Roberto Bolaño-Putas Asesinas
Putas
asesinas
Para Teresa Ariño
—Te vi en la televisión, Max, y me dije éste
es mi tipo. (El tipo mueve la cabeza obstinadamente, intenta resoplar, no lo
consigue). —Te vi con tu grupo. ¿Lo llamas así? Tal vez digas banda, pandilla,
pero no, yo creo que lo llamas grupo, es una palabra sencilla y tú eres un
hombre sencillo. Os habíais quitado las camisetas y todos exhibíais el torso
desnudo, pechos jóvenes, bíceps fuertes aunque no tan musculados como
quisierais, lampiños la mayoría, la verdad es que no presté mucha atención a
los pechos, a los tórax de los otros sino al tuyo, algo en ti me llamó la
atención, tu cara, tus ojos que miraban hacia el lugar en donde estaba la
cámara (probablemente sin saber que te estaban grabando y que en nuestras casas
te veíamos), unos ojos sin profundidad, distintos de los ojos que tienes ahora,
infinitamente distintos de los ojos que tendrás dentro de un rato, que miraban
la gloria y la felicidad, los deseos saciados y la victoria, esas cosas que
sólo existen en el reino del futuro y que más vale no esperar pues nunca
llegan. (El tipo mueve la cabeza de izquierda a derecha. Insiste con los
resoplidos, suda). —En realidad, verte en la televisión fue como una
invitación. Imagina por un instante que yo soy una princesa que espera. Una
princesa impaciente. Una noche te veo, te veo porque de alguna manera te he
buscado (no a ti sino al príncipe que también tú eres, y lo que representa el
príncipe). Tu grupo danza con las camisetas atadas alrededor del cuello o de la
cintura. Podría decirse también: enrolladas, que según los viejos más inútiles
significa voluta o empedrar con rollos o cantos, pero que para mí, que soy
joven e inútil, significa una prenda de vestir enrollada alrededor del cuello,
del tórax o de la cintura. Los viejos y yo vamos por caminos distintos, ya lo
puedes apreciar. Pero no nos distraigamos de lo que de verdad nos interesa.
Todos vosotros sois jóvenes, todos ofrecéis a la noche vuestros himnos,
algunos, los que encabezan las marchas, enarbolan banderas. El locutor, un
pobre diablo, se queda impresionado por el baile tribal en el que tú
participas. Lo comenta con el otro locutor. Están bailando, dice su voz de
palurdo, como si en nuestras casas, delante del televisor, no nos diéramos
cuenta. Sí, se divierten, dice el otro locutor. Otro palurdo. A ellos, en
efecto, parece divertirles vuestro baile. En realidad sólo se trata de una
conga. En la primera fila son ocho o nueve. En la segunda fila son diez. En la
tercera fila son siete u ocho. En la cuarta fila son quince. Todos unidos por
unos colores y por ir desnudos de cintura para arriba (con las camisetas atadas
o enrolladas alrededor de la cintura o en el cuello o a modo de turbante en la
cabeza) y por recorrer bailando (puede que la palabra bailar sea excesiva) la
zona en donde previamente os han encerrado. Vuestro baile es como un relámpago
en medio de la noche de primavera. El locutor, los locutores, cansados pero aún
con una chispa de entusiasmo, celebran vuestra iniciativa. Recorréis las gradas
de cemento de derecha a izquierda, llegáis a las vallas metálicas y retrocedéis
de izquierda a derecha. Los que encabezan cada fila portan una bandera, que
puede ser la de vuestros colores o la española; el resto, incluido el que
cierra la fila, agita banderas de dimensiones más reducidas o bufandas o las
camisetas de las que previamente os habéis despojado. La noche es primaveral,
pero aún hace frío, por lo que vuestro gesto adquiere finalmente la
contundencia que deseabais y que en el fondo se merece. Después las filas se
deshacen, comenzáis a entonar vuestros cantos, algunos alzáis el brazo y
saludáis a la romana. ¿Sabes cuál es ese saludo? Ciertamente lo sabes y si no
lo sabes en este momento lo intuyes. Bajo la noche de mi ciudad, tú saludas en
dirección a las cámaras de televisión y desde mi casa yo te veo y decido
ofrecerte mi saludo, contestar a tu saludo. (El tipo niega con la cabeza, los
ojos parecen llenársele de lágrimas, los hombros le tiemblan. ¿Su mirada es de
amor? ¿Su cuerpo, antes que su mente, intuye lo que inevitablemente vendrá?
