Herman Melville-Barleby, el escribiente

 






Bartleby es más que un artificio o un ocio de la imaginación onírica;

es, fundamentalmente, un libro triste y verdadero que nos muestra

esa inutilidad esencial, que es una de las cotidianas ironías del

universo.

 

Jorge Luis Borges

 

Herman Melville

 

Bartleby, el escribiente

 

Prólogo

El examen escrupuloso de las “simpatías y diferencias” de Moby

Dick y de Bartleby exigiría, creo, una atención que la brevedad de

estas páginas no permite. Las “diferencias”, desde luego, son

evidentes. Ahab, el héroe de la vasta fantasmagoría a la que

Melville debe su fama, es un capitán de Nantucket, mutilado por la

ballena blanca que ha determinado vengarse; el escenario son

todos los mares del mundo. Bartleby es un escribiente de Wall

Street, que sirve en el despacho de un abogado y que se niega, con

una suerte de humilde terquedad, a ejecutar trabajo alguno. El estilo

de Moby Dick abunda en espléndidos ecos de Carlyle y de

Shakespeare; el de Bartleby no es menos gris que el protagonista.

Sin embargo, sólo median dos años —1851 y 1853— entre la

novela y el cuento. Diríase que el escritor, abrumado por los

desaforados espacios de la primera, deliberadamente buscó las

cuatro paredes de una reducida oficina, perdida en la maraña de la

ciudad. Las “simpatías” acaso más secretas, están en la locura de

ambos protagonistas y en la increíble circunstancia de que

contagian esa locura a cuantos los rodean. La tripulación entera del

Pequod se alista con fanático fervor en la insensata aventura del

capitán; el abogado de Wall Street y los otros copistas aceptan con

extraña pasividad la decisión de Bartleby. La porfía demencial de

Ahab y del escribiente no vacila un solo momento hasta llevarlos a

la muerte. Pese a la sombra que proyectan, pese a los personajes

concretos que los rodean, los dos protagonistas están solos. El tema

constante de Melville es la soledad; la soledad fue acaso el

acontecimiento central de su azarosa vida.

Nieto de un general de la Independencia y vástago de una vieja

familia de sangre holandesa e inglesa, había nacido en la ciudad de

Nueva York en 1819. Doce años después moriría su padre

acechado por la locura y por las deudas. Debido a la penosa

situación económica de la numerosa familia, Herman tuvo que

interrumpir sus estudios. Ensayó sin mayor fortuna la rutina de una

oficina y el tedio de los horarios de la docencia y en 1839 se enroló

en un velero. Esta travesía fortaleció esa pasión del mar, que le

habían legado sus mayores y que marcaría su literatura y su vida.

En 1841 se embarcó en la ballenera Acushnet. El viaje duró un año

y medio e inspiraría muchos episodios de la aún insospechada

novela Moby Dick. Debido a la crueldad del capitán desertó con un

compañero en las islas Marquesas, fueron prisioneros de los

caníbales un par de meses y lograron huir en un barco mercante

australiano, que abandonaron en Papeete. Prosiguió esa rutina de

alistarse y de desertar hasta llegar a Boston en 1844. Cada una de

esas etapas fue el tema de sucesivos libros. Completó su educación

universitaria en Harvard y en Yale. Volvió a su casa y sólo entonces

frecuentó los cenáculos literarios. En 1847 se había casado con

Miss Elizabeth Shaw, de familia patricia, dos años después viajaron

juntos a Inglaterra y a Francia y a su vuelta se establecieron en una

aislada granja de Massachusetts que fue su hogar durante algún

tiempo. Ahí entabló amistad con Nathaniel Hawthorne a quien

dedicó Moby Dick. Sometía a su aprobación los manuscritos de la

obra; cierta vez le mandó un capítulo diciéndole: “Ahí va una barba

de la ballena como muestra”. Un año después publicó Pierre o las

ambigüedades, libro cuya imprudente lectura he intentado y que me

desconcertó no menos que a sus contemporáneos. Aún más

inextricable y tedioso es Mardi (1849), que transcurre en imaginarias

regiones de los mares del Sur y concluye con una persecución

infinita. Uno de sus personajes, el filósofo Babbalanja, es el

arquetipo de lo que no debe ser un filósofo. Poco antes de su

muerte publicó una de sus obras maestras, Billy Budd, cuyo tema

patético es el conflicto entre la justicia y la ley y que inspiró una

ópera a Britten. Los últimos años de su vida los dedicó a la busca de

una clave para el enigma del universo.

Hubiera querido ser cónsul pero tuvo que resignarse a un cargo

subalterno de inspector de aduana de Nueva York, que desempeñó

durante muchos años. Este empleo, lo salvó de la miseria, fue obra

de los buenos oficios de Hawthorne. Nos consta que Melville, entre

otras penas, no fue afortunado en el matrimonio. Era alto y robusto,

de piel curtida por el mar y de barba oscura.

Hawthorne nos habla de la llaneza de sus costumbres. Siempre

estaba impecable, aunque su equipaje se limitaba a un bolso ya

muy usado, que contenía un pantalón, una camisa colorada y dos

cepillos, uno para los dientes y otro para el pelo. El reiterado hábito

de la marinería habría arraigado en él esa austeridad. El olvido y el

abandono fueron su destino final. En la duodécima edición de la

Enciclopedia Británica, Moby Dick figura como una simple novela de

aventuras. Hacia 1920 fue descubierto por los críticos y, lo que

acaso es más importante, por todos los lectores.

En la segunda década de este siglo, Franz Kafka inauguró una

especie famosa del género fantástico; en esas inolvidables páginas

lo increíble está en el proceder de los personajes más que en los

hechos. Así, en El proceso el protagonista es juzgado y ejecutado

por un tribunal que carece de toda autoridad y cuyo rigor él acepta

sin la menor protesta; Melville, más de medio siglo antes, elabora el

extraño caso de Bartleby, que no sólo obra de una manera contraria

a toda lógica sino que obliga a los demás a ser sus cómplices.

Bartleby es más que un artificio o un ocio de la imaginación onírica;

es, fundamentalmente, un libro triste y verdadero que nos muestra

esa inutilidad esencial, que es una de las cotidianas ironías del

universo.

 

Jorge Luis Borges

 

 

Bartleby el escribiente

 

Soy un hombre de cierta edad. En los últimos treinta años, mis

actividades me han puesto en íntimo contacto con un gremio

interesante y hasta singular, del cual, entiendo, nada se ha escrito

hasta ahora: el de los amanuenses o copistas judiciales. He

conocido a muchos, profesional y particularmente, y podría referir

diversas historias que harían sonreír a los señores benévolos y llorar

a las almas sentimentales. Pero a las biografías de todos los

amanuenses prefiero algunos episodios de la vida de Bartleby, que

era uno de ellos, el más extraño que yo he visto o de quien tenga

noticia. De otros copistas yo podría escribir biografías completas;

nada semejante puede hacerse con Bartleby. No hay material

suficiente para una plena y satisfactoria biografía de este hombre.

Es una pérdida irreparable para la literatura. Bartleby era uno de

esos seres de quienes nada es indagable, salvo en las fuentes

originales: en este caso, exiguas. De Bartleby no sé otra cosa que la

que vieron mis asombrados ojos, salvo un nebuloso rumor que

figurará en el epílogo.

Antes de presentar al amanuense, tal como lo vi por primera vez,

conviene que registre algunos datos míos, de mis empleados, de

mis asuntos, de mi oficina y de mi ambiente general. Esa

descripción es indispensable para una inteligencia adecuada del

protagonista de mi relato. Soy, en primer lugar, un hombre que

desde la juventud ha sentido profundamente que la vida más fácil es

la mejor. Por eso, aunque pertenezco a una profesión

proverbialmente enérgica y a veces nerviosa hasta la turbulencia,

jamás he tolerado que esas inquietudes conturben mi paz. Soy uno

de esos abogados sin ambición que nunca se dirigen a un jurado o

solicitan de algún modo el aplauso público. En la serena tranquilidad

de un cómodo retiro realizo cómodos asuntos entre las hipotecas de

personas adineradas, títulos de renta y acciones. Cuantos me

conocen, considéranme un hombre eminentemente seguro. El

finado Juan Jacobo Astor, personaje muy poco dado a poéticos

entusiasmos, no titubeaba en declarar que mi primera virtud era la

prudencia; la segunda, el método.

No lo digo por vanidad, pero registro el hecho de que mis servicios

profesionales no eran desdeñados por el finado Juan Jacobo Astor;

nombre que, reconozco, me gusta repetir porque tiene un sonido

orbicular y tintinea como el oro acuñado. Espontáneamente

agregaré que yo no era insensible a la buena opinión del finado

Juan Jacobo Astor.

Poco antes de la historia que narraré, mis actividades habían

aumentado en forma considerable. Había sido nombrado para el

cargo, ahora suprimido en el Estado de Nueva York, de agregado a

la Suprema Corte. No era un empleo difícil, pero sí muy

agradablemente remunerativo. Raras veces me enojo; raras veces

me permito una indignación peligrosa ante las injusticias y los

abusos: pero ahora me permitiré ser temerario, y declarar que

considero la súbita y violenta supresión del cargo de agregado, por

la Nueva Constitución, como un acto prematuro, pues yo tenía

descontado hacer de sus gajes una renta vitalicia, y sólo percibí los

de algunos años. Pero esto es al margen.

Mis oficinas ocupaban un piso alto en el número X de Wall Street.

Por un lado daban a la pared blanqueada de un espacioso tubo de

aire, cubierto por una claraboya y que abarcaba todos los pisos.

Este espectáculo era más bien manso, pues le faltaba lo que los

paisajistas llaman animación. Aunque así fuera, la vista del otro lado

ofrecía, por lo menos, un contraste. En esa dirección, las ventanas

dominaban sin el menor obstáculo una alta pared de ladrillo,

ennegrecida por los años y por la sombra; las ocultas bellezas de

esta pared no exigían un telescopio, pues estaba a pocas varas de

mis ventanas, para beneficio de espectadores miopes. Mis oficinas

ocupaban el segundo piso; a causa de la gran elevación de los

edificios vecinos, el espacio entre esta pared y la mía se parecía no

poco a un enorme tanque cuadrado.

En el período anterior al advenimiento de Bartleby, yo tenía dos

escribientes bajo mis órdenes, y un muchacho muy vivo para los

mandados. El primero, Turkey; el segundo, Nippers; el tercero,

Ginger. Éstos son nombres que no es fácil encontrar en las Guías.

Eran en realidad sobrenombres, mutuamente conferidos por mis

empleados, y que expresaban sus respectivas personas o

caracteres[1]. Turkey era un inglés bajo, obeso, de mi edad más o

menos, esto es, no lejos de los sesenta. De mañana, podríamos

decir, su rostro era rosado, pero después de las doce —su hora de

almuerzo— resplandecía como una hornalla de carbones de

Navidad, y seguía resplandeciendo (pero con un descenso gradual)

hasta las seis p. m.; después yo no veía más al propietario de ese

rostro, quien, coincidiendo en su cenit con el sol, parecía ponerse

con él, para levantarse, culminar y declinar al día siguiente, con la

misma regularidad y la misma gloria.

