Isaac Asimov-El Niño Feo
El niño feo
«Lastborn
(The Ugly Little Boy)» (1958)
Edith
Fellowes se alisó la bata de trabajo como hacía siempre antes
de
abrir la compleja cerradura de la puerta y cruzar la invisible línea
divisoria
que separaba el es del no es. Llevaba la libreta y el
bolígrafo,
aunque ya no tomaba notas excepto cuando consideraba
absolutamente
necesario hacer algún informe.
En
esta ocasión llevaba también una maleta. («Juguetes para el
niño»,
había dicho ella, sonriente, al vigilante, que desde hacía
tiempo
había dejado de hacerle preguntas y que le indicó que podía
pasar).
Como
siempre, el niño feo supo que ella había entrado y se
acercó
corriendo.
—¡Señorita
Fellowes! ¡Señorita Fellowes! —gritó con su blanda e
indistinta
voz.
—Timmie…
—dijo ella, y pasó la mano por el tupido cabello
castaño
que cubría la desfigurada cabecita—. ¿Qué ocurre?
—¿Volverá
Jerry para jugar otra vez? Siento lo que pasó.
—Eso
no importa ahora, Timmie. ¿Por eso llorabas?
El
niño bajó los ojos.
—No
sólo por eso, señorita Fellowes. He soñado otra vez.
—¿El
mismo sueño?
Los
labios de la señorita Fellowes se fruncieron. Claro, el
incidente
con Jerry había hecho volver el sueño.
El
niño asintió. Sus dientes, demasiado grandes, asomaron
cuando
intentó sonreír, y los labios de su sobresaliente boca se
estiraron
al máximo.
—¿Cuándo
seré bastante grande para salir, señorita Fellowes?
—Pronto
—dijo ella en voz baja, sintiendo que se le partía el
corazón—.
Pronto.
La
señorita Fellowes dejó que el niño le tomara la mano y gozó
con
el cálido tacto de la gruesa y seca piel de la palma. El niño la
llevó
por las tres habitaciones que formaban el conjunto de la
Sección
Uno de Estasis; acogedoras, cierto, pero una prisión eterna
para
el niño feo durante los siete años (¿eran siete?) que llevaba de
vida.
El
niño la condujo a la única ventana, con vistas a un boscoso
fragmento
lleno de matorrales del mundo del es (en aquel momento
oculto
por la noche), donde una valla e instrucciones pintadas
prohibían
a cualquier hombre adentrarse sin permiso.
El
niño apretó la nariz contra la ventana.
—¿Afuera,
señorita Fellowes?
—Mejores
lugares. Lugares más bonitos —dijo tristemente ella,
mientras
contemplaba la pobre cara encarcelada perfilada en la
ventana.
La
frente del niño se hundía planamente, y su cabello caía en
mechones
sobre ella. La nuca sobresalía y parecía un peso excesivo
para
la cabeza, de forma que esta se inclinaba hacia delante y
obligaba
al cuerpo a adoptar una postura encorvada. Óseos bordes
habían
provocado ya un abultamiento en la piel de los ojos. La
ancha
boca sobresalía más que la amplia y achatada nariz, y el niño
carecía
de barbilla propiamente dicha; sólo tenía una mandíbula de
lisas
curvas. Era bajo para su edad, y tenía las piernas cortas,
gruesas
y torcidas.
Era
un niño terriblemente feo, y Edith Fellowes lo amaba
intensamente.
La
cara de la enfermera quedaba fuera de la línea de visión del
niño,
por lo que permitió a sus labios el lujo de un temblor.
No
lo matarían. Ella haría cualquier cosa para impedirlo.
Cualquier
cosa. Abrió la maleta y empezó a sacar la ropa que
contenía.
Edith
Fellowes había cruzado por primera vez el umbral de
Estasis,
Inc., hacía poco más de tres años. Entonces no tenía la
menor
idea sobre el significado de Estasis y la tarea de la sociedad.
Nadie
lo sabía entonces, excepto las personas que trabajaban allí.
De
hecho, sólo un día después de la llegada de la enfermera se dio
la
noticia al mundo.
En
aquel entonces, fue simplemente un anuncio de Estasis
solicitando
una mujer con conocimientos de fisiología, experiencia en
química
clínica y amor a los niños. Edith Fellowes era enfermera en
una
sala de maternidad y creía satisfacer dichos requisitos.
Gerald
Hoskins, en cuyo escritorio figuraba una placa que
indicaba
su título de doctor, se rascó la mejilla con el pulgar y miró
fijamente
a la aspirante.
La
señorita Fellowes se irguió automáticamente y notó que se le
crispaba
el rostro, de nariz levemente asimétrica y cejas una pizca
gruesas.
«Él
tampoco es guapo —pensó ella resentida—. Está
engordando,
se está quedando calvo y tiene una boca horrible…».
Pero
el salario mencionado en el anuncio era mucho más elevado de
lo
que la señorita Fellowes esperaba, y por eso se limitó a aguardar.
—Bien,
¿realmente adora a los niños? —dijo Hoskins.
—No
lo afirmaría si no fuera cierto.
—¿O
simplemente le encantan los niños guapos? ¿Los
encantadores,
regordetes, con lindas naricillas y voces de jilguero?
—Los
niños son niños, doctor Hoskins —dijo la señorita Fellowes
—,
y los que no son guapos son precisamente los que pueden
necesitar
más ayuda.
—Entonces
supongo que podemos aceptarla…
—¿Pretende
decir que me da el empleo ahora mismo?
Él
sonrió brevemente, y durante un momento su ancha cara tuvo
un
distraído rasgo de encanto.
—Tomo
decisiones rápidas —dijo—. Pero de momento la oferta es
provisional.
Puedo tomar una decisión igualmente rápida para
dejarla
marchar. ¿Está dispuesta a correr el riesgo?
La
señorita Fellowes aferró su bolso y calculó con la máxima
rapidez
posible. Luego ignoró los cálculos y se dejó llevar por su
impulso.
—De
acuerdo.
—Magnífico.
Vamos a formar Estasis esta noche y creo que será
mejor
que esté allí para empezar de inmediato. Eso será a las ocho
de
la noche, y me gustaría que usted estuviera a las siete y media.
—Pero
¿qué…?
—Magnífico.
Magnífico. Eso es todo por ahora.
Tras
una señal, una risueña secretaria entró y acompañó fuera a
la
enfermera.
La
señorita Fellowes contempló un instante la cerrada puerta del
doctor
Hoskins. ¿Qué era Estasis? ¿Qué relación tenía con los niños
aquel
gran edificio de aspecto de granero, con empleados provistos
de
placas de identificación, con improvisados pasillos, con un
inconfundible
ambiente de ingeniería?
Se
preguntó si debía volver por la noche o quedarse en casa y
dar
una lección al arrogante individuo. Pero sabía que iba a volver,
aunque
sólo fuera por pura frustración. Tenía que averiguar lo de los
niños.
La
señorita Fellowes volvió a las siete y media y no tuvo que
anunciarse.
Uno tras otro, hombres y mujeres parecían conocerla y
saber
su trabajo. Le parecía ir sobre ruedas cuando la llevaron
adentro.
El
doctor Hoskins estaba allí, pero se limitó a mirarla con aire
distante.
—Señorita
Fellowes… —murmuró.
Ni
siquiera le sugirió que tomara asiento, pero ella arrastró
tranquilamente
una silla hasta la barandilla y se sentó.
Se
hallaban en una galería, contemplando un enorme foso lleno
de
instrumentos que parecían un cruce entre el tablero de mandos
de
una nave espacial y el teclado de una computadora. A un lado
había
separaciones que formaban un piso sin techo, una gigantesca
casa
de muñecas cuyas habitaciones podían verse desde arriba.
La
señorita Fellowes vio una cocina electrónica y un frigorífico en
una
habitación, y un improvisado lavabo en otra. Y el objeto que
distinguió
en otra habitación sólo podía ser parte de una cama, de
una
cama pequeña.
Hoskins
estaba hablando con otro hombre, y ambos, junto con la
señorita
Fellowes, eran los únicos ocupantes de la galería. Hoskins
no
quiso presentar al desconocido, y la enfermera lo miró
furtivamente.
Era delgado, y tenía cierto atractivo como hombre de
edad
madura. Tenía un pequeño bigote y penetrantes ojos, al
parecer
atareados con todo.
—Ni
por un momento fingiré que entiendo todo esto, doctor
Hoskins
—estaba diciendo—. Es decir, entiendo tanto como puede
esperarse
de un lego, de un lego razonablemente inteligente. Con
todo,
si hay algo que entiendo menos, es la cuestión de la
selectividad.
Usted sólo puede alcanzar cierta distancia. Eso parece
lógico,
las cosas se hacen más vagas al aumentar la distancia, se
requiere
más energía… Pero luego me dice que no puede llegar muy
cerca.
Esa es la parte enigmática.
—Puedo
hacerlo parecer menos paradójico, Deveney, si me
permite
utilizar una analogía.
(La
señorita Fellowes identificó al desconocido en cuanto oyó su
nombre,
y se impresionó aun sin quererlo. Se trataba obviamente de
Candide
Deveney, el redactor científico de Telenoticias, que acudía
notoriamente
al escenario de cualquier importante avance científico.
La
enfermera incluso reconoció la cara de Deveney, ya que la había
visto
en la notiplaca cuando se anunció el aterrizaje en Marte… De
modo
que el doctor Hoskins debía tener algo importante allí).
—Desde
luego, use una analogía —dijo Deveney con aire
pesaroso—,
si cree que eso servirá de algo.
—Bien,
pues. Es imposible leer un libro con caracteres de
imprenta
ordinarios si se lo sostiene a dos metros de los ojos, pero
es
posible leerlo a un palmo de distancia. Hasta aquí, cuanto más
cerca
mejor. Pero si pone el libro a cinco centímetros de sus ojos,
vuelve
a estar perdido. Existe el hecho de la excesiva proximidad,
como
ve.
—Hummm
—dijo Deveney.
—O
considere otro ejemplo. Su hombro derecho está a setenta
centímetros
de la punta de su dedo índice, y puede apoyar este
dedo
en su hombro derecho. Su codo derecho está sólo a la mitad
de
la distancia de la punta de su dedo índice. De acuerdo con la
lógica
ordinaria, sería más fácil hacer lo mismo, y sin embargo usted
no
puede poner el dedo índice de su mano derecha en el codo del
mismo
lado. De nuevo, existe el hecho de la excesiva proximidad.
—¿Puedo
usar estas analogías en mi relato? —preguntó Deveney.
—Naturalmente.
Me encantaría. He esperado mucho tiempo a
que
alguien como usted tenga un relato. Le ofreceré cualquier otra
cosa
que desee. Es hora, por fin, de querer que el mundo mire por
encima
de nuestro hombro. La gente verá algo.
(A
pesar suyo, la señorita Fellowes admiraba la serena certeza
del
doctor. Había fuerza allí).
—¿Cuán
lejos va a llegar? —dijo Deveney.
—Cuarenta
mil años.
La
señorita Fellowes contuvo la respiración bruscamente.
¿Años?
Había
tensión en el ambiente. Los encargados de los controles
apenas
se movían. Un hombre hablaba ante un micrófono con suave
monotonía,
pronunciando breves frases que no tenían sentido para
la
señorita Fellowes.
Deveney
se apoyó en la barandilla de la galería con la mirada
fija.
—¿Veremos
algo, doctor Hoskins? —preguntó.
—¿Qué?
No. Nada hasta que se complete el trabajo. Detectamos
de
forma indirecta, algo parecido al principio del radar, con la
excepción
que utilizamos mesones en lugar de radiación. Los
mesones
buscan retrocediendo en el tiempo en las condiciones
apropiadas.
Algunos se reflejan, y debemos analizar los reflejos.
—Eso
parece difícil.
Hoskins
sonrió de nuevo brevemente, como siempre.
—Es
el producto final de cincuenta años de investigación,
cuarenta
de ellos antes de mi entrada en el campo… Sí, es difícil.
El
hombre del micrófono alzó una mano.
—Hemos
estado fijos en un momento particular de tiempo desde
hace
semanas. Hemos roto la conexión, la hemos rehecho tras
calcular
nuestros movimientos en el tiempo, nos hemos asegurado
de
poder maniobrar el flujo temporal con suficiente precisión. Esto
debe
dar resultado ahora.
Pero
su frente relucía.
Edith
Fellowes notó que se había levantado de la silla y estaba en
la
barandilla de la galería, pero no había nada que ver.
—Ahora
—dijo en voz baja el hombre del micrófono.
Hubo
un lapso de silencio suficiente para respirar una vez y luego
el
sonido del chillido de un aterrorizado niño en las habitaciones de
la
casa de muñecas. ¡Terror! ¡Penetrante terror!
La
cabeza de la señorita Fellowes se volvió en la dirección del
grito.
