Isaac Asimov-Aquí no hay nadie excepto...
«Aquí no hay
nadie excepto…» «Nobody Here But» (1953)
No fue culpa nuestra. Ignorábamos que algo
anduviera mal hasta que llamé a Cliff Anderson y le hablé cuando él no estaba
allí. Más aún, yo no hubiera sabido que no estaba allí si no hubiese entrado mientras
yo hablaba con él. No, no, no, no… Nunca puedo contar esto con claridad. Me
dejo llevar… Será mejor que empiece por el principio. Yo soy Bill Billings, mi
amigo es Cliff Anderson. Yo soy ingeniero electrónico, él es matemático y los
dos somos profesores en el Instituto de Tecnología del Medio Oeste. Ahora ya
saben ustedes quiénes somos. Desde que abandonamos el uniforme, Cliff y yo
hemos estado trabajando en las máquinas de calcular. Ya saben de qué se trata.
Norbert Wiener las popularizó con su libro Cibernética. Si han visto fotos,
sabrán que son aparatos realmente grandes. Ocupan una pared entera y son muy
complicados; y también son caros. Pero Cliff y yo teníamos ciertas ideas.
Verán, una máquina pensante es grande y cara porque está llena de relés y de
tubos de vacío, de modo que las corrientes eléctricas microscópicas se puedan
controlar, encender y apagar, aquí y allá. Lo que de verdad importa está en
esas pequeñas corrientes eléctricas, así que… Una vez le dije a Cliff: —¿Por
qué no podemos controlar las corrientes sin tanto aderezo? —¿Por qué no, en
efecto? —dijo él, y se puso a trabajar en la matemática del asunto. No importa
cómo llegamos allí en dos años. El problema fue lo que obtuvimos después de
concluir. Resultó que terminamos con algo de esta altura y de esta anchura y
tal vez de esta profundidad… No, no. Olvidaba que ustedes no pueden verme. Les
daré las cifras: un metro de altura, dos metros de longitud y algo más de medio
metro de fondo. ¿Entendido? Se necesitaban dos hombres para transportarlo, pero
se podía transportar y eso era lo importante. Y, además, escuchen lo que les
digo: era capaz de hacer cualquier tarea que pudieran hacer las calculadoras
gigantes. No tan rápidamente, quizá, pero seguíamos trabajando en eso. Teníamos
grandes planes, planes colosales. Podíamos instalar esa cosa en barcos o en
aviones. Al cabo de un tiempo, si lográbamos reducir su tamaño lo bastante
podríamos montar una en un automóvil. Estábamos interesados especialmente en el
tema de los automóviles. Supongamos que uno tiene una pequeña máquina pensante
en el salpicadero, conectada con el motor y con la batería y equipada con
células fotoeléctricas. Se podría entonces fijar el itinerario ideal, eludir
coches, detenerse ante los semáforos y escoger la velocidad óptima para el
terreno en cuestión. Todos podrían sentarse en el asiento trasero y se
acabarían los accidentes automovilísticos. Era sensacional. Resultaba tan
estimulante y nos entusiasmábamos tanto con cada nuevo logro que aún podría
llorar cuando recuerdo aquella vez en que descolgué el teléfono para llamar al
laboratorio y todo se fue al demonio. Esa noche estaba en casa de Mary Ann…
¿Les he hablado de Mary Ann? No. Creo que no. Mary Ann era la chica que habría
sido mi novia si se hubiesen dado dos condicionantes. Primero, si ella hubiera
querido; segundo, si yo hubiera tenido agallas para pedírselo. Tiene el cabello
rojo y alberga dos toneladas de energía en un cuerpo de cincuenta kilos, que
está perfectamente configurado desde el suelo hasta el metro sesenta de altura.
Yo me moría por pedírselo, pero cada vez que ella se acercaba, encendiéndome el
corazón como si cada contoneo fuera una cerilla, yo me deshacía. No es que no
sea guapo. La gente me dice que soy aceptable. Tengo todo mi cabello y mido
casi uno ochenta de estatura. Hasta sé bailar. Lo que pasa es que no tengo nada
que ofrecer. No necesito contarles cuánto ganan los profesores universitarios.