En el decurso de mi vida he observado singulares coincidencias, de

las cuales no es la menor el hecho de que el preciso momento en

que Turkey, con roja y radiante faz, emitía sus más vívidos rayos,

indicaba el principio del período durante el cual su capacidad de

trabajo quedaba seriamente afectada para el resto del día. No digo

que se volviera absolutamente haragán u hostil al trabajo. Por el

contrario, se volvía demasiado enérgico. Había entonces en él una

exacerbada, frenética, temeraria y disparatada actividad. Se

descuidaba al mojar la pluma en el tintero. Todas las manchas que

figuran en mis documentos fueron ejecutadas por él después de las

doce del día. En las tardes, no sólo propendía a echar manchas: a

veces iba más lejos, y se ponía barullento. En tales ocasiones, su

rostro ardía con más vívida heráldica, como si se arrojara carbón de

piedra en antracita. Hacía con la silla un ruido desagradable,

desparramaba la arena; al cortar las plumas, las rajaba

impacientemente, y las tiraba al suelo con súbitos arranques de ira;

se paraba, se echaba sobre la mesa, desparramando sus papeles

de la manera más indecorosa; triste espectáculo en un hombre ya

entrado en años. Sin embargo, como era por muchas razones mi

mejor empleado y siempre antes de las doce el ser más juicioso y

diligente, y capaz de despachar numerosas tareas de un modo

incomparable, me resignaba a pasar por alto sus excentricidades,

aunque, ocasionalmente, me veía obligado a reprenderlo. Sin

embargo lo hacía con suavidad, pues aunque Turkey era de

mañana el más cortés, más dócil y más reverencial de los hombres,

estaba predispuesto por las tardes, a la menor provocación, a ser

áspero de lengua, es decir, insolente. Por eso, valorando sus

servicios matinales, como yo lo hacía, y resuelto a no perderlos —

pero al mismo tiempo, incómodo por sus provocadoras maneras

después del mediodía— y como hombre pacífico, poco deseoso de

que mis amonestaciones provocaran respuestas impropias, resolví,

un sábado a mediodía (siempre estaba peor los sábados), sugerirle,

muy bondadosamente, que, tal vez, ahora que empezaba a

envejecer, sería prudente abreviar sus tareas; en una palabra, no

necesitaba venir a la oficina más que de mañana; después del

almuerzo era mejor que se fuera a descansar a su casa hasta la

hora del té. Pero no, insistió en cumplir sus deberes vespertinos. Su

rostro se puso intolerablemente fogoso, y gesticulando con una

larga regla, en el otro extremo de la habitación, me aseguró

enfáticamente que, si sus servicios eran útiles de mañana, ¿cuánto

más indispensables no serían de tarde?

—Con toda deferencia, señor —dijo Turkey entonces—, me

considero su mano derecha. De mañana, ordeno y despliego mis

columnas, pero de tarde me pongo a la cabeza, y bizarramente

arremeto contra el enemigo, así —e hizo una violenta embestida con

la regla.

—¿Y los borrones? —insinué yo.

—Es verdad, pero con todo respeto, señor, ¡contemple estos

cabellos! Estoy envejeciendo. Seguramente, señor, un borrón o dos

en una tarde calurosa no pueden reprocharse con severidad a mis

canas. La vejez, aunque borronea una página, es honorable. Con

permiso, señor, los dos estamos envejeciendo.

Este llamado a mis sentimientos personales resultó irresistible.

Comprendí que estaba resuelto a no irse. Hice mi composición de

lugar, resolviendo que por las tardes le confiaría sólo documentos de

menor importancia.

Nippers, el segundo de mi lista, era un muchacho de unos

veinticinco años, cetrino, melenudo, algo pirático. Siempre lo

consideré una víctima de dos poderes malignos: la ambición y la

indigestión. Evidencia de la primera era cierta impaciencia en sus

deberes de mero copista y una injustificada usurpación de asuntos

estrictamente profesionales, tales como la redacción original de

documentos legales. La indigestión se manifestaba en rachas de

sarcástico mal humor, con notorio rechinamiento de dientes, cuando

cometía errores de copia; innecesarias maldiciones, silbadas más

que habladas, en lo mejor de sus ocupaciones, y especialmente por

un continuo disgusto con el nivel de la mesa en que trabajaba. A

pesar de su ingeniosa aptitud mecánica, nunca pudo Nippers

arreglar esa mesa a su gusto. Le ponía astillas debajo, cubos de

distinta clase, pedazos de cartón y llegó hasta ensayar un prolijo

ajuste con tiras de papel secante doblado. Pero todo era en vano. Si

para comodidad de su espalda, levantaba la cubierta de su mesa en

un ángulo agudo hacia el mentón, y escribía como si un hombre

usara el empinado techo de una casa holandesa como escritorio, la

sangre circulaba mal en sus brazos. Si bajaba la mesa al nivel de su

cintura, y se agachaba sobre ella para escribir, le dolían las

espaldas. La verdad es que Nippers no sabía lo que quería. O, si

algo quería, era verse libre para siempre de una mesa de copista.

Entre las manifestaciones de su ambición enfermiza, tenía la pasión

de recibir a ciertos tipos de apariencia ambigua y trajes rotosos, a

los que llamaba sus clientes. Comprendí que no sólo le interesaba la

política parroquial: a veces hacía sus negocios en los juzgados, y no

era desconocido en las antesalas de la cárcel. Tengo buenas

razones para creer, sin embargo, que un individuo que lo visitaba en

mis oficinas, y a quien pomposamente insistía en llamar mi cliente,

era sólo un acreedor, y la escritura, una cuenta. Pero con todas sus

fallas y todas las molestias que me causaba, Nippers (como su

compatriota Turkey) me era muy útil, escribía con rapidez y letra

clara; y cuando quería no le faltaban modales distinguidos. Además,

siempre estaba vestido como un caballero; y con esto daba tono a

mi oficina. En lo que respecta a Turkey, me daba mucho trabajo

evitar el descrédito que reflejaba sobre mí. Sus trajes parecían

grasientos y olían a comida. En verano usaba pantalones grandes y

bolsudos. Sus sacos eran execrables; el sombrero no se podía

tocar. Pero mientras sus sombreros me eran indiferentes, ya que su

natural cortesía y deferencia, como inglés subalterno, lo llevaban a

sacárselo apenas entraba en el cuarto, su saco ya era otra cosa.

Hablé con él respecto a su ropa, sin ningún resultado. La verdad

era, supongo que un hombre con renta tan exigua no podía ostentar

al mismo tiempo una cara brillante y una ropa brillante.

Como observó Nippers una vez, Turkey gastaba casi todo su dinero

en tinta roja. Un día de invierno le regalé a Turkey un sobretodo mío

de muy decorosa apariencia: un sobretodo gris, acolchado, de gran

abrigo, abotonado desde el cuello hasta las rodillas. Pensé que

Turkey apreciaría el regalo, y moderaría sus estrépitos e

imprudencias. Pero no; creo que el hecho de enfundarse en un

sobretodo tan suave y tan acolchado, ejercía un pernicioso efecto

sobre él —según el principio de que un exceso de avena es

perjudicial para los caballos—. De igual manera que un caballo

impaciente muestra la avena que ha comido, así Turkey mostraba

su sobretodo. Le daba insolencia. Era un hombre a quien

perjudicaba la prosperidad.

Aunque en lo referente a la continencia de Turkey yo tenía mis

presunciones, en lo referente a Nippers estaba persuadido de que,

cualesquiera fueran sus faltas en otros aspectos, era por lo menos

un joven sobrio. Pero la propia naturaleza era su tabernero, y desde

su nacimiento le había suministrado un carácter tan irritable y tan

alcohólico que toda bebida subsiguiente le era superflua. Cuando

pienso que en la calma de mi oficina Nippers se ponía de pie, se

inclinaba sobre la mesa, estiraba los brazos, levantaba todo el

escritorio y lo movía, y lo sacudía marcando el piso, como si la mesa

fuera un perverso ser voluntarioso dedicado a vejarlo y a frustrarlo,

claramente comprendo que para Nippers el aguardiente era

superfluo. Era una suerte para mí que, debido a su causa primordial

—la mala digestión—, la irritabilidad y la consiguiente nerviosidad de

Nippers eran más notables de mañana, y que de tarde estaba

relativamente tranquilo. Y como los paroxismos de Turkey sólo se

manifestaban después de mediodía, nunca debí sufrir a la vez las

excentricidades de los dos. Los ataques se relevaban como

guardias. Cuando el de Nippers estaba de turno, el de Turkey

estaba franco, y viceversa. Dadas las circunstancias era éste un

buen arreglo.

Ginger Nut, el tercero en mi lista, era un muchacho de unos doce

años. Su padre era carrero, ambicioso de ver a su hijo, antes de

morir, en los tribunales y no en el pescante. Por eso lo colocó en mi

oficina como estudiante de derecho, mandadero, barredor y

limpiador, a razón de un dólar por semana. Tenía un escritorio

particular, pero no lo usaba mucho. Pasé revista a su cajón una vez:

contenía un conjunto de cáscaras de muchas clases de nueces.

Para este perspicaz estudiante, toda la noble ciencia del derecho

cabía en una cáscara de nuez. Entre sus muchas tareas, la que

desempeñaba con mayor presteza consistía en proveer de

manzanas y de pasteles a Turkey y a Nippers.

Ya que la copia de expedientes es tarea proverbialmente seca, mis

dos amanuenses solían humedecer sus gargantas con helados, de

los que pueden adquirirse en los puestos cerca del Correo y de la

Aduana. También solían encargar a Ginger Nut ese bizcocho

especial —pequeño, chato, redondo y sazonado con especias—

cuyo nombre se le daba. En las mañanas frías, cuando había poco

trabajo, Turkey los engullía a docenas como si fueran obleas —lo

cierto es que por un penique venden seis u ocho—, y el rasguido de

la pluma se combinaba con el ruido que hacía al triturar las

abizcochadas partículas. Entre las confusiones vespertinas y los

fogosos atolondramientos de Turkey, recuerdo que una vez

humedeció con la lengua un bizcocho de jengibre y lo estampó

como sello en un título hipotecario. Estuve entonces en un tris de

despedirlo, pero me desarmó con una reverencia oriental,

diciéndome:

—Con permiso, señor, creo que he estado generoso suministrándole

un sello a mis expensas.

Mis primitivas tareas de escribano de transferencias y buscador de

títulos, y redactor de documentos recónditos de toda clase

aumentaron considerablemente con el nombramiento de agregado a

la Suprema Corte. Ahora había mucho trabajo, para el que no

bastaban mis escribientes: requerí un nuevo empleado.

En contestación a mi aviso, un joven inmóvil apareció una mañana

en mi oficina; la puerta estaba abierta, pues era verano. Reveo esa

figura: ¡pálidamente pulcra, lamentablemente decente,

incurablemente desolada! Era Bartleby.

Después de algunas palabras sobre su idoneidad, lo tomé, feliz de

contar entre mis copistas a un hombre de tan morigerada

apariencia, que podría influir de modo benéfico en el arrebatado

carácter de Turkey, y en el fogoso de Nippers.

