Herman Melville-Barleby, el escribiente
Bartleby es más que un artificio o un ocio
de la imaginación onírica;
es, fundamentalmente, un libro triste y
verdadero que nos muestra
esa inutilidad esencial, que es una de las
cotidianas ironías del
universo.
Jorge Luis
Borges
Herman
Melville
Bartleby, el escribiente
Prólogo
El examen escrupuloso de las “simpatías y
diferencias” de Moby
Dick y de Bartleby exigiría, creo, una atención que la
brevedad de
estas páginas no permite. Las “diferencias”,
desde luego, son
evidentes. Ahab, el héroe de la vasta
fantasmagoría a la que
Melville debe su fama, es un capitán de
Nantucket, mutilado por la
ballena blanca que ha determinado
vengarse; el escenario son
todos los mares del mundo. Bartleby es un
escribiente de Wall
Street, que sirve en el despacho de un
abogado y que se niega, con
una suerte de humilde terquedad, a
ejecutar trabajo alguno. El estilo
de Moby Dick abunda en espléndidos ecos de Carlyle y de
Shakespeare; el de Bartleby no es menos gris que el
protagonista.
Sin embargo, sólo median dos años —1851 y
1853— entre la
novela y el cuento. Diríase que el
escritor, abrumado por los
desaforados espacios de la primera,
deliberadamente buscó las
cuatro paredes de una reducida oficina,
perdida en la maraña de la
ciudad. Las “simpatías” acaso más
secretas, están en la locura de
ambos protagonistas y en la increíble
circunstancia de que
contagian esa locura a cuantos los rodean.
La tripulación entera del
Pequod se alista con fanático fervor en la
insensata aventura del
capitán; el abogado de Wall Street y los
otros copistas aceptan con
extraña pasividad la decisión de Bartleby.
La porfía demencial de
Ahab y del escribiente no vacila un solo
momento hasta llevarlos a
la muerte. Pese a la sombra que proyectan,
pese a los personajes
concretos que los rodean, los dos
protagonistas están solos. El tema
constante de Melville es la soledad; la
soledad fue acaso el
acontecimiento central de su azarosa vida.
Nieto de un general de la Independencia y
vástago de una vieja
familia de sangre holandesa e inglesa, había
nacido en la ciudad de
Nueva York en 1819. Doce años después
moriría su padre
acechado por la locura y por las deudas.
Debido a la penosa
situación económica de la numerosa
familia, Herman tuvo que
interrumpir sus estudios. Ensayó sin mayor
fortuna la rutina de una
oficina y el tedio de los horarios de la
docencia y en 1839 se enroló
en un velero. Esta travesía fortaleció esa
pasión del mar, que le
habían legado sus mayores y que marcaría
su literatura y su vida.
En 1841 se embarcó en la ballenera
Acushnet. El viaje duró un año
y medio e inspiraría muchos episodios de
la aún insospechada
novela Moby Dick. Debido a la crueldad del capitán desertó
con un
compañero en las islas Marquesas, fueron
prisioneros de los
caníbales un par de meses y lograron huir
en un barco mercante
australiano, que abandonaron en Papeete.
Prosiguió esa rutina de
alistarse y de desertar hasta llegar a
Boston en 1844. Cada una de
esas etapas fue el tema de sucesivos
libros. Completó su educación
universitaria en Harvard y en Yale. Volvió
a su casa y sólo entonces
frecuentó los cenáculos literarios. En
1847 se había casado con
Miss Elizabeth Shaw, de familia patricia,
dos años después viajaron
juntos a Inglaterra y a Francia y a su
vuelta se establecieron en una
aislada granja de Massachusetts que fue su
hogar durante algún
tiempo. Ahí entabló amistad con Nathaniel
Hawthorne a quien
dedicó Moby Dick. Sometía a su aprobación los manuscritos de
la
obra; cierta vez le mandó un capítulo diciéndole:
“Ahí va una barba
de la ballena como muestra”. Un año después
publicó Pierre o las
ambigüedades, libro cuya imprudente lectura he intentado
y que me
desconcertó no menos que a sus contemporáneos.
Aún más
inextricable y tedioso es Mardi (1849), que transcurre en imaginarias
regiones de los mares del Sur y concluye
con una persecución
infinita. Uno de sus personajes, el filósofo
Babbalanja, es el
arquetipo de lo que no debe ser un filósofo.
Poco antes de su
muerte publicó una de sus obras maestras, Billy Budd, cuyo tema
patético es el conflicto entre la justicia
y la ley y que inspiró una
ópera a Britten. Los últimos años de su
vida los dedicó a la busca de
una clave para el enigma del universo.
Hubiera querido ser cónsul pero tuvo que
resignarse a un cargo
subalterno de inspector de aduana de Nueva
York, que desempeñó
durante muchos años. Este empleo, lo salvó
de la miseria, fue obra
de los buenos oficios de Hawthorne. Nos
consta que Melville, entre
otras penas, no fue afortunado en el
matrimonio. Era alto y robusto,
de piel curtida por el mar y de barba
oscura.
Hawthorne nos habla de la llaneza de sus
costumbres. Siempre
estaba impecable, aunque su equipaje se
limitaba a un bolso ya
muy usado, que contenía un pantalón, una
camisa colorada y dos
cepillos, uno para los dientes y otro para
el pelo. El reiterado hábito
de la marinería habría arraigado en él esa
austeridad. El olvido y el
abandono fueron su destino final. En la
duodécima edición de la
Enciclopedia Británica, Moby Dick figura como una simple
novela de
aventuras. Hacia 1920 fue descubierto por
los críticos y, lo que
acaso es más importante, por todos los
lectores.
En la segunda década de este siglo, Franz
Kafka inauguró una
especie famosa del género fantástico; en
esas inolvidables páginas
lo increíble está en el proceder de los
personajes más que en los
hechos. Así, en El proceso el protagonista es juzgado
y ejecutado
por un tribunal que carece de toda
autoridad y cuyo rigor él acepta
sin la menor protesta; Melville, más de
medio siglo antes, elabora el
extraño caso de Bartleby, que no sólo obra
de una manera contraria
a toda lógica sino que obliga a los demás
a ser sus cómplices.
Bartleby es más que un artificio o un ocio
de la imaginación onírica;
es, fundamentalmente, un libro triste y
verdadero que nos muestra
esa inutilidad esencial, que es una de las
cotidianas ironías del
universo.
Jorge Luis Borges
Bartleby el escribiente
Soy un hombre de cierta edad. En los últimos
treinta años, mis
actividades me han puesto en íntimo
contacto con un gremio
interesante y hasta singular, del cual,
entiendo, nada se ha escrito
hasta ahora: el de los amanuenses o
copistas judiciales. He
conocido a muchos, profesional y
particularmente, y podría referir
diversas historias que harían sonreír a
los señores benévolos y llorar
a las almas sentimentales. Pero a las
biografías de todos los
amanuenses prefiero algunos episodios de
la vida de Bartleby, que
era uno de ellos, el más extraño que yo he
visto o de quien tenga
noticia. De otros copistas yo podría
escribir biografías completas;
nada semejante puede hacerse con Bartleby.
No hay material
suficiente para una plena y satisfactoria
biografía de este hombre.
Es una pérdida irreparable para la
literatura. Bartleby era uno de
esos seres de quienes nada es indagable,
salvo en las fuentes
originales: en este caso, exiguas. De
Bartleby no sé otra cosa que la
que vieron mis asombrados ojos, salvo un
nebuloso rumor que
figurará en el epílogo.
Antes de presentar al amanuense, tal como
lo vi por primera vez,
conviene que registre algunos datos míos,
de mis empleados, de
mis asuntos, de mi oficina y de mi
ambiente general. Esa
descripción es indispensable para una
inteligencia adecuada del
protagonista de mi relato. Soy, en primer
lugar, un hombre que
desde la juventud ha sentido profundamente
que la vida más fácil es
la mejor. Por eso, aunque pertenezco a una
profesión
proverbialmente enérgica y a veces
nerviosa hasta la turbulencia,
jamás he tolerado que esas inquietudes
conturben mi paz. Soy uno
de esos abogados sin ambición que nunca se
dirigen a un jurado o
solicitan de algún modo el aplauso público.
En la serena tranquilidad
de un cómodo retiro realizo cómodos
asuntos entre las hipotecas de
personas adineradas, títulos de renta y
acciones. Cuantos me
conocen, considéranme un hombre
eminentemente seguro. El
finado Juan Jacobo Astor, personaje muy
poco dado a poéticos
entusiasmos, no titubeaba en declarar que
mi primera virtud era la
prudencia; la segunda, el método.
No lo digo por vanidad, pero registro el
hecho de que mis servicios
profesionales no eran desdeñados por el
finado Juan Jacobo Astor;
nombre que, reconozco, me gusta repetir
porque tiene un sonido
orbicular y tintinea como el oro acuñado.
Espontáneamente
agregaré que yo no era insensible a la
buena opinión del finado
Juan Jacobo Astor.
Poco antes de la historia que narraré, mis
actividades habían
aumentado en forma considerable. Había
sido nombrado para el
cargo, ahora suprimido en el Estado de
Nueva York, de agregado a
la Suprema Corte. No era un empleo difícil,
pero sí muy
agradablemente remunerativo. Raras veces
me enojo; raras veces
me permito una indignación peligrosa ante
las injusticias y los
abusos: pero ahora me permitiré ser
temerario, y declarar que
considero la súbita y violenta supresión
del cargo de agregado, por
la Nueva Constitución, como un acto
prematuro, pues yo tenía
descontado hacer de sus gajes una renta
vitalicia, y sólo percibí los
de algunos años. Pero esto es al margen.
Mis oficinas ocupaban un piso alto en el número
X de Wall Street.
Por un lado daban a la pared blanqueada de
un espacioso tubo de
aire, cubierto por una claraboya y que
abarcaba todos los pisos.
Este espectáculo era más bien manso, pues
le faltaba lo que los
paisajistas llaman animación. Aunque así
fuera, la vista del otro lado
ofrecía, por lo menos, un contraste. En esa
dirección, las ventanas
dominaban sin el menor obstáculo una alta
pared de ladrillo,
ennegrecida por los años y por la sombra;
las ocultas bellezas de
esta pared no exigían un telescopio, pues
estaba a pocas varas de
mis ventanas, para beneficio de espectadores
miopes. Mis oficinas
ocupaban el segundo piso; a causa de la
gran elevación de los
edificios vecinos, el espacio entre esta
pared y la mía se parecía no
poco a un enorme tanque cuadrado.
En el período anterior al advenimiento de
Bartleby, yo tenía dos
escribientes bajo mis órdenes, y un
muchacho muy vivo para los
mandados. El primero, Turkey; el segundo,
Nippers; el tercero,
Ginger. Éstos son nombres que no es fácil
encontrar en las Guías.
Eran en realidad sobrenombres, mutuamente
conferidos por mis
empleados, y que expresaban sus
respectivas personas o
caracteres[1]. Turkey era un inglés bajo, obeso, de mi
edad más o
menos, esto es, no lejos de los sesenta.
De mañana, podríamos
decir, su rostro era rosado, pero después
de las doce —su hora de
almuerzo— resplandecía como una hornalla
de carbones de
Navidad, y seguía resplandeciendo (pero
con un descenso gradual)
hasta las seis p. m.; después yo no veía más
al propietario de ese
rostro, quien, coincidiendo en su cenit
con el sol, parecía ponerse
con él, para levantarse, culminar y
declinar al día siguiente, con la
misma regularidad y la misma gloria.