Con la inflación y con los impuestos, equivale a casi nada. Desde luego, si
lográbamos obtener las patentes básicas para nuestra maquinita pensante, todo
cambiaría. Pero yo no podía pedirle que esperara. Tal vez, una vez que todo
estuviera organizado… Sea como fuere, esa noche yo estaba allí, cavilando,
cuando ella entró en la sala de estar. Mi brazo buscaba a tientas el teléfono.
—Estoy lista, Bill —dijo Mary Ann—. Vamos. —Aguarda un minuto. Quiero llamar a
Cliff. Frunció el ceño. —¿No puede esperar? —Tenía que haberle llamado hace dos
horas. Sólo me llevó dos minutos. Llamé al laboratorio. Cliff estaba trabajando
esa noche, así que contestó. Pregunté algo, respondió algo, pregunté algo más y
me dio alguna explicación. Los detalles no importan, pero, como ya he dicho, él
es el matemático del equipo. Cuando yo construyo los circuitos y ensamblo las cosas
de modo que parecen imposibles, él es quien baraja los símbolos y me dice si
son imposibles o no. En cuanto colgué llamaron a la puerta. Temí que Mary Ann
tuviera otro visitante y sentí una rigidez en la espalda cuando ella fue a
abrir. La miré de reojo mientras garrapateaba lo que Cliff acababa de decirme.
Entonces, Mary Ann abrió la puerta y allí estaba Cliff Anderson. —Pensé que te
encontraría aquí… —dijo—. Hola, Mary Ann. Oye, ¿no ibas a llamarme a las seis?
Eres tan de fiar como una silla de cartón. Cliff es bajo, rechoncho y
pendenciero, pero lo conozco y no le presto atención. —Hubo novedades y se me
olvidó. De todas formas, acabo de llamarte. ¿A qué viene tanto jaleo?
—¿Llamarme? ¿A mí? ¿Cuándo? Iba a señalar el teléfono y me quedé mudo. Fue como
si el mundo se derrumbara. Cinco segundos antes de que llamaran a la puerta yo
hablaba con Cliff, que estaba en el laboratorio, y el laboratorio se encontraba
a diez kilómetros de la casa de Mary Ann. —Acabo de hablar contigo —tartamudeé.
Evidentemente no me hice entender. —¿A mí? —repitió Cliff. Señalé el teléfono
con ambas manos. —Por teléfono. Llamé al laboratorio. ¡Con este teléfono! Mary
Ann me oyó. Mary Ann, ¿yo no estaba hablando con…? —No sé con quién hablabas
—me cortó Mary Ann—. Bien, ¿nos vamos? Así es Mary Ann. Una fanática de la
sinceridad. Me senté. Traté de hablar con voz baja y clara: —Cliff, marqué el
número del laboratorio, atendiste el teléfono, te pregunté que si habías
resuelto los detalles, dijiste que sí y me los diste. Aquí están. Los he
anotado. ¿Esto es correcto, o no? Le entregué el papel donde había anotado las
ecuaciones. Cliff las miró. —Son correctas —admitió—. Pero ¿cómo las
conseguiste? No las habrás resuelto solo, ¿verdad? —Acabo de decírtelo. Me las
diste por teléfono. Cliff sacudió la cabeza. —Bill, me fui del laboratorio a
las siete y cuarto. No hay nadie allí. —Pues yo hablé con alguien, te lo juro.
Mary Ann se estaba poniendo los guantes. —Se hace tarde —me apremió. Le hice
señas para que esperase un poco. —¿Estás seguro…? —le dije a Cliff. —No hay
nadie allí, a menos que cuentes a Júnior. Júnior era como llamábamos a nuestro
cerebro mecánico de tamaño portátil. Nos quedamos mirándonos. El pie de Mary
Ann tamborileaba sobre el suelo como una bomba de relojería a punto de estallar.
Cliff se echó a reír. —Me estoy acordando de un chiste que vi. Un robot que
atiende el teléfono y dice: «¡Le juro, jefe, que aquí no hay nadie excepto
nosotros, las complicadas máquinas pensantes!». No me pareció gracioso. —Vamos
al laboratorio —decidí. —¡Oye! —protestó Mary Ann—. No llegaremos al teatro.
