Philip Dick-Sobre La Desolada Tierra
Philip Dick-Sobre la desolada
tierra
Silvia
corrió riendo bajo la luminosidad de la noche, entre las rosas, las dalias y
las margaritas, bajó por el sendero de grava y dejó atrás los montones de
hierba recogida de los jardines. Las estrellas, atrapadas en los charcos de
agua, brillaban por doquier, mientras la joven se abría paso entre ellas y
llegaba a la pendiente situada al otro lado del muro de ladrillo. Los cedros
sostenían el cielo y hacían caso omiso de la forma esbelta que corría, el pelo
castaño al viento y los ojos centelleantes.
—Espérame
—protestó Rick, mientras la seguía con precaución por el sendero que no conocía
muy bien. Silvia no se detuvo—. ¡No corras tanto! —gritó, irritado.
—No puedo,
es tarde.
Silvia
apareció de improviso frente a él y le cerró el paso.
—Vacía tus
bolsillos —jadeó. Sus ojos grises refulgían—. Tira todas las cosas de metal. Ya
sabes que no soportan el metal.
Rick
registró sus bolsillos. En el abrigo guardaba dos monedas de diez centavos y
una de cincuenta.
—¿Esto
también?
—¡Sí!
Silvia se
apoderó de las monedas y las arrojó entre los oscuros montones de lirios de
agua. Las piezas de metal se hundieron con un siseo y desaparecieron.
—¿Algo más?
—Aferró su brazo con impaciencia—. Ya vienen. ¿Algo más, Rick?
—Solo mi
reloj. —Rick apartó la muñeca de los dedos codiciosos de Silvia—. No pienso
tirarlo entre los arbustos.
—Déjalo
sobre el reloj de sol, o encima del muro. O en el hueco de un árbol. —Silvia se
puso a correr de nuevo. Escuchó su voz nerviosa y extasiada—. Tira la
pitillera, las llaves, la hebilla del cinturón… Todo lo que sea de metal. Ya
sabes que detestan el metal. ¡Es tarde, date prisa!
Rick la
siguió con semblante hosco.
—De acuerdo,
bruja.
—¡No digas
eso! —replicó con furia Silvia desde la oscuridad—. No es verdad. Has prestado
oídos a mis hermanas, a mi madre y…
El ruido
ahogó sus palabras. Un aleteo lejano, como inmensas hojas agitadas por una
tormenta invernal. Frenéticos golpes sordos vibraron en el cielo nocturno. Esta
vez se aproximaban muy de prisa. Estaban demasiado ávidos, demasiado desesperados
para esperar. El miedo se apoderó del joven, que corrió en pos de Silvia.
Silvia era
una diminuta columna de falda y blusa verde en el centro de la masa
revoloteante. Los mantenía a distancia con un brazo y trataba de manipular la
canilla con la otra. La frenética actividad de alas y cuerpos la dobló como una
caña. Durante unos instantes desapareció de su vista.
—¡Rick!
—gritó con voz débil—. ¡Ven a ayudarme! —Los apartó y logró incorporarse—. ¡Me
están ahogando!
Rick
atravesó el muro de un blanco cegador hasta llegar al borde del pesebre. Bebían
con avidez la sangre que derramaba la canilla de madera. Atrajo a Silvia hacia
sí. Estaba aterrorizada y temblorosa. La abrazó con fuerza hasta que la
violencia y la furia que les rodeaba se apagó.
—Tienen hambre
—dijo Silvia con voz estrangulada.
—Te has
portado como una idiota. ¡Podrían haberte hecho trizas!
—Lo sé. Son
capaces de todo. —Se estremeció, nerviosa y cansada—. Míralos —susurró con voz
ronca por el temor y la admiración—. Fíjate en su tamaño, de un extremo a otro
de las alas. Son blancos, Rick. Inmaculados, perfectos. No existe en nuestro
mundo nada tan inmaculado. Grandes, limpios y maravillosos.
—Estaban
ansiosos de beber la sangre del cordero.
El suave
cabello de Silvia azotó la cara de Rick cuando las alas se agitaron por todas
partes. Se marchaban, ascendían hacia el cielo. Aunque en realidad, hacia el
cielo no. Volvían a su mundo, desde el cual habían olido la sangre… Pero no era
tan solo la sangre; habían acudido por Silvia. Ella los había atraído.
Los ojos
grises de la muchacha estaban abiertos de par en par. Alzó una mano hacia los
blancos seres. Uno de ellos se aproximó. La hierba y las flores chisporrotearon
cuando brotó una breve fuente de llamas blancas cegadoras. Rick huyó. La
silueta flamígera flotó un momento sobre Silvia, y después se escuchó un seco
«pop». El último gigante de alas blancas había desaparecido. La oscuridad y el
silencio volvieron a posarse poco a poco sobre el aire y la tierra.
—Lo siento
—susurró Silvia.
—No lo
vuelvas a hacer —consiguió articular Rick. Estaba aturdido por el susto—. Es
peligroso.
—A veces me
olvido. Lo siento, Rick. No tenía la intención de traerlos tan cerca. —Intentó
sonreír—. Hacía meses que no era tan descuidada. Desde aquella vez, cuando te
traje por primera vez aquí. —Una expresión ávida y feroz se dibujó en su cara—.
¿Lo has visto? ¡Fuerza y llamas! Ni siquiera me tocó. Se limitó a… mirarnos.
Nada más. Todo lo que nos rodeaba ardió.
Rick la
abrazó.
—Escucha
—dijo con voz rasposa—, no vuelvas a llamarlos. Es un error. Este no es su
mundo.
—No es un
error; es bello.
—¡Es
peligroso! —Hundió los dedos en su piel hasta que la joven gimió de dolor—. ¡No
vuelvas a llamarlos!
Silvia lanzó
una carcajada histérica. Se soltó y penetró en el círculo calcinado que la
horda de ángeles había creado antes de volar hacia el cielo.
—No puedo
evitarlo —gritó—. Soy de su raza. Son mi familia, mi pueblo. Generaciones y
generaciones, hasta el pasado más remoto.
—¿Qué quieres
decir?
—Son mis
antepasados, y algún día me reuniré con ellos.
—¡Eres una
bruja! —aulló Rick, furioso.
—No
—contestó Silvia—. No soy una bruja, Rick. ¿No lo entiendes? Soy una santa.
La cocina
estaba caliente y bien iluminada. Silvia enchufó la cafetera y tomó un gran
pote rojo de café de los estantes situados sobre el fregadero.
—No debes
hacerles caso —dijo, mientras ponía platillos y tazas sobre la mesa y sacaba
crema de leche de la nevera—. Ya sabes que no entienden nada. Míralos.
