Yasutaka Tsutsui EL DÍA DE LA PÉRDIDA

 


Yasutaka Tsutsui EL D
ÍA DE LA PÉRDIDA

 

 

 

Aquel día, como de costumbre, Isamu Warai se apresuró a ir

al baño nada más llegar a la oficina. A pesar de su juventud, tenía la

orina floja. Normalmente, en cuanto presionaba el reloj contador

para fichar, iba al baño antes de dirigirse a su despacho.

Al salir, Warai se encontró en el pasillo con Keiko Noguchi, de

secretaría. Bien pensado, quizá Keiko lo estuviera esperando allí

porque conocía la costumbre de Warai, pero en ese momento él no

lo sabía, y, pensando que se trataba de una casualidad, le sonrió

con ganas.

—¡Hola!

—¡Hombre, Warai! dijo Keiko. Se le dibujaron unos hoyuelos y

rápidamente se le acercó para susurrarle: Hoy estoy disponible.

—¡Ah!

Warai, al principio, no sabía a qué se refería. Pero el caso es que

Keiko se había ruborizado al decirlo y había salido disparada como

si huyera, siguiéndolo un buen rato con la mirada. Por fin entendió lo

que había querido decir, así que, de la alegría, abrió los ojos como

platos y murmuró para sí:

Claro, aquello debió de ser una excusa.

Cuatro días antes, al salir del trabajo, Warai la había invitado a

comer por primera vez, ya que desde hacía tiempo sentía

predilección por ella. La cita fue un éxito. Comieron en un

restaurante francés, después tomaron una copa en un bar que

Warai frecuentaba y finalmente fueron a una animada cafetería. Así

 

pues, fue un recorrido extremadamente apacible, en el que ambos

disfrutaron de una noche muy agradable. Tanto es así que Warai,

henchido de alegría, la invitó a un hotel.

Hoy no puede ser dijo Keiko.

Rechazó su invitación sin rodeos, y Warai pensó que quizá lo

hacía para no empañar una noche tan agradable. Pero, por si

acaso, quiso cerciorarse:

—¿Cuándo te parece bien?

Ya te avisaré.

«¿Sería verdad? ¿No sería una excusa? En ese momento tenía

mis dudas al respecto, unas dudas que me persiguieron hasta esa

misma mañana. Pero Keiko me había dicho: Hoy estoy

disponible». Eso significaba que estaba dispuesta a ir a un hotel

con Warai y, en definitiva, que le iba a entregar su cuerpo.

Warai estaba alborozado, así que se fue a su despacho y

empezó a trabajar. Pero estaba demasiado contento para

concentrarse.

Isamu Warai tenía 24 años y todavía era virgen. Hasta graduarse

en la universidad no había tenido oportunidad de estar con una

mujer, ya que lo más importante para él era ser un estudiante

aplicado. Gracias a su voluntad y esfuerzo se licenció en una

universidad de primera y consiguió un trabajo en una empresa de

primera. Una vez que entró en la compañía, todo el mundo

reconoció su seriedad e inteligencia, y para no defraudar las

expectativas que tenían depositadas en su futuro, no podía quitarse

de la cabeza, por ejemplo, la idea de perder fácilmente la virginidad

con una prostituta. Le parecía que en el futuro esa experiencia no

iba a representar ninguna ventaja para él, y que no podría encontrar

a la persona adecuada. Pensaba que había que hacerlo con alguien

afín. Por muy importante que llegara a ser, si tenía una primera

experiencia miserable no podría deshacerse de un complejo de

inferioridad.

Por supuesto, Warai tenía, como todo el mundo, o mejor dicho,

más que los demás, apetito sexual, y el sufrimiento que supuso

 

aplacarlo hasta ese día no era como el de la mayoría, sino que, al

no poder controlarlo, se veía obligado a encontrar la pareja idónea

para perder la virginidad, y le exigían necesariamente desprenderse

de una vez de la represión espiritual. Mantener la castidad durante

toda la vida era también algo miserable, y se sentía avergonzado

con respecto a los compañeros del trabajo que poseían una gran

experiencia; por eso tenía complejo de inferioridad. Sin embargo, no

se le presentaba la pareja adecuada.

Para Warai, la mujer a quien entregarle la castidad debía cumplir

las siguientes cinco condiciones: ante todo, tener una belleza

superior a la de diez mujeres; ser refinada y culta; que su belleza y

su carácter fuesen los que a él le gustaban; para no tener

complicaciones a posteriori, debía ser una mujer que perdonara una

infidelidad y que lo quisiera de verdad, sin exigirle matrimonio; y, por

último, para que su primera experiencia no le dejara mal sabor de

boca, debía ser una mujer que tuviera los conocimientos necesarios

y llevara la iniciativa, dado que él no se permitiría tener ni un fallo.

Lo cierto es que en su entorno no era fácil encontrar una mujer que

reuniera esas condiciones.

No obstante, mientras realizaba su trabajo en el departamento

de cálculo de costes para la aceptación de pedidos, se acordó de

que por fin había encontrado a Keiko Noguchi. Si en efecto fuera

Keiko la pareja que buscaba, pensó, no habría ningún motivo para

sentir vergüenza ante nadie por tener con ella su primera

experiencia sexual; y se quedó embelesado pensando en sus labios

rojos, suaves y tan bien formados, aunque, ¡claro!, bien pensado, a

esas alturas ni siquiera la había besado. Pero, pero esa misma

noche podría darle un beso. Por primera vez en su vida iba a poder

besar los labios de una mujer. Y nada más y nada menos que los de

Keiko Noguchi. Sin temer nada de nadie. Apretaría sus labios contra

los suyos: ¡Muaaa! Al pensar en eso, se llenó de gozo y, embargado

por la emoción y la alegría, se rió en voz alta mostrando sus

blanquísimos dientes.

Je. Jejejejejeje.

 

Tajima, un compañero de Warai que estaba trabajando en el

asiento de delante, se quedó sorprendido, se inclinó hacia atrás, se

dio la vuelta en silencio y le dijo en voz baja:

—¡Eh, tú, pero qué cosas tan raras estás diciendo!

Warai se enjugó los labios precipitadamente con el dorso de la

mano y, mientras se los relamía, metió la cabeza entre los hombros.

Ah, no es nada. Perdona, perdona.

En la sección a la que pertenecía Warai, el jefe estaba situado

enfrente, de espaldas a la ventana, y el resto de empleados se

hallaban de cara a él, dispuestos en tres filas de a cinco, como si de

un colegio se tratase. A los nuevos o a los malos les hacían

sentarse delante, esto es, ante las mismas narices del jefe, pero

Warai, que era un trabajador joven y brillante, era el cuarto de la fila

derecha. «Eso es. Lo adecuado es que un empleado como yo,

brillante y perteneciente a la élite, le entregue su castidad a una

mujer bella e inteligente como Keiko Noguchi», pensó Warai.

Keiko Noguchi había entrado a trabajar un año después que

Warai, y, como ambos pertenecían a secciones diferentes, él no

supo de su existencia hasta dos o tres meses después. Pero los

empleados más jóvenes rumoreaban que en la secretaría había

entrado una chica guapísima, y por eso Warai se las arregló para

ver cómo era. Constató que era tan guapa como se decía: no,

mucho más, y se le llenó el corazón de deseo, tanto que hasta le

daban punzadas. En esa ocasión se limitaron a presentarse, pero

ella ya se había enterado por sus compañeras de que Warai era un

empleado perteneciente a la élite y que gozaba de una excelente

reputación. Aunque trabajaran en secciones distintas, seguro que se

habían cruzado una o dos veces en alguna parte; sin embargo, a

pesar de su manía de encontrar una pareja a quien entregarle su

castidad, el caso es que, como Warai, por una especie de

vergüenza, de amor propio o de cobardía, no tenía la costumbre de

observar indiscretamente a una mujer, no vio a Keiko Noguchi hasta

que no se enteró del rumor que corría acerca de ella. Por su parte, a

 

Keiko alguien debía de hablarle hablado de Warai, porque lo tenía

visto.

Entretanto, Warai fue descubriendo que le gustaba todo de Keiko

Noguchi.

No era ni alta ni baja, ni gorda ni delgada, y tanto su peinado

como su ropa y su maquillaje eran muy elegantes, así que rebosaba

buen gusto por los cuatro costados. Precisamente porque la habían

destinado a la secretaría, estaba claro que era una persona

inteligente, pero no alardeaba de su educación, sino que tanto sus

palabras como su actitud eran discretas. Aun así, no tenía un

carácter sombrío. Claro que tampoco era una persona con la que te

partieras de risa. Por supuesto, poseía la inocencia de la juventud,

pero, de alguna manera, tanto su forma de mover los ojos como la

sonrisa que se le dibujaba en la boca transmitían serenidad y hacían

pensar que no era ninguna inexperta. En realidad, era un año menor

que Warai, pero éste tenía la impresión de que era dos o tres años

mayor que él. «Todo eso, en fin, me lo va a entregar a mí», afirmó

en voz alta Warai, mientras repetía el cálculo de costes con el que

llevaba equivocándose desde hacía rato.

Sí, estoy seguro de que de virgen no tiene nada.

—¿Qué? ¿A quién te refieres? le respondió Tajima,

asombrado, volviendo la cabeza.

—¿Eh? ¡Ah, no, nada!… —contestó nervioso Warai. Esto,

no; me refería a Matsumoto, la de contabilidad.

—¡Hombre, por descontado! ¡Como que está casada! dijo

Tajima frunciendo el ceño, y después siguió trabajando.

«Bueno, lo cierto es que Keiko Noguchi reúne casi todas las

condiciones. Ahora bien, ¿qué haría si Keiko aprovechara las

relaciones sexuales para exigirme que me casara con ella?», se

puso a meditar Warai. Estaba totalmente colado por Keiko Noguchi,

empezó a pensar que no estaría mal casarse con ella. Pero en su

interior rechazó esa idea de manera racional. «No puede ser, no

puede ser. La mujer que se convierta en mi esposa debe ser hija del

presidente de una compañía o de un alto ejecutivo, y, si es posible,

 

hija única. Es importante para conseguir el éxito social. Como está

mandado. Y es que incluso un empleado con un brillante expediente

académico recibirá algún día una propuesta de matrimonio, como es

lógico. Pero no hay que apresurarse, no. Keiko tiene su orgullo. Por

supuesto.

»Es orgullosa, sí señor, y muy altiva. Por eso precisamente la he

elegido a ella para tener mi primera experiencia sexual. Pero, claro,

no puede ser que me diga que me case con ella. Si Keiko empezara

a pensar en mí como objeto de matrimonio, bueno, no, yo sé que ya

ha empezado a pensar en eso, el caso es que soy un año mayor

que ella. En caso de que yo no mostrara nunca mi propósito, seguro

que ella perdería la paciencia y se casaría pronto con otro. En fin, no

es probable que un hombre como yo, cuando tenga 29, 30 o 31

años, carezca de propuestas de matrimonio ni de pareja para

casarme. Pero entonces Keiko se convertiría en una solterona.

Aunque seguro que ella no tiene esa obsesión inconsciente de llegar

a esa edad. Por supuesto que no. Es evidente». Warai se esforzaba

por convencerse con este pensamiento, y, una vez convencido, por

fin logró calmarse. «Jamás pasará una cosa semejante. No tiene

necesidad de hacerlo».

Warai tenía motivos para tranquilizarse a la fuerza. Si afrontaba

la pérdida de castidad con la intranquilidad en el cuerpo, cabía la

posibilidad de que la primera experiencia resultara un fracaso total,

por un sentimiento de culpa o de miedo. Y no podía fracasar. Debía

hacerlo bien. Para tener un recuerdo agradable había que poner

toda la carne en el asador. Como es lógico, tenía que estar

tranquilo. «Así tiene que ser. Si los dos estamos tensos todo el

tiempo, lo pasaremos mal. Y no guardaremos un buen recuerdo. Así

que tranquilidad. Calma».

Pero Warai se dio cuenta de que no sólo era necesario estar

tranquilo, sino que también había que tener cierta holgura

económica para disfrutar por completo de la cita amorosa. Hacía

cuatro días que se había gastado casi todo el sueldo con Keiko, y

para un asalariado recién incorporado a la empresa como él,

 

gastarse casi toda la paga en una cita era algo que estaba un poco

por encima de sus posibilidades; así que, al darse cuenta, se le

escapó un grito de espanto:

—¡No tengo dinero!

Como en esa ocasión había hablado algo más alto que antes,

dos o tres personas que estaban cerca lo miraron.

—¿Se te ha perdido? le preguntó Tajima volviendo la cabeza.

—¿Eh? ¿Qué? ¡Ah, sí! asintió Warai, pero precipitadamente, lo

negó: No, no pasa nada. Está todo en orden. No era mucho

dinero.

Puedes ir a contabilidad para que te adelanten algo.

Sí, sí, claro. Eso haré.

Pero lo cierto es que a Warai no le gustaba lo más mínimo pedir

adelantos en el departamento de contabilidad. Casi todos los

empleados solteros lo hacían, pero él no lo había hecho ni una sola

vez. Según su parecer, eso no era algo que debiera hacer un

empleado de élite como él. A cualquiera que trabajara en el

departamento de contabilidad le causaría una impresión de dejadez,

y, además de mostrarse vulnerable, le haría sentir complejo de

inferioridad.

Cuando Warai era universitario, cada vez que se quedaba sin

blanca escribía una carta a su familia, que residía en el pueblo,

pidiéndoles dinero. Pero ahora que trabajaba y se había

independizado, lo que no podía hacer era escribir a sus ancianos

padres para sablearlos, ya que vivían a duras penas de un pequeño

bazar en un rinconcito de una pequeña ciudad de provincias. Si

enviaba esa misiva, sus padres se las ingeniarían para reunir el

dinero, pero para entonces ya seria demasiado tarde.

Warai no tenía más que unas decenas de miles de yenes

depositados en el banco, pero los reservaba para una necesidad,

mientras que ahorraba una pequeñísima parte de su escaso sueldo

para sus gastos. «Sacaré una pequeña cantidad de esos ahorros»,

pensó Warai. La libreta del banco la tenía en la pensión, pero podía

pasarla a buscar en el descanso, al mediodía, y luego ir al banco.

 

Ahora bien, ¿cuánto dinero necesitaría? ¿Bastaría con diez mil

yenes? Si retiraba una gran cantidad, estaba seguro de que se lo

gastaría todo. Tenía que sacar la cantidad mínima suficiente. «Había

que contar. No hace falta gastarse tanto dinero en la comida como la

vez anterior, que me costó un ojo de la cara. Pongamos cinco o seis

mil yenes. Podemos tomar una copa, pero en la barra del bar de

siempre, porque allí me fían. Después está el hotel. Eso sí que es

difícil de calcular. Keiko vive con sus padres, por lo que no nos

podemos quedar a dormir en el hotel; tengo que llevarla de vuelta a

casa. Así pues, por fuerza será más barato. Pero, un momento,

¡menudo problema! No sé cuánto cuesta un hotel para pasar sólo

unas horas. Recuerdo haber visto en un pequeño rótulo luminoso de

cristal rosa o violeta que costaba varios cientos de yenes, pero lo

que no recuerdo es si ese precio era para una o dos personas, ni si

era por una hora o por tres. En resumidas cuentas, en el peor de los

casos el importe del hotel ascendería a cuatro o cinco mil yenes, así

que si saco diez mil yenes, quizá me quede corto. También hay que

contar con que si nos entra sed en la habitación, tendremos que

pedir una cerveza o cualquier otra cosa. Y está claro que, en un sitio

así, tomar algo saldrá caro. Cuando hayamos salido del hotel, es

posible que nos tomemos un cafelito. Y quizá cojamos un taxi. En

fin, será mejor que lleve unos quince mil yenes. Ahora bien, ¿habrá

que hacer algún otro gasto? ¿me dejo algo por contar? ¡Ah, claro!

¡Unos condones!».

Esto último lo dijo en voz alta, así que las tres o cuatro personas

que había a su alrededor empezaron soltar una risilla sofocada.

—¡Oye! ¡Para ya! Tajima volvió a darse la vuelta con cara de

fastidio. A ti hoy te pasa algo. Te pones a reír con una voz

extraña, luego hablas de la virginidad de no sé quién, más tarde

montas un follón con el dinero que se te ha perdido. Y ahora vas y

dices en voz alta: «Unos condones». Desde hace un rato, cada vez

que voy a calcular el total de una gran suma, me despistas con tus

impertinencias y tengo que volver a calcularlo todo. ¿Se puede

saber qué te ocurre?

 

Disculpa, de verdad. No sé dónde tengo la cabeza.

—¡Eh, vosotros! Hace ya rato que estáis armando alboroto dijo

el jefe mirando fijamente a Warai y compañía con las gafas sin aros

brillándole. A ver si nos callamos.

Warai y Tajima metieron la cabeza entre los hombros y volvieron

a sus respectivos trabajos.

Respecto al asunto de los condones, también llamados «gomas

higiénicas», Warai desconocía si eran o no un artículo

absolutamente necesario en sus circunstancias, e incluso ignoraba

cuánto podían costar. Lo único que sabía es que se vendían en las

farmacias. Pensó que no sería posible comprar sólo uno, que habría

que comprar una caja. «Y ¿cuánto costará? Últimamente los

productos farmacéuticos se han encarecido, de modo que también

los condones, que se venden en las farmacias, habrán subido de

precio. ¿Costarán unos mil yenes? ¿O tal vez dos mil? No creo que

lleguen a tres mil yenes, porque entonces no estarían al alcance de

cualquiera. En fin, hay que preparar una cantidad parecida. Si no los

compro, me arriesgo a que Keiko me rechace por no ponerme nada,

y en ese caso cabría la posibilidad de que la noche en que debo

perder mi virginidad, en lugar de ser como Dios manda, acabara en

tragedia, y que además dilapidara una noche de hotel. Pero ¿Keiko

se negaría rotundamente a hacerlo a pelo? Como debía de tener

experiencia, puede que tomara sus precauciones y estuviera

preparada para evitar un embarazo. Supongo que en las farmacias

también hay anticonceptivos para mujeres, así que a lo mejor está

totalmente equipada para una situación como ésta. Hace cuatro días

me dijo que no estaba en condiciones, y esta misma mañana me ha

dicho que sí lo estaba, así que quizá todo eso tuviera relación con el

complicado cómputo de los días de la regla o de la ovulación, para

no quedarse embarazada.

»Pero, bueno, ¡qué más da! De todos modos, más vale prevenir

que curar. Hoy es un día muy importante para mí. Por si acaso, para

no cometer ninguna torpeza, hay que prepararse para cualquier

eventualidad. Hay que ser precavido. Voy a pensarlo todo bien otra

 

vez. Primero, entramos en el hotel. ¿Qué hacer si, cuando estemos

delante, de repente sale con que no quiere entrar porque le da

vergüenza? Hombre, no creo que pase eso, pero, en todo caso, si

se hace la estrecha, no debo ponerme nervioso ni enfadarme. Si no,

nos pondríamos a discutir delante del hotel y durante algún tiempo

no habría una segunda oportunidad. Hay que tener paciencia para

convencerla y tranquilizarse. Bien, prosigamos. Una vez dentro del

hotel de citas, ¿qué pasos habrá que seguir hasta llegar a la

habitación? ¿Será igual que en un hotel de negocios o cualquier otro

hotel? En fin, ¡qué más da! Si lo desconozco, no pasa nada. En

cualquier caso, no hay que tener miedo ni mostrarse tímido. Lo más

importante es mostrarse imponente. Total, tampoco estoy haciendo

nada malo. Veamos. Hemos entrado en la habitación. Acto seguido,

le quitaré el vestido a toda prisa. Pero ¡un momento! Espera,

espera, espera. No hay que precipitarse. Es esencial crear un buen

ambiente. Por lo tanto, ante todo, pedimos una cerveza o un zumo y

nos relajamos un rato para crear un ambiente propicio. No debo

impacientarme pensando sólo en el tiempo que podemos estar en el

hotel ni en nada por el estilo. Cuando vea que Keiko ya se ha

relajado, acercaré mi cuerpo al suyo y, abrazándola por los

hombros, le susurraré algo al oído. ¿Qué podría decirle? Esto es

como un sueño. Sí, eso está bien. Seguro que ella me preguntará

algo. ¡Ay! Pero ¿qué?».

El hecho de pasar una noche como ésta contigo Siempre

había soñado con esto. Con que llegara esta noche. Este momento.

—¿Hace mucho que te gusto?

Desde el mismo día en que te vi. Estoy loco por ti. Eres

preciosa y refinada, no vulgar como las demás; tienes estilo, buen

gusto y Y, además, un gran atractivo sexual se decía para sí, y,

a medida que hablaba, se iba excitando más y más, hasta que soltó

un jadeo.

Yo también. Yo también, desde hace mucho tiempo, te

—¡Keiko! ¡Ah, Keiko! Warai abraza el suave cuerpo de Keiko

Noguchi.

 

—¡Ahh! Keiko se arquea hacia atrás.

«Bien, ha llegado el momento. Ahora es cuando la beso,

ardientemente».

—¡Keiko!

Warai acerca su cara al rostro blanquecino de Keiko Noguchi,

que está tendida boca arriba, y la besa en los labios.

—¡Agg! ¡Aggg! ¡Qué tipo más guarro! ¡Mira que darle un morreo

a la mesa! gritó asombrado Tajima, que desde hacía rato tenía la

cabeza vuelta hacia él y contemplaba estupefacto sus

extravagancias.

Warai, asustado, se puso a toser y volvió a fijar rápidamente la

vista en los documentos.

Mira que te gusta rezongar, ¿eh? ¡Qué tipo más pesado! le

espetó Tajima a Warai dirigiéndole una sola mirada como si lo

tomara por loco, y después se dio la vuelta.

Pensando que se había interpuesto un obstáculo en su camino,

Warai chasqueó la lengua. Fue un jarro de agua fría, ya que había

creído que estaba viviendo aquella situación de verdad, por eso pilló

un buen cabreo. «Y pensar que me encontraba en un momento

crucial. ¿Dónde estábamos? ¡Ah, sí! En el beso. El primer beso».

Warai pensó que podía besarla, y de nuevo se quedó

embelesado. ¡Cuánto tiempo había esperado impaciente aquel

momento! Hasta entonces había tenido que refrenar fuertemente

aquel deseo de los días de juventud, cuando le hervía la sangre

hasta casi explotar; así, había estudiado cómo oponerse con todas

sus fuerzas a los sueños eróticos en los que le entraban ganas de

cometer actos obscenos a plena luz del día. Con el fin de descargar

su energía, se había puesto a practicar judo, y se había aplicado

tanto que llegó a conseguir el cuarto dan[32], pero, como no sabía

qué hacer con el vigor que le sobraba, todas las noches se

abrazaba al futón y se reconcomía por la tristeza. Un día que estaba

nevando, no pudo más y se lanzó al jardín de la pensión

completamente desnudo, abrazó un muñeco de nieve y tuvo un

orgasmo mientras lanzaba gemidos a diestro y siniestro. En otra

 

ocasión, al grito de «¡Perdón por introducir mi pene de hierro!», ya

que cuando estaba congestionado era como de acero candente,

abrió un gran agujero en la gruesa piel de una enorme sandía que

acababa de comprar y se le quedó todo el pito teñido de carmesí.

Pero todo aquel sufrimiento, todo aquel dolor, se vería

recompensado esa noche, ya que haría el amor no con un muñeco

de nieve ni con una sandía, sino con una mujer de carne y hueso,

con la espléndida Keiko Noguchi. Por fin podría hacer el amor, el

amor, el amor, el amor, podría hacer el amor. Con los ojos

congestionados saliéndosele de las órbitas, Warai fijó la mirada

inestable en la hoja de cálculo de costes y, jadeando violentamente

como un perro vagabundo, se dio cuenta de que, sin poder

remediarlo, tenía el pene erecto bajo el pantalón. «¡Ah! No puede

ser. ¡Madre mía! No voy a poder caminar. Si me llama el jefe de

improviso, se va a armar la gorda. Si me levanto de repente, no

podré evitar que se escuche un ruido como cuando se rompe una

rama por la raíz. Es cuestión de tranquilizarse. Seamos razonables.

Eso es. Sigamos adelante con nuestra estrategia. Ante todo,

levantaré lentamente y a pulso a Keiko Noguchi, que estará

embelesada con mis besos. Seguro que no pesa mucho. La llevaré

con parsimonia hasta el lecho y la acostaré sobre las sábanas. Acto

seguido, le desabrocharé el vestido.

»¡No! ¡Eso no va bien! Si le quito primero el vestido, está claro

que se resistirá diciendo que le da vergüenza. Además, si la

desnudo a ella primero, podría resfriarse mientras espera a que me

desvista. Así las cosas, será mejor que me desnude yo primero. Eso

es. Es lo mejor. Me quitaré la chaqueta, la corbata, la camisa y, por

último, los pantalones».

Warai estaba pensando en estas cosas cuando, de repente,

recordó que durante casi una semana no se había cambiado de

calzoncillos, ya que hacía mucho que no ponía una lavadora,

absorbido como estaba por la despreocupada vida de su pensión.

Tenía los calzoncillos negros, y, a pesar de ser sólo mediodía, le

llegó un desagradable olorcillo procedente de la entrepierna.

 

«Ehhhhh. ¡Madre mía!». Con los ojos como platos, atormentado por

el remordimiento, Warai se levantó inconscientemente y se cuadró

soltando palabras disparatadas con la mirada perdida.

—¡Mis calzoncillos están negros como el carbón! dijo

desgañotándose, y enseguida volvió en sí. Entonces se percató de

que todos los empleados de la oficina dejaron de reírse y se fijaron

en él, que estaba en las nubes, así que se sentó a todo correr y se

encorvó como un galápago.

Wa Wa… ¡Warai! gritó el jefe. Con las gafas sin aros

brillándole de ira, se le dibujaron un montón de arrugas verticales en

toda la cara.

«¡Madre mía! ¡La que he liado! Ya ha puesto esa voz de

reproche violenta, histérica y chillona».

Cuando Warai iba a meter el cuello en el caparazón, tuvo la

suerte de que sonara el teléfono del jefe.

Sí, sí. Soy yo. ¡Ah! ¿Se trata de eso? Pues ya debe de estar

listo. Sí. Le llamo enseguida. Hasta luego. El jefe colgó el teléfono

de golpe con cara de pocos amigos y le preguntó a Warai en voz

alta: ¡Oye, Warai! Me imagino que ya habrás terminado el cálculo

de costes del formato R-62 para el pago del estudio Abe que te pedí

ayer, ¿verdad?

—¡Ah! ¿Se refiere a eso? Pues todavía… —Warai se puso de

pie y por momentos tartamudeó. Esto El caso es que lo estaba

haciendo precisamente ahora.

El jefe tenía un cigarrillo en la boca, y su cara reflejaba mal

humor.

—¿Todavía lo estás haciendo? Un hombre de tanta valía como

tú Es un trabajo urgente. ¿Hasta dónde has llegado? A ver,

tráemelo.

Sí, señor.

Preparó y recogió rápidamente la hoja de cálculo que tenía sobre

la mesa y se dispuso a llevársela al jefe, pero en ese preciso

instante emitió un gemido y se paró en seco. Todavía seguía con el

pene tieso, y éste amenazaba con desbaratar con violencia la

 

cremallera del pantalón. Si intentaba caminar, por fuerza se le

rompería, y antes de eso se desvanecería del dolor.

Pero ¿a qué esperas? ¡Te he dicho que lo traigas

inmediatamente!

Sí, claro. Sí. Sí. Sí. Warai abrió la entrepierna a derecha e

izquierda con un ángulo de 160 grados y afianzó firmemente sus

dos piernas. La tela de la parte delantera del pantalón se le aflojó y,

al sentirse cómodo de esa guisa, se puso a caminar totalmente

patiabierto.

—¡Que lo traigas ya! ¿Qué forma de andar es ésa? ¡Basta ya de

juegos, maldita sea! Pero ¿qué te pasa hoy? Déjame ver. ¿Así que

era esto? Pe pero si está a medias. Desde luego, no te

reconozco. ¿Qué es esto? Una hora de reposo en el hotel,

quinientos yenes por persona. ¿Es que no sabes que no se pueden

hacer garabatos en la hoja de cálculo de costes? A ver El precio

de la pieza del cabezal es éste, así que veintitrés piezas ascienden

a esta cantidad. En cuanto al eje, sólo hay uno. En total, veintidós

millones quinientos mil yenes.

Warai estaba distraído al lado de su jefe, que escrutaba la hoja

de cálculo que él había hecho, y de repente reparó en que tenía el

dinero suficiente para comprarse unos calzoncillos nuevos.

¿Qué hacer? No había que precipitarse. «Cuando llegue el

mediodía, aprovecharé el descanso para comprarme unos

calzoncillos y después me iré a la pensión para ponérmelos. Así

podré mostrárselos dignamente a Keiko. ¿Por qué me preocupaba,

pues, si era algo insignificante? ¡No pasa nada, hombre! ¡Qué tonto

llego a ser!». Nada más serenarse, Warai se llenó de gozo, pero sin

darse cuenta, se puso a reír y, con el puño, le propino al jefe un

enorme golpe en la espalda.

—¡Uppss! El jefe, sobresaltado, se tragó el cigarrillo que

sujetaba en la boca. ¡Ay! ¡Ay! ¡Ayyyyyyyyyyyyyyyyyyyy! Se cayó

de la silla y se puso a rodar por el suelo. ¿Qué? ¿Qué diablos

haces?

 

En cuanto llegó el descanso del mediodía, Warai salió pitando

del edificio de su empresa, se compró unos calzoncillos de 500

yenes en una tienda de ropa para caballeros que había en las

inmediaciones, tomó el metro, volvió a la pensión y allí se cambió de

ropa interior. Cogió la libreta de depósitos, se fue a un banco que

había cerca para sacar 18.000 yenes y volvió a tomar el metro.

Aunque era mediodía, el metro del centro estaba relativamente

lleno. Pero Warai encontró un huequecito y se sentó haciéndose

sitio por la fuerza. «Bueno, ya está», pensó, y, apoyándose en el

respaldo del asiento, ya que estaba rendido, se dejó llevar por el

traqueteo de los vagones, suspiró profundamente de alivio y soltó

una risilla disimulada. «Ya no me dará vergüenza quitarme los

pantalones delante de Keiko. Mi entrepierna está limpia como una

patena. ¡A ver, como que llevo unos calzoncillos recién

estrenados!». Al pensar en esto, no cabía en sí de gozo, y, como si

cantara dijo en voz alta:

Mis calzoncillos están relucienteeeeeesssss.

Una estudiante de secundaria que estaba sentada al lado de

Warai se levantó a toda prisa y huyó despavorida con la cara pálida.

Cuando se dirigía a su oficina por el distrito financiero después

de bajarse del metro, Warai advirtió que todavía no había decidido a

qué hotel llevaría a Keiko. «¡Anda! ¿Adónde podría llevarla? Tengo

que decidirlo ya. No estaría mal llevarla a las callejuelas de la zona

comercial donde está el bar al que voy habitualmente. Allí hay dos o

tres hoteles, y además no hace falta tomar un taxi. No, pero no

puede ser. Esa zona no me hace mucha gracia que digamos. Por

allí suelen merodear mis compañeros de trabajo, y podrían

descubrirme al entrar en el hotel. Además, a lo mejor a Keiko no le

gusta. ¿Dónde habrá más hoteles? ¿En aquellas callejuelas del subcentro

por las que he pasado dos o tres veces?».

Warai se dio cuenta de que había pasado de largo la entrada del

edificio donde estaba su oficina, así que retrocedió enseguida.

Pensando que tendría que saltarse esa zona con el taxi, entró en la

recepción y subió al ascensor. «Pero ¡espera un momento! En esa

 

zona hay muchos grupos violentos y, al ver a una pareja, nos

rodearían, se meterían con nosotros y, si te fías, hasta nos

desvalijarían». Había leído artículos en el periódico que decían que

a los hombres los golpeaban produciéndoles heridas de distinta

consideración, y a las mujeres se las llevaban retenidas. «¿Estaré a

salvo?».

«¡Hombre, ya lo creo que sí! ¡Venga! No hay por qué

preocuparse. Claro que no. En caso de que esos tipejos nos rodeen,

yo soy cuarto dan de judo. Soy un tipo fuerte». Mientras Warai

estaba sumido en estos pensamientos, se bajó del ascensor y se

dispuso a enfilar el pasillo que conducía a su oficina. «Si veo que

me van a rodear, lo primero que haré será ponerme contra la pared

de cualquiera de los lados de la calle, para así proteger a Keiko. Y

entonces me lanzaré sobre el tipo que venga delante».

—¡Hola, Warai! ¡Cuánto tiempo sin verte! le dijo Kumamoto, un

empleado de la misma promoción que él que trabajaba en el

departamento comercial y que había estado mucho tiempo en

provincias viajando por negocios. Le alargó la mano con una sonrisa

en los labios. ¿Cómo te va?

Nada más agarrarle la mano que le había tendido Kumamoto,

Warai dio un fuerte grito. El cuerpo de aquél salió disparado por los

aires en el pasillo.

Pero ¿cómo puedes ser tan bruto? ¿Acaso tienes algo en

contra de Kumamoto o qué? le reprochó a Warai el jefe; éste se

encontraba al lado de Kumamoto, que yacía entre gemidos en la

cama de la enfermería de la empresa, con la cabeza llena de

vendas. Warai se disculpó humillándose.

Lo siento de veras. Es que estaba pensando en las musarañas

y

Creo que tiene una ligera conmoción cerebral, pero, en fin,

para asegurarme le haremos un electroencefalograma dijo el

médico con cara atónita. El caso es que en esta empresa hay

gente realmente muy bárbara.

 

Por la tarde había una reunión informativa interna, y tanto Warai

como otros muchos compañeros se reunieron en la sala de

conferencias para escuchar las explicaciones del jefe de sección de

tecnología sobre una nueva máquina. Pero, claro, Warai no tenía la

mente allí, sino que sus expectativas y su imaginación estaban

puestas en el placer que iba a sentir aquella noche. En medio de

esa ilusión, Warai ya se había quitado la ropa, incluidos los

calzoncillos nuevos, y estaba completamente desnudo. Jadeando

violentamente, alargó sus manos temblorosas hasta el vestido de

Keiko, dispuesto a quitárselo. Pero lo que a él le resultaba más

complicado era no saber qué tipo de vestido llevaría Keiko. Cuando

la había visto de soslayo esa misma mañana, ni siquiera había

reparado en qué ropa llevaba. Además, la ropa de mujer, a

diferencia del traje masculino, que es más o menos uniforme, difiere

mucho según el tipo de prenda. Por consiguiente, nunca se sabe

dónde se esconden los botones, las cremalleras, los broches o los

corchetes. «Si no cuento con su ayuda, me será imposible quitarle el

vestido», pensó Warai, y desistiendo por el momento de ese asunto,

pasó al capítulo de la ropa interior. Pero también esto era algo

sumamente complicado. La imagen que tenía en su cabeza sobre la

ropa interior femenina era tan pobre que creía que en las partes

pudendas sólo llevaban un pedacito de tela blanco o un cordel

enrollado y colgando de manera complicada. Hasta entonces ni

siquiera se había acercado a la sección de lencería femenina de

unos grandes almacenes, para no estimular su apetito sexual. Era

un gran engorro, la verdad. Así que lo mejor era improvisar y confiar

en que Keiko cooperaría cuando llegara la hora de desnudarse.

Bueno, por fin llegaba lo más problemático: el coito propiamente

dicho. Lo primero era agarrar las piernas de Keiko y separarlas con

fuerza. A ambos lados y con fuerza.

Warai, que ni siquiera podía imaginar, porque lo desconocía, que

existieran las caricias y los prolegómenos, se dio cuenta de su

ignorancia sexual cuando se puso a imaginar cómo le iba a

introducir a Keiko su furioso miembro viril. «¿Por dónde se meterá?

 

¿Cómo serán las partes nobles de una mujer? ». Había oído que

tenían meato urinario y órganos genitales diferenciados. «¿Tendrían

un agujero aparte para cuando dan a luz? De ser así, si añadimos el

ano, tendrían cuatro agujeros en total. Pero ¿en qué orden? Se

supone que no tendrían los agujeros dispuestos horizontalmente, ni

tampoco a trochemoche o al tresbolillo, sin orden ni concierto,

dispersos como en una pesadilla. Así que estaba claro que estarían

en una fila vertical guardando un cierto orden. Pero ¿cuál? El

agujero por el que salen los niños y el orificio en cuestión deben ser

el mismo ya que se trata de los órganos genitales. Si fuera así,

tendrían tres agujeros, y, como el ano es el que está más atrás, no

creo que me vaya a equivocar y se lo meta por allí. Total, que de los

dos agujeros que quedan, ¿por dónde tendré que penetrarla? ¿Por

el de arriba o por el del centro? Un momento. Por lo que he visto en

los mapas anatómicos, la vejiga urinaria está delante y el útero o

matriz detrás. Es decir, la parte por la que se lo debo meter es».

Por el agujero del centro.

Involuntariamente, Warai soltó un grito de alegría por el

descubrimiento y, acto seguido, escondió la cabeza entre los

hombros. «¡Madre mía! Esta vez sí que he metido la pata hasta el

fondo; la he pifiado delante de los mismísimos jefes de cada

sección. Por estar, está hasta el director gerente. Me van a echar un

rapapolvo que para qué».

En efecto. Es el agujero del centro dijo el director del

departamento técnico mirando a Warai con una expresión de total

sorpresa. Estaba hablando delante de un plano que colgaba de la

pizarra. Ésa es la ventaja de esta nueva máquina: el lugar por

donde pasa el eje. ¿Cómo lo ha sabido?

No, bueno, es que… —Warai se ruborizó y se rascó la cabeza

. Pensé que podía ser por ahí.

Vaya, parece que estás muy ducho en este nuevo producto;

¿qué te parece si te vas con Negami a explicarles el funcionamiento

a los clientes habituales? le propuso el jefe cuando eran las tres

pasadas. Warai conocía bien el mecanismo de las máquinas y sabía

 

confeccionar un presupuesto in situ, además de que acudía con

frecuencia a negociar con los clientes con los que cooperaban los

empleados de su oficina.

—¿Tiene que ser ahora mismo? dijo Warai con mala cara

mirando su reloj de pulsera. Era muy posible que si ahora se iba a

ver a los clientes no regresara a la oficina a tiempo para su cita.

—¡Venga, hombre! Por favor dijo el jefe como quien no quiere

la cosa, mirando para otro lado. Por supuesto, el jefe sabía que la

mayoría de los empleados jóvenes no estaba de acuerdo con hacer

horas extras.

Está bien contestó Warai de mala gana. «Todo el día he

estado pifiándola una y otra vez, así que si me negara a cumplir esta

orden, el jefe iba a sentirse molesto».

Cuando se dirigía en taxi con Negami hacia la oficina de los

clientes, Warai dio un gran bote sobre el asiento y gritó:

—¡Buuuff! ¡Dios santo! ¡Madre mía!

El taxista, asustado en grado sumo por los gritos, soltó el volante

y, por unos instantes, se subió a la acera con la cara blanca como el

papel.

—¡Oiga, jefe! ¡Vaya susto que me ha dado! vociferó el taxista

. He estado a punto de cargarme a un peatón.

Pero, vamos a ver, Warai, ¿a ti qué te pasa? le preguntó

Negami a Warai intentando alejarse lo máximo posible de él.

Fiuuuu Warai emitió un gemido y se llevó la mano a la frente

. Es que me acabo de dar cuenta de que no he quedado con

Keiko Noguchi en la hora y el sitio para vernos.

«Pero, en fin, no importa. Bien pensado, tampoco es algo para

ponerse así. Cuando llegue al destino, la llamo enseguida por

teléfono y sanseacabó». Esto es lo que pensaba Warai, y, una vez

se hubo calmado, se rió en voz alta.

Guajajajaja. Perdona, hombre, perdona. Bien pensado, es algo

que no tiene la menor importancia.

En cuanto llegaron a la empresa Equipos Informáticos Andō,

hicieron pasar a Warai y a Negami al salón de recepciones, donde,

 

al parecer, los esperaban con impaciencia. Nada más sentarse los

dos en un sofá, aparecieron el director del departamento técnico y el

jefe de la sección de materiales, los saludaron apresuradamente y,

de inmediato, empezaron a hablar de negocios. Warai no

encontraba el momento para solicitar un teléfono, y por eso estaba

sumamente impaciente. Y, como es lógico, hacía oídos sordos a los

negocