuando la llevaron

adentro.

El doctor Hoskins estaba allí, pero se limitó a mirarla con aire

distante.

—Señorita Fellowes… —murmuró.

Ni siquiera le sugirió que tomara asiento, pero ella arrastró

tranquilamente una silla hasta la barandilla y se sentó.

Se hallaban en una galería, contemplando un enorme foso lleno

de instrumentos que parecían un cruce entre el tablero de mandos

de una nave espacial y el teclado de una computadora. A un lado

había separaciones que formaban un piso sin techo, una gigantesca

casa de muñecas cuyas habitaciones podían verse desde arriba.

La señorita Fellowes vio una cocina electrónica y un frigorífico en

una habitación, y un improvisado lavabo en otra. Y el objeto que

distinguió en otra habitación sólo podía ser parte de una cama, de

una cama pequeña.

Hoskins estaba hablando con otro hombre, y ambos, junto con la

señorita Fellowes, eran los únicos ocupantes de la galería. Hoskins

no quiso presentar al desconocido, y la enfermera lo miró

furtivamente. Era delgado, y tenía cierto atractivo como hombre de

edad madura. Tenía un pequeño bigote y penetrantes ojos, al

parecer atareados con todo.

—Ni por un momento fingiré que entiendo todo esto, doctor

Hoskins —estaba diciendo—. Es decir, entiendo tanto como puede

esperarse de un lego, de un lego razonablemente inteligente. Con

todo, si hay algo que entiendo menos, es la cuestión de la

selectividad. Usted sólo puede alcanzar cierta distancia. Eso parece

lógico, las cosas se hacen más vagas al aumentar la distancia, se

requiere más energía… Pero luego me dice que no puede llegar muy

cerca. Esa es la parte enigmática.

—Puedo hacerlo parecer menos paradójico, Deveney, si me

permite utilizar una analogía.

(La señorita Fellowes identificó al desconocido en cuanto oyó su

nombre, y se impresionó aun sin quererlo. Se trataba obviamente de

Candide Deveney, el redactor científico de Telenoticias, que acudía

notoriamente al escenario de cualquier importante avance científico.

La enfermera incluso reconoció la cara de Deveney, ya que la había

visto en la notiplaca cuando se anunció el aterrizaje en Marte… De

modo que el doctor Hoskins debía tener algo importante allí).

—Desde luego, use una analogía —dijo Deveney con aire

pesaroso—, si cree que eso servirá de algo.

—Bien, pues. Es imposible leer un libro con caracteres de

imprenta ordinarios si se lo sostiene a dos metros de los ojos, pero

es posible leerlo a un palmo de distancia. Hasta aquí, cuanto más

cerca mejor. Pero si pone el libro a cinco centímetros de sus ojos,

vuelve a estar perdido. Existe el hecho de la excesiva proximidad,

como ve.

—Hummm —dijo Deveney.

—O considere otro ejemplo. Su hombro derecho está a setenta

centímetros de la punta de su dedo índice, y puede apoyar este

dedo en su hombro derecho. Su codo derecho está sólo a la mitad

de la distancia de la punta de su dedo índice. De acuerdo con la

lógica ordinaria, sería más fácil hacer lo mismo, y sin embargo usted

no puede poner el dedo índice de su mano derecha en el codo del

mismo lado. De nuevo, existe el hecho de la excesiva proximidad.

—¿Puedo usar estas analogías en mi relato? —preguntó Deveney.

—Naturalmente. Me encantaría. He esperado mucho tiempo a

que alguien como usted tenga un relato. Le ofreceré cualquier otra

cosa que desee. Es hora, por fin, de querer que el mundo mire por

encima de nuestro hombro. La gente verá algo.

(A pesar suyo, la señorita Fellowes admiraba la serena certeza

del doctor. Había fuerza allí).

—¿Cuán lejos va a llegar? —dijo Deveney.

—Cuarenta mil años.

La señorita Fellowes contuvo la respiración bruscamente.

¿Años?

Había tensión en el ambiente. Los encargados de los controles

apenas se movían. Un hombre hablaba ante un micrófono con suave

monotonía, pronunciando breves frases que no tenían sentido para

la señorita Fellowes.

Deveney se apoyó en la barandilla de la galería con la mirada

fija.

—¿Veremos algo, doctor Hoskins? —preguntó.

—¿Qué? No. Nada hasta que se complete el trabajo. Detectamos

de forma indirecta, algo parecido al principio del radar, con la

excepción que utilizamos mesones en lugar de radiación. Los

mesones buscan retrocediendo en el tiempo en las condiciones

apropiadas. Algunos se reflejan, y debemos analizar los reflejos.

—Eso parece difícil.

Hoskins sonrió de nuevo brevemente, como siempre.

—Es el producto final de cincuenta años de investigación,

cuarenta de ellos antes de mi entrada en el campo… Sí, es difícil.

El hombre del micrófono alzó una mano.

—Hemos estado fijos en un momento particular de tiempo desde

hace semanas. Hemos roto la conexión, la hemos rehecho tras

calcular nuestros movimientos en el tiempo, nos hemos asegurado

de poder maniobrar el flujo temporal con suficiente precisión. Esto

debe dar resultado ahora.

Pero su frente relucía.

Edith Fellowes notó que se había levantado de la silla y estaba en

la barandilla de la galería, pero no había nada que ver.

—Ahora —dijo en voz baja el hombre del micrófono.

Hubo un lapso de silencio suficiente para respirar una vez y luego

el sonido del chillido de un aterrorizado niño en las habitaciones de

la casa de muñecas. ¡Terror! ¡Penetrante terror!

La cabeza de la señorita Fellowes se volvió en la dirección del

grito. Un niño estaba involucrado. Lo había olvidado.

El puño de Hoskins golpeó la barandilla, y el doctor, con voz

tensa y temblorosa, con voz de triunfo, dijo:

—¡Conseguido!

La señorita Fellowes fue forzada a bajar el corto tramo espiral de

escalera por la dura presión de la palma de Hoskins aplicada a sus

omoplatos. El doctor no le dio explicaciones.

Los hombres de los controles estaban de pie en aquel momento,

sonrientes, fumando, observando a los tres que llegaban a la planta

principal. Un zumbido muy tenue surgía de la casa de muñecas.

—Es totalmente seguro entrar en Estasis —dijo Hoskins a

Deveney—. Lo he hecho mil veces. Se produce una sensación

extraña que dura un momento y no significa nada.

Hoskins cruzó un abierto umbral en muda demostración, y

Deveney, con rígida risa y tras respirar con obvia profundidad, le

siguió:

—¡Señorita Fellowes! ¡Por favor! —dijo Hoskins.

El doctor torció el dedo índice impacientemente.

La señorita Fellowes asintió y entró muy rígida. Fue como si un

escarceo, un hormigueo interno recorriera su cuerpo.

Pero una vez dentro todo pareció normal. Se percibía el olor de la

madera nueva de la casa de muñecas y…, y de…, de tierra.

Se había hecho el silencio, ninguna voz por fin, pero había un

seco arrastrar de pies y, quizá, una mano que rascaba madera…, y

luego un suave gemido.

—¿Dónde está? —preguntó angustiada la señorita Fellowes.

¿Por qué no se preocupaban aquel par de necios?

El niño se hallaba en el dormitorio; o por lo menos, en la

habitación que tenía la cama.

Estaba de pie, desnudo, con el pequeño pecho, manchado de

barro, subiendo y bajando irregularmente. Un montón de tierra y

áspera hierba se extendía en el suelo alrededor de sus descalzos

pies morenos. El olor a tierra procedía de allí, igual que el vestigio de

algo fétido.

Hoskins siguió la aterrorizada mirada de la enfermera.

—Es imposible arrancar limpiamente a un niño del tiempo,

señorita Fellowes —dijo en tono de disgusto—. Hemos tenido que

recoger parte de los alrededores por cuestión de seguridad. ¿O

habría preferido que el niño llegara aquí con una pierna menos, o

con sólo media cabeza?

—¡Por favor! —repuso la señorita Fellowes, abrumada por el asco

—. ¿Vamos a quedarnos con los brazos cruzados? La pobre criatura

está asustada. Y muy sucia.

Tenía mucha razón. El niño tenía manchas de barro incrustado y

grasa, y un arañazo en el muslo, que estaba enrojecido e inflamado.

Cuando Hoskins se aproximó, el niño, que aparentaba tener tres

años, se agachó y retrocedió rápidamente. Alzó el labio superior y

gruñó sibilantemente, igual que un gato. Con rápido gesto, Hoskins

tomó al niño por ambos brazos y lo levantó del suelo, pese a que se

revolvía y chillaba.

—Sosténgalo —dijo la señorita Fellowes—. Lo primero que

necesita es un baño. Hay que limpiarlo. ¿Tiene lo preciso? Si es así,

ordene que lo traigan aquí. Y al principio necesitaré ayuda para

agarrar al niño. Luego, por el amor del cielo, ordene que recojan

toda esta suciedad.

Ella estaba ya dando órdenes, y se la veía a sus anchas. Y puesto

que era una enfermera eficaz, y no una confusa espectadora, la

señorita Fellowes examinó al pequeño con ojo clínico…, y dudó

durante unos instantes de sobresalto. Lo examinó más allá del barro

y los gritos, más allá del agitar de extremidades y el inútil

retorcimiento. Vio al niño propiamente dicho.

Era el niño más feo que había visto nunca. Horriblemente feo

desde la deforme cabeza hasta las torcidas piernas.

La señorita Fellowes lavó al niño con ayuda de tres hombres,

mientras otros iban de un lado a otro intentando limpiar la

habitación. La enfermera actuó en silencio y con una sensación de

atropello, irritada por el continuo desasosiego y los chillidos del

pequeño, y por los indecorosos salpicones de jabonosa agua a que

se veía sometida.

El doctor Hoskins había intuido que el niño no sería guapo, pero

eso no implicaba ni con mucho que la criatura estaría

repulsivamente deformada. Y el hedor del pequeño era tal que el

jabón y el agua sólo lo aliviaban muy poco a poco.

La señorita Fellowes sintió el intenso deseo de echar al niño,

enjabonado como estaba, en brazos del doctor y marcharse. Pero

estaba el orgullo profesional. Ella había aceptado una tarea, al fin y

al cabo… Y estaba la mirada de los ojos del doctor, una fría mirada

que decía: «¿Sólo niños guapos, señorita Fellowes?».

Hoskins se mantenía apartado, observando fríamente a cierta

distancia con un asomo de sonrisa en el semblante. En un momento

dado se fijó en los ojos de la enfermera, y pareció divertirse con la

indignación de la mujer.

La señorita Fellowes decidió que aguardaría un rato antes de

renunciar. Hacerlo al instante sería rebajarse.

Luego, cuando el niño tuvo un soportable tono rosado y olor a

perfumado jabón, la enfermera se sintió mejor a pesar de todo. Los

chillidos se transformaron en gimoteos de agotamiento, y el niño

miró alrededor atentamente; sus ojos se movieron con veloz y

asustado recelo de uno a otro de los ocupantes de la habitación. La

limpieza acentuaba su delgada desnudez, mientras se estremecía de

frío tras el baño.

—¡Traigan una bata para el niño! —dijo vivamente la señorita

Fellowes.

Al momento apareció una bata. Todo parecía preparado y sin

embargo nada estaba disponible a menos que ella diera la orden;

como si deliberadamente dejaran el asunto en sus manos sin

ayudarla, para ponerla a prueba.

El reportero, Deveney, se acercó.