Ambos fenómenos, el de las lágrimas y el de los temblores, pueden obedecer al
esfuerzo que en ese instante realiza, vano esfuerzo, o a un sincero
arrepentimiento que como una garra se prende de todos sus nervios). —Así pues,
me quito la ropa, me quito las bragas, me quito el sujetador, me ducho, me
pongo perfume, me pongo bragas limpias, me pongo un sujetador limpio, me pongo
una blusa negra, de seda, me pongo mis mejores pantalones vaqueros, me pongo
calcetines blancos, me pongo mis botas, me pongo una americana, la mejor que
tengo, y salgo al jardín, pues para salir a la calle tengo antes que atravesar
ese jardín oscuro que tanto te gustó. Todo en menos de diez minutos.
Normalmente no soy tan rápida. Digamos que ha sido tu danza la que ha acelerado
mis movimientos. Mientras yo me visto, tú danzas. En alguna dimensión distinta
a ésta. En otra dimensión y en otro tiempo, como un príncipe y una princesa,
como la llamada ígnea de los animales que se aparean en primavera, yo me visto
y tú, dentro del televisor, bailas frenéticamente, tus ojos fijos en algo que
podría ser la eternidad o la llave de la eternidad si no fuera porque tus ojos,
al mismo tiempo, son planos, están vaciados, nada dicen. (El tipo asiente
repetidas veces. Lo que antes eran gestos de negación o desesperación se
convierten en gestos de afirmación, como si de improviso lo hubiera asaltado
una idea o tuviera una nueva idea). —Finalmente, sin tiempo para mirarme en el
espejo, para comprobar el grado de perfección de mi atuendo, aunque
probablemente si hubiera tenido tiempo tampoco me habría querido ver reflejada
en el espejo (lo que tú y yo hacemos es secreto), dejo mi casa con sólo la luz
del porche encendida, me subo a la moto y atravieso las calles en donde gente
más extraña que tú y que yo se prepara para pasar un sábado divertido, un
sábado a la altura de sus expectativas, es decir, un sábado triste y que no
llegará jamás a encarnarse en lo que fue soñado, planeado con minuciosidad, un sábado
como cualquier otro, es decir, un sábado peleón y agradecido, bajito de
estatura y amable, vicioso y triste. Horribles adjetivos que no me cuadran, que
me cuesta aceptar, pero que en última instancia siempre admito como un gesto de
despedida. Y yo y mi moto atravesamos esas luces, esos preparativos cristianos,
esas expectativas sin fondo, y desembocamos en la Gran Avenida del estadio,
solitaria todavía, y nos detenemos bajo los arcos de los puentes de acceso,
pero fíjate qué curioso, presta atención, cuando nos detenemos la sensación que
siento bajo las piernas es que el mundo sigue moviéndose, como efectivamente
sucede, supongo que lo sabes, la Tierra se mueve bajo mis pies, bajo las ruedas
de mi moto, y por un instante, por una fracción de segundo, el encontrarte
carece de importancia, te puedes marchar con tus amigos, puedes ir a
emborracharte o tomar el autobús que te devolverá a tu ciudad. Pero la
sensación de abandono, como si me follara un ángel, sin penetrarme pero en
realidad penetrándome hasta las tripas, es breve, y justo mientras dudo o
mientras la analizo sorprendida se abren las rejas y la gente comienza a salir
del estadio, bandada de buitres, bandada de cuervos. (El tipo agacha la cabeza.
La alza. Sus ojos intentan componer una sonrisa. Sus músculos faciales se
contraen en uno o varios espasmos que pueden significar muchas cosas: somos el
uno para el otro, piensa en el futuro, la vida es maravillosa, no cometas una
tontería, soy inocente, arriba España). —Al principio, buscarte es un problema.
