Sergei Dovlátov-La Chaqueta de Ferdinand Léger
La chaqueta de Ferdinand Léger
Este
capítulo es un cuento sobre el príncipe y el mendigo.
En marzo del
cuarenta y uno nació Andriusha Cherkásov. Yo nací en setiembre del mismo año.
Andriusha
era hijo de un hombre excelso. Mi padre sobresalía únicamente por su delgadez.
Nikolái
Konstantínovich Cherkásov era un magnífico artista, diputado del Soviet
Supremo. Mi padre era un humilde trabajador del teatro, hijo de un nacionalista
burgués.
El talento
de Cherkásov cautivó a Peter Brook, Fellini y De Sica. El talento de mi padre
lo ponían en duda hasta sus propios padres.
A Cherkásov
todo el país lo conocía como artista, diputado y luchador por la paz. A mi
padre solo lo conocían los vecinos como un bebedor y neurótico.
Cherkásov
tenía una dacha, un coche, un piso y la gloria. Mi padre solo tenía asma.
Sus esposas
eran amigas. Creo que hasta habían cursado estudios juntas en el instituto de
teatro.
Mi madre fue
actriz de reparto, después trabajó como correctora y finalmente, se jubiló.
Nina Cherkásova también era actriz de reparto. Tras la muerte de su marido, la
despidieron del teatro.
Por
supuesto, los Cherkásov tenían amigos en las más altas esferas sociales:
Shostakóvich, Mravinski, Eisenstein… Mis padres pertenecían al círculo de
amistades de los Cherkásov.
Siempre
percibimos el afecto y la protección de esta familia. Cherkásov daba cartas de
recomendación a mi padre. Su esposa le regalaba vestidos y zapatos a mi madre.
Mis padres
discutían con frecuencia. Después se divorciaron. Y el divorcio fue casi el
único acto pacífico de su vida en pareja. Una de las escasas ocasiones en las
que actuaron unánimemente.
Cherkásov
nos ayudaba a mí y a mi madre de manera palpable. Por ejemplo, gracias a él
conservamos nuestra vivienda.
Andriusha
fue mi primer amigo. Nos conocimos durante la evacuación. Para ser más exactos,
no nos conocimos, sino que yacíamos en cochecitos infantiles contiguos. El
cochecito de Andriusha era de producción extranjera. El mío, de producción
nacional.
Creo que nos
alimentábamos igual de mal. Era la guerra.
Después, la
guerra terminó. Nuestras familias volvieron a Leningrado. Los Cherkásov vivían
en un edificio del gobierno, en la calle Kronwerk. Nosotros, en un piso
comunal, en la calle Rubinstein.
Andriusha y
yo nos veíamos con bastante frecuencia. Íbamos juntos al pase de lista matinal.
Festejábamos todos los cumpleaños.
Mi madre y
yo íbamos en tranvía a la calle Kronwerk. Andriusha venía a mi casa en un
Bugatti confiscado a los alemanes, con chofer.
Andriusha y
yo teníamos la misma estatura. Más o menos, la misma edad. Ambos crecimos
saludables, enérgicos.
Según
recuerdo, Andriusha era más audaz, más vehemente, más brusco. Yo tenía un poco
más de fuerza física y, al parecer, era algo más razonable.
Todos los
veranos los pasábamos en la dacha. Los Cherkásov tenían una dacha rodeada de
pinos en el istmo de Carelia. Desde las ventanas se veía el golfo de Finlandia,
sobre el cual volaban las gaviotas.
A Andriusha
lo atendía la trabajadora doméstica de turno. Cambiaban con frecuencia. Por lo
general las echaban por robar. La verdad, lo que hacían las pobres mujeres era
comprensible.
Nina
Cherkásova dejaba artículos extranjeros tirados por todas partes. Sus
estanterías estaban llenas de perfumes y cosméticos. Eso fascinaba a las
domésticas jóvenes. Cuando detectaba que algo más había desaparecido, Nina
Cherkásova fruncía el ceño.
—Vaya, Liuba
se divierte…
Al otro día,
Zinulya sustituía a Liuba.
Yo tenía una
tata llamada Luisa Guénrijovna. Por ser alemana, estaba amenazada con el
internamiento. Luisa Guénrijovna se escondía en nuestra casa. O sea,
simplemente vivía con nosotros. Y, de paso, se ocupaba de mi educación. Creo
que no le pagábamos nada.