—Yo lo sostendré, señorita —dijo—. Usted sola no podrá

ponérsela.

—Gracias —dijo ella.

Ciertamente hubo una batalla, pero la bata quedó puesta, y

cuando el niño hizo ademán de desgarrarla, la enfermera le dio una

brusca palmada en la mano.

El niño enrojeció, pero no lloró. Miró fijamente a la mujer y los

torcidos dedos de una de sus manos se deslizaron lentamente por la

franela de la prenda, palpando su extrañeza.

La señorita Fellowes, desesperada, pensó: «Bueno, y ahora,

¿qué?».

Todo el mundo parecía estar en animación suspendida,

aguardando la reacción de la enfermera…, incluso el niño feo.

—¿Tienen comida? ¿Leche? —preguntó bruscamente.

La tenían. Trajeron una unidad móvil, y en el compartimiento de

refrigeración había un litro de leche; había también un calentador y

diversos fortificantes en forma de pastillas vitamínicas, jarabe de

cobre, cobalto y hierro, y otras cosas que la enfermera no tenía

tiempo para examinar. Había varios envases de comida infantil que

se auto calentaba.

La señorita Fellowes usó leche, solamente leche para empezar. La

unidad de radiaciones calentó el líquido hasta la temperatura

apropiada en cuestión de segundos y se desconectó, y la enfermera

puso un poco de leche en un plato. Estaba segura del salvajismo del

niño. Él no sabría usar una taza.

La señorita Fellowes bajó la cabeza y dijo al pequeño:

—Bebe. Bebe.

Hizo un gesto como si se llevara el plato a la boca. Los ojos del

niño siguieron el movimiento, pero nada más.

De pronto, la enfermera recurrió a medidas directas. Tomó con

una mano el brazo del niño y metió la otra en la leche. Le mojó los

labios con el líquido, y este cayó goteando por las mejillas y la

contraída barbilla.

Durante un instante el niño lanzó un agudo grito, y acto seguido

su lengua se movió sobre sus mojados labios. La señorita Fellowes

retrocedió.

El niño se acercó al plato, se agachó, miró bruscamente hacia

arriba y hacia atrás, como si esperara ver a un agazapado enemigo,

se agachó de nuevo, y lamió ansiosamente la leche, igual que un

gato. Sorbió el líquido haciendo mucho ruido. No utilizó las manos

para levantar el plato.

La señorita Fellowes dejó que asomara en su rostro parte de la

repugnancia que sentía. No pudo evitarlo.

Deveney captó el detalle, quizá.

—¿Lo sabe la enfermera, doctor Hoskins? —dijo.

—¿El qué? —preguntó la señorita Fellowes.

Deveney dudó, pero Hoskins intervino, de nuevo con su aire de

indiferente diversión en el rostro.

—Bien, infórmela —dijo.

Deveney se volvió hacia la señorita Fellowes.

—Tal vez no lo sospeche, señorita, pero el azar ha querido que

sea la primera mujer civilizada de la historia que cuida a un joven de

Neandertal.

La enfermera volvió la cabeza hacia Hoskins con dominada

ferocidad.

—Debió informarme, doctor.

—¿Por qué? ¿Qué importancia habría tenido?

—Habló de un niño.

—¿No es eso un niño? ¿Alguna vez ha tenido un perrito o un

gatito, señorita Fellowes? ¿Están esos animales más cerca de lo

humano? Si ese niño fuera una cría de chimpancé, ¿le produciría

asco? Usted es enfermera, señorita Fellowes. Su expediente afirma

que estuvo en una sala de maternidad durante tres años. ¿Alguna

vez se negó a cuidar a un bebé deforme?

La señorita Fellowes pensó que estaba quedándose sin

argumentos.

—Podía haberme informado —dijo, con mucha menos decisión.

—¿Y habría rechazado el empleo? Bien, ¿lo rechaza ahora?

Hoskins la observó fríamente, mientras Deveney miraba al otro

lado de la habitación, y el niño de Neandertal, tras acabar la leche y

lamer el plato, contempló a la enfermera con su mojada cara y sus

anhelantes ojazos.

El niño señaló la leche y de repente empezó a emitir una breve

serie de sonidos reiterados; sonidos guturales y complejos

chasquidos de la lengua.

—¡Vaya, habla! —dijo la señorita Fellowes, sorprendida.

—Naturalmente —dijo Hoskins—. El Homo neanderthalensis no

es una especie totalmente distinta, sino más bien una subespecie del

Homo sapiens. ¿Por qué no había de hablar? Probablemente está

pidiendo más leche.

De forma mecánica, la señorita Fellowes buscó la botella de

leche, pero Hoskins la tomó por la muñeca.

—Bien, señorita Fellowes, antes que vayamos más lejos, ¿acepta

el empleo?

La señorita Fellowes se soltó bruscamente, irritada.

—¿No piensa darle de comer si yo no lo hago? Me quedaré con

él…, algún tiempo.

La enfermera echó leche en el plato.

—Vamos a dejarla con el niño, señorita Fellowes —dijo Hoskins—.

Esta es la única entrada de Estasis Número Uno, y está

completamente cerrada y vigilada. Quiero que se entere de los

pormenores de la cerradura, la cual, por supuesto, estará

programada para aceptar sus huellas digitales, como ya lo está para

las mías. En los espacios superiores —prosiguió, alzando los ojos

hacia los inexistentes techos de la casa de muñecas— también hay

vigilancia, y se nos informará en cuanto algo inconveniente suceda

aquí.

—¿Pretende decir que estaré sometida a control visual? —dijo la

señorita Fellowes, indignada.

Pensó de pronto en su propio examen de las habitaciones

interiores desde la galería.

—No, no —repuso seriamente Hoskins—. Se respetará

totalmente su intimidad. La vigilancia se efectuará únicamente

mediante símbolos electrónicos, que sólo una computadora

interpretará. Se quedará con el chico esta noche, señorita Fellowes,

y todas las noches hasta nuevo aviso. Se la relevará durante el día

según el horario que le parezca más conveniente. Le permitiremos

arreglar ese detalle.

La enfermera contempló la casa de muñecas con asombrada

expresión.

—Pero ¿por qué todo esto, doctor Hoskins? ¿Es peligroso el niño?

—Es cuestión de energía, señorita Fellowes. Al niño no se le debe

permitir la salida de estas habitaciones. Nunca. Ni un instante. Por

ningún motivo. Ni para salvarle la vida. Ni siquiera para salvar su

propia vida, señorita Fellowes. ¿Está claro?

La enfermera levantó la barbilla.

—Entiendo las órdenes, doctor Hoskins, y en mi profesión

estamos acostumbradas a poner el deber por delante de la

seguridad personal.

—Perfecto. Si necesita ayuda de alguien, hágalo saber.

Y los dos hombres se fueron.

É

La señorita Fellowes se volvió hacia el niño. Él estaba

observándola, y todavía quedaba leche en el plato. Trabajosamente,

la enfermera trató de enseñarle a levantarlo y llevárselo a los labios.

El pequeño se resistió, pero se dejó tocar sin más gritos.

Los asustados ojos del niño siempre estaban fijos en ella,

vigilantes, atentos al primer movimiento en falso. La enfermera tuvo

que tranquilizarle, se esforzó en mover muy despacio la mano hacia

el pelo del pequeño, dejándole ver cada milímetro del recorrido, para

que viera que no iba a sufrir daño.

Y logró acariciarle el pelo un instante.

—Tendré que enseñarte a usar el cuarto de baño —dijo—. ¿Crees

que podrás aprender?

Habló en voz baja, apaciblemente, sabiendo que él no entendería

las palabras pero confiando en que respondiera al sosiego de su

tono.

El niño inició de nuevo una frase con chasquidos de su lengua.

—¿Me dejas tomarte la mano? —dijo la enfermera.

Tendió la suya y el niño la miró. La señorita Fellowes dejó su

mano extendida y aguardó. La mano del pequeño se deslizó hacia la

suya.

—Eso está bien —dijo ella.

La mano se acercó a dos centímetros y entonces el valor del niño

decayó. Apartó la mano bruscamente.

—Bien —dijo tranquilamente la señorita Fellowes—, lo

intentaremos más tarde. ¿Te gustaría sentarte aquí?

Dio unas palmadas al colchón de la cama.

Las horas transcurrieron con lentitud, y el progreso fue escaso.

La enfermera no obtuvo satisfacción ni con el cuarto de baño ni con

la cama. De hecho, a pesar de dar inconfundibles muestras de

somnolencia, el pequeño se echó al suelo y a continuación, con un

rápido movimiento, se metió debajo de la cama.

La señorita Fellowes se agachó para mirar al niño, y los ojos de

este la observaron relucientes mientras la lengua chasqueaba.

—Muy bien —dijo ella—, si te sientes más seguro ahí, duerme

ahí.

Cerró la puerta del dormitorio y se retiró a la cama que le habían

preparado en la habitación más espaciosa. Tras insistir, habían

puesto un improvisado dosel sobre la cama. La señorita Fellowes

pensó: «Esos estúpidos tendrán que poner un espejo y una cómoda

más grande en esta habitación, y otro cuarto de baño, si esperan

que yo pase las noches aquí».

Le resultó difícil dormir. La señorita Fellowes se esforzó en oír

posibles ruidos en la habitación contigua. El niño no podía escapar,

¿no? Las paredes eran rectas e increíblemente altas, pero…, ¿y si el

pequeño trepaba como un mono? Bien, Hoskins había hablado de la

existencia de dispositivos de observación que vigilaban el techo.

De repente, la enfermera pensó: «¿Es posible que el niño sea

peligroso? ¿Físicamente peligroso?».

No, Hoskins no podía haberse referido a eso. No la habría dejado

sola si…

Trató de reírse de sí misma. Sólo era un niño de tres o cuatro

años. Sin embargo, ella no había conseguido cortarle las uñas. Si la

atacaba con uñas y dientes mientras dormía…

Respiró agudamente. Aquello era ridículo, pero de todas

maneras…

Prestó penosa atención, y esta vez oyó el sonido.

El niño estaba llorando.

No eran chillidos de miedo o de enfado; no eran gritos, no eran

alaridos. El niño estaba llorando en silencio. Era el angustiado sollozo

de un niño que se sentía solo, muy solo.

Por primera vez, la señorita Fellowes pensó con zozobra: «¡Pobre

criatura!».

Naturalmente, era un niño. ¿Qué importaba la forma de su

cabeza? Era un niño que se había quedado huérfano como ningún

otro niño antes que él. No sólo habían desaparecido su madre y su

padre, sino también toda su especie. Arrancado insensiblemente de

su tiempo, era la única criatura de su especie en el mundo. La

última. La única.

La señorita Fellowes sintió que su pena crecía, y al mismo tiempo

se avergonzó de su propia insensibilidad. Tras ceñirse la bata a las

pantorrillas (incongruentemente, pensó: «Mañana tendré que traer

un albornoz»), salió de la cama y entró en la habitación del niño.

—Pequeño —llamó en un susurro—. Pequeño.

Estuvo a punto de meter la mano por debajo de la cama, pero

pensó en un posible mordisco y no lo hizo. Encendió la lamparilla y

movió la cama.

La pobre criatura estaba acurrucada en un rincón, con las rodillas

bajo la barbilla, y miraba a la enfermera con borrosos y desconfiados

ojos.

Con la escasa iluminación, la enfermera no percibió el aspecto

repulsivo del niño.

—Pobre niño —dijo—, pobre niño. —Notó que el pequeño se

ponía rígido mientras le acariciaba el pelo, y que luego se relajaba—.