¿Serás igual, visto a cinco metros de distancia, que en la tele? Tu altura es
un problema: no sé si eres alto o de estatura mediana (bajo no eres), tu ropa
es un problema: a esa hora ya empieza a hacer frío y sobre tu torso y sobre los
torsos de tus compañeros nuevamente cuelgan camisetas e incluso chaquetas;
alguno sale con la bufanda enrollada (como una voluta) alrededor del cuello e
incluso alguno se ha cubierto media cara con la bufanda. La luna cae vertical
sobre mis pisadas en el cemento. Te busco con paciencia, aunque siento al mismo
tiempo la inquietud de la princesa que contempla el marco vacío donde debiera
refulgir la sonrisa del príncipe. Tus amigos son un problema elevado al cubo:
son una tentación. Los veo, soy vista por ellos, soy deseada, sé que me
bajarían los pantalones sin pensárselo dos veces, algunos merecen sin duda mi
compañía al menos tanto como tú, pero en el último instante siempre te soy
fiel. Por fin, apareces rodeado de bailarines de conga, entonando himnos cuyas
letras son premonitorias de nuestro encuentro, con el rostro grave, imbuido de
una importancia que sólo tú sabes sopesar, ver en su exacta dimensión; eres
alto, bastante más alto que yo, y tienes los brazos largos exactamente tal como
me los imaginé después de verte en la tele, y cuando te sonrío, cuando te digo
hola, Max, no sabes qué decir, al principio no sabes qué decir, sólo reírte, un
poco menos estentóreamente que tus camaradas, pero sólo te ríes, príncipe de la
máquina del tiempo, te ríes pero ya no caminas. (El tipo la mira, achica los
ojos, trata de serenar su respiración y en la medida en que ésta se regulariza
pareciera que piensa: inspirar, espirar, pensar, inspirar, espirar, pensar…).
—Entonces, en lugar de decirme no soy Max, intentas seguir con tu grupo y por
un momento me domina el pánico, un pánico que en la memoria se confunde más con
la risa que con el miedo. Te sigo sin saber muy bien qué haré a continuación,
pero tú y tres más se detienen y se vuelven y me consideran con sus ojos fríos,
y yo te digo Max, tenemos que hablar, y entonces tú me dices no soy Max, ése no
es mi nombre, qué pasa, te estás quedando conmigo, me confundes con alguien o
qué, y entonces yo te digo perdona, te pareces muchísimo a Max, y también te
digo que quiero hablar contigo, de qué, pues de Max, y entonces tú te sonríes y
te quedas ya definitivamente atrás, tus compañeros se van, te gritan el nombre
del bar desde donde saldréis de esta ciudad, no hay pierde, dices tú, allí nos
veremos, y tus camaradas se van haciendo cada vez más pequeños, de la misma
manera que el estadio se va haciendo cada vez más pequeño, yo conduzco la moto
con mano firme y aprieto el acelerador a fondo, la Gran Avenida a esta hora
está casi vacía, sólo la gente que vuelve del estadio, y tú detrás de mí enlazas
mi cintura, siento en mi espalda tu cuerpo que se pega como un molusco a la
roca, y el aire de la avenida, en efecto, es frío y denso como las olas que
conmueven al molusco, tú te pegas a mí, Max, con la naturalidad de quien intuye
que el mar es no sólo un elemento hostil sino un túnel del tiempo, te enrollas
a mi cintura como antes tu camiseta estaba enrollada en tu cuello, pero esta
vez la conga la baila el aire que entra como un torrente por el tubo estriado
que es la Gran Avenida, y tú te ríes o dices algo, tal vez hayas visto entre la
gente que se desliza bajo el manto de los árboles a unos amigos, tal vez sólo
estás insultando a unos desconocidos, ay, Max, tú no dices adiós ni hola ni nos
vemos, tú dices consignas más viejas que la sangre, pero ciertamente no más
viejas que la roca a la que te agarras, feliz de sentir las olas, las
corrientes submarinas de la noche, pero seguro de no ser arrastrado por ellas.