Yo hubiera debido decir que una puerta vidriera dividía en dos

partes mis escritorios, una ocupada por mis amanuenses, la otra por

mí. Según mi humor, las puertas estaban abiertas o cerradas.

Resolví colocar a Bartleby en un rincón junto a la portada, pero de

mi lado, para tener a mano a este hombre tranquilo, en caso de

cualquier tarea insignificante. Coloqué su escritorio junto a una

ventanita, en ese costado del cuarto que originariamente daba a

algunos patios traseros y muros de ladrillos, pero que ahora, debido

a posteriores construcciones, aunque daba alguna luz no tenía vista

alguna. A tres pies de los vidrios había una pared, y la luz bajaba de

muy arriba, entre dos altos edificios, como desde una pequeña

abertura en una cúpula. Para que el arreglo fuera satisfactorio,

conseguí un alto biombo verde que enteramente aislara a Bartleby

de mi vista, dejándolo sin embargo al alcance de mi voz. Así, en

cierto modo, se aunaban sociedad y retiro.

Al principio, Bartleby escribió extraordinariamente. Como si hubiera

padecido un ayuno de algo que copiar, parecía hartarse con mis

documentos. No se detenía para la digestión. Trabajaba día y

noche, copiando, a la luz del día y a la luz de las velas. Yo,

encantado con su aplicación, me hubiera encantado aún más si él

hubiera sido un trabajador alegre. Pero escribía silenciosa, pálida,

mecánicamente.

Una de las indispensables tareas del escribiente es verificar la

fidelidad de la copia, palabra por palabra. Cuando hay dos o más

amanuenses en una oficina, se ayudan mutuamente en este

examen, uno leyendo la copia, el otro siguiendo el original. Es un

asunto cansador, insípido y letárgico. Comprendo que para

temperamentos sanguíneos resultaría intolerable. Por ejemplo, no

me imagino al ardoroso Byron, sentado junto a Bartleby, resignado a

cotejar un expediente de quinientas páginas, escritas con letra

apretada.

Yo ayudaba en persona a confrontar algún documento breve,

llamando a Turkey o a Nippers con este propósito. Uno de mis fines

al colocar a Bartleby tan a mano, detrás del biombo, era aprovechar

sus servicios en estas ocasiones triviales. Al tercer día de su estada,

y antes de que fuera necesario examinar lo escrito por él, la prisa

por completar un trabajito que tenía entre manos, me hizo llamar

súbitamente a Bartleby. En el apuro y en la justificada expectativa de

una obediencia inmediata, yo estaba en el escritorio con la cabeza

inclinada sobre el original y con la copia en la mano derecha algo

nerviosamente extendida, de modo que, al surgir de su retiro,

Bartleby pudiera tomarla y seguir el trabajo sin dilaciones.

En esta actitud estaba cuando le dije lo que debía hacer, esto es,

examinar un breve escrito conmigo. Imaginen mi sorpresa, mi

consternación, cuando, sin moverse de su ángulo, Bartleby, con una

voz singularmente suave y firme, replicó:

—Preferiría no hacerlo.

Me quedé un rato en silencio perfecto, ordenando mis atónitas

facultades. Primero, se me ocurrió que mis oídos me engañaban o

que Bartleby no había entendido mis palabras. Repetí la orden con

la mayor claridad posible; pero con claridad se repitió la respuesta.

—Preferiría no hacerlo.

—Preferiría no hacerlo —repetí como un eco, poniéndome de pie,

excitadísimo y cruzando el cuarto a grandes pasos—. ¿Qué quiere

decir con eso? Está loco. Necesito que me ayude a confrontar esta

página; tómela —y se la alcancé.

—Preferiría no hacerlo —dijo.

Lo miré con atención. Su rostro estaba tranquilo; sus ojos grises,

vagamente serenos. Ni un rasgo denotaba agitación. Si hubiera

habido en su actitud la menor incomodidad, enojo, impaciencia o

impertinencia, en otras palabras si hubiera habido en él cualquier

manifestación normalmente humana, yo lo hubiera despedido en

forma violenta. Pero, dadas las circunstancias, hubiera sido como

poner en la calle a mi pálido busto en yeso de Cicerón.

Me quedé mirándolo un rato largo, mientras él seguía escribiendo y

luego volví a mi escritorio. Esto es rarísimo, pensé. ¿Qué hacer?

Mis asuntos eran urgentes. Resolví olvidar aquello, reservándolo

para algún momento libre en el futuro. Llamé del otro cuarto a

Nippers y pronto examinamos el escrito.

Pocos días después, Bartleby concluyó cuatro documentos

extensos, copias cuadruplicadas de testimonios, dados ante mí

durante una semana en la cancillería de la Corte. Era necesario

examinarlos. El pleito era importante y una gran precisión era

indispensable. Teniendo todo listo llamé a Turkey, Nippers y Ginger

Nut, que estaban en el otro cuarto, pensando poner en manos de

mis cuatro amanuenses las cuatro copias mientras yo leyera el

original. Turkey, Nippers y Ginger Nut estaban sentados en fila, cada

uno con su documento en la mano, cuando le dije a Bartleby que se

uniera al interesante grupo.

—¡Bartleby!, pronto, estoy esperando.

Oí el arrastre de su silla sobre el piso desnudo, y el hombre no tardó

en aparecer a la entrada de su ermita.

—¿En qué puedo ser útil? —dijo apaciblemente.

—Las copias, las copias —dije con apuro—. Vamos a examinarlas.

Tome —y le alargué la cuarta copia.

—Preferiría no hacerlo —dijo, y dócilmente desapareció detrás de

su biombo.

Por algunos momentos me convertí en una estatua de sal, a la

cabeza de mi columna de amanuenses sentados. Vuelto en mí,

avancé hacia el biombo a indagar el motivo de esa extraordinaria

conducta.

—¿Por qué rehúsa?

—Preferiría no hacerlo.

Con cualquier otro hombre me hubiera precipitado en un arranque

de ira, desdeñando explicaciones, y lo hubiera arrojado

ignominiosamente de mi vista. Pero había algo en Bartleby que no

sólo me desarmaba singularmente, sino que de manera maravillosa

me conmovía y desconcertaba. Me puse a razonar con él.

—Son sus propias copias las que estamos por confrontar. Esto le

ahorrará trabajo, pues un examen bastará para sus cuatro copias.

Es la costumbre. Todos los copistas están obligados a examinar su

copia. ¿No es así? ¿No quiere hablar? ¡Conteste!

—Prefiero no hacerlo —replicó melodiosamente.

Me pareció que, mientras me dirigía a él, consideraba con cuidado

cada aserto mío; que comprendía por entero el significado; que no

podía contradecir la irresistible conclusión; pero que al mismo

tiempo alguna suprema consideración lo inducía a contestar de ese

modo.

—¿Está resuelto, entonces, a no acceder a mi solicitud; solicitud

hecha de acuerdo con la costumbre y el sentido común?

Brevemente me dio a entender que en ese punto mi juicio era

exacto. Sí: su decisión era irrevocable.

No es raro que el hombre a quien contradicen de una manera

insólita e irrazonable bruscamente descrea de su convicción más

elemental. Empieza a vislumbrar vagamente que, por extraordinario

que parezca, toda la justicia y toda la razón están del otro lado; si

hay testigos imparciales, se vuelve a ellos para que de algún modo

lo refuercen.

—Turkey —dije—, ¿qué piensa de esto? ¿Tengo razón?

—Con todo respeto, señor —dijo Turkey en su tono más suave—,

creo que la tiene.

—Nippers. ¿Qué piensa de esto?

—Yo lo echaría a puntapiés de la oficina.

El sagaz lector habrá percibido que siendo de mañana, la

contestación de Turkey estaba concebida en términos tranquilos y

corteses y la de Nippers era malhumorada. O, para repetir una frase

anterior, diremos que el malhumor de Nippers estaba de guardia y el

de Turkey estaba franco.

—Ginger Nut —dije, ávido de obtener en mi favor el sufragio más

mínimo—, ¿qué piensas de esto?

—Creo, señor, que está un poco chiflado —replicó Ginger Nut con

una mueca burlona.

—Está oyendo lo que opinan —le dije, volviéndome al biombo—.

Salga y cumpla su deber.

No condescendió a contestar. Tuve un momento de molesta

perplejidad. Pero las tareas urgían. Y otra vez decidí postergar el

estudio de este problema a futuros ocios. Con un poco de

incomodidad llegamos a examinar los papeles sin Bartleby, aunque,

a cada página, Turkey, deferentemente, daba su opinión de que este

procedimiento no era correcto; mientras Nippers, retorciéndose en

su silla con una nerviosidad dispéptica, trituraba entre sus dientes

apretados intermitentes maldiciones silbadas contra el idiota

testarudo de detrás del biombo. En cuanto a él (Nippers), ésta era la

primera y última vez que haría sin remuneración el trabajo de otro.

Mientras tanto, Bartleby seguía en su ermita, ajeno a todo lo que no

fuera su propia tarea.

Pasaron algunos días, en los que el amanuense tuvo que hacer otro

largo trabajo. Su conducta extraordinaria me hizo vigilarle

estrechamente. Observé que jamás iba a almorzar; en realidad, que

jamás iba a ninguna parte. Jamás, que yo supiera, había estado

ausente de la oficina. Era un centinela perpetuo en su rincón. Noté

que a las once de la mañana, Ginger Nut solía avanzar hasta la

apertura del biombo, como atraído por una señal silenciosa, invisible

para mí. Luego salía de la oficina, haciendo sonar unas monedas, y

reaparecía con un puñado de bizcochos de jengibre, que entregaba

en la ermita, recibiendo dos de ellos como jornal.

Vive de bizcochos de jengibre, pensé; no toma nunca lo que se

llama un almuerzo; debe de ser un vegetariano; pero no, pues no

toma ni legumbres, ni come más que bizcochos de jengibre. Medité

sobre los probables efectos de un exclusivo régimen de bizcochos

de jengibre. Se llaman así porque el jengibre es uno de sus

principales componentes, y su principal sabor. Ahora bien, ¿qué es

el jengibre? Una cosa cálida y picante. ¿Era Bartleby cálido y

picante? Nada de eso; el jengibre, entonces, no ejercía efecto

alguno sobre Bartleby. Probablemente, él prefería que no lo

ejerciera.

Nada exaspera más a una persona seria que una resistencia pasiva.

Si el individuo resistido no es inhumano y el individuo resistente es

inofensivo en su pasividad, el primero, en sus mejores momentos,

caritativamente procurará que su imaginación interprete lo que su

entendimiento no puede resolver.

