Thomas Nagel-¿Que se siente ser un murcielago?
¿Qué se siente ser un murciélago?
Thomas Nagel
La conciencia es lo que hace que el problema mente-cuerpo realmente
inextricable.
Quizá por ello las discusiones actuales acerca del problema le prestan
poca atención o la
entienden de manera claramente equivocada. La reciente ola de euforia
reduccionista ha
producido varios análisis de los fenómenos y conceptos mentales
destinados a explicar
la posibilidad de alguna variante de materialismo, de identificación
psicológica o de
reducción.1 Pero los problemas que se abordan son los comunes a este y otros tipos
de
reducción, y se desatiende lo que vuelve único al problema mente-cuerpo
y lo hace
diferente del problema agua-H2O, el problema máquina de Turing-máquina IBM, el
problema rayo-descarga de electricidad, el problema genes-ADN o el
problema roblehidrocarburos.
Cada reduccionista necesita su analogía favorita que desprende de la
ciencia moderna.
Es sumamente improbable que alguno de estos ejemplos inconexos de
reducciópn
exitosa arroje luz sobre la relación de la mente con el cerebro. Pero
los filósofos
comparten la generalizada debilidad humana por las explicaciones para lo
que es
incomprensible, formuladas en términos adecuados para lo que es conocido
y bien
comprendido, aunque resulte algo totalmente distinto. Esto ha llevado a
que se acepten
explicaciones no factibles de la actividad mental, en gran medida porque
permitirían
tipos de reducción conocidos. Trataré de explicar por qué los ejemplos
comunes no nos
ayudan a comprender la relación entre mente y cuerpo; por qué, de hecho
no tenemos
actualmente una concepción de lo que sería una explicación de la
naturaleza física de un
fenómeno mental. Sin la conciencia, el problema mente-cuerpo sería mucho
menos
interesante y, con ella, parece no tener solución. Comprendemos de
manera muy pobre
el rasgo más importante y característico de los fenómenos mentales
conscientes. La
mayoría de las teorías reduccionistas ni siquiera intentan explicarla, y
con un examen
cuidadoso se puede mostrar que ningún concepto de reducción disponible
hoy día puede
aplicarse a esa característica. Quizá se pueda concebir una forma
teórica nueva para ese
fin; pero si acaso existe tal solución, se encuentra en un futuro
intelectual distante.
La experiencia consciente es un fenómeno generalizado. Se encuentra en
muchos
niveles de la vida animal, aunque no podamos estar seguros de su
presencia en los
organismos más simples, y es muy difícil afirmar en general qué provee
pruebas de su
existencia. Algunos extremistas están dispuestos a negar su existencia
incluso en los
mamíferos no humanos. Sin duda se presenta en formas numerosas
totalmente
inimaginables para nosotros , en otros planetas de otros sistemas
solares a lo largo del
universo. Pero al margen de cómo varié la forma, el hecho de que un
organismo tenga
experiencias conscientes de ninguna forma significa, básicamente,
que hay algo que los
determines a ser ese organismo. Puede haber ulteriores implicaciones
sobre la forma de
la experiencia; incluso puede haber, aunque lo dudo, implicaciones sobre
la conducta
del organismo. Sin embargo, fundamental,ente, un organismo tiene estados
mentales
conscientes si y solo si, hay algo que lo determine a ser ese
organismo, algo
determinante para el organismo.
Podemos llamar a esto el carácter subjetivo de la experiencia. Se trata
de algo no
captado por ninguno de los análisis reduccionistas recientes más
conocidos de lo
mental, porque todos ellos son lógicamente compatibles con su ausencia.
No puede
analizarse en términos de algún sistema explicativo de estados
funcionales o de estados
intencionales, pues éstos podrían atribuirse a robots o a autómatas que
se comportaran
como personas, aunque no tuvieran ningún tipo de experiencia.2 Debido a razones
similares, tampoco puede analizarse en términos del papel causal de las
experiencias en
relación con la conducta human típica. 3 No niego que los estados y los sucesos
mentales conscientes causen la conducta, ni que les pueda dar una
caracterización
funcional.`Sólo niego que ello agote su análisis. Cualquier programa
reduccionista tiene
que basarse en un análisis de lo que debe reducirse. Si el análisis deja
fuera algo, el
problema se planteará de manera falsa. Es inútil basar la defensa del
materialismo en un
análisis de los fenómenos mentales que no aborde de manera explicita su
carácter
subjetivo, pues no hay ninguna razón para suponer que una reducción, que
parezca
factible cuando no se ha hecho un intento por explicar la conciencia,
pueda extenderse
para incluir a la conciencia. Por tanto, si no tenemos una idea de qué
es el carácter
subjetivo de la experiencia, no podemos saber qué debemos pedir a la
teoría fisicalista.