La madre de
Silvia y sus hermanas, Betty Lou y Jean, se apretujaban en la sala de estar,
atemorizadas y cautelosas, y contemplaban a la joven pareja. Walter Everett se
encontraba de pie junto a la chimenea, el rostro inexpresivo.
—Escúchame
tú a mí —dijo Rick—. Tienes el poder de atraerlos. ¿Quieres decir que no eres…,
que Walter no es tu padre?
—Oh, sí,
claro que sí. Soy completamente humana. ¿No parezco humana?
—Pero eres
la única que posee ese poder.
—Físicamente,
no soy diferente —reflexionó Silvia en voz alta—. Poseo la capacidad de ver,
nada más. Antes que yo, otros la han tenido: santos, mártires. Cuando era niña,
mi madre me leyó la vida de santa Bernadette. ¿Recuerdas dónde estaba su cueva?
Cerca de un hospital. Volaban por allí y vio a uno.
—¿Y la
sangre? ¡Es grotesco! Nunca existió nada parecido.
—Oh, sí. La
sangre les atrae, sobre todo la de cordero. Vuelan sobre los campos de batalla,
como valkirias que transportan a los muertos al Walhalla. Por eso los santos y
los mártires se flagelan y mutilan. ¿Sabes de dónde saqué la idea?
Silvia ató
un pequeño delantal alrededor de su cintura y llenó la cafetera.
—Cuando
tenía nueve años lo leí en La Odisea, de Homero. Ulises cavó un surco en el
suelo y lo llenó de sangre para atraer a los espíritus. Las sombras del
submundo.
—Es verdad
—admitió Rick de mala gana—. Lo recuerdo.
—Los
fantasmas de los muertos. Antes habían vivido. Todo el mundo vive aquí, muere y
va allí. —Su rostro se iluminó—. ¡Todos tendremos alas! Todos volaremos. Todos
poseeremos fuego y poder. Nunca más volveremos a ser gusanos.
—¡Gusanos!
Así me llamas siempre.
—Pues claro
que eres un gusano. Todos somos gusanos, sucios gusanos que se arrastran sobre
la corteza de la Tierra, entre el polvo y los excrementos.
—¿Por qué
les atrae la sangre?
—Porque es
vida y la vida les atrae. La sangre es uisge beatha, el agua de vida.
—¡La sangre
significa muerte! Un pesebre lleno de sangre…
—No es
muerte. Cuando ves a una oruga que se encierra en su capullo, ¿crees que está
muriendo?
Walter
Everett apareció en el umbral. Escuchó a su hija con expresión sombría.
—Un día
—dijo con voz ronca—, la atraparán y se la llevarán. Ella lo desea. Está
esperando ese día.
—¿Lo ves?
—dijo Silvia a Rick—. Él tampoco entiende. —Desconectó la cafetera y sirvió el
café—. ¿Quieres? —preguntó a su padre.
—No.
—Silvia
—dijo Rick, como si estuviera hablando con un niño—, si te marcharas con ellos,
sabes que no podrías volver con nosotros.
—Tarde o
temprano, todos debemos cruzar la frontera. Así es la vida.
—Pero solo
tienes diecinueve años —se lamentó Rick—. Eres joven, llena de salud y bella. Y
nuestro matrimonio… ¿Qué hay de nuestro matrimonio? —Casi se levantó de la
mesa—. Silvia, ¡debes acabar con esto!
—No puedo.
Tenía siete años cuando les vi por primera vez. —Silvia estaba de pie junto al
fregadero, la cafetera sujeta en las manos, una mirada soñadora en los ojos—.
¿Te acuerdas, papá? Vivíamos en Chicago. Era invierno. Me caí, camino del
colegio. —Extendió un brazo—. ¿Ves la cicatriz? Me caí y me corté con la grava
y el fango. Volví a casa llorando… Caía aguanieve y el viento aullaba a mi
alrededor. Mi brazo sangraba y el mitón estaba empapado en sangre. Entonces
levanté la vista y los vi.
Se hizo el
silencio.
—Ellos te
quieren —dijo Everett, afligido—. Son moscas, moscardones al acecho que te
esperan. Te llaman para que te marches con ellos.
—¿Por qué
no? —Los ojos grises de Silvia brillaban y sus mejillas irradiaban alegría e
impaciencia—. Tú les has visto, papá. Ya sabes lo que significa. La transfiguración:
¡Barro convertido en divinidad!
Rick salió
de la cocina. Las dos hermanas continuaban de pie en la sala de estar, curiosas
e inquietas. La señora Everett estaba algo apartada, el rostro impenetrable,
los ojos inexpresivos detrás de las gafas con montura de acero. Desvió la vista
cuando Rick pasó a su lado.
—¿Qué ha
pasado? —le susurró Betty Lou. Tenía quince años, hoyuelos en las mejillas,
cabello color arena deslustrado. Era flaca y de pecho liso—. Silvia nunca nos
deja ir con ella.
—No ha
pasado nada —murmuró Rick.
El feo
rostro de la muchacha expresó ira.
—No es
verdad. Los dos estaban en el jardín, a oscuras, y…
—¡No hables
con él! —le espetó su madre. Empujó a las dos chicas hacia fuera y dirigió a
Rick una mirada de odio y dolor. Después,
se alejó a toda prisa de él.
Rick abrió
la puerta del sótano y encendió la luz. Descendió poco a poco hacia la fría y
húmeda habitación de hormigón y tierra. La luz amarilla colgaba de los cables
cubiertos de polvo.
En un rincón
destacaba la enorme caldera, con sus gigantescos tubos de aire caliente. A su
lado se erguía el calentador de agua y montones de objetos desechados, cajas
llenas de libros y periódicos, así como muebles viejos, cubiertos por una
espesa capa de polvo y numerosas telarañas.
En el
extremo más alejado estaban la lavadora y la secadora. Y el sistema de bombeo y
refrigeración de Silvia.
Rick se
acercó al banco de trabajo y escogió un martillo y dos pesadas llaves inglesas.
Cuando se dirigía hacia el laberinto de tubos y aparatos, Silvia apareció de
repente en lo alto de la escalera, con la taza de café en la mano.
Se precipitó
hacia él.
—¿Qué haces
aquí? —preguntó, examinándole con suma atención—. ¿Qué piensas hacer con el
martillo y las llaves?
Rick dejó
caer las herramientas en el banco de trabajo.
—Creí que
podría solucionar este asunto de una vez por todas.
Silvia se
interpuso entre Rick y los depósitos.
—Creía que
habías comprendido. Ellos siempre han formado parte de mi vida. Cuando viniste
conmigo la primera vez, me dio la impresión que entendías…
—No quiero
perderte —replicó Rick con aspereza—, ni por nada ni por nadie, en este mundo o
en el que sea. No voy a renunciar a ti.