Pobre niño. ¿Me dejas tomarte?

Se sentó en el suelo cerca del niño y, poco a poco, rítmicamente,

le acarició el cabello, la mejilla, el brazo. En voz baja, la señorita

Fellowes comenzó a entonar una canción lenta y suave.

El niño levantó la cabeza al oírla y contempló su boca en la

penumbra, como si el sonido le maravillara.

La enfermera fue aproximándose mientras el niño la escuchaba.

Poco a poco acercó hacia sí la cabeza del pequeño, hasta que esta

quedó apoyada en su hombro. Le pasó un brazo por debajo de los

muslos y lo alzó hasta su regazo con un movimiento pausado y

suave.

La señorita Fellowes siguió cantando, el mismo verso sencillo una

y otra vez, mientras mecía al pequeño.

El niño dejó de llorar y al cabo de un rato el rítmico zumbido de

su respiración indicó que se había dormido.

Con infinito cuidado, la enfermera empujó la cama hacia la pared

y puso encima al niño. Lo tapó y lo miró. Su cara era tan pacífica y

tan de niño pequeño mientras dormía… Ciertamente, no tenía tanta

importancia que fuera muy feo.

La señorita Fellowes empezó a alejarse de puntillas, pero

después pensó: «¿Y si se despierta?».

Retrocedió, luchó indecisa consigo misma, suspiró y, lentamente,

se metió en la cama con el pequeño.

La cama era demasiado pequeña para ella. Se sentía entorpecida

e incómoda sin el dosel, pero la mano del niño se deslizó hacia la

suya y, sin saber cómo, la enfermera se durmió en esa postura.

Despertó sobresaltada y con el alocado impulso de chillar, que

logró ahogar en un gorjeo. El niño estaba mirándola, con los ojos

muy abiertos. La enfermera tardó un largo momento en recordar

que se había acostado con él; después, poco a poco, sin apartar la

mirada de aquellos ojos, sacó una pierna, tocó el suelo, y luego sacó

la otra.

Lanzó una rápida y recelosa mirada hacia el abierto techo, y

tensó los músculos dispuesta a ponerse en pie.

Pero en ese momento los rechonchos dedos del niño se movieron

y tocaron los labios de la enfermera. El pequeño dijo algo.

La señorita Fellowes retrocedió con el contacto. El niño era

terriblemente feo a la luz del día.

El niño habló otra vez. Abrió la boca e hizo un gesto con la mano,

como si algo brotara de sus labios.

La señorita Fellowes supuso el significado del gesto y dijo

trémulamente:

—¿Quieres que cante?

El niño no dijo nada, sólo miró fijamente la boca de la mujer.

Con voz ligeramente desafinada a causa de la tensión, la señorita

Fellowes inició la misma cancioncilla de la noche anterior y el niño

feo sonrió. Su cuerpo se bamboleó torpe, burdamente, siguiendo el

ritmo de la música, y de su boca brotó un gorgoteo que quizá fuera

un asomo de risa.

La señorita Fellowes suspiró mentalmente. La música posee

encantos que calman al corazón salvaje. Quizá fuera una ayuda…

—Aguarda —dijo la enfermera—. Déjame que me arregle. Sólo

será un momento. Luego te prepararé el desayuno.

Actuó con rapidez, siempre consciente de la falta de techo. El

niño siguió en la cama, contemplando a la mujer cuando estaba a la

vista. Ella le sonreía en esas ocasiones, y agitaba su mano.

Finalmente, el niño agitó también su mano, y a la señorita Fellowes

le encantó el detalle.

—¿Te apetecerían gachas de avena con leche? —dijo ella por fin.

Tardó sólo unos instantes en preparar el desayuno, y luego llamó

por señas al niño. Bien porque entendió el gesto, o bien porque

siguió el aroma (la señorita Fellowes no podía saberlo), el pequeño

salió de la cama.

Trató de enseñarle a usar la cuchara, pero el niño se apartó del

utensilio, asustado. («Hay tiempo de sobra», pensó ella). Insistió en

que él levantara el tazón con las manos. El niño lo hizo con bastante

torpeza e increíble chapucería, pero buena parte del desayuno llegó

a su estómago.

La señorita Fellowes intentó darle la leche en un vaso en esta

ocasión, y el pequeño gimió al descubrir que la pequeñez del

agujero le impedía meter la cara de modo conveniente. La

enfermera le tomó la mano y se la puso en torno al vaso, le obligó a

inclinarlo un poco y le empujó los labios hacia el borde.

De nuevo un desastre, pero el niño aprovechó casi todo el

líquido, y la señorita Fellowes ya estaba acostumbrada a los

desastres.

Para sorpresa y alivio de la enfermera, el cuarto de baño fue un

problema menos frustrante. El niño entendió lo que se esperaba de

él.

—Buen chico. Chico listo —dijo ella, y reparó en que estaba

dándole palmaditas en la cabeza.

Y con sumo placer por parte de la señorita Fellowes, el niño

sonrió.

Ella pensó: «Cuando sonríe, es un niño bastante soportable».

Ese mismo día, más tarde, llegaron los caballeros de la prensa.

La enfermera tomó en brazos al niño y este se aferró a ella

alocadamente mientras al otro lado de la abierta puerta las cámaras

comenzaban a funcionar. La conmoción asustó al niño, que se puso

a llorar, pero pasaron diez minutos antes que la señorita Fellowes

tuviera autorización para retirarse y llevar al pequeño a la habitación

contigua.

Después salió otra vez, ruborizada de indignación, cruzó la

entrada de la casa de muñecas y cerró la puerta.

—Creo que ya han tenido suficiente. Me costará un rato calmar al

niño. Váyanse.

—Claro, claro —dijo el caballero del Times-Herald—. Pero

¿realmente hemos visto a un Neandertal, o se trata de una

tomadura de pelo?

—Les aseguro que no se trata de una tomadura de pelo —sonó

de pronto la voz de Hoskins desde atrás—. El niño es auténtico.

Homo neanderthalensis.

—¿Es chico o chica?

—Chico —dijo lacónicamente la señorita Fellowes.

—El niño-mono —dijo el periodista del News—. Eso tenemos

aquí. Un niño-mono. ¿Cómo actúa, enfermera?

—Actúa exactamente igual que un niño de corta edad —espetó la

señorita Fellowes, irritada por tener que estar a la defensiva—. Y no

es un niño-mono. Se llama… Timothy, Timmie…, y su conducta es

perfectamente normal.

Había escogido el nombre, Timothy, a la buena ventura. Era el

primero que se le había ocurrido.

—Timmie, el niño-mono —dijo el periodista del News.

Y con ese nombre, Timmie, el niño-mono, conoció el mundo al

niño feo.

El periodista del Globe se volvió hacia Hoskins.

—Doctor, ¿qué piensa hacer con el niño-mono?

El aludido se alzó de hombros.

—Mi plan original se completó cuando demostré que era posible

traerlo aquí. Sin embargo, los antropólogos estarán muy interesados,

supongo, y los fisiólogos. No en balde tenemos aquí una criatura que

está al borde del ser humano. Con él, podemos aprender mucho de

nosotros mismos y de nuestros antepasados.

—¿Cuánto tiempo piensa quedárselo?

—Hasta que llegue el momento en que necesitemos el espacio

más que a él. Bastante tiempo, tal vez.

El periodista del News intervino de nuevo.

—¿Podrá sacarlo al aire libre, para que podamos preparar equipo

sub-etérico y montar todo un programa?

—Lo siento, pero el niño no puede salir de Estasis.

—¿Qué es exactamente Estasis?

—Ah. —Hoskins cedió a una de sus breves sonrisas—. Eso

precisaría una larga explicación, caballeros. En Estasis el tiempo tal

como lo conocemos no existe. Estas habitaciones son en su interior

una burbuja invisible que no forma exactamente parte de nuestro

universo. Por eso pudimos arrancar del tiempo al niño.

—Alto, un momento —dijo el periodista del News, descontento—.

¿Pretende engañarnos? La enfermera puede entrar y salir de la

habitación.

—Y lo mismo puede hacer cualquiera de ustedes —dijo Hoskins

como si tal cosa—. Se desplazarían paralelamente a las líneas de la

fuerza temporal y no habría grandes ganancias o pérdidas de

energía. El niño, sin embargo, fue tomado en el remoto pasado.

Cruzó las líneas y adquirió potencial temporal. Desplazarlo al

universo y a nuestro tiempo absorbería la energía suficiente para

quemar todas las líneas del lugar y, seguramente, para eliminar toda

la energía de la ciudad de Washington. Hemos tenido que guardar

en el local los residuos que el niño trajo consigo, y tendremos que

eliminarlos poco a poco.

Los periodistas estaban atareados anotando frases mientras

Hoskins les hablaba. Ellos no entendían, y seguramente sus lectores

tampoco, pero aquello parecía científico y eso era lo importante.

En ese momento intervino el periodista del Times-Herald.

—¿Estaría disponible esta noche para una entrevista en todos los

circuitos?

—Creo que sí —dijo al instante Hoskins, y todos los periodistas se

marcharon.

La señorita Fellowes los observó mientras salían. En cuanto a

Estasis y fuerzas temporales, entendía tan poco como ellos, pero ella

sabía algo. El encarcelamiento de Timmie (de pronto se dio cuenta

que usaba ese nombre para pensar en el niño feo) era real, y no

venía impuesto por el arbitrario mandato de Hoskins. Al parecer,

sería imposible sacarlo de Estasis, nunca.

Pobre criatura. Pobre criatura.

Súbitamente, oyó que el niño lloraba y se apresuró a entrar para

consolarlo.

La señorita Fellowes no tuvo oportunidad de ver a Hoskins en la

red de circuitos, y aunque la entrevista fue transmitida a todas las

partes del mundo e incluso a la estación lunar, las ondas no

penetraron en el lugar donde vivían la enfermera y el niño feo.

Pero el doctor volvió a la mañana siguiente, radiante y alegre.

—¿Fue bien la entrevista? —preguntó la señorita Fellowes.

—Sumamente bien. ¿Cómo está… Timmie?

La enfermera sintió que le complacía el uso de ese nombre.

—Se defiende bastante bien. Ven aquí, Timmie, este agradable

caballero no te hará daño.

Pero Timmie permaneció en la otra habitación. Un mechón de su

enmarañado cabello asomó detrás de la barrera de la puerta, y sólo

en un par de ocasiones se vio el rabillo de uno de sus ojos.

—En realidad —dijo la señorita Fellowes—, el chico está

adaptándose asombrosamente. Es muy inteligente.

—¿Le sorprende?

Ella dudó un instante antes de responder.

—Sí, me sorprende. Supongo que pensé que era un niño-mono.

—Bueno, niño-mono o no, ha hecho mucho por nosotros. Ha

hecho famoso a Estasis. Nos conocen, señorita Fellowes, nos

conocen.

Parecía que Hoskins tenía que expresar su triunfo a alguien,

aunque sólo fuera a la señorita Fellowes.

—¿Ah, sí?

La enfermera le dejó hablar.

El doctor se metió las manos en los bolsillos.

—Llevamos diez años trabajando casi sin un céntimo, arañando

fondos cuando podíamos, penique a penique. Teníamos que

jugarnos el todo por el todo en una gran demostración. Era todo, o

nada. Y cuando digo el todo por el todo, hablo en serio. La tentativa

de obtener un Neandertal se llevó hasta el último centavo que

pedimos prestado o robamos, y parte del dinero fue de hecho

robado: fondos para otros proyectos, usados para este sin

autorización. Si este experimento hubiera fracasado, yo estaría

acabado.