Si bien una explicación de la base física de la mente debe elucidar
muchas cosas, el
carácter subjetivo de la conciencia parece ser lo más difícil. Es
imposible excluir de una
reducción las características fenomenológicas de la experiencia del
mismo modo como
excluímos las características fenoménicas de una sustancia ordinaria en
una reducción
química o física; es decir, explicándolas como efectos en la mente de
observadores
humanos.4 Si hemos de
defender el fisicalismo, deben por sí mismas ofrecer una
explicación física las características fenomenológicas. Pero cuando
analizamos su
carácter subjetivo, tal resultado parece imposible de alcanzar. La razón
es que cada
fenómeno subjetivo está conectado esencialmente con un solo punto de
vista, y parece
inevitable que una teoría física objetiva abandonará ese punto de vista.
Permítaseme, en primer lugar, tratar de formular el problema de una
manera más
completa que simplemente refiriéndome a la relación entre lo subjetivo y
lo objetivo o
entre el pour soi y el en soi. Esto dista de ser fácil.
Los hechos acerca de qué se siente
ser X son muy peculiares, tan peculiares que algunos pueden verse
inclinados a dudar
acerca de su realidad o de la importancia de las afirmaciones sobre
tales hechos. Para
dilucidar la relación entre la subjetividad y un punto de vista, y para
poner de manifiesto
la importancia de las características subjetivas, nos será útil explorar
el asunto en
relación con un ejemplo que haga resaltar de manera evidente la
divergencia entre los
dos tipos de concepción el subjetivo y el objetivo.
Supongo que todos creemos que los murciélagos tienen experiencias.
Después de todo,
son mamíferos, y no dudamos de que tienen experiencias, así como tampoco
dudamos
de que los ratones, las palomas y las ballenas tengan experiencias. He
elegido a los
murciélagos y no a las avistas o a los lenguados porque, si nos
desplazamos a un nivel
demasiado bajo en el árbol filogenético, las personas pierden
gradualmente su fe de que
haya experiencia alguna. Aunque los murciélagos estén más relacionados
con nosotros
que esas otras especies, tienen, sin embargo, un rango de actividad y un
aparato
sensorial tan diferentes a los nuestros que el problema que deseo
plantear resulta muy
vívido, aunque ciertamente podría plantearse con otras especies. Aun sin
las ventajas de
la reflexión filosófica, cualquiera que haya permanecido algún tiempo en
un espacio
cerrado con un murciélago excitado sabe lo que significa encontrarse con
una forma de
vida fundamentalmente alienada.
He dicho que la esencia de la creencia de que los murciélagos tengan
experiencias es
que hay algo que los determina como tales. Hoy día sabemos que la
mayoría de los
murciélagos –los microquitópeteros, para ser exactos- perciben el mundo
básicamente
por sonar, o ecolocación, detectando los reflejos, de los objetos a su
paso, de sus propios
chillidos, rápidos, sutilmente modulados y de alta frecuencia. Sus
cerebros están
diseñados para correlacionar los impulsos emitidos con los ecos
subsecuentes, y la
información así adquirida les permite hacer determinaciones precisas de
distancia,
tamaño, forma, movimiento y textura, comparables a las que hacemos con
nuestra vista.
Pero el sonar del murciélago, aunque es claramente una forma de
percepción, no
funciona de manera similar a ninguno de nuestros sentidos, y no hay
ninguna razón para
suponer que se parece en términos subjetivos a algo que podamos sentir o
imaginar
nosotros. Esto parece crear dificultades para la noción de qué se siente
ser un
murciélago. Debemos considerar si hay algún método que nos permita
extrapolarnos a
la vida interior del murciélago desde nuestro propio caso5, y si no lo hay,
qué otros
métodos podría haber para comprender esta noción.
Nuestra propia experiencia nos ofrece el material básico para nuestra
imaginación, cuyo
campo es, por tanto, limitado. No nos ayudaría tratar de imaginar que
tenemos
membranas en nuestros brazos que nos permitirían volar durante el
crepúsculo y el
amanecer cazando insectos con la boca; que tenemos una vista muy pobre,
que
percibimos el mundo que nos rodea mediante un sistema de señaes sonoras
de alta
frecuencia, y que nos pasamos el día en un desván colgados boca a bajo
sujetos de los
pies. En la medida en que puedo imaginar todo eso, que no es mucho, me
indica tan
sólo cómo sería para mí comportarme como un murciélago. Pero ésa
no es la cuestión.
Deseo saber qué se siente para un muerciélago ser murciélago.
Pero si intento
imaginarlo, me veo limitado a los recursos de mi propia mente, y éstos
son inadecuados
para la tarea. No puedo llevarla a cabo imaginando añadidos a mi
experiencia actual, ni
imaginando ciertos fragmentos sustraídos gradualmente de ella o
imaginando alguna
combinación de añadidos, sustracciones y modificaciones.
Ya que sólo puedo verme y comportarme como una avispa o un murciélago
sin cambiar
mi estructura fundamental, mis experiencias no se parecerán en nada a
las de esos
animales. Por otra parte, es difícil que podamos darle algún significado
a la suposición
de que yo debiera tener la constitución neurofisiológica interna de un
murciélago. Aun
cuando pudiera transformarme gradualmente en un murciélago, nada en mi
constitución
actual me permite imaginar cómo serían las experiencias en tal futura
etapa de mi
metamorfosis. La mejor prueba nos la darían las experiencias de los
murciélagos, si tan
sólo supiéramos cómo son.
Así que, si la extrapolación a partir de nuestro propio caso queda
implícita en la idea de
qué se siente ser murciélago, la extrapolación debe ser imposible de
completar. Sólo
podemos desarrollar una concepción esquemática de a qué se asemeja.
Por ejemplo,
podemos suponer tipos generales de experiencias sobre la base de
la estructura y el
comportamiento del animal. Así, describimos el sonar del murciélago como
una forma
de percepción delantera tridimensional; creemos que los murciélagos
sienten algunos
tipos de dolor, temor, hambre y placer, y que poseen otros tipos de
percepciones más
comunes además del sonar. Pero creemos que estas experiencias tienen
también en cada
caso un carácter subjetivo específico que no podemos concebir. Y si hay
vida consciente
en otras partes del universo, es probable que algunos tipos de ella no
puedan describirse
ni si quiera en términos de las experiencias más generales a nuestra
disposición.6 El
problema, sin embargo no se limita a estos casos exóticos, pues se da
entre una persona
y otra. Por ejemplo, el carácter subjetivo de la experiencia de una
persona ciega y sorda
de nacimiento no es accesible para mí, ni presumiblemente ella tampoco
comprenda el
mío. Esto no impide que cada uno de nosotros creamos que la experiencia
del otro tiene
semejante carácter subjetivo.
Si alguien se inclina a negar que podemos creer en la existencia de
hechos como éste,
cuya naturaleza exacta no podemos concebir, debería reflexionar que al
pensar sobre los
murciélagos estamos en la misma posición en que estarían los murciélagos
inteligentes
o los marcianos7 si trataran de formarse una idea de qué se sentiría
ser como nosotros.
La estructura de sus propias mentes podría hacer imposible que tuvieran
éxito, pero
sabemos que estarían equivocados sin concluyeran que no hay nada preciso
para
sentirse como nosotros: que sólo podrían atribuírsenos ciertos tipos
generales de estados
mentales, quizás la percepción y el apetito serían conceptos comunes a
ellos y a nostros;
aunque quizás ni eso. Sabríamos que estarían equivocados si llegaran a
sostener esta
conclusión escéptica, porque nosotros sabemos qué se siente ser
nosotros. Y sabríamos
que si bien esto incluye una enorme cantidad de variaciones y
complejidades, y que
aunque no poseemos un vocabulario para describirlo adecuadamente, su
carácter
subjetivo es muy específico, y en algunos aspectos es descriptible en
términos que sólo
pueden comprender criaturas como nosotros. El hecho de que no podremos
jamás
formular con nuestro lenguaje una descripción detallada de la
fenomenología de un
marciano o de un murciélago no debería llevarnos a desechar como carente
de
significado la afirmación de que los murciélagos y los marcianos tienen
experiencias
totalmente comparables con las nuestras en cuanto a riqueza de detalles.
Sería muy
bueno que alguien desarrollara conceptos y una teoría que nos
permitieran pensar sobre
esas cosas; pero quizás tal conocimiento se nos niegue de manera
permanente debido a
las limitaciones de nuestra naturaleza. Y negar la realidad o la
importancia lógica de lo
que nunca podremos describir o comprender es la forma más cruda de
disonancia
cognoscitiva.
Esto nos lleva a abordar un tema que requiere un análisis mucho más
amplio que el que
puedo ofrecer aquí, a saber, la relación entre, por un lado, los hechos
y, por otro, los
esquemas conceptuales o sistemas de representación. Mi realismo acerca
del dominio
subjetivo en todas sus formas implica una creencia en la existencia de
hechos fuera del
alcance de los conceptos humanos. Sin duda es posible para un ser humano
creer que
hay hechos para los cuales los humanos nunca tendrán los
conceptos necesarios para
representarlos o comprenderlos. De hecho, sería una tontería dudar de
esto, dada la
finitud de las expectativas de la humanidad. Después de todo, habría
habido números
transfinitos aunque todo el mundo hubiera muerto de peste negra antes de
que Cantor
los descubriera. Pero también podemos creer que hay hechos que los seres
humanos no
podrán representar o comprender,
aunque la especie fuera eterna, simplemente porque
nuestra estructura no nos permite manejar conceptos del tipo requerido.
Podría suceder
incluso que otros seres advirtieran esta imposibilidad, pero no resulta
obvio que la
existencia de esos seres, o la posibilidad de su existencia, sea una
condición previa de la
importancia de la hipótesis de que hay hechos humanamente inaccesibles.
Después de
todo, la naturaleza de los seres con acceso a los hechos humanamente
inaccesibles es
presumiblemente un hecho humanamente inaccesible. Por tanto, la
reflexión sobre qué
se siente ser un murciélago parece llevarnos a concluir que hay hechos
que no consisten
en la verdad de proposiciones expresables en un lenguaje humano. Podemos
vernos
obligados a reconocer la existencia de tales hechos sin ser capaces de
enunciarlos o
comprenderlos.
De cualquier modo, no continuaré analizando este tema. Su relación con
el tema que
estamos estudiando, esto es, el problema mente-cuerpo, es que nos
permite hacer una
observación general sobre el carácter subjetivo de la experiencia.
Cualquiera que sea el
carácter de los hechos acerca de qué se siente ser un ser humano, un
murciélago o un
marciano, parecen ser hechos que entrañan un particular punto de vista.
No me refiero aquí a la supuesta privacía de la experiencia de aquel que
la posee. El
punto de vista en cuestión no es algo accesible sólo a un único
individuo. Se trata más
bien de un tipo de punto de vista. A menudo podemos adoptar un
punto de vista que no
sea el nuestro, por lo que la comprensión de esos hechos no se limita al
caso propio.
Hay un sentido en que los hechos fenomenológicos son perfectamente
objetivos: una
persona puede saber o decir de otra cuál es la índole de la experiencia
de otra. Sin
embargo, estos hechos son subjetivos, en el sentido de que incluso esa
atribución
objetiva de la experiencia sólo es posible para alguien que sea
suficientemente similar al
objeto de la atribución como para poder adoptar su punto de vista: para
comprender la
atribución en la primera persona del singular al igual que en la tercera
del singular, por
decirlo así. Entre más diferente de uno sea la experiencia del otro
sujeto, menos éxito
puede esperarse en esa tarea. En nuestro propio caso nosotros empleamos
el punto de
vista pertinente, pero experimentaríamos la misma dificultad para
comprender
adecuadamente nuestra propia experiencia si la enfocamos desde otro
punto de vista que
si tratáramos de comprender la experiencia de otras especies sin adoptar
su punto de
vista.