—Mira, Mary Ann, esto es muy importante. Sólo será un momento. Ven con nosotros
y desde allí iremos directamente al teatro. —El espectáculo empieza… —empezó
Mary Ann, pero no pudo decir nada más, porque la agarré de la muñeca y nos
fuimos. Eso demuestra que yo estaba fuera de mí. En circunstancias normales
jamás la habría tratado con brusquedad. Mary Ann es toda una dama. Pero yo
tenía demasiadas cosas en la mente. Ni siquiera recuerdo haberla agarrado de la
muñeca, sólo que de pronto estaba en el coche, con Cliff y con Mary Ann, y que
ella se frotaba la muñeca y mascullaba algo sobre los gorilas. —¿Te he hecho
daño, Mary Ann? —No, claro que no. Todos los días me hago arrancar el brazo,
para divertirme un poco. Y me dio una patada en el tobillo. Sólo hace esas
cosas porque tiene el cabello rojo. En realidad es de un temperamento muy
dulce, pero se esfuerza por estar a la altura del mito de las pelirrojas. Yo la
tengo calada, por supuesto, aunque trato de complacerla, pobre chica. Llegamos
al laboratorio en veinte minutos. El instituto está desierto de noche. Parece
más desierto que otros edificios, pues está diseñado para albergar multitudes
de estudiantes que recorran los pasillos; cuando ellos no están, la soledad es
antinatural. O tal vez sólo fuera que yo tenía miedo de ver qué pudiera estar
sentado en nuestro laboratorio. De cualquier modo, los pasos resonaban con ecos
intimidatorios y el ascensor parecía especialmente siniestro. —No nos llevará mucho
tiempo —le insistí a Mary Ann, pero ella se limitó a sorber por la nariz y a
ponerse guapísima. Y es que no puede evitar ponerse guapísima. Cliff tenía la
llave del laboratorio y yo miré por encima de su hombro cuando abrió la puerta.
No se veía nada. Júnior estaba allí, por supuesto, pero no había cambiado desde
la última vez que lo vi. Los cuadrantes no registraban nada anormal y, aparte
de ellos, sólo había una caja grande, de la que salía un cable que iba
conectado al enchufe de la pared. Cliff y yo nos acercamos a Júnior por ambos
flancos. Creo que íbamos pensando en apresarlo en cuanto hiciera un movimiento
brusco. Pero Júnior no hizo nada. Mary Ann también lo miraba. Incluso le pasó
el dedo anular por la parte superior, se miró la yema y se la frotó con el
pulgar para limpiarse el polvo. —Mary Ann —le advertí—, no te acerques a él
tanto. Quédate al otro lado de la habitación. —Allí está igual de sucio —me
contestó. Nunca había visitado nuestro laboratorio, así que no comprendía que
un laboratorio no es lo mismo que el dormitorio de un bebé. El ordenanza va dos
veces al día y todo lo que hace es vaciar las papeleras. Una vez por semana
entra con una fregona sucia, enfanga el suelo y se mueve de un lado a otro. —El
teléfono no está donde lo dejé —observó Cliff. —¿Cómo lo sabes? —Porque lo dejé
allí. —Señaló—. Y ahora está aquí. Si tenía razón, el teléfono se había
acercado a Júnior. Tragué saliva. —Tal vez no lo recuerdas bien. —Traté de
sonreír, pero no resultó muy natural—. ¿Dónde está el destornillador? —¿Qué
piensas hacer? —Sólo echar un vistazo al interior. Para divertirme un poco. —Te
ensuciarás todo —me avisó Mary Ann, así que me puse la bata. Mary Ann es una
chica muy previsora. Empecé a trabajar con el destornillador. Una vez que
Júnior estuviera perfeccionado, teníamos intención de manufacturar modelos con
estuches soldados, de una sola pieza. Incluso pensábamos en plásticos
moldeados, de diversos colores, para uso hogareño. Pero el modelo de
laboratorio estaba ensamblado con tornillos con el fin de que pudiéramos
desarmarlo y armarlo cuando fuera necesario. Sólo que los tornillos no salían.
Resoplé. —Algún bromista ha apretado demasiado los tornillos cuando los puso.
