Jean Paul Sartre-La Camara

 


Jean Paul Sartre-La cámara

 

 

La señora Darbedat tenía una

“rahat-loukum” entre los dedos. Lo aproximó a sus labios con

precaución y retuvo la respiración por temor de que se volase con

su aliento el fino polvo de azúcar con que estaba salpicado: “Es de

rosa”, se dijo. Mordió bruscamente en esa carne vidriosa y un

perfume corrompido le llenó la boca. “Es curioso cómo afina las

sensaciones la enfermedad.” Se puso a pensar en las mezquitas, en

los orientales obsequiosos (había estado en Argel durante su viaje

de bodas) y sus labios pálidos esbozaron una sonrisa: el “rahatloukum”

también era obsequioso.

Tuvo que pasar varias veces la palma de la mano sobre las

páginas de su libro, porque, pese a su precaución, se habían

recubierto de una delgada capa de polvo blanco. Sus manos hacían

rodar, deslizarse, rechinar los granitos de azúcar sobre el liso papel:

“Esto me recuerda a Arcachon cuando leía en la playa”. Había

pasado el verano de 1907 al borde del mar. Llevaba entonces un

gran sombrero de paja con una cinta verde, se instalaba muy cerca

de la escollera, con una novela de Gyp o de Colette Yver. El viento

hacía llover sobre sus rodillas turbiones de arena, y ella sacudía de

vez en cuando el libro sosteniéndolo de las puntas. Era exactamente

la misma sensación: sólo que los granos de arena eran secos,

mientras que estos granitos de azúcar se pegaban un poco al borde

de sus dedos. Volvió a ver una banda de cielo gris perla por encima

de un mar negro. “Eva no había nacido todavía.” Se sentía pesada

de recuerdos y preciosa como un cofre de sándalo. El nombre de la

novela que leía entonces le volvió de pronto a la memoria: Se

llamaba “La pequeña señora”; no era aburrida. Pero desde que un

mal desconocido la retenía en su habitación, la señora Darbedat

prefería las memorias y las obras históricas. Deseaba que el

sufrimiento, las lecturas graves, una atención vigilante y vuelta hacia

sus recuerdos, hacia sus sensaciones más exquisitas, la madurasen

como a un bello fruto de invernáculo.

Pensó, con algo de enervamiento, que bien pronto su marido iba

a llamar a la puerta. Los demás días de la semana venía sólo por la

noche, le besaba en silencio la frente y leía Le Temps en el sillón,

frente a ella. Pero el jueves era “el día” del señor Darbedat: iba a

pasar una hora a casa de su hija, generalmente de tres a cuatro.

Antes de salir entraba a la habitación de su mujer y los dos

conversaban, con amargura, de su yerno. Estas conversaciones de

los jueves, previsibles hasta en sus menores detalles extenuaban a

la señora Darbedat. El señor Darbedat llenaba la tranquila

habitación con su presencia. No se sentaba, caminaba de un lado a

otro girando sobre sí mismo. Cada uno de estos movimientos hería

a la señora Darbedat como la rotura de un vidrio. Este jueves era

aún peor que de costumbre; al pensamiento de que, en seguida,

tendría que repetir a su marido la confesión de Eva y ver su cuerpo

grande y aterrorizado saltar de furor, la señora Darbedat

experimentaba sudores. Tomó un “loukum” del platillo, lo miró un

momento dudando, luego lo volvió a dejar tristemente: no le

agradaba que su marido la viera comer “loukums”.

Se sobresaltó al oír que llamaban.

—Adelante —dijo con voz débil.

El señor Darbedat entró en puntas de pie.

—Voy a ver a Eva —dijo como todos los jueves.

La señora Darbedat le sonrió.

—Bésala en mi nombre.

El señor Darbedat no respondió y arrugó la frente con aire

preocupado: todos los jueves a la misma hora una sorda irritación se

mezclaba en él a la pesadez de la digestión.

—Al salir de su casa pasaré a ver a Franchot; querría que le

hablara seriamente y que tratara de convencerla.

Hacía frecuentes visitas al doctor Franchot. Pero en vano. La

señora Darbedat alzó las cejas. Antes, cuando estaba bien de salud,

se encogía a menudo de hombros. Pero, desde que la enfermedad

había entorpecido su cuerpo, reemplazaba los gestos, que la

hubieran fatigado mucho, con juegos de fisonomía: decía que sí con

los ojos, que no con los extremos de la boca, levantaba las cejas en

lugar de los hombros.

—Sería necesario poder quitárselo a la fuerza.

—Ya te he dicho que es imposible. Por lo demás la ley está muy

mal hecha. Franchot me decía el otro día que tienen disgustos

inimaginables con las familias: gente que no se decide, que quiere

conservar el enfermo con ellos; los médicos, tienen las manos

atadas, pueden dar su opinión: eso es todo. Se necesitaría —agregó

— que diera él un escándalo público, o si no que ella misma pidiera

que lo internaran.

—Y eso —dijo la señora Darbedat— no será mañana.

—No.

Él se dio vuelta hacia el espejo y hundiendo sus dedos en la

barba se puso a peinársela.

La señora Darbedat miraba sin cariño la nuca roja y fuerte de su

marido.

—Si ella continúa así —dijo el señor Darbedat— se volverá más

maniática que él, eso es espantosamente malsano. No lo deja ni un

paso, no sale nunca sino para venir a verte, no recibe a nadie. La

atmósfera de su aposento es simplemente irrespirable. No abre

nunca la ventana porque Pedro no quiere. Como si se debiera

consultar a un enfermo. Queman perfumes, creo, una porquería en

una cazoleta, uno se cree en la iglesia. De veras, a veces me

pregunto… ella tiene ojos extraños, ¿sabes?

—No lo he notado —dijo la señora Darbedat—. Le encuentro el

aire natural. Aire triste, evidentemente.

—Tiene cara de desenterrada. ¿Duerme? ¿Come? Es inútil

interrogarla sobre estos asuntos. Pero pienso que con un hastial

como Pedro a su lado no debe pegar los ojos en toda la noche. Se

encogió de hombros. Lo que encuentro fabuloso es que nosotros,

sus padres, no tengamos el derecho de protegerla contra sí misma.

Advierte bien que Pedro estaría mejor cuidado con Franchot. Y

luego, pienso —agregó sonriendo un poco— que se entendería

mejor con gente de su especie. Esos seres son como los niños, es

necesario dejarlos entre ellos; forman una especie de

francmasonería. Ahí es donde lo debieran haber puesto desde el

primer día: por él mismo. En su interés, bien entendido.

Agregó al cabo de un momento:

—Te diré que no me agrada saberla sola con Pedro, sobre todo

por la noche. Imagina que pasa cualquier cosa. Pedro tiene un aire

terriblemente solapado.

—No sé —dijo la señora Darbedat— si es cuestión de

inquietarse por eso, teniendo en cuenta que es un aire que ha tenido

siempre. Daba la impresión de burlarse de todo el mundo. Pobre

muchacho —continuó suspirando— haber tenido ese orgullo y haber

venido a parar en eso. Se creía más inteligente que todos nosotros.

Tenía una manera de decir: “Ustedes tienen razón” para terminar las

discusiones… Para él es una bendición que no pueda darse cuenta

de su estado.

Evocó con disgusto ese largo rostro irónico, siempre un poco

inclinado de costado. Durante el primer tiempo del matrimonio de

Eva, la señora Darbedat no hubiera querido nada mejor que tener

algo de intimidad con su yerno. Pero él había desalentado sus

esfuerzos: casi no hablaba, aprobaba siempre con precipitación, con

aire ausente.