En una
ocasión, viví en la dacha de los Cherkásov con Luisa Guénrijovna. Y lo que pasó
fue lo siguiente: Luisa Guénrijovna tenía tromboflebitis. Y una lechera a la
que conocíamos le recomendó frotarse la pierna con excrementos. Vaya, como
remedio popular.
Por
desgracia para todos los presentes, aquello funcionó. Luisa Guénrijovna, hasta
el día de su arresto, difundió un hedor irresistible. Por supuesto, nosotros lo
aguantábamos, pero los Cherkásov resultaron ser personas mucho más refinadas. A
mi madre se le dijo que la presencia de Luisa Guénrijovna era indeseable.
Después de
esto, mamá alquiló una habitación. En esa misma calle, en una de las casas de
los campesinos. Allí, con la niñera, pasamos varios veranos. Hasta su arresto.
Por la
mañana, yo iba en busca de Andriusha. Corríamos por la parcela, comíamos
arándanos, jugábamos al tenis de mesa y cazábamos grillos. Los días cálidos
íbamos a la playa. Si llovía, jugábamos con plastilina en la terraza.
A veces
venían los padres de Andriusha. La madre, casi todos los domingos. El padre,
unas cuatro veces por verano, para dormir hasta hartarse.
Los
Cherkásov me trataban bien. Pero las domésticas, no tanto. Yo era una carga
adicional. Además, sin paga complementaria.
Por eso, a
Andriusha le permitían hacer travesuras, pero a mí no. Más exactamente, las
travesuras de Andriusha se consideraban naturales, pero las mías no tanto. Me
decían: «Tú eres más inteligente. Debes ser un ejemplo para Andriusha…». De esa
manera, durante el verano me convertía en un pequeño preceptor.
Yo percibía
la desigualdad. Aunque a Andriusha lo regañaban más. Lo castigaban con más
dureza. Y siempre me ponían como ejemplo ante él.
De todos
modos, la ofensa no me pasaba desapercibida. Andriusha era el principal. La servidumbre
lo temía como amo. Y yo era lo que se dice «gente sencilla». Y aunque la
doméstica era aún más «sencilla» que yo, era obvio que no le caía simpático.
En teoría
todo debería haber sido de otra manera. La doméstica debería haberme querido a
mí. Quererme como a alguien socialmente cercano. Simpatizar conmigo por ser de
los suyos. En la vida real, los sirvientes aman a sus odiosos amos mucho más de
lo que parece. Y, por supuesto, más que a sí mismos.
Nina
Cherkásova era una mujer preparada, inteligente, bien educada. Por supuesto,
ella no permitiría que se humillara al hijo pequeño de su amiga. Si Andriusha
tomaba una manzana, a mí me tocaba otra igual. Si Andriusha iba al cine, nos
compraban entradas a ambos.
Tal como lo
entiendo ahora, Nina Cherkásova tenía todas las virtudes y defectos de los
ricos. Era valiente, decidida, consecuente. Pero también fría, quisquillosa y
aristocráticamente ingenua. Por ejemplo, consideraba que el dinero era una
pesada carga.
—¡Qué feliz
eres, Nora! —le decía a mamá—. Le das un caramelo a tu Seriozha y está
satisfecho. Pero mi tontuelo solo quiere chocolate…
Por
supuesto, a mí también me gustaba el chocolate. Pero hacía como si prefiriera
los caramelos.
No lamento
haber vivido en la pobreza. Si confiamos en lo que dice Hemingway, la pobreza
es una escuela insustituible para el escritor. La pobreza hace perspicaz al
hombre. Y cosas así.
Es curioso
que Hemingway se diera cuenta de esto solo cuando se hizo rico…
A los siete
años le aseguraba a mi madre que odiaba la fruta. A los nueve, me negaba a
probarme zapatos nuevos en la tienda. A los once, comencé a amar la lectura. A
los dieciséis, aprendí a ganar dinero trabajando.
Andrei
Cherkásov y yo mantuvimos relaciones estrechas hasta los dieciséis años. Él se
graduó en la escuela inglesa. Yo, en una corriente. Él amaba las matemáticas.
Yo prefería ciencias menos exactas. Y, a propósito, los dos éramos grandes
holgazanes.
Nos veíamos
con frecuencia. La escuela inglesa estaba a cinco minutos de nuestra casa. A
veces Andriusha pasaba a vernos después de clase. Y en ocasiones, yo iba a su
casa a ver la televisión en color. Andrei era infantil, disperso, muy bonachón.
Y ya en aquel entonces yo era maligno y siempre estaba atento a las debilidades
humanas.
Durante los
años escolares cada uno hizo amigos. Pero no compartidos. Entre los míos
predominaban jóvenes de carácter antisocial. Andrei gravitaba hacia amigos de
buenas familias.
Eso
significa que la doctrina marxista-leninista encierra algo. Seguramente, dentro
del hombre hay instintos sociales. Durante toda mi vida consciente sentí
atracción por los decadentes: los pobres, los gamberros, los poetas novatos. En
mil ocasiones hice amigos normales, pero nunca funcionó. Solo me sentía seguro
en compañía de canallas, salvajes y esquizofrénicos.
—No te
ofendas —me decían mis conocidos normales—. Difundes a tu alrededor una
inquietud horrible. A tu lado uno se contagia de todos los complejos posibles…
Yo no me
ofendía. Desde los doce años percibí esa atracción irresistible hacia los canallas.
Y no me sorprende que siete de mis conocidos de la escuela fueran a parar a
colonias penitenciarias.
Al pelirrojo
Boris Ivanov lo condenaron por robar chapas metálicas. El levantador de pesas
Kononenko mató a su concubina. Misha Jamráyev, hijo del conserje escolar,
asaltó el vagón restaurante de un tren. Letyago, que se dedicaba a confeccionar
maquetas de aviones, violó a una sordomuda. Alik Brykin, que me enseñó a fumar,
cometió un grave delito militar, le propinó una paliza a un oficial. Yura Golynchik,
apodado Tragón, hirió a un caballo de la milicia. Y hasta el delegado de la
clase, Vilya Rivkóvich, se las arregló para que lo condenaran a un año por
venta ilegal de medicamentos.
Mis amigos
causaban alarma e inquietud a Andriusha Cherkásov. Cada uno de ellos se sentía
amenazado por algo. Y la única manera de reafirmarse que conocían era la
confrontación.
A mí, sus
amigos me causaban una sensación de inseguridad y angustia. Todos eran
honestos, razonables y benevolentes. Todos preferían el compromiso al
enfrentamiento.
Los dos nos
casamos relativamente temprano. Yo, por supuesto, con una chica pobre. Andrei
se casó con Dasha, la nieta del famoso químico Ipatíev, y de esa manera
multiplicó el bienestar familiar.
Recuerdo
haber leído algo sobre la atracción mutua de las antípodas. En mi opinión, hay
algo dudoso en esa teoría. O, al menos, discutible. Por ejemplo, Dasha y Andrei
se parecían. Eran altos, atractivos, afectuosos y prácticos. Lo que más
apreciaban ambos eran la tranquilidad y el orden. Ambos vivían sin problemas,
placenteramente.
Lena y yo
nos parecíamos. Ambos éramos unos fracasados crónicos. Ambos nos apartábamos de
la realidad. Hasta en Occidente nos las arreglamos para vivir fuera de las
reglas establecidas…
Una vez,
Andriusha y Dasha nos invitaron a su casa. Llegamos a la calle Kronwerk. A la
entrada hay un agente de la milicia, con un teléfono.
—¡Andrei
Nikoláyevich, tiene visitas! —Y cambiando enseguida la expresión del rostro por
una más severa, nos ordena—: Pasad…
Tomamos el
ascensor. Tocamos el timbre.
—Perdonad,
hay una enfermera en casa —nos susurró Dasha en el vestíbulo.
Al principio
no entendí nada. Pensé que alguno de los mayores estaba enfermo. Incluso creí
que era mejor que nos marcháramos.
—Guena
Lavréntyev ha traído a una enfermera —nos explicaron—. Es un horror. Qué tía,
lleva un abrigo de vellón artificial, soviético. Ha preguntado cuatro veces si
vamos a bailar. Acaba de beberse una botella entera de cerveza fría… Os pido
por dios que no os ofendáis…
—No pasa
nada —respondí—, estamos acostumbrados…
En aquella
época yo trabajaba en el periódico de la fábrica. Mi mujer era peluquera de
señoras. Casi no había nada que pudiera asustarnos.
Después,
pude observar a la enfermera. Tenía bellas manos, tobillos delgados, ojos
verdes y la frente brillante. Me gustó. Comió mucho, y bailaba de manera casi
imperceptible hasta sentada a la mesa.
Su
acompañante, Lavréntyev, tenía peor aspecto. De abundantes cabellos, los rasgos
de su rostro eran menudos: una combinación asquerosa. Además, me aburrió
enseguida. Estuvo demasiado tiempo contando su viaje a Rumania. Creo que le
dije que odiaba Rumania.
Pasaron los
años. Con el tiempo, los encuentros entre Andrei y yo se fueron espaciando.
Cada año más.
No nos
habíamos peleado. No nos habíamos desencantado mutuamente. Sencillamente,
nuestros caminos se separaron.
Por esta
época, yo comenzaba a escribir. Andrei terminaba su tesis de candidato a
doctor.
Él estaba
rodeado de físicos alegres, inteligentes y bonachones. En torno a mí había
poetas orates, sucios y con pretensiones. Los conocidos de Andrei bebían de vez
en cuando coñac con cava. Los míos consumían sistemáticamente vino dulce
rosado. Sus amigos se reunían para declamar obras de Gumiliov y Brodski. Los
míos leían exclusivamente sus propias obras.
Al poco
tiempo falleció Nikolái Konstantínovich Cherkásov. Tuvo lugar un mitin luctuoso
ante el teatro Pushkin. Había tanta gente que el tráfico se detuvo: Cherkásov
era un Artista del Pueblo. Y no se trataba solo del título. Lo amaban
científicos y labradores, generales y delincuentes. Disfrutaba de la misma
gloria que tuvieron Yesenin, Zóschenko y Vysotski.
Un año
después, Nina Cherkásova fue despedida del teatro. Después, le quitaron los
premios de su marido. La hicieron entregar las condecoraciones extranjeras
recibidas por Cherkásov en Europa. Entre ellas había algunos objetos valiosos,
de oro. Los jefes obligaron a la viuda a donarlos al museo del teatro.
Por
supuesto, la viuda no pasaba estrecheces. Tenía dacha, piso, coche. Además,
contaba con ahorros. Dasha y Andrei trabajaban.
Mamá la
visitaba de cuando en cuando. Pasaba horas hablando con ella por teléfono. La
viuda se quejaba del hijo. Decía que era egoísta y poco atento.
—Al menos,
el tuyo no bebe —suspiraba mi madre.
En pocas
palabras, nuestras madres se transformaron en ancianas igualmente tristes y
conmovedoras. Y nosotros, en hijos igualmente indiferentes y poco atentos.
Aunque Andriusha era un físico prometedor y yo seguía siendo un poeta
disidente.
Nuestras
madres comenzaron a parecerse. Pero no del todo. La mía apenas salía de casa.
Nina Cherkásova asistía a todos los estrenos. Además, se disponía a viajar a
París.
Antes
también había salido al extranjero. Y ahora quería visitar a sus viejos amigos.
Pasaba algo
raro. Antes, mientras vivía Cherkásov, en la casa había visitas todos los días.
Se trataba de personas famosas, de talento: Mravinski, Raykin, Shostakóvich.
Todos parecían ser amigos de la familia. Tras la muerte de Nikolái
Konstantínovich, quedó claro que se trataba de sus amigos personales.
En general,
las celebridades soviéticas desaparecieron. Quedaban los extranjeros: Sartre,
Ives Montand, la viuda del artista Léger. Y Nina Cherkásova decidió visitar
Francia otra vez.
Nos
encontramos por casualidad una semana antes de su partida. Yo estaba en la
biblioteca de la Casa del Periodista, redactando las memorias de un explorador
de la tundra. Nueve de los catorce capítulos de estas memorias comenzaban de la
misma manera: «Si hablamos honestamente, dejando a un lado la falsa modestia…».
Además, tenía la obligación de verificar las citas de Lenin.
Y de
repente, hizo su entrada Nina Cherkásova. No sabía que íbamos a la misma
biblioteca.
Había
envejecido. Vestía como siempre, con un lujo imperceptible, meditado.
Intercambiamos
saludos.
—¿Es verdad
que eres escritor? —preguntó.