—Tú eres el único que los toca —me recordó Cliff. Y tenía razón, pero eso no me
facilitaba las cosas. Me puse de pie y me pasé el dorso de la mano por la
frente. Le pasé el destornillador. —¿Quieres intentarlo tú? Lo intentó, y no
logró mucho más que yo. —Qué raro —comentó. —¿Qué es lo raro? —Estaba haciendo
girar un tornillo. Se movió unos tres milímetros y luego el destornillador se
me ha escapado. —¿Qué tiene de raro? Cliff retrocedió y dejó el destornillador
con dos dedos. —Lo raro es que vi que el tornillo volvía a moverse tres
milímetros hasta ajustarse de nuevo. Mary Ann se estaba impacientando. —¡Vaya,
genios científicos! ¿Por qué no usáis un soplete si estáis tan ansiosos? Señaló
el soplete que descansaba sobre uno de los bancos. Bien; por lo general, jamás
se me hubiera ocurrido usar un soplete con Júnior, como no lo usaría conmigo
mismo. Pero yo andaba pensando algo y Cliff también pensaba algo y ambos
pensábamos lo mismo: Júnior no quería que lo abrieran. —¿Tú qué crees, Bill?
—me preguntó Cliff. —No sé, Cliff. —Pues date prisa, zopenco —resolvió Mary
Ann—. Nos perderemos el espectáculo. Así que tomé el soplete y gradué la salida
de oxígeno. Era como apuñalar a un amigo. Mary Ann interrumpió el procedimiento
al exclamar: —¡Vaya, qué estúpidos son los hombres! Estos tornillos están
flojos. Habéis hecho girar el destornillador al revés. No hay muchas
probabilidades de hacer girar un destornillador al revés. De todos modos no me
gusta contradecir a Mary Ann, así que le dije: —Mary Ann, no te acerques tanto
a Júnior. ¿Por qué no esperas junto a la puerta? —¡Pues mira! —replicó ella. Me
mostró el tornillo que tenía en la mano y el orificio vacío en la caja de
Júnior. Lo había quitado con la mano. Cliff exclamó: —¡Santo cielo! Todos los
tornillos estaban girando. Giraban solos, como gusanos saliendo de sus
agujeros; giraban y giraban y luego caían al suelo. Los recogí y sólo faltaba
uno, que se quedó suspendido un momento, con el panel del frente apoyado en él,
hasta que extendí el brazo. Entonces, cayó el último tornillo y el panel se
desplomó suavemente en mis brazos. Lo puse a un lado. —Lo ha hecho a propósito
—comentó Cliff—. Nos oyó mencionar el soplete y desistió. Habitualmente tiene
la tez rosada, pero ahora estaba blanco. Y yo no las tenía todas conmigo. —¿Qué
trata de ocultar? —pregunté. —No sé. Nos agachamos ante las entrañas abiertas y
nos quedamos mirando un rato. El pie de Mary Ann volvía a tamborilear sobre el
suelo. Miré mi reloj de pulsera y tuve que admitir que no nos quedaba mucho
tiempo. Mejor dicho, no nos quedaba tiempo. —Tiene un diafragma —observé.
—¿Dónde? —preguntó Cliff, acercándose. Se lo señalé. —Y un altavoz. —¿Tú no los
pusiste? —Claro que no. Se supone que sé lo que he puesto. Si lo hubiera hecho
lo recordaría. —Y entonces ¿cómo es que están ahí? Estábamos discutiendo en
cuclillas. —Supongo que los ha fabricado él. Quizá les deja crecer. Mira eso.
Señalé de nuevo. Dentro de la caja, en dos lugares, había sendos rollos de lo
que parecía una delgada manguera de regar el jardín, sólo que eran de metal.
Cada una de ellas formaba una espiral tan apretada que la hacía plana. En la
punta el metal se dividía en cinco o seis filamentos finos que conformaban a su
vez pequeñas subespirales. —¿Tampoco lo pusiste tú? —No, tampoco. —¿Qué es?
Cliff sabía qué era y yo sabía qué era. Algo tenía que estirarse para que Júnior
obtuviera los materiales con los que fabricar partes de sí mismo; algo tenía
que salir para descolgar el teléfono. Recogí el panel frontal y lo miré de
nuevo. Había dos círculos de metal cortados y ajustados de tal modo que
pudieran levantarse hacia delante y dejar un orificio para que algo pasara por
ellos. Metí un dedo en uno de los orificios y se lo mostré a Cliff. —Tampoco
hice esto —dije. Mary Ann, que miraba por encima de mi hombro, estiró el brazo.
Yo me estaba limpiando los dedos con una toalla de papel, para quitarme el
polvo y la grasa, y no tuve tiempo de detenerla. Pero debí haberlo sabido; pues
ella siempre está deseando ayudar. El caso es que metió la mano para tocar uno
de los…, bien, ¿por qué no decirlo?, uno de los tentáculos. No sé si los tocó o
no. Luego afirmó que no. Pero, de cualquier modo, en ese momento soltó un
chillido, se sentó y se puso a frotarse el brazo. —Lo mismo —gimoteó—. Primero
tú y ahora eso. La ayudé a levantarse. —Debió de ser una conexión floja, Mary
Ann. Lo lamento, pero te he dicho… —¡Pamplinas! —exclamó Cliff—. No es una
conexión floja. Júnior intenta defenderse. Yo había pensado lo mismo. Había
pensado muchas cosas. Júnior era una nueva clase de máquina. Hasta la
matemática que la controlaba carecía de precedentes. Quizá tuviese algo que
ninguna máquina había tenido jamás. Tal vez sentía el deseo de permanecer con
vida y crecer. Acaso pretendiese fabricar más máquinas hasta que hubiera
millones en toda la Tierra, rivalizando con los seres humanos por hacerse con el
control. Abrí la boca y Cliff debió de adivinar lo que yo iba a decir, porque
gritó: —¡No, no! ¡No lo digas! Pero no pude contenerme: —Bueno, oye,
desconectemos a Júnior… ¿Qué sucede? —Está escuchando lo que decimos, pedazo de
burro —gruñó Cliff —. Te oyó hablar del soplete, ¿verdad? Yo pensaba
escabullirme por detrás, pero ahora es probable que me electrocute si lo
intento. Mary Ann se estaba sacudiendo con la mano la parte de atrás del
vestido y no paraba de refunfuñar por la cantidad de mugre que había en el
suelo, aunque yo insistía en decirle que no era culpa mía. El que lo ensucia
todo es el ordenanza. —¿Por qué no te pones unos guantes de goma y tiras del
cable? —sugirió Mary Ann. Noté que Cliff procuraba pensar razones por las
cuales eso no funcionaría. No se le ocurrió ninguna, así que se puso los
guantes de goma y caminó hacia Júnior. —¡Cuidado! —grité. Fue estúpido
advertirle. Cliff tenía que cuidarse, no le quedaba otra opción. Uno de los
tentáculos se movió y ya no quedaron dudas de lo que eran. Se desenrolló y se
interpuso entre Cliff y el cable eléctrico. Se quedó allí, vibrando y
extendiendo sus zarcillos de seis dedos. En el interior de Júnior comenzaron a
brillar unos tubos. Cliff no intentó habérselas con el tentáculo. Retrocedió, y
poco después el tentáculo se retrajo. Cliff se quitó los guantes de goma y
dijo: —Bill, así no vamos a ninguna parte. Este artilugio es más listo de lo
que creíamos. Fue tan listo que utilizó mi voz como modelo cuando construyó ese
diafragma. Tal vez llegue a hacerse tan listo como para… —Miró por encima del
hombro y susurró—: Para aprender a generar energía y volverse autónomo. Bill,
tenemos que detenerlo o un día alguien telefoneará al planeta Tierra y le
contestarán: «¡Le juro, jefe, que aquí no hay nadie excepto nosotros, las
complicadas máquinas pensantes!». —Llamemos a la policía. Se lo explicaremos.
Con una granada o algo parecido… Cliff sacudió la cabeza. —No podemos permitir
que nadie lo descubra. Construirían otros Júnior, y todo parece indicar que aún
no estamos preparados para un proyecto de esta naturaleza. —Entonces, ¿qué
hacemos? —No sé. Sentí un fuerte golpe en el pecho. Miré y vi que era Mary Ann,
dispuesta a escupir fuego. —Mira, zopenco, si salimos, salimos y, si no
salimos, no salimos. Decídete. —Pero, Mary Ann… —Respóndeme. Nunca he oído cosa
tan ridícula. Me visto para ir al teatro y me traes a un sucio laboratorio con
una máquina absurda y te pasas el resto de la tarde jugando con botoncitos.
—Mary Ann, yo no… Pero no me escuchaba; hablaba ella. Ojalá pudiera recordar lo
que dijo. O tal vez no; tal vez sea mejor no recordar sus palabras, pues no
fueron precisamente halagadoras. De cuando en cuando, yo intercalaba un «pero,
Mary Ann…», que acababa arrollado por su torrente de frases. En realidad, como
ya he dicho, es una criatura muy dulce y sólo se pone parlanchina e insensata
cuando se altera. Como es pelirroja, piensa que le corresponde alterarse con
frecuencia. Esa es mi teoría. Cree que debe hacer honor a su pelo rojo. De
cualquier modo, recuerdo claramente que, para terminar, me dio un pisotón en el
pie derecho, se giró y se marchó. La seguí al trote y balbuceé; una vez más:
—Pero, Mary Ann… Entonces Cliff gritó. En general no nos presta atención, pero
esta vez gritó a todo pulmón: —¿Por qué no le pides que se case contigo,
zopenco? Mary Ann se detuvo. Estaba en la puerta, pero no se dio media vuelta.