El señor Darbedat proseguía con su idea:

—Franchot —dijo— me hizo visitar su instalación, es soberbia.

Los enfermos tienen habitaciones particulares con sillones de cuero,

y sofás-camas. Hay cancha de tennis, ¿sabes?, y van a construir

una piscina.

Se había colocado frente a la ventana y miraba a través del

vidrio, penduleando un poco sobre sus piernas arqueadas. Giró de

pronto sobre sus talones, los hombros bajos, las manos en los

bolsillos, con agilidad. La señora Darbedat sintió que iba a ponerse

a transpirar: siempre era la misma cosa; ahora iba a marchar de

largo a largo como un oso en la jaula, y a cada paso crujirían sus

zapatos.

—Amigo mío —dijo— te lo suplico, siéntate, me fatigas. —

Agregó dudando—: Tengo algo grave que decirte.

El señor Darbedat se sentó en la butaca y colocó las manos

sobre las rodillas; un ligero estremecimiento recorrió la espina dorsal

de la señora Darbedat: había llegado el momento, era necesario que

hablara.

—Sabes —dijo con tono embarazado— que el martes vi a Eva.

—Sí.

—Hemos charlado sobre un montón de cosas, estaba muy

amable, hacía mucho que no la había visto tan confiada. Entonces

la interrogué un poco, le hice hablar de Pedro Pues bien, supe —

agregó con tono nuevamente embarazado— que tiene mucho de

común con él.

—Maldición, lo sé bien —dijo el señor Darbedat.

Su marido irritaba un poco a la señora Darbedat; siempre era

necesario explicarle minuciosamente las cosas, poniendo los puntos

sobre las íes. La señora Darbedat soñaba vivir en relación con

personas finas y sensibles que comprendiesen todo a medias

palabras.

—Pero quiero decir —continuó— que tiene más de lo que

nosotros imaginábamos.

El señor Darbedat giró los ojos furiosos e inquieto como siempre

que no comprendía muy bien el sentido de una alusión o de una

noticia:

—¿Qué quieres decir con eso?

—Carlos —dijo la señora Darbedat— no me fatigues más.

Debías comprender que a una madre puede costarle decir algunas

cosas.

—No comprendo ni una palabra de todo lo que me cuentas —

dijo el señor Darbedat con irritación—. En cualquier forma, ¿no

quieres decir?…

—Pues bueno ¡sí! —dijo ella.

—¿Son todavía… todavía ahora?

—¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! —dijo ella molesta, con tres golpecitos secos.

El señor Darbedat separó el brazo, bajó la cabeza y calló.

—Carlos —dijo su mujer inquieta—, no hubiera debido decírtelo.

Pero no podía guardar esto para mí sola.

—¡Nuestra hija! —dijo con voz lenta—. ¡Con ese loco! Ni siquiera

la conoce, la llama Ágata. Es necesario que haya perdido la

conciencia.

Levantó la cabeza y miró a su mujer con severidad.

—¿Estás segura de haber comprendido bien?

—No había duda posible. Yo soy como tú —agregó vivamente—

no podía creerlo y por lo demás no la comprendo. Yo, nada más que

a la idea de que me toque ese pobre desdichado… En fin —suspiró

—, supongo que la tiene sujeta por ahí.

—¡Ay! —dijo el señor Darbedat—. ¿Te acuerdas de lo que te dije

cuando vino a pedirnos su mano? Te dije: “Creo que le gusta

demasiado a Eva”. No quisiste creerme.

Golpeó de pronto sobre la mesa y enrojeció violentamente:

—¡Es una perversidad! ¡La toma en los brazos y la besa

llamándola Ágata, y contándole tonterías sobre las estatuas que

vuelan y no sé qué más! ¡Y ella se deja! Pero ¿qué es lo que hay

entre ellos? Que lo compadezca con todo el corazón, que lo ponga

en una casa de reposo donde pueda verlo todos los días, desde

temprano. Pero nunca hubiera pensado… La consideraba viuda.

Escucha Juana —dijo con voz grave— voy a hablarte francamente;

bien, ¡si tiene temperamento, preferiría que buscara un amante!

—¡Carlos, cállate! —exclamó la señora Darbedat.

El señor Darbedat tomó con aire cansado el sombrero y el

bastón que había dejado al entrar sobre una mesita.

—Después de lo que acabas de decirme —concluyó— no me

quedan muchas esperanzas. En fin, en cualquier forma le hablaré,

porque es mi deber.

La señora Darbedat tenía prisa porque se fuera.

—Sabes —dijo para animarlo— creo que pese a todo en Eva hay

más empecinamiento que… otra cosa. Sabe que es incurable pero

se obstina, no quiere desmentirse.

El señor Darbedat se acariciaba soñadoramente la barba.

—¿Empecinamiento?… Sí, quizá. Y bien, tienes razón, terminará

por cansarse. No es muy tratable todos los días y además no tiene

conversación. Cuando le digo buenos días me tiende una mano floja

y no habla. Pienso que en cuanto quedan solos vuelve a sus ideas

fijas; ella me ha dicho que llega a gritar como si lo degollaran,

porque tiene alucinaciones. Las estatuas. Le dan miedo porque

zumban. Dice que vuelan a su alrededor y que le clavan ojos

blancos.

Se puso los guantes; continuó.

—Ella se cansará, no digo que no. Pero ¿si se trastorna antes?

Querría que saliera un poco, que viera gente: encontraría algún

muchacho agradable, sabes, un tipo como Schröder, que es

ingeniero en el Simplón, alguien de porvenir; le vería un poco aquí,

otro poco allá, y se habituaría lentamente a la idea de rehacer su

vida.

La señora Darbedat no respondió por temor de hacer renacer la

conversación. Su marido se inclinó sobre ella.

—Vamos —dijo— es necesario que me vaya.

—Adiós papá —dijo la señora Darbedat tendiéndole la frente—.

Bésala y dile de mi parte que es mi pobrecita…

Cuando partió su marido, la señora Darbedat se dejó deslizar

hasta el fondo del sillón y cerró los ojos, agotada. “Qué vitalidad”,

pensó con reproche. Cuando recobró un poco de fuerza estiró

dulcemente su pálida mano y tomó a tientas y sin abrir los ojos un

“loukum” del platito.

Eva vivía con su marido en el quinto piso de un viejo inmueble de

la calle Bac. El señor Darbedat subió ágilmente los ciento doce

escalones de la escalera. Cuando tocó el botón del timbre ni

siquiera estaba sofocado. Recordó con satisfacción las palabras de

la señorita Dormoy. Para su edad, Carlos, usted está simplemente

maravilloso. Nunca se sentía más fuerte ni más sano que el jueves,

después de estas rápidas subidas.

Fue Eva quien abrió: “Es verdad, no tiene sirvienta. Las

muchachas no pueden quedarse en su casa: me pongo en su lugar”.

La besó: “Buenos días, pobrecita mía…”

Eva le dijo buenos días con cierta frialdad.

—Estás un poco paliducha —dijo el señor Darbedat tocándole la

mejilla— no haces bastante ejercicio.

Hubo un silencio.

—¿Está bien mamá? —preguntó Eva.

—Más o menos. ¿La viste el martes? Bueno, está como siempre.