—¿Por eso no hay techos? —dijo bruscamente la señorita

Fellowes.

—¿Eh?

Hoskins alzó los ojos.

—¿No había dinero para techos? —insistió ella.

—Ah. Bien, esa no era la única razón. En realidad no sabíamos de

antemano la edad exacta del Neandertal. Sólo podemos detectar

vagamente en el tiempo, y él podía haber sido enorme y salvaje.

Nos exponíamos a tener que tratarle a cierta distancia, como a un

animal enjaulado.

—Pero puesto que no ha sido así, supongo que ahora construirán

el techo.

—Ahora sí. Ahora tenemos abundante dinero. Nos han prometido

subvenciones de todas las fuentes posibles. Es sencillamente

maravilloso, señorita Fellowes.

Su ancha cara se iluminó con una sonrisa duradera, y cuando el

doctor se fue, hasta su espalda parecía sonreír.

La señorita Fellowes pensó: «Un hombre muy agradable cuando

baja la guardia y olvida que es un científico».

Durante un momento de ocio, se preguntó si estaría casado, pero

luego desechó la idea, avergonzada de sí misma.

—¡Timmie! —gritó—. ¡Ven aquí, Timmie!

En los meses siguientes, la señorita Fellowes sintió que iba

convirtiéndose en parte integral de Estasis, Inc. Le dieron un

pequeño despacho con su nombre en la puerta, una oficina bastante

cercana a la casa de muñecas (ella jamás dejaba de llamar así a la

burbuja de Estasis donde estaba Timmie). Le concedieron un

substancioso aumento de sueldo. La casa de muñecas quedó

cubierta por un techo, hubo muebles nuevos y mejores, y añadieron

un segundo cuarto de baño. Pese a todo eso, la enfermera obtuvo

un piso para ella sola en terrenos del instituto y, de vez en cuando,

no pasaba la noche con Timmie. Instalaron un sistema de

comunicación entre la casa de muñecas y el piso, y Timmie aprendió

a usarlo.

La señorita Fellowes fue acostumbrándose al niño. Incluso se

percataba menos de la fealdad de Timmie. Un día vio a un niño

ordinario en la calle y percibió un rasgo abultado y poco atractivo en

su frente, alta y curvada, y en su prominente barbilla. Tuvo que

sacudir la cabeza para romper el hechizo.

Más agradable fue acostumbrarse a las esporádicas visitas de

Hoskins. Obviamente, el doctor se alegraba de huir de su cada vez

más molesto papel de director de Estasis, Inc., y manifestaba un

interés sentimental por el niño causante de su fortuna. Pero a la

señorita Fellowes le parecía que Hoskins también disfrutaba

hablando con ella.

(Además, la enfermera conocía ya algunos datos relacionados

con Hoskins. Él era el inventor del método para analizar el reflejo del

rayo mesónico que penetraba en el pasado; él había inventado el

método para crear Estasis; su frialdad era un simple esfuerzo para

ocultar un carácter apacible; y, ¡oh, sí!, estaba casado).

Hubo una cosa a la que la señorita Fellowes no consiguió

acostumbrarse: al hecho que formaba parte de un experimento

científico. En contra de sus deseos, acabó viéndose comprometida

personalmente hasta el punto de pelearse con los fisiólogos.

En cierta ocasión, Hoskins bajó y la encontró en pleno ataque de

furia. Ellos no tenían derecho, no tenían derecho… Aunque el niño

fuera un Neandertal, no era un animal.

La señorita Fellowes observaba la marcha de los fisiólogos con

ciega rabia, mirando a la abierta puerta y atenta a los sollozos de

Timmie, cuando se dio cuenta que Hoskins se hallaba de pie junto a

ella. Quizá llevaba allí varios minutos.

—¿Puedo pasar? —dijo él.

La enfermera asintió cortésmente y corrió hacia Timmie, que se

abrazó a ella, aferrándola con sus torcidas piernecitas…, todavía

delgadas, muy delgadas.

Hoskins los observó antes de hablar.

—No parece muy feliz —dijo gravemente.

—No le culpo. Están encima de él todos los días con sus

muestras de sangre y sus pruebas. Lo alimentan con dietas

sintéticas que yo no le daría ni a un cerdo.

—Es algo que no pueden ensayar con un hombre, ya sabe.

—Y tampoco pueden ensayarlo con Timmie. Doctor Hoskins,

insisto. Usted me dijo que la llegada de Timmie hizo famosa a

Estasis, Inc. Si siente alguna gratitud por eso, mantenga a esa gente

lejos de la pobre criatura, al menos hasta que tenga la edad

suficiente para comprender un poco más las cosas. Después de una

espantosa sesión con los científicos, el niño tiene pesadillas, no

puede dormir. Se lo advierto. —La señorita Fellowes había llegado al

punto culminante de su furia—. ¡No permitiré que vuelvan a entrar!

La enfermera se dio cuenta que estaba chillando, pero no había

podido evitarlo.

—Sé que el niño es un Neandertal —prosiguió en voz más baja—,

pero hay muchos detalles de esa raza que no apreciamos. He leído

sobre el tema. El hombre de Neandertal tenía una cultura propia.

Parte de los más importantes inventos de la Humanidad se

produjeron en su época. La domesticación de animales, por ejemplo.

La rueda. Técnicas para pulir la piedra. Hasta tenían anhelos

espirituales. Sepultaban a los muertos y enterraban pertenencias con

el cadáver, lo cual demuestra que creían en una vida después de la

muerte. Equivale al hecho que inventaron la religión. ¿No significa

eso que Timmie tiene derecho a un tratamiento humano?

Dio unas suaves palmaditas en las nalgas al niño y lo hizo ir al

cuarto de jugar. Al abrirse la puerta, Hoskins sonrió un instante al

observar la variedad de juguetes visibles.

—Esa pobre criatura merece tener juguetes —dijo a la defensiva

la enfermera—. Es lo único que tiene, y se lo ha ganado, con todo lo

que tiene que sufrir.

—No, no. No hay objeciones, se lo aseguro. Estaba pensando en

lo mucho que ha cambiado usted desde aquel primer día, cuando se

enfadó bastante porque le impuse el cuidado de un Neandertal.

—Supongo —dijo en voz baja la señorita Fellowes—, supongo

que yo no…

Y su voz se apagó.

Hoskins cambió de tema.

—¿Cuál diría que es la edad del niño, señorita Fellowes?

—No puedo asegurarlo, ya que desconocemos el desarrollo de

esta raza. Por la altura, debería tener unos tres años, pero los

individuos de su especie eran más bajos en general, y con todas las

manipulaciones que están haciéndole, lo más probable es que no

esté creciendo. De todas formas, por la rapidez con que aprende

nuestro idioma, yo diría que tiene más de cuatro años.

—¿De verdad? En los informes no he leído nada al respecto.

—El chico no habla con nadie excepto conmigo. De momento,

por lo menos. Tiene un miedo terrible a cualquier otra persona, y no

es de extrañar. Pero sabe pedir comida, indica prácticamente

cualquier necesidad, y entiende casi todo lo que le digo.

Naturalmente —añadió la enfermera, mirando astutamente a

Hoskins, tratando de valorar si era la ocasión oportuna—, su

desarrollo podría interrumpirse.

—¿Por qué?

—Todos los niños necesitan estímulos, y este lleva una vida de

confinamiento en soledad. Yo hago lo que puedo, pero no estoy

siempre con él, y no soy todo lo que él necesita. Lo que pretendo

decir, doctor Hoskins, es que Timmie necesita jugar con otro niño.

Hoskins asintió lentamente.

—Por desgracia, sólo hay un niño como él, ¿no? —comentó—.

Pobre criatura.

La señorita Fellowes sintió instantánea simpatía por el doctor.

—A usted le gusta Timmie, ¿no es cierto? —le dijo. Era

maravilloso que otra persona sintiera lo mismo.

—Oh, sí —repuso Hoskins, y puesto que había bajado la guardia,

la enfermera vio el cansancio en sus ojos.

La señorita Fellowes postergó al instante sus planes de insistir en

el problema.

—Parece muy agotado, doctor Hoskins —dijo con verdadera

preocupación.

—¿En serio, señorita Fellowes? En ese caso, tendré que practicar

para tener un aspecto más vital.

—Supongo que Estasis tiene mucho trabajo, y que eso le

mantiene muy atareado.

Hoskins se alzó de hombros.

—Supone bien. Es un problema animal, vegetal y mineral por

partes iguales, señorita Fellowes. Pero…, creo que no ha visto

nuestras muestras.

—Es cierto, no las he visto… Pero no porque no me interesen. He

estado tan atareada…

—Bien, ahora mismo no está tan atareada —dijo Hoskins, con

impulsiva decisión—. Vendré a buscarla mañana a las once y

haremos juntos el recorrido. ¿Qué me dice?

La enfermera sonrió, muy contenta.

—Me encantaría.

Hoskins asintió, sonrió también y se fue.

La señorita Fellowes estuvo canturreando a intervalos durante el

resto de la jornada. Sí, pensar eso era ridículo, claro, pero… aquello

era lo más parecido a… una cita.

Hoskins llegó muy puntual al día siguiente, risueño y simpático.

La señorita Fellowes había sustituido su uniforme de enfermera por

un vestido. Un vestido de corte conservador, a decir verdad, pero

ella no se había sentido tan femenina desde hacía años.

El doctor la lisonjeó con sobria formalidad al verla, y ella lo

aceptó con gracia igual de formal. Un preludio realmente perfecto,

pensó la enfermera. Y acto seguido tuvo otro pensamiento:

preludio…, ¿de qué?

Reprimió el pensamiento apresurándose a decir adiós a Timmie y

asegurándole que volvería pronto. Se aseguró que el niño sabía en

qué consistía la comida y dónde estaba.

Hoskins la llevó a la nueva ala del edificio, que la enfermera no

conocía. Aún había olor a nuevo, y los ruidos que se oían

tenuemente eran indicación suficiente que el ala seguía en proceso

de ampliación.

—Animal, vegetal y mineral —dijo Hoskins, igual que el día

anterior—. Animal, aquí mismo. Nuestras muestras más

espectaculares.

El espacio disponible estaba dividido en numerosas salas,

distintas burbujas de Estasis. Hoskins condujo a la enfermera a la

cristalera de una burbuja. La mujer vio algo que en principio le

pareció un pollo con escamas y cola. Deslizándose con sus dos finas

patas, el animal iba de pared a pared; tenía una delicada cabeza de

pájaro, coronada por una quilla ósea igual que una cresta de gallo,

que se movía sin cesar. Las garras de sus miembros delanteros se

encogían y extendían constantemente.

—Es nuestro dinosaurio —dijo Hoskins—. Hace meses que lo

tenemos. No sé cuándo podremos dejarlo marchar.

—¿Dinosaurio? —se asombró ella.

—¿Esperaba ver un gigante?

Se formaron hoyuelos en las mejillas de la señorita Fellowes.

—Es lo que se espera, supongo —dijo—. Sé que algunos

dinosaurios eran pequeños.

—Uno pequeño es lo único que pretendíamos, se lo aseguro.

Normalmente está sometido a examen, pero al parecer estamos en

hora de descanso. Hemos descubierto cosas interesantes. Por

ejemplo, este animal no es enteramente de sangre fría. Tiene un

método imperfecto para mantener su temperatura interna más

elevada que la del medio ambiente. Por desgracia, es macho. Desde

que lo trajimos aquí hemos estado intentando encontrar otro que

fuera hembra, pero aún no hemos tenido suerte.