—¡No es
cuestión de renunciar! —La muchacha entornó los ojos—. Has bajado para
destruirlo todo. Me descuido un momento y te dispones a romperlo todo, ¿eh?
—En efecto.
El miedo
sustituyó a la ira en el rostro de Silvia.
—¿Quieres
tenerme encadenada aquí? Debo seguir adelante. Esta parte del viaje ha
terminado. Ya me he quedado suficiente tiempo.
—¿Es que no
puedes esperar? —preguntó Rick, furioso, la voz temblorosa de rabia—. ¿Acaso no
se termina siempre demasiado pronto?
Silvia se
encogió de hombros y desvió la vista, los brazos cruzados y los rojos labios
apretados.
—Quieres
seguir siendo un gusano. Una oruga repugnante.
—Te quiero.
—¡No puedes
poseerme! —replicó la joven, irritada—. No puedo perder el tiempo en esas
cosas.
—Te
preocupan otras más elevadas —respondió Rick con sarcasmo.
—Por
supuesto. —Se ablandó un poco—. Lo lamento, Rick. ¿Te acuerdas de Ícaro? Tú
también quieres volar. Lo sé.
—Cuando
llegue el momento.
—¿Por qué no
ahora? ¿Por qué esperar? Tienes miedo. —Se alejó unos metros de él y una sonrisa
de astucia se dibujó en sus labios rojos—. Rick, quiero enseñarte algo, pero
antes prométeme… que no se lo contarás a nadie.
—¿Qué es?
—¿Me lo
prometes? —Apoyó la mano sobre la boca del joven—. Debo ser precavida. Me costó
mucho dinero. Nadie lo sabe. Los hacen en China; todo confluye hacia ellos.
—Has
despertado mi curiosidad —dijo Rick, algo inquieto—. Enséñamelo.
Silvia,
temblando de emoción, desapareció detrás de un enorme frigorífico y se hundió
en las tinieblas, entre el laberinto de espirales. Rick oyó que tiraba de algo
grande.
—¿Lo ves?
—dijo Silvia con voz ahogada—. Échame una mano, Rick. Pesa mucho. Es de madera
y latón, forrado de metal. Pintado y pulido a mano. Y la talla… ¡Fíjate en la
talla! ¿Acaso no es precioso?
—¿Qué es?
—preguntó Rick con voz ronca.
—Mi capullo
—contestó Silvia.
Estaba
sentada en el suelo y apoyaba la cabeza con expresión arrobada en el ataúd de
roble pulido.
Rick la
agarró por el brazo y la obligó a levantarse.
—¿Qué haces
sentada en el sótano, con ese ataúd…? —Se interrumpió—. ¿Qué te pasa?
El dolor
deformaba las facciones de Silvia. Se apartó de él y se llevó un dedo a la
boca.
—Me he
cortado con un clavo o algo cuando me has levantado.
Un hilo de
sangre resbalaba por sus dedos. Buscó un pañuelo en el bolsillo.
—Déjame
verlo. —Rick avanzó hacia la joven, pero esta se apartó—. ¿Es grave? —preguntó.
—Aléjate de
mí —susurró Silvia.
—¿Qué
ocurre? ¡Déjame verlo!
—Rick —dijo
Silvia en voz baja y perentoria—, ve a buscar agua y esparadrapo. Lo más rápido
posible. —Intentaba dominar su creciente terror—. Debo detener la hemorragia.
—¿Arriba?
—Rick empezó a alejarse con movimientos torpes—. No parece tan grave. ¿Por qué
no…?
—De prisa.
—La voz de la joven temblaba de miedo—. ¡De prisa, Rick!
El joven,
confuso, corrió unos pasos.
El terror de
Silvia le acompañó.
—No, es
demasiado tarde —dijo la muchacha con voz apenas audible—. No vuelvas… Manténte
alejado de mí. Ha sido culpa mía. Yo les acostumbré a venir. ¡Vete! Lo siento,
Rick. Oh…
Dejó de oír
su voz cuando la pared del sótano estalló en mil pedazos. Una luminosa nube
blanca penetró en el sótano.
Venían por
Silvia. Esta corrió hacia Rick, se detuvo, vacilante, y la blanca masa de
cuerpos y alas la rodearon. Gritó una vez. Después, una violenta explosión
transformó el sótano en un horno al rojo vivo.
Rick fue
lanzado al suelo. El cemento estaba caliente y seco; el calor que reinaba en el
sótano era insoportable. Las ventanas estallaron cuando otras formas blancas se
abrieron paso. Las paredes fueron pasto del humo y las llamas. El techo cedió y
una lluvia de yeso se derrumbó sobre el suelo.
Rick logró
ponerse en pie. La furiosa actividad disminuía. El sótano era un caos de
escombros. Todas las superficies se veían negras, chamuscadas y cubiertas de
cenizas humeantes. Todo estaba sembrado de madera astillada, trozos de ropa y
hormigón reventado. El complejo sistema de bombeo y refrigeración se había
convertido en una reluciente masa de escoria. Toda una pared estaba inclinada.
El yeso lo cubría todo.
Silvia era
un guiñapo retorcido. Tenía los brazos y las piernas doblados grotescamente.
Restos carbonizados y arrugados de ceniza abrasada por el fuego, que formaba un
confuso montón. Solo quedaban fragmentos
chamuscados, una cáscara quebradiza y consumida.
La noche era
cerrada, oscura y fría. Algunas estrellas brillaban como hielo sobre su cabeza.
Un débil viento húmedo agitaba los lirios de agua y levantaba la grava del
sendero que serpenteaba entre las rosas negras.
Estuvo
acuclillado durante largo rato, escuchando y observando. Detrás de los cedros,
la mansión se recortaba contra el cielo. Al pie de la colina, algunos coches
transitaban por la autopista. Por lo demás, no se oía ningún otro ruido. Frente
a él sobresalían el contorno cuadrado del pesebre de porcelana y el tubo que
había transportado sangre desde la nevera del sótano. El pesebre estaba vacío y
seco, a excepción de unas hojas que habían caído en su interior.
Rick aspiró
una profunda bocanada de aire nocturno y lo retuvo en los pulmones. Después, se
levantó con movimientos rígidos. Escudriñó el cielo, pero no distinguió el
menor movimiento. Sin embargo, allí estaban, al acecho y vigilantes: sombras
imprecisas, ecos de un pasado legendario, una hilera de siluetas similares a
dioses.
Tomó los
pesados recipientes, los arrastró hacia el pesebre y vertió la sangre
procedente de un matadero de Nueva Jersey, res de baja estofa, espesa y
coagulada. Manchó sus ropas y retrocedió, nervioso, pero nada agitó el aire. El
jardín siguió en silencio, invadido por la niebla nocturna y la oscuridad.