Así me aconteció con Bartleby y sus manejos. ¡Pobre hombre!,

pensé yo, no lo hace por maldad; es evidente que no procede por

insolencia; su aspecto es suficiente prueba de lo involuntario de sus

rarezas. Me es útil. Puedo llevarme bien con él. Si lo despido, caerá

con un patrón menos indulgente, será maltratado y tal vez llegará

miserablemente a morirse de hambre. Sí, puedo adquirir a muy bajo

precio la deleitosa sensación de amparar a Bartleby; puedo

adaptarme a su extraña terquedad; ello me costará poquísimo o

nada y, mientras, atesoraré en el fondo de mi alma lo que finalmente

será un dulce bocado para mi conciencia. Pero no siempre

consideré así las cosas. La pasividad de Bartleby solía

exasperarme. Me sentía aguijoneado extrañamente a chocar con él

en un nuevo encuentro, a despertar en él una colérica chispa

correspondiente a la mía. Pero hubiera sido lo mismo tratar de

encender fuego golpeando con los nudillos de mi mano en un

pedazo de jabón Windsor.

Una tarde, el impulso maligno me dominó y tuvo lugar la siguiente

escena:

—Bartleby —le dije—, cuando haya copiado todos esos

documentos, los voy a revisar con usted.

—Preferiría no hacerlo.

—¿Cómo? ¿Se propone persistir en ese capricho de mula?

Silencio.

Abrí la puerta vidriera y dirigiéndome a Turkey y a Nippers exclamé:

—Bartleby dice por segunda vez que no examinará sus

documentos. ¿Qué piensa de eso, Turkey?

Hay que recordar que era de tarde. Turkey resplandecía como una

marmita de bronce; tenía empapada la calva; tamborileaba con las

manos sobre sus papeles borroneados.

—¿Qué pienso? —rugió Turkey—. ¡Pienso que voy meterme en el

biombo y le voy a poner un ojo negro!

Con estas palabras se puso de pie y estiró los brazos en una

postura pugilística. Se disponía a hacer efectiva su promesa,

cuando lo detuve, arrepentido de haber despertado la belicosidad de

Turkey después de almorzar.

—Siéntese, Turkey —le dije—, y oiga lo que Nippers va a decir.

¿Qué piensa, Nippers? ¿No estaría plenamente justificado despedir

de inmediato a Bartleby?

—Discúlpeme, esto tiene que decidirlo usted mismo. Creo que su

conducta es insólita, y ciertamente injusta hacia Turkey y hacia mí.

Pero puede tratarse de un capricho pasajero.

—¡Ah! —exclamé—, es raro ese cambio de opinión. Usted habla de

él, ahora, con demasiada indulgencia.

—Es la cerveza —gritó Turkey—, esa indulgencia es efecto de la

cerveza. Nippers y yo almorzamos juntos. Ya ve qué indulgente

estoy yo, señor. ¿Le pongo un ojo negro?

—Supongo que se refiere a Bartleby. No, hoy no, Turkey —repliqué

—, por favor, baje esos puños.

Cerré las puertas y volví a dirigirme a Bartleby. Tenía un nuevo

incentivo para tentar mi suerte. Estaba deseando que volviera a

rebelarse. Recordé que Bartleby no abandonaba nunca la oficina.

—Bartleby —le dije—. Ginger Nut ha salido; cruce a Correo,

¿quiere? (era a tres minutos de distancia) y vea si hay algo para mí.

—Preferiría no hacerlo.

—¿No quiere ir?

—Lo preferiría así.

Pude llegar a mi escritorio, y me sumí en profundas reflexiones.

Volvió mi ciego impulso. ¿Habría alguna cosa capaz de procurarme

otra ignominiosa repulsa de este necio tipo sin un cobre, mi

dependiente asalariado?

¿Qué otra cosa perfectamente razonable habría, que con seguridad

rehusara a hacer?

—¡Bartleby!

Silencio.

—¡Bartleby! —más fuerte.

Silencio.

—¡Bartleby! —vociferé.

Como un verdadero fantasma, cediendo a las leyes de una

invocación mágica, apareció al tercer llamado.

—Vaya al otro cuarto y dígale a Nippers que venga.

—Preferiría no hacerlo —dijo con respetuosa lentitud, y desapareció

mansamente.

—Muy bien, Bartleby —dije con voz tranquila, aplomada y

serenamente severa, insinuando el inalterable propósito de alguna

terrible y pronta represalia. En ese momento proyectaba algo por el

estilo. Pero pensándolo bien, y como se acercaba la hora de

almorzar, me pareció mejor ponerme el sombrero y caminar hasta

casa, sufriendo con mi perplejidad y mi preocupación.

¿Lo confesaré? Como resultado final quedó establecido en mi

oficina que un pálido joven llamado Bartleby tenía ahí un escritorio,

que copiaba al precio corriente de cuatro céntimos la hoja (cien

palabras), pero que estaba exento, permanentemente, de examinar

su trabajo, y que ese deber era transferido a Turkey y a Nippers, sin

duda en gracia de su mayor agudeza; ítem, el susodicho Bartleby no

sería llamado a evacuar el más trivial encargo; y si se le pedía que

lo hiciera, se entendía que preferiría no hacerlo, en otras palabras,

que rehusaría de modo terminante.

Con el tiempo, me sentí considerablemente reconciliado con

Bartleby. Su aplicación, su falta de vicios, su laboriosidad incesante

(salvo cuando se perdía en un sueño detrás del biombo), su gran

calma, su ecuánime conducta en todo momento, hacían de él una

valiosa adquisición. En primer lugar siempre estaba ahí, el primero

por la mañana, durante todo el día, y el último por la noche. Yo tenía

singular confianza en su honestidad. Sentía que mis documentos

más importantes estaban perfectamente seguros en sus manos. A

veces, muy a pesar mío, no podía evitar el caer en espasmódicas

cóleras contra él. Pues era muy difícil no olvidar nunca esas raras

peculiaridades, privilegios, y excepciones inauditas, que formaban

las tácitas condiciones bajo las cuales Bartleby seguía en la oficina.

A veces, en la ansiedad de despachar asuntos urgentes,

distraídamente pedía a Bartleby, en breve y rápido tono, poner el

dedo, digamos, en el nudo incipiente de un cordón colorado con el

que estaba atando unos papeles. Detrás del biombo resonaba la

consabida respuesta: Preferiría no hacerlo; y entonces ¿cómo era

posible que un ser humano dotado de las fallas comunes de nuestra

naturaleza dejara de contestar con amargura a una perversidad

semejante, a semejante sinrazón? Sin embargo, cada nueva repulsa

de esta clase tendía a disminuir las probabilidades de que yo

repitiera la distracción.

Debo decir que, según la costumbre de muchos hombres de ley con

oficinas en edificios densamente habitados, la puerta tenía varias

llaves. Una la guardaba una mujer que vivía en la buhardilla, que

hacía una limpieza a fondo una vez por semana y diariamente barría

y sacudía el departamento. Turkey tenía otra, la tercera yo solía

llevarla en mi bolsillo, y la cuarta no sé quién la tenía.

Ahora bien, un domingo de mañana se me ocurrió ir a la iglesia de la

Trinidad a oír a un famoso predicador, y como era un poco temprano

pensé pasar un momento a mi oficina. Felizmente llevaba mi llave

pero, al meterla en la cerradura, encontré resistencia por la parte

interior. Llamé; consternado, vi girar una llave por dentro y,

exhibiendo su pálido rostro por la puerta entreabierta, entreví a

Bartleby en mangas de camisa, y en un raro y andrajoso deshabillé.

Se excusó, mansamente: dijo que estaba muy ocupado y que

prefería no recibirme por el momento. Añadió que sería mejor que

yo fuera a dar dos o tres vueltas por la manzana, y que entonces

habría terminado sus tareas.

La inesperada aparición de Bartleby, ocupando mi oficina un

domingo, con su cadavérica indiferencia caballeresca, pero tan firme

y tan seguro de sí, tuvo tan extraño efecto, que de inmediato me

retiré de mi puerta y cumplí sus deseos. Pero no sin variados pujos

de inútil rebelión contra la mansa desfachatez de este inexplicable

amanuense. Su maravillosa mansedumbre no sólo me desarmaba,

me acobardaba. Porque considero que es una especie de cobarde

el que tranquilamente permite a su dependiente asalariado que le dé

ordenes y que lo expulse de sus dominios. Además, yo estaba lleno

de dudas sobre lo que Bartleby podría estar haciendo en mi oficina,

en mangas de camisa y todo deshecho, un domingo de mañana.

¿Pasaría algo impropio? No, eso quedaba descartado. No podía

pensar ni por un momento que Bartleby fuera una persona inmoral.

Pero, ¿qué podía estar haciendo allí? ¿Copias? No, por excéntrico

que fuera Bartleby, era notoriamente decente. Era la última persona

para sentarse en su escritorio en un estado vecino a la desnudez.

Además, era domingo, y había algo en Bartleby que prohibía

suponer que violaría la santidad de ese día con tareas profanas.

Con todo, mi espíritu no estaba tranquilo; y lleno de inquieta

curiosidad, volví, por fin, a mi puerta. Sin obstáculo introduje la llave,

abrí y entré. Bartleby no se veía, miré ansiosamente por todo, eché

una ojeada detrás del biombo; pero era claro que se había ido.

Después de un prolijo examen, comprendí que por un tiempo

indefinido Bartleby debía haber comido y dormido y haberse vestido

en mi oficina, y eso sin vajilla, cama o espejo. El tapizado asiento de

un viejo sofá desvencijado mostraba en un rincón la huella visible de

una flaca forma reclinada. Enrollada bajo el escritorio encontré una

frazada; en el hogar vacío una caja de pasta y un cepillo; en una

silla una palangana de lata, jabón y una toalla rotosa; en un diario,

unas migas de bizcocho de jengibre y un bocado de queso. Sí,

pensé, es bastante claro que Bartleby ha estado viviendo aquí.

Entonces, me cruzó el pensamiento: ¡Qué miserables orfandades,

miserias, soledades, quedan reveladas aquí! Su pobreza es grande;

pero, su soledad ¡qué terrible! Piensen.

Los domingos, Wall Street es un desierto como la Arabia Pétrea; y

cada noche de cada día es una desolación. Este edificio, también,

que en los días de semana bulle de animación y de vida, por la

noche retumba de puro vacío, y el domingo está desolado. ¡Y es

aquí donde Bartleby hace su hogar, único espectador de una

soledad que ha visto poblada, una especie de inocente y

transformado Mario, meditando entre las ruinas de Cartago!

Por primera vez en mi vida una impresión de abrumadora y

punzante melancolía se apoderó de mí. Antes, nunca había

experimentado más que ligeras tristezas, no desagradables. Ahora

el lazo de una común humanidad me arrastraba al abatimiento. ¡Una

melancolía fraternal! Los dos, yo y Bartleby, éramos hijos de Adán.

Recordé las sedas brillantes y los rostros dichosos que había visto

ese día, bogando como cisnes por el Mississippi de Broadway y los

comparé al pálido copista, reflexionando: Ah, la felicidad busca la

luz, por eso juzgamos que el mundo es alegre; pero el dolor se

esconde en la soledad, por eso juzgamos que el dolor no existe.

Estas imaginaciones —quimeras, indudablemente, de un cerebro

tonto y enfermo— me llevaron a pensamientos más directos sobre

las rarezas de Bartleby. Presentimientos de extrañas novedades me

visitaron. Creí ver la pálida forma del amanuense, entre

desconocidos, indiferentes, extendida en su estremecida mortaja.

De pronto, me atrajo el escritorio cerrado de Bartleby, con su llave

visible en la cerradura.