Tu tía Luisa fue a verla ayer, eso la distrajo. Le agrada recibir visitas,

pero que no se queden mucho tiempo. Tu tía Luisa ha venido a

París con los niños por ese asunto de la hipoteca. Creo que te ha

hablado de eso, es una fea historia. Pasó por mi escritorio para

pedirme consejo. Le dije que no había dos partidos que tomar: es

necesario que venda. Por lo demás ha encontrado comprador, es

Bretonnel. ¿Te acuerdas de Bretonnel? Actualmente se ha retirado

de los negocios.

Se detuvo bruscamente: Eva le escuchaba apenas. Pensó con

tristeza que no se interesaba más en nada. “Es como con los libros.

Antes había que arrancárselos. Ahora ni siquiera lee.”

—¿Cómo está Pedro?

—Bien —dijo Eva— ¿quieres verlo?

—Naturalmente —dijo el señor Darbedat con alegría— voy a

hacerle una pequeña visita.

Estaba lleno de compasión por ese desventurado muchacho

pero no podía verlo sin repugnancia. “Tengo horror a los seres

enfermos.” “Evidentemente no era culpa de Pedro; tenía una

herencia terriblemente pesada.” El señor Darbedat suspiró: “Hubiera

sido bueno tomar precauciones, estas cosas se saben siempre

demasiado tarde.” No, Pedro no era responsable. Pero, de cualquier

modo, había llevado siempre esa tara en él, formaba el fondo de su

carácter; no era como un cáncer o una tuberculosis de los que se

puede hacer abstracción cuando se quiere juzgar a un hombre tal

cual es en sí mismo. Esa gracia nerviosa y esa sutileza que tanto

habían agradado a Eva cuando le hacía la corte, eran flores de

locura. “Estaba ya loco cuando se casó con ella; sólo que no se

advertía. Uno se pregunta, pensó el señor Darbedat, dónde

comienza la responsabilidad o mejor aún dónde termina. Se

analizaba siempre mucho, estaba todo el tiempo inclinado sobre sí

mismo. ¿Pero esto era la causa o era el efecto de su mal?” Siguió a

su hija a través de un largo corredor sombrío.

—Este departamento es demasiado grande para ustedes —dijo

— deberían mudarse.

—Me dices eso todas las veces, papá —respondió Eva— pero

ya te he contestado que Pedro no quiere dejar su aposento.

Eva era asombrosa; era como para preguntarse si se daba

cuenta exacta del estado de su marido. Estaba loco de atar y ella

respetaba sus decisiones y sus opiniones como si hubiera estado en

su sano juicio.

—Te lo digo por ti —respondió el señor Darbedat ligeramente

irritado—. Me parece que si fuera mujer tendría miedo en estas

viejas piezas mal iluminadas. Desearía para ti un departamento

luminoso, como se han construido estos últimos años hacia Auteuil,

tres piecitas bien aireadas. Han bajado el precio de los alquileres

porque no encuentran inquilinos, sería el momento.

Eva torció suavemente el picaporte de la puerta y entraron en el

aposento. Un pesado olor a incienso se prendió a la garganta del

señor Darbedat. Las cortinas estaban corridas. Distinguió en la

penumbra una delgada nuca por encima del respaldo del sillón:

Pedro le volvía la espalda: comía.

—Buen día, Pedro —dijo el señor Darbedat levantando la voz—.

Y bien, ¿cómo vamos hoy?

El señor Darbedat se aproximó; el enfermo estaba sentado ante

una mesita; tenía un aire socarrón.

—Comemos huevos pasados por agua —dijo el señor Darbedat

levantando aún más el tono—. ¡Eso es bueno, eh!

—No soy sordo —dijo Pedro con voz suave.

 

 

Irritado el señor Darbedat volvió los ojos hacia Eva para tomarla

por testigo. Pero Eva le devolvió una mirada dura y se calló. El

señor Darbedat comprendió que la había herido. “Bueno, peor para

ella.” Era imposible encontrar el tono justo con este desventurado

muchacho: tenía menos razón que un niño de cuatro años y Eva

quería que se le tratara como a un hombre. El señor Darbedat no

podía dejar de esperar con impaciencia el momento en que todos

estos cuidados ridículos estuvieran fuera de lugar. Los enfermos le

molestaban siempre algo —y muy particularmente los locos porque

eran irracionales. El pobre Pedro, por ejemplo, era irracional en toda

la línea, no podía decir palabra sin desvariar y no obstante hubiera

sido inútil pedirle la menor humildad; ni aún un pasajero

reconocimiento de sus errores.

Eva levantó las cáscaras de huevo y la huevera. Puso ante

Pedro un cubierto con tenedor y cuchillo.

—¿Qué va a comer ahora? —dijo jovialmente Darbedat.

—Un bife.

Pedro había tomado el tenedor y lo sostenía con la punta de sus

largos dedos pálidos. Lo inspeccionó detenidamente, luego rió

ligeramente.

No será para esta vez —murmuró dejándolo—. Estaba

prevenido.

Eva se aproximó y miró el tenedor con apasionado interés.

—Ágata —dijo Pedro— dame otro.

Obedeció Eva y Pedro se puso a comer. Ella había tomado el

tenedor sospechoso y lo mantenía apretado entre sus manos sin

sacarle los ojos de encima: parecía hacer un violento esfuerzo. “Qué

trastornados son todos sus gestos y todas sus relaciones”, pensó el

señor Darbedat.

Estaba incomodo.

—Atención —dijo Pedro— tómalo por la mitad del lomo, a causa

de las pinzas.

Eva suspiró y dejó el tenedor sobre los restos de la comida. El

señor Darbedat sintió que se irritaba. No creía que fuera bueno

ceder a todas las fantasías de ese desdichado —aún desde el punto

de vista de Pedro, era pernicioso. Franchot le había dicho

claramente: “Nunca se debe entrar en el delirio de un enfermo”. En

lugar de darle otro tenedor, hubiera sido mejor razonar dulcemente y

hacerle comprender que era igual a los otros. Se adelantó hacia las

sobras, tomó ostensiblemente el tenedor y le recorrió los dientes con

dedo ligero. Luego se volvió hacia Pedro. Pero éste cortaba la carne

con aire apacible; levantó hacia su suegro una mirada dulce e

inexpresiva.

—Querría charlar un rato contigo —dijo el señor Darbedat a Eva.

Eva le siguió dócilmente al salón. Al sentarse en el canapé, el

señor Darbedat notó que había conservado el tenedor en la mano.

Lo arrojó con fastidio sobre una consola.

—Se está mejor aquí —dijo.

—Yo no vengo nunca.

—¿Puedo fumar?

—Claro que sí, papá —dijo Eva apresuradamente—. ¿Quieres

un cigarro?

El señor Darbedat prefirió hacer un cigarrillo. Pensaba sin temor

en la discusión que iba a entablar. Cuando hablaba con Pedro se

sentía embarazado por su razón como pudiera estarlo un gigante

por su fuerza al jugar con un niño. Todas sus condiciones de

claridad, nitidez, precisión se volvían contra él. “Es necesario

confesar que con mi pobre Juana es un poco la misma cosa.”

Ciertamente la señora Darbedat no estaba loca, pero la enfermedad

la había… amodorrado. Por el contrario Eva se parecía a su padre,

era una naturaleza recta y lógica; la discusión con ella se volvió un

placer. “Por eso no quiero que me la estro peen.” El señor Darbedat

levanto los ojos; quena volver a ver los rasgos inteligentes y finos de

su hija. Se sintió defraudado: en ese rostro antes tan razonable y

transparente había ahora algo de turbio, de opaco. Eva seguía

siendo bellísima. El señor Darbedat notó que se había pintado con

mucho cuidado, casi con ostentación. Había azulado sus párpados y

pasado rimmel por sus largas pestañas. Este “maquillaje” perfecto y

violento produjo una penosa impresión en su padre.

—Estás verde bajo tu pintura —le dijo— tengo miedo de que te

enfermes. ¡Y cómo te pintas ahora! ¡Tú, que eras tan discreta!

Eva no contestó y Darbedat consideró un instante con molestia

ese rostro brillante y gastado bajo la pesada masa de los cabellos

negros. Pensó que presentaba el aspecto de una trágica. “Hasta sé

a quien se parece. A esa mujer, esa rumana que representó Fedra

en francés en el teatro de Orange.” Lamentó haber hecho esa

observación desagradable: “¡Se me escapó! Mas vale no

indisponernos por pequeñeces”.

—Discúlpame —dijo sonriendo—, sabes que soy un viejo

sencillo. No me gustan todas esas pomadas que las mujeres de hoy

se ponen en la cara. Pero soy yo el equivocado, es necesario vivir

con la época.

Eva le sonrió amablemente. El señor Darbedat encendió su

cigarrillo y aspiró algunas bocanadas.

—Mi chiquita —comenzó— quería justamente decirte: vamos a

charlar los dos como antes. Vamos, siéntate y escuchame con

amabilidad; hay que tener confianza en el viejo papá.

—Prefiero estar de pie —dijo Eva—. ¿Qué quieres decirme?

—Voy a hacerte una pregunta —dijo el señor Darbedat algo más

secamente—: ¿A que te llevará todo esto?

—¿Todo esto? —repitió Eva asombrada.

—Bueno, sí, todo, toda esta vida que tú te has hecho. Escucha

—prosiguió— no creas que no te comprendo (había tenido una

súbita idea). Pero lo que quieres hacer está por encima de las

fuerzas humanas. Quieres vivir únicamente con la imaginación, ¿no

es así? ¿No quieres admitir que está enfermo? ¿No quieres ver al

Pedro de hoy? ¿No es así? Sólo tienes ojos para el Pedro de ayer.

Mi queridita, mi chiquita, es una apuesta imposible de mantener —

continuó el señor Darbedat—. Mira, te voy a contar una historia que

quizá todavía no conoces: cuando estuvimos en Sables-D’Olonne,

tenías entonces tres años, tu madre hizo relación con una joven

encantadora que tenía un niñito soberbio. Jugabas con el niñito en

la playa, no tenían tres palmos de alto, tú eras su novia. Un tiempo

más tarde, en París, quiso tu madre volver a ver a la joven; le dijeron

que había sufrido una espantosa desgracia, su hermoso niño había

sido decapitado por un automóvil. Le dijeron a tu madre: “Vaya a

verla, pero ante todo no le hable de la muerte de su niño, no quiere

creer que está muerto”. Tu madre fue allí, encontró una criatura

medio trastornada: vivía como si su pequeño existiera todavía; le

hablaba, le ponía cubierto en la mesa. Pues bien, vivió en tal estado

de tensión nerviosa que al cabo de seis meses fue necesario llevarla

por fuerza a una casa de reposo en donde debió permanecer tres

años. No, mi chiquita —dijo el señor Darbedat sacudiendo la cabeza

— esas cosas son imposibles. Hubiera sido mejor que ella

reconociera valientemente la verdad. Hubiera sufrido de una buena

vez y después el tiempo hubiera pasado su esponja. Créeme, no

hay nada como mirar las cosas de frente.

—Te engañas —dijo Eva con esfuerzo— sé muy bien que Pedro

está…

La palabra no le salió. Se mantenía muy derecha con las manos

sobre el respaldo de un sillón. Había algo de árido y de feo en la

parte inferior de su rostro.

—Pues bien… ¿entonces? —preguntó asombrado el señor

Darbedat.

—¿Entonces qué?

—¿Tú?

—Lo amo como es —dijo Eva rápidamente y con aire fastidiado.

—Eso no es verdad —dijo el señor Darbedat con violencia—.

Eso no es verdad: no le amas; no puedes amarlo. Esos sentimientos

sólo pueden experimentarse por un ser sano y normal. No dudo que

tengas compasión por Pedro y guardas también sin duda el

recuerdo de los tres años de felicidad que le debes. Pero no me

digas que le amas, no te creeré.

Eva permanecía muda y miraba la alfombra con aire ausente.

—Podrías contestarme —dijo el señor Darbedat con frialdad—.

No creas que esta conversación me sea menos penosa que a ti.

—Puesto que no me crees.

—Pues bien, si le amas —exclamó exasperado— es una gran

desgracia para ti, para mí y para tu pobre madre, porque voy a

decirte algo que hubiera preferido ocultarte: antes de tres años

Pedro habrá caído en la demencia más completa, será como una

bestia.

Miró a su hija con ojos duros: le molestaba que lo hubiera

obligado, con su testarudez a hacerle esta penosa revelación.

Eva no se impresionó, ni siquiera levantó los ojos.

—Lo sabía.

—¿Quién te lo ha dicho? —preguntó estupefacto.

—Franchot. Hace seis meses que lo sé.

—¡Y yo que le había recomendado ocultártelo! —dijo el señor

Darbedat con amargura—. En fin, quizá sea mejor así. Pero en

estas condiciones debes comprender que sería imperdonable

conservar a Pedro contigo. La lucha que has emprendido está

destinada al fracaso, su enfermedad no perdona. Si hubiera algo

que hacer, si se lo pudiera salvar a fuerza de cuidados, no diría

nada. Pero mira un poco: eras linda, inteligente y alegre, te

destruyes por gusto y sin provecho. Pues bien, ya sabemos que has

estado admirable, pero basta, se terminó. Has cumplido con tu

deber, más que con tu deber; insistir todavía sería inmoral. También

se tienen deberes hacia sí mismo, hija. Y luego, no piensas en

nosotros. Es necesario —agregó martillando las palabras— que

mandes a Pedro a la clínica de Franchot. Abandonarás este

departamento donde no has tenido más que desgracias y volverás

con nosotros. Si tienes deseos de ser útil y de aliviar los dolores

ajenos; pues bien, tienes a tu madre. La pobre mujer está cuidada

por enfermeras, necesita alguna compañía. Y ella —agregó— podrá

apreciar lo que hagas, y quedarte reconocida.

Hubo un largo silencio. El señor Darbedat escuchó cantar a

Pedro en el aposento vecino. Era apenas una sombra de canto;

mejor aún una especie de declamación aguda y precipitada. El

señor Darbedat levantó los ojos hacia su hija:

—Entonces ¿no?

—Pedro se quedará conmigo —dijo dulcemente— me entiendo

bien con él.

—A condición de desvariar todo el día.

Eva sonrió y lanzó a su padre una mirada burlona y casi alegre.

“Es verdad, pensó el señor Darbedat furioso, no hacen sólo eso; se

acuestan juntos.”

—Estás completamente loca —dijo levantándose.

Eva sonrió tristemente y murmuró como para sí misma:

—No lo bastante.

—¿No lo bastante? Sólo te puedo decir una cosa, hija me das

miedo.