Se quedó
junto al pesebre, preguntándose si acudirían. Lo que les atraía era Silvia, no
solo la sangre. En su ausencia, lo único que les atraía era la carne cruda.
Acercó los bidones vacíos a los arbustos y los tiró de una patada ladera abajo.
Registró sus bolsillos con todo cuidado, para asegurarse que no había nada
metálico.
Silvia les
había acostumbrado a hacer acto de presencia, año tras año. Ahora, estaba al
otro lado. ¿Significaba eso que no vendrían? Algo se removió entre los
arbustos. ¿Un animal o un ave?
La sangre,
espesa y oscura, centelleaba en el pesebre, como plomo viejo. Era el momento
propicio para que acudieran, pero nada agitó los altos árboles que se alzaban
hacia el cielo. Escudriñó las hileras de rosas negras inclinadas, el sendero de
grava por el que Silvia y él habían corrido. Rechazó con violencia el recuerdo
reciente de sus ojos centelleantes y sus sensuales labios rojos. La autopista
que corría al otro lado de la pendiente, el jardín vacío y desierto, la casa
silenciosa donde su familia aguardaba y se cobijaba. Al cabo de un rato,
percibió un ruido apagado, cortante. Se puso en tensión, pero solo era un
camión diésel que surcaba la autopista, y sus faros perforaron las tinieblas.
Se puso en
pie con semblante sombrío, las piernas abiertas, los zapatos hundidos en la
blanda tierra negra. No se iba a marchar. Se quedaría hasta que vinieran.
Quería recuperarla…, a cualquier precio.
Telarañas de
humedad se deslizaban sobre la luna. El cielo parecía una inmensa llanura
desnuda, carente de vida o calor. El frío mortal del espacio, lejos de los
soles y los seres vivos. Mantuvo la cabeza alzada hasta que el cuello le dolió.
Estrellas gélidas, que aparecían y desaparecían en la capa de niebla. ¿Había
algo más? ¿No querían venir, o no les interesaba? Lo que les interesaba era
Silvia…, y ahora ya la tenían.
Captó un
movimiento a su espalda, pero silencioso. Cuando iba a volverse, los árboles y
la hierba que le rodeaban se removieron. Se fundieron con las sombras
nocturnas. Algo se movió entre ellos, rápida, silenciosamente, y luego
desapareció.
Habían
venido. Lo presentía. Habían eliminado su energía. Estatuas frías e
indiferentes que se alzaban entre los árboles, al acecho entre los cedros,
extrañas a él y a su mundo, atraídas por la curiosidad y una costumbre
adquirida.
—Silvia
—dijo en voz alta—. ¿Cuál eres?
No obtuvo
respuesta. Quizá no se encontraba entre ellos. Se sintió ridículo. Una vaga
sombra blanca revoloteó sobre el abrevadero, se detuvo un instante y prosiguió
su camino. El aire vibró sobre el abrevadero y luego se inmovilizó, cuando otro
gigante lo inspeccionó y se retiró.
El pánico se
apoderó de Rick. Se marchaban de nuevo, regresaban a su mundo. Habían rechazado
el pesebre; no les interesaba.
—Esperen
—murmuró con voz ronca.
Algunas
sombras blancas se rezagaron. Se acercó a ellas con parsimonia, consciente de
su inmensidad. Si una le tocaba, se convertiría en un montoncito de cenizas. Se
detuvo a escasos metros.
—Ya saben lo
que quiero —dijo—. Quiero que ella vuelva. No tendrían que habérsela llevado
aún.
Silencio.
—Fueron
demasiado codiciosos —prosiguió—. Se equivocaron. Al fin y al cabo, tarde o
temprano se les habría entregado. Lo había planificado todo.
La niebla
oscura crepitó. Las sombras que destellaban entre los árboles se agitaron, en
respuesta a sus palabras.
—Es verdad.
Un sonido
frío, impersonal, que vagó a su alrededor, de árbol en árbol, sin procedencia
ni dirección. El viento de la noche lo barrió y solo quedaron ecos imprecisos.
Se sintió
aliviado. Se habían detenido, habían sido conscientes de su presencia, habían
escuchado lo que debía decirles.
—¿Creen que
es verdad? —preguntó—. Tenía una larga vida por delante. Íbamos a casarnos, a
tener hijos.
No hubo
respuesta, pero percibió una tensión creciente. Escuchó con suma atención, pero
no distinguió nada. Al cabo de un rato, comprendió que entre ellos se libraba
una gran batalla, un arduo conflicto. La tensión aumentó. Más formas oscilaron,
ocultaron las nubes y las estrellas gélidas.
—¡Rick!
Una voz
habló muy cerca de él, refugiada entre los árboles y las plantas húmedas.
Apenas pudo oírla; las palabras se desvanecieron apenas pronunciadas.
—Rick…
Ayúdame a regresar.
—¿Dónde
estás? —No pudo localizarla—. ¿Qué puedo hacer?
—No lo sé.
—La voz estaba henchida de perplejidad y dolor—. No entiendo nada. Algo salió
mal. Debieron pensar que quería reunirme con ellos cuanto antes. ¡No era así!
—Lo sé —dijo
Rick—. Fue un accidente.
—Estaban
esperando. El capullo, el pesebre…, pero fue demasiado pronto.
Captó su
terror desde la vaga lejanía del otro universo.
—Rick, he
cambiado de idea. Quiero volver.
—No es tan
sencillo.
—Lo sé.
Rick, el tiempo es diferente en este lado. Me he distanciado tanto… Tu mundo
parece alejarse. Han pasado años, ¿verdad?
—Una semana.
—Fue culpa
de ellos. No creerás que fue mía, ¿verdad? Saben que se equivocaron. Los
culpables fueron castigados, pero eso no me consuela. —El pánico y el dolor
distorsionaron su voz, de modo que no pudo entenderla—. ¿Cómo puedo regresar?
—¿Ellos no
lo saben?
—Dicen que
es imposible. —Su voz tembló—. Dicen que destruyeron la parte de barro, que fue
incinerada. No hay manera que pueda volver.
Rick respiró
hondo.
—Que
encuentren otra forma. Es lo mínimo que pueden hacer. ¿Acaso no tienen el
poder? Se apoderaron de ti demasiado pronto; deben enviarte de vuelta. Es su
responsabilidad.
Las formas
blancas se removieron inquietas. El conflicto se planteó en toda su crudeza; no
podían acceder. Rick retrocedió unos pasos, cauteloso.
—Dicen que
es peligroso. —La voz de Silvia no surgió de ningún punto concreto—. Dicen que
lo intentaron en una ocasión. —Intentó controlar la voz—. El nexo entre este
mundo y el tuyo es inestable. Existen inmensas cantidades de energía que flotan
libremente. El poder que tenemos en este lado no es nuestro, en realidad. Es
una energía universal, derivada y controlada.