Esto se relaciona en forma directa con el problema mente-cuerpo, pues si
los hechos de
la experiencia, esto es, los hechos sobre cómo son las cosas para el
organismo que las
experimenta, sólo son accesibles desde un punto de vista, entonces es un
misterio cómo
podría revelarse el verdadero carácter de las experiencias en el
funcionamiento físico de
ese organismo. Esto último es un dominio de hechos par excellence,
el tipo de hechos
que pueden ser observados y comprendidos desde muchos puntos de vista y
por
individuos que tienen diferentes sistemas de percepción. No hay
obstáculos
imaginativos comparables para la adquisición de científicos humanos, de
conocimientos
sobre la neurofisiología de un murciélago, y los murciélagos
inteligentes o los
marcianos podrían aprender acerca del cerebro humano más de lo que
nosotros
lograremos jamás.
Esto no es por sí mismo un argumento contra la reducción. Un científico
marciano que
no comprendiera la percepción visual podría comprender el fenómeno del
arco iris, de
los rayos, o de las nubes como fenómenos físicos, aunque nunca pudiera
comprender los
conceptos humanos de arco iris, rayo o nube, o el lugar que ocupan esas
cosas en
nuestro mundo fenoménico. Podría comprender la naturaleza objetiva de
las cosas
designadas por esos conceptos porque, aunque los conceptos mismos están
conectados
con un punto de vista particular y con una fenomenología visual
particular, las cosas
comprendidas desde ese punto de vista no lo están: son observables desde
ese punto de
vista, pero son externas a éste. Por tanto, pueden ser comprendidas
desde otros puntos
de vista también, ya sea por los mismos organismos o por otros. El rayo
tiene un
carácter objetivo que no se agota en su apariencia visual, y este
aspecto puede ser
investigado por un marciano sin visión. En términos más precisos, el
rayo tiene un
carácter más objetivo que lo que se revela en su apariencia
visual. Al hablar del cambio
de una caracterización subjetiva a una objetiva, no deseo comprometerme
con la
existencia de un punto final, la naturaleza intrínseca completamente
objetiva de la cosa
que podemos ser capaces de alcanzar o no. Podría ser más preciso pensar
en la
objetividad como en una dirección en la que puede viajar el
conocimiento. Y al
comprender un fenómeno como el rayo, es legítimo distanciarnos lo más
que podamos
de un punto de vista estrictamente humano.9
Por otro lado, en el caso de la experiencia, la conexión con un punto de
vista particular
parece mucho más estrecha. Es difícil comprender qué puede significar el
carácter
objetivo de una experiencia, aparte del
punto de vista particular desde el cual su sujeto
la comprende. Después de todo, ¿qué quedaría de lo que se siente ser un
murciélago si
eliminamos el punto de vista del murciélago? Pero si la experiencia no
tiene, además del
carácter subjetivo, una naturaleza objetiva que pueda comprenderse desde
muchos
puntos de vista diferentes, entonces ¿cómo podemos suponer que un
marciano que
investigará mi cerebro podría observar procesos físicos que serían los
truenos de los
relámpagos, sólo desde un punto de vista diferente? En tal caso, ¿cómo
podría un
fisiólogo humano observarlos desde otro punto de vista?
Parece que nos enfrentamos a una dificultad general acerca de la
reducción psicofísica.
En otros campos, el proceso de reducción es un camino hacia una mayor
objetividad,
hacia un puinto de vista más exacto de la naturaleza real de las cosas.
Ello se logra
reduciendo nuestra dependencia de puntos de vista individuales o
específicos de la
especie hacia el objeto de la investigación. No lo describimos en
términos de las
impresiones que crea en nuestros sentidos, sino en términos de sus
efectos más
generales y de las propiuedades detectables por medios distintos de los
sentidos
humanos. Cuanto menos dependa de un punto de vista específicamente
humano, más
objetiva será nuestra descripción. Es posible seguir este camino porque,
aunque los
conceptos y las ideas que empleamos al reflexionar sobre el mundo
externo se aplican
inicialmente desde un punto de vista que involucra nuestros órganos de
percepción, los
empleamos para referirnos a cosas que están más allá de ellos, hacia las
cuales tenemos
el punto de vista fenoménico. Por tanto, podemos abandonar este punto de
vista a favor
de otro, y aún estar reflexionando sobre las mismas cosas.