Me quedé
desconcertado. No estaba preparado para una pregunta semejante. Habría sido
mejor que me preguntara: «¿Eres un genio?». Entonces, le hubiera respondido con
tranquilidad, afirmativamente. Todos mis amigos se consumían bajo el peso de la
genialidad. Todos se consideraban genios. Pero considerarme escritor me
resultaba más difícil.
—Escribo un
poco, como diversión —respondí.
En la sala
de lectura había otras dos personas. Ambas nos miraron. No porque reconocieran
a la viuda de Cherkásov. Más bien porque percibían el aroma del perfume
francés.
—Sabes, hace
tiempo que quiero escribir sobre Nikolái —me dijo—. Algo así como unas
memorias.
—Escríbalas.
—Me temo que
carezco de talento. Aunque a todos mis conocidos les gustaban mis cartas.
—Pues
escriba una carta larga.
—Lo más
difícil es el comienzo. En realidad, ¿cómo comenzó todo esto? ¿Quizá el día en
que nos conocimos? ¿O mucho antes?
—Empiece así
mismo.
—¿Cómo?
—«Lo más
difícil es el comienzo. En realidad, ¿cómo comenzó todo esto?…».
—Nikolái fue
mi vida entera. Era mi amigo. Mi maestro… ¿Crees que es un pecado amar al
marido más que al hijo?
—No lo sé.
Creo que el amor carece de dimensiones. Existe o no existe.
—Te has
vuelto más sabio —replicó ella.
Después,
estuvimos conversando de literatura. Yo hubiera podido, sin hacer preguntas,
adivinar sus preferencias: Proust, Galsworthy, Feuchwangler… Resultó que le
gustaban Pasternak y Tsvetáyeva.
Entonces,
dije que Pasternak carecía de buen gusto, y que la Tsvetáyeva, a pesar de su
genialidad, había sido una idiota patológica…
Después,
pasamos a la pintura. Yo estaba seguro de que ella adoraba a los
impresionistas. Y no me equivoqué.
Entonces
dije que los impresionistas preferían el instante a lo eterno. Que únicamente
en el caso de Monet, las tendencias genéricas predominaban sobre las
paisajísticas…
La
Cherkásova suspiró con tristeza.
—Me había
parecido que eras ahora más sabio.
Estuvimos
conversando más de una hora. Después, ella se despidió y se marchó. Yo había
perdido las ganas de seguir redactando las memorias de un explorador de la
tundra. Pensaba en la miseria y la riqueza. En el alma humana, tan lastimera y
vulnerable…
Fui celador
durante un tiempo. Entre los reclusos a veces había altos funcionarios de la
nomenclatura. Los primeros días mantenían sus maneras de dirigentes. Después se
disolvían orgánicamente en la masa de condenados.
Una vez vi
un documental sobre París. Los hechos acontecían en la Francia ocupada. Por las
calles marchaban multitudes de refugiados. Me convencí de que los países
esclavizados tienen el mismo aspecto. Todos los pueblos esquilmados son
gemelos…
Basta un
instante para que el hombre pierda la envoltura de tranquilidad y riqueza. Al
momento se desnuda su alma huérfana, atormentada…
Transcurrieron
tres semanas. Sonó el timbre del teléfono. Cherkásova había vuelto de París.
Anunció que pasaría por casa.
Compramos jalvá[10] y
galletitas.
Se la veía
rejuvenecida y algo misteriosa. Las celebridades francesas resultaron ser mucho
más nobles que las nuestras. La recibieron bien.
—¿Qué tal
visten en París? —preguntó mamá.
—Como
consideran necesario —respondió Nina Cherkásova.
A
continuación, habló de Sartre y de sus impensables ocurrencias. De los ensayos
en el teatro «Soleil». De los problemas familiares de Ives Montand.
Nos había
traído regalos. Para mamá, un elegante bolso para ir al teatro. Para Lena, un
estuche de cosméticos. A mí me tocó una vieja chaqueta de pana.
Sinceramente,
me sentí algo confuso. Era obvio que la chaqueta necesitaba una limpieza y unos
remiendos. Los codos brillaban. Faltaban botones. En el cuello y en una manga
descubrí restos de pintura al óleo.
Incluso
pensé que hubiera sido mejor que me trajera una pluma estilográfica.
—Gracias. No
tenía por qué molestarse —fue lo que dije en voz alta.
Por
supuesto, no podía preguntarle a gritos dónde había comprado aquel trapo viejo.