No me llevaba, pensé, ninguna intención aviesa, ni el apetito de una

desalmada curiosidad, además, el escritorio es mío y también su

contenido; bien puedo animarme a revisarlo. Todo estaba

metódicamente arreglado, los papeles en orden. Los casilleros eran

profundos; removiendo los legajos archivados, examiné el fondo. De

pronto sentí algo y lo saqué. Era un viejo pañuelo de algodón,

pesado y anudado. Lo abrí y encontré que era una caja de ahorros.

Entonces recordé todos los tranquilos misterios que había notado en

el hombre. Recordé que sólo hablaba para contestar; que aunque a

intervalos tenía tiempo de sobra, nunca lo había visto leer —no, ni

siquiera un diario—; que por largo rato se quedaba mirando, por su

pálida ventana detrás del biombo, al ciego muro de ladrillos; yo

estaba seguro que nunca visitaba una fonda o un restaurante;

mientras su pálido rostro indicaba que nunca bebía cerveza como

Turkey, ni siquiera té o café como los otros hombres, que nunca

salía a ninguna parte; que nunca iba a dar un paseo, salvo tal vez

ahora; que había rehusado decir quién era, o de dónde venía, o si

tenía algún pariente en el mundo; que, aunque tan pálido y tan

delgado, nunca se quejaba de mala salud. Y más aún, yo recordé

cierto aire de inconsciente, de descolorida —¿cómo diré?— de

descolorida altivez, digamos, o austera reserva, que me había

infundido una mansa condescendencia con sus rarezas, cuando se

trataba de pedirle el más ligero favor, aunque su larga inmovilidad

me indicara que estaba detrás de su biombo, entregado a uno de

sus sueños frente al muro.

Meditando en esas cosas, y ligándolas al reciente descubrimiento de

que había convertido mi oficina en su residencia, y sin olvidar sus

mórbidas cavilaciones, meditando en estas cosas, repito, un

sentimiento de prudencia nació en mi espíritu. Mis primeras

reacciones habían sido de pura melancolía y lástima sincera, pero a

medida que la desolación de Bartleby se agrandaba en mi

imaginación, esa melancolía se convirtió en miedo, esa lástima en

repulsión.

Tan cierto es, y a la vez tan terrible, que hasta cierto punto el

pensamiento o el espectáculo de la pena atrae nuestros mejores

sentimientos, pero algunos casos especiales no van más allá. Se

equivocan quienes afirman que esto se debe al natural egoísmo del

corazón humano. Más bien proviene de cierta desesperanza de

remediar un mal orgánico y excesivo. Y cuando se percibe que esa

piedad no lleva a un socorro efectivo, el sentido común ordena al

alma librarse de ella. Lo que vi esa mañana me convenció que el

amanuense era la víctima de un mal innato e incurable. Yo podía dar

una limosna a su cuerpo; pero su cuerpo no le dolía; tenía el alma

enferma, y yo no podía llegar a su alma.

No cumplí, esa mañana, mi propósito de ir a la Trinidad. Las cosas

que había visto me incapacitaban, por el momento, para ir a la

iglesia. Al dirigirme a mi casa, iba pensando en lo que haría con

Bartleby. Al fin me resolví: lo interrogaría con calma, a la mañana

siguiente, acerca de su vida, etc., y si rehusaba contestarme

francamente y sin reticencias (y suponía que él preferiría no

hacerlo), le daría un billete de veinte dólares, además de lo que le

debía, diciéndole que ya no necesitaba sus servicios; pero que, en

cualquier otra forma en que necesitara mi ayuda, se la prestaría

gustoso, especialmente le pagaría los gastos para trasladarse al

lugar de su nacimiento, dondequiera que fuera. Además, si al llegar

a su destino necesitaba ayuda, una carta haciéndomelo saber no

quedaría sin respuesta.

La mañana siguiente llegó.

—Bartleby —dije, llamándolo comedidamente.

Silencio.

—Bartleby —dije en tono aún más suave—, venga, no le voy a pedir

que haga nada que usted preferiría no hacer. Sólo quiero conversar

con usted.

Con esto, se me acercó silenciosamente.

—¿Quiere decirme, Bartleby, dónde ha nacido?

—Preferiría no hacerlo.

—¿Quiere contarme algo de usted?

—Preferiría no hacerlo.

—¿Pero qué objeción razonable puede tener para no hablar

conmigo? Yo quisiera ser un amigo.

Mientras yo hablaba, no me miró. Tenía los ojos fijos en el busto de

Cicerón, que estaba justo detrás de mí, a unos quince centímetros

sobre mi cabeza.

—¿Cuál es su respuesta, Bartleby? —le pregunté, después de

esperar un buen rato, durante el cual su actitud era estática,

notándose apenas un levísimo temblor en sus labios descoloridos.

—Por ahora prefiero no contestar —dijo, y se retiró a su ermita.

Tal vez fui débil, lo confieso, pero su actitud en esta ocasión me

irritó. No sólo parecía acechar en ella cierto desdén tranquilo; su

terquedad resultaba desagradecida si se considera el indiscutible

buen trato y la indulgencia que había recibido de mi parte.

De nuevo me quedé pensando qué haría. Aunque me irritaba su

proceder, aunque al entrar en la oficina yo estaba resuelto a

despedirlo, un sentimiento supersticioso oleó en mi corazón y me

prohibió cumplir mi propósito, y me dijo que yo sería un canalla si

me atrevía a murmurar una palabra dura contra el más triste de los

hombres. Al fin, colocando familiarmente mi silla detrás de su

biombo, me senté y le dije:

—Dejemos de lado su historia, Bartleby; pero permítame suplicarle

amistosamente que observe en lo posible las costumbres de esta

oficina. Prométame que mañana o pasado ayudará a examinar

documentos; prométame que dentro de un par de días se volverá un

poco razonable. ¿Verdad, Bartleby?

—Por ahora prefiero no ser un poco razonable —fue su mansa y

cadavérica respuesta.

En ese momento se abrió la puerta vidriera y Nippers se acercó.

Parecía víctima, contra la costumbre, de una mala noche, producida

por una indigestión más severa que las de costumbre. Oyó las

últimas palabras de Bartleby.

¿Prefiere no ser razonable? —gritó Nippers—. Yo le daría

preferencias, si fuera usted, señor. ¿Qué es, señor, lo que ahora

prefiere no hacer? —Bartleby no movió ni un dedo.

—Señor Nippers —le dije—, prefiero que, por el momento, usted se

retire.

No sé cómo, últimamente, yo había contraído la costumbre de usar

la palabra preferir. Temblé pensando que mi relación con el

amanuense ya hubiera afectado seriamente mi estado mental. ¿Qué

otra y quizás más honda aberración podría traerme? Esto había

influido en mi determinación de emplear medidas sumarias.

Mientras Nippers, agrio y malhumorado, desaparecía, Turkey

apareció, obsequioso y deferente.

—Con todo respeto, señor —dijo—, ayer estuve meditando sobre

Bartleby, y pienso que si él prefiriera tomar a diario un cuarto de

buena cerveza, le haría mucho bien, y lo habilitaría a prestar ayuda

en el examen de documentos.

—Parece que usted también ha adoptado la palabra —dije,

ligeramente excitado.

—Con todo respeto. ¿Qué palabra, señor? —preguntó Turkey,

apretándose respetuosamente en el estrecho espacio detrás del

biombo y obligándome al hacerlo a empujar al amanuense—. ¿Qué

palabra, señor?

—Preferiría quedarme aquí solo —dijo Bartleby, como si lo ofendiera

el verse atropellado en su retiro.

—Ésa es la palabra, Turkey, ésa es.

—¡Ah!, ¿preferir?, ah, sí, curiosa palabra. Yo nunca la uso. Pero,

señor, como iba diciendo, si prefiriera…

—Turkey —interrumpí—, retírese por favor.

—Ciertamente, señor, si usted lo prefiere.

Al abrir la puerta vidriera para retirarse, Nippers desde su escritorio

me echó una mirada y me preguntó si yo prefería papel blanco o

papel azul para copiar cierto documento. No acentuó

maliciosamente la palabra preferir. Se veía que había sido dicha

involuntariamente. Reflexioné que era mi deber deshacerme de un

demente, que ya, en cierto modo, había influido en mi lengua y

quizás en mi cabeza y en las de mis dependientes. Pero juzgué

prudente no hacerlo de inmediato.

Al día siguiente noté que Bartleby no hacía más que mirar por la

ventana, en su sueño frente a la pared. Cuando le pregunté por qué

no escribía, me dijo que había resuelto no escribir más.

—¿Por qué no? ¿Qué se propone? —exclamé—, ¿no escribir más?

—Nunca más.

—¿Y por qué razón?

—¿No la ve usted mismo? —replicó con indiferencia.

Lo miré fijamente y me pareció que sus ojos estaban apagados y

vidriosos. En seguida se me ocurrió que su ejemplar diligencia junto

a esa pálida ventana, durante las primeras semanas, había dañado

su vista.

Me sentí conmovido y pronuncié algunas palabras de simpatía.

Sugerí que, por supuesto, era prudente de su parte el abstenerse de

escribir por un tiempo; y lo animé a tomar esta oportunidad para

hacer ejercicios al aire libre. Pero no lo hizo. Días después, estando

ausentes mis otros empleados, y teniendo mucha prisa por

despachar ciertas cartas, pensé que no teniendo nada que hacer,

Bartleby sería menos inflexible que de costumbre y querría

llevármelas al correo. Se negó rotundamente y aunque me resultaba

molesto, tuve que llevarlas yo mismo. Pasaba el tiempo. Ignoro si

los ojos de Bartleby se mejoraron o no. Me parece que sí, según

todas las apariencias. Pero cuando se lo pregunté no me concedió

una respuesta. De todos modos, no quería seguir copiando. Al fin,

acosado por mis preguntas, me informó que había resuelto

abandonar las copias.

—¡Cómo! —exclamé—. ¿Si sus ojos se curaran, si viera mejor que

antes, copiaría entonces?

—He renunciado a copiar —contestó y se hizo a un lado.

Se quedó como siempre, enclavado en mi oficina.

¡Qué! —si eso fuera posible— se reafirmó más aún que antes. ¿Qué

hacer? Si no hacía nada en la oficina: ¿por qué se iba a quedar? De

hecho, era una carga, no sólo inútil, sino gravosa. Sin embargo, le

tenía lástima. No digo sino la pura verdad cuando afirmo que me

causaba inquietud. Si hubiese nombrado a algún pariente o amigo,

yo le hubiera escrito, instándolo a llevar al pobre hombre a un retiro

adecuado. Pero parecía solo, absolutamente solo en el universo.

Algo como un despojo en mitad del océano Atlántico. A la larga,

necesidades relacionadas con mis asuntos prevalecieron sobre toda

consideración. Lo más bondadosamente posible, le dije a Bartleby

que en seis días debía dejar la oficina. Le aconsejé tomar medidas

en ese intervalo, para procurar una nueva morada. Le ofrecí

ayudarlo en este empeño, si él personalmente daba el primer paso

para la mudanza. Y cuando usted se vaya del todo, Bartleby —añadí

—, velaré para que no salga completamente desamparado.