Sin embargo, la experiencia misma no parece encajar en esta pauta. La
idea de ir de la
apariencia a la realidad no parece tener sentido aquí. ¿Qué analogía
podemos procurar
en este caso en busca de un conocimiento más objetivo de los mismos
fenómenos
mediante el abandono del punto de vista subjetivo inicial hacia ellos a
favor de otro que
sea má objetivo pero que se refiera a la misma cosa? Ciertamente parece
poco probable
que logremos aproximarnos a la naturaleza real de la experiencia humana
si dejamos
atrás la particularidad de nuestro propio punto de vista humano y
procuramos una
descripción formulada en términos accesibles para seres que no pueden
imaginar qué se
siente ser nosotros. Si el carácter subjetivo de la experiencia sólo se
comprende
plenamente desde un punto de vista , entonces cualquier cambio en busca
de mayor
objetividad, esto es, menos vinculando con un punto de vista específico,
no nos acerca a
la naturaleza real del fenómeno: nos aleja de ella.
En cierto sentido , los gérmenes de esta objeción a la irreductivilidad
de la experiencia
pueden ya encontrarse ya en los casos exitosos de reducción. Al descubrir
que el sonido
era, en realidad, un fenómeno ondulatorio en el aire o en otros medios,
abandonamos un
punto de vista para adoptar otro, y el punto de vista auditivo, humano o
animal, que
dejamos atrás, permanece intacto. Los individuos de dos especies radicalmente
distintas
pueden comprender los mismos sucesos físicos en términos objetivos, y
esto no requiere
que comprendar las formas fenoménicas en que esos sucesos se presentan
en los
sentidos de los miembros de la otra especie. Por tanto, es una condición
para su
referencia a una realidad común que sus puntos de vista más particulares
no sean parte
de la realidad común que comprenden los miembros de ambas especies. La
reducción
sólo puede tener éxito si el punto de vista específico de cada especie se
omite en lo que
va a ser reducido.
Sin embargo, aunque tengamos razón en hacer a un lado este punto de
vista al buscar
una comprensión más plena del mundo externo, no podemos pasarlo por alto
permanentemente, pues es la esencia del mundo interno y no nada más un
punto de vista
sobre éste. La mayor parte del neoconductismo de la reciente psicología
filosófica
resulta del esfuerzo por sustituir la cosa real por un concepto objetivo
de la mente, de
manera que no quede nada que no pueda reducirse. Si reconocemos que una
teoría física
de la mente debe explicar el carácter subjetivo de la experiencia,
debemos admitir que
ninguna concepción disponible en la actualidad nos ofrece una pista
sobre cómo podría
hacerse eso. Este problema es único. Si los procesos mentales son
realmente procesos
físicos, entonces hay algo que es como pasar, intrínsecamente, 11 por ciertos
procesos
físicos. ¿Qué es tal cosas, sea el caso, continúa siendo un misterio?
¿Qué lección debemos sacar de estas reflexiones y qué debemos hacer después?
Sería
un error concluir que el fisicalismo debe ser falso. La inadecuación de
hipótesis
fisicalistas que presouponen un análisis objetivo erróneo de la mente no
prueba nada.
Sería más verdadero afirmar que el fisicalismo es una posición que no
podemos
comprender porque no tenemos a la fecha una idea de cómo podría ser
verdadero. Quizá
se considere irracional exigir que esta idea sea una condición del
conocimiento.
Después de todo, podría decirse, el significado del fisicalismo está muy
claro: los
estados mentales son estados del cuerpo; los sucesos mentales son
sucesos físicos. No
sabemos cuáles son estos estados y sucesos físicos, pero esto no
debería impedirnos
comprender la hipótesis. ¿Qué puede ser más claro que las palabras “es”
y “son”?
Sin embargo, creo que es precisamente esta aparente claridad de la
palabra ·es” lo que
resulta engañoso. Por lo general, cuando nos dicen que X es Y, sabemos cómo
se
supone que esto es verdadero, pero ello depende de antecedentes
conceptuales o
teóricos y no se da a entender tan sólo por la palabra “es”. Sabemos que
significan “X”
y “Y” y el tipo de cosas a las que se refieren, y tenemos una idea burda
de cómo los dos
caminos referenciales podrían converger en una sola cosa, ya sea un
objeto, una
persona, un proceso, un suceso o cualquier otra cosa. Pero cuando los
dos términos de la
identificación son muy distintos, podría no quedar muy claro cómo podría
ser
verdadera. Podríamos no tenern ni siquiera una idea burda de cómo
podrían converger
los dos caminos referenciales o en qué tipo de cosas podrían hacerlo, y
quizás
necesitemos de un marco teórico que nos permita comprenderlo. Sin tal
marco, la
identificación queda envuelta en un aire de misticismo.
Esto explica el sabor mágico de las divulgaciones populares de los
descubrimientos
científicos fundamentales, que se nos ofrecen como proposiciones que
debemos aceptar
aun sin comprenderlas realmente. Por ejemplo, a las personas se les dice
hoy a temprana
edad que toda materia es energía. Pero a pesar de que saben lo que
significa la palabra
“es”, la mayoría nunca se forma una idea de por qué es verdadero ese
enunciado, porque
carecen de los antecedentes teóricos.
Hoy día, la posición del fisicalismo es similar a la que habría tenido
la hipótesis de que
la materia es energía si la hubiera expresado un filósofo presocrático.
No tenemos ni los
indicios de una concepción sobre cómo podría ser verdadero. Para
comprender la
hipótesis de que un suceso mental es un suceso físico necesitamos algo
más que
entender la palabra “es”. Nos falta la idea de cómo un término físico y
uno mental
pueden referirse a la misma cosa, y las analogías comunes con
identificaciones teóricas
en otros campos no han logrado proporcionárnosla. Y no lo han logrado
porque si
interpretamos la referencia de los términos mentales a los sucesos
físicos con el modelo
usual, obtenemos la reaparición de sucesos subjetivos separados como si
fueras los
efectos por medio de los cuales se asegura la referencia mental a los
sucesos físicos, u
obtenemos una explicación falsta de cómo se refieren a las cosas los
términos mentales,
por ejemplo, una conductista causal.
Aunque resulte extraño, podemos tener pruebas de la verdad de algo que
realmente no
podemos comprender. Supóngase que alguien que no conoce la metamorfosis
de los
insectos encierra una oruga en un recipiente esterilizado y que semanas
más tarde abre
la caja y encuentra una mariposa. Si esa persona sabe que el recipiente
estuvo cerrado
todo el tiempo, tiene razones para creer que la mariposa es o fue alguna
vez la oruga, sin
tener la menor idea de en qué sentido pudo ocurrir tal cosa. Una posible
explicación
sería que la oruga hubiera tenido adentro un pequeño parasito alado que
la hubiera
devorado y hubiera crecido hasta convertirse en la mariposa.
Es posible que estemos ante una situación similar en relación son el fisicalismo.
Donald
Davidson ha argumentado que si los sucesos mentales tienen causas y
efectos físicos,
deben tener descripciones físicas. Sostiene que tenemos razones para
creerlo, aunque no
tengamos, y de hecho no podríamos tener, una teoría psicofísica general.12 Su
argumento se aplica a los sucesos mentales intencionales, pero creo que
también
tenemos razones para creer que las sensaciones son procesos físicos, sin
estar en
condiciones de comprender tal afirmación. La posición de Davidson es que
ciertos
sucesos físicos tienen, irreductiblemente, propiedades mentales, y quizá
alguna idea
descriptible en estos términos sea correcta. Pero no hay nada con lo que
hoy día
podamos formarnos un concepto que corresponda a ello, ni tampoco tenemos
idea
alguna de las características de una teoría que nos permitiera
concebirlo.13
Se ha trabajado muy poco en torno a la cuestión básica, de la cual la
mención del
cerebro pueda ser omitida por entero, de si puede tener sentido alguno
de que las
experiencias tengan un carácter objetivo. En otras palabras, ¿tiene
sentido preguntar
como son realmente mis experiencias, como opuestas a cómo me
parecen? No podemos
comprender genuinamente la hipótesis de que su naturaleza se capta en
una descripción
física a menos que comprendamos la idea más fundamental de que tienen
una naturaleza
objetiva o que los procesos objetivos pueden tener una naturaleza
subjetiva.14
Me gustaría terminar con una propuesta especulativa. Quizá sea posible
enfocar desde
otra dirección el abismo entre lo subjetivo y lo objetivo. Dejando a un
lado de momento
la relación entre mente y cerebro, podemos buscar un conocimiento más
objetivo de lo
mental por derecho propio. Hoy día estamos muy mal preparados para
pensar en el
carácter subjetivo de la experiencia sin apoyarnos en la imaginación,
sin considerar el
punto de vista del sujeto de la experiencia. Esto debiera considerarse
como un reto para
crear nuevos conceptos y concebir un nuevo método: una fenomenología
objetiva que
no dependa de la empatía o la imaginación. Aunque probablemente no lo
abarcaría todo,
su objetivo sería describir, por lo menos en parte, el carácter
subjetivo de las
experiencias en forma comprensible para los seres incapaces de tener
esas experiencias.