La chaqueta
era realmente vieja. Si te creías lo que decían los carteles soviéticos, los
desempleados norteamericanos llevaban chaquetas semejantes.
Cherkásova
me miró con una expresión extraña.
—Es la
chaqueta de Ferdinand Léger —me dijo—. Era más o menos de tu complexión.
—¿Léger?
¿Del famoso Léger? —pregunté, asombrado.
—Hubo una
época en que fuimos muy amigos. Después, seguí siendo amiga de su viuda. Le
hablé de ti. Nadia se metió en el armario, sacó esta chaqueta y me la dio. Dice
que Ferdinand, al morir, le dijo que fuera amiga de todo tipo de gentuza.
Me puse la
chaqueta. Me quedaba bien. La podía llevar por encima de un jersey grueso. Era
como un abrigo corto de otoño.
Nina
Cherkásova estuvo en casa hasta las once. Después pidió un taxi.
Estuve largo
rato examinando las manchas de pintura al óleo. Ahora lamentaba que fueran tan
pocas. Solo había dos, en el cuello y en una manga.
Traté de
recordar lo que sabía sobre Ferdinand Léger.
Era un
hombre alto y fuerte, un normando de origen campesino. En el año quince marchó
al frente. Allí, en ocasiones tuvo que cortar el pan con la bayoneta manchada
de sangre. Sus dibujos del frente están llenos de horror.
Posteriormente,
al igual que Mayakovski, luchó con el arte. Pero Mayakovski se pegó un tiro, y
Léger resistió y venció.
Soñaba dibujar
en las paredes de edificios y vagones. Medio siglo después, las pandillas de
Nueva York realizaron su sueño.
Le parecía
que la línea era más importante que el color. Que el arte, desde Shakespeare
hasta Edith Piaf, vive de los contrastes.
Sus palabras
preferidas: «Renoir pintaba lo que veía. Yo pinto lo que he entendido…».
Léger murió
siendo comunista, después de creer para siempre en la mayor charlatanería sin
precedentes del mundo. No se excluye que, como muchos pintores, fuera tonto.
Llevé la
chaqueta unos ocho años. La vestía en ocasiones particularmente solemnes.
Aunque, durante ese tiempo, la pana se gastó tanto que las manchas de pintura
desaparecieron.
Pocos sabían
que aquella chaqueta había pertenecido a Ferdinand Léger. Se lo conté a muy
pocas personas. Me gustaba conservar aquel misterio lastimoso.
Pasó el
tiempo. Vinimos a los Estados Unidos. Nina Cherkásova falleció, dejándole a mi
madre mil quinientos rublos. En la Unión Soviética era mucho dinero.
Resultaba
bastante complicado cobrarlos en Nueva York. Hubiera requerido gestiones y
esfuerzos increíbles.
Decidimos
actuar de otra manera. Otorgamos un poder a mi hermano mayor. Pero aquello
también resultó difícil y trabajoso. Estuve dos meses ocupado con los papeles.
Uno de ellos lo firmó personalmente el señor Schulz.
En agosto,
mi hermano me dijo que había recibido el dinero. No expresó su agradecimiento.
Quizá el dinero no lo valga.
A veces mi
hermano me telefonea por la mañana temprano. O sea, de madrugada según la hora
de Leningrado. En esos casos, su voz es sospechosamente ronca. Además, se
escuchan gritos femeninos:
—¡Háblale de los cosméticos!
O, si no:
—Explícale a
ese idiota que lo mejor son los abrigos sintéticos, imitación de nutria…
Pero, en
lugar de eso, mi hermano pregunta otras cosas.
—¿Cómo andan
las cosas en los Estados Unidos? ¿Es verdad que ahí venden vodka las
veinticuatro horas?
—Lo dudo,
pero los bares están abiertos.
—¿Y la
cerveza?
—En las
tiendas que abren de noche hay toda la cerveza que quieras.
Se hace una
pausa respetuosa.
—¡Geniales
los capitalistas, conocen el negocio! —dice después.
—¿Y tú, cómo
andas? —pregunto.
—Empieza con
jota —responde—, digo, con ge: genial.
Otra vez nos
hemos apartado del camino. Andrei Cherkásov también anda muy bien. En invierno
será doctor en ciencias físicas. O físicomatemáticas… ¿Qué diferencia hay?



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