Recuerde, dentro de seis días.

Al expirar el plazo, espié detrás del biombo: ahí estaba Bartleby.

Me abotoné el abrigo, me paré firme; avancé lentamente hasta

tocarle el hombro y le dije:

—El momento ha llegado; debe abandonar este lugar; lo siento por

usted; aquí tiene dinero, debe irse.

—Preferiría no hacerlo —replicó, siempre dándome la espalda.

—Pero usted debe irse.

Silencio.

Yo tenía una ilimitada confianza en su honradez. Con frecuencia me

había devuelto peniques y chelines que yo había dejado caer en el

suelo, porque soy muy descuidado con esas pequeñeces. Las

providencias que adopté no se considerarán, pues, extraordinarias.

—Bartleby —le dije—, le debo doce dólares, aquí tiene treinta y dos;

esos veinte son suyos, ¿quiere tomarlos? —y le alcancé los billetes.

Pero ni se movió.

—Los dejaré aquí, entonces —y los puse sobre la mesa bajo un

pisapapeles. Tomando mi sombrero y mi bastón me dirigí a la

puerta, y volviéndome tranquilamente añadí:

—Cuando haya sacado sus cosas de la oficina, Bartleby, usted por

supuesto cerrará con llave la puerta, ya que todos se han ido, y por

favor deje la llave bajo el felpudo, para que yo la encuentre mañana.

No nos veremos más. Adiós. Si más adelante, en su nuevo

domicilio, puedo serle útil, no deje de escribirme. Adiós Bartleby y

que le vaya bien.

No contestó ni una palabra, como la última columna de un templo en

ruinas, quedó mudo y solitario en medio del cuarto desierto.

Mientras me encaminaba a mi casa, pensativo, mi vanidad se

sobrepuso a mi lástima. No podía menos de jactarme del modo

magistral con que había llevado mi liberación de Bartleby. Magistral,

lo llamaba, y así debía opinar cualquier pensador desapasionado.

La belleza de mi procedimiento consistía en su perfecta serenidad.

Nada de vulgares intimidaciones, ni de bravatas, ni de coléricas

amenazas, ni de paseos arriba y abajo por el departamento, con

espasmódicas órdenes vehementes a Bartleby de desaparecer con

sus miserables bártulos. Nada de eso. Sin mandatos gritones a

Bartleby —como hubiera hecho un genio inferior— yo había

postulado que se iba, y sobre esa promesa había construido todo mi

discurso. Cuanto más pensaba en mi actitud, más me complacía en

ella. Con todo, al despertarme la mañana siguiente, tuve mis dudas

—mis humos de vanidad se habían desvanecido—. Una de las

horas más lúcidas y serenas en la vida del hombre es la del

despertar. Mi procedimiento seguía pareciéndome tan sagaz como

antes, pero sólo en teoría. Cómo resultaría en la práctica estaba por

verse. Era una bella idea, dar por sentada la partida de Bartleby;

pero después de todo, esta presunción era sólo mía, y no de

Bartleby. Lo importante era, no que yo hubiera establecido que

debía irse, sino que él prefiriera hacerlo. Era hombre de

preferencias, no de presunciones.

Después del almuerzo, me fui al centro, discutiendo las

probabilidades pro y contra. A ratos pensaba que sería un fracaso y

que encontraría a Bartleby en mi oficina como de costumbre; y en

seguida tenía la seguridad de encontrar su silla vacía. Y así seguí

titubeando. En la esquina de Broadway y la calle del Canal, vi a un

grupo de gente muy excitada, conversando seriamente.

—Apuesto a que… —oí decir al pasar.

—¿A que no se va?, ¡ya está! —dije—; ponga su dinero.

Instintivamente metí la mano en el bolsillo, para vaciar el mío,

cuando me acordé que era día de elecciones. Las palabras que

había oído no tenían nada que ver con Bartleby, sino con el éxito o

fracaso de algún candidato para intendente. En mi obsesión, yo

había imaginado que todo Broadway compartía mi excitación y

discutía el mismo problema. Seguí, agradecido al bullicio de la calle,

que protegía mi distracción. Como era mi propósito, llegué más

temprano que de costumbre a la puerta de mi oficina. Me paré a

escuchar. No había ruido. Debía de haberse ido. Probé el llamador.

La puerta estaba cerrada con llave. Mi procedimiento había obrado

como magia; el hombre había desaparecido. Sin embargo, cierta

melancolía se mezclaba a esta idea: el éxito brillante casi me

pesaba. Estaba buscando bajo el felpudo la llave que Bartleby debía

haberme dejado cuando, por casualidad, pegué en la puerta con la

rodilla, produciendo un ruido como de llamada, y en respuesta llegó

hasta mí una voz que decía desde adentro:

—Todavía no; estoy ocupado.

Era Bartleby.

Quedé fulminado. Por un momento quedé como aquel hombre que,

con su pipa en la boca, fue muerto por un rayo, hace ya tiempo, en

una tarde serena de Virginia; fue muerto asomado a la ventana y

quedó recostado en ella en la tarde soñadora, hasta que alguien lo

tocó y cayó.

—¡No se ha ido! —murmuré por fin. Pero una vez más, obedeciendo

al ascendiente que el inescrutable amanuense tenía sobre mí, y del

cual me era imposible escapar, bajé lentamente a la calle; al dar la

vuelta a la manzana, consideré qué podía hacer en esta inaudita

perplejidad. Imposible expulsarlo a empujones; inútil sacarlo a

fuerza de insultos; llamar a la policía era una idea desagradable; y

sin embargo, permitirle gozar de su cadavérico triunfo sobre mí, eso

también era inadmisible. ¿Qué hacer? O, si no había nada que

hacer, ¿qué dar por sentado? Yo había dado por sentado que

Bartleby se iría; ahora podía yo retrospectivamente asumir que se

había ido. En la legítima realización de esta premisa, podía entrar

muy apurado en mi oficina y, fingiendo no ver a Bartleby, llevarlo por

delante como si fuera el aire. Tal procedimiento tendría en grado

singular todas las apariencias de una indirecta. Era bastante difícil

que Bartleby pudiera resistir a esa aplicación de la doctrina de las

suposiciones. Pero repensándolo bien, el éxito de este plan me

pareció dudoso. Resolví discutir de nuevo el asunto.

—Bartleby —le dije, con severa y tranquila expresión, entrando a la

oficina— estoy disgustado muy seriamente. Estoy apenado,

Bartleby. No esperaba esto de usted. Yo me lo había imaginado de

caballeresco carácter, yo había pensado que en cualquier dilema

bastaría la más ligera insinuación, en una palabra, suposición. Pero

parece que estoy engañado. ¡Cómo! —agregué, naturalmente

asombrado—, ¿ni siquiera ha tocado ese dinero? —Estaba en el

preciso lugar donde yo lo había dejado la víspera.

No contestó.

—¿Quiere usted dejarnos, sí o no? —pregunté en un arranque,

avanzando hasta acercarme a él.

—Preferiría no dejarlos —replicó suavemente, acentuando el no.

—¿Y qué derecho tiene para quedarse? ¿Paga alquiler? ¿Paga mis

impuestos? ¿Es suya la oficina?

No contestó.

—¿Está dispuesto a escribir, ahora? ¿Se ha mejorado de la vista?

¿Podría escribir algo para mí esta mañana, o ayudarme a examinar

unas líneas, o ir al Correo? ¿En una palabra, quiere hacer algo que

justifique su negativa de irse?

Silenciosamente se retiró a su ermita.

Yo estaba en tal estado de resentimiento nervioso que me pareció

prudente abstenerme de otros reproches. Bartleby y yo estábamos

solos. Recordé la tragedia del infortunado Adams y del aún más

infortunado Colt en la solitaria oficina de éste; y cómo el pobre Colt,

exasperado por Adams, y dejándose llevar imprudentemente por la

ira, fue precipitado al acto fatal, acto que ningún hombre puede

deplorar más que el actor. A menudo he pensado que si este

altercado hubiera tenido lugar en la calle o en una casa particular,

otro hubiera sido su desenlace. La circunstancia de estar solos en

una oficina desierta, en lo alto de un edificio enteramente

desprovisto de domésticas asociaciones humanas —una oficina sin

alfombras, de apariencia, sin duda alguna, polvorienta y desolada—,

debe de haber contribuido a acrecentar la desesperación del

desventurado Colt. Pero cuando el resentimiento del viejo Adams se

apoderó de mí y me tentó en lo concerniente a Bartleby, luché con él

y lo vencí. ¿Cómo? Recordando sencillamente el divino precepto:

Un nuevo mandamiento os doy: amaos los unos a los otros. Sí, esto

fue lo que me salvó. Aparte de más altas consideraciones, la caridad

obra como un principio sabio y prudente, como una poderosa

salvaguardia para su poseedor. Los hombres han asesinado por

celos, y por rabia, y por odio, y por egoísmo, y por orgullo espiritual;

pero no hay hombre, que yo sepa, que haya cometido un asesinato

por caridad. La prudencia, entonces, si no puede aducirse motivo

mejor, basta para impulsar a todos los seres hacia la filantropía y la

caridad. En todo caso, en esta ocasión me esforcé en ahogar mi

irritación con el amanuense, interpretando benévolamente su

conducta. ¡Pobre hombre, pobre hombre!, pensé, no sabe lo que

hace; y además, ha pasado días muy duros y merece indulgencia.

Procuré también ocuparme en algo: y al mismo tiempo consolar mi

desaliento. Traté de imaginar que en el curso de la mañana, en un

momento que le viniera bien, Bartleby, por su propia y libre voluntad,

saldría de su ermita, decidido a encaminarse a la puerta. Pero no,

llegaron las doce y media, la cara de Turkey se encendió, volcó el

tintero y empezó su turbulencia; Nippers declinó la calma y la

cortesía; Ginger Nut mascó su manzana del mediodía; y Bartleby

siguió de pie en la ventana en uno de sus profundos sueños frente

al muro. ¿Me creerán? ¿Me atreveré a confesarlo? Esa tarde

abandoné la oficina, sin decirle ni una palabra más.

Pasaron varios días durante los cuales, en momentos de ocio,

revisé Edwards on the Will y Priestley on Necesity. Estos libros,

dadas las circunstancias, me produjeron un sentimiento saludable.

Gradualmente llegué a persuadirme de que mis disgustos acerca del

amanuense, estaban decretados desde la eternidad, y Bartleby me

estaba destinado por algún misterioso propósito de la Divina

Providencia, que un simple mortal como yo no podía penetrar. Sí,

Bartleby, quédate ahí, detrás del biombo, pensé; no te perseguiré

más; eres inofensivo y silencioso como una de esas viejas sillas; en

una palabra, nunca me he sentido en mayor intimidad que sabiendo

que estabas ahí. Al fin lo veo, lo siento; penetro el propósito

predestinado de mi vida. Estoy satisfecho. Otros tendrán papeles

más elevados, mi misión en este mundo, Bartleby, es proveerte de

una oficina por el período que quieras. Creo que este sabio orden de

ideas hubiera continuado, de no mediar observaciones gratuitas y

maliciosas que me infligieron profesionales amigos, al visitar las

oficinas. Como acontece a menudo, el constante roce con mentes

mezquinas acaba con las buenas resoluciones de los más

generosos. Pensándolo bien, no me asombra que a las personas

que entraban a mi oficina les impresionara el peculiar aspecto del

inexplicable Bartleby y se vieran tentadas de formular alguna

siniestra observación. A veces un procurador visitaba la oficina, y

encontrando solo al amanuense, trataba de obtener de él algún dato

preciso sobre mi paradero; sin prestarle atención, Bartleby seguía

inconmovible en medio del cuarto. El procurador, después de

contemplarlo un rato, se despedía, tan ignorante como había venido.