(El tipo murmura algo ininteligible. Una especie de baba le cae por la
barbilla, aunque tal vez sólo sea sudor. Su respiración, no obstante, se ha
tranquilizado). —Y así, indemnes, llegamos a mi casa en las afueras. Te sacas
el casco, te tocas los huevos, me pasas una mano por los hombros. Tu gesto
esconde una dosis insospechada de ternura y de timidez. Pero tus ojos no son
todavía lo suficientemente tiernos ni tímidos. Te gusta mi casa. Te gustan mis
cuadros. Me preguntas por las figuras que en ellos aparecen. El príncipe y la
princesa, te contesto. Parecen los Reyes Católicos, dices. Sí, en alguna
ocasión a mí también se me ha ocurrido pensarlo, unos Reyes Católicos en los
límites del reino, unos Reyes Católicos que se espían en un perpetuo
sobresalto, en un perpetuo hieratismo, pero para mí, para la que yo soy al
menos durante quince horas diarias, son un príncipe y una princesa, los novios
que atraviesan los años y que son heridos, asaeteados, los que pierden los
caballos durante la cacería e incluso los que nunca han tenido caballos y huyen
a pie, sostenidos por sus ojos, por una voluntad imbécil que algunos llaman
bondad y otros natural buen talante, como si la naturaleza pudiera ser
adjetivada, buena o mala, salvaje o doméstica, la naturaleza es la naturaleza,
Max, desengáñate, y estará siempre ahí, como un misterio irremediable, y no me refiero
a los bosques que se queman sino a las neuronas que se queman y al lado
izquierdo o al lado derecho del cerebro que se quema en un incendio de siglos y
siglos. Pero tú, ánima bendita, encuentras hermosa mi casa y encima preguntas
si estoy sola y luego te sorprendes de que me ría. ¿Crees que si no estuviera
sola te habría invitado a venir? ¿Crees que si no estuviera sola hubiera
recorrido la ciudad de una punta a la otra en mi moto, contigo a mi espalda,
como un molusco pegado a una roca mientras mi cabeza (o mi mascarón de proa) se
hunde en el tiempo en el empeño único de traerte sano y salvo a este refugio,
la roca verdadera, la que mágicamente se eleva desde sus raíces y emerge? Y de
una manera práctica: ¿crees que habría llevado un casco de repuesto, un casco
que vela tu rostro de las miradas indiscretas, si mi intención no hubiera sido
traerte aquí, a mi más pura soledad? (El tipo agacha la cabeza, asiente, sus
ojos recorren las paredes del cuarto hasta el último resquicio. Una vez más, su
transpiración vuelve a manar como un río caprichoso, ¿una falla en el tiempo?,
y las cejas se ven inundadas de gotas que penden, amenazantes, sobre sus ojos).
—Tú no sabes nada de pintura, Max, pero intuyo que sabes mucho de soledad. Te
gustan mis Reyes Católicos, te gusta la cerveza, te gusta tu patria, te gusta
el respeto, te gusta tu equipo de fútbol, te gustan tus amigos o compañeros o
camaradas, la banda o grupo o pandilla, el pelotón que te vio quedarte rezagado
hablando con una tía buena a la que no conocías, y no te gusta el desorden, no
te gustan los negros, no te gustan los maricas, no te gusta que te falten al
respeto, no te gusta que te quiten el sitio. En fin, son tantas las cosas que
no te gustan que en el fondo te pareces a mí. Nos acercamos, tú y yo, desde los
extremos del túnel, y aunque lo único que vemos son nuestras siluetas seguimos
caminando resueltamente hacia nuestro encuentro. En la mitad del túnel por fin
podrán nuestros brazos entrelazarse, y aunque allí la oscuridad es tan grande
que no podremos contemplar nuestros rostros, sé que avanzaremos sin temor y que
nos tocaremos la cara (tú lo primero que me tocarás será el culo, pero eso
también es parte de tu deseo de conocer mi rostro), palparemos nuestros ojos y
pronunciaremos acaso una o dos palabras de reconocimiento. Entonces me daré