Tendríamos que desarrollar tal fenomenología para describir las
experiencias de los
murciélagos con su sonar; pero también sería posible comenzar con los
seres humanos.
Por ejemplo, podríamos intentar desarrollar conceptos que pudieran
usarse para explicar
a un ciego de nacimiento qué se siente ver. Aunque tarde o temprano
llegaríamos a un
callejón sin salida, debe ser posible idear un método para expresar en
términos
objetivos, y con mayor precisión, mucho más de lo que podemos expresar
hoy día. Las
imprecisas analogías intermodales, como por ejemplo “el rojo es como el
sonido de una
trompeta”, que surgen cuando se discute este tema, son de poca utilidad.
Esto debería
resultar evidente para cualquiera que haya escuchado una trompeta y haya
visto el color
rojo. Pero las características estructurales de la percepción podrían
ser más accesibles a
una descripción objetiva, aunque algo se deje afuera. Y ciertos
conceptos alternativos
distintos de los que aprendemos en primera persona del singular podrían
permitirnos
alcanzar cierto tipo de conocimientos incluso de nuestra propia
experiencia, que se nos
niega por la misma facilidad de la descripción y la falta de
distanciamiento que los
conceptos subjetivos permiten.
Además de su interés intrínseco, una fenomenología objetiva en este
sentido podría
permitir que las preguntas acerca de la base física15 de la experiencia
adoptarán una
forma más inteligible. Los aspectos de la experiencia subjetiva que
pudieran adoptar
este tipo de descripción objetiva podrían ser mejores candidatos para
explicaciones
objetivas del tipo más común. Pero, sea correcta o no esta suposición,
parece
improbable que pueda vislumbrarse una teoría físicas de la mente
mientras no se haya
trabajando más en el problema general de lo subjetivo y lo objetivo. De
otra forma, no
podemos siquiera plantear el problema mente-cuerpo sin que se nos
escape.
14 Esta cuestión se encuentra también en el corazón del
problema de otras mentes, cuya relación cercana
con el problema mente-cuerpo se pasa a menudo por alto. Si entendiéramos
cómo una naturaleza objetiva
puede tener una experiencia subjetiva, entenderíamos la existencia de
sujetos distintos a uno mismo.
15 No he definido el término “físico”. Obviamente no se
aplica sólo a lo que puede ser descrito por los
conceptos de la física contemporánea, puesto que aún esperamos
desarrollos futuros. Algunos piensan que
nada impide que los fenómenos mentales sean reconocidos con el tiempo
como fenómenos físicos por
derecho propio. Pero independientemente de qué más pueda decirse de lo
físico, debe ser objetivo. De
manera que si algún día nuestra idea de lo físico se expande hasta
incluir los fenómenos mentales, tendrá
que asignarles un carácter objetivo al margen de si esto se realiza
analizándolos en términos de otros
fenómenos considerados como físicos. Me parece más probable, sin
embargo, que las relaciones entre lo
mental y lo físico se formularán finalmente en una teoría cuyos términos
fundamentales no pueden
clasificarse
claramente en ninguna de esas categorías.



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