Yo también me detuve, y sentí que las palabras se me atascaban en la garganta.
Ni siquiera atinaba a pronunciar otro «pero, Mary Ann…». Cliff seguía gritando.
Yo le oía como si estuviera a un kilómetro de distancia. —¡Lo tengo, lo tengo!
—chillaba una y otra vez. Entonces, Mary Ann se dio la vuelta, y estaba tan
bella… ¿Les he dicho que tiene los ojos verdes, con una pizca de azul? Pues
bien, estaba tan hermosa que todas las palabras se me anudaron en la garganta y
salieron formando ese ruido raro que uno hace al tragar. —¿Ibas a decirme algo,
Bill? —preguntó ella. Bueno, lo cierto era que Cliff me lo había metido en la
cabeza. —¿Quieres casarte conmigo, Mary Ann? —conseguí decir, con la voz
enronquecida. En cuanto lo dije me arrepentí, porque supuse que no volvería a
hablarme nunca más. Pero dos segundos después me alegré, pues me rodeó con los
brazos y se puso de puntillas para besarme. Tardé un rato en comprender qué
sucedía, y al fin respondí al beso. Esto duró un buen rato, hasta que Cliff
logró llamar mi atención dándome un golpe en el hombro. Me volví con mal ceño.
—¿Qué demonios quieres? Era un poco ingrato por mi parte. A fin de cuentas, él
lo había propiciado. —¡Mira! —dijo. Sostenía en la mano el cable principal que
conectaba a Júnior con el suministro energético. Me había olvidado de Júnior,
pero volvía a recordarlo. —Entonces, está desconectado. —¡Frío! —¿Cómo lo
lograste? —Júnior estaba tan ocupado viéndote reñir con ella que conseguí
escabullirme por detrás. Mary Ann ha dado un buen espectáculo. No me agradó el
comentario, pues Mary Ann es una chica muy fina y recatada y no da
«espectáculos». De todos modos, tenía ya demasiados problemas como para
pelearme con Cliff. —No tengo mucho que ofrecer, Mary Ann —me dirigí a Mary Ann
—, sólo el sueldo de profesor. Ahora que hemos desmantelado a Júnior, ni
siquiera hay posibilidades de… —No me importa, Bill —me interrumpió ella—.
Estaba a punto de abandonar, mi amor, zopenco. Lo he intentado todo… —¿Cómo
darme patadas en los tobillos y pisarme los pies? —Se me habían agotado los
recursos. Estaba desesperada. La lógica del razonamiento no era muy clara, pero
no repliqué porque me acordé del teatro. Miré la hora y dije: —Oye, Mary Ann,
sí nos apresuramos llegaremos al segundo acto. —¿Quién quiere ver esa obra de
teatro? La besé de nuevo, y nunca fuimos a ver esa obra. Ahora sólo me preocupa
una cosa. Mary Ann y yo estamos casados y somos muy felices. Acaban de
ascenderme; ahora soy profesor adjunto. Cliff sigue trabajando en planes para
construir un Júnior controlable y está progresando. Pero aquí no terminó todo.
Verán ustedes: hablé con Cliff la noche siguiente para anunciarle que Mary Ann
y yo íbamos a casarnos y para agradecerle que me hubiera dado la idea y,
después de mirarme un momento, juró que él no había dicho nada, que no me había
gritado que le propusiera el matrimonio. Y, claro, en el laboratorio había algo
más que tenía la voz de Cliff. Me sigue preocupando que Mary Ann lo descubra.
Es la chica más dulce que conozco, pero, a fin de cuentas, es pelirroja y creo
que ya he dicho que se empeña en hacer honor a la fama de las pelirrojas. De
cualquier modo, ¿qué diría si alguna vez descubre que no tuve el sentido común
de declararme hasta que una máquina me lo aconsejó?


Comentarios
Publicar un comentario