Un niño estaba involucrado. Lo había olvidado.
El
puño de Hoskins golpeó la barandilla, y el doctor, con voz
tensa
y temblorosa, con voz de triunfo, dijo:
—¡Conseguido!
La
señorita Fellowes fue forzada a bajar el corto tramo espiral de
escalera
por la dura presión de la palma de Hoskins aplicada a sus
omoplatos.
El doctor no le dio explicaciones.
Los
hombres de los controles estaban de pie en aquel momento,
sonrientes,
fumando, observando a los tres que llegaban a la planta
principal.
Un zumbido muy tenue surgía de la casa de muñecas.
—Es
totalmente seguro entrar en Estasis —dijo Hoskins a
Deveney—.
Lo he hecho mil veces. Se produce una sensación
extraña
que dura un momento y no significa nada.
Hoskins
cruzó un abierto umbral en muda demostración, y
Deveney,
con rígida risa y tras respirar con obvia profundidad, le
siguió:
—¡Señorita
Fellowes! ¡Por favor! —dijo Hoskins.
El
doctor torció el dedo índice impacientemente.
La
señorita Fellowes asintió y entró muy rígida. Fue como si un
escarceo,
un hormigueo interno recorriera su cuerpo.
Pero
una vez dentro todo pareció normal. Se percibía el olor de la
madera
nueva de la casa de muñecas y…, y de…, de tierra.
Se
había hecho el silencio, ninguna voz por fin, pero había un
seco
arrastrar de pies y, quizá, una mano que rascaba madera…, y
luego
un suave gemido.
—¿Dónde
está? —preguntó angustiada la señorita Fellowes.
¿Por
qué no se preocupaban aquel par de necios?
El
niño se hallaba en el dormitorio; o por lo menos, en la
habitación
que tenía la cama.
Estaba
de pie, desnudo, con el pequeño pecho, manchado de
barro,
subiendo y bajando irregularmente. Un montón de tierra y
áspera
hierba se extendía en el suelo alrededor de sus descalzos
pies
morenos. El olor a tierra procedía de allí, igual que el vestigio de
algo
fétido.
Hoskins
siguió la aterrorizada mirada de la enfermera.
—Es
imposible arrancar limpiamente a un niño del tiempo,
señorita
Fellowes —dijo en tono de disgusto—. Hemos tenido que
recoger
parte de los alrededores por cuestión de seguridad. ¿O
habría
preferido que el niño llegara aquí con una pierna menos, o
con
sólo media cabeza?
—¡Por
favor! —repuso la señorita Fellowes, abrumada por el asco
—.
¿Vamos a quedarnos con los brazos cruzados? La pobre criatura
está
asustada. Y muy sucia.
Tenía
mucha razón. El niño tenía manchas de barro incrustado y
grasa,
y un arañazo en el muslo, que estaba enrojecido e inflamado.
Cuando
Hoskins se aproximó, el niño, que aparentaba tener tres
años,
se agachó y retrocedió rápidamente. Alzó el labio superior y
gruñó
sibilantemente, igual que un gato. Con rápido gesto, Hoskins
tomó
al niño por ambos brazos y lo levantó del suelo, pese a que se
revolvía
y chillaba.
—Sosténgalo
—dijo la señorita Fellowes—. Lo primero que
necesita
es un baño. Hay que limpiarlo. ¿Tiene lo preciso? Si es así,
ordene
que lo traigan aquí. Y al principio necesitaré ayuda para
agarrar
al niño. Luego, por el amor del cielo, ordene que recojan
toda
esta suciedad.
Ella
estaba ya dando órdenes, y se la veía a sus anchas. Y puesto
que
era una enfermera eficaz, y no una confusa espectadora, la
señorita
Fellowes examinó al pequeño con ojo clínico…, y dudó
durante
unos instantes de sobresalto. Lo examinó más allá del barro
y
los gritos, más allá del agitar de extremidades y el inútil
retorcimiento.
Vio al niño propiamente dicho.
Era
el niño más feo que había visto nunca. Horriblemente feo
desde
la deforme cabeza hasta las torcidas piernas.
La
señorita Fellowes lavó al niño con ayuda de tres hombres,
mientras
otros iban de un lado a otro intentando limpiar la
habitación.
La enfermera actuó en silencio y con una sensación de
atropello,
irritada por el continuo desasosiego y los chillidos del
pequeño,
y por los indecorosos salpicones de jabonosa agua a que
se
veía sometida.
El
doctor Hoskins había intuido que el niño no sería guapo, pero
eso
no implicaba ni con mucho que la criatura estaría
repulsivamente
deformada. Y el hedor del pequeño era tal que el
jabón
y el agua sólo lo aliviaban muy poco a poco.
La
señorita Fellowes sintió el intenso deseo de echar al niño,
enjabonado
como estaba, en brazos del doctor y marcharse. Pero
estaba
el orgullo profesional. Ella había aceptado una tarea, al fin y
al
cabo… Y estaba la mirada de los ojos del doctor, una fría mirada
que
decía: «¿Sólo niños guapos, señorita Fellowes?».
Hoskins
se mantenía apartado, observando fríamente a cierta
distancia
con un asomo de sonrisa en el semblante. En un momento
dado
se fijó en los ojos de la enfermera, y pareció divertirse con la
indignación
de la mujer.
La
señorita Fellowes decidió que aguardaría un rato antes de
renunciar.
Hacerlo al instante sería rebajarse.
Luego,
cuando el niño tuvo un soportable tono rosado y olor a
perfumado
jabón, la enfermera se sintió mejor a pesar de todo. Los
chillidos
se transformaron en gimoteos de agotamiento, y el niño
miró
alrededor atentamente; sus ojos se movieron con veloz y
asustado
recelo de uno a otro de los ocupantes de la habitación. La
limpieza
acentuaba su delgada desnudez, mientras se estremecía de
frío
tras el baño.
—¡Traigan
una bata para el niño! —dijo vivamente la señorita
Fellowes.
Al
momento apareció una bata. Todo parecía preparado y sin
embargo
nada estaba disponible a menos que ella diera la orden;
como
si deliberadamente dejaran el asunto en sus manos sin
ayudarla,
para ponerla a prueba.
El
reportero, Deveney, se acercó.
—Yo
lo sostendré, señorita —dijo—. Usted sola no podrá
ponérsela.
—Gracias
—dijo ella.
Ciertamente
hubo una batalla, pero la bata quedó puesta, y
cuando
el niño hizo ademán de desgarrarla, la enfermera le dio una
brusca
palmada en la mano.
El
niño enrojeció, pero no lloró. Miró fijamente a la mujer y los
torcidos
dedos de una de sus manos se deslizaron lentamente por la
franela
de la prenda, palpando su extrañeza.
La
señorita Fellowes, desesperada, pensó: «Bueno, y ahora,
¿qué?».
Todo
el mundo parecía estar en animación suspendida,
aguardando
la reacción de la enfermera…, incluso el niño feo.
—¿Tienen
comida? ¿Leche? —preguntó bruscamente.
La
tenían. Trajeron una unidad móvil, y en el compartimiento de
refrigeración
había un litro de leche; había también un calentador y
diversos
fortificantes en forma de pastillas vitamínicas, jarabe de
cobre,
cobalto y hierro, y otras cosas que la enfermera no tenía
tiempo
para examinar. Había varios envases de comida infantil que
se
auto calentaba.
La
señorita Fellowes usó leche, solamente leche para empezar. La
unidad
de radiaciones calentó el líquido hasta la temperatura
apropiada
en cuestión de segundos y se desconectó, y la enfermera
puso
un poco de leche en un plato. Estaba segura del salvajismo del
niño.
Él no sabría usar una taza.
La
señorita Fellowes bajó la cabeza y dijo al pequeño:
—Bebe.
Bebe.
Hizo
un gesto como si se llevara el plato a la boca. Los ojos del
niño
siguieron el movimiento, pero nada más.
De
pronto, la enfermera recurrió a medidas directas. Tomó con
una
mano el brazo del niño y metió la otra en la leche. Le mojó los
labios
con el líquido, y este cayó goteando por las mejillas y la
contraída
barbilla.
Durante
un instante el niño lanzó un agudo grito, y acto seguido
su
lengua se movió sobre sus mojados labios. La señorita Fellowes
retrocedió.
El
niño se acercó al plato, se agachó, miró bruscamente hacia
arriba
y hacia atrás, como si esperara ver a un agazapado enemigo,
se
agachó de nuevo, y lamió ansiosamente la leche, igual que un
gato.
Sorbió el líquido haciendo mucho ruido. No utilizó las manos
para
levantar el plato.
La
señorita Fellowes dejó que asomara en su rostro parte de la
repugnancia
que sentía. No pudo evitarlo.
Deveney
captó el detalle, quizá.
—¿Lo
sabe la enfermera, doctor Hoskins? —dijo.
—¿El
qué? —preguntó la señorita Fellowes.
Deveney
dudó, pero Hoskins intervino, de nuevo con su aire de
indiferente
diversión en el rostro.
—Bien,
infórmela —dijo.
Deveney
se volvió hacia la señorita Fellowes.
—Tal
vez no lo sospeche, señorita, pero el azar ha querido que
sea
la primera mujer civilizada de la historia que cuida a un joven de
Neandertal.
La
enfermera volvió la cabeza hacia Hoskins con dominada
ferocidad.
—Debió
informarme, doctor.
—¿Por
qué? ¿Qué importancia habría tenido?
—Habló
de un niño.
—¿No
es eso un niño? ¿Alguna vez ha tenido un perrito o un
gatito,
señorita Fellowes? ¿Están esos animales más cerca de lo
humano?
Si ese niño fuera una cría de chimpancé, ¿le produciría
asco?
Usted es enfermera, señorita Fellowes. Su expediente afirma
que
estuvo en una sala de maternidad durante tres años. ¿Alguna
vez
se negó a cuidar a un bebé deforme?
La
señorita Fellowes pensó que estaba quedándose sin
argumentos.
—Podía
haberme informado —dijo, con mucha menos decisión.
—¿Y
habría rechazado el empleo? Bien, ¿lo rechaza ahora?
Hoskins
la observó fríamente, mientras Deveney miraba al otro
lado
de la habitación, y el niño de Neandertal, tras acabar la leche y
lamer
el plato, contempló a la enfermera con su mojada cara y sus
anhelantes
ojazos.
El
niño señaló la leche y de repente empezó a emitir una breve
serie
de sonidos reiterados; sonidos guturales y complejos
chasquidos
de la lengua.
—¡Vaya,
habla! —dijo la señorita Fellowes, sorprendida.
—Naturalmente
—dijo Hoskins—. El Homo neanderthalensis no
es
una especie totalmente distinta, sino más bien una subespecie del
Homo
sapiens. ¿Por qué no había de hablar? Probablemente está
pidiendo
más leche.
De
forma mecánica, la señorita Fellowes buscó la botella de
leche,
pero Hoskins la tomó por la muñeca.
—Bien,
señorita Fellowes, antes que vayamos más lejos, ¿acepta
el
empleo?
La
señorita Fellowes se soltó bruscamente, irritada.
—¿No
piensa darle de comer si yo no lo hago? Me quedaré con
él…,
algún tiempo.
La
enfermera echó leche en el plato.
—Vamos
a dejarla con el niño, señorita Fellowes —dijo Hoskins—.
Esta
es la única entrada de Estasis Número Uno, y está
completamente
cerrada y vigilada. Quiero que se entere de los
pormenores
de la cerradura, la cual, por supuesto, estará
programada
para aceptar sus huellas digitales, como ya lo está para
las
mías. En los espacios superiores —prosiguió, alzando los ojos
hacia
los inexistentes techos de la casa de muñecas— también hay
vigilancia,
y se nos informará en cuanto algo inconveniente suceda
aquí.
—¿Pretende
decir que estaré sometida a control visual? —dijo la
señorita
Fellowes, indignada.
Pensó
de pronto en su propio examen de las habitaciones
interiores
desde la galería.
—No,
no —repuso seriamente Hoskins—. Se respetará
totalmente
su intimidad. La vigilancia se efectuará únicamente
mediante
símbolos electrónicos, que sólo una computadora
interpretará.
Se quedará con el chico esta noche, señorita Fellowes,
y
todas las noches hasta nuevo aviso. Se la relevará durante el día
según
el horario que le parezca más conveniente. Le permitiremos
arreglar
ese detalle.
La
enfermera contempló la casa de muñecas con asombrada
expresión.
—Pero
¿por qué todo esto, doctor Hoskins? ¿Es peligroso el niño?
—Es
cuestión de energía, señorita Fellowes. Al niño no se le debe
permitir
la salida de estas habitaciones. Nunca. Ni un instante. Por
ningún
motivo. Ni para salvarle la vida. Ni siquiera para salvar su
propia
vida, señorita Fellowes. ¿Está claro?