La besó apresuradamente y salió. “Sería necesario, pensó

bajando la escalera, enviarle dos sólidos muchachones que se

llevaran por la fuerza a ese pobre despojo y que lo colocaran bajo la

ducha sin preguntarle su opinión.”

Era un bello día de otoño, tranquilo y sin misterio; el sol doraba el

rostro de los transeúntes. El señor Darbedat quedó asombrado por

la simplicidad de esos rostros. Los había curtidos, otros eran claros,

pero todos reflejaban felicidades y cuidados que le eran familiares.

“Sé muy exactamente lo que reprocho a Eva, se dijo, tomando

por el boulevard Saint-Germain. Le reprocho que viva fuera de lo

humano. Pedro no es ya un ser humano. Todos los cuidados, todo el

amor que le da, se los quita en cierto modo a toda esta gente. No

hay derecho de negarse a los hombres; aunque el diablo mismo se

opusiera, vivimos en sociedad.”

Enfrentaba a los transeúntes con simpatía, le agradaban sus

miradas graves y límpidas. En estas calles soleadas, entre los

hombres, se sentía seguro como en medio de una gran familia.

Una mujer en cabeza se había detenido ante una exposición al

aire libre. Llevaba una niñita de la mano.

—¿Qué es eso? —preguntó la niñita señalando un aparato de T.

S. H.

—No toques nada —dijo su madre— es un aparato; toca música.

Se quedaron un momento sin hablar, en éxtasis. El señor

Darbedat, enternecido, se inclinó hacia la niñita y le sonrió.

“Se ha ido.” La puerta de entrada se había cerrado con un golpe

seco. Eva estaba sola en el salón: “Ojalá se muera”.

Crispó las manos sobre el respaldo del sillón: acababa e

recordar los ojos de su padre. El señor Darbedat se había inclinado

sobre Pedro con aire competente; le había dicho: “¿Es bueno eso?”,

como alguien que sabe hablar a los enfermos; lo había mirado y el

rostro de Pedro se había pintado en el fondo de sus ojos gruesos y

vivos. “Lo odio cuando lo mira, cuando pienso que lo ve.”

Las manos de Eva se deslizaron a lo largo del sillón y se volvió

hacia la ventana. Estaba deslumbrada. La pieza estaba llena de sol;

lo había en todas partes, sobre la alfombra en redondeles pálidos,

en el aire como polvo enceguecedor. Eva había perdido la

costumbre de esta luz indiscreta y fuerte que escudriñaba por todas

partes, recorría los rincones, frotaba los muebles y los hacía relucir

como una buena ama de casa. No obstante, avanzó hasta la

ventana y levantó la cortina de muselina que colgaba contra el

vidrio. En el mismo momento el señor Darbedat salía de la casa;

Eva vio de pronto sus amplias espaldas. Él levantó la cabeza y miró

el cielo parpadeando, luego se alejó a zancadas, como un hombre

joven. “Se esfuerza, pensó Eva, pronto tendrá su puntada al

costado.” Casi no lo odiaba ya, había tan poca cosa en esa cabeza;

apenas la pequeñísima preocupación de parecer joven. Se volvió a

encolerizar, no obstante, cuando lo vio dar vuelta la esquina del

boulevard Saint-Germain y desaparecer. “Piensa en Pedro.” Algo de

su vida se escapaba del cerrado aposento y caminaba por las

calles, al sol, entre la gente. “¿Es que no podrán olvidamos nunca?”

La calle de Bac estaba casi siempre desierta. Una vieja señora

atravesó la calzada a pasos menudos, tres jovencitas pasaron

riendo. Luego algunos hombres, hombres fuertes y graves que

llevaban portafolios y hablaban entre sí. “Gente normal” pensó Eva

asombrada de encontrar en sí misma tal fuerza de odio. Una mujer

hermosa y gruesa corrió pesadamente al encuentro de un señor

elegante. Lo abrazó y lo besó en la boca. Eva lanzó una risa seca y

dejó caer la cortina.

Pedro no cantaba ya, pero la joven del tercero se había sentado

al piano; ejecutaba un estudio de Chopin. Eva se sintió más

calmada, dio un paso hacia el aposento de Pedro pero se detuvo en

seguida y se apoyó contra la pared con algo de angustia. Como

siempre que dejaba el aposento, la llenaba de pánico la idea de que

era necesario volver a entrar en él. Sabía no obstante que no

hubiera podido vivir en otra parte: amaba ese aposento. Recorrió

con la mirada, con curiosidad fría como para ganar un poco de

tiempo, esa pieza sin sombra y sin olor en la que esperaba que

renaciera su valor. “Se diría la sala de espera de un dentista.” Los

sillones de seda rosa, el diván, los taburetes, eran sobrios y

discretos, un poco paternales, buenos amigos del hombre. Eva

imaginó que señores graves, vestidos con ropa clara, iguales a los

que había visto por la ventana, entraban en el salón prosiguiendo la

conversación comenzada. No se tomaban ni siquiera tiempo para

reconocer el lugar; avanzaban con paso firme hasta el medio de la

pieza; uno de ellos, que dejaba colgar la mano detrás como si fuera

una estela, frotaba al pasar algunos almohadones y objetos de

sobre las mesas, y no se sobresaltaba por estos contactos. Y

cuando encontraban un mueble en su camino, estos hombres

reposados, lejos de hacer una curva para evitarlo lo cambiaban

tranquilamente de lugar. Se sentaban por fin, siempre sumergidos

en su conversación, sin arrojar ni una mirada a su espalda. “Un

salón para gente normal”, pensó Eva. Miraba el picaporte de la

puerta cerrada y la angustia le apretaba la garganta: Es necesario

que vaya. Nunca lo dejo solo tanto tiempo. Había que abrir esa

puerta; luego Eva permanecería en el umbral tratando de habituar

sus ojos a la penumbra, y el aposento la rechazaría con todas sus

fuerzas. Era necesario que Eva triunfara de esa resistencia y que se

hundiera hasta el corazón de la pieza. Tuvo de pronto un violento

deseo de ver a Pedro; le hubiera agradado burlarse con él del señor

Darbedat. Pero Pedro no la necesitaba, Eva no podía prever la

acogida que le reservaba. Pensó de pronto con una especie de

orgullo que no había para ella lugar en ninguna parte. “Los normales

creen que todavía soy de los suyos. Pero no podría permanecer ni

una hora entre ellos. Tengo necesidad de vivir allá, del otro lado de

esta pared. Pero allá tampoco me necesitan.”

Un cambio profundo se efectuó a su alrededor. La luz envejecía,

encanecía, se ponía pesada como el agua de un florero que no se

ha renovado desde la víspera. Sobre los objetos, entre esta luz

envejecida, Eva volvía a encontrar una melancolía hacía mucho

tiempo olvidada: la de un mediodía de fines de otoño. Miraba a su

alrededor, dudando, casi tímida: todo estaba tan lejos: en el

aposento no existía ni día ni noche, ni estaciones, ni melancolía.

Recordó vagamente otoños anteriores, otoños de su infancia, luego,

de pronto se resistió: tenía miedo a los recuerdos.

Escuchó la voz de Pedro:

—¿Dónde estás, Ágata?

—Voy —gritó.

Abrió la puerta y penetró en el aposento.

El espeso olor del incienso le llenó la nariz y la boca mientras

entornaba los ojos y tendía las manos hacia adelante —el perfume y

la penumbra no formaban para ella desde hacía tiempo más que un

solo elemento acre y algodonoso, tan simple, tan familiar como el

airé, el agua o el fuego—, y avanzó prudentemente hacia una

mancha pálida que parecía flotar en la bruma. Era el rostro de

Pedro: el traje de Pedro (desde que estaba enfermo vestía de

negro) se fundía en la oscuridad. Pedro había echado su cabeza

hacia atrás y cerrado los ojos. Era bello. Eva miró sus largas cejas

curvas, luego se sentó a su lado en la silla baja. “Parece sufrir”,

pensó. Sus ojos se habituaban poco a poco a la penumbra. El

escritorio surgió primero, después la cama, luego los objetos

personales de Pedro, las tijeras el pote de engrudo, los libros, el

herbario que cubría la alfombra cerca del sillón.

—¿Ágata?

Pedro había abierto los ojos y la miraba sonriendo.

—¿Sabes, el tenedor? —dijo— lo hice para asustar al tipo. No

tenía casi nada.

Las aprensiones de Eva se desvanecieron y largó una ligera risa:

—Lo lograste muy bien —dijo— lo enloqueciste completamente.

Pedro sonrió:

—¿Viste? Lo manipuló un buen rato, lo tenía con toda la mano.

Lo que hay —dijo— es que no saben tomar las cosas; las empuñan.

—Es verdad —dijo Eva.

Pedro golpeó ligeramente en la palma de su mano izquierda con

el índice de la mano derecha.

—Es con esto que agarran. Aproximan sus dedos y cuando han

tomado el objeto, colocan la palma por encima para moldearlo.

Hablaba con voz rápida y con la punta de los labios; parecía

perplejo.

—Me pregunto qué quieren —dijo por último—. Ese tipo ya ha

venido antes. ¿Por qué me lo mandan? Si quieren saber lo que

hago, no tienen más que leer en la pantalla; ni siquiera precisan

moverse de sus casas. Cometen algunos errores. Tienen el poder,

pero cometen errores. Yo no lo hago nunca: ése es mi triunfo. Hoffka

—dijo— hoffka. —Agitaba sus largas manos junto a su frente—:

¡Picarona! Hoffka paffka suffka. ¿Quieres más todavía?

—¿Es la campana? —preguntó Eva.

—Sí, ya se fue. —Y prosiguió con severidad—: Ese tipo es un

subalterno. Tú le conoces, fuiste con él al salón.

Eva no contestó.

—¿Qué es lo que quería? —preguntó Pedro—. Ha debido

decírtelo.

Ella dudó un momento, luego respondió brutalmente:

—Quería que te encerraran.

Cuando se decía dulcemente la verdad a Pedro, desconfiaba,

era necesario descargársela con violencia para aturdir y paralizar las

sospechas. Eva prefería tratarlo con brutalidad a mentirle: cuando

mentía y él parecía creerle no podía dejar de sentir una ligera

impresión de superioridad que la horrorizaba de sí misma.

—Encerrarme —repitió Pedro con ironía—. Se descarrilan. ¿Qué

es lo que pueden hacerme algunas paredes? Creen quizá que eso

va a detenerme. A veces me pregunto si no hay dos bandas. La

verdadera, la del negro. Y luego otra banda de chismosos que tratan

de meter la nariz aquí adentro y que hacen tontería sobre tontería.

Hizo saltar la mano sobre el brazo del sillón y la consideró con

aire divertido.

—Las paredes se atraviesan. ¿Qué le contestaste? —preguntó

volviéndose hacia Eva con curiosidad.

—Que no te encerrarían.

El se encogió de hombros.

—No había que decir eso. También cometiste un error, salvo,

que lo hayas hecho expresamente. Es necesario dejarlos mostrar su

juego.

Se calló. Eva bajó tristemente la cabeza: “¡Los empuñan!” Con

qué tono despreciativo había dicho eso —y qué justo era—. “¿Acaso

también yo empuño los objetos? Haré bien en observarme, creo que

la mayoría de mis gestos lo irritan.” Se sintió de pronto desesperada,

como cuando tenía catorce años y la señora Darbedat, viva y ligera,

le decía: “Se diría que no sabes qué hacer de tus manos”. No se

atrevía a hacer ningún movimiento, y justo en ese momento tuvo un

deseo irresistible de cambiar de posición Removió suavemente los

pies bajo la silla tocando apenas la alfombra. Miraba la lámpara

sobre la mesa —la lámpara cuyo zócalo Pedro había pintado de

negro— y el juego de ajedrez. Sobre el tablero, Pedro sólo había

dejado los peones negros. A veces se levantaba, iba hasta la mesa

y tomaba los peones uno por uno entre sus manos. Les hablaba, les

llamaba Robots y parecían, entre sus dedos, animarse con una vida

sorda. Cuando los dejaba, Eva iba a tocarlos (tenía la impresión de

estar un poco en ridículo): Se habían convertido de nuevo en

pequeños objetos de madera muerta pero quedaba en ellos algo de

vago y de inasible, algo como un sentido. “Son sus objetos, pensó

ella. No hay nada mío en el aposento.” Antes poseía algunos

muebles. El espejo y la pequeña mesa de tocador de marquetería

que venían de su abuela y que Pedro, por jugar, llamaba: tu tocador.

Pedro los había atraído hacia él: sólo a Pedro mostraban las cosas

su verdadero rostro. Eva podía mirarlos durante horas: ponían una

testarudez incansable y malvada en engañarla, en no ofrecerle

nunca sino su apariencia —como al doctor Franchot y al señor

Darbedat—. “Sin embargo, se dijo con angustia, no los veo

enteramente igual que mi padre. No es posible que los vea igual que

él.”

Removió un poco las rodillas, sentía hormigueos en las piernas.

Su cuerpo estaba rígido y tenso. Le dolía; lo sentía demasiado vivo,

indiscreto: “Querría ser invisible y quedarme aquí; verlo sin que me

viera. No me necesita, estoy de más en la habitación”. Volvió la

cabeza y miró la pared por encima de Pedro. Había amenazas

escritas en la pared. Eva lo sabía pero no podía leerlas. A menudo

miraba las grandes rosas rojas de la pintura hasta que se ponían a

bailar ante sus ojos. Las rosas ardían en la penumbra. La amenaza

estaba, casi siempre, escrita cerca del techo, a la izquierda, por

encima del lecho: pero algunas veces se desplazaba: “Es necesario

que me levante. No puedo más —no puedo quedarme sentada tanto

tiempo—”. Había también en la pared discos blancos que parecían

rodajas de cebolla. Los discos giraron sobre sí mismos y las manos

de Eva se pusieron a temblar: “Hay momentos en que me vuelvo

loca. Pero no, pensó con amargura, no puedo volverme loca.

Simplemente me enervo”.

De pronto sintió sobre la suya la mano de Pedro.

—Ágata —dijo Pedro con ternura.

Le sonreía, pero le tenía la mano con la punta de los dedos con

una especie de repulsión, como si tuviera un cangrejo por el dorso y

quisiera evitar sus pinzas.

—Ágata —dijo— cuánto quisiera tener confianza en ti.

Eva cerró los ojos y su pecho se levantó: “Es preciso no

contestar, si no desconfiará y no dirá nada más”.

—Te quiero bien, Ágata —le dijo—. Pero no puedo

comprenderte. ¿Por qué te quedas todo el tiempo en la habitación?

Eva no respondió.

—Dime, ¿por qué?

—Bien sabes que te amo —dijo con sequedad.

—No te creo —dijo Pedro—. ¿Por qué habías de amarme? Debo

darte horror: estoy hechizado.

Sonrió, pero se puso grave de golpe:

—Hay un muro entre tú y yo. Te veo, te hablo, pero estás del otro

lado. ¿Qué es lo que nos impide amarnos? Me parece que era más

fácil antes. En Hamburgo.

—Sí —dijo Eva tristemente. Siempre Hamburgo, nunca hablaba

de su verdadero pasado. Ni Eva, ni él habían estado en Hamburgo.

—Nos paseábamos a lo largo de los canales. Había una

chalana, ¿te acuerdas? La chalana era negra; había un perro sobre

el puente.

Inventaba a medida que hablaba, tenía aspecto falso.

—Te tenía de la mano. Tenías otra piel. Yo creía todo lo que me

decías. Cállense —gritó.

Escuchó un momento:

—Van a venir —dijo con voz sorda.

Eva se sobresaltó:

—¿Van a venir? Creía ya que no volverían más.

Desde hacía tres días Pedro estaba más tranquilo; las estatuas

no habían vuelto. Pedro tenía un miedo horrible a las estatuas,

aunque nunca convino en ello. Eva no les temía, pero cuando se

ponían a volar por el aposento, zumbando, tenía miedo de Pedro.

—Dame el ziuthre —dijo Pedro.

Eva se levantó y tomó el ziuthre; era un conjunto de pedazos de

cartón que Pedro había pegado personalmente; él lo utilizaba para

conjurar las estatuas. El ziuthre parecía una araña. En uno de los

cartones Pedro había escrito “Poder sobre la emboscada” y en otro:

“Negro”. En un tercero había dibujado una cabeza risueña con los

ojos plegados: era Voltaire.

Pedro asió el ziuthre por una pata y lo consideró con aspecto

sombrío.

—No me puede servir ya —dijo.

—¿Por qué?

—Lo han dado vuelta.

—¿Te harás otro?

La miró largamente:

—Eso querrías tú —dijo entre dientes.

Eva estaba irritada contra Pedro. “Cada vez que vienen, está

prevenido, ¿cómo hace? no se engaña nunca.”

El ziuthre colgaba lastimosamente de la punta de los dedos de

Pedro: “Encuentra siempre buenas razones para no servirse de él.

El domingo, cuando vinieron, pretendía haberlo perdido, pero yo lo

veía detrás del pote de la cola y él no podía dejar de verlo. Me

preguntó si no es él quien las atrae”. Nunca se podía saber si era

del todo sincero. En algunos momentos Eva tenía la impresión de

que Pedro era invadido a su pesar por una multitud malsana de

pensamientos y de visiones. Pero en otros momentos, Pedro

parecía inventar. “Sufre. ¿Pero hasta qué punto cree en las estatuas

y en el negro? En todo caso sé que a las estatuas no las ve, sólo las

escucha: cuando pasan vuelve la cabeza; e igual dice que las ve y

las describe.” Se acordó del rostro encendido del doctor Franchot:

“Pero querida señora, todos los alienados son mentirosos, usted

perderá su tiempo si pretende distinguir lo que sienten realmente de

lo que dicen sentir”. Se sobresaltó: “¿Qué viene a hacer Franchot

aquí? No voy a ponerme a pensar como él”.

Pedro se levantó, fue a arrojar el ziuthre en el canasto de

papeles. “Quisiera pensar como ”, murmuró ella. El caminaba a

pasitos, sobre la punta de los pies, apretando los codos contra las

caderas, para ocupar el menor lugar posible. Volvió a sentarse y

miró a Eva con aspecto reservado.

—Es necesario poner cortinas negras —dijo—, no hay bastante

negro en este aposento.

Se había hundido en el sillón. Eva miró tristemente ese cuerpo

avaro, siempre presto a retirarse, a encogerse: los brazos, las

piernas, la cabeza parecían órganos retráctiles. Sonaron las

campanadas de las seis: el piano había callado. Eva suspiró: las

estatuas no volverían de inmediato; era necesario esperarlas.

—¿Quieres que encienda?

Eva prefería no esperarlas en la oscuridad.

—Haz lo que quieras —dijo Pedro.

Eva encendió la lamparita del escritorio y una niebla rojiza

invadió la pieza. Pedro también esperaba.

No hablaba pero removía los labios que formaban dos manchas

sombrías entre la niebla rojiza. Eva amaba los labios de Pedro.

Antes habían sido emocionantes y sensuales, pero habían perdido

su sensualidad, se alejaban uno de otro estremeciéndose un poco y

se volvían a juntar sin cesar; se apretaban entre sí para separarse

de nuevo. Sólo ellos vivían en ese rostro cerrado, parecían dos

bestias medrosas. Pedro podía mascullar así durante horas sin que

saliera ni un sonido de su boca, y a menudo Eva se dejaba fascinar

por ese pequeño movimiento obstinado: “Amo su boca”. Él no la

besaba nunca; experimentaba horror de los contactos: por la noche

lo tocaban manos de hombre, duras y secas, le pellizcaban todo el

cuerpo; manos de mujer de largas uñas le hacían sucias caricias. A

menudo se acostaba vestido pero las manos se deslizaban bajo sus

ropas y andaban sobre su camisa. Una vez escuchó reír y unos

labios hinchados se posaron sobre sus labios. Era desde esa noche

que no besaba más a Eva.

—Ágata —dijo Pedro— no mires mi boca.

Eva bajó los ojos.

—No ignoro que se puede aprender a leer sobre los labios —

continuó con insolencia.

Su mano temblaba sobre el brazo del sillón; el índice extendido

fue a golpear tres veces sobre el pulgar y los otros dedos se

crisparon: era un conjuro.

“Ya va a comenzar”, pensó ella. Tenía deseos de tomar a Pedro

entre sus brazos.

Pedro se puso a hablar muy alto en tono mundano:

—¿Te acuerdas de San Pauli?

No hubo respuesta. Quizá era una trampa.

—Es allí donde te conocí —dijo con aire satisfecho. Te quité a un

marino danés. Habíamos decidido batirnos, pero pagué la vuelta y

me dejó llevarte. Todo no era más que una comedia.

“Miente, no cree ni una palabra de lo que dice. Sabe que no me

llamo Ágata. Le odio cuando miente.” Pero vio sus ojos fijos y

desapareció su cólera. “No miente, pensó. Está al cabo de sus

fuerzas. Siente que se aproximan, habla para evitar el escucharlas.”

Pedro tenía asidas fuertemente sus dos manos al brazo del sillón.

Su rostro estaba pálido; sonreía.

—Estos encuentros son a menudo extraños —dijo—, pero no

creo en el azar. No te pregunto quién te había enviado, sé que no

contestarías. En todo caso has sido bastante hábil para salpicarme.

Hablaba penosamente, con voz aguda y apresurada. Había

palabras que no podía pronunciar y que salían de su boca como una

sustancia blanda e informe.

—Me llevaste en plena fiesta entre maniobras de automóviles

negros. Pero detrás de los autos había un ejército de ojos rojos que

relucían en cuanto volvía la espalda. Pienso que les hacías señas,

tomada de mi brazo, pero yo no veía nada. Estaba demasiado

absorto en las grandes ceremonias de la coronación.

Miraba fijo ante él, con los grandes ojos abiertos. Se pasó la

mano por la frente, muy rápido, con un gesto breve, sin dejar de

hablar: no quería dejar de hablar.

—Era la coronación de la República —dijo con voz estridente—

un espectáculo impresionante en su género a causa de los animales

de toda especie que enviaban las colonias para la ceremonia. Tú

temías perderte entre los monos. He dicho entre los monos —repitió

con aire arrogante, mirando a su alrededor—. ¡Podría decir entre los

negros! Los engendros que se deslizan bajo las mesas y creen

pasar desapercibidos, son descubiertos y clavados de inmediato por

mi mirada. La consigna es callarse —gritó— callarse. Todos en su

lugar y en guardia para la entrada de las estatuas: es la orden.

Tralala —aullaba y ponía sus manos como corneta delante de la

boca—. Tralala, tralala.

Se calló y Eva supo que las estatuas acababan de entrar en la

cámara. El se mantenía rígido, pálido y despreciativo. Eva se puso

también rígida y los dos esperaron en silencio. Alguien caminaba

por el corredor: era María, la sirvienta; sin duda acababa de llegar.

Eva pensó: “Es necesario que le dé el dinero para el gas”. Y luego

las estatuas se pusieron a volar; pasaban entre Eva y Pedro.

Pedro hizo “han” y se hundió en el sillón cruzando las piernas

debajo; volvía la cabeza, reía de tiempo en tiempo pero algunas

gotas de sudor perlaban su frente. Eva no pudo soportar la visión dé

esa mejilla pálida, de esa boca deformada por una mueca

temblorosa: cerró los ojos. Hilos dorados se pusieron a bailar sobre

el fondo rojo de sus párpados; se sentía vieja y pesada. No lejos de

ella Pedio resoplaba ruidosamente: “Vuelan, zumban, se inclinan

sobre él…” Sintió un ligero cosquilleo, una molestia en el hombro y

en el costado derecho. Instintivamente su cuerpo se inclinó hacia la

izquierda como para evitar un contacto desagradable, como para

dejar pasar un objeto pesado y torpe. De pronto las tablas crujieron

y sintió un deseo loco de abrir los ojos, de mirar a su derecha

barriendo el aire con la mano.

No hizo nada: conservó los ojos cerrados y una acre alegría la

hizo estremecer: “Yo también tengo miedo”, pensó. Toda su vida se

había refugiado en su costado derecho. Se inclinó, sin abrir los ojos,

hacia Pedro. Le bastaría un pequeñísimo esfuerzo y por primera vez

entraría en ese mundo trágico. “Tengo miedo de las estatuas” —

pensó—. Era una afirmación violenta y ciega, un sortilegio: con

todas sus fuerzas quería creer en su presencia; ensayaba convertir

en un sentido nuevo, en un contacto, la angustia que paralizaba su

costado derecho. En el brazo, en el flanco y en el hombro, sentía el

paso de las estatuas.

Las estatuas volaban bajo y dulcemente: zumbaban. Eva sabía

que tenían aire malicioso y que las pestañas salían de la piedra

alrededor de sus ojos: pero se las representaba mal. Sabía también

que no eran totalmente vivientes pero que algunas placas de carne,

algunas escamas tiernas aparecían sobre sus grandes cuerpos; la

piedra se pelaba al borde de sus dedos y le ardían las palmas. Eva

no podía ver todo esto: pensaba simplemente que enormes/ mujeres

se deslizaban contra ella solemnes y grotescas con aire humano y

con la obstinación compacta de la piedra. “Se inclinan sobre Pedro.

—Eva hizo un esfuerzo tan violento que sus manos se pusieron a

temblar— se inclinan sobre mí”… De pronto la heló un grito horrible.

“Lo han tocado”. Abrió los ojos: Pedro tenía la cabeza entre las

manos, jadeaba. Eva se sintió agotada: “Un juego, pensó con

remordimiento; no era más que un juego, ni un instante he creído

sinceramente en ello. Y durante ese tiempo él sufría

verdaderamente”.

Pedro se aflojó y respiró con fuerza. Pero sus pupilas quedaron

extrañamente dilatadas; transpiraba.

—¿Las has visto? —preguntó.

—No puedo verlas.

—Es mejor para ti. Te darían miedo. Yo ya estoy acostumbrado

—dijo.

Las manos de Eva seguían temblando: tenía la sangre en la

cabeza. Pedro tomó un cigarrillo del bolsillo y lo llevó a la boca, pero

no lo encendió:

—Verlas me es indiferente —dijo— pero no quiero que me

toquen: tengo miedo de que me contagien granos.

Reflexionó un instante y prosiguió:

—¿Las oíste, acaso?

—Sí —dijo Eva— es como el motor de un avión.

(Pedro le había dicho esas mismas palabras, el domingo

anterior.)

Pedro sonrió con algo de condescendencia:

—“Exageras” —dijo, pero se quedó pálido. Miró las manos de

Eva—. Tus manos tiemblan. Te has impresionado, mi pobre Ágata.

Pero no precisas hacerte mala sangre: no volverán antes de pasado

mañana.

Eva no podía hablar; le castañeteaban los dientes y temía que

Pedro lo notara. Pedro la miró largamente:

—Eres bárbaramente bella —dijo inclinando la cabeza—. Es

lástima. Es verdaderamente una lástima.

Avanzó rápidamente una mano y le rozó la oreja.

—¡Mi bello demonio! Me molestas un poco, eres demasiado

bella; eso me distrae. Si no se tratara de la “recapitulación…”.

Se detuvo y miró a Eva con sorpresa:

—No se trataba de esa palabra… ha venido… ha venido —dijo

sonriendo con aire vago—. Tenía otra en la punta de la lengua… y

ésta… se ha puesto en su lugar. Olvidé lo que te decía.

Reflexionó un instante y sacudió la cabeza:

—Vamos —dijo— me voy a dormir. —Y agregó con voz infantil

—: Sabes Ágata, estoy fatigado. No encuentro mis ideas.

Arrojó el cigarrillo y miró la alfombra con aire inquieto. Eva le

deslizó una almohada bajo la cabeza.

—Puedes dormir también —le dijo cerrando los ojos— ellas no

volverán.

“RECAPITULACIÓN.” Pedro dormía, tenía una semi-sonrisa

cándida; inclinaba la cabeza: hubiérase dicho que quería acariciar

su mejilla con su hombro. Eva no tenía sueño, pensaba:

“recapitulación”. Pedro había tomado de pronto un aire estúpido y la

palabra había corrido fuera de su boca larga y blanquecina. Pedro

había mirado hacia adelante con asombro, como si viera la palabra

y no la reconociera; su boca estaba abierta, blanda; algo parecía

haberse roto en él. “Ha tartamudeado, es la primera vez que le

ocurre. Por lo demás no lo ha notado. Dijo que no encontraba más

sus ideas.” Pedro lanzó un pequeño gemido voluptuoso y su mano

hizo un gesto ligero.

Eva le miró duramente: “Cómo irá a despertarse”. Eso la corroía.

En cuanto Pedro se dormía pensaba en eso, no podía evitarlo. Tenía

miedo de que se despertara con los ojos turbios y se pusiera a

tartamudear. “Qué estúpida soy, pensó, eso no debe comenzar

antes de un año. Franchot lo ha dicho.” Pero la angustia no la

abandonaba; un año; un invierno; una primavera; un verano; el

comienzo de otro otoño. Un día se confundirían esos rasgos, dejaría

colgar la mandíbula, abriría a medias los ojos lacrimosos. Eva se

inclinó sobre la mano de Pedro y posó en ella los labios: “Te mataré

antes

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