También, cuando alguna audiencia tenía lugar, y el cuarto estaba

lleno de abogados y testigos, y se sucedían los asuntos, algún

letrado muy ocupado, viendo a Bartleby enteramente ocioso le pedía

fuera a buscar en su oficina (la del letrado) algún documento.

Bartleby, en el acto, rehusaba tranquilamente y se quedaba tan

ocioso como antes. Entonces el abogado se quedaba mirándolo

asombrado, le clavaba los ojos y luego me miraba a mí. Y yo ¿qué

podía decir? Por fin, me di cuenta de que en todo el círculo de mis

relaciones corría un murmullo de asombro acerca del extraño ser

que cobijaba en mi oficina. Esto me molestaba ya muchísimo. Se

me ocurrió que podía ser longevo y que seguiría ocupando mi

departamento, y desconociendo mi autoridad y asombrando a mis

visitantes; y haciendo escandalosa mi reputación profesional; y

arrojando una sombra general sobre el establecimiento y

manteniéndose con sus ahorros (porque indudablemente no

gastaba sino medio real por día), y que tal vez llegara a

sobrevivirme y a quedarse en mi oficina reclamando derechos de

posesión, fundados en la ocupación perpetua. A medida que esas

oscuras anticipaciones me abrumaban, y que mis amigos

menudeaban sus implacables observaciones sobre esa aparición en

mi oficina, un gran cambio se operó en mí. Resolví hacer un

esfuerzo enérgico y librarme para siempre de esta pesadilla

intolerable.

Antes de urdir un complicado proyecto, sugerí, simplemente, a

Bartleby la conveniencia de su partida. En un tono serio y tranquilo,

entregué la idea a su cuidadosa y madura consideración. Al cabo de

tres días de meditación, me comunicó que sostenía su criterio

original; en una palabra, que prefería permanecer conmigo.

¿Qué hacer?, dije para mí, abotonando mi abrigo hasta el último

botón. ¿Qué hacer? ¿Qué debo hacer? ¿Qué dice mi conciencia

que debería hacer con este hombre, o más bien, con este

fantasma? Tengo que librarme de él; se irá, pero ¿cómo? ¿Echarás

a ese pobre, pálido, pasivo mortal, arrojarás a esa criatura

indefensa? ¿Te deshonrarás con semejante crueldad? No, no

quiero, no puedo hacerlo. Más bien lo dejaría vivir y morir aquí y

luego emparedaría sus restos en el muro. ¿Qué harás entonces?

Con todos tus ruegos, no se mueve. Deja los sobornos bajo tu

propio pisapapeles, es bien claro que prefiere quedarse contigo.

Entonces hay que hacer algo severo, algo fuera de lo común.

¿Cómo, lo harás arrestar por un gendarme y entregarás su inocente

palidez a la cárcel? ¿Qué motivos podrías aducir? ¿Es acaso un

vagabundo? ¡Cómo! ¿él, un vagabundo, un ser errante, él, que

rehúsa moverse? Entonces, ¿porque no quiere ser un vagabundo,

vas a clasificarlo como tal? Esto es un absurdo. ¿Carece de medios

visibles de vida?, bueno, ahí lo tengo. Otra equivocación,

indudablemente vive y ésta es la única prueba incontestable de que

tiene medios de vida. No hay nada que hacer entonces. Ya que él

no quiere dejarme, yo tendré que dejarlo. Mudaré mi oficina; me

mudaré a otra parte, y le notificaré que si lo encuentro en mi nuevo

domicilio procederé contra él como contra un vulgar intruso.

Al día siguiente le dije:

—Estas oficinas están demasiado lejos de la Municipalidad, el aire

es malsano. En una palabra: tengo el proyecto de mudarme la

semana próxima, y ya no requeriré sus servicios. Se lo comunico

ahora, para que pueda buscar otro empleo.

No contestó y no se dijo nada más.

En el día señalado contraté carros y hombres, me dirigí a mis

oficinas y, teniendo pocos muebles, todo fue llevado en pocas horas.

Durante la mudanza el amanuense quedó atrás del biombo, que

ordené fuera lo último en sacarse. Lo retiraron, lo doblaron como un

enorme pliego; Bartleby quedó inmóvil en el cuarto desnudo. Me

detuve en la entrada, observándolo un momento, mientras algo

dentro de mí me reconvenía.

Volví a entrar, con la mano en el bolsillo y mi corazón en la boca.

—Adiós Bartleby, me voy, adiós y que Dios lo bendiga de algún

modo, y tome esto. —Deslicé algo en su mano. Pero él lo dejó caer

al suelo y entonces, raro es decirlo, me arranqué dolorosamente de

quien tanto había deseado librarme.

Establecido en mis oficinas, por uno o dos días mantuve la puerta

con llave, sobresaltándome cada pisada en los corredores. Cuando

volvía, después de cualquier salida, me detenía en el umbral un

instante, y escuchaba atentamente al introducir la llave. Pero mis

temores eran vanos. Bartleby nunca volvió.

Pensé que todo iba bien, cuando un señor muy preocupado me

visitó, averiguando si yo era el último inquilino de las oficinas en el

n.º X en Wall Street.

Lleno de aprensiones, contesté que sí.

—Entonces, señor —dijo el desconocido, que resultó ser un

abogado—, usted es responsable por el hombre que ha dejado allí.

Se niega a hacer copias; se niega a hacer todo; dice que prefiere no

hacerlo; y se niega a abandonar el local.

—Lo siento mucho, señor —le dije con aparente tranquilidad, pero

con un temblor interior—, pero el hombre al que usted alude no es

nada mío, no es un pariente o un meritorio, para que usted quiera

hacerme responsable.

—En nombre de Dios, ¿quién es?

—Con toda sinceridad no puedo informarlo. Yo no sé nada de él.

Anteriormente lo tomé como copista; pero hace bastante tiempo que

no trabaja para mí.

—Entonces, lo arreglaré. Buenos días, señor.

Pasaron varios días, y no supe nada más; y aunque a menudo

sentía un caritativo impulso de visitar el lugar y ver al pobre Bartleby,

un cierto escrúpulo, de no sé qué, me detenía.

Ya he concluido con él, pensaba al fin, cuando pasó otra semana sin

más noticias. Pero al llegar a mi oficina, al día siguiente, encontré

varias personas esperando en mi puerta, en un estado de gran

excitación.

—Éste es el hombre, ahí viene —gritó el que estaba delante, y que

no era otro que el abogado que me había visitado.

—Usted tiene que sacarlo, señor, en el acto —gritó un hombre

corpulento adelantándose y en el que reconocí al propietario del n.º

X de Wall Street—. Estos caballeros, mis inquilinos, no pueden

soportarlo más; Mr. B. —señalando al abogado— lo ha echado de

su oficina, y ahora persiste en ocupar todo el edificio, sentándose de

día en los pasamanos de la escalera y durmiendo a la entrada, de

noche. Todos están inquietos; los clientes abandonan las oficinas;

hay temores de un tumulto, usted tiene que hacer algo,

inmediatamente.

Horrorizado ante este torrente, retrocedí y hubiera querido

encerrarme con llave en mi nuevo domicilio. En vano protesté que

nada tenía que ver con Bartleby. En vano: yo era la última persona

relacionada con él y nadie quería olvidar esa circunstancia.

Temeroso de que me denunciaran en los diarios (como alguien

insinuó oscuramente) consideré el asunto y dije que si el abogado

me concedía una entrevista privada con el amanuense en su propia

oficina (la del abogado), haría lo posible para librarlos del estorbo.

Subiendo a mi antigua morada, encontré a Bartleby silencioso,

sentado sobre la baranda en el descanso.

—¿Qué está haciendo ahí, Bartleby? —le dije.

—Sentado en la baranda —respondió humildemente.

Lo hice entrar a la oficina del abogado, que nos dejó solos.

—Bartleby —dije— ¿se da cuenta de que está ocasionándome un

gran disgusto, con su persistencia en ocupar la entrada después de

haber sido despedido de la oficina?

Silencio.

—Tiene que elegir. O usted hace algo, o algo se hace con usted.

Ahora bien, ¿qué clase de trabajo quisiera hacer? ¿Le gustaría

volver a emplearse como copista?

—No, preferiría no hacer ningún cambio.

—¿Le gustaría ser vendedor en una tienda de géneros?

—Es demasiado encierro. No, no me gustaría ser vendedor; pero no

soy exigente.

—¡Demasiado encierro —grité—, pero si usted está encerrado todo

el día!

—Preferiría no ser vendedor —respondió como para cerrar la

discusión.

—¿Qué le parece un empleo en un bar? Eso no fatiga la vista.

—No me gustaría, pero, como he dicho antes, no soy exigente.

Su locuacidad me animó. Volví a la carga.

—Bueno, ¿entonces quisiera viajar por el país como cobrador de

comerciantes? Sería bueno para su salud.

—No, preferiría hacer otra cosa.

—¿No iría usted a Europa, para acompañar a algún joven y

distraerlo con su conversación? ¿No le agradaría?

—De ninguna manera. No me parece que haya en eso nada

preciso. Me gusta estar fijo en un sitio. Pero no soy exigente.

—Entonces, quédese fijo —grité, perdiendo la paciencia. Por

primera vez, en mi desesperante relación con él, me puse furioso—.

¡Si usted no se va de aquí antes del anochecer, me veré obligado —

en verdad, estoy obligado— a irme yo mismo! —dije un poco

absurdamente, sin saber con qué amenaza atemorizarlo para trocar

en obediencia su inmovilidad. Desesperando de cualquier esfuerzo

ulterior, precipitadamente me iba, cuando se me ocurrió un último

pensamiento, uno ya vislumbrado por mí.

—Bartleby —dije, en el tono más bondadoso que pude adoptar,

dadas las circunstancias—, ¿usted no iría a casa conmigo? No a mi

oficina, sino a mi casa, ¿a quedarse hasta encontrar un arreglo

conveniente? Vámonos ahora mismo.

—No, por el momento preferiría no hacer ningún cambio.

No contesté; pero eludiendo a todos por lo súbito y rápido de mi

fuga, huí del edificio, corrí por Wall Street hacia Broadway y saltando

en el primer ómnibus me vi libre de toda persecución. Apenas vuelto

a mi tranquilidad, comprendí que yo había hecho todo lo

humanamente posible, tanto respecto a los pedidos del propietario y

mis inquilinos, como respecto a mis deseos y mi sentido del deber,

para beneficiar a Bartleby, y protegerlo de una ruda persecución.

Procuré estar tranquilo y libre de cuidados; mi conciencia justificaba

mi intento, aunque, a decir verdad, no logré el éxito que esperaba.

Tal era mi temor de ser acosado por el colérico propietario y sus

exasperados inquilinos, que, entregando por unos días mis asuntos

a Nippers, me dirigí a la parte alta de la ciudad, a través de los

suburbios, en mi coche; crucé a Jersey City y a Hoboken, e hice

fugitivas visitas a Manhattanville y Astoria. De hecho, casi estuve

domiciliado en mi coche durante este tiempo.

Cuando regresé a la oficina, encontré sobre mi escritorio una nota

del propietario. La abrí con temblorosas manos. Me informaba que

su autor había llamado a la policía, y que Bartleby había sido

conducido a la cárcel como vagabundo. Además, como yo lo

conocía más que nadie, me pedía que concurriera y que hiciera una

declaración conveniente de los hechos. Estas nuevas tuvieron sobre

mí un efecto contradictorio. Primero, me indignaron, luego casi

merecieron mi aprobación. El carácter enérgico y expeditivo del

propietario le había hecho adoptar un temperamento que yo no

hubiera elegido; y sin embargo, como último recurso, dadas las

circunstancias especiales, parecía el único camino.

Supe después que, cuando le dijeron al amanuense que sería

conducido a la cárcel, éste no ofreció la menor resistencia. Con su

pálido modo inalterable, silenciosamente, asintió. Algunos curiosos o

apiadados espectadores se unieron al grupo; encabezada por uno

de los gendarmes, del brazo de Bartleby, la silenciosa procesión

siguió su camino entre todo el ruido, y el calor, y la felicidad de las

aturdidas calles al mediodía.

El mismo día que recibí la nota, fui a la cárcel. Buscando al

empleado, declaré el propósito de mi visita, fui informado de que el

individuo que yo buscaba estaba, en efecto, ahí dentro. Aseguré al

funcionario que Bartleby era de una cabal honradez y que merecía

nuestra lástima, por inexplicablemente excéntrico que fuera. Le

referí todo lo que sabía, y le sugerí que lo dejaran en un benigno

encierro hasta que algo menos duro pudiera hacerse —aunque no

sé muy bien en qué pensaba—. De todos modos, si nada se

decidía, el asilo debía recibirlo. Luego solicité una entrevista.

Como no había contra él ningún cargo serio y era inofensivo y

tranquilo, le permitían andar en libertad por la prisión y

particularmente por los patios cercados de césped. Ahí lo encontré,

solitario en el más quieto de los patios, con el rostro vuelto a un alto

muro, mientras, alrededor, me pareció ver los ojos de asesinos y de

ladrones, atisbando por las estrechas rendijas de las ventanas.

—¡Bartleby!

—Lo conozco —dijo sin darse la vuelta— y no tengo nada que

decirle.

—Yo no soy el que le trajo aquí, Bartleby —dije profundamente

dolido por su sospecha—. Para usted, este lugar no debe ser tan vil.

Nada reprochable lo ha traído aquí. Vea, no es un lugar triste, como

podía suponerse. Mire, ahí está el cielo, y aquí el césped.

—Sé dónde estoy —replicó, pero no quiso decir nada más, y

entonces lo dejé.

Al entrar de nuevo en el corredor, un hombre ancho y carnoso, de

delantal, se me acercó, y señalando con el pulgar sobre el hombro,

dijo:

—¿Ése es su amigo?

—Sí.

—¿Quiere morirse de hambre? En tal caso que observe el régimen

de la prisión y se saldrá con su gusto.

—¿Quién es usted? —le pregunté, no acertando a explicarme una

charla tan poco oficial en ese lugar.

—Soy el despensero. Los caballeros que tienen amigos aquí me

pagan para que los provea de buenos platos.

—¿Es cierto? —le pregunté al guardián.

Me contestó que sí.

—Bien, entonces —dije, deslizando unas monedas de plata en la

mano del despensero—, quiero que mi amigo esté particularmente

atendido. Déle la mejor comida que encuentre. Y sea con él lo más

atento posible.

—Presénteme, ¿quiere? —dijo el despensero, con una expresión

que parecía indicar la impaciencia de ensayar inmediatamente su

urbanidad.

Pensando que podía redundar en beneficio del amanuense, accedí,

y preguntándole su nombre, me fui a buscar a Bartleby.

—Bartleby, éste es un amigo, usted lo encontrará muy útil.

—Servidor, señor —dijo el despensero, haciendo un lento saludo,

detrás del delantal—. Espero que esto le resulte agradable, señor;

lindo césped, departamentos frescos, espero que pase un tiempo

con nosotros, trataremos de hacérselo agradable. ¿Qué quiere

cenar hoy?

—Prefiero no cenar hoy —dijo Bartleby, dándose la vuelta—. Me

haría mal; no estoy acostumbrado a cenar. —Con estas palabras se

movió hacia el otro lado del cercado, y se quedó mirando la pared.

—¿Cómo es esto? —dijo el hombre, dirigiéndose a mí con una

mirada de asombro—. Es medio raro, ¿verdad?

—Creo que está un poco desequilibrado —dije con tristeza.

—¿Desequilibrado? ¿Está desequilibrado? Bueno, palabra de honor

que pensé que su amigo era un caballero falsificador; los

falsificadores siempre son pálidos distinguidos. No puedo menos

que compadecerlos; me es imposible, señor. ¿No conoció a Monroe

Edwards? —agregó patéticamente y se detuvo. Luego, apoyando

compasivamente la mano en mi hombro, suspiró—: murió

tuberculoso en Sing-Sing. Entonces, ¿usted no conocía a Monroe?

—No, nunca he tenido relaciones sociales con ningún falsificador.

Pero no puedo demorarme. Cuide a mi amigo. Le prometo que no le

pesará. Ya nos veremos.

Pocos días después, conseguí otro permiso para visitar la cárcel y

anduve por los corredores en busca de Bartleby, pero sin dar con él.

—Lo he visto salir de su celda no hace mucho —dijo un guardián—.

Habrá salido a pasear al patio.

Tomé esa dirección.

—¿Está buscando al hombre callado? —dijo otro guardián,

cruzándose conmigo—. Ahí está, durmiendo en el patio. No hace

veinte minutos que lo vi acostado.

El patio estaba completamente tranquilo. A los presos comunes les

estaba vedado el acceso. Los muros que lo rodeaban, de

asombroso espesor, excluían todo ruido. El carácter egipcio de la

arquitectura me abrumó con su tristeza. Pero a mis pies crecía un

suave césped cautivo. Era como si en el corazón de las eternas

pirámides, por una extraña magia, hubiese brotado de las grietas

una semilla arrojada por los pájaros.

Extrañamente acurrucado al pie del muro, con las rodillas

levantadas de lado, con la cabeza tocando las frías piedras, vi al

consumido Bartleby. Pero no se movió. Me detuve, luego me

acerqué; me incliné, y vi que sus vagos ojos estaban abiertos; por lo

demás, parecía profundamente dormido. Algo me impulsó a tocarlo.

Al sentir su mano, un escalofrío me corrió por el brazo y por la

médula hasta los pies.

La redonda cara del despensero me interrogó.

—Su comida está pronta. ¿No querrá comer hoy tampoco? ¿O vive

sin comer?

—Vive sin comer —dije yo y le cerré los ojos.

—¿Eh?, está dormido, ¿verdad?

—Con reyes y consejeros —dije yo.

Creo que no hay necesidad de proseguir esta historia. La

imaginación puede suplir fácilmente el pobre relato del entierro de

Bartleby. Pero antes de despedirme del lector, quiero advertirle que

si esta narración ha logrado interesarle lo bastante para despertar

su curiosidad sobre quién era Bartleby, y qué vida llevaba antes de

que el narrador trabara conocimiento con él, sólo puedo decirle que

comparto esa curiosidad, pero que no puedo satisfacerla. No sé si

debo divulgar un pequeño rumor que llegó a mis oídos, meses

después del fallecimiento del amanuense. No puedo afirmar su

fundamento; ni puedo decir qué verdad tenía. Pero, como este vago

rumor no ha carecido de interés para mí, aunque es triste, puede

también interesar a otros.

El rumor es éste: Bartleby había sido un empleado subalterno en la

Oficina de Cartas Muertas de Washington, del que fue bruscamente

despedido por un cambio en la administración. Cuando pienso en

este rumor, apenas puedo expresar la emoción que me embargó.

¡Cartas muertas!, ¿no se parece a hombres muertos? Concebid un

hombre por naturaleza y por desdicha propenso a una pálida

desesperanza. ¿Qué ejercicio puede aumentar esa desesperanza

como el de manejar continuamente esas cartas muertas y

clasificarlas para las llamas? Pues a carradas las queman todos los

años. A veces, el pálido funcionario saca de los dobleces del papel

un anillo —el dedo que iba destinado tal vez ya se corrompe en la

tumba—; un billete de banco remitido en urgente caridad a quien ya

no come, ni puede ya sentir hambre; perdón para quienes murieron

desesperados; esperanza para los que murieron sin esperanza,

buenas noticias para quienes murieron sofocados por insoportables

calamidades. Con mensajes de vida, estas cartas se apresuran

hacia la muerte.

¡Oh Bartleby! ¡Oh humanidad!

HERMAN MELVILLE (1 de agosto de 1819 - 28 de septiembre de

1891, Nueva York, Estados Unidos). Hijo de Allan Melville y María

Melville Gansevoort, comerciantes de pieles.

A los once años se trasladó con su familia a Albany, donde estudió

hasta que, dos años después, tras la quiebra de la empresa familiar,

tuvo que ponerse a trabajar. Impartió clases en una escuela de

Greenbush durante un breve período. Posteriormente, comenzó a

vivir una existencia aventurera que le llevó a enrolarse, en 1841,

como marinero en el ballenero Acushnet. Fruto de sus experiencias

en alta mar fueron Taipi: un Edén caníbal (1846) y Omu: un relato de

aventuras en los mares del sur (1847), escritas a su regreso a

Estados Unidos en 1844.

Entre sus muchas tribulaciones acontecidas entre 1839 y 1844,

Melville vivió con caníbales en las Islas Marquesas, residió en

Honolulu y fue encarcelado en Tahití.

En 1847 contrajo matrimonio con Elizabeth Shaw, una amiga de la

familia con la que tuvo cuatro hijos. Tres años después se trasladó a

vivir en una granja situada en Pittsfield. En ese ambiente campestre

se relacionó habitualmente con uno de sus mejores amigos, el

literato Nathaniel Hawthorne, autor de La letra escarlata a quien le

dedicó su obra más famosa, Moby Dick (1851).

Como sus trabajos no ofrecían el fruto económico deseable, a partir

del año 1866 Herman Melville trabajó como inspector de aduanas,

profesión que terminó abandonando en 1885.

La obra de Melville, que destaca por la penetración psicológica y

filosófica de sus personajes, no fue suficientemente reconocida en

su día, pero actualmente goza de un merecido prestigio,

convirtiendo a su autor en uno de los principales novelistas de su

país y uno de los precursores de la literatura de carácter

existencialista.


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