La
enfermera levantó la barbilla.
—Entiendo
las órdenes, doctor Hoskins, y en mi profesión
estamos
acostumbradas a poner el deber por delante de la
seguridad
personal.
—Perfecto.
Si necesita ayuda de alguien, hágalo saber.
Y
los dos hombres se fueron.
É
La
señorita Fellowes se volvió hacia el niño. Él estaba
observándola,
y todavía quedaba leche en el plato. Trabajosamente,
la
enfermera trató de enseñarle a levantarlo y llevárselo a los labios.
El
pequeño se resistió, pero se dejó tocar sin más gritos.
Los
asustados ojos del niño siempre estaban fijos en ella,
vigilantes,
atentos al primer movimiento en falso. La enfermera tuvo
que
tranquilizarle, se esforzó en mover muy despacio la mano hacia
el
pelo del pequeño, dejándole ver cada milímetro del recorrido, para
que
viera que no iba a sufrir daño.
Y
logró acariciarle el pelo un instante.
—Tendré
que enseñarte a usar el cuarto de baño —dijo—. ¿Crees
que
podrás aprender?
Habló
en voz baja, apaciblemente, sabiendo que él no entendería
las
palabras pero confiando en que respondiera al sosiego de su
tono.
El
niño inició de nuevo una frase con chasquidos de su lengua.
—¿Me
dejas tomarte la mano? —dijo la enfermera.
Tendió
la suya y el niño la miró. La señorita Fellowes dejó su
mano
extendida y aguardó. La mano del pequeño se deslizó hacia la
suya.
—Eso
está bien —dijo ella.
La
mano se acercó a dos centímetros y entonces el valor del niño
decayó.
Apartó la mano bruscamente.
—Bien
—dijo tranquilamente la señorita Fellowes—, lo
intentaremos
más tarde. ¿Te gustaría sentarte aquí?
Dio
unas palmadas al colchón de la cama.
Las
horas transcurrieron con lentitud, y el progreso fue escaso.
La
enfermera no obtuvo satisfacción ni con el cuarto de baño ni con
la
cama. De hecho, a pesar de dar inconfundibles muestras de
somnolencia,
el pequeño se echó al suelo y a continuación, con un
rápido
movimiento, se metió debajo de la cama.
La
señorita Fellowes se agachó para mirar al niño, y los ojos de
este
la observaron relucientes mientras la lengua chasqueaba.
—Muy
bien —dijo ella—, si te sientes más seguro ahí, duerme
ahí.
Cerró
la puerta del dormitorio y se retiró a la cama que le habían
preparado
en la habitación más espaciosa. Tras insistir, habían
puesto
un improvisado dosel sobre la cama. La señorita Fellowes
pensó:
«Esos estúpidos tendrán que poner un espejo y una cómoda
más
grande en esta habitación, y otro cuarto de baño, si esperan
que
yo pase las noches aquí».
Le
resultó difícil dormir. La señorita Fellowes se esforzó en oír
posibles
ruidos en la habitación contigua. El niño no podía escapar,
¿no?
Las paredes eran rectas e increíblemente altas, pero…, ¿y si el
pequeño
trepaba como un mono? Bien, Hoskins había hablado de la
existencia
de dispositivos de observación que vigilaban el techo.
De
repente, la enfermera pensó: «¿Es posible que el niño sea
peligroso?
¿Físicamente peligroso?».
No,
Hoskins no podía haberse referido a eso. No la habría dejado
sola
si…
Trató
de reírse de sí misma. Sólo era un niño de tres o cuatro
años.
Sin embargo, ella no había conseguido cortarle las uñas. Si la
atacaba
con uñas y dientes mientras dormía…
Respiró
agudamente. Aquello era ridículo, pero de todas
maneras…
Prestó
penosa atención, y esta vez oyó el sonido.
El
niño estaba llorando.
No
eran chillidos de miedo o de enfado; no eran gritos, no eran
alaridos.
El niño estaba llorando en silencio. Era el angustiado sollozo
de
un niño que se sentía solo, muy solo.
Por
primera vez, la señorita Fellowes pensó con zozobra: «¡Pobre
criatura!».
Naturalmente,
era un niño. ¿Qué importaba la forma de su
cabeza?
Era un niño que se había quedado huérfano como ningún
otro
niño antes que él. No sólo habían desaparecido su madre y su
padre,
sino también toda su especie. Arrancado insensiblemente de
su
tiempo, era la única criatura de su especie en el mundo. La
última.
La única.
La
señorita Fellowes sintió que su pena crecía, y al mismo tiempo
se
avergonzó de su propia insensibilidad. Tras ceñirse la bata a las
pantorrillas
(incongruentemente, pensó: «Mañana tendré que traer
un
albornoz»), salió de la cama y entró en la habitación del niño.
—Pequeño
—llamó en un susurro—. Pequeño.
Estuvo
a punto de meter la mano por debajo de la cama, pero
pensó
en un posible mordisco y no lo hizo. Encendió la lamparilla y
movió
la cama.
La
pobre criatura estaba acurrucada en un rincón, con las rodillas
bajo
la barbilla, y miraba a la enfermera con borrosos y desconfiados
ojos.
Con
la escasa iluminación, la enfermera no percibió el aspecto
repulsivo
del niño.
—Pobre
niño —dijo—, pobre niño. —Notó que el pequeño se
ponía
rígido mientras le acariciaba el pelo, y que luego se relajaba—.
Pobre
niño. ¿Me dejas tomarte?
Se
sentó en el suelo cerca del niño y, poco a poco, rítmicamente,
le
acarició el cabello, la mejilla, el brazo. En voz baja, la señorita
Fellowes
comenzó a entonar una canción lenta y suave.
El
niño levantó la cabeza al oírla y contempló su boca en la
penumbra,
como si el sonido le maravillara.
La
enfermera fue aproximándose mientras el niño la escuchaba.
Poco
a poco acercó hacia sí la cabeza del pequeño, hasta que esta
quedó
apoyada en su hombro. Le pasó un brazo por debajo de los
muslos
y lo alzó hasta su regazo con un movimiento pausado y
suave.
La
señorita Fellowes siguió cantando, el mismo verso sencillo una
y
otra vez, mientras mecía al pequeño.
El
niño dejó de llorar y al cabo de un rato el rítmico zumbido de
su
respiración indicó que se había dormido.
Con
infinito cuidado, la enfermera empujó la cama hacia la pared
y
puso encima al niño. Lo tapó y lo miró. Su cara era tan pacífica y
tan
de niño pequeño mientras dormía… Ciertamente, no tenía tanta
importancia
que fuera muy feo.
La
señorita Fellowes empezó a alejarse de puntillas, pero
después
pensó: «¿Y si se despierta?».
Retrocedió,
luchó indecisa consigo misma, suspiró y, lentamente,
se
metió en la cama con el pequeño.
La
cama era demasiado pequeña para ella. Se sentía entorpecida
e
incómoda sin el dosel, pero la mano del niño se deslizó hacia la
suya
y, sin saber cómo, la enfermera se durmió en esa postura.
Despertó
sobresaltada y con el alocado impulso de chillar, que
logró
ahogar en un gorjeo. El niño estaba mirándola, con los ojos
muy
abiertos. La enfermera tardó un largo momento en recordar
que
se había acostado con él; después, poco a poco, sin apartar la
mirada
de aquellos ojos, sacó una pierna, tocó el suelo, y luego sacó
la
otra.
Lanzó
una rápida y recelosa mirada hacia el abierto techo, y
tensó
los músculos dispuesta a ponerse en pie.
Pero
en ese momento los rechonchos dedos del niño se movieron
y
tocaron los labios de la enfermera. El pequeño dijo algo.
La
señorita Fellowes retrocedió con el contacto. El niño era
terriblemente
feo a la luz del día.
El
niño habló otra vez. Abrió la boca e hizo un gesto con la mano,
como
si algo brotara de sus labios.
La
señorita Fellowes supuso el significado del gesto y dijo
trémulamente:
—¿Quieres
que cante?
El
niño no dijo nada, sólo miró fijamente la boca de la mujer.
Con
voz ligeramente desafinada a causa de la tensión, la señorita
Fellowes
inició la misma cancioncilla de la noche anterior y el niño
feo
sonrió. Su cuerpo se bamboleó torpe, burdamente, siguiendo el
ritmo
de la música, y de su boca brotó un gorgoteo que quizá fuera
un
asomo de risa.
La
señorita Fellowes suspiró mentalmente. La música posee
encantos
que calman al corazón salvaje. Quizá fuera una ayuda…
—Aguarda
—dijo la enfermera—. Déjame que me arregle. Sólo
será
un momento. Luego te prepararé el desayuno.
Actuó
con rapidez, siempre consciente de la falta de techo. El
niño
siguió en la cama, contemplando a la mujer cuando estaba a la
vista.
Ella le sonreía en esas ocasiones, y agitaba su mano.
Finalmente,
el niño agitó también su mano, y a la señorita Fellowes
le
encantó el detalle.
—¿Te
apetecerían gachas de avena con leche? —dijo ella por fin.
Tardó
sólo unos instantes en preparar el desayuno, y luego llamó
por
señas al niño. Bien porque entendió el gesto, o bien porque
siguió
el aroma (la señorita Fellowes no podía saberlo), el pequeño
salió
de la cama.
Trató
de enseñarle a usar la cuchara, pero el niño se apartó del
utensilio,
asustado. («Hay tiempo de sobra», pensó ella). Insistió en
que
él levantara el tazón con las manos. El niño lo hizo con bastante
torpeza
e increíble chapucería, pero buena parte del desayuno llegó
a
su estómago.
La
señorita Fellowes intentó darle la leche en un vaso en esta
ocasión,
y el pequeño gimió al descubrir que la pequeñez del
agujero
le impedía meter la cara de modo conveniente. La
enfermera
le tomó la mano y se la puso en torno al vaso, le obligó a
inclinarlo
un poco y le empujó los labios hacia el borde.
De
nuevo un desastre, pero el niño aprovechó casi todo el
líquido,
y la señorita Fellowes ya estaba acostumbrada a los
desastres.
Para
sorpresa y alivio de la enfermera, el cuarto de baño fue un
problema
menos frustrante. El niño entendió lo que se esperaba de
él.
—Buen
chico. Chico listo —dijo ella, y reparó en que estaba
dándole
palmaditas en la cabeza.
Y
con sumo placer por parte de la señorita Fellowes, el niño
sonrió.
Ella
pensó: «Cuando sonríe, es un niño bastante soportable».
Ese
mismo día, más tarde, llegaron los caballeros de la prensa.
La
enfermera tomó en brazos al niño y este se aferró a ella
alocadamente
mientras al otro lado de la abierta puerta las cámaras
comenzaban
a funcionar. La conmoción asustó al niño, que se puso
a
llorar, pero pasaron diez minutos antes que la señorita Fellowes
tuviera
autorización para retirarse y llevar al pequeño a la habitación
contigua.
Después
salió otra vez, ruborizada de indignación, cruzó la
entrada
de la casa de muñecas y cerró la puerta.
—Creo
que ya han tenido suficiente. Me costará un rato calmar al
niño.
Váyanse.
—Claro,
claro —dijo el caballero del Times-Herald—. Pero
¿realmente
hemos visto a un Neandertal, o se trata de una
tomadura
de pelo?
—Les
aseguro que no se trata de una tomadura de pelo —sonó
de
pronto la voz de Hoskins desde atrás—. El niño es auténtico.
Homo
neanderthalensis.
—¿Es
chico o chica?
—Chico
—dijo lacónicamente la señorita Fellowes.
—El
niño-mono —dijo el periodista del News—. Eso tenemos
aquí.
Un niño-mono. ¿Cómo actúa, enfermera?
—Actúa
exactamente igual que un niño de corta edad —espetó la
señorita
Fellowes, irritada por tener que estar a la defensiva—. Y no
es
un niño-mono. Se llama… Timothy, Timmie…, y su conducta es
perfectamente
normal.
Había
escogido el nombre, Timothy, a la buena ventura. Era el
primero
que se le había ocurrido.
—Timmie,
el niño-mono —dijo el periodista del News.
Y
con ese nombre, Timmie, el niño-mono, conoció el mundo al
niño
feo.
El
periodista del Globe se
volvió hacia Hoskins.
—Doctor,
¿qué piensa hacer con el niño-mono?
El
aludido se alzó de hombros.
—Mi
plan original se completó cuando demostré que era posible
traerlo
aquí. Sin embargo, los antropólogos estarán muy interesados,
supongo,
y los fisiólogos. No en balde tenemos aquí una criatura que
está
al borde del ser humano. Con él, podemos aprender mucho de
nosotros
mismos y de nuestros antepasados.
—¿Cuánto
tiempo piensa quedárselo?
—Hasta
que llegue el momento en que necesitemos el espacio
más
que a él. Bastante tiempo, tal vez.
El
periodista del News intervino
de nuevo.
—¿Podrá
sacarlo al aire libre, para que podamos preparar equipo
sub-etérico
y montar todo un programa?
—Lo
siento, pero el niño no puede salir de Estasis.
—¿Qué
es exactamente Estasis?
—Ah.
—Hoskins cedió a una de sus breves sonrisas—. Eso
precisaría
una larga explicación, caballeros. En Estasis el tiempo tal
como
lo conocemos no existe. Estas habitaciones son en su interior
una
burbuja invisible que no forma exactamente parte de nuestro
universo.
Por eso pudimos arrancar del tiempo al niño.
—Alto,
un momento —dijo el periodista del News, descontento—.
¿Pretende
engañarnos? La enfermera puede entrar y salir de la
habitación.
—Y
lo mismo puede hacer cualquiera de ustedes —dijo Hoskins
como
si tal cosa—. Se desplazarían paralelamente a las líneas de la
fuerza
temporal y no habría grandes ganancias o pérdidas de
energía.
El niño, sin embargo, fue tomado en el remoto pasado.
Cruzó
las líneas y adquirió potencial temporal. Desplazarlo al
universo
y a nuestro tiempo absorbería la energía suficiente para
quemar
todas las líneas del lugar y, seguramente, para eliminar toda
la
energía de la ciudad de Washington. Hemos tenido que guardar
en
el local los residuos que el niño trajo consigo, y tendremos que
eliminarlos
poco a poco.
Los
periodistas estaban atareados anotando frases mientras
Hoskins
les hablaba. Ellos no entendían, y seguramente sus lectores
tampoco,
pero aquello parecía científico y eso era lo importante.
En
ese momento intervino el periodista del Times-Herald.
—¿Estaría
disponible esta noche para una entrevista en todos los
circuitos?
—Creo
que sí —dijo al instante Hoskins, y todos los periodistas se
marcharon.
La
señorita Fellowes los observó mientras salían. En cuanto a
Estasis
y fuerzas temporales, entendía tan poco como ellos, pero ella
sabía
algo. El encarcelamiento de Timmie (de pronto se dio cuenta
que
usaba ese nombre para pensar en el niño feo) era real, y no
venía
impuesto por el arbitrario mandato de Hoskins. Al parecer,
sería
imposible sacarlo de Estasis, nunca.
Pobre
criatura. Pobre criatura.
Súbitamente,
oyó que el niño lloraba y se apresuró a entrar para
consolarlo.
La
señorita Fellowes no tuvo oportunidad de ver a Hoskins en la
red
de circuitos, y aunque la entrevista fue transmitida a todas las
partes
del mundo e incluso a la estación lunar, las ondas no
penetraron
en el lugar donde vivían la enfermera y el niño feo.
Pero
el doctor volvió a la mañana siguiente, radiante y alegre.
—¿Fue
bien la entrevista? —preguntó la señorita Fellowes.
—Sumamente
bien. ¿Cómo está… Timmie?
La
enfermera sintió que le complacía el uso de ese nombre.
—Se
defiende bastante bien. Ven aquí, Timmie, este agradable
caballero
no te hará daño.
Pero
Timmie permaneció en la otra habitación. Un mechón de su
enmarañado
cabello asomó detrás de la barrera de la puerta, y sólo
en
un par de ocasiones se vio el rabillo de uno de sus ojos.
—En
realidad —dijo la señorita Fellowes—, el chico está
adaptándose
asombrosamente. Es muy inteligente.
—¿Le
sorprende?
Ella
dudó un instante antes de responder.
—Sí,
me sorprende. Supongo que pensé que era un niño-mono.
—Bueno,
niño-mono o no, ha hecho mucho por nosotros. Ha
hecho
famoso a Estasis. Nos conocen, señorita Fellowes, nos
conocen.
Parecía
que Hoskins tenía que expresar su triunfo a alguien,
aunque
sólo fuera a la señorita Fellowes.
—¿Ah,
sí?
La
enfermera le dejó hablar.
El
doctor se metió las manos en los bolsillos.
—Llevamos
diez años trabajando casi sin un céntimo, arañando
fondos
cuando podíamos, penique a penique. Teníamos que
jugarnos
el todo por el todo en una gran demostración. Era todo, o
nada.
Y cuando digo el todo por el todo, hablo en serio. La tentativa
de
obtener un Neandertal se llevó hasta el último centavo que
pedimos
prestado o robamos, y parte del dinero fue de hecho
robado:
fondos para otros proyectos, usados para este sin
autorización.
Si este experimento hubiera fracasado, yo estaría
acabado.
—¿Por
eso no hay techos? —dijo bruscamente la señorita
Fellowes.
—¿Eh?
Hoskins
alzó los ojos.
—¿No
había dinero para techos? —insistió ella.
—Ah.
Bien, esa no era la única razón. En realidad no sabíamos de
antemano
la edad exacta del Neandertal. Sólo podemos detectar
vagamente
en el tiempo, y él podía haber sido enorme y salvaje.
Nos
exponíamos a tener que tratarle a cierta distancia, como a un
animal
enjaulado.
—Pero
puesto que no ha sido así, supongo que ahora construirán
el
techo.
—Ahora
sí. Ahora tenemos abundante dinero. Nos han prometido
subvenciones
de todas las fuentes posibles. Es sencillamente
maravilloso,
señorita Fellowes.
Su
ancha cara se iluminó con una sonrisa duradera, y cuando el
doctor
se fue, hasta su espalda parecía sonreír.
La
señorita Fellowes pensó: «Un hombre muy agradable cuando
baja
la guardia y olvida que es un científico».
Durante
un momento de ocio, se preguntó si estaría casado, pero
luego
desechó la idea, avergonzada de sí misma.
—¡Timmie!
—gritó—. ¡Ven aquí, Timmie!
En
los meses siguientes, la señorita Fellowes sintió que iba
convirtiéndose
en parte integral de Estasis, Inc. Le dieron un
pequeño
despacho con su nombre en la puerta, una oficina bastante
cercana
a la casa de muñecas (ella jamás dejaba de llamar así a la
burbuja
de Estasis donde estaba Timmie). Le concedieron un
substancioso
aumento de sueldo. La casa de muñecas quedó
cubierta
por un techo, hubo muebles nuevos y mejores, y añadieron
un
segundo cuarto de baño. Pese a todo eso, la enfermera obtuvo
un
piso para ella sola en terrenos del instituto y, de vez en cuando,
no
pasaba la noche con Timmie. Instalaron un sistema de
comunicación
entre la casa de muñecas y el piso, y Timmie aprendió
a
usarlo.
La
señorita Fellowes fue acostumbrándose al niño. Incluso se
percataba
menos de la fealdad de Timmie. Un día vio a un niño
ordinario
en la calle y percibió un rasgo abultado y poco atractivo en
su
frente, alta y curvada, y en su prominente barbilla. Tuvo que
sacudir
la cabeza para romper el hechizo.
Más
agradable fue acostumbrarse a las esporádicas visitas de
Hoskins.
Obviamente, el doctor se alegraba de huir de su cada vez
más
molesto papel de director de Estasis, Inc., y manifestaba un
interés
sentimental por el niño causante de su fortuna. Pero a la
señorita
Fellowes le parecía que Hoskins también disfrutaba
hablando
con ella.
(Además,
la enfermera conocía ya algunos datos relacionados
con
Hoskins. Él era el inventor del método para analizar el reflejo del
rayo
mesónico que penetraba en el pasado; él había inventado el
método
para crear Estasis; su frialdad era un simple esfuerzo para
ocultar
un carácter apacible; y, ¡oh, sí!, estaba casado).
Hubo
una cosa a la que la señorita Fellowes no consiguió
acostumbrarse:
al hecho que formaba parte de un experimento
científico.
En contra de sus deseos, acabó viéndose comprometida
personalmente
hasta el punto de pelearse con los fisiólogos.
En
cierta ocasión, Hoskins bajó y la encontró en pleno ataque de
furia.
Ellos no tenían derecho, no tenían derecho… Aunque el niño
fuera
un Neandertal, no era un animal.
La
señorita Fellowes observaba la marcha de los fisiólogos con
ciega
rabia, mirando a la abierta puerta y atenta a los sollozos de
Timmie,
cuando se dio cuenta que Hoskins se hallaba de pie junto a
ella.
Quizá llevaba allí varios minutos.
—¿Puedo
pasar? —dijo él.
La
enfermera asintió cortésmente y corrió hacia Timmie, que se
abrazó
a ella, aferrándola con sus torcidas piernecitas…, todavía
delgadas,
muy delgadas.
Hoskins
los observó antes de hablar.
—No
parece muy feliz —dijo gravemente.
—No
le culpo. Están encima de él todos los días con sus
muestras
de sangre y sus pruebas. Lo alimentan con dietas
sintéticas
que yo no le daría ni a un cerdo.
—Es
algo que no pueden ensayar con un hombre, ya sabe.
—Y
tampoco pueden ensayarlo con Timmie. Doctor Hoskins,
insisto.
Usted me dijo que la llegada de Timmie hizo famosa a
Estasis,
Inc. Si siente alguna gratitud por eso, mantenga a esa gente
lejos
de la pobre criatura, al menos hasta que tenga la edad
suficiente
para comprender un poco más las cosas. Después de una
espantosa
sesión con los científicos, el niño tiene pesadillas, no
puede
dormir. Se lo advierto. —La señorita Fellowes había llegado al
punto
culminante de su furia—. ¡No permitiré que vuelvan a entrar!
La
enfermera se dio cuenta que estaba chillando, pero no había
podido
evitarlo.
—Sé
que el niño es un Neandertal —prosiguió en voz más baja—,
pero
hay muchos detalles de esa raza que no apreciamos. He leído
sobre
el tema. El hombre de Neandertal tenía una cultura propia.
Parte
de los más importantes inventos de la Humanidad se
produjeron
en su época. La domesticación de animales, por ejemplo.
La
rueda. Técnicas para pulir la piedra. Hasta tenían anhelos
espirituales.
Sepultaban a los muertos y enterraban pertenencias con
el
cadáver, lo cual demuestra que creían en una vida después de la
muerte.
Equivale al hecho que inventaron la religión. ¿No significa
eso
que Timmie tiene derecho a un tratamiento humano?
Dio
unas suaves palmaditas en las nalgas al niño y lo hizo ir al
cuarto
de jugar. Al abrirse la puerta, Hoskins sonrió un instante al
observar
la variedad de juguetes visibles.
—Esa
pobre criatura merece tener juguetes —dijo a la defensiva
la
enfermera—. Es lo único que tiene, y se lo ha ganado, con todo lo
que
tiene que sufrir.
—No,
no. No hay objeciones, se lo aseguro. Estaba pensando en
lo
mucho que ha cambiado usted desde aquel primer día, cuando se
enfadó
bastante porque le impuse el cuidado de un Neandertal.
—Supongo
—dijo en voz baja la señorita Fellowes—, supongo
que
yo no…
Y
su voz se apagó.
Hoskins
cambió de tema.
—¿Cuál
diría que es la edad del niño, señorita Fellowes?
—No
puedo asegurarlo, ya que desconocemos el desarrollo de
esta
raza. Por la altura, debería tener unos tres años, pero los
individuos
de su especie eran más bajos en general, y con todas las
manipulaciones
que están haciéndole, lo más probable es que no
esté
creciendo. De todas formas, por la rapidez con que aprende
nuestro
idioma, yo diría que tiene más de cuatro años.
—¿De
verdad? En los informes no he leído nada al respecto.
—El
chico no habla con nadie excepto conmigo. De momento,
por
lo menos. Tiene un miedo terrible a cualquier otra persona, y no
es
de extrañar. Pero sabe pedir comida, indica prácticamente
cualquier
necesidad, y entiende casi todo lo que le digo.
Naturalmente
—añadió la enfermera, mirando astutamente a
Hoskins,
tratando de valorar si era la ocasión oportuna—, su
desarrollo
podría interrumpirse.
—¿Por
qué?
—Todos
los niños necesitan estímulos, y este lleva una vida de
confinamiento
en soledad. Yo hago lo que puedo, pero no estoy
siempre
con él, y no soy todo lo que él necesita. Lo que pretendo
decir,
doctor Hoskins, es que Timmie necesita jugar con otro niño.
Hoskins
asintió lentamente.
—Por
desgracia, sólo hay un niño como él, ¿no? —comentó—.
Pobre
criatura.
La
señorita Fellowes sintió instantánea simpatía por el doctor.
—A
usted le gusta Timmie, ¿no es cierto? —le dijo. Era
maravilloso
que otra persona sintiera lo mismo.
—Oh,
sí —repuso Hoskins, y puesto que había bajado la guardia,
la
enfermera vio el cansancio en sus ojos.
La
señorita Fellowes postergó al instante sus planes de insistir en
el
problema.
—Parece
muy agotado, doctor Hoskins —dijo con verdadera
preocupación.
—¿En
serio, señorita Fellowes? En ese caso, tendré que practicar
para
tener un aspecto más vital.
—Supongo
que Estasis tiene mucho trabajo, y que eso le
mantiene
muy atareado.
Hoskins
se alzó de hombros.
—Supone
bien. Es un problema animal, vegetal y mineral por
partes
iguales, señorita Fellowes. Pero…, creo que no ha visto
nuestras
muestras.
—Es
cierto, no las he visto… Pero no porque no me interesen. He
estado
tan atareada…
—Bien,
ahora mismo no está tan atareada —dijo Hoskins, con
impulsiva
decisión—. Vendré a buscarla mañana a las once y
haremos
juntos el recorrido. ¿Qué me dice?
La
enfermera sonrió, muy contenta.
—Me
encantaría.
Hoskins
asintió, sonrió también y se fue.
La
señorita Fellowes estuvo canturreando a intervalos durante el
resto
de la jornada. Sí, pensar eso era ridículo, claro, pero… aquello
era
lo más parecido a… una cita.
Hoskins
llegó muy puntual al día siguiente, risueño y simpático.
La
señorita Fellowes había sustituido su uniforme de enfermera por
un
vestido. Un vestido de corte conservador, a decir verdad, pero
ella
no se había sentido tan femenina desde hacía años.
El
doctor la lisonjeó con sobria formalidad al verla, y ella lo
aceptó
con gracia igual de formal. Un preludio realmente perfecto,
pensó
la enfermera. Y acto seguido tuvo otro pensamiento:
preludio…,
¿de qué?
Reprimió
el pensamiento apresurándose a decir adiós a Timmie y
asegurándole
que volvería pronto. Se aseguró que el niño sabía en
qué
consistía la comida y dónde estaba.
Hoskins
la llevó a la nueva ala del edificio, que la enfermera no
conocía.
Aún había olor a nuevo, y los ruidos que se oían
tenuemente
eran indicación suficiente que el ala seguía en proceso
de
ampliación.
—Animal,
vegetal y mineral —dijo Hoskins, igual que el día
anterior—.
Animal, aquí mismo. Nuestras muestras más
espectaculares.
El
espacio disponible estaba dividido en numerosas salas,
distintas
burbujas de Estasis. Hoskins condujo a la enfermera a la
cristalera
de una burbuja. La mujer vio algo que en principio le
pareció
un pollo con escamas y cola. Deslizándose con sus dos finas
patas,
el animal iba de pared a pared; tenía una delicada cabeza de
pájaro,
coronada por una quilla ósea igual que una cresta de gallo,
que
se movía sin cesar. Las garras de sus miembros delanteros se
encogían
y extendían constantemente.
—Es
nuestro dinosaurio —dijo Hoskins—. Hace meses que lo
tenemos.
No sé cuándo podremos dejarlo marchar.
—¿Dinosaurio?
—se asombró ella.
—¿Esperaba
ver un gigante?
Se
formaron hoyuelos en las mejillas de la señorita Fellowes.
—Es
lo que se espera, supongo —dijo—. Sé que algunos
dinosaurios
eran pequeños.
—Uno
pequeño es lo único que pretendíamos, se lo aseguro.
Normalmente
está sometido a examen, pero al parecer estamos en
hora
de descanso. Hemos descubierto cosas interesantes. Por
ejemplo,
este animal no es enteramente de sangre fría. Tiene un
método
imperfecto para mantener su temperatura interna más
elevada
que la del medio ambiente. Por desgracia, es macho. Desde
que
lo trajimos aquí hemos estado intentando encontrar otro que
fuera
hembra, pero aún no hemos tenido suerte.
—¿Por
qué una hembra?
Hoskins
la miró burlonamente.
—Para
tener una buena probabilidad de disponer de huevos
fértiles
y crías de dinosaurio.
—Ah,
claro.
El
doctor la llevó a la sección de trilobites.
—Ese
es el profesor Dwayne, de la Universidad de Washington —
dijo
Hoskins—. Es químico nuclear. Si no recuerdo mal, está
midiendo
el porcentaje de isótopos en el oxígeno del agua.
—¿Por
qué?
—Se
trata de agua primitiva, de al menos quinientos millones de
años
de antigüedad. La proporción de isótopos indica la temperatura
del
océano en aquella época. Resulta que Dwayne ignora los
trilobites,
pero otros científicos están fundamentalmente interesados
en
disecarlos. Son los más afortunados, porque sólo precisan
escalpelos
y microscopios. Dwayne debe instalar un espectrógrafo de
masas
distinto para cada experimento que realiza.
—¿Por
qué? ¿No podría…?
—No,
no puede. No puede sacar nada de la sala si no es
absolutamente
imprescindible.
También
había muestras de vida vegetal primitiva y trozos de
formaciones
rocosas. Los mundos vegetal y mineral. Y las muestras
tenían
distintos investigadores. Era igual que un museo, un museo
resucitado,
útil como superactivo centro de investigación.
—¿Y
tiene usted que supervisar todo esto, doctor Hoskins?
—Sólo
indirectamente, señorita Fellowes. Tengo subordinados,
gracias
al cielo. Mi interés personal se centra por entero en los
aspectos
teóricos del asunto: la naturaleza del tiempo, la técnica de
detección
mesónica intertemporal, etc. Cambiaría todo esto por un
método
para detectar objetos situados a menos de diez mil años en
el
tiempo. Si pudiéramos llegar a épocas históricas…
Le
interrumpió un alboroto en una de las cabinas más alejadas,
una
chillona voz quejumbrosamente alzada. Hoskins frunció el ceño.
—Discúlpeme
—murmuró apresuradamente.
Y
se alejó.
La
señorita Fellowes le siguió tan de prisa como pudo sin echar a
correr.
Un
hombre entrado en años, rubicundo y de rala barba, estaba
diciendo:
—Tengo
que completar aspectos vitales de mis investigaciones.
¿No
lo comprende?
—Doctor
Hoskins —dijo un uniformado técnico que lucía en su
bata
de laboratorio el monograma EI (Estasis, Inc.)—, se acordó al
principio
con el profesor Ademewski que el espécimen sólo podría
permanecer
aquí dos semanas.
—Yo
no sabía entonces cuánto tiempo iban a durar mis
investigaciones.
No soy un profeta —repuso acalorado Ademewski.
—Sabe,
profesor, que disponemos de espacio limitado —dijo el
doctor
Hoskins—. Hay que mantener la rotación de los especimenes.
Ese
fragmento de calcopirita debe regresar. Hay personas que
aguardan
el siguiente espécimen.
—En
ese caso, ¿por qué no puedo quedarme con él? Déjeme
sacarlo
de aquí.
—Usted
sabe que no puede quedárselo.
—¿Un
trozo de calcopirita, un miserable trozo de cinco kilos? ¿Por
qué
no?
—¡No
podemos afrontar el gasto energético! —dijo bruscamente
Hoskins—.
Y usted lo sabe.
—La
cuestión es, doctor Hoskins —interrumpió el técnico—, que
él
ha intentado sacar la roca en contra de las normas, y que yo he
estado
a punto de perforar Estasis mientras el profesor estaba ahí
dentro,
sin que yo lo supiera.
Se
produjo un breve silencio, y el doctor Hoskins miró al
investigador
con fría formalidad.
—¿Es
cierto eso, profesor?
El
aludido carraspeó.
—No
creí que pasara nada si…
Hoskins
alargó la mano hacia un tirador que colgaba junto a la
cabina
del espécimen en cuestión. Lo movió hacia abajo.
La
señorita Fellowes, que estaba mirando el interior de la cabina,
observando
la indistinguible muestra de roca causante de la disputa,
contuvo
el aliento de repente al ver desaparecer el espécimen. El
interior
quedó vacío.
—Profesor
—dijo Hoskins—, su autorización para investigar en
Estasis
queda anulada de forma permanente. Lo lamento.
—Pero…,
aguarde…
—Lo
lamento. Ha violado una norma estricta.
—Apelaré
a la Asociación Internacional…
—Apele
cuanto guste. En un caso como este, descubrirá que
nadie
puede fallar en mi contra.
Dio
media vuelta sin más y dejó que el profesor siguiera
protestando.
—¿Le
gustaría comer conmigo, señorita Fellowes? —dijo a la
enfermera,
todavía pálido a causa del enojo.
Hoskins
la llevó a la pequeña sala administrativa de la cafetería.
Saludó
a otras personas y presentó a la señorita Fellowes con suma
naturalidad,
aunque la enfermera se sentía lamentablemente
cohibida.
«¿Qué
opinarán los demás?», pensó ella, e hizo desesperados
esfuerzos
para adoptar un aire profesional.
—¿Tiene
a menudo esa clase de problemas, doctor Hoskins? —le
preguntó—.
Me refiero al que acaba de tener con el profesor…
Tomó
el tenedor y empezó a comer.
—No
—dijo enérgicamente Hoskins—. Ha sido la primera vez.
Como
es lógico, siempre tengo que estar disuadiendo a la gente
para
que no se lleve muestras, pero esta es la primera vez que
alguien
intenta hacerlo.
—Recuerdo
que una vez habló usted sobre la energía que eso
consumiría.
—Cierto.
Naturalmente, tenemos prevista esa posibilidad.
Ocurrirán
accidentes, y por eso disponemos de fuentes energéticas
especiales
para soportar la pérdida que ocasionaría sacar algo de
Estasis
por accidente, pero eso no significa que deseemos ver cómo
desaparece
un año de energía en medio segundo… Y no podríamos
tolerarlo
sin retrasar varios años los planes de expansión… Además,
imagine
que el profesor estuviera en la cabina un momento antes de
la
perforación de Estasis.
—¿Qué
le habría ocurrido?
—Bien,
hemos experimentado con objetos inanimados y ratones,
y
desaparecieron… Es de suponer que viajaron hacia atrás en el
tiempo,
arrastrados, por así decirlo, por el tirón del objeto que
simultáneamente
regresaba a su época natural. Por tal motivo,
tenemos
que asegurar los objetos de Estasis que no deseamos
trasladar,
y el procedimiento es complicado. El profesor no estaba
sujeto,
y habría ido al momento del Plioceno en que sustrajimos la
roca…,
más las dos semanas que la roca estuvo aquí, en el presente,
como
es lógico.
—Qué
espantoso habría sido.
—No
por el profesor, se lo aseguro. Puesto que es lo bastante
necio
para hacer lo que ha hecho, se lo habría merecido. Pero
suponga
el efecto que ello habría causado en la gente si se hubiera
divulgado
el hecho. Bastaría con que la gente conociera los posibles
riesgos
para que las subvenciones quedaran anuladas en un
momento.
¡Así!
Chasqueó
los dedos y jugueteó malhumoradamente con su
comida.
—¿No
habrían podido recuperar al profesor? ¿Igual que
recogieron
la roca?
—No,
porque en cuanto se devuelve un objeto, se pierde la
posición
fijada en un principio, a menos que planeemos
deliberadamente
conservarla, y no había razón para hacerlo en este
caso.
Nunca lo hacemos. Localizar al profesor habría significado
buscar
de nuevo una posición concreta, y eso sería igual que echar
el
anzuelo en el abismo oceánico con el fin de encontrar un pez
determinado…
¡Dios mío, cuando pienso en las precauciones que
tomamos
para evitar accidentes, ese incidente me pone furioso!
Todas
las unidades de Estasis disponen de dispositivo de
perforación.
Es imprescindible, porque todas se centran en una
posición
distinta y deben poder anularse independientemente. Pero
la
cuestión es que ningún dispositivo de perforación se acciona
nunca
hasta el último momento. Y entonces imposibilitamos
deliberadamente
la activación, sólo posible tirando de una cuerda
cuidadosamente
situada fuera de Estasis. El tirón es un vulgar
movimiento
mecánico que requiere un fuerte esfuerzo, no puede
hacerse
accidentalmente.
—Pero
si se desplaza algo en el tiempo —dijo la señorita Fellowes
—,
¿no se altera la historia?
Hoskins
se encogió de hombros.
—En
teoría sí. En realidad, excepto en casos anormales, no.
Constantemente
estamos sacando objetos de Estasis. Moléculas de
aire.
Bacterias. Polvo. Cerca del diez por ciento del consumo de
energía
se emplea en compensar micro-pérdidas de esa naturaleza.
Pero
trasladar en el tiempo objetos de mayor tamaño ocasiona
cambios
que van disminuyendo de importancia. Considere esa
calcopirita
del Plioceno. Dada su ausencia durante dos semanas, un
insecto
no encontró el cobijo que de otro modo habría encontrado y
murió.
Eso pudo iniciar una serie de cambios, pero los matemáticos
de
Estasis aseguran que se trata de una serie convergente. La
importancia
del cambio disminuye con el tiempo, y las cosas quedan
como
al principio.
—¿Pretende
decir que la realidad se cura a sí misma?
—Por
así decirlo. Sustraiga a un hombre de su época, o envíelo
hacia
atrás en el tiempo, y la herida será mayor. Si el individuo es
ordinario,
la herida sanaría pese a todo. Naturalmente, hay muchas
personas
que nos escriben a diario pidiendo que traigamos al
presente
a Abraham Lincoln, Mahoma o Lenin. Eso es imposible, por
supuesto.
Aunque lográramos localizarlos, el cambio de la realidad al
desplazar
a un moldeador de la historia sería enorme, imposible de
curar.
Hay métodos para calcular cuándo un cambio puede resultar
excesivo,
y nosotros evitamos incluso la aproximación a dicho límite.
—En
ese caso, Timmie… —dijo la señorita Fellowes.
—No,
él no representa problema en ese sentido. La realidad está
a
salvo. Aunque… —Miró rápida, bruscamente a la enfermera y acto
seguido
añadió—: Pero no importa. Ayer dijo usted que Timmie
necesitaba
compañía.
—Sí.
—La señorita Fellowes expresó su placer con una sonrisa—.
No
creí que usted prestaría atención a ese problema.
—Claro
que sí. Estoy encariñado con el niño. Aprecio sus
sentimientos
hacia él, y estaba lo suficientemente preocupado para
ofrecerle
explicaciones. Ya lo he hecho. Ha visto lo que hacemos.
Tiene
cierta comprensión de las dificultades, y en consecuencia sabe
por
qué no podemos, ni con la mejor voluntad del mundo, ofrecer
compañía
a Timmie.
—¿No
pueden? —dijo la señorita Fellowes, con repentina
angustia.
—Acabo
de explicárselo. Es imposible esperar localizar otro
Neandertal
de su edad sin increíble suerte, y aunque fuera posible
no
sería sensato multiplicar los riesgos trayendo otro ser humano a
Estasis.
La
enfermera dejó la cuchara en el plato.
—Pero,
doctor Hoskins —dijo con energía—, no me refería
exactamente
a eso. No deseo que traiga a otro Neandertal al
presente.
Sé que eso es imposible. Pero no es imposible traer a otro
niño
para que juegue con Timmie.
Hoskins
la miró fijamente, alarmado.
—¿Un
niño humano?
—«Otro»
niño —dijo la señorita Fellowes, totalmente hostil—.
Timmie
es humano.
—Ni
en sueños podría imaginar tal cosa.
—¿Por
qué no? ¿Por qué no podría? ¿Qué tiene de malo la idea?
Usted
arrancó a ese niño del tiempo y lo convirtió en eterno
prisionero.
¿No le debe nada? Doctor Hoskins, si existe en este
mundo
algún hombre que pueda ser padre del niño en todos los
aspectos
salvo en el biológico, ese hombre es usted. ¿Por qué no
puede
hacerle ese pequeño favor?
—¿Su
padre? —dijo Hoskins. Se levantó con cierta vacilación—.
Señorita
Fellowes, creo que debe regresar ahora, si no le importa.
Volvieron
a la casa de muñecas en un completo silencio, que
ninguno
de los dos rompió.
Pasó
mucho tiempo antes que la enfermera viera de nuevo a
Hoskins,
aparte de fugaces apariciones del doctor. El hecho apenaba
a
veces a la señorita Fellowes; pero en otras ocasiones, cuando
Timmie
mostraba más melancolía que la habitual o pasaba las horas
silencioso
ante la ventana con su perspectiva de poco más que nada,
la
enfermera pensaba furiosamente: «¡Hombre estúpido!».
Timmie
iba hablando cada vez mejor y con más precisión, sin
llegar
a perder el blando balbuceo que la señorita Fellowes
consideraba
bastante cautivador. En momentos de excitación, el niño
recurría
de nuevo a los chasquidos de su lengua, pero tales
momentos
eran cada vez más escasos. Debía estar olvidando los
días
anteriores a su llegada al presente…, excepto en sueños.
Con
el paso del tiempo, los fisiólogos perdieron interés y los
psicólogos
se sintieron más interesados. La señorita Fellowes no
estaba
segura respecto a qué grupo le gustaba menos, el primero o
el
segundo. Desaparecieron las agujas, acabaron las inyecciones, las
extracciones
de fluido, las dietas especiales… Pero obligaron a
Timmie
a superar barreras para llegar a la comida y al agua. Tuvo
que
levantar paneles, apartar barras, agarrar cuerdas. Y las
moderadas
descargas eléctricas le hacían llorar y volvían loca a la
señorita
Fellowes.
Ella
no deseaba apelar a Hoskins, no quería recurrir a él, porque
siempre
que pensaba en el doctor veía su cara en la mesa de la
cafetería
aquella última vez. Los ojos de la enfermera se humedecían
y
su mente decía: «¡Estúpido, estúpido!».
Y
un día la voz de Hoskins sonó de forma inesperada en la casa
de
muñecas.
—Señorita
Fellowes…
La
enfermera salió con aire de frialdad, se alisó el uniforme y se
detuvo,
confusa al encontrarse en presencia de una mujer pálida,
delgada
y de mediana estatura. Su cabello rubio y su tez conferían
aspecto
de fragilidad a la desconocida. De pie, detrás de ella,
agarrado
a su falda, había un niño de cuatro años, de redondeada
cara
y llamativos ojos.
—Querida
—dijo Hoskins—, esta es la señorita Fellowes, la
enfermera
que cuida del niño. Señorita Fellowes, le presento a mi
esposa.
(¿Su
esposa? No era como la había imaginado la señorita
Fellowes.
Aunque…, ¿por qué no? Un hombre como Hoskins tenía
que
elegir a una débil criatura como contraste. Si eso era lo que
quería…).
La
señorita Fellowes pronunció un forzado y prosaico saludo.
—Buenas
tardes, señora Hoskins. ¿Es este su…, su pequeño?
(Aquello
era una sorpresa. La enfermera había imaginado a
Hoskins
como marido, pero no como padre, salvo, por supuesto… De
pronto,
vio la grave mirada del doctor y se ruborizó).
—Sí,
este es mi hijo, Jerry —dijo Hoskins—. Di «hola» a la
señorita
Fellowes, Jerry.
(¿No
había acentuado un poco la palabra «este»? ¿Estaba
diciendo
que su hijo era «este» y no…?).
Jerry
se acurrucó más en los pliegues de la maternal falda y
murmuró
un «hola». La mirada de la señora Hoskins pasó sobre los
hombros
de la enfermera, y recorrió la habitación en busca de algo.
—Bien,
entremos —dijo Hoskins—. Vamos, querida. Al entrar hay
una
ligerísima molestia, pero pasajera.
—¿Quiere
que entre también Jerry? —preguntó la señorita
Fellowes.
—Naturalmente.
Será el compañero de juegos de Timmie. Usted
dijo
que Timmie necesitaba un compañero. ¿O lo ha olvidado?
—Pero…
—La enfermera le miró con colosal, sorprendida
extrañeza—.
¿Su hijo?
—Bien,
¿y el de quién, si no? —repuso quisquillosamente Hoskins
—.
¿No era eso lo que deseaba? Entremos, querida. Entremos.
La
señora Hoskins tomó a Jerry en brazos con obvio esfuerzo y,
vacilante,
cruzó el umbral. Jerry se retorció al entrar; no le gustaba
la
sensación.
—¿Está
aquí la criatura? —preguntó la señora Hoskins, con débil
voz—.
No la veo.
—¡Timmie!
—gritó la señorita Fellowes—. ¡Sal!
Timmie
asomó la cabeza por el borde de la puerta y contempló al
pequeño
que le visitaba. Los músculos de los brazos de la señora
Hoskins
se tensaron visiblemente.
—Gerald
—dijo a su esposo—, ¿estás seguro que no es
peligroso?
—Si
se refiere a Timmie —dijo al instante la enfermera—,
naturalmente
que no. Es un pequeño apacible.
—Pero
es un sal… salvaje.
(¡Los
artículos sobre el niño-mono de los periódicos!).
—No
es un salvaje —respondió categóricamente la señorita
Fellowes—.
Es tan tranquilo y razonable como cualquier niño de
cinco
años y medio. Muy generoso por su parte, señora Hoskins,
aceptar
que su hijo juegue con Timmie, pero no debe tener miedo.
—No
estoy segura de aceptar —dijo la señora Hoskins, con
moderado
ardor.
—Ya
lo decidimos afuera, querida —dijo Hoskins—. No
planteemos
más discusiones. Deja a Jerry en el suelo.
La
señora Hoskins obedeció, y el niño se apretó a ella, mirando
fijamente
el par de ojos que le miraban de igual forma en la otra
habitación.
—Ven
aquí, Timmie —dijo la señorita Fellowes—. No tengas
miedo.
Lentamente,
Timmie se acercó. Hoskins se agachó para soltar los
dedos
de Jerry de la falda de su madre.
—Apártate
un poco, querida. Que los niños tengan una
oportunidad.
Los
jovencitos se contemplaron. Aunque era el más joven, Jerry
era
empero un par de centímetros más alto, y los rasgos grotescos
de
Timmie, ante el recto cuerpo y la cabeza erguida y bien
proporcionada
del otro niño, quedaron de pronto casi tan
acentuados
como en los primeros días.
Los
labios de la señorita Fellowes temblaron.
El
pequeño Neandertal fue el primero que habló, con un atiplado
tono
infantil.
—¿Cómo
te llamas?
Y
Timmie echó la cabeza hacia delante, como si quisiera
examinar
más atentamente las facciones del otro niño.
Sobresaltado,
Jerry respondió con un vigoroso empujón que hizo
tambalearse
a Timmie. Los dos se pusieron a llorar ruidosamente y
la
señora Hoskins se apresuró a tomar a su hijo, mientras la señorita
Fellowes,
con la cara encendida a causa de su reprimido enfado, hizo
lo
mismo con Timmie y lo consoló.
—El
instinto de ambos es de aversión —dijo la señora Hoskins.
—No
más aversión que la de dos niños que no simpatizan —dijo
cansadamente
su esposo—. Ahora deja a Jerry en el suelo y que se
acostumbre
a la situación. En realidad sería mejor que nos
fuéramos.
La señorita Fellowes llevará a Jerry a mi despacho dentro
de
un rato y yo lo mandaré a casa con alguien.
Los
dos niños pasaron la hora siguiente muy conscientes el uno
del
otro. Jerry llamó llorando a su madre, pegó a la señorita Fellowes
y,
por fin, se dejó consolar con un caramelo. Timmie chupó otro y, al
cabo
de una hora, la enfermera consiguió que los dos niños jugaran
con
la misma construcción, aunque en lados opuestos de la
habitación.
La
señorita Fellowes se sentía agradecida, casi al borde de las
lágrimas,
cuando llevó a Jerry con su padre.
Pensó
formas de dar las gracias a Hoskins, pero la misma
formalidad
del doctor suponía un rechazo. Quizás él no la perdonaba
por
haberle hecho sentir como un padre cruel. Quizás el hecho de
haber
traído a su hijo era una simple tentativa de demostrar que era
un
buen padre con Timmie y, al mismo tiempo, que no era su padre.
¡Las
dos cosas al mismo tiempo! Y de este modo, lo único que pudo
decir
la enfermera fue:
—Gracias.
Muchas gracias.
Y
lo único que pudo responder él fue:
—No
tiene importancia. No hay de qué.
Aquello
se convirtió en una rutina establecida. Dos veces por
semana,
Jerry acudía a jugar una hora, que con el tiempo fueron
dos.
Los niños aprendieron los nombres y hábitos respectivos, y
jugaron
juntos.
Y
pese a todo, tras la primera oleada de gratitud, la señorita
Fellowes
acabó comprendiendo que Jerry no le gustaba. Era más
alto,
más pesado, y dominaba en todo, forzaba a Timmie a
desempeñar
un papel totalmente secundario. Lo único que hacía
resignarse
a la enfermera era el hecho que Timmie, pese a sus
dificultades,
aguardaba ansiosamente, cada vez con más deleite, las
periódicas
apariciones de su compañero de juegos.
Era
lo único que tenía el pequeño, pensaba pesarosa la señorita
Fellowes.
Y
en cierta ocasión, mientras contemplaba a los niños, la
enfermera
pensó: «Los dos hijos de Hoskins, uno de su esposa y
otro
de Estasis».
Mientras
que ella…
«¡Cielos!
—pensó mientras se llevaba los puños a las sienes,
avergonzada—.
¡Estoy celosa!».
—Señorita
Fellowes —dijo Timmie (con sumo tacto, la enfermera
no
le permitía que la llamara de otra forma)—, ¿cuándo iré a la
escuela?
Miró
los ansiosos ojos castaños alzados hacia ella y pasó
suavemente
la mano por los tupidos rizos del niño. Era la parte más
desaliñada
del aspecto físico del pequeño, porque la misma
enfermera
tenía que cortarle el pelo mientras Timmie se removía
inquieto
bajo las tijeras. La señorita Fellowes no deseaba ayuda
profesional,
puesto que la torpeza del corte servía para ocultar la
hundida
parte delantera y la sobresaliente parte trasera del cráneo.
—¿Cuándo
has oído hablar de la escuela? —preguntó la
enfermera.
—Jerry
va a la escuela. Guar-de-ría —lo dijo muy despacio—.
Jerry
va a muchos sitios. Afuera. ¿Cuándo podré ir afuera, señorita
Fellowes?
Un
suave dolor se alojó en el corazón de la enfermera.
Lógicamente,
y ella lo sabía, era imposible evitar que Timmie fuera
enterándose
de más y más cosas del mundo exterior, que él jamás
pisaría.
—¡Caramba!
—dijo ella, intentando reflejar alborozo—. ¿Y qué
harías
en la guardería, Timmie?
—Jerry
dice que juegan, tienen películas. Dice que hay
muchísimos
niños. Dice…, dice… —Un pensamiento, un triunfante
alzamiento
de ambas manitas con los dedos separados—. Dice que
todos
estos.
—¿Te
gustaría ver películas? —dijo la señorita Fellowes—. Yo
puedo
conseguirlas. Muy bonitas. Y también música.
De
este modo, Timmie se sintió temporalmente consolado.
El
niño devoraba películas en ausencia de Jerry, y la señorita
Fellowes
le leía libros sencillos de vez en cuando.
Había
tanto que explicar incluso en el relato más simple, tantos
detalles
fuera de la perspectiva de las tres habitaciones… Timmie
empezó
a tener más sueños en cuanto empezó a conocer el mundo
exterior.
Los
sueños siempre eran iguales, relacionados con el exterior. El
vacilante
Timmie se esforzaba en describirlos a la señorita Fellowes.
En
sueños, estaba afuera, en un «afuera» vacío pero muy grande,
con
niños y raros e indescriptibles objetos mal digeridos por su
pensamiento,
resultado de novelescas descripciones no muy bien
comprendidas,
o de distantes recuerdos del Neandertal medio
recordados.
Pero
los niños y los objetos se desentendían de él, y aunque él
estaba
en el mundo, jamás formaba parte del mismo; se encontraba
solo,
igual que si estuviera en su habitación… Y despertaba llorando.
La
señorita Fellowes trataba de restar importancia a los sueños,
pero
algunas noches, en su piso, también ella lloraba.
Un
día, mientras la enfermera leía, Timmie puso su mano bajo la
barbilla
de la mujer y la alzó suavemente, de tal modo que los ojos
de
la señorita Fellowes abandonaron el libro y se encontraron con
los
del niño.
—¿Cómo
sabes lo que debes decir, señorita Fellowes?
—¿Ves
estas marcas? Ellas me indican lo que debo decir. Estas
marcas
forman palabras.
El
niño las miró mucho tiempo, con curiosidad, tras tomarle el
libro
de las manos.
—Algunas
son iguales.
La
enfermera se echó a reír, complacida con aquella muestra de
sagacidad.
—Es
cierto. ¿Te gustaría que te enseñara a distinguir las marcas?
—Sí.
Sería un juego bonito.
La
señorita Fellowes no había imaginado que el niño podía
aprender
a leer. Hasta el mismo momento en que Timmie le leyó un
libro,
no imaginó que él podía aprender a leer.
Luego,
semanas más tarde, la enormidad de lo que había hecho
la
dejó atónita. Timmie, sentado en su regazo, siguiendo palabra por
palabra
el texto de un libro infantil, leyendo para ella… ¡Él le leía a
ella!
Se
puso trabajosamente en pie, asombrada.
—Bien,
Timmie, volveré más tarde. Quiero ver al doctor Hoskins.
Excitada,
casi frenética, la enfermera creyó tener una respuesta a
la
infelicidad de Timmie. Si el niño no podía salir y entrar en el
mundo,
el mundo vendría a las tres habitaciones del niño. El mundo
entero
en forma de libros, películas y sonido. Había que educarlo
hasta
el límite de su capacidad. Era lo mínimo que le debía el
mundo.
Encontró
a Hoskins con un humor curiosamente análogo al de
ella:
triunfo y gloria, algo así. Las oficinas estaban anormalmente
activas,
y por un momento la señorita Fellowes pensó que no podría
ver
al director, mientras permanecía cohibida en el vestíbulo.
Pero
él la vio, y una sonrisa se extendió por su ancho rostro.
—Señorita
Fellowes, entre.
Habló
con rapidez por el intercomunicador y después lo
desconectó.
—¿Se
ha enterado?… No, claro, es imposible. Lo hemos
conseguido.
Sí, lo hemos conseguido. Podemos efectuar detección
intertemporal
de corto alcance.
—¿Pretende
decir —repuso la señorita Fellowes, esforzándose en
separar
su pensamiento de las buenas noticias de las que era
portadora—
que puede traer al presente a una persona de épocas
históricas?
—Eso
precisamente. Ahora mismo tenemos determinada la
posición
de un individuo del siglo catorce. Imagínese. ¡Imagínese! Si
supiera
cuánto me alegra huir de la eterna concentración en el
Mesozoico,
sustituir a los paleontólogos por historiadores… Pero
usted
desea decirme algo, ¿no? Bien, adelante, adelante. Me
encuentra
de buen humor. Cualquier cosa que quiera la tendrá.
La
señorita Fellowes sonrió.
—Me
alegro. Porque estoy preguntándome si no podríamos
preparar
un sistema de enseñanza para Timmie.
—¿Enseñanza?
¿De qué tipo?
—Bien,
general. Una escuela. Para que él aprenda…
—Pero
¿puede aprender?
—Ciertamente,
ya está aprendiendo. Sabe leer. Le he enseñado
yo
misma.
Hoskins
permaneció inmóvil, al parecer repentinamente
deprimido.
—No
lo sé, señorita Fellowes.
—Acaba
de decir que cualquier cosa que yo quisiera…
—Lo
sé, y no he debido decirlo. Mire, señorita Fellowes,
seguramente
comprenderá usted que no podemos mantener para
siempre
el experimento de Timmie…
Ella
le miró con repentino horror, sin comprender realmente lo
que
el doctor había dicho. ¿Qué significaba «no podemos
mantener»?
En una dolorosa oleada de recuerdos, la enfermera
recordó
al profesor Ademewski y el espécimen mineral devuelto al
cabo
de dos semanas.
—Pero
estamos hablando de un niño, no de una roca…
—Ni
siquiera un niño merece más importancia de la debida,
señorita
Fellowes —repuso muy nervioso Hoskins—. Ahora que
esperamos
individuos de épocas históricas, necesitamos espacio en
Estasis,
todo el espacio disponible.
La
enfermera no lo entendió.
—Pero
es imposible. Timmie… Timmie…
—Bien,
señorita Fellowes, por favor, no se altere. Timmie no se
irá
ahora mismo, quizá pasen meses. Mientras tanto, haremos todo
cuanto
podamos.
Ella
aún estaba mirándole fijamente.
—Permítame
pedir algo para usted, señorita Fellowes.
—No
—musitó ella—. No necesito nada.
Se
levantó en medio de una especie de pesadilla y se fue.
«Timmie
—pensó la señorita Fellowes—, no morirás. ¡No morirás!».
Estaba
muy bien aferrarse tensamente a la idea que Timmie no
moriría,
pero ¿cómo conseguirlo? Durante las primeras semanas, la
señorita
Fellowes se aferró a la esperanza que la tentativa de traer a
un
hombre del siglo catorce fracasara por completo. Las teorías de
Hoskins
podían ser erróneas, o su práctica podía resultar defectuosa.
De
ese modo, las cosas seguirían como hasta entonces.
Ciertamente,
no era esa la esperanza del resto del mundo, y por
dicha
razón la señorita Fellowes odiaba al mundo. El «Proyecto Edad
Media»
alcanzó un clímax de ardiente publicidad. Prensa y público
anhelaban
algo así. Estasis, Inc., carecía del impacto necesario
desde
hacía tiempo. Otra roca u otro pez antiguo no excitaban a la
gente.
Pero aquello sí.
Un
ser humano histórico, un adulto que hablara un idioma
conocido,
alguien que abriera una nueva página de la historia a los
eruditos.
La
hora cero se acercaba, y en esta ocasión no habría tres
espectadores
en la galería. Esta vez habría una audiencia mundial.
Esta
vez los técnicos de Estasis, Inc., desempeñarían su papel ante
prácticamente
la Humanidad entera.
La
señorita Fellowes estaba simplemente enloquecida con la
espera.
Cuando llegó Jerry Hoskins para el programado período de
juego
con Timmie, la enfermera apenas le reconoció. Ella no estaba
esperándole
a él.
(La
secretaría que trajo al niño se fue apresuradamente tras un
formalísimo
saludo a la señorita Fellowes. Corrió a buscar un buen
sitio
para observar el clímax del Proyecto Edad Media… Y lo mismo
habría
hecho la señorita Fellowes, pensó ella con amargura, si
aquella
estúpida chica hubiera llegado).
Jerry
Hoskins se acercó poco a poco a la enfermera,
avergonzado.
—¿Señorita
Fellowes?
Jerry
sacó del bolsillo la reproducción de una nota periodística.
—¿Sí?
¿Qué pasa, Jerry?
—¿Es
de Timmie esta foto?
La
señorita Fellowes miró fijamente al niño y luego le quitó el
papel
de la mano. La excitación del Proyecto Edad Media había
provocado
el pálido resurgimiento del interés hacia Timmie por parte
de
la prensa.
Jerry
miró atentamente a la enfermera antes de hablar.
—Dice
que Timmie es un niño-mono. ¿Qué significa eso?
La
señorita Fellowes tomó al jovencito por la muñeca y contuvo
sus
deseos de zarandearlo.
—Entra
y juega con Timmie. Él quiere enseñarte un nuevo libro.
Y
entonces, por fin, llegó la chica. La señorita Fellowes no la
conocía.
Ninguna de las sustitutas a que había recurrido cuando el
trabajo
la obligaba a estar en otra parte se hallaba disponible en ese
momento,
no con el Proyecto Edad Media en su punto culminante,
pero
la secretaria de Hoskins había prometido que vendría alguien y
aquella
debía ser la chica.
La
señorita Fellowes se esforzó para que su voz no sonara
quejumbrosa.
—¿Eres
la designada para la Sección Uno de Estasis?
—Sí,
soy Mandy Terris. Usted es la señorita Fellowes, ¿verdad?
—Exacto.
—Lamento
llegar tarde. Hay tanta excitación…
—Lo
sé. Ahora quiero que…
—Usted
lo verá, supongo.
Su
delgada cara, vagamente bonita, se llenó de envidia.
—No
te preocupes por eso. Quiero que entres y conozcas a
Timmie
y a Jerry. Estarán jugando dos horas, así que no te causarán
problemas.
Tienen leche a mano y muchos juguetes. De hecho, sería
preferible
que los dejaras solos mientras sea posible. Ahora te
enseñaré
dónde están las cosas y…
—¿Timmie
es el niño-mo…?
—Timmie
está sometido a experimentación en Estasis —dijo con
firmeza
la señorita Fellowes.
—Quiero
decir que él… es el que se supone que debe irse, ¿no?
—Sí.
Bueno, entra. No hay mucho tiempo.
Y
cuando la enfermera consiguió irse por fin, Mandy Terris le
dijo:
—Espero
que consiga un buen sitio y, ¡Dios mío!, que la prueba
sea
un éxito.
La
señorita Fellowes no confiaba en sí misma para dar una
respuesta
razonable. Se apresuró a salir sin mirar atrás.
Pero
el retraso significó que no consiguió un buen sitio. No pasó
de
la pantalla mural de la sala de reuniones. Lo lamentó
amargamente.
Si hubiera estado allí mismo, si hubiera tenido acceso
a
alguna parte sensible de los instrumentos, si hubiera podido hacer
fracasar
el experimento…
Hizo
acopio de fuerzas para sofocar su locura. La simple
destrucción
no habría servido de nada. Los técnicos lo habrían
reconstruido
y reparado todo y reanudado el esfuerzo. Y a ella no le
habrían
permitido volver con Timmie.
Todo
era inútil. Todo, salvo que el experimento fallara, que
fracasara
irreparablemente.
La
enfermera se mantuvo a la espera durante la cuenta
regresiva,
observó los movimientos en la pantalla gigante, escudriñó
los
rostros de los técnicos mientras la cámara pasaba de uno a otro,
aguardó
el gesto de preocupación e incertidumbre indicando que
algo
iba inesperadamente mal, observó, observó…
No
hubo tal gesto. La cuenta llegó a cero y el experimento, en
silencio,
discretamente, fue un éxito.