En el decurso de mi vida he observado
singulares coincidencias, de
las cuales no es la menor el hecho de que
el preciso momento en
que Turkey, con roja y radiante faz, emitía
sus más vívidos rayos,
indicaba el principio del período durante
el cual su capacidad de
trabajo quedaba seriamente afectada para
el resto del día. No digo
que se volviera absolutamente haragán u
hostil al trabajo. Por el
contrario, se volvía demasiado enérgico.
Había entonces en él una
exacerbada, frenética, temeraria y
disparatada actividad. Se
descuidaba al mojar la pluma en el
tintero. Todas las manchas que
figuran en mis documentos fueron
ejecutadas por él después de las
doce del día. En las tardes, no sólo
propendía a echar manchas: a
veces iba más lejos, y se ponía
barullento. En tales ocasiones, su
rostro ardía con más vívida heráldica,
como si se arrojara carbón de
piedra en antracita. Hacía con la silla un
ruido desagradable,
desparramaba la arena; al cortar las
plumas, las rajaba
impacientemente, y las tiraba al suelo con
súbitos arranques de ira;
se paraba, se echaba sobre la mesa,
desparramando sus papeles
de la manera más indecorosa; triste espectáculo
en un hombre ya
entrado en años. Sin embargo, como era por
muchas razones mi
mejor empleado y siempre antes de las doce
el ser más juicioso y
diligente, y capaz de despachar numerosas
tareas de un modo
incomparable, me resignaba a pasar por
alto sus excentricidades,
aunque, ocasionalmente, me veía obligado a
reprenderlo. Sin
embargo lo hacía con suavidad, pues aunque
Turkey era de
mañana el más cortés, más dócil y más
reverencial de los hombres,
estaba predispuesto por las tardes, a la
menor provocación, a ser
áspero de lengua, es decir, insolente. Por
eso, valorando sus
servicios matinales, como yo lo hacía, y
resuelto a no perderlos —
pero al mismo tiempo, incómodo por sus
provocadoras maneras
después del mediodía— y como hombre pacífico,
poco deseoso de
que mis amonestaciones provocaran
respuestas impropias, resolví,
un sábado a mediodía (siempre estaba peor
los sábados), sugerirle,
muy bondadosamente, que, tal vez, ahora
que empezaba a
envejecer, sería prudente abreviar sus
tareas; en una palabra, no
necesitaba venir a la oficina más que de
mañana; después del
almuerzo era mejor que se fuera a
descansar a su casa hasta la
hora del té. Pero no, insistió en cumplir
sus deberes vespertinos. Su
rostro se puso intolerablemente fogoso, y
gesticulando con una
larga regla, en el otro extremo de la
habitación, me aseguró
enfáticamente que, si sus servicios eran útiles
de mañana, ¿cuánto
más indispensables no serían de tarde?
—Con toda deferencia, señor —dijo Turkey
entonces—, me
considero su mano derecha. De mañana,
ordeno y despliego mis
columnas, pero de tarde me pongo a la
cabeza, y bizarramente
arremeto contra el enemigo, así —e hizo
una violenta embestida con
la regla.
—¿Y los borrones? —insinué yo.
—Es verdad, pero con todo respeto, señor, ¡contemple
estos
cabellos! Estoy envejeciendo. Seguramente,
señor, un borrón o dos
en una tarde calurosa no pueden
reprocharse con severidad a mis
canas. La vejez, aunque borronea una página,
es honorable. Con
permiso, señor, los dos estamos
envejeciendo.
Este llamado a mis sentimientos personales
resultó irresistible.
Comprendí que estaba resuelto a no irse.
Hice mi composición de
lugar, resolviendo que por las tardes le
confiaría sólo documentos de
menor importancia.
Nippers, el segundo de mi lista, era un
muchacho de unos
veinticinco años, cetrino, melenudo, algo
pirático. Siempre lo
consideré una víctima de dos poderes
malignos: la ambición y la
indigestión. Evidencia de la primera era
cierta impaciencia en sus
deberes de mero copista y una
injustificada usurpación de asuntos
estrictamente profesionales, tales como la
redacción original de
documentos legales. La indigestión se
manifestaba en rachas de
sarcástico mal humor, con notorio
rechinamiento de dientes, cuando
cometía errores de copia; innecesarias
maldiciones, silbadas más
que habladas, en lo mejor de sus
ocupaciones, y especialmente por
un continuo disgusto con el nivel de la
mesa en que trabajaba. A
pesar de su ingeniosa aptitud mecánica,
nunca pudo Nippers
arreglar esa mesa a su gusto. Le ponía
astillas debajo, cubos de
distinta clase, pedazos de cartón y llegó
hasta ensayar un prolijo
ajuste con tiras de papel secante doblado.
Pero todo era en vano. Si
para comodidad de su espalda, levantaba la
cubierta de su mesa en
un ángulo agudo hacia el mentón, y escribía
como si un hombre
usara el empinado techo de una casa
holandesa como escritorio, la
sangre circulaba mal en sus brazos. Si
bajaba la mesa al nivel de su
cintura, y se agachaba sobre ella para
escribir, le dolían las
espaldas. La verdad es que Nippers no sabía
lo que quería. O, si
algo quería, era verse libre para siempre
de una mesa de copista.
Entre las manifestaciones de su ambición
enfermiza, tenía la pasión
de recibir a ciertos tipos de apariencia
ambigua y trajes rotosos, a
los que llamaba sus clientes. Comprendí
que no sólo le interesaba la
política parroquial: a veces hacía sus
negocios en los juzgados, y no
era desconocido en las antesalas de la cárcel.
Tengo buenas
razones para creer, sin embargo, que un
individuo que lo visitaba en
mis oficinas, y a quien pomposamente insistía
en llamar mi
cliente,
era sólo un acreedor, y la escritura, una
cuenta. Pero con todas sus
fallas y todas las molestias que me
causaba, Nippers (como su
compatriota Turkey) me era muy útil,
escribía con rapidez y letra
clara; y cuando quería no le faltaban
modales distinguidos. Además,
siempre estaba vestido como un caballero;
y con esto daba tono a
mi oficina. En lo que respecta a Turkey,
me daba mucho trabajo
evitar el descrédito que reflejaba sobre mí.
Sus trajes parecían
grasientos y olían a comida. En verano
usaba pantalones grandes y
bolsudos. Sus sacos eran execrables; el
sombrero no se podía
tocar. Pero mientras sus sombreros me eran
indiferentes, ya que su
natural cortesía y deferencia, como inglés
subalterno, lo llevaban a
sacárselo apenas entraba en el cuarto, su
saco ya era otra cosa.
Hablé con él respecto a su ropa, sin ningún
resultado. La verdad
era, supongo que un hombre con renta tan
exigua no podía ostentar
al mismo tiempo una cara brillante y una
ropa brillante.
Como observó Nippers una vez, Turkey
gastaba casi todo su dinero
en tinta roja. Un día de invierno le regalé
a Turkey un sobretodo mío
de muy decorosa apariencia: un sobretodo
gris, acolchado, de gran
abrigo, abotonado desde el cuello hasta
las rodillas. Pensé que
Turkey apreciaría el regalo, y moderaría
sus estrépitos e
imprudencias. Pero no; creo que el hecho
de enfundarse en un
sobretodo tan suave y tan acolchado, ejercía
un pernicioso efecto
sobre él —según el principio de que un
exceso de avena es
perjudicial para los caballos—. De igual
manera que un caballo
impaciente muestra la avena que ha comido, así Turkey
mostraba
su sobretodo. Le daba insolencia. Era un
hombre a quien
perjudicaba la prosperidad.
Aunque en lo referente a la continencia de
Turkey yo tenía mis
presunciones, en lo referente a Nippers
estaba persuadido de que,
cualesquiera fueran sus faltas en otros
aspectos, era por lo menos
un joven sobrio. Pero la propia naturaleza
era su tabernero, y desde
su nacimiento le había suministrado un carácter
tan irritable y tan
alcohólico que toda bebida subsiguiente le
era superflua. Cuando
pienso que en la calma de mi oficina
Nippers se ponía de pie, se
inclinaba sobre la mesa, estiraba los
brazos, levantaba todo el
escritorio y lo movía, y lo sacudía
marcando el piso, como si la mesa
fuera un perverso ser voluntarioso
dedicado a vejarlo y a frustrarlo,
claramente comprendo que para Nippers el
aguardiente era
superfluo. Era una suerte para mí que,
debido a su causa primordial
—la mala digestión—, la irritabilidad y la
consiguiente nerviosidad de
Nippers eran más notables de mañana, y que
de tarde estaba
relativamente tranquilo. Y como los
paroxismos de Turkey sólo se
manifestaban después de mediodía, nunca
debí sufrir a la vez las
excentricidades de los dos. Los ataques se
relevaban como
guardias. Cuando el de Nippers estaba de
turno, el de Turkey
estaba franco, y viceversa. Dadas las
circunstancias era éste un
buen arreglo.
Ginger Nut, el tercero en mi lista, era un
muchacho de unos doce
años. Su padre era carrero, ambicioso de
ver a su hijo, antes de
morir, en los tribunales y no en el
pescante. Por eso lo colocó en mi
oficina como estudiante de derecho,
mandadero, barredor y
limpiador, a razón de un dólar por semana.
Tenía un escritorio
particular, pero no lo usaba mucho. Pasé
revista a su cajón una vez:
contenía un conjunto de cáscaras de muchas
clases de nueces.
Para este perspicaz estudiante, toda la
noble ciencia del derecho
cabía en una cáscara de nuez. Entre sus
muchas tareas, la que
desempeñaba con mayor presteza consistía
en proveer de
manzanas y de pasteles a Turkey y a
Nippers.
Ya que la copia de expedientes es tarea
proverbialmente seca, mis
dos amanuenses solían humedecer sus
gargantas con helados, de
los que pueden adquirirse en los puestos
cerca del Correo y de la
Aduana. También solían encargar a Ginger
Nut ese bizcocho
especial —pequeño, chato, redondo y
sazonado con especias—
cuyo nombre se le daba. En las mañanas frías,
cuando había poco
trabajo, Turkey los engullía a docenas
como si fueran obleas —lo
cierto es que por un penique venden seis u
ocho—, y el rasguido de
la pluma se combinaba con el ruido que hacía
al triturar las
abizcochadas partículas. Entre las
confusiones vespertinas y los
fogosos atolondramientos de Turkey,
recuerdo que una vez
humedeció con la lengua un bizcocho de
jengibre y lo estampó
como sello en un título hipotecario.
Estuve entonces en un tris de
despedirlo, pero me desarmó con una
reverencia oriental,
diciéndome:
—Con permiso, señor, creo que he estado
generoso suministrándole
un sello a mis expensas.
Mis primitivas tareas de escribano de
transferencias y buscador de
títulos, y redactor de documentos recónditos
de toda clase
aumentaron considerablemente con el
nombramiento de agregado a
la Suprema Corte. Ahora había mucho
trabajo, para el que no
bastaban mis escribientes: requerí un
nuevo empleado.
En contestación a mi aviso, un joven inmóvil
apareció una mañana
en mi oficina; la puerta estaba abierta,
pues era verano. Reveo esa
figura: ¡pálidamente pulcra,
lamentablemente decente,
incurablemente desolada! Era Bartleby.
Después de algunas palabras sobre su
idoneidad, lo tomé, feliz de
contar entre mis copistas a un hombre de
tan morigerada
apariencia, que podría influir de modo benéfico
en el arrebatado
carácter de Turkey, y en el fogoso de
Nippers.
Yo hubiera debido decir que una puerta
vidriera dividía en dos
partes mis escritorios, una ocupada por
mis amanuenses, la otra por
mí. Según mi humor, las puertas estaban
abiertas o cerradas.
Resolví colocar a Bartleby en un rincón
junto a la portada, pero de
mi lado, para tener a mano a este hombre
tranquilo, en caso de
cualquier tarea insignificante. Coloqué su
escritorio junto a una
ventanita, en ese costado del cuarto que
originariamente daba a
algunos patios traseros y muros de
ladrillos, pero que ahora, debido
a posteriores construcciones, aunque daba
alguna luz no tenía vista
alguna. A tres pies de los vidrios había
una pared, y la luz bajaba de
muy arriba, entre dos altos edificios,
como desde una pequeña
abertura en una cúpula. Para que el
arreglo fuera satisfactorio,
conseguí un alto biombo verde que
enteramente aislara a Bartleby
de mi vista, dejándolo sin embargo al
alcance de mi voz. Así, en
cierto modo, se aunaban sociedad y retiro.
Al principio, Bartleby escribió
extraordinariamente. Como si hubiera
padecido un ayuno de algo que copiar,
parecía hartarse con mis
documentos. No se detenía para la digestión.
Trabajaba día y
noche, copiando, a la luz del día y a la
luz de las velas. Yo,
encantado con su aplicación, me hubiera
encantado aún más si él
hubiera sido un trabajador alegre. Pero
escribía silenciosa, pálida,
mecánicamente.
Una de las indispensables tareas del
escribiente es verificar la
fidelidad de la copia, palabra por
palabra. Cuando hay dos o más
amanuenses en una oficina, se ayudan
mutuamente en este
examen, uno leyendo la copia, el otro
siguiendo el original. Es un
asunto cansador, insípido y letárgico.
Comprendo que para
temperamentos sanguíneos resultaría
intolerable. Por ejemplo, no
me imagino al ardoroso Byron, sentado junto
a Bartleby, resignado a
cotejar un expediente de quinientas páginas,
escritas con letra
apretada.
Yo ayudaba en persona a confrontar algún
documento breve,
llamando a Turkey o a Nippers con este
propósito. Uno de mis fines
al colocar a Bartleby tan a mano, detrás
del biombo, era aprovechar
sus servicios en estas ocasiones
triviales. Al tercer día de su estada,
y antes de que fuera necesario examinar lo
escrito por él, la prisa
por completar un trabajito que tenía entre
manos, me hizo llamar
súbitamente a Bartleby. En el apuro y en
la justificada expectativa de
una obediencia inmediata, yo estaba en el
escritorio con la cabeza
inclinada sobre el original y con la copia
en la mano derecha algo
nerviosamente extendida, de modo que, al
surgir de su retiro,
Bartleby pudiera tomarla y seguir el
trabajo sin dilaciones.
En esta actitud estaba cuando le dije lo
que debía hacer, esto es,
examinar un breve escrito conmigo.
Imaginen mi sorpresa, mi
consternación, cuando, sin moverse de su ángulo,
Bartleby, con una
voz singularmente suave y firme, replicó:
—Preferiría no hacerlo.
Me quedé un rato en silencio perfecto,
ordenando mis atónitas
facultades. Primero, se me ocurrió que mis
oídos me engañaban o
que Bartleby no había entendido mis
palabras. Repetí la orden con
la mayor claridad posible; pero con
claridad se repitió la respuesta.
—Preferiría no hacerlo.
—Preferiría no hacerlo —repetí como un
eco, poniéndome de pie,
excitadísimo y cruzando el cuarto a
grandes pasos—. ¿Qué quiere
decir con eso? Está loco. Necesito que me
ayude a confrontar esta
página; tómela —y se la alcancé.
—Preferiría no hacerlo —dijo.
Lo miré con atención. Su rostro estaba
tranquilo; sus ojos grises,
vagamente serenos. Ni un rasgo denotaba
agitación. Si hubiera
habido en su actitud la menor incomodidad,
enojo, impaciencia o
impertinencia, en otras palabras si
hubiera habido en él cualquier
manifestación normalmente humana, yo lo
hubiera despedido en
forma violenta. Pero, dadas las
circunstancias, hubiera sido como
poner en la calle a mi pálido busto en
yeso de Cicerón.
Me quedé mirándolo un rato largo, mientras
él seguía escribiendo y
luego volví a mi escritorio. Esto es rarísimo,
pensé. ¿Qué hacer?
Mis asuntos eran urgentes. Resolví olvidar
aquello, reservándolo
para algún momento libre en el futuro.
Llamé del otro cuarto a
Nippers y pronto examinamos el escrito.
Pocos días después, Bartleby concluyó
cuatro documentos
extensos, copias cuadruplicadas de
testimonios, dados ante mí
durante una semana en la cancillería de la
Corte. Era necesario
examinarlos. El pleito era importante y
una gran precisión era
indispensable. Teniendo todo listo llamé a
Turkey, Nippers y Ginger
Nut, que estaban en el otro cuarto,
pensando poner en manos de
mis cuatro amanuenses las cuatro copias
mientras yo leyera el
original. Turkey, Nippers y Ginger Nut
estaban sentados en fila, cada
uno con su documento en la mano, cuando le
dije a Bartleby que se
uniera al interesante grupo.
—¡Bartleby!, pronto, estoy esperando.
Oí el arrastre de su silla sobre el piso
desnudo, y el hombre no tardó
en aparecer a la entrada de su ermita.
—¿En qué puedo ser útil? —dijo
apaciblemente.
—Las copias, las copias —dije con apuro—.
Vamos a examinarlas.
Tome —y le alargué la cuarta copia.
—Preferiría no hacerlo —dijo, y dócilmente
desapareció detrás de
su biombo.
Por algunos momentos me convertí en una
estatua de sal, a la
cabeza de mi columna de amanuenses
sentados. Vuelto en mí,
avancé hacia el biombo a indagar el motivo
de esa extraordinaria
conducta.
—¿Por qué rehúsa?
—Preferiría no hacerlo.
Con cualquier otro hombre me hubiera
precipitado en un arranque
de ira, desdeñando explicaciones, y lo
hubiera arrojado
ignominiosamente de mi vista. Pero había
algo en Bartleby que no
sólo me desarmaba singularmente, sino que
de manera maravillosa
me conmovía y desconcertaba. Me puse a
razonar con él.
—Son sus propias copias las que estamos
por confrontar. Esto le
ahorrará trabajo, pues un examen bastará
para sus cuatro copias.
Es la costumbre. Todos los copistas están
obligados a examinar su
copia. ¿No es así? ¿No quiere hablar? ¡Conteste!
—Prefiero no hacerlo —replicó
melodiosamente.
Me pareció que, mientras me dirigía a él,
consideraba con cuidado
cada aserto mío; que comprendía por entero
el significado; que no
podía contradecir la irresistible conclusión;
pero que al mismo
tiempo alguna suprema consideración lo
inducía a contestar de ese
modo.
—¿Está resuelto, entonces, a no acceder a
mi solicitud; solicitud
hecha de acuerdo con la costumbre y el
sentido común?
Brevemente me dio a entender que en ese
punto mi juicio era
exacto. Sí: su decisión era irrevocable.
No es raro que el hombre a quien
contradicen de una manera
insólita e irrazonable bruscamente descrea
de su convicción más
elemental. Empieza a vislumbrar vagamente
que, por extraordinario
que parezca, toda la justicia y toda la
razón están del otro lado; si
hay testigos imparciales, se vuelve a
ellos para que de algún modo
lo refuercen.
—Turkey —dije—, ¿qué piensa de esto? ¿Tengo
razón?
—Con todo respeto, señor —dijo Turkey en
su tono más suave—,
creo que la tiene.
—Nippers. ¿Qué piensa de esto?
—Yo lo echaría a puntapiés de la oficina.
El sagaz lector habrá percibido que siendo
de mañana, la
contestación de Turkey estaba concebida en
términos tranquilos y
corteses y la de Nippers era malhumorada.
O, para repetir una frase
anterior, diremos que el malhumor de
Nippers estaba de guardia y el
de Turkey estaba franco.
—Ginger Nut —dije, ávido de obtener en mi
favor el sufragio más
mínimo—, ¿qué piensas de esto?
—Creo, señor, que está un poco chiflado —replicó
Ginger Nut con
una mueca burlona.
—Está oyendo lo que opinan —le dije, volviéndome
al biombo—.
Salga y cumpla su deber.
No condescendió a contestar. Tuve un
momento de molesta
perplejidad. Pero las tareas urgían. Y
otra vez decidí postergar el
estudio de este problema a futuros ocios.
Con un poco de
incomodidad llegamos a examinar los
papeles sin Bartleby, aunque,
a cada página, Turkey, deferentemente,
daba su opinión de que este
procedimiento no era correcto; mientras
Nippers, retorciéndose en
su silla con una nerviosidad dispéptica,
trituraba entre sus dientes
apretados intermitentes maldiciones
silbadas contra el idiota
testarudo de detrás del biombo. En cuanto
a él (Nippers), ésta era la
primera y última vez que haría sin
remuneración el trabajo de otro.
Mientras tanto, Bartleby seguía en su
ermita, ajeno a todo lo que no
fuera su propia tarea.
Pasaron algunos días, en los que el
amanuense tuvo que hacer otro
largo trabajo. Su conducta extraordinaria
me hizo vigilarle
estrechamente. Observé que jamás iba a
almorzar; en realidad, que
jamás iba a ninguna parte. Jamás, que yo
supiera, había estado
ausente de la oficina. Era un centinela
perpetuo en su rincón. Noté
que a las once de la mañana, Ginger Nut
solía avanzar hasta la
apertura del biombo, como atraído por una
señal silenciosa, invisible
para mí. Luego salía de la oficina,
haciendo sonar unas monedas, y
reaparecía con un puñado de bizcochos de
jengibre, que entregaba
en la ermita, recibiendo dos de ellos como
jornal.
Vive de bizcochos de jengibre, pensé; no
toma nunca lo que se
llama un almuerzo; debe de ser un
vegetariano; pero no, pues no
toma ni legumbres, ni come más que
bizcochos de jengibre. Medité
sobre los probables efectos de un
exclusivo régimen de bizcochos
de jengibre. Se llaman así porque el
jengibre es uno de sus
principales componentes, y su principal
sabor. Ahora bien, ¿qué es
el jengibre? Una cosa cálida y picante. ¿Era
Bartleby cálido y
picante? Nada de eso; el jengibre,
entonces, no ejercía efecto
alguno sobre Bartleby. Probablemente, él
prefería que no lo
ejerciera.
Nada exaspera más a una persona seria que
una resistencia pasiva.
Si el individuo resistido no es inhumano y
el individuo resistente es
inofensivo en su pasividad, el primero, en
sus mejores momentos,
caritativamente procurará que su imaginación
interprete lo que su
entendimiento no puede resolver.
Así me aconteció con Bartleby y sus
manejos. ¡Pobre hombre!,
pensé yo, no lo hace por maldad; es
evidente que no procede por
insolencia; su aspecto es suficiente
prueba de lo involuntario de sus
rarezas. Me es útil. Puedo llevarme bien
con él. Si lo despido, caerá
con un patrón menos indulgente, será
maltratado y tal vez llegará
miserablemente a morirse de hambre. Sí,
puedo adquirir a muy bajo
precio la deleitosa sensación de amparar a
Bartleby; puedo
adaptarme a su extraña terquedad; ello me
costará poquísimo o
nada y, mientras, atesoraré en el fondo de
mi alma lo que finalmente
será un dulce bocado para mi conciencia.
Pero no siempre
consideré así las cosas. La pasividad de
Bartleby solía
exasperarme. Me sentía aguijoneado extrañamente
a chocar con él
en un nuevo encuentro, a despertar en él
una colérica chispa
correspondiente a la mía. Pero hubiera
sido lo mismo tratar de
encender fuego golpeando con los nudillos
de mi mano en un
pedazo de jabón Windsor.
Una tarde, el impulso maligno me dominó y
tuvo lugar la siguiente
escena:
—Bartleby —le dije—, cuando haya copiado
todos esos
documentos, los voy a revisar con usted.
—Preferiría no hacerlo.
—¿Cómo? ¿Se propone persistir en ese
capricho de mula?
Silencio.
Abrí la puerta vidriera y dirigiéndome a
Turkey y a Nippers exclamé:
—Bartleby dice por segunda vez que no
examinará sus
documentos. ¿Qué piensa de eso, Turkey?
Hay que recordar que era de tarde. Turkey
resplandecía como una
marmita de bronce; tenía empapada la
calva; tamborileaba con las
manos sobre sus papeles borroneados.
—¿Qué pienso? —rugió Turkey—. ¡Pienso que
voy meterme en el
biombo y le voy a poner un ojo negro!
Con estas palabras se puso de pie y estiró
los brazos en una
postura pugilística. Se disponía a hacer
efectiva su promesa,
cuando lo detuve, arrepentido de haber
despertado la belicosidad de
Turkey después de almorzar.
—Siéntese, Turkey —le dije—, y oiga lo que
Nippers va a decir.
¿Qué piensa, Nippers? ¿No estaría
plenamente justificado despedir
de inmediato a Bartleby?
—Discúlpeme, esto tiene que decidirlo
usted mismo. Creo que su
conducta es insólita, y ciertamente
injusta hacia Turkey y hacia mí.
Pero puede tratarse de un capricho
pasajero.
—¡Ah! —exclamé—, es raro ese cambio de
opinión. Usted habla de
él, ahora, con demasiada indulgencia.
—Es la cerveza —gritó Turkey—, esa
indulgencia es efecto de la
cerveza. Nippers y yo almorzamos juntos.
Ya ve qué indulgente
estoy yo, señor. ¿Le pongo un ojo negro?
—Supongo que se refiere a Bartleby. No,
hoy no, Turkey —repliqué
—, por favor, baje esos puños.
Cerré las puertas y volví a dirigirme a
Bartleby. Tenía un nuevo
incentivo para tentar mi suerte. Estaba
deseando que volviera a
rebelarse. Recordé que Bartleby no abandonaba
nunca la oficina.
—Bartleby —le dije—. Ginger Nut ha salido;
cruce a Correo,
¿quiere? (era a tres minutos de distancia)
y vea si hay algo para mí.
—Preferiría no hacerlo.
—¿No quiere ir?
—Lo preferiría así.
Pude llegar a mi escritorio, y me sumí en
profundas reflexiones.
Volvió mi ciego impulso. ¿Habría alguna
cosa capaz de procurarme
otra ignominiosa repulsa de este necio
tipo sin un cobre, mi
dependiente asalariado?
¿Qué otra cosa perfectamente razonable
habría, que con seguridad
rehusara a hacer?
—¡Bartleby!
Silencio.
—¡Bartleby! —más fuerte.
Silencio.
—¡Bartleby! —vociferé.
Como un verdadero fantasma, cediendo a las
leyes de una
invocación mágica, apareció al tercer
llamado.
—Vaya al otro cuarto y dígale a Nippers
que venga.
—Preferiría no hacerlo —dijo con
respetuosa lentitud, y desapareció
mansamente.
—Muy bien, Bartleby —dije con voz
tranquila, aplomada y
serenamente severa, insinuando el
inalterable propósito de alguna
terrible y pronta represalia. En ese
momento proyectaba algo por el
estilo. Pero pensándolo bien, y como se
acercaba la hora de
almorzar, me pareció mejor ponerme el
sombrero y caminar hasta
casa, sufriendo con mi perplejidad y mi
preocupación.
¿Lo confesaré? Como resultado final quedó
establecido en mi
oficina que un pálido joven llamado
Bartleby tenía ahí un escritorio,
que copiaba al precio corriente de cuatro
céntimos la hoja (cien
palabras), pero que estaba exento,
permanentemente, de examinar
su trabajo, y que ese deber era
transferido a Turkey y a Nippers, sin
duda en gracia de su mayor agudeza; ítem,
el susodicho Bartleby no
sería llamado a evacuar el más trivial
encargo; y si se le pedía que
lo hiciera, se entendía que preferiría no hacerlo, en otras palabras,
que rehusaría de modo terminante.
Con el tiempo, me sentí considerablemente
reconciliado con
Bartleby. Su aplicación, su falta de
vicios, su laboriosidad incesante
(salvo cuando se perdía en un sueño detrás
del biombo), su gran
calma, su ecuánime conducta en todo
momento, hacían de él una
valiosa adquisición. En primer lugar siempre estaba ahí, el primero
por la mañana, durante todo el día, y el último
por la noche. Yo tenía
singular confianza en su honestidad. Sentía
que mis documentos
más importantes estaban perfectamente
seguros en sus manos. A
veces, muy a pesar mío, no podía evitar el
caer en espasmódicas
cóleras contra él. Pues era muy difícil no
olvidar nunca esas raras
peculiaridades, privilegios, y excepciones
inauditas, que formaban
las tácitas condiciones bajo las cuales
Bartleby seguía en la oficina.
A veces, en la ansiedad de despachar
asuntos urgentes,
distraídamente pedía a Bartleby, en breve
y rápido tono, poner el
dedo, digamos, en el nudo incipiente de un
cordón colorado con el
que estaba atando unos papeles. Detrás del
biombo resonaba la
consabida respuesta: Preferiría no hacerlo; y entonces ¿cómo era
posible que un ser humano dotado de las
fallas comunes de nuestra
naturaleza dejara de contestar con
amargura a una perversidad
semejante, a semejante sinrazón? Sin
embargo, cada nueva repulsa
de esta clase tendía a disminuir las
probabilidades de que yo
repitiera la distracción.
Debo decir que, según la costumbre de
muchos hombres de ley con
oficinas en edificios densamente
habitados, la puerta tenía varias
llaves. Una la guardaba una mujer que vivía
en la buhardilla, que
hacía una limpieza a fondo una vez por
semana y diariamente barría
y sacudía el departamento. Turkey tenía
otra, la tercera yo solía
llevarla en mi bolsillo, y la cuarta no sé
quién la tenía.
Ahora bien, un domingo de mañana se me
ocurrió ir a la iglesia de la
Trinidad a oír a un famoso predicador, y
como era un poco temprano
pensé pasar un momento a mi oficina.
Felizmente llevaba mi llave
pero, al meterla en la cerradura, encontré
resistencia por la parte
interior. Llamé; consternado, vi girar una
llave por dentro y,
exhibiendo su pálido rostro por la puerta
entreabierta, entreví a
Bartleby en mangas de camisa, y en un raro
y andrajoso deshabillé.
Se excusó, mansamente: dijo que estaba muy
ocupado y que
prefería no recibirme por el momento. Añadió
que sería mejor que
yo fuera a dar dos o tres vueltas por la
manzana, y que entonces
habría terminado sus tareas.
La inesperada aparición de Bartleby,
ocupando mi oficina un
domingo, con su cadavérica indiferencia
caballeresca, pero tan firme
y tan seguro de sí, tuvo tan extraño
efecto, que de inmediato me
retiré de mi puerta y cumplí sus deseos.
Pero no sin variados pujos
de inútil rebelión contra la mansa
desfachatez de este inexplicable
amanuense. Su maravillosa mansedumbre no sólo
me desarmaba,
me acobardaba. Porque considero que es una
especie de cobarde
el que tranquilamente permite a su
dependiente asalariado que le dé
ordenes y que lo expulse de sus dominios.
Además, yo estaba lleno
de dudas sobre lo que Bartleby podría
estar haciendo en mi oficina,
en mangas de camisa y todo deshecho, un
domingo de mañana.
¿Pasaría algo impropio? No, eso quedaba
descartado. No podía
pensar ni por un momento que Bartleby
fuera una persona inmoral.
Pero, ¿qué podía estar haciendo allí? ¿Copias?
No, por excéntrico
que fuera Bartleby, era notoriamente
decente. Era la última persona
para sentarse en su escritorio en un
estado vecino a la desnudez.
Además, era domingo, y había algo en
Bartleby que prohibía
suponer que violaría la santidad de ese día
con tareas profanas.
Con todo, mi espíritu no estaba tranquilo;
y lleno de inquieta
curiosidad, volví, por fin, a mi puerta.
Sin obstáculo introduje la llave,
abrí y entré. Bartleby no se veía, miré
ansiosamente por todo, eché
una ojeada detrás del biombo; pero era
claro que se había ido.
Después de un prolijo examen, comprendí
que por un tiempo
indefinido Bartleby debía haber comido y
dormido y haberse vestido
en mi oficina, y eso sin vajilla, cama o
espejo. El tapizado asiento de
un viejo sofá desvencijado mostraba en un
rincón la huella visible de
una flaca forma reclinada. Enrollada bajo
el escritorio encontré una
frazada; en el hogar vacío una caja de
pasta y un cepillo; en una
silla una palangana de lata, jabón y una
toalla rotosa; en un diario,
unas migas de bizcocho de jengibre y un
bocado de queso. Sí,
pensé, es bastante claro que Bartleby ha
estado viviendo aquí.
Entonces, me cruzó el pensamiento: ¡Qué
miserables orfandades,
miserias, soledades, quedan reveladas aquí!
Su pobreza es grande;
pero, su soledad ¡qué terrible! Piensen.
Los domingos, Wall Street es un desierto
como la Arabia Pétrea; y
cada noche de cada día es una desolación.
Este edificio, también,
que en los días de semana bulle de animación
y de vida, por la
noche retumba de puro vacío, y el domingo
está desolado. ¡Y es
aquí donde Bartleby hace su hogar, único
espectador de una
soledad que ha visto poblada, una especie
de inocente y
transformado Mario, meditando entre las
ruinas de Cartago!
Por primera vez en mi vida una impresión
de abrumadora y
punzante melancolía se apoderó de mí.
Antes, nunca había
experimentado más que ligeras tristezas,
no desagradables. Ahora
el lazo de una común humanidad me
arrastraba al abatimiento. ¡Una
melancolía fraternal! Los dos, yo y
Bartleby, éramos hijos de Adán.
Recordé las sedas brillantes y los rostros
dichosos que había visto
ese día, bogando como cisnes por el
Mississippi de Broadway y los
comparé al pálido copista, reflexionando:
Ah, la felicidad busca la
luz, por eso juzgamos que el mundo es
alegre; pero el dolor se
esconde en la soledad, por eso juzgamos
que el dolor no existe.
Estas imaginaciones —quimeras,
indudablemente, de un cerebro
tonto y enfermo— me llevaron a
pensamientos más directos sobre
las rarezas de Bartleby. Presentimientos
de extrañas novedades me
visitaron. Creí ver la pálida forma del
amanuense, entre
desconocidos, indiferentes, extendida en
su estremecida mortaja.
De pronto, me atrajo el escritorio cerrado
de Bartleby, con su llave
visible en la cerradura.
No me llevaba, pensé, ninguna intención aviesa,
ni el apetito de una
desalmada curiosidad, además, el
escritorio es mío y también su
contenido; bien puedo animarme a
revisarlo. Todo estaba
metódicamente arreglado, los papeles en
orden. Los casilleros eran
profundos; removiendo los legajos archivados,
examiné el fondo. De
pronto sentí algo y lo saqué. Era un viejo
pañuelo de algodón,
pesado y anudado. Lo abrí y encontré que
era una caja de ahorros.
Entonces recordé todos los tranquilos
misterios que había notado en
el hombre. Recordé que sólo hablaba para
contestar; que aunque a
intervalos tenía tiempo de sobra, nunca lo
había visto leer —no, ni
siquiera un diario—; que por largo rato se
quedaba mirando, por su
pálida ventana detrás del biombo, al ciego
muro de ladrillos; yo
estaba seguro que nunca visitaba una fonda
o un restaurante;
mientras su pálido rostro indicaba que
nunca bebía cerveza como
Turkey, ni siquiera té o café como los
otros hombres, que nunca
salía a ninguna parte; que nunca iba a dar
un paseo, salvo tal vez
ahora; que había rehusado decir quién era,
o de dónde venía, o si
tenía algún pariente en el mundo; que,
aunque tan pálido y tan
delgado, nunca se quejaba de mala salud. Y
más aún, yo recordé
cierto aire de inconsciente, de
descolorida —¿cómo diré?— de
descolorida altivez, digamos, o austera
reserva, que me había
infundido una mansa condescendencia con
sus rarezas, cuando se
trataba de pedirle el más ligero favor,
aunque su larga inmovilidad
me indicara que estaba detrás de su
biombo, entregado a uno de
sus sueños frente al muro.
Meditando en esas cosas, y ligándolas al
reciente descubrimiento de
que había convertido mi oficina en su
residencia, y sin olvidar sus
mórbidas cavilaciones, meditando en estas
cosas, repito, un
sentimiento de prudencia nació en mi espíritu.
Mis primeras
reacciones habían sido de pura melancolía
y lástima sincera, pero a
medida que la desolación de Bartleby se
agrandaba en mi
imaginación, esa melancolía se convirtió
en miedo, esa lástima en
repulsión.
Tan cierto es, y a la vez tan terrible,
que hasta cierto punto el
pensamiento o el espectáculo de la pena
atrae nuestros mejores
sentimientos, pero algunos casos
especiales no van más allá. Se
equivocan quienes afirman que esto se debe
al natural egoísmo del
corazón humano. Más bien proviene de
cierta desesperanza de
remediar un mal orgánico y excesivo. Y
cuando se percibe que esa
piedad no lleva a un socorro efectivo, el
sentido común ordena al
alma librarse de ella. Lo que vi esa mañana
me convenció que el
amanuense era la víctima de un mal innato
e incurable. Yo podía dar
una limosna a su cuerpo; pero su cuerpo no
le dolía; tenía el alma
enferma, y yo no podía llegar a su alma.
No cumplí, esa mañana, mi propósito de ir
a la Trinidad. Las cosas
que había visto me incapacitaban, por el
momento, para ir a la
iglesia. Al dirigirme a mi casa, iba
pensando en lo que haría con
Bartleby. Al fin me resolví: lo interrogaría
con calma, a la mañana
siguiente, acerca de su vida, etc., y si
rehusaba contestarme
francamente y sin reticencias (y suponía
que él preferiría no
hacerlo), le daría un billete de veinte dólares,
además de lo que le
debía, diciéndole que ya no necesitaba sus
servicios; pero que, en
cualquier otra forma en que necesitara mi
ayuda, se la prestaría
gustoso, especialmente le pagaría los
gastos para trasladarse al
lugar de su nacimiento, dondequiera que
fuera. Además, si al llegar
a su destino necesitaba ayuda, una carta
haciéndomelo saber no
quedaría sin respuesta.
La mañana siguiente llegó.
—Bartleby —dije, llamándolo comedidamente.
Silencio.
—Bartleby —dije en tono aún más suave—,
venga, no le voy a pedir
que haga nada que usted preferiría no
hacer. Sólo quiero conversar
con usted.
Con esto, se me acercó silenciosamente.
—¿Quiere decirme, Bartleby, dónde ha
nacido?
—Preferiría no hacerlo.
—¿Quiere contarme algo de usted?
—Preferiría no hacerlo.
—¿Pero qué objeción razonable puede tener
para no hablar
conmigo? Yo quisiera ser un amigo.
Mientras yo hablaba, no me miró. Tenía los
ojos fijos en el busto de
Cicerón, que estaba justo detrás de mí, a
unos quince centímetros
sobre mi cabeza.
—¿Cuál es su respuesta, Bartleby? —le
pregunté, después de
esperar un buen rato, durante el cual su
actitud era estática,
notándose apenas un levísimo temblor en
sus labios descoloridos.
—Por ahora prefiero no contestar —dijo, y
se retiró a su ermita.
Tal vez fui débil, lo confieso, pero su
actitud en esta ocasión me
irritó. No sólo parecía acechar en ella
cierto desdén tranquilo; su
terquedad resultaba desagradecida si se
considera el indiscutible
buen trato y la indulgencia que había
recibido de mi parte.
De nuevo me quedé pensando qué haría.
Aunque me irritaba su
proceder, aunque al entrar en la oficina
yo estaba resuelto a
despedirlo, un sentimiento supersticioso
oleó en mi corazón y me
prohibió cumplir mi propósito, y me dijo
que yo sería un canalla si
me atrevía a murmurar una palabra dura
contra el más triste de los
hombres. Al fin, colocando familiarmente
mi silla detrás de su
biombo, me senté y le dije:
—Dejemos de lado su historia, Bartleby;
pero permítame suplicarle
amistosamente que observe en lo posible
las costumbres de esta
oficina. Prométame que mañana o pasado
ayudará a examinar
documentos; prométame que dentro de un par
de días se volverá un
poco razonable. ¿Verdad, Bartleby?
—Por ahora prefiero no ser un poco razonable
—fue su mansa y
cadavérica respuesta.
En ese momento se abrió la puerta vidriera
y Nippers se acercó.
Parecía víctima, contra la costumbre, de
una mala noche, producida
por una indigestión más severa que las de
costumbre. Oyó las
últimas palabras de Bartleby.
—¿Prefiere no ser razonable? —gritó Nippers—. Yo le daría
preferencias, si fuera usted, señor. ¿Qué
es, señor, lo que ahora
prefiere no hacer? —Bartleby no movió ni un dedo.
—Señor Nippers —le dije—, prefiero que,
por el momento, usted se
retire.
No sé cómo, últimamente, yo había contraído
la costumbre de usar
la palabra preferir. Temblé pensando que mi relación con el
amanuense ya hubiera afectado seriamente
mi estado mental. ¿Qué
otra y quizás más honda aberración podría
traerme? Esto había
influido en mi determinación de emplear
medidas sumarias.
Mientras Nippers, agrio y malhumorado,
desaparecía, Turkey
apareció, obsequioso y deferente.
—Con todo respeto, señor —dijo—, ayer
estuve meditando sobre
Bartleby, y pienso que si él prefiriera
tomar a diario un cuarto de
buena cerveza, le haría mucho bien, y lo
habilitaría a prestar ayuda
en el examen de documentos.
—Parece que usted también ha adoptado la
palabra —dije,
ligeramente excitado.
—Con todo respeto. ¿Qué palabra, señor? —preguntó
Turkey,
apretándose respetuosamente en el estrecho
espacio detrás del
biombo y obligándome al hacerlo a empujar
al amanuense—. ¿Qué
palabra, señor?
—Preferiría quedarme aquí solo —dijo
Bartleby, como si lo ofendiera
el verse atropellado en su retiro.
—Ésa es la palabra, Turkey, ésa es.
—¡Ah!, ¿preferir?, ah, sí, curiosa
palabra. Yo nunca la uso. Pero,
señor, como iba diciendo, si prefiriera…
—Turkey —interrumpí—, retírese por favor.
—Ciertamente, señor, si usted lo prefiere.
Al abrir la puerta vidriera para
retirarse, Nippers desde su escritorio
me echó una mirada y me preguntó si yo
prefería papel blanco o
papel azul para copiar cierto documento.
No acentuó
maliciosamente la palabra preferir. Se veía que había sido dicha
involuntariamente. Reflexioné que era mi
deber deshacerme de un
demente, que ya, en cierto modo, había
influido en mi lengua y
quizás en mi cabeza y en las de mis
dependientes. Pero juzgué
prudente no hacerlo de inmediato.
Al día siguiente noté que Bartleby no hacía
más que mirar por la
ventana, en su sueño frente a la pared.
Cuando le pregunté por qué
no escribía, me dijo que había resuelto no
escribir más.
—¿Por qué no? ¿Qué se propone? —exclamé—, ¿no
escribir más?
—Nunca más.
—¿Y por qué razón?
—¿No la ve usted mismo? —replicó con
indiferencia.
Lo miré fijamente y me pareció que sus
ojos estaban apagados y
vidriosos. En seguida se me ocurrió que su
ejemplar diligencia junto
a esa pálida ventana, durante las primeras
semanas, había dañado
su vista.
Me sentí conmovido y pronuncié algunas
palabras de simpatía.
Sugerí que, por supuesto, era prudente de
su parte el abstenerse de
escribir por un tiempo; y lo animé a tomar
esta oportunidad para
hacer ejercicios al aire libre. Pero no lo
hizo. Días después, estando
ausentes mis otros empleados, y teniendo
mucha prisa por
despachar ciertas cartas, pensé que no
teniendo nada que hacer,
Bartleby sería menos inflexible que de
costumbre y querría
llevármelas al correo. Se negó
rotundamente y aunque me resultaba
molesto, tuve que llevarlas yo mismo.
Pasaba el tiempo. Ignoro si
los ojos de Bartleby se mejoraron o no. Me
parece que sí, según
todas las apariencias. Pero cuando se lo
pregunté no me concedió
una respuesta. De todos modos, no quería
seguir copiando. Al fin,
acosado por mis preguntas, me informó que
había resuelto
abandonar las copias.
—¡Cómo! —exclamé—. ¿Si sus ojos se
curaran, si viera mejor que
antes, copiaría entonces?
—He renunciado a copiar —contestó y se
hizo a un lado.
Se quedó como siempre, enclavado en mi
oficina.
¡Qué! —si eso fuera posible— se reafirmó más
aún que antes. ¿Qué
hacer? Si no hacía nada en la oficina: ¿por
qué se iba a quedar? De
hecho, era una carga, no sólo inútil, sino
gravosa. Sin embargo, le
tenía lástima. No digo sino la pura verdad
cuando afirmo que me
causaba inquietud. Si hubiese nombrado a
algún pariente o amigo,
yo le hubiera escrito, instándolo a llevar
al pobre hombre a un retiro
adecuado. Pero parecía solo, absolutamente
solo en el universo.
Algo como un despojo en mitad del océano
Atlántico. A la larga,
necesidades relacionadas con mis asuntos
prevalecieron sobre toda
consideración. Lo más bondadosamente
posible, le dije a Bartleby
que en seis días debía dejar la oficina.
Le aconsejé tomar medidas
en ese intervalo, para procurar una nueva
morada. Le ofrecí
ayudarlo en este empeño, si él
personalmente daba el primer paso
para la mudanza. Y cuando usted se vaya
del todo, Bartleby —añadí
—, velaré para que no salga completamente
desamparado.
Recuerde, dentro de seis días.
Al expirar el plazo, espié detrás del
biombo: ahí estaba Bartleby.
Me abotoné el abrigo, me paré firme; avancé
lentamente hasta
tocarle el hombro y le dije:
—El momento ha llegado; debe abandonar
este lugar; lo siento por
usted; aquí tiene dinero, debe irse.
—Preferiría no hacerlo —replicó, siempre dándome
la espalda.
—Pero usted debe irse.
Silencio.
Yo tenía una ilimitada confianza en su
honradez. Con frecuencia me
había devuelto peniques y chelines que yo
había dejado caer en el
suelo, porque soy muy descuidado con esas
pequeñeces. Las
providencias que adopté no se considerarán,
pues, extraordinarias.
—Bartleby —le dije—, le debo doce dólares,
aquí tiene treinta y dos;
esos veinte son suyos, ¿quiere tomarlos? —y
le alcancé los billetes.
Pero ni se movió.
—Los dejaré aquí, entonces —y los puse
sobre la mesa bajo un
pisapapeles. Tomando mi sombrero y mi bastón
me dirigí a la
puerta, y volviéndome tranquilamente añadí:
—Cuando haya sacado sus cosas de la
oficina, Bartleby, usted por
supuesto cerrará con llave la puerta, ya
que todos se han ido, y por
favor deje la llave bajo el felpudo, para
que yo la encuentre mañana.
No nos veremos más. Adiós. Si más
adelante, en su nuevo
domicilio, puedo serle útil, no deje de
escribirme. Adiós Bartleby y
que le vaya bien.
No contestó ni una palabra, como la última
columna de un templo en
ruinas, quedó mudo y solitario en medio
del cuarto desierto.
Mientras me encaminaba a mi casa,
pensativo, mi vanidad se
sobrepuso a mi lástima. No podía menos de
jactarme del modo
magistral con que había llevado mi
liberación de Bartleby. Magistral,
lo llamaba, y así debía opinar cualquier
pensador desapasionado.
La belleza de mi procedimiento consistía
en su perfecta serenidad.
Nada de vulgares intimidaciones, ni de
bravatas, ni de coléricas
amenazas, ni de paseos arriba y abajo por
el departamento, con
espasmódicas órdenes vehementes a Bartleby
de desaparecer con
sus miserables bártulos. Nada de eso. Sin
mandatos gritones a
Bartleby —como hubiera hecho un genio
inferior— yo había
postulado que se iba, y sobre esa promesa
había construido todo mi
discurso. Cuanto más pensaba en mi
actitud, más me complacía en
ella. Con todo, al despertarme la mañana
siguiente, tuve mis dudas
—mis humos de vanidad se habían
desvanecido—. Una de las
horas más lúcidas y serenas en la vida del
hombre es la del
despertar. Mi procedimiento seguía pareciéndome
tan sagaz como
antes, pero sólo en teoría. Cómo resultaría
en la práctica estaba por
verse. Era una bella idea, dar por sentada
la partida de Bartleby;
pero después de todo, esta presunción era
sólo mía, y no de
Bartleby. Lo importante era, no que yo
hubiera establecido que
debía irse, sino que él prefiriera
hacerlo. Era hombre de
preferencias, no de presunciones.
Después del almuerzo, me fui al centro,
discutiendo las
probabilidades pro y contra. A ratos pensaba que sería un fracaso y
que encontraría a Bartleby en mi oficina
como de costumbre; y en
seguida tenía la seguridad de encontrar su
silla vacía. Y así seguí
titubeando. En la esquina de Broadway y la
calle del Canal, vi a un
grupo de gente muy excitada, conversando
seriamente.
—Apuesto a que… —oí decir al pasar.
—¿A que no se va?, ¡ya está! —dije—; ponga
su dinero.
Instintivamente metí la mano en el
bolsillo, para vaciar el mío,
cuando me acordé que era día de
elecciones. Las palabras que
había oído no tenían nada que ver con
Bartleby, sino con el éxito o
fracaso de algún candidato para
intendente. En mi obsesión, yo
había imaginado que todo Broadway compartía
mi excitación y
discutía el mismo problema. Seguí,
agradecido al bullicio de la calle,
que protegía mi distracción. Como era mi
propósito, llegué más
temprano que de costumbre a la puerta de
mi oficina. Me paré a
escuchar. No había ruido. Debía de haberse
ido. Probé el llamador.
La puerta estaba cerrada con llave. Mi
procedimiento había obrado
como magia; el hombre había desaparecido.
Sin embargo, cierta
melancolía se mezclaba a esta idea: el éxito
brillante casi me
pesaba. Estaba buscando bajo el felpudo la
llave que Bartleby debía
haberme dejado cuando, por casualidad,
pegué en la puerta con la
rodilla, produciendo un ruido como de
llamada, y en respuesta llegó
hasta mí una voz que decía desde adentro:
—Todavía no; estoy ocupado.
Era Bartleby.
Quedé fulminado. Por un momento quedé como
aquel hombre que,
con su pipa en la boca, fue muerto por un
rayo, hace ya tiempo, en
una tarde serena de Virginia; fue muerto
asomado a la ventana y
quedó recostado en ella en la tarde soñadora,
hasta que alguien lo
tocó y cayó.
—¡No se ha ido! —murmuré por fin. Pero una
vez más, obedeciendo
al ascendiente que el inescrutable amanuense
tenía sobre mí, y del
cual me era imposible escapar, bajé
lentamente a la calle; al dar la
vuelta a la manzana, consideré qué podía
hacer en esta inaudita
perplejidad. Imposible expulsarlo a
empujones; inútil sacarlo a
fuerza de insultos; llamar a la policía
era una idea desagradable; y
sin embargo, permitirle gozar de su cadavérico
triunfo sobre mí, eso
también era inadmisible. ¿Qué hacer? O, si
no había nada que
hacer, ¿qué dar por sentado? Yo había dado
por sentado que
Bartleby se iría; ahora podía yo
retrospectivamente asumir que se
había ido. En la legítima realización de
esta premisa, podía entrar
muy apurado en mi oficina y, fingiendo no
ver a Bartleby, llevarlo por
delante como si fuera el aire. Tal
procedimiento tendría en grado
singular todas las apariencias de una
indirecta. Era bastante difícil
que Bartleby pudiera resistir a esa
aplicación de la doctrina de las
suposiciones. Pero repensándolo bien, el éxito
de este plan me
pareció dudoso. Resolví discutir de nuevo
el asunto.
—Bartleby —le dije, con severa y tranquila
expresión, entrando a la
oficina— estoy disgustado muy seriamente.
Estoy apenado,
Bartleby. No esperaba esto de usted. Yo me
lo había imaginado de
caballeresco carácter, yo había pensado
que en cualquier dilema
bastaría la más ligera insinuación, en una
palabra, suposición. Pero
parece que estoy engañado. ¡Cómo! —agregué,
naturalmente
asombrado—, ¿ni siquiera ha tocado ese
dinero? —Estaba en el
preciso lugar donde yo lo había dejado la
víspera.
No contestó.
—¿Quiere usted dejarnos, sí o no? —pregunté
en un arranque,
avanzando hasta acercarme a él.
—Preferiría no dejarlos —replicó suavemente, acentuando
el no.
—¿Y qué derecho tiene para quedarse? ¿Paga
alquiler? ¿Paga mis
impuestos? ¿Es suya la oficina?
No contestó.
—¿Está dispuesto a escribir, ahora? ¿Se ha
mejorado de la vista?
¿Podría escribir algo para mí esta mañana,
o ayudarme a examinar
unas líneas, o ir al Correo? ¿En una
palabra, quiere hacer algo que
justifique su negativa de irse?
Silenciosamente se retiró a su ermita.
Yo estaba en tal estado de resentimiento
nervioso que me pareció
prudente abstenerme de otros reproches.
Bartleby y yo estábamos
solos. Recordé la tragedia del infortunado
Adams y del aún más
infortunado Colt en la solitaria oficina
de éste; y cómo el pobre Colt,
exasperado por Adams, y dejándose llevar
imprudentemente por la
ira, fue precipitado al acto fatal, acto
que ningún hombre puede
deplorar más que el actor. A menudo he
pensado que si este
altercado hubiera tenido lugar en la calle
o en una casa particular,
otro hubiera sido su desenlace. La
circunstancia de estar solos en
una oficina desierta, en lo alto de un
edificio enteramente
desprovisto de domésticas asociaciones
humanas —una oficina sin
alfombras, de apariencia, sin duda alguna,
polvorienta y desolada—,
debe de haber contribuido a acrecentar la
desesperación del
desventurado Colt. Pero cuando el
resentimiento del viejo Adams se
apoderó de mí y me tentó en lo
concerniente a Bartleby, luché con él
y lo vencí. ¿Cómo? Recordando
sencillamente el divino precepto:
Un nuevo mandamiento os doy: amaos los
unos a los otros. Sí,
esto
fue lo que me salvó. Aparte de más altas
consideraciones, la caridad
obra como un principio sabio y prudente,
como una poderosa
salvaguardia para su poseedor. Los hombres
han asesinado por
celos, y por rabia, y por odio, y por egoísmo,
y por orgullo espiritual;
pero no hay hombre, que yo sepa, que haya
cometido un asesinato
por caridad. La prudencia, entonces, si no
puede aducirse motivo
mejor, basta para impulsar a todos los
seres hacia la filantropía y la
caridad. En todo caso, en esta ocasión me
esforcé en ahogar mi
irritación con el amanuense, interpretando
benévolamente su
conducta. ¡Pobre hombre, pobre hombre!,
pensé, no sabe lo que
hace; y además, ha pasado días muy duros y
merece indulgencia.
Procuré también ocuparme en algo: y al
mismo tiempo consolar mi
desaliento. Traté de imaginar que en el
curso de la mañana, en un
momento que le viniera bien, Bartleby, por
su propia y libre voluntad,
saldría de su ermita, decidido a
encaminarse a la puerta. Pero no,
llegaron las doce y media, la cara de
Turkey se encendió, volcó el
tintero y empezó su turbulencia; Nippers
declinó la calma y la
cortesía; Ginger Nut mascó su manzana del
mediodía; y Bartleby
siguió de pie en la ventana en uno de sus
profundos sueños frente
al muro. ¿Me creerán? ¿Me atreveré a
confesarlo? Esa tarde
abandoné la oficina, sin decirle ni una
palabra más.
Pasaron varios días durante los cuales, en
momentos de ocio,
revisé Edwards on the Will y Priestley on Necesity. Estos libros,
dadas las circunstancias, me produjeron un
sentimiento saludable.
Gradualmente llegué a persuadirme de que
mis disgustos acerca del
amanuense, estaban decretados desde la
eternidad, y Bartleby me
estaba destinado por algún misterioso propósito
de la Divina
Providencia, que un simple mortal como yo
no podía penetrar. Sí,
Bartleby, quédate ahí, detrás del biombo,
pensé; no te perseguiré
más; eres inofensivo y silencioso como una
de esas viejas sillas; en
una palabra, nunca me he sentido en mayor
intimidad que sabiendo
que estabas ahí. Al fin lo veo, lo siento;
penetro el propósito
predestinado de mi vida. Estoy satisfecho.
Otros tendrán papeles
más elevados, mi misión en este mundo,
Bartleby, es proveerte de
una oficina por el período que quieras.
Creo que este sabio orden de
ideas hubiera continuado, de no mediar
observaciones gratuitas y
maliciosas que me infligieron
profesionales amigos, al visitar las
oficinas. Como acontece a menudo, el
constante roce con mentes
mezquinas acaba con las buenas
resoluciones de los más
generosos. Pensándolo bien, no me asombra
que a las personas
que entraban a mi oficina les impresionara
el peculiar aspecto del
inexplicable Bartleby y se vieran tentadas
de formular alguna
siniestra observación. A veces un
procurador visitaba la oficina, y
encontrando solo al amanuense, trataba de
obtener de él algún dato
preciso sobre mi paradero; sin prestarle
atención, Bartleby seguía
inconmovible en medio del cuarto. El
procurador, después de
contemplarlo un rato, se despedía, tan
ignorante como había venido.
También, cuando alguna audiencia tenía
lugar, y el cuarto estaba
lleno de abogados y testigos, y se sucedían
los asuntos, algún
letrado muy ocupado, viendo a Bartleby
enteramente ocioso le pedía
fuera a buscar en su oficina (la del
letrado) algún documento.
Bartleby, en el acto, rehusaba
tranquilamente y se quedaba tan
ocioso como antes. Entonces el abogado se
quedaba mirándolo
asombrado, le clavaba los ojos y luego me
miraba a mí. Y yo ¿qué
podía decir? Por fin, me di cuenta de que
en todo el círculo de mis
relaciones corría un murmullo de asombro
acerca del extraño ser
que cobijaba en mi oficina. Esto me
molestaba ya muchísimo. Se
me ocurrió que podía ser longevo y que
seguiría ocupando mi
departamento, y desconociendo mi autoridad
y asombrando a mis
visitantes; y haciendo escandalosa mi
reputación profesional; y
arrojando una sombra general sobre el
establecimiento y
manteniéndose con sus ahorros (porque
indudablemente no
gastaba sino medio real por día), y que tal
vez llegara a
sobrevivirme y a quedarse en mi oficina
reclamando derechos de
posesión, fundados en la ocupación
perpetua. A medida que esas
oscuras anticipaciones me abrumaban, y que
mis amigos
menudeaban sus implacables observaciones
sobre esa aparición en
mi oficina, un gran cambio se operó en mí.
Resolví hacer un
esfuerzo enérgico y librarme para siempre
de esta pesadilla
intolerable.
Antes de urdir un complicado proyecto,
sugerí, simplemente, a
Bartleby la conveniencia de su partida. En
un tono serio y tranquilo,
entregué la idea a su cuidadosa y madura
consideración. Al cabo de
tres días de meditación, me comunicó que
sostenía su criterio
original; en una palabra, que prefería
permanecer conmigo.
¿Qué hacer?, dije para mí, abotonando mi
abrigo hasta el último
botón. ¿Qué hacer? ¿Qué debo hacer? ¿Qué
dice mi conciencia
que debería hacer con este hombre, o más bien, con
este
fantasma? Tengo que librarme de él; se irá,
pero ¿cómo? ¿Echarás
a ese pobre, pálido, pasivo mortal,
arrojarás a esa criatura
indefensa? ¿Te deshonrarás con semejante
crueldad? No, no
quiero, no puedo hacerlo. Más bien lo
dejaría vivir y morir aquí y
luego emparedaría sus restos en el muro. ¿Qué
harás entonces?
Con todos tus ruegos, no se mueve. Deja
los sobornos bajo tu
propio pisapapeles, es bien claro que
prefiere quedarse contigo.
Entonces hay que hacer algo severo, algo
fuera de lo común.
¿Cómo, lo harás arrestar por un gendarme y
entregarás su inocente
palidez a la cárcel? ¿Qué motivos podrías
aducir? ¿Es acaso un
vagabundo? ¡Cómo! ¿él, un vagabundo, un
ser errante, él, que
rehúsa moverse? Entonces, ¿porque no quiere ser un vagabundo,
vas a clasificarlo como tal? Esto es un
absurdo. ¿Carece de medios
visibles de vida?, bueno, ahí lo tengo.
Otra equivocación,
indudablemente vive y ésta es la única
prueba incontestable de que
tiene medios de vida. No hay nada que
hacer entonces. Ya que él
no quiere dejarme, yo tendré que dejarlo.
Mudaré mi oficina; me
mudaré a otra parte, y le notificaré que
si lo encuentro en mi nuevo
domicilio procederé contra él como contra
un vulgar intruso.
Al día siguiente le dije:
—Estas oficinas están demasiado lejos de
la Municipalidad, el aire
es malsano. En una palabra: tengo el
proyecto de mudarme la
semana próxima, y ya no requeriré sus
servicios. Se lo comunico
ahora, para que pueda buscar otro empleo.
No contestó y no se dijo nada más.
En el día señalado contraté carros y
hombres, me dirigí a mis
oficinas y, teniendo pocos muebles, todo
fue llevado en pocas horas.
Durante la mudanza el amanuense quedó atrás
del biombo, que
ordené fuera lo último en sacarse. Lo
retiraron, lo doblaron como un
enorme pliego; Bartleby quedó inmóvil en
el cuarto desnudo. Me
detuve en la entrada, observándolo un
momento, mientras algo
dentro de mí me reconvenía.
Volví a entrar, con la mano en el bolsillo
y mi corazón en la boca.
—Adiós Bartleby, me voy, adiós y que Dios
lo bendiga de algún
modo, y tome esto. —Deslicé algo en su
mano. Pero él lo dejó caer
al suelo y entonces, raro es decirlo, me
arranqué dolorosamente de
quien tanto había deseado librarme.
Establecido en mis oficinas, por uno o dos
días mantuve la puerta
con llave, sobresaltándome cada pisada en
los corredores. Cuando
volvía, después de cualquier salida, me
detenía en el umbral un
instante, y escuchaba atentamente al
introducir la llave. Pero mis
temores eran vanos. Bartleby nunca volvió.
Pensé que todo iba bien, cuando un señor
muy preocupado me
visitó, averiguando si yo era el último
inquilino de las oficinas en el
n.º X en
Wall Street.
Lleno de aprensiones, contesté que sí.
—Entonces, señor —dijo el desconocido, que
resultó ser un
abogado—, usted es responsable por el
hombre que ha dejado allí.
Se niega a hacer copias; se niega a hacer
todo; dice que prefiere no
hacerlo; y se niega a abandonar el local.
—Lo siento mucho, señor —le dije con
aparente tranquilidad, pero
con un temblor interior—, pero el hombre
al que usted alude no es
nada mío, no es un pariente o un
meritorio, para que usted quiera
hacerme responsable.
—En nombre de Dios, ¿quién es?
—Con toda sinceridad no puedo informarlo.
Yo no sé nada de él.
Anteriormente lo tomé como copista; pero
hace bastante tiempo que
no trabaja para mí.
—Entonces, lo arreglaré. Buenos días, señor.
Pasaron varios días, y no supe nada más; y
aunque a menudo
sentía un caritativo impulso de visitar el
lugar y ver al pobre Bartleby,
un cierto escrúpulo, de no sé qué, me
detenía.
Ya he concluido con él, pensaba al fin,
cuando pasó otra semana sin
más noticias. Pero al llegar a mi oficina,
al día siguiente, encontré
varias personas esperando en mi puerta, en
un estado de gran
excitación.
—Éste es el hombre, ahí viene —gritó el
que estaba delante, y que
no era otro que el abogado que me había
visitado.
—Usted tiene que sacarlo, señor, en el
acto —gritó un hombre
corpulento adelantándose y en el que
reconocí al propietario del n.º
X de Wall Street—. Estos caballeros, mis
inquilinos, no pueden
soportarlo más; Mr. B. —señalando al
abogado— lo ha echado de
su oficina, y ahora persiste en ocupar
todo el edificio, sentándose de
día en los pasamanos de la escalera y
durmiendo a la entrada, de
noche. Todos están inquietos; los clientes
abandonan las oficinas;
hay temores de un tumulto, usted tiene que
hacer algo,
inmediatamente.
Horrorizado ante este torrente, retrocedí
y hubiera querido
encerrarme con llave en mi nuevo
domicilio. En vano protesté que
nada tenía que ver con Bartleby. En vano:
yo era la última persona
relacionada con él y nadie quería olvidar
esa circunstancia.
Temeroso de que me denunciaran en los
diarios (como alguien
insinuó oscuramente) consideré el asunto y
dije que si el abogado
me concedía una entrevista privada con el
amanuense en su propia
oficina (la del abogado), haría lo posible
para librarlos del estorbo.
Subiendo a mi antigua morada, encontré a
Bartleby silencioso,
sentado sobre la baranda en el descanso.
—¿Qué está haciendo ahí, Bartleby? —le
dije.
—Sentado en la baranda —respondió
humildemente.
Lo hice entrar a la oficina del abogado,
que nos dejó solos.
—Bartleby —dije— ¿se da cuenta de que está
ocasionándome un
gran disgusto, con su persistencia en
ocupar la entrada después de
haber sido despedido de la oficina?
Silencio.
—Tiene que elegir. O usted hace algo, o
algo se hace con usted.
Ahora bien, ¿qué clase de trabajo quisiera
hacer? ¿Le gustaría
volver a emplearse como copista?
—No, preferiría no hacer ningún cambio.
—¿Le gustaría ser vendedor en una tienda
de géneros?
—Es demasiado encierro. No, no me gustaría
ser vendedor; pero no
soy exigente.
—¡Demasiado encierro —grité—, pero si
usted está encerrado todo
el día!
—Preferiría no ser vendedor —respondió
como para cerrar la
discusión.
—¿Qué le parece un empleo en un bar? Eso
no fatiga la vista.
—No me gustaría, pero, como he dicho
antes, no soy exigente.
Su locuacidad me animó. Volví a la carga.
—Bueno, ¿entonces quisiera viajar por el
país como cobrador de
comerciantes? Sería bueno para su salud.
—No, preferiría hacer otra cosa.
—¿No iría usted a Europa, para acompañar a
algún joven y
distraerlo con su conversación? ¿No le
agradaría?
—De ninguna manera. No me parece que haya
en eso nada
preciso. Me gusta estar fijo en un sitio.
Pero no soy exigente.
—Entonces, quédese fijo —grité, perdiendo
la paciencia. Por
primera vez, en mi desesperante relación
con él, me puse furioso—.
¡Si usted no se va de aquí antes del anochecer,
me veré obligado —
en verdad, estoy obligado— a irme yo mismo! —dije un poco
absurdamente, sin saber con qué amenaza
atemorizarlo para trocar
en obediencia su inmovilidad. Desesperando
de cualquier esfuerzo
ulterior, precipitadamente me iba, cuando
se me ocurrió un último
pensamiento, uno ya vislumbrado por mí.
—Bartleby —dije, en el tono más bondadoso
que pude adoptar,
dadas las circunstancias—, ¿usted no iría
a casa conmigo? No a mi
oficina, sino a mi casa, ¿a quedarse hasta
encontrar un arreglo
conveniente? Vámonos ahora mismo.
—No, por el momento preferiría no hacer
ningún cambio.
No contesté; pero eludiendo a todos por lo
súbito y rápido de mi
fuga, huí del edificio, corrí por Wall
Street hacia Broadway y saltando
en el primer ómnibus me vi libre de toda
persecución. Apenas vuelto
a mi tranquilidad, comprendí que yo había
hecho todo lo
humanamente posible, tanto respecto a los
pedidos del propietario y
mis inquilinos, como respecto a mis deseos
y mi sentido del deber,
para beneficiar a Bartleby, y protegerlo
de una ruda persecución.
Procuré estar tranquilo y libre de
cuidados; mi conciencia justificaba
mi intento, aunque, a decir verdad, no
logré el éxito que esperaba.
Tal era mi temor de ser acosado por el colérico
propietario y sus
exasperados inquilinos, que, entregando
por unos días mis asuntos
a Nippers, me dirigí a la parte alta de la
ciudad, a través de los
suburbios, en mi coche; crucé a Jersey
City y a Hoboken, e hice
fugitivas visitas a Manhattanville y
Astoria. De hecho, casi estuve
domiciliado en mi coche durante este
tiempo.
Cuando regresé a la oficina, encontré
sobre mi escritorio una nota
del propietario. La abrí con temblorosas
manos. Me informaba que
su autor había llamado a la policía, y que
Bartleby había sido
conducido a la cárcel como vagabundo. Además,
como yo lo
conocía más que nadie, me pedía que
concurriera y que hiciera una
declaración conveniente de los hechos.
Estas nuevas tuvieron sobre
mí un efecto contradictorio. Primero, me
indignaron, luego casi
merecieron mi aprobación. El carácter enérgico
y expeditivo del
propietario le había hecho adoptar un
temperamento que yo no
hubiera elegido; y sin embargo, como último
recurso, dadas las
circunstancias especiales, parecía el único
camino.
Supe después que, cuando le dijeron al amanuense
que sería
conducido a la cárcel, éste no ofreció la
menor resistencia. Con su
pálido modo inalterable, silenciosamente,
asintió. Algunos curiosos o
apiadados espectadores se unieron al
grupo; encabezada por uno
de los gendarmes, del brazo de Bartleby,
la silenciosa procesión
siguió su camino entre todo el ruido, y el
calor, y la felicidad de las
aturdidas calles al mediodía.
El mismo día que recibí la nota, fui a la
cárcel. Buscando al
empleado, declaré el propósito de mi
visita, fui informado de que el
individuo que yo buscaba estaba, en
efecto, ahí dentro. Aseguré al
funcionario que Bartleby era de una cabal
honradez y que merecía
nuestra lástima, por inexplicablemente excéntrico
que fuera. Le
referí todo lo que sabía, y le sugerí que
lo dejaran en un benigno
encierro hasta que algo menos duro pudiera
hacerse —aunque no
sé muy bien en qué pensaba—. De todos
modos, si nada se
decidía, el asilo debía recibirlo. Luego
solicité una entrevista.
Como no había contra él ningún cargo serio
y era inofensivo y
tranquilo, le permitían andar en libertad
por la prisión y
particularmente por los patios cercados de
césped. Ahí lo encontré,
solitario en el más quieto de los patios,
con el rostro vuelto a un alto
muro, mientras, alrededor, me pareció ver
los ojos de asesinos y de
ladrones, atisbando por las estrechas
rendijas de las ventanas.
—¡Bartleby!
—Lo conozco —dijo sin darse la vuelta— y
no tengo nada que
decirle.
—Yo no soy el que le trajo aquí, Bartleby —dije
profundamente
dolido por su sospecha—. Para usted, este
lugar no debe ser tan vil.
Nada reprochable lo ha traído aquí. Vea,
no es un lugar triste, como
podía suponerse. Mire, ahí está el cielo,
y aquí el césped.
—Sé dónde estoy —replicó, pero no quiso
decir nada más, y
entonces lo dejé.
Al entrar de nuevo en el corredor, un
hombre ancho y carnoso, de
delantal, se me acercó, y señalando con el
pulgar sobre el hombro,
dijo:
—¿Ése es su amigo?
—Sí.
—¿Quiere morirse de hambre? En tal caso
que observe el régimen
de la prisión y se saldrá con su gusto.
—¿Quién es usted? —le pregunté, no
acertando a explicarme una
charla tan poco oficial en ese lugar.
—Soy el despensero. Los caballeros que
tienen amigos aquí me
pagan para que los provea de buenos
platos.
—¿Es cierto? —le pregunté al guardián.
Me contestó que sí.
—Bien, entonces —dije, deslizando unas
monedas de plata en la
mano del despensero—, quiero que mi amigo
esté particularmente
atendido. Déle la mejor comida que
encuentre. Y sea con él lo más
atento posible.
—Presénteme, ¿quiere? —dijo el despensero,
con una expresión
que parecía indicar la impaciencia de
ensayar inmediatamente su
urbanidad.
Pensando que podía redundar en beneficio
del amanuense, accedí,
y preguntándole su nombre, me fui a buscar
a Bartleby.
—Bartleby, éste es un amigo, usted lo
encontrará muy útil.
—Servidor, señor —dijo el despensero,
haciendo un lento saludo,
detrás del delantal—. Espero que esto le
resulte agradable, señor;
lindo césped, departamentos frescos,
espero que pase un tiempo
con nosotros, trataremos de hacérselo
agradable. ¿Qué quiere
cenar hoy?
—Prefiero no cenar hoy —dijo Bartleby, dándose
la vuelta—. Me
haría mal; no estoy acostumbrado a cenar. —Con
estas palabras se
movió hacia el otro lado del cercado, y se
quedó mirando la pared.
—¿Cómo es esto? —dijo el hombre, dirigiéndose
a mí con una
mirada de asombro—. Es medio raro, ¿verdad?
—Creo que está un poco desequilibrado —dije
con tristeza.
—¿Desequilibrado? ¿Está desequilibrado?
Bueno, palabra de honor
que pensé que su amigo era un caballero
falsificador; los
falsificadores siempre son pálidos
distinguidos. No puedo menos
que compadecerlos; me es imposible, señor.
¿No conoció a Monroe
Edwards? —agregó patéticamente y se
detuvo. Luego, apoyando
compasivamente la mano en mi hombro,
suspiró—: murió
tuberculoso en Sing-Sing. Entonces, ¿usted
no conocía a Monroe?
—No, nunca he tenido relaciones sociales
con ningún falsificador.
Pero no puedo demorarme. Cuide a mi amigo.
Le prometo que no le
pesará. Ya nos veremos.
Pocos días después, conseguí otro permiso
para visitar la cárcel y
anduve por los corredores en busca de
Bartleby, pero sin dar con él.
—Lo he visto salir de su celda no hace
mucho —dijo un guardián—.
Habrá salido a pasear al patio.
Tomé esa dirección.
—¿Está buscando al hombre callado? —dijo
otro guardián,
cruzándose conmigo—. Ahí está, durmiendo
en el patio. No hace
veinte minutos que lo vi acostado.
El patio estaba completamente tranquilo. A
los presos comunes les
estaba vedado el acceso. Los muros que lo
rodeaban, de
asombroso espesor, excluían todo ruido. El
carácter egipcio de la
arquitectura me abrumó con su tristeza.
Pero a mis pies crecía un
suave césped cautivo. Era como si en el
corazón de las eternas
pirámides, por una extraña magia, hubiese
brotado de las grietas
una semilla arrojada por los pájaros.
Extrañamente acurrucado al pie del muro,
con las rodillas
levantadas de lado, con la cabeza tocando
las frías piedras, vi al
consumido Bartleby. Pero no se movió. Me
detuve, luego me
acerqué; me incliné, y vi que sus vagos
ojos estaban abiertos; por lo
demás, parecía profundamente dormido. Algo
me impulsó a tocarlo.
Al sentir su mano, un escalofrío me corrió
por el brazo y por la
médula hasta los pies.
La redonda cara del despensero me interrogó.
—Su comida está pronta. ¿No querrá comer
hoy tampoco? ¿O vive
sin comer?
—Vive sin comer —dije yo y le cerré los
ojos.
—¿Eh?, está dormido, ¿verdad?
—Con reyes y consejeros —dije yo.
Creo que no hay necesidad de proseguir
esta historia. La
imaginación puede suplir fácilmente el
pobre relato del entierro de
Bartleby. Pero antes de despedirme del
lector, quiero advertirle que
si esta narración ha logrado interesarle
lo bastante para despertar
su curiosidad sobre quién era Bartleby, y
qué vida llevaba antes de
que el narrador trabara conocimiento con él,
sólo puedo decirle que
comparto esa curiosidad, pero que no puedo
satisfacerla. No sé si
debo divulgar un pequeño rumor que llegó a
mis oídos, meses
después del fallecimiento del amanuense.
No puedo afirmar su
fundamento; ni puedo decir qué verdad tenía.
Pero, como este vago
rumor no ha carecido de interés para mí,
aunque es triste, puede
también interesar a otros.
El rumor es éste: Bartleby había sido un
empleado subalterno en la
Oficina de Cartas Muertas de Washington,
del que fue bruscamente
despedido por un cambio en la administración.
Cuando pienso en
este rumor, apenas puedo expresar la emoción
que me embargó.
¡Cartas muertas!, ¿no se parece a hombres
muertos? Concebid un
hombre por naturaleza y por desdicha
propenso a una pálida
desesperanza. ¿Qué ejercicio puede
aumentar esa desesperanza
como el de manejar continuamente esas
cartas muertas y
clasificarlas para las llamas? Pues a
carradas las queman todos los
años. A veces, el pálido funcionario saca
de los dobleces del papel
un anillo —el dedo que iba destinado tal
vez ya se corrompe en la
tumba—; un billete de banco remitido en
urgente caridad a quien ya
no come, ni puede ya sentir hambre; perdón
para quienes murieron
desesperados; esperanza para los que
murieron sin esperanza,
buenas noticias para quienes murieron
sofocados por insoportables
calamidades. Con mensajes de vida, estas
cartas se apresuran
hacia la muerte.
¡Oh Bartleby! ¡Oh humanidad!
HERMAN MELVILLE (1 de agosto de 1819 - 28
de septiembre de
1891, Nueva York, Estados Unidos). Hijo de
Allan Melville y María
Melville Gansevoort, comerciantes de
pieles.
A los once años se trasladó con su familia
a Albany, donde estudió
hasta que, dos años después, tras la
quiebra de la empresa familiar,
tuvo que ponerse a trabajar. Impartió
clases en una escuela de
Greenbush durante un breve período.
Posteriormente, comenzó a
vivir una existencia aventurera que le
llevó a enrolarse, en 1841,
como marinero en el ballenero Acushnet.
Fruto de sus experiencias
en alta mar fueron Taipi: un Edén caníbal (1846) y Omu: un relato de
aventuras en los mares del sur (1847),
escritas a su regreso a
Estados Unidos en 1844.
Entre sus muchas tribulaciones acontecidas
entre 1839 y 1844,
Melville vivió con caníbales en las Islas
Marquesas, residió en
Honolulu y fue encarcelado en Tahití.
En 1847 contrajo matrimonio con Elizabeth
Shaw, una amiga de la
familia con la que tuvo cuatro hijos. Tres
años después se trasladó a
vivir en una granja situada en Pittsfield.
En ese ambiente campestre
se relacionó habitualmente con uno de sus
mejores amigos, el
literato Nathaniel Hawthorne, autor de La
letra escarlata a quien le
dedicó su obra más famosa, Moby Dick (1851).
Como sus trabajos no ofrecían el fruto
económico deseable, a partir
del año 1866 Herman Melville trabajó como
inspector de aduanas,
profesión que terminó abandonando en 1885.
La obra de Melville, que destaca por la
penetración psicológica y
filosófica de sus personajes, no fue
suficientemente reconocida en
su día, pero actualmente goza de un
merecido prestigio,
convirtiendo a su autor en uno de los
principales novelistas de su
país y uno de los precursores de la
literatura de carácter
existencialista.
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