—¿Por qué no
pueden…?
—Este
continuo es superior. Existe un proceso natural de la energía que va de las
regiones inferiores a las superiores, pero el proceso inverso es peligroso. La
sangre es una especie de guía, una señal luminosa.
—Como
mariposas alrededor de una bombilla —dijo Rick con amargura.
—Si me
envían de vuelta y algo sale mal… —Su voz se quebró y después continuó—. Si
cometen un error, podría perderme entre las dos regiones. La energía libre
podría absorberme. Por lo visto, está viva en parte. Es incomprensible.
Acuérdate de Prometeo y del fuego…
—Entiendo
—dijo Rick, con la mayor calma posible.
—Querido, si
me envían de vuelta tendré que tomar alguna forma. Ya no poseo una forma
concreta, ¿sabes? En este lado no hay auténticas formas materiales. Lo que tú
ves, las alas y la blancura, no existen. Si consigo volver a tu lado…
—Tendrías
que adoptar una forma.
—Tendrías
que introducirme en algo de barro, introducirme y darle nueva forma. Como hizo
Él hace mucho tiempo, cuando se depositó en tu mundo la forma original.
—Si lo
hicieron una vez, pueden volver a hacerlo.
—El que lo
hizo se marchó. Pasó a un estadio superior. —Notó una triste ironía en su voz—.
Hay regiones más elevadas. La escala no se detiene aquí. Nadie sabe dónde
acaba, pues da la impresión que asciende incesantemente. Mundo tras mundo.
—¿Quién toma
las decisiones acerca de ti?
—Me
corresponden a mí. Dicen que si quiero arriesgarme, lo intentarán.
—¿Has
pensado algo?
—Tengo
miedo. ¿Y si algo sale mal? Tú no has visto la región intermedia. Las
posibilidades son increíbles. Me aterrorizan. Él fue el único que tuvo la
valentía suficiente. Todos los demás se asustaron.
—Ha sido
culpa de ellos. Deben aceptar la responsabilidad.
—Lo saben.
—Silvia vaciló—. Rick, querido, dime qué debo hacer.
—¡Vuelve!
Silencio.
Después, su voz, débil y patética.
—Lo haré,
Rick, si crees que es lo correcto.
—Lo es —dijo
el joven con firmeza. Se obligó a no pensar, ni a imaginar nada. Tenía que
recuperarla—. Diles que empiecen ya. Diles…
Una
ensordecedora explosión se produjo ante él. Salió despedido por los aires y fue
arrojado a un mar llameante de energía pura. Se marchaban y un lago
incandescente de energía bullía y atronaba a su alrededor. Durante una fracción
de segundo pensó que veía a Silvia, con las manos extendidas hacia él en un
gesto implorante.
Después, el
fuego se extinguió y se encontró tendido en la oscura humedad de la noche. Solo y en medio del silencio.
Walter
Everett le ayudó a levantarse.
—¡Maldito
idiota! —repitió una y otra vez—. No debiste traerlos de vuelta. Ya nos han
arrebatado bastante.
Luego, entró
en la cálida sala de estar. La señora Everett se quedó en silencio frente a él,
el rostro severo e inexpresivo. Las dos hermanas revoloteaban a su alrededor,
curiosas y nerviosas, una morbosa fascinación asomaba a sus ojos.
—Me pondré
bien —murmuró Rick.
Tenía la
ropa chamuscada y ennegrecida. Se limpió la ceniza que manchaba su cara. Tenía
fragmentos de hierba seca adheridos al cabello. Habían efectuado un círculo de
fuego a su alrededor mientras descendían. Se recostó contra el sofá y cerró los
ojos. Cuando los abrió, Betty Lou Everett le estaba embutiendo un vaso de agua
entre las manos.
—Gracias
—murmuró.
—No tendrías
que haberlo hecho —repitió Walter Everett—. ¿Por qué? ¿Por qué lo has hecho? Ya
sabes lo que le pasó a ella. ¿Quieres que te ocurra lo mismo?
—Quiero que
vuelva —dijo Rick en voz baja.
—¿Estás
loco? No puedes lograrlo. Se ha marchado. —Sus labios se torcieron
convulsivamente—. La has visto.
Betty Lou
estaba mirando con fijeza a Rick.
—¿Qué ha
pasado? —preguntó—. La has visto.
Rick se
levantó y salió de la sala de estar. Vació el agua en el fregadero de la cocina
y volvió a llenarlo. Mientras se apoyaba contra el fregadero, Betty Lou
apareció en el umbral.
—¿Qué
quieres? —preguntó Rick.
La cara de
la muchacha se tiñó de un rojo enfermizo.
—Sé que algo
ha pasado ahí fuera. Estabas dándoles de comer, ¿verdad? —Avanzó hacia Rick—.
¿Intentas que ella regrese?
—Exacto.
Betty Lou
lanzó una risita nerviosa.
—Pero no
puedes. Está muerta. Su cuerpo se quemó; yo lo vi. —Su rostro no cesaba de
agitarse—. Papá siempre decía que algo malo le ocurriría, y así ha sido. —Se
acercó más a Rick—. ¡Era una bruja! ¡Lo tenía bien merecido!
—Volverá.
—¡No! —El
pánico deformó las desagradables facciones de la muchacha—. No puede volver.
Está muerta, un gusano transformado en mariposa, como siempre dijo. ¡Es una mariposa!
—Vuelve
dentro.
—Tú no
puedes darme órdenes —respondió Betty Lou. Su voz adoptó un tono histérico—. No
queremos que vuelvas por aquí. Papá te lo dirá. No le caes bien, ni a mí, ni a
mi madre, ni a mi hermana…
El cambio
tuvo lugar sin previo aviso. Betty Lou se quedó petrificada, como el fotograma
de una película, la boca entreabierta, el brazo levantado, las palabras
paralizadas en su garganta. Flotaba sobre el suelo, como un organismo carente
de vida atrapado entre dos platinas de cristal. Un insecto inerte y hueco,
carente de habla, no muerto, sino devuelto de súbito a la no existencia
primordial.
En el
cascarón capturado se infiltró un nuevo ser, un arco iris vital que invadió
cada parte de la antigua Betty Lou. La muchacha se tambaleó y gimió; su cuerpo
se retorció con violencia y chocó contra la pared. Una taza de té cayó de una
estantería y se destrozó en el suelo. La muchacha retrocedió, atontada, se
llevó una mano a la boca, los ojos abiertos como platos.
—¡Oh!
—exclamó—. Me he cortado. —Meneó la cabeza y le miró como pidiendo ayuda—. Con
un clavo o algo por el estilo.
—¡Silvia!