cuenta (entonces podría darme cuenta) de que no sabes nada de pintura, pero sí
de soledad, que es casi lo mismo. Algún día nos encontraremos en el medio de
ese túnel, Max, y yo palparé tu cara, tu nariz, tus labios, que suelen expresar
mejor que nadie tu estupidez, tus ojos vaciados, los pliegues minúsculos que se
forman en tus mejillas cuando sonríes, la falsa dureza de tu rostro cuando te
pones serio, cuando cantas tus himnos, esos himnos que no comprendes, tu mentón
que a veces parece una piedra pero que más a menudo, supongo, parece una
hortaliza, ese mentón tuyo tan típico, Max (tan típico, tan arquetípico que
ahora pienso que es él quien te ha traído, quien te ha perdido). Y entonces tú
y yo podremos volver a hablar, o hablaremos por primera vez, pero hasta
entonces deberemos revolcarnos, quitarnos nuestras ropas y enrollarlas en
nuestros cuellos o en los cuellos de los muertos. Esos que viven en la voluta
inmóvil. (El tipo llora, también pareciera que intenta hablar, pero en realidad
son hipidos, espasmos provocados por el llanto los que mueven sus mejillas, sus
pómulos, el lugar donde se adivinan los labios). —Como dicen los gángsteres, no
es nada personal, Max. Por supuesto, en esa aseveración hay algo de verdad y
algo de mentira. Siempre es algo personal. Hemos llegado indemnes a través de
un túnel del tiempo porque es algo personal. Te he elegido a ti porque es algo
personal. Por descontado, nunca antes te había visto. Personalmente nunca
hiciste nada contra mí. Esto te lo digo para tu tranquilidad espiritual. Nunca
me violaste. Nunca violaste a nadie que yo conociera. Puede incluso que nunca
hayas violado a nadie. No es algo personal. Tal vez yo esté enferma. Tal vez
todo es producto de una pesadilla que no soñamos ni tú ni yo, aunque te duela,
aunque el dolor sea real y personal. Sospecho, sin embargo, que el fin no será
personal. El fin, la extinción, el gesto con el que todo esto se acaba
irremediablemente. Y aún más, personal o impersonalmente, tú y yo volveremos a
entrar en mi casa, a contemplar mis cuadros (el príncipe y la princesa), a
beber cervezas, a desnudarnos, yo volveré a sentir tus manos que recorren con
torpeza mi espalda, mi culo, mi entrepierna, buscando tal vez mi clítoris, pero
sin saber dónde se encuentra exactamente, volveré a desnudarte, a coger tu
polla con mis dos manos y a decirte que la tienes muy grande cuando en realidad
no la tienes muy grande, Max, y eso deberías haberlo sabido, y volveré a
metérmela en la boca y a chupártela como probablemente nadie te la había
chupado, y luego te desnudaré y dejaré que tú me desnudes, una de tus manos
ocupada en mis botones, la otra sosteniendo un vaso de whisky, y te miraré a
los ojos, esos ojos que vi en la televisión (y que volveré a soñar) y que
hicieron que fuera a ti a quien eligiera, y volveré a repetirme que no es nada
personal, volveré a decirte, a decirle a tu recuerdo nauseabundo y eléctrico
que no es nada personal, y aun entonces tendré mis dudas, tendré frío como
ahora tengo frío, intentaré recordar todas tus palabras, hasta las más
insignificantes, y no podré hallar en ellas consuelo. (El tipo vuelve a sacudir
la cabeza con gestos de afirmación. ¿Qué intenta decir? Imposible saberlo. Su
cuerpo, mejor dicho sus piernas, experimentan un fenómeno curioso: por momentos
un sudor tan abundante y espeso como el de la frente las cubren, sobre todo por
la cara interna, por momentos pareciera que tiene frío y la piel, desde las
ingles hasta las rodillas, adquiere una textura áspera, si no al tacto sí a la
vista). —Tus palabras, lo reconozco, han sido amables. Temo, sin embargo, que
no has pensado suficientemente bien lo que decías. Y menos aún lo que yo decía.
Escucha siempre con atención, Max, las palabras que dicen las mujeres mientras
son folladas. Si no hablan, bien, entonces no tienes nada que escuchar y
probablemente no tendrás nada que pensar, pero si hablan, aunque sólo sea un
murmullo, escucha sus palabras y piensa en ellas, piensa en su significado,
piensa en lo que dicen y en lo que no dicen, intenta comprender qué es lo que
en realidad quieren decir. Las mujeres son putas asesinas, Max, son monos
ateridos de frío que contemplan el horizonte desde un árbol enfermo, son
princesas que te buscan en la oscuridad, llorando, indagando las palabras que
nunca podrán decir. En el equívoco vivimos y planeamos nuestros ciclos de vida.
Para tus amigos, Max, en ese estadio que ahora se comprime en tu memoria como
el símbolo de la pesadilla, yo sólo fui una buscona extraña, un estadio dentro
del estadio, al que algunos llegan después de bailar una conga con la camiseta
enrollada en la cintura o en el cuello. Para ti yo fui una princesa en la Gran
Avenida fragmentada ahora por el viento y el miedo (de tal modo que la avenida
en tu cabeza ahora es el túnel del tiempo), el trofeo particular después de una
noche mágica colectiva. Para la policía seré una página en blanco. Nadie
comprenderá jamás mis palabras de amor. Tú, Max, ¿recuerdas algo de lo que dije
mientras me la metías? (El tipo mueve la cabeza, la señal es claramente
afirmativa, sus ojos húmedos dicen que sí, sus hombros tensos, su vientre, sus
piernas que no dejan de moverse mientras ella no lo mira, tratando de
desatarse, su yugular que palpita). —¿Recuerdas que dije el viento? ¿Recuerdas
que dije las calles subterráneas? ¿Recuerdas que dije tú eres la fotografía?
No, en realidad no lo recuerdas. Tú bebías demasiado y estabas demasiado
ocupado con mis tetas y con mi culo. Y no entendiste nada, de lo contrario
habrías salido corriendo a la primera oportunidad. Eso ahora te gustaría,
¿verdad, Max? Tu imagen, tu otro yo corriendo por el jardín de mi casa,
saltando la verja, alejándote calle arriba a grandes zancadas, como un atleta
de mil quinientos metros, a medio vestir aún, tarareando alguno de tus himnos
para infundirte valor, y luego, tras veinte minutos de carrera, exhausto, en el
bar donde te esperan los miembros de tu grupo o banda o peña o brigada o
pandilla o como se llame, llegar y beber una jarra de cerveza, decir chavales
no tenéis idea de lo que me ha ocurrido, han intentado matarme, una jodida puta
del extrarradio de la ciudad, de las afueras de la ciudad y del tiempo, una
puta del más allá que me vio en la tele (¡salimos en la tele!) y que me llevó
en su moto y que me la chupó y que me ofreció su culo y que me dijo palabras
que al principio me sonaron misteriosas pero que luego entendí, o mejor dicho
sentí, una puta que me dijo palabras que sentí con el hígado y con los huevos y
que al principio me parecieron inocentes o cachondas o producto de mi lanza que
le llegaba hasta las entrañas, pero que luego ya no me parecieron tan
inocentes, chavales, os lo voy a explicar, ella no paraba de murmurar o
susurrar mientras la cabalgaba, ¿normal, no?, pero no era normal, no tenía nada
de normal, una puta que susurra mientras se la follan, y entonces yo escuché lo
que decía, chavales, camaradas, escuché sus putas palabras que se abrían paso
como una barca en un mar de testosterona, y entonces fue como si ese mar de
testosterona, ese mar de semen se estremeciera ante una voz sobrenatural, y el
mar se encogió, se replegó en sí mismo, el mar desapareció, chavales, y todo el
océano se quedó sin mar, toda la costa sin mar, sólo piedras y montañas,
precipicios, cordilleras, fosas oscuras y húmedas de miedo, y sobre esa nada la
barca siguió navegando y yo la vi con mis dos ojos, con mis tres ojos, y dije
no pasa nada, no pasa nada, cariño, cagado de miedo, fosilizado de miedo, y
luego me levanté intentando que no se me notara, que no se me notara el
cangueli, y dije que iba al baño a desaguar el canario, a jiñar un ratito, y
ella me miró como si hubiera recitado a John Donne, chavales, como si hubiera
recitado a Ovidio, y yo retrocedí sin dejar de mirarla, sin dejar de mirar la
barca que avanzaba inconmovible por un mar de nada y de electricidad, como si
el planeta Tierra estuviera naciendo otra vez y sólo yo estuviera allí para dar
fe del nacimiento, ¿pero dar fe a quién, chavales?, a las estrellas, supongo, y
cuando me vi en el pasillo fuera del alcance de su mirada, de su deseo, en vez
de abrir la puerta del baño me deslicé hasta la puerta de la calle y atravesé
el jardín rezando y salté la tapia y me puse a correr calle arriba como el
último atleta de Maratón, el que no trae noticias de victoria sino de derrota,
el que no es escuchado ni celebrado ni nadie le tiende un cuenco de agua, pero
que llega vivo, chavales, y que además comprende la lección: en ese castillo no
entraré, esa senda no la recorreré, esas tierras no atravesaré. Aunque me
señalen con el dedo. Aunque todo esté en mi contra. (El tipo mueve la cabeza
afirmativamente. Está claro que quiere dar a entender su conformidad. El
rostro, debido al esfuerzo, se le enrojece notablemente, las venas se hinchan,
los ojos se le desorbitan). —Pero tú no escuchaste mis palabras, no supiste
discernir de mis gemidos aquellas palabras, las últimas, que acaso te hubieran
salvado. Te escogí bien. La televisión no miente, ésa es su única virtud (ésa y
las viejas películas que dan de madrugada), y tu rostro, junto a la valla
metálica, después de la conga aplaudida unánimemente, me anticipaba (me
apresuraba) el desenlace inevitable. Te he traído en mi moto, te he desnudado,
te he dejado inconsciente, te he atado de manos y de pies a una vieja silla, te
he puesto un esparadrapo en la boca no porque tema que tus gritos alerten a
nadie sino porque no deseo escuchar tus palabras de súplica, tus lamentables
balbuceos de perdón, tu débil garantía de que tú no eres así, de que todo era
un juego, de que estoy equivocada. Posiblemente estoy equivocada. Posiblemente
todo sea un juego. Posiblemente tú no seas así. Pero es que nadie es así, Max.
Yo tampoco era así. Por supuesto, no te voy a hablar de mi dolor, un dolor que
tú no has provocado, al contrario, tú has provocado un orgasmo. Has sido el
príncipe perdido que ha provocado un orgasmo, puedes sentirte satisfecho. Y yo
te di la oportunidad de escapar, pero tú fuiste también el príncipe sordo.
Ahora ya es tarde, está amaneciendo, debes de tener las piernas entumecidas,
acalambradas, tus muñecas están hinchadas, no deberías haberte movido tanto,
cuando empezamos te lo advertí, Max, esto es inevitable. Acéptalo de la mejor
manera que puedas. Ahora no es hora de llorar ni de recordar congas, amenazas,
palizas, es hora de mirar dentro de ti y tratar de comprender que a veces uno
se marcha inesperadamente. Estás desnudo en mi cámara de los horrores, Max, y
tus ojos siguen el movimiento pendular de mi navaja, como si ésta fuera un
reloj o el cuco de un reloj de pared. Cierra los ojos, Max, no hace falta que
sigas mirando, cierra los ojos y piensa con todas tus fuerzas en algo bonito…
(El tipo en vez de cerrar los ojos los abre con desesperación y todos sus
músculos se disparan en un último esfuerzo: su impulso es tan violento que la
silla a la que está fuertemente atado cae con él al suelo. Se golpea la cabeza
y la cadera, pierde el control del esfínter y no retiene la orina, sufre
espasmos, el polvo y la suciedad de las baldosas se adhieren a su cuerpo
mojado). —No te voy a levantar, Max, estás bien así. Mantén los ojos abiertos o
ciérralos, es igual, piensa en algo bonito o no pienses en nada. Está
amaneciendo pero para el caso lo mismo daría que estuviera anocheciendo. Tú
eres el príncipe y llegas en la mejor hora. Eres bienvenido no importa cómo
vengas ni de dónde vengas, si te ha traído una moto o has llegado por tu propio
pie, si sabes lo que te aguarda o lo ignoras, si apareciste mediante engaños o
a sabiendas de que te enfrentabas con tu destino. Tu rostro, que hasta hace
poco sólo era capaz de expresar estupidez o rabia u odio, ahora se recompone y
sabe expresar aquello que sólo es posible adivinar en el interior de un túnel,
en donde confluyen y se mezclan el tiempo físico y el tiempo verbal. Avanzas
resuelto por los pasillos de mi palacio deteniéndote apenas los segundos
necesarios para contemplar las pinturas de los Reyes Católicos, para beber un
vaso de agua cristalina, para tocar con la yema de los dedos el azogue de los
espejos. El castillo está silencioso sólo en apariencia, Max. Por momentos
crees que estás solo, pero en el fondo sabes que no estás solo. Dejas atrás tu
mano levantada, tu torso desnudo, tu camiseta enrollada alrededor de la
cintura, tus himnos guerreros que evocan la pureza y el futuro. Este castillo
es tu montaña, que tendrás que escalar y conocer con todas tus fuerzas pues
después ya no habrá nada, la montaña y su ascensión te costarán el precio más
alto que tú puedas pagar. Piensa ahora en lo que dejas, en lo que pudiste
dejar, en lo que debiste dejar y piensa también en el azar, que es el mayor
criminal que jamás pisó la Tierra. Despójate del miedo y del arrepentimiento,
Max, pues ya estás dentro del castillo y aquí sólo existe el movimiento que
ineluctablemente te llevará a mis brazos. Ahora estás en el castillo y oyes sin
volverte las puertas que se cierran. Avanzas en medio del sueño por pasillos y
salas de piedra desnuda. ¿Qué armas llevas, Max? Sólo tu soledad. Sabes que en
algún lugar te estoy esperando. Sabes que yo también estoy desnuda. Por
momentos sientes mis lágrimas, ves el fluir de mis lágrimas por la piedra
oscura y crees que ya me has encontrado, pero la habitación está vacía y eso te
desconsuela y al mismo tiempo te enardece. Sigue subiendo, Max. La siguiente
habitación está sucia y no parece la de un castillo. Hay un viejo televisor que
no funciona y un catre con dos colchones. Alguien llora en alguna parte. Ves
dibujos infantiles, ropa vieja cubierta de moho, sangre seca y polvo. Abres
otra puerta. Llamas a alguien. Le dices que no llore. Sobre el polvo del
pasillo van quedando tus pisadas. Por momentos crees que las lágrimas gotean
del techo. No tiene importancia. Para el caso lo mismo daría que brotaran de la
punta de tu polla. Por momentos todas las habitaciones parecen la misma
habitación estragada por el tiempo. Si miras el techo creerás ver una estrella
o un cometa o un reloj de cuco surcando el espacio que dista de los labios del
príncipe a los labios de la princesa. Por momentos todo vuelve a ser como
siempre. El castillo es oscuro, enorme, frío, y tú estás solo. Pero sabes que
hay otra persona escondida en alguna parte, sientes sus lágrimas, sientes su
desnudez. En sus brazos te aguarda la paz, el calor, y en esa esperanza
avanzas, sorteas cajas llenas de recuerdos que nadie volverá a mirar, maletas
con ropa vieja que alguien olvidó o no quiso tirar a la basura, y de vez en
cuando la llamas, a tu princesa, ¿dónde estás?, dices con el cuerpo aterido de
frío, haciendo castañetear los dientes, justo en medio del túnel, sonriendo en
la oscuridad, tal vez por primera vez sin miedo, sin ánimo de provocar miedo,
animoso, exultante, lleno de vida, tanteando en la oscuridad, abriendo puertas,
cruzando pasillos que te acercan a las lágrimas, en la oscuridad, guiándote
únicamente por la necesidad que tu cuerpo tiene de otro cuerpo, cayendo y
levantándote, y por fin llegas a la cámara central, y por fin me ves y gritas.
Yo estoy quieta y no sé de qué naturaleza es tu grito. Sólo sé que por fin nos
hemos encontrado, y que tú eres el príncipe vehemente y yo soy la princesa
inclemente.
1996-1997



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