—¿Por qué una hembra?

Hoskins la miró burlonamente.

—Para tener una buena probabilidad de disponer de huevos

fértiles y crías de dinosaurio.

—Ah, claro.

El doctor la llevó a la sección de trilobites.

—Ese es el profesor Dwayne, de la Universidad de Washington —

dijo Hoskins—. Es químico nuclear. Si no recuerdo mal, está

midiendo el porcentaje de isótopos en el oxígeno del agua.

—¿Por qué?

—Se trata de agua primitiva, de al menos quinientos millones de

años de antigüedad. La proporción de isótopos indica la temperatura

del océano en aquella época. Resulta que Dwayne ignora los

trilobites, pero otros científicos están fundamentalmente interesados

en disecarlos. Son los más afortunados, porque sólo precisan

escalpelos y microscopios. Dwayne debe instalar un espectrógrafo de

masas distinto para cada experimento que realiza.

—¿Por qué? ¿No podría…?

—No, no puede. No puede sacar nada de la sala si no es

absolutamente imprescindible.

También había muestras de vida vegetal primitiva y trozos de

formaciones rocosas. Los mundos vegetal y mineral. Y las muestras

tenían distintos investigadores. Era igual que un museo, un museo

resucitado, útil como superactivo centro de investigación.

—¿Y tiene usted que supervisar todo esto, doctor Hoskins?

—Sólo indirectamente, señorita Fellowes. Tengo subordinados,

gracias al cielo. Mi interés personal se centra por entero en los

aspectos teóricos del asunto: la naturaleza del tiempo, la técnica de

detección mesónica intertemporal, etc. Cambiaría todo esto por un

método para detectar objetos situados a menos de diez mil años en

el tiempo. Si pudiéramos llegar a épocas históricas…

Le interrumpió un alboroto en una de las cabinas más alejadas,

una chillona voz quejumbrosamente alzada. Hoskins frunció el ceño.

—Discúlpeme —murmuró apresuradamente.

Y se alejó.

La señorita Fellowes le siguió tan de prisa como pudo sin echar a

correr.

Un hombre entrado en años, rubicundo y de rala barba, estaba

diciendo:

—Tengo que completar aspectos vitales de mis investigaciones.

¿No lo comprende?

—Doctor Hoskins —dijo un uniformado técnico que lucía en su

bata de laboratorio el monograma EI (Estasis, Inc.)—, se acordó al

principio con el profesor Ademewski que el espécimen sólo podría

permanecer aquí dos semanas.

—Yo no sabía entonces cuánto tiempo iban a durar mis

investigaciones. No soy un profeta —repuso acalorado Ademewski.

—Sabe, profesor, que disponemos de espacio limitado —dijo el

doctor Hoskins—. Hay que mantener la rotación de los especimenes.

Ese fragmento de calcopirita debe regresar. Hay personas que

aguardan el siguiente espécimen.

—En ese caso, ¿por qué no puedo quedarme con él? Déjeme

sacarlo de aquí.

—Usted sabe que no puede quedárselo.

—¿Un trozo de calcopirita, un miserable trozo de cinco kilos? ¿Por

qué no?

—¡No podemos afrontar el gasto energético! —dijo bruscamente

Hoskins—. Y usted lo sabe.

—La cuestión es, doctor Hoskins —interrumpió el técnico—, que

él ha intentado sacar la roca en contra de las normas, y que yo he

estado a punto de perforar Estasis mientras el profesor estaba ahí

dentro, sin que yo lo supiera.

Se produjo un breve silencio, y el doctor Hoskins miró al

investigador con fría formalidad.

—¿Es cierto eso, profesor?

El aludido carraspeó.

—No creí que pasara nada si…

Hoskins alargó la mano hacia un tirador que colgaba junto a la

cabina del espécimen en cuestión. Lo movió hacia abajo.

La señorita Fellowes, que estaba mirando el interior de la cabina,

observando la indistinguible muestra de roca causante de la disputa,

contuvo el aliento de repente al ver desaparecer el espécimen. El

interior quedó vacío.

—Profesor —dijo Hoskins—, su autorización para investigar en

Estasis queda anulada de forma permanente. Lo lamento.

—Pero…, aguarde…

—Lo lamento. Ha violado una norma estricta.

—Apelaré a la Asociación Internacional…

—Apele cuanto guste. En un caso como este, descubrirá que

nadie puede fallar en mi contra.

Dio media vuelta sin más y dejó que el profesor siguiera

protestando.

—¿Le gustaría comer conmigo, señorita Fellowes? —dijo a la

enfermera, todavía pálido a causa del enojo.

Hoskins la llevó a la pequeña sala administrativa de la cafetería.

Saludó a otras personas y presentó a la señorita Fellowes con suma

naturalidad, aunque la enfermera se sentía lamentablemente

cohibida.

«¿Qué opinarán los demás?», pensó ella, e hizo desesperados

esfuerzos para adoptar un aire profesional.

—¿Tiene a menudo esa clase de problemas, doctor Hoskins? —le

preguntó—. Me refiero al que acaba de tener con el profesor…

Tomó el tenedor y empezó a comer.

—No —dijo enérgicamente Hoskins—. Ha sido la primera vez.

Como es lógico, siempre tengo que estar disuadiendo a la gente

para que no se lleve muestras, pero esta es la primera vez que

alguien intenta hacerlo.

—Recuerdo que una vez habló usted sobre la energía que eso

consumiría.

—Cierto. Naturalmente, tenemos prevista esa posibilidad.

Ocurrirán accidentes, y por eso disponemos de fuentes energéticas

especiales para soportar la pérdida que ocasionaría sacar algo de

Estasis por accidente, pero eso no significa que deseemos ver cómo

desaparece un año de energía en medio segundo… Y no podríamos

tolerarlo sin retrasar varios años los planes de expansión… Además,

imagine que el profesor estuviera en la cabina un momento antes de

la perforación de Estasis.

—¿Qué le habría ocurrido?

—Bien, hemos experimentado con objetos inanimados y ratones,

y desaparecieron… Es de suponer que viajaron hacia atrás en el

tiempo, arrastrados, por así decirlo, por el tirón del objeto que

simultáneamente regresaba a su época natural. Por tal motivo,

tenemos que asegurar los objetos de Estasis que no deseamos

trasladar, y el procedimiento es complicado. El profesor no estaba

sujeto, y habría ido al momento del Plioceno en que sustrajimos la

roca…, más las dos semanas que la roca estuvo aquí, en el presente,

como es lógico.

—Qué espantoso habría sido.

—No por el profesor, se lo aseguro. Puesto que es lo bastante

necio para hacer lo que ha hecho, se lo habría merecido. Pero

suponga el efecto que ello habría causado en la gente si se hubiera

divulgado el hecho. Bastaría con que la gente conociera los posibles

riesgos para que las subvenciones quedaran anuladas en un

momento. ¡Así!

Chasqueó los dedos y jugueteó malhumoradamente con su

comida.

—¿No habrían podido recuperar al profesor? ¿Igual que

recogieron la roca?

—No, porque en cuanto se devuelve un objeto, se pierde la

posición fijada en un principio, a menos que planeemos

deliberadamente conservarla, y no había razón para hacerlo en este

caso. Nunca lo hacemos. Localizar al profesor habría significado

buscar de nuevo una posición concreta, y eso sería igual que echar

el anzuelo en el abismo oceánico con el fin de encontrar un pez

determinado… ¡Dios mío, cuando pienso en las precauciones que

tomamos para evitar accidentes, ese incidente me pone furioso!

Todas las unidades de Estasis disponen de dispositivo de

perforación. Es imprescindible, porque todas se centran en una

posición distinta y deben poder anularse independientemente. Pero

la cuestión es que ningún dispositivo de perforación se acciona

nunca hasta el último momento. Y entonces imposibilitamos

deliberadamente la activación, sólo posible tirando de una cuerda

cuidadosamente situada fuera de Estasis. El tirón es un vulgar

movimiento mecánico que requiere un fuerte esfuerzo, no puede

hacerse accidentalmente.

—Pero si se desplaza algo en el tiempo —dijo la señorita Fellowes

—, ¿no se altera la historia?

Hoskins se encogió de hombros.

—En teoría sí. En realidad, excepto en casos anormales, no.

Constantemente estamos sacando objetos de Estasis. Moléculas de

aire. Bacterias. Polvo. Cerca del diez por ciento del consumo de

energía se emplea en compensar micro-pérdidas de esa naturaleza.

Pero trasladar en el tiempo objetos de mayor tamaño ocasiona

cambios que van disminuyendo de importancia. Considere esa

calcopirita del Plioceno. Dada su ausencia durante dos semanas, un

insecto no encontró el cobijo que de otro modo habría encontrado y

murió. Eso pudo iniciar una serie de cambios, pero los matemáticos

de Estasis aseguran que se trata de una serie convergente. La

importancia del cambio disminuye con el tiempo, y las cosas quedan

como al principio.

—¿Pretende decir que la realidad se cura a sí misma?

—Por así decirlo. Sustraiga a un hombre de su época, o envíelo

hacia atrás en el tiempo, y la herida será mayor. Si el individuo es

ordinario, la herida sanaría pese a todo. Naturalmente, hay muchas

personas que nos escriben a diario pidiendo que traigamos al

presente a Abraham Lincoln, Mahoma o Lenin. Eso es imposible, por

supuesto. Aunque lográramos localizarlos, el cambio de la realidad al

desplazar a un moldeador de la historia sería enorme, imposible de

curar. Hay métodos para calcular cuándo un cambio puede resultar

excesivo, y nosotros evitamos incluso la aproximación a dicho límite.

—En ese caso, Timmie… —dijo la señorita Fellowes.

—No, él no representa problema en ese sentido. La realidad está

a salvo. Aunque… —Miró rápida, bruscamente a la enfermera y acto

seguido añadió—: Pero no importa. Ayer dijo usted que Timmie

necesitaba compañía.

—Sí. —La señorita Fellowes expresó su placer con una sonrisa—.

No creí que usted prestaría atención a ese problema.

—Claro que sí. Estoy encariñado con el niño. Aprecio sus

sentimientos hacia él, y estaba lo suficientemente preocupado para

ofrecerle explicaciones. Ya lo he hecho. Ha visto lo que hacemos.

Tiene cierta comprensión de las dificultades, y en consecuencia sabe

por qué no podemos, ni con la mejor voluntad del mundo, ofrecer

compañía a Timmie.

—¿No pueden? —dijo la señorita Fellowes, con repentina

angustia.

—Acabo de explicárselo. Es imposible esperar localizar otro

Neandertal de su edad sin increíble suerte, y aunque fuera posible

no sería sensato multiplicar los riesgos trayendo otro ser humano a

Estasis.

La enfermera dejó la cuchara en el plato.

—Pero, doctor Hoskins —dijo con energía—, no me refería

exactamente a eso. No deseo que traiga a otro Neandertal al

presente. Sé que eso es imposible. Pero no es imposible traer a otro

niño para que juegue con Timmie.

Hoskins la miró fijamente, alarmado.

—¿Un niño humano?

—«Otro» niño —dijo la señorita Fellowes, totalmente hostil—.

Timmie es humano.

—Ni en sueños podría imaginar tal cosa.

—¿Por qué no? ¿Por qué no podría? ¿Qué tiene de malo la idea?

Usted arrancó a ese niño del tiempo y lo convirtió en eterno

prisionero. ¿No le debe nada? Doctor Hoskins, si existe en este

mundo algún hombre que pueda ser padre del niño en todos los

aspectos salvo en el biológico, ese hombre es usted. ¿Por qué no

puede hacerle ese pequeño favor?

—¿Su padre? —dijo Hoskins. Se levantó con cierta vacilación—.

Señorita Fellowes, creo que debe regresar ahora, si no le importa.

Volvieron a la casa de muñecas en un completo silencio, que

ninguno de los dos rompió.

Pasó mucho tiempo antes que la enfermera viera de nuevo a

Hoskins, aparte de fugaces apariciones del doctor. El hecho apenaba

a veces a la señorita Fellowes; pero en otras ocasiones, cuando

Timmie mostraba más melancolía que la habitual o pasaba las horas

silencioso ante la ventana con su perspectiva de poco más que nada,

la enfermera pensaba furiosamente: «¡Hombre estúpido!».

Timmie iba hablando cada vez mejor y con más precisión, sin

llegar a perder el blando balbuceo que la señorita Fellowes

consideraba bastante cautivador. En momentos de excitación, el niño

recurría de nuevo a los chasquidos de su lengua, pero tales

momentos eran cada vez más escasos. Debía estar olvidando los

días anteriores a su llegada al presente…, excepto en sueños.

Con el paso del tiempo, los fisiólogos perdieron interés y los

psicólogos se sintieron más interesados. La señorita Fellowes no

estaba segura respecto a qué grupo le gustaba menos, el primero o

el segundo. Desaparecieron las agujas, acabaron las inyecciones, las

extracciones de fluido, las dietas especiales… Pero obligaron a

Timmie a superar barreras para llegar a la comida y al agua. Tuvo

que levantar paneles, apartar barras, agarrar cuerdas. Y las

moderadas descargas eléctricas le hacían llorar y volvían loca a la

señorita Fellowes.

Ella no deseaba apelar a Hoskins, no quería recurrir a él, porque

siempre que pensaba en el doctor veía su cara en la mesa de la

cafetería aquella última vez. Los ojos de la enfermera se humedecían

y su mente decía: «¡Estúpido, estúpido!».

Y un día la voz de Hoskins sonó de forma inesperada en la casa

de muñecas.

—Señorita Fellowes…

La enfermera salió con aire de frialdad, se alisó el uniforme y se

detuvo, confusa al encontrarse en presencia de una mujer pálida,

delgada y de mediana estatura. Su cabello rubio y su tez conferían

aspecto de fragilidad a la desconocida. De pie, detrás de ella,

agarrado a su falda, había un niño de cuatro años, de redondeada

cara y llamativos ojos.

—Querida —dijo Hoskins—, esta es la señorita Fellowes, la

enfermera que cuida del niño. Señorita Fellowes, le presento a mi

esposa.

(¿Su esposa? No era como la había imaginado la señorita

Fellowes. Aunque…, ¿por qué no? Un hombre como Hoskins tenía

que elegir a una débil criatura como contraste. Si eso era lo que

quería…).

La señorita Fellowes pronunció un forzado y prosaico saludo.

—Buenas tardes, señora Hoskins. ¿Es este su…, su pequeño?

(Aquello era una sorpresa. La enfermera había imaginado a

Hoskins como marido, pero no como padre, salvo, por supuesto… De

pronto, vio la grave mirada del doctor y se ruborizó).

—Sí, este es mi hijo, Jerry —dijo Hoskins—. Di «hola» a la

señorita Fellowes, Jerry.

(¿No había acentuado un poco la palabra «este»? ¿Estaba

diciendo que su hijo era «este» y no…?).

Jerry se acurrucó más en los pliegues de la maternal falda y

murmuró un «hola». La mirada de la señora Hoskins pasó sobre los

hombros de la enfermera, y recorrió la habitación en busca de algo.

—Bien, entremos —dijo Hoskins—. Vamos, querida. Al entrar hay

una ligerísima molestia, pero pasajera.

—¿Quiere que entre también Jerry? —preguntó la señorita

Fellowes.

—Naturalmente. Será el compañero de juegos de Timmie. Usted

dijo que Timmie necesitaba un compañero. ¿O lo ha olvidado?

—Pero… —La enfermera le miró con colosal, sorprendida

extrañeza—. ¿Su hijo?

—Bien, ¿y el de quién, si no? —repuso quisquillosamente Hoskins

—. ¿No era eso lo que deseaba? Entremos, querida. Entremos.

La señora Hoskins tomó a Jerry en brazos con obvio esfuerzo y,

vacilante, cruzó el umbral. Jerry se retorció al entrar; no le gustaba

la sensación.

—¿Está aquí la criatura? —preguntó la señora Hoskins, con débil

voz—. No la veo.

—¡Timmie! —gritó la señorita Fellowes—. ¡Sal!

Timmie asomó la cabeza por el borde de la puerta y contempló al

pequeño que le visitaba. Los músculos de los brazos de la señora

Hoskins se tensaron visiblemente.

—Gerald —dijo a su esposo—, ¿estás seguro que no es

peligroso?

—Si se refiere a Timmie —dijo al instante la enfermera—,

naturalmente que no. Es un pequeño apacible.

—Pero es un sal… salvaje.

(¡Los artículos sobre el niño-mono de los periódicos!).

—No es un salvaje —respondió categóricamente la señorita

Fellowes—. Es tan tranquilo y razonable como cualquier niño de

cinco años y medio. Muy generoso por su parte, señora Hoskins,

aceptar que su hijo juegue con Timmie, pero no debe tener miedo.

—No estoy segura de aceptar —dijo la señora Hoskins, con

moderado ardor.

—Ya lo decidimos afuera, querida —dijo Hoskins—. No

planteemos más discusiones. Deja a Jerry en el suelo.

La señora Hoskins obedeció, y el niño se apretó a ella, mirando

fijamente el par de ojos que le miraban de igual forma en la otra

habitación.

—Ven aquí, Timmie —dijo la señorita Fellowes—. No tengas

miedo.

Lentamente, Timmie se acercó. Hoskins se agachó para soltar los

dedos de Jerry de la falda de su madre.

—Apártate un poco, querida. Que los niños tengan una

oportunidad.

Los jovencitos se contemplaron. Aunque era el más joven, Jerry

era empero un par de centímetros más alto, y los rasgos grotescos

de Timmie, ante el recto cuerpo y la cabeza erguida y bien

proporcionada del otro niño, quedaron de pronto casi tan

acentuados como en los primeros días.

Los labios de la señorita Fellowes temblaron.

El pequeño Neandertal fue el primero que habló, con un atiplado

tono infantil.

—¿Cómo te llamas?

Y Timmie echó la cabeza hacia delante, como si quisiera

examinar más atentamente las facciones del otro niño.

Sobresaltado, Jerry respondió con un vigoroso empujón que hizo

tambalearse a Timmie. Los dos se pusieron a llorar ruidosamente y

la señora Hoskins se apresuró a tomar a su hijo, mientras la señorita

Fellowes, con la cara encendida a causa de su reprimido enfado, hizo

lo mismo con Timmie y lo consoló.

—El instinto de ambos es de aversión —dijo la señora Hoskins.

—No más aversión que la de dos niños que no simpatizan —dijo

cansadamente su esposo—. Ahora deja a Jerry en el suelo y que se

acostumbre a la situación. En realidad sería mejor que nos

fuéramos. La señorita Fellowes llevará a Jerry a mi despacho dentro

de un rato y yo lo mandaré a casa con alguien.

Los dos niños pasaron la hora siguiente muy conscientes el uno

del otro. Jerry llamó llorando a su madre, pegó a la señorita Fellowes

y, por fin, se dejó consolar con un caramelo. Timmie chupó otro y, al

cabo de una hora, la enfermera consiguió que los dos niños jugaran

con la misma construcción, aunque en lados opuestos de la

habitación.

La señorita Fellowes se sentía agradecida, casi al borde de las

lágrimas, cuando llevó a Jerry con su padre.

Pensó formas de dar las gracias a Hoskins, pero la misma

formalidad del doctor suponía un rechazo. Quizás él no la perdonaba

por haberle hecho sentir como un padre cruel. Quizás el hecho de

haber traído a su hijo era una simple tentativa de demostrar que era

un buen padre con Timmie y, al mismo tiempo, que no era su padre.

¡Las dos cosas al mismo tiempo! Y de este modo, lo único que pudo

decir la enfermera fue:

—Gracias. Muchas gracias.

Y lo único que pudo responder él fue:

—No tiene importancia. No hay de qué.

Aquello se convirtió en una rutina establecida. Dos veces por

semana, Jerry acudía a jugar una hora, que con el tiempo fueron

dos. Los niños aprendieron los nombres y hábitos respectivos, y

jugaron juntos.

Y pese a todo, tras la primera oleada de gratitud, la señorita

Fellowes acabó comprendiendo que Jerry no le gustaba. Era más

alto, más pesado, y dominaba en todo, forzaba a Timmie a

desempeñar un papel totalmente secundario. Lo único que hacía

resignarse a la enfermera era el hecho que Timmie, pese a sus

dificultades, aguardaba ansiosamente, cada vez con más deleite, las

periódicas apariciones de su compañero de juegos.

Era lo único que tenía el pequeño, pensaba pesarosa la señorita

Fellowes.

Y en cierta ocasión, mientras contemplaba a los niños, la

enfermera pensó: «Los dos hijos de Hoskins, uno de su esposa y

otro de Estasis».

Mientras que ella…

«¡Cielos! —pensó mientras se llevaba los puños a las sienes,

avergonzada—. ¡Estoy celosa!».

—Señorita Fellowes —dijo Timmie (con sumo tacto, la enfermera

no le permitía que la llamara de otra forma)—, ¿cuándo iré a la

escuela?

Miró los ansiosos ojos castaños alzados hacia ella y pasó

suavemente la mano por los tupidos rizos del niño. Era la parte más

desaliñada del aspecto físico del pequeño, porque la misma

enfermera tenía que cortarle el pelo mientras Timmie se removía

inquieto bajo las tijeras. La señorita Fellowes no deseaba ayuda

profesional, puesto que la torpeza del corte servía para ocultar la

hundida parte delantera y la sobresaliente parte trasera del cráneo.

—¿Cuándo has oído hablar de la escuela? —preguntó la

enfermera.

—Jerry va a la escuela. Guar-de-ría —lo dijo muy despacio—.

Jerry va a muchos sitios. Afuera. ¿Cuándo podré ir afuera, señorita

Fellowes?

Un suave dolor se alojó en el corazón de la enfermera.

Lógicamente, y ella lo sabía, era imposible evitar que Timmie fuera

enterándose de más y más cosas del mundo exterior, que él jamás

pisaría.

—¡Caramba! —dijo ella, intentando reflejar alborozo—. ¿Y qué

harías en la guardería, Timmie?

—Jerry dice que juegan, tienen películas. Dice que hay

muchísimos niños. Dice…, dice… —Un pensamiento, un triunfante

alzamiento de ambas manitas con los dedos separados—. Dice que

todos estos.

—¿Te gustaría ver películas? —dijo la señorita Fellowes—. Yo

puedo conseguirlas. Muy bonitas. Y también música.

De este modo, Timmie se sintió temporalmente consolado.

El niño devoraba películas en ausencia de Jerry, y la señorita

Fellowes le leía libros sencillos de vez en cuando.

Había tanto que explicar incluso en el relato más simple, tantos

detalles fuera de la perspectiva de las tres habitaciones… Timmie

empezó a tener más sueños en cuanto empezó a conocer el mundo

exterior.

Los sueños siempre eran iguales, relacionados con el exterior. El

vacilante Timmie se esforzaba en describirlos a la señorita Fellowes.

En sueños, estaba afuera, en un «afuera» vacío pero muy grande,

con niños y raros e indescriptibles objetos mal digeridos por su

pensamiento, resultado de novelescas descripciones no muy bien

comprendidas, o de distantes recuerdos del Neandertal medio

recordados.

Pero los niños y los objetos se desentendían de él, y aunque él

estaba en el mundo, jamás formaba parte del mismo; se encontraba

solo, igual que si estuviera en su habitación… Y despertaba llorando.

La señorita Fellowes trataba de restar importancia a los sueños,

pero algunas noches, en su piso, también ella lloraba.

Un día, mientras la enfermera leía, Timmie puso su mano bajo la

barbilla de la mujer y la alzó suavemente, de tal modo que los ojos

de la señorita Fellowes abandonaron el libro y se encontraron con

los del niño.

—¿Cómo sabes lo que debes decir, señorita Fellowes?

—¿Ves estas marcas? Ellas me indican lo que debo decir. Estas

marcas forman palabras.

El niño las miró mucho tiempo, con curiosidad, tras tomarle el

libro de las manos.

—Algunas son iguales.

La enfermera se echó a reír, complacida con aquella muestra de

sagacidad.

—Es cierto. ¿Te gustaría que te enseñara a distinguir las marcas?

—Sí. Sería un juego bonito.

La señorita Fellowes no había imaginado que el niño podía

aprender a leer. Hasta el mismo momento en que Timmie le leyó un

libro, no imaginó que él podía aprender a leer.

Luego, semanas más tarde, la enormidad de lo que había hecho

la dejó atónita. Timmie, sentado en su regazo, siguiendo palabra por

palabra el texto de un libro infantil, leyendo para ella… ¡Él le leía a

ella!

Se puso trabajosamente en pie, asombrada.

—Bien, Timmie, volveré más tarde. Quiero ver al doctor Hoskins.

Excitada, casi frenética, la enfermera creyó tener una respuesta a

la infelicidad de Timmie. Si el niño no podía salir y entrar en el

mundo, el mundo vendría a las tres habitaciones del niño. El mundo

entero en forma de libros, películas y sonido. Había que educarlo

hasta el límite de su capacidad. Era lo mínimo que le debía el

mundo.

Encontró a Hoskins con un humor curiosamente análogo al de

ella: triunfo y gloria, algo así. Las oficinas estaban anormalmente

activas, y por un momento la señorita Fellowes pensó que no podría

ver al director, mientras permanecía cohibida en el vestíbulo.

Pero él la vio, y una sonrisa se extendió por su ancho rostro.

—Señorita Fellowes, entre.

Habló con rapidez por el intercomunicador y después lo

desconectó.

—¿Se ha enterado?… No, claro, es imposible. Lo hemos

conseguido. Sí, lo hemos conseguido. Podemos efectuar detección

intertemporal de corto alcance.

—¿Pretende decir —repuso la señorita Fellowes, esforzándose en

separar su pensamiento de las buenas noticias de las que era

portadora— que puede traer al presente a una persona de épocas

históricas?

—Eso precisamente. Ahora mismo tenemos determinada la

posición de un individuo del siglo catorce. Imagínese. ¡Imagínese! Si

supiera cuánto me alegra huir de la eterna concentración en el

Mesozoico, sustituir a los paleontólogos por historiadores… Pero

usted desea decirme algo, ¿no? Bien, adelante, adelante. Me

encuentra de buen humor. Cualquier cosa que quiera la tendrá.

La señorita Fellowes sonrió.

—Me alegro. Porque estoy preguntándome si no podríamos

preparar un sistema de enseñanza para Timmie.

—¿Enseñanza? ¿De qué tipo?

—Bien, general. Una escuela. Para que él aprenda…

—Pero ¿puede aprender?

—Ciertamente, ya está aprendiendo. Sabe leer. Le he enseñado

yo misma.

Hoskins permaneció inmóvil, al parecer repentinamente

deprimido.

—No lo sé, señorita Fellowes.

—Acaba de decir que cualquier cosa que yo quisiera…

—Lo sé, y no he debido decirlo. Mire, señorita Fellowes,

seguramente comprenderá usted que no podemos mantener para

siempre el experimento de Timmie…

Ella le miró con repentino horror, sin comprender realmente lo

que el doctor había dicho. ¿Qué significaba «no podemos

mantener»? En una dolorosa oleada de recuerdos, la enfermera

recordó al profesor Ademewski y el espécimen mineral devuelto al

cabo de dos semanas.

—Pero estamos hablando de un niño, no de una roca…

—Ni siquiera un niño merece más importancia de la debida,

señorita Fellowes —repuso muy nervioso Hoskins—. Ahora que

esperamos individuos de épocas históricas, necesitamos espacio en

Estasis, todo el espacio disponible.

La enfermera no lo entendió.

—Pero es imposible. Timmie… Timmie…

—Bien, señorita Fellowes, por favor, no se altere. Timmie no se

irá ahora mismo, quizá pasen meses. Mientras tanto, haremos todo

cuanto podamos.

Ella aún estaba mirándole fijamente.

—Permítame pedir algo para usted, señorita Fellowes.

—No —musitó ella—. No necesito nada.

Se levantó en medio de una especie de pesadilla y se fue.

«Timmie —pensó la señorita Fellowes—, no morirás. ¡No morirás!».

Estaba muy bien aferrarse tensamente a la idea que Timmie no

moriría, pero ¿cómo conseguirlo? Durante las primeras semanas, la

señorita Fellowes se aferró a la esperanza que la tentativa de traer a

un hombre del siglo catorce fracasara por completo. Las teorías de

Hoskins podían ser erróneas, o su práctica podía resultar defectuosa.

De ese modo, las cosas seguirían como hasta entonces.

Ciertamente, no era esa la esperanza del resto del mundo, y por

dicha razón la señorita Fellowes odiaba al mundo. El «Proyecto Edad

Media» alcanzó un clímax de ardiente publicidad. Prensa y público

anhelaban algo así. Estasis, Inc., carecía del impacto necesario

desde hacía tiempo. Otra roca u otro pez antiguo no excitaban a la

gente. Pero aquello sí.

Un ser humano histórico, un adulto que hablara un idioma

conocido, alguien que abriera una nueva página de la historia a los

eruditos.

La hora cero se acercaba, y en esta ocasión no habría tres

espectadores en la galería. Esta vez habría una audiencia mundial.

Esta vez los técnicos de Estasis, Inc., desempeñarían su papel ante

prácticamente la Humanidad entera.

La señorita Fellowes estaba simplemente enloquecida con la

espera. Cuando llegó Jerry Hoskins para el programado período de

juego con Timmie, la enfermera apenas le reconoció. Ella no estaba

esperándole a él.

(La secretaría que trajo al niño se fue apresuradamente tras un

formalísimo saludo a la señorita Fellowes. Corrió a buscar un buen

sitio para observar el clímax del Proyecto Edad Media… Y lo mismo

habría hecho la señorita Fellowes, pensó ella con amargura, si

aquella estúpida chica hubiera llegado).

Jerry Hoskins se acercó poco a poco a la enfermera,

avergonzado.

—¿Señorita Fellowes?

Jerry sacó del bolsillo la reproducción de una nota periodística.

—¿Sí? ¿Qué pasa, Jerry?

—¿Es de Timmie esta foto?

La señorita Fellowes miró fijamente al niño y luego le quitó el

papel de la mano. La excitación del Proyecto Edad Media había

provocado el pálido resurgimiento del interés hacia Timmie por parte

de la prensa.

Jerry miró atentamente a la enfermera antes de hablar.

—Dice que Timmie es un niño-mono. ¿Qué significa eso?

La señorita Fellowes tomó al jovencito por la muñeca y contuvo

sus deseos de zarandearlo.

—Entra y juega con Timmie. Él quiere enseñarte un nuevo libro.

Y entonces, por fin, llegó la chica. La señorita Fellowes no la

conocía. Ninguna de las sustitutas a que había recurrido cuando el

trabajo la obligaba a estar en otra parte se hallaba disponible en ese

momento, no con el Proyecto Edad Media en su punto culminante,

pero la secretaria de Hoskins había prometido que vendría alguien y

aquella debía ser la chica.

La señorita Fellowes se esforzó para que su voz no sonara

quejumbrosa.

—¿Eres la designada para la Sección Uno de Estasis?

—Sí, soy Mandy Terris. Usted es la señorita Fellowes, ¿verdad?

—Exacto.

—Lamento llegar tarde. Hay tanta excitación…

—Lo sé. Ahora quiero que…

—Usted lo verá, supongo.

Su delgada cara, vagamente bonita, se llenó de envidia.

—No te preocupes por eso. Quiero que entres y conozcas a

Timmie y a Jerry. Estarán jugando dos horas, así que no te causarán

problemas. Tienen leche a mano y muchos juguetes. De hecho, sería

preferible que los dejaras solos mientras sea posible. Ahora te

enseñaré dónde están las cosas y…

—¿Timmie es el niño-mo…?

—Timmie está sometido a experimentación en Estasis —dijo con

firmeza la señorita Fellowes.

—Quiero decir que él… es el que se supone que debe irse, ¿no?

—Sí. Bueno, entra. No hay mucho tiempo.

Y cuando la enfermera consiguió irse por fin, Mandy Terris le

dijo:

—Espero que consiga un buen sitio y, ¡Dios mío!, que la prueba

sea un éxito.

La señorita Fellowes no confiaba en sí misma para dar una

respuesta razonable. Se apresuró a salir sin mirar atrás.

Pero el retraso significó que no consiguió un buen sitio. No pasó

de la pantalla mural de la sala de reuniones. Lo lamentó

amargamente. Si hubiera estado allí mismo, si hubiera tenido acceso

a alguna parte sensible de los instrumentos, si hubiera podido hacer

fracasar el experimento…

Hizo acopio de fuerzas para sofocar su locura. La simple

destrucción no habría servido de nada. Los técnicos lo habrían

reconstruido y reparado todo y reanudado el esfuerzo. Y a ella no le

habrían permitido volver con Timmie.

Todo era inútil. Todo, salvo que el experimento fallara, que

fracasara irreparablemente.

La enfermera se mantuvo a la espera durante la cuenta

regresiva, observó los movimientos en la pantalla gigante, escudriñó

los rostros de los técnicos mientras la cámara pasaba de uno a otro,

aguardó el gesto de preocupación e incertidumbre indicando que

algo iba inesperadamente mal, observó, observó…

No hubo tal gesto. La cuenta llegó a cero y el experimento, en

silencio, discretamente, fue un éxito.

En la nueva Estasis instalada allí apareció un barbudo campesino

de hombros caídos, edad indeterminada, vestido con prendas raídas

y sucias y zuecos, que contemplaba con reprimido terror el brusco y

violento cambio que se había precipitado sobre él.

Y mientras el mundo se volvía loco de alegría, la señorita

Fellowes quedó paralizada por la pena. La empujaron, le dieron

codazos, prácticamente la pisotearon. Estaba rodeada de triunfo y

doblegada por el fracaso.

Así, cuando el altavoz pronunció su nombre con estridente

fuerza, la señorita Fellowes no respondió hasta el tercer aviso.

—Señorita Fellowes, señorita Fellowes. Preséntese

inmediatamente en la Sección Uno de Estasis. Señorita Fellowes,

señorita Fello…

—¡Déjenme pasar! —gritó, sofocada, mientras el altavoz repetía

sin pausa el aviso.

Se abrió paso entre el gentío con alocada energía, dando golpes

y puñetazos, revolviéndose, avanzando hacia la puerta con una

lentitud de pesadilla.

Mandy Terris estaba llorando.

—No sé cómo ha sucedido. Salí al borde del pasillo para ver una

minipantalla que habían puesto allí. Sólo un momento. Y antes que

pudiera moverme o hacer algo… —Y añadió, con repentino tono de

acusación—: ¡Usted dijo que no me causarían problemas, dijo que

los dejara solos!

La señorita Fellowes, desgreñada y sin poder dominar sus

temblores, la miró furiosa.

—¿Dónde está Timmie?

Una enfermera estaba limpiando con desinfectante el brazo del

gimoteante Jerry, y otra preparaba una inyección antitetánica. Había

sangre en la ropa de Jerry.

—Me ha mordido, señorita Fellowes —gritó Jerry, rabioso—. Me

ha mordido.

Pero la señorita Fellowes ni siquiera lo veía.

—¿Qué has hecho con Timmie? —gritó.

—Lo he encerrado en el cuarto de baño —dijo Mandy—. He

metido a ese pequeño monstruo allí y lo he encerrado con llave.

La enfermera corrió hacia la casa de muñecas. Manoseó

torpemente la puerta del cuarto de baño. Le costó una eternidad

abrirla y ver al niño feo agazapado en un rincón.

—No me des latigazos, señorita Fellowes —musitó el niño. Tenía

los ojos enrojecidos. Le temblaban los labios—. Yo no quería hacerlo.

—Oh, Timmie, ¿quién te ha hablado de latigazos?

Se acercó a él y lo abrazó impetuosamente.

—Lo dijo ella, con una cuerda larga —repuso trémulamente

Timmie—. Ella dijo que tú me pegarías mucho.

—No es cierto. Ella ha sido muy mala al decir eso. Pero ¿qué ha

pasado? ¿Qué ha pasado?

É

—Él me llamó niño-mono. Dijo que yo no era un niño de verdad.

Que era un animal. —Timmie se deshizo en un torrente de lágrimas

—. Dijo que ya no jugaría más con un mono. Yo dije que no era un

mono, ¡que no era un mono! Él dijo que yo era muy raro. Dijo que

era horrible y feo. Lo dijo muchas veces y le mordí.

Ambos estaban llorando.

—Pero eso no es cierto —dijo la sollozante señorita Fellowes—.

Tú lo sabes, Timmie. Eres un niño de verdad. Un niño encantador, y

el mejor del mundo. Y nadie, nadie volverá a separarte de mí.

Fue fácil decidirse, fácil saber qué hacer. Pero había que actuar

con rapidez. Hoskins no esperaría mucho más tiempo, teniendo a su

hijo magullado…

No, había que hacerlo esa noche, esa misma noche, con cuatro

quintas partes del personal dormido y la restante quinta parte

intelectualmente embriagada por el Proyecto Edad Media.

Sería una hora anormal para volver, pero había precedentes. El

vigilante la conocía perfectamente, y no soñaría en hacerle

preguntas. No sospecharía si la veía con una maleta. La señorita

Fellowes ensayó la evasiva frase «Juguetes para el niño» y una

tranquila sonrisa.

¿Por qué no iba a creerlo el vigilante?

Así fue. Cuando la enfermera entró de nuevo en la casa de

muñecas, Timmie aún estaba despierto, y ella mantuvo una

exasperante normalidad, a fin de no asustar al pequeño. Hablaron

de los sueños de Timmie, y la señorita Fellowes oyó al niño

interesarse ansiosamente por Jerry.

Escasas personas la verían después, nadie recelaría del bulto que

llevaría. Timmie se estaría muy quieto, y finalmente todo sería un

hecho consumado. Un hecho consumado, sería inútil querer

repararlo. Ellos la dejarían en paz. Los dejarían en paz a los dos.

La señorita Fellowes abrió la maleta, sacó el abrigo, la gorra de

lana con orejeras y las demás prendas.

—¿Por qué me pones esta ropa, señorita Fellowes? —dijo

Timmie, con muestras de alarma.

—Voy a llevarte afuera, Timmie. Al lugar de tus sueños.

—¿Mis sueños?

Su rostro se contrajo con repentino anhelo, aunque también el

miedo estaba allí.

—No temas. Estarás conmigo. No tendrás miedo si estás

conmigo, ¿verdad, Timmie?

—No, señorita Fellowes.

Se apretó la deforme cabecita contra el costado y escuchó los

sordos latidos del corazoncito del niño bajo su brazo.

Era medianoche. La señorita Fellowes tomó al niño en brazos.

Desconectó la alarma y abrió suavemente la puerta.

Y lanzó un grito, porque al otro lado de la abierta puerta estaba

Hoskins, mirándola.

Había otros dos hombres con el doctor, y él miraba fijamente a la

enfermera, tan asombrado como ella.

La señorita Fellowes tardó un segundo menos en recobrarse y

trató rápidamente de cruzar el umbral. Pero a pesar del segundo de

retraso, Hoskins tuvo tiempo. La tomó bruscamente y la lanzó contra

una cómoda. Llamó a los otros dos hombres y miró a la enfermera

sin abandonar el umbral.

—No esperaba esto. ¿Está completamente loca?

Ella había conseguido interponer el hombro, para que fuera su

cuerpo, y no el de Timmie, el que golpeara la cómoda.

—¿Qué daño puedo hacer si me lo llevo, doctor Hoskins? —dijo la

señorita Fellowes, suplicante—. No puede poner una pérdida de

energía por encima de una vida humana…

Con firmeza, Hoskins le quitó el niño de los brazos.

—Una pérdida de energía de esta magnitud significaría tres

millones de dólares para los bolsillos de los accionistas. Significaría

un terrible revés para Estasis, Inc. Significaría publicidad sobre una

enfermera sentimental que destruye todo eso en provecho de un

niño-mono.

—¡Niño-mono! —dijo la señorita Fellowes con impotente furia.

—Así lo llamarán los periodistas —dijo Hoskins.

Apareció un hombre que estaba pasando un cordel de nylon por

los resquicios de la parte alta de la pared.

La señorita Fellowes recordó la cuerda de la cabina que contenía

la muestra rocosa del profesor Ademewski, la cuerda de la que

Hoskins había tirado hacía mucho tiempo.

—¡No! —chilló.

Pero Hoskins dejó a Timmie en el suelo y le quitó amablemente

el abrigo que llevaba.

—Quédate aquí, Timmie. No te pasará nada. Nosotros estaremos

fuera sólo un momento. ¿De acuerdo?

Timmie, pálido y mudo, logró asentir con la cabeza.

Hoskins condujo a la enfermera fuera de la casa de muñecas. De

momento, la señorita Fellowes había superado el límite de la

resistencia. Vagamente, vio que ajustaban el tirador junto a la casa

de muñecas.

—Lo siento, señorita Fellowes —dijo Hoskins—. Me habría

gustado evitarle esto. Planeé hacerlo por la noche para que usted se

enterara cuando ya estuviera hecho.

—Por la herida de su hijo —dijo la enfermera en un fatigado

susurro—. Porque su hijo atormentó a este niño y lo provocó.

—No. Créame. Me he enterado del incidente de hoy y sé que la

culpa fue de Jerry. Pero el incidente se ha filtrado al exterior. Así

debía ser, con la prensa acosándonos precisamente este día. No

puedo arriesgarme a que un relato distorsionado sobre negligencias

y Neandertales salvajes perjudique el éxito del Proyecto Edad Media.

De todas formas, Timmie tenía que regresar pronto. Si regresa ahora

mismo, los sensacionalistas tendrán el mínimo pretexto posible para

volcar su basura.

—No es como devolver una roca. Va a matar a un ser humano.

—No habrá asesinato. No habrá sensación. Simplemente, el niño

será un niño Neandertal en un mundo Neandertal. Dejará de estar

prisionero, no será un extraño. Tendrá la posibilidad de vivir en

libertad.

—¿Qué posibilidad? Sólo tiene siete años, está acostumbrado a

que le cuiden, le alimenten, le vistan, le protejan. Estará solo. Quizá

su tribu no esté ya en el lugar donde él la abandonó hace cuatro

años. Y aunque esté en el mismo sitio, no reconocerán a Timmie.

Tendrá que cuidar de sí mismo. ¿Cómo va a hacerlo?

Hoskins sacudió la cabeza en un gesto de desesperada negativa.

—¡Dios mío, señorita Fellowes! ¿Cree que no he pensado en eso?

¿Cree que habríamos traído a un niño de no haber sido porque se

trataba de la primera localización de un humano o cuasi humano que

hacíamos, y porque no nos atrevimos a correr el riesgo de perder su

posición y hacer otra localización tan perfecta? ¿Por qué supone que

hemos mantenido tanto tiempo aquí a Timmie, sino porque éramos

reacios a devolver al niño al pasado? —Su voz cobró exasperada

urgencia—. Pero no podemos esperar más. Timmie es un obstáculo

en el camino de la expansión. Una fuente de posible mala

publicidad. Estamos a punto de hacer grandes cosas y, lo lamento,

señorita Fellowes, pero no podemos permitir que Timmie nos

estorbe. No podemos. No podemos. Lo lamento, señorita Fellowes.

—Bien, en ese caso —dijo tristemente la enfermera—, déjeme

decirle adiós. Concédame cinco minutos para despedirme.

Concédame tan sólo eso.

Hoskins vaciló.

—Adelante.

Timmie corrió hacia ella. Corrió hacia ella por última vez y la

señorita Fellowes, por última vez, lo estrechó entre sus brazos.

Durante un instante, lo abrazó ciegamente. Empujó una silla con

la punta del pie, la puso junto a la pared y se sentó.

—No tengas miedo, Timmie.

—No tengo miedo si estás aquí, señorita Fellowes ¿Está

buscándome ese hombre loco, ese hombre que está afuera?

—No, no temas. Él no nos comprende… Timmie, ¿sabes qué es

una madre?

—¿Como la de Jerry?

—¿Te habló él de su mamá?

—Algunas veces. Creo que una madre es una señora que te cuida

y se porta muy bien contigo y hace cosas buenas.

—Exacto. ¿No te gustaría tener una madre, Timmie?

Timmie apartó la cabeza del cuerpo de la enfermera para poder

mirarla. Poco a poco, pasó su manita por la mejilla y el pelo de la

señorita Fellowes y la acarició igual que ella, hacía mucho, mucho

tiempo, le había acariciado.

—¿Tú no eres mi madre? —preguntó el niño.

—Oh, Timmie.

—¿Te enfadas porque te lo pregunto?

—No. Claro que no.

—Porque yo sé que te llamas señorita Fellowes, pero…, pero a

veces te llamo «mamá» sin decirlo. ¿Te parece bien?

—Sí. Sí. Me parece bien. Y ya no te abandonaré más y no sufrirás

más. Estaré siempre contigo para cuidarte. Llámame «mamá», que

yo lo oiga.

—Mamá —dijo Timmie muy contento, y apretó su mejilla a la de

la enfermera.

La señorita Fellowes se levantó y, sin soltar al niño, se subió a la

silla. Hizo caso omiso del repentino inicio de un grito en el exterior y,

con la mano libre, tiró con todas sus fuerzas de la cuerda que

colgaba entre dos resquicios.

Perforó Estasis y la habitación quedó vacía.__


 

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