La aferró
con todas sus fuerzas y la levantó, apartándola de la pared. Era su brazo lo
que asía, cálido, fuerte, sólido. Ojos grises perplejos, cabello castaño,
pechos temblorosos… Volvía a ser como en aquellos últimos instantes vividos en
el sótano.
—Déjame ver
—dijo.
Le apartó la
mano de la boca y examinó su dedo. No se había cortado, tan solo distinguió una
fina línea blanca que se desvanecía rápidamente.
—No pasa
nada, cariño. Estás bien. ¡No te ocurre nada!
—Rick,
estaba allí. —Su voz era ronca, débil—. Vinieron y me llevaron con ellos.
—Violentos estremecimientos la sacudieron—. Rick, ¿de veras he vuelto?
Rick apretó
su muslo.
—Por
completo.
—Duró tanto.
Estuve un siglo. Eones. Pensé… —De repente, se soltó—. Rick…
—¿Qué pasa?
El rostro de
Silvia transparentaba un temor demencial.
—Algo ha
salido mal.
—Todo ha
salido bien. Has vuelto a casa y eso es lo único que importa.
Silvia
retrocedió.
—Se
apoderaron de una forma viva, ¿verdad? No era arcilla vulgar. No tienen ese
poder, Rick. Alteraron Su obra. —Alzó el tono de voz—. Un error… Tendrían que
haberlo pensado dos veces antes de alterar el equilibrio. Es inestable y
ninguno de ellos es capaz de controlar el…
Rick bloqueó
la puerta.
—¡Deja de
hablar así! —bramó—. Valía la pena. Si ellos alteraron el equilibro, es culpa
suya.
—¡No podemos
volver atrás! —Su voz adquirió la agudeza de un alambre—. Lo desplazamos. Hemos
alterado el equilibrio que Él dispuso.
—Por favor,
cariño, vamos a la sala de estar con tu familia. Te sentirás mejor. Debes hacer
un esfuerzo y recuperarte.
Se acercaron
a las tres figuras sentadas, dos en el sofá, una en la silla, cerca de la
chimenea. Estaban inmóviles, los rostros inexpresivos, los cuerpos fláccidos,
como de cera, formas inertes que no reaccionaron cuando la pareja entró en la
sala.
Rick se
detuvo, confuso. Walter Everett estaba inclinado hacia adelante, con el
periódico en una mano y calzado con zapatillas. De su pipa, apoyada en el
cenicero que descansaba sobre el brazo de la butaca, aún surgía humo. La señora
Everett tenía sobre el regazo un montón de ropa para coser, en su rostro
aparecía una expresión sombría y grave, pero extrañamente vaga. Un rostro sin formar,
como si el material todavía se estuviera fundiendo. Jean semejaba una bola de
barro, más informe a cada momento que pasaba.
De repente,
Jean se desplomó. Sus brazos cayeron a los costados. La cabeza se hundió. Su
cuerpo, brazos y piernas se ensancharon. Sus facciones cambiaron con celeridad.
Su indumentaria se alteró. Florecieron colores en su cabello, ojos y piel. La
palidez cerúlea desapareció.
Apretó los
dedos contra sus labios y miró a Rick sin decir palabra. Parpadeó y enfocó los
ojos.
—Oh —exclamó.
Sus labios
se movieron con torpeza. La voz era débil e irregular, como una banda sonora
deteriorada. Se irguió con movimientos espasmódicos, faltos de coordinación,
que la impulsaron hacia él (un paso a la vez) como una muñeca mecánica.
—Rick, me he
cortado —dijo—. Con un clavo o algo por el estilo.
Lo que había
sido la señora Everett se agitó. Informe y vago, emitió sonidos balbucientes y
se desplomó grotescamente. Poco a poco, adquirió solidez y forma.
—Mi dedo
—gimió con voz débil.
La tercera
figura, sentada en la butaca, repitió las palabras, como un eco lejano. Al cabo
de un momento, las tres repitieron la misma frase y sus labios se movieron al
unísono.
—Mi dedo. Me
he cortado, Rick.
Reflejos
gemelos, parodias de palabras y movimientos. Y las formas se parecían en todos
los detalles. Se repetían a su alrededor, una y otra vez, dos en el sofá, una
en la butaca, cerca de él, tan cerca que podía oír su aliento y ver sus labios
temblorosos.
—¿Qué pasa?
—preguntó la Silvia que estaba a su lado.
Una Silvia
continuó cosiendo en el sofá. Cosía metódicamente, absorta en el trabajo. En la
butaca, otra tomó sus periódicos, la pipa y siguió leyendo. Otra se encogió,
nerviosa y asustada. La que estaba a su lado le siguió cuando retrocedió hacia
la puerta. Su respiración era agitada, tenía los ojos grises abiertos de par en
par y las fosas nasales dilatadas.
—Rick…
Él abrió la
puerta y salió al porche invadido por las sombras. Bajó los peldaños como un
autómata, atravesó los charcos de noche que surgían por doquier y se dirigió al
camino particular. La silueta de Silvia apareció en el cuadrado amarillo de luz
que había dejado a su espalda. Le miraba con tristeza. Detrás de ella
distinguió las otras siluetas, idénticas, puras repeticiones, absortas en sus
quehaceres.
Entró en su
cupé y salió a la carretera.
Casas y
árboles tenebrosos quedaron atrás. Se preguntó hasta dónde se extendería el
círculo, a medida que el desequilibrio progresara.
Se internó
en la autopista y pronto se vio rodeado de coches. Intentó escudriñar sus
interiores, pero se desplazaban a demasiada velocidad. Delante iba un Plymouth
rojo. Conducía un hombre fornido vestido con un traje azul, y reía alegremente
con la mujer sentada a su lado. Rick se puso al lado del Plymouth. El hombre
sonrió, exhibiendo sus dientes de oro, y agitó sus manos rechonchas. La
muchacha era morena, bonita. Sonrió al hombre, ajustó sus guantes blancos, se
alisó el cabello y subió la ventanilla de su puerta.
Perdió el
Plymouth cuando un enorme camión diésel se interpuso entre ellos. Desesperado,
adelantó al camión y se lanzó tras el veloz sedán, rebasándolo. El Plymouth le
adelantó a su vez y, por un momento, vio con toda claridad a sus dos ocupantes.
La chica se parecía a Silvia. El mismo contorno delicado de su pequeña barbilla,
los mismos labios sensuales, entreabiertos cuando sonreía, los mismos brazos y
manos esbeltos. Era Silvia. El Plymouth se desvió y no vio ningún otro coche
delante de él.
Condujo
durante horas en la espesa oscuridad de la noche. La aguja del combustible
bajaba cada vez más. Frente a él se extendía una ondulada campiña monótona,
campos llanos entre las ciudades, estrellas inmóviles suspendidas en el cielo
sombrío. En una ocasión distinguió un conglomerado de luces rojas y verdes. Un
cruce, con una gasolinera y un gran letrero de neón. Pasó de largo.
Divisó una
estación de servicio compuesta de una sola bomba, salió de la autopista y frenó
en el camino de grava, mojada de gasolina. Salió, escuchó el familiar crujido
de la grava bajo sus pies, tomó la manguera y desenroscó la tapa del depósito…
Casi lo había llenado cuando se abrió la puerta del edificio y apareció una
mujer esbelta, ataviada con un pantalón blanco, camisa azul marino y una
gorrita perdida entre sus rizos castaños.
—Buenas
noches, Rick —dijo en voz baja.
Devolvió la
manguera a su sitio y regresó a la autopista. ¿Había enroscado el tapón del
depósito? No se acordaba. Aceleró. Había recorrido unos ciento cincuenta
kilómetros. Estaba cerca de la frontera estatal.
La cálida
luz amarilla de un pequeño café brillaba en la fría oscuridad de la madrugada.
Estacionó en el vacío estacionamiento. Cansado, empujó la puerta y entró.
El intenso
olor a jamón frito y café recién hecho le rodeó. La visión de la gente comiendo
se le antojó de lo más consolador. Un jukebox tronaba en un rincón. Se dejó
caer sobre un taburete y apoyó la cabeza entre las manos. El delgado granjero
sentado a su lado le dirigió una mirada de curiosidad, y luego devolvió la
atención a su periódico. Dos mujeres de expresión dura que estaban delante
levantaron la vista un instante. Un joven atractivo vestido con chaqueta de
algodón y tejanos devoraba judías rojas con arroz, que regaba con café
humeante.
—¿Qué será?
—preguntó la vivaz camarera rubia, un lápiz sujeto detrás de la oreja, el
cabello recogido en un apretado moño—. Parece que tiene una buena resaca,
señor.
Pidió café y
sopa de verduras. No tardó en empezar a comer; sus manos actuaban
automáticamente. Se descubrió atacando un bocadillo de jamón y queso. ¿Lo había
pedido? El jukebox seguía funcionando, la gente entraba y salía. Junto a la
carretera se extendía una pequeña ciudad, protegida por unas cuantas colinas.
Amaneció y se filtró por los ventanales la luz del sol, gris, fría y estéril.
Comió pastel de manzana caliente y se secó la boca con una servilleta.
El café
estaba en silencio. Nada se movía en el exterior. Una calma ominosa se cernía
sobre todo. El jukebox había callado. Ninguna de las personas sentadas en la
barra se movía o hablaba. Pasó un enorme camión con las ventanillas subidas.
Cuando
levantó la vista, Silvia estaba de pie frente a él. Tenía los brazos cruzados y
la mirada perdida en la lejanía, un lápiz amarillo sujeto detrás de la oreja,
el cabello castaño recogido en un apretado moño. Otras Silvias estaban sentadas
en el rincón, con platos frente a ellas; la mitad comían o dormitaban, otras
leían. Cada una igual a su vecina, de no ser por la indumentaria.
Volvió al
coche. Cruzó la frontera del estado al cabo de media hora. Mientras atravesaba
pequeñas ciudades desconocidas, el frío sol de la mañana arrancaba destellos de
los tejados y calzadas cubiertos de rocío.
Las vio en
las calles, madrugadoras, camino del trabajo. En grupos de dos o tres, sus
tacones rompían el profundo silencio. Vio grupos numerosos congregados en las
paradas de los autobuses. Había más en las casas, cientos de ellas, legiones
sin fin; se levantaban de la cama, desayunaban, se duchaban, arreglaban… Toda
una ciudad preparada para enfrentarse al nuevo día, a reanudar sus tareas
cotidianas, mientras el círculo se ampliaba y ensanchaba.
Dejó atrás
la ciudad. El coche perdió velocidad cuando su pie resbaló del acelerador. Dos
de ellas cruzaban un campo. Llevaban libros; niñas camino del colegio.
Repetición, invariable e idéntica. Un perro corría en círculos a su alrededor,
despreocupado, alegre.
Siguió
conduciendo. Una ciudad se insinuó a lo lejos. Sus firmes columnas de edificios
se recortaron nítidamente contra el cielo. Cuando atravesó el centro comercial,
vio que las calles bullían de ruido y actividad. Algo más adelante rebasó el
límite del círculo. La diversidad sustituyó a los infinitos replicados de
Silvia. Los ojos grises y el cabello castaño dieron paso a una tremenda
variedad de hombres y mujeres, niños y adultos, de todas las edades y
apariencias. Aceleró y se dirigió hacia la amplia autopista de cuatro carriles.
Por fin,
redujo la velocidad. Estaba agotado. Había conducido durante horas. Su cuerpo
temblaba de cansancio.
Divisó a un
muchacho pelirrojo y larguirucho, vestido con pantalones marrones y un jersey
de pelo de camello, que hacía autostop. Rick frenó y abrió la puerta delantera.
—Adentro
—dijo.
—Gracias,
tío.
El joven
subió y Rick aceleró. El pelirrojo se recostó contra el asiento, aliviado.
—Qué calor
hace ahí fuera.
—¿Adónde
vas? —preguntó Rick.
—A Chicago.
—El joven sonrió con timidez—. No espero que me lleves tan lejos, por supuesto.
Cualquier cosa será de agradecer. —Observó a Rick con curiosidad—. ¿Adónde vas?
—Me da
igual. Te llevaré a Chicago.
—¡Está a
trescientos kilómetros!
—Estupendo.
—Rick pasó al carril de la izquierda y aumentó la velocidad—. Si quieres ir a
Nueva York, también te llevaré.
—¿Te
encuentras bien? —El joven se removió inquieto—. Te agradezco el gesto, pero…
—Vaciló—. No quiero desviarte de tu camino.
Rick se
concentró en la carretera y aferró con fuerza el volante.
—Tengo prisa
—dijo—. No pienso disminuir la velocidad ni parar.
—Ve con
cuidado —dijo el pelirrojo con voz preocupada—. No quiero tener un accidente.
—Yo me ocupo
de ello.
—Pero es
peligroso. ¿Y si pasa algo? Es demasiado arriesgado.
—Te
equivocas —murmuró Rick, los ojos clavados en la carretera—. Vale la pena
correr el riesgo.
—Pero si
algo va mal… —La voz enmudeció, pero luego prosiguió—. Podría perderme. Sería
muy fácil. Todo es tan inestable. —La voz tembló de miedo y preocupación—.
Rick, por favor…
Rick se giró
en redondo.
—¿Cómo sabes
mi nombre?
El joven
estaba acurrucado junto a la puerta. Su rostro tenía un aspecto blando, gomoso,
como si estuviera perdiendo la forma y fuera a convertirse en una masa informe.
—Quiero
volver —dijo, desde su interior—, pero tengo miedo. Tú no has visto la región
intermedia. Solo hay energía, Rick. Él la utilizó hace mucho tiempo, pero nadie
sabe cómo.
La voz
adquirió un timbre atiplado. El cabello viró a un castaño brillante. Unos ojos
grises asustados miraron a Rick. Sus manos se petrificaron. Se inclinó sobre el
volante y procuró no moverse. Poco a poco, aminoró la velocidad y se internó en
el carril de la derecha.
—¿Vamos a
parar? —preguntó la forma sentada a su lado. Ahora tenía la voz de Silvia. Como
un insecto recién nacido secándose al sol, la forma cobró una firme realidad.
Silvia se incorporó en el asiento y miró por la ventanilla—. ¿Dónde estamos? No
se ve ninguna ciudad.
Rick frenó,
extendió la mano y abrió la puerta de Silvia.
—¡Sal!
Silvia le
miró sin comprender.
—¿Qué
quieres decir? —tartamudeó—. Rick, ¿qué pasa? ¿Cuál es el problema?
—¡Sal!
—Rick, no lo
entiendo. —Se apartó un poco. Sus zapatos tocaron la calzada—. ¿Le pasa algo al
coche? Pensé que todo iba bien.
Él la empujó
con suavidad y cerró la puerta. El coche saltó hacia adelante y se zambulló en
el tráfico de media mañana. Detrás, la pequeña y perpleja silueta se había
incorporado. Apartó los ojos del retrovisor y pisó el acelerador con todas sus
fuerzas.
Solo captó
estática en la radio cuando la conectó. Giró el cuadrante y, al cabo de un
rato, captó una emisora potente. Una voz débil, confusa, una voz de mujer. Al
principio no pudo entender lo que decía. Después la reconoció y, con una
punzada de pánico, desconectó el aparato.
Su voz.
Murmuraba en tono quejumbroso. ¿Dónde estaba la emisora? En Chicago. Hasta allí
se había expandido el círculo.
Aminoró la
velocidad. Correr carecía de sentido. Ya le había rebasado y continuado
adelante. Granjas de Kansas, tienduchas situadas en las viejas ciudades de
Mississippi, en las tristes calles de Nueva Inglaterra, por todas partes
legiones de mujeres de cabello castaño y ojos grises.
Cruzaría el
océano. No tardaría en apoderarse de todo el mundo. En África resultaría
extraño; kraals de mujeres blancas, todas exactamente iguales, dedicadas a las
tareas primitivas de cazar, recoger fruta, moler grano, desollar animales,
encender fuego, tejer ropa y fabricar cuchillos afilados como hojas de afeitar.
En China…
Sonrió como un necio. Allí también resultaría de lo más peculiar, ataviada con
el traje de cuello alto, la indumentaria casi monástica de los cuadros jóvenes
comunistas. Desfiles por las principales calles de Peiping. Fila tras fila de
muchachas de piernas esbeltas y rotundos pechos, armadas con fusiles de
fabricación rusa, cargadas con palas, picos y azadas. Columnas de soldados con
botas de tela. Veloces obreras con sus preciosas herramientas, a las que
pasaría revista una figura idéntica desde un estrado que dominaría la calle,
con su esbelto brazo levantado, su hermoso y bondadoso rostro inexpresivo y
pétreo.
Se desvió a
una carretera secundaria. Un momento después desandaba el camino, conduciendo
con lentitud e indiferencia.
En un cruce,
un policía de tráfico se abrió paso entre los coches y se acercó al de Rick.
Este permaneció inmóvil, las manos cerradas sobre el volante, a la espera.
—Rick
—susurró ella con acento quejumbroso—. ¿Verdad que todo va bien?
—Claro
—respondió él en un tono desprovisto de toda emoción.
Ella
introdujo la mano por la ventanilla abierta y le acarició el brazo, en un gesto
de súplica. Dedos familiares, las uñas pintadas de rojo, la mano que conocía
tan bien.
—Tengo
muchas ganas de estar contigo. ¿Verdad que estamos juntos de nuevo? ¿Verdad que
he vuelto?
—Claro.
La joven
meneó la cabeza, afligida.
—No lo
entiendo —repitió—. Pensaba que todo iba bien.
Rick arrancó
sin contemplaciones y huyó. El cruce quedó atrás.
Cayó la
tarde. Estaba agotado, consumido de fatiga. Guio el coche hacia su ciudad como
un autómata. Ella caminaba por todas las calles, por todas partes. Era
omnipresente. Rick llegó a su edificio de apartamentos y estacionó.
El conserje
le recibió en el desierto vestíbulo. Rick le identificó gracias al grasiento
trapo aferrado en una mano, la gran escoba, el cubo de serrín.
—Por favor
—imploró la joven—, dime qué pasa, Rick. Dímelo, por favor.
Rick pasó de
largo, pero ella le asió con desesperación.
—Rick, he
vuelto. ¿No lo entiendes? Me llevaron demasiado pronto y me han devuelto. Fue
un error. Nunca más volveré a llamarlos… Eso pertenece al pasado. —Le siguió
hasta la escalera—. Nunca más volveré a llamarlos.
Rick subió
la escalera. Silvia vaciló, se desplomó sobre el peldaño inferior, formando un
bulto encogido y desdichado, una diminuta figura vestida con ropa de obrero y
calzada con enormes botas claveteadas.
Rick abrió
la puerta de su apartamento y entró.
Detrás de
las ventanas, el cielo del atardecer era de un color azul intenso. Los tejados
de los edificios cercanos brillaban bajo el sol.
Le dolía
todo el cuerpo. Entró con pasos inseguros en el cuarto de baño. Se le antojó
extraño, desconocido, un lugar difícil de encontrar. Llenó el lavabo de agua caliente,
se subió las mangas y se lavó la cara y las manos en el chorro reconfortante.
Alzó la vista un instante.
El espejo
colgado sobre el lavabo le devolvió un reflejo aterrador, un rostro surcado de
lágrimas, desesperado. Resultaba difícil distinguir la cara; daba la impresión
que oscilaba y resbalaba. Ojos grises, brillantes de terror. Boca roja
temblorosa, cuello de venas agitadas, suave cabello castaño. La cara le dirigió
una mirada patética…, y después, la chica que estaba de pie ante el lavabo se inclinó
para secarse.
Dio media
vuelta y se encaminó con paso cansado hacia la sala de estar.
Vaciló,
confusa, se dejó caer en una silla y cerró los ojos, enferma de tristeza y
cansancio.
—Rick
—murmuró—. Trata de ayudarme. He vuelto, ¿verdad? —Meneó la cabeza, perpleja—. Por favor, Rick, pensaba que todo iba bien.



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