En
la nueva Estasis instalada allí apareció un barbudo campesino
de
hombros caídos, edad indeterminada, vestido con prendas raídas
y
sucias y zuecos, que contemplaba con reprimido terror el brusco y
violento
cambio que se había precipitado sobre él.
Y
mientras el mundo se volvía loco de alegría, la señorita
Fellowes
quedó paralizada por la pena. La empujaron, le dieron
codazos,
prácticamente la pisotearon. Estaba rodeada de triunfo y
doblegada
por el fracaso.
Así,
cuando el altavoz pronunció su nombre con estridente
fuerza,
la señorita Fellowes no respondió hasta el tercer aviso.
—Señorita
Fellowes, señorita Fellowes. Preséntese
inmediatamente
en la Sección Uno de Estasis. Señorita Fellowes,
señorita
Fello…
—¡Déjenme
pasar! —gritó, sofocada, mientras el altavoz repetía
sin
pausa el aviso.
Se
abrió paso entre el gentío con alocada energía, dando golpes
y
puñetazos, revolviéndose, avanzando hacia la puerta con una
lentitud
de pesadilla.
Mandy
Terris estaba llorando.
—No
sé cómo ha sucedido. Salí al borde del pasillo para ver una
minipantalla
que habían puesto allí. Sólo un momento. Y antes que
pudiera
moverme o hacer algo… —Y añadió, con repentino tono de
acusación—:
¡Usted dijo que no me causarían problemas, dijo que
los
dejara solos!
La
señorita Fellowes, desgreñada y sin poder dominar sus
temblores,
la miró furiosa.
—¿Dónde
está Timmie?
Una
enfermera estaba limpiando con desinfectante el brazo del
gimoteante
Jerry, y otra preparaba una inyección antitetánica. Había
sangre
en la ropa de Jerry.
—Me
ha mordido, señorita Fellowes —gritó Jerry, rabioso—. Me
ha
mordido.
Pero
la señorita Fellowes ni siquiera lo veía.
—¿Qué
has hecho con Timmie? —gritó.
—Lo
he encerrado en el cuarto de baño —dijo Mandy—. He
metido
a ese pequeño monstruo allí y lo he encerrado con llave.
La
enfermera corrió hacia la casa de muñecas. Manoseó
torpemente
la puerta del cuarto de baño. Le costó una eternidad
abrirla
y ver al niño feo agazapado en un rincón.
—No
me des latigazos, señorita Fellowes —musitó el niño. Tenía
los
ojos enrojecidos. Le temblaban los labios—. Yo no quería hacerlo.
—Oh,
Timmie, ¿quién te ha hablado de latigazos?
Se
acercó a él y lo abrazó impetuosamente.
—Lo
dijo ella, con una cuerda larga —repuso trémulamente
Timmie—.
Ella dijo que tú me pegarías mucho.
—No
es cierto. Ella ha sido muy mala al decir eso. Pero ¿qué ha
pasado?
¿Qué ha pasado?
É
—Él
me llamó niño-mono. Dijo que yo no era un niño de verdad.
Que
era un animal. —Timmie se deshizo en un torrente de lágrimas
—.
Dijo que ya no jugaría más con un mono. Yo dije que no era un
mono,
¡que no era un mono! Él dijo que yo era muy raro. Dijo que
era
horrible y feo. Lo dijo muchas veces y le mordí.
Ambos
estaban llorando.
—Pero
eso no es cierto —dijo la sollozante señorita Fellowes—.
Tú
lo sabes, Timmie. Eres un niño de verdad. Un niño encantador, y
el
mejor del mundo. Y nadie, nadie volverá a separarte de mí.
Fue
fácil decidirse, fácil saber qué hacer. Pero había que actuar
con
rapidez. Hoskins no esperaría mucho más tiempo, teniendo a su
hijo
magullado…
No,
había que hacerlo esa noche, esa misma noche, con cuatro
quintas
partes del personal dormido y la restante quinta parte
intelectualmente
embriagada por el Proyecto Edad Media.
Sería
una hora anormal para volver, pero había precedentes. El
vigilante
la conocía perfectamente, y no soñaría en hacerle
preguntas.
No sospecharía si la veía con una maleta. La señorita
Fellowes
ensayó la evasiva frase «Juguetes para el niño» y una
tranquila
sonrisa.
¿Por
qué no iba a creerlo el vigilante?
Así
fue. Cuando la enfermera entró de nuevo en la casa de
muñecas,
Timmie aún estaba despierto, y ella mantuvo una
exasperante
normalidad, a fin de no asustar al pequeño. Hablaron
de
los sueños de Timmie, y la señorita Fellowes oyó al niño
interesarse
ansiosamente por Jerry.
Escasas
personas la verían después, nadie recelaría del bulto que
llevaría.
Timmie se estaría muy quieto, y finalmente todo sería un
hecho
consumado. Un hecho consumado, sería inútil querer
repararlo.
Ellos la dejarían en paz. Los dejarían en paz a los dos.
La
señorita Fellowes abrió la maleta, sacó el abrigo, la gorra de
lana
con orejeras y las demás prendas.
—¿Por
qué me pones esta ropa, señorita Fellowes? —dijo
Timmie,
con muestras de alarma.
—Voy
a llevarte afuera, Timmie. Al lugar de tus sueños.
—¿Mis
sueños?
Su
rostro se contrajo con repentino anhelo, aunque también el
miedo
estaba allí.
—No
temas. Estarás conmigo. No tendrás miedo si estás
conmigo,
¿verdad, Timmie?
—No,
señorita Fellowes.
Se
apretó la deforme cabecita contra el costado y escuchó los
sordos
latidos del corazoncito del niño bajo su brazo.
Era
medianoche. La señorita Fellowes tomó al niño en brazos.
Desconectó
la alarma y abrió suavemente la puerta.
Y
lanzó un grito, porque al otro lado de la abierta puerta estaba
Hoskins,
mirándola.
Había
otros dos hombres con el doctor, y él miraba fijamente a la
enfermera,
tan asombrado como ella.
La
señorita Fellowes tardó un segundo menos en recobrarse y
trató
rápidamente de cruzar el umbral. Pero a pesar del segundo de
retraso,
Hoskins tuvo tiempo. La tomó bruscamente y la lanzó contra
una
cómoda. Llamó a los otros dos hombres y miró a la enfermera
sin
abandonar el umbral.
—No
esperaba esto. ¿Está completamente loca?
Ella
había conseguido interponer el hombro, para que fuera su
cuerpo,
y no el de Timmie, el que golpeara la cómoda.
—¿Qué
daño puedo hacer si me lo llevo, doctor Hoskins? —dijo la
señorita
Fellowes, suplicante—. No puede poner una pérdida de
energía
por encima de una vida humana…
Con
firmeza, Hoskins le quitó el niño de los brazos.
—Una
pérdida de energía de esta magnitud significaría tres
millones
de dólares para los bolsillos de los accionistas. Significaría
un
terrible revés para Estasis, Inc. Significaría publicidad sobre una
enfermera
sentimental que destruye todo eso en provecho de un
niño-mono.
—¡Niño-mono!
—dijo la señorita Fellowes con impotente furia.
—Así
lo llamarán los periodistas —dijo Hoskins.
Apareció
un hombre que estaba pasando un cordel de nylon por
los
resquicios de la parte alta de la pared.
La
señorita Fellowes recordó la cuerda de la cabina que contenía
la
muestra rocosa del profesor Ademewski, la cuerda de la que
Hoskins
había tirado hacía mucho tiempo.
—¡No!
—chilló.
Pero
Hoskins dejó a Timmie en el suelo y le quitó amablemente
el
abrigo que llevaba.
—Quédate
aquí, Timmie. No te pasará nada. Nosotros estaremos
fuera
sólo un momento. ¿De acuerdo?
Timmie,
pálido y mudo, logró asentir con la cabeza.
Hoskins
condujo a la enfermera fuera de la casa de muñecas. De
momento,
la señorita Fellowes había superado el límite de la
resistencia.
Vagamente, vio que ajustaban el tirador junto a la casa
de
muñecas.
—Lo
siento, señorita Fellowes —dijo Hoskins—. Me habría
gustado
evitarle esto. Planeé hacerlo por la noche para que usted se
enterara
cuando ya estuviera hecho.
—Por
la herida de su hijo —dijo la enfermera en un fatigado
susurro—.
Porque su hijo atormentó a este niño y lo provocó.
—No.
Créame. Me he enterado del incidente de hoy y sé que la
culpa
fue de Jerry. Pero el incidente se ha filtrado al exterior. Así
debía
ser, con la prensa acosándonos precisamente este día. No
puedo
arriesgarme a que un relato distorsionado sobre negligencias
y
Neandertales salvajes perjudique el éxito del Proyecto Edad Media.
De
todas formas, Timmie tenía que regresar pronto. Si regresa ahora
mismo,
los sensacionalistas tendrán el mínimo pretexto posible para
volcar
su basura.
—No
es como devolver una roca. Va a matar a un ser humano.
—No
habrá asesinato. No habrá sensación. Simplemente, el niño
será
un niño Neandertal en un mundo Neandertal. Dejará de estar
prisionero,
no será un extraño. Tendrá la posibilidad de vivir en
libertad.
—¿Qué
posibilidad? Sólo tiene siete años, está acostumbrado a
que
le cuiden, le alimenten, le vistan, le protejan. Estará solo. Quizá
su
tribu no esté ya en el lugar donde él la abandonó hace cuatro
años.
Y aunque esté en el mismo sitio, no reconocerán a Timmie.
Tendrá
que cuidar de sí mismo. ¿Cómo va a hacerlo?
Hoskins
sacudió la cabeza en un gesto de desesperada negativa.
—¡Dios
mío, señorita Fellowes! ¿Cree que no he pensado en eso?
¿Cree
que habríamos traído a un niño de no haber sido porque se
trataba
de la primera localización de un humano o cuasi humano que
hacíamos,
y porque no nos atrevimos a correr el riesgo de perder su
posición
y hacer otra localización tan perfecta? ¿Por qué supone que
hemos
mantenido tanto tiempo aquí a Timmie, sino porque éramos
reacios
a devolver al niño al pasado? —Su voz cobró exasperada
urgencia—.
Pero no podemos esperar más. Timmie es un obstáculo
en
el camino de la expansión. Una fuente de posible mala
publicidad.
Estamos a punto de hacer grandes cosas y, lo lamento,
señorita
Fellowes, pero no podemos permitir que Timmie nos
estorbe.
No podemos. No podemos. Lo lamento, señorita Fellowes.
—Bien,
en ese caso —dijo tristemente la enfermera—, déjeme
decirle
adiós. Concédame cinco minutos para despedirme.
Concédame
tan sólo eso.
Hoskins
vaciló.
—Adelante.
Timmie
corrió hacia ella. Corrió hacia ella por última vez y la
señorita
Fellowes, por última vez, lo estrechó entre sus brazos.
Durante
un instante, lo abrazó ciegamente. Empujó una silla con
la
punta del pie, la puso junto a la pared y se sentó.
—No
tengas miedo, Timmie.
—No
tengo miedo si estás aquí, señorita Fellowes ¿Está
buscándome
ese hombre loco, ese hombre que está afuera?
—No,
no temas. Él no nos comprende… Timmie, ¿sabes qué es
una
madre?
—¿Como
la de Jerry?
—¿Te
habló él de su mamá?
—Algunas
veces. Creo que una madre es una señora que te cuida
y
se porta muy bien contigo y hace cosas buenas.
—Exacto.
¿No te gustaría tener una madre, Timmie?
Timmie
apartó la cabeza del cuerpo de la enfermera para poder
mirarla.
Poco a poco, pasó su manita por la mejilla y el pelo de la
señorita
Fellowes y la acarició igual que ella, hacía mucho, mucho
tiempo,
le había acariciado.
—¿Tú
no eres mi madre? —preguntó el niño.
—Oh,
Timmie.
—¿Te
enfadas porque te lo pregunto?
—No.
Claro que no.
—Porque
yo sé que te llamas señorita Fellowes, pero…, pero a
veces
te llamo «mamá» sin decirlo. ¿Te parece bien?
—Sí.
Sí. Me parece bien. Y ya no te abandonaré más y no sufrirás
más.
Estaré siempre contigo para cuidarte. Llámame «mamá», que
yo
lo oiga.
—Mamá
—dijo Timmie muy contento, y apretó su mejilla a la de
la
enfermera.
La
señorita Fellowes se levantó y, sin soltar al niño, se subió a la
silla.
Hizo caso omiso del repentino inicio de un grito en el exterior y,
con
la mano libre, tiró con todas sus fuerzas de la cuerda que
colgaba entre dos resquicios.
Perforó Estasis y la
habitación quedó vacía.__



Comentarios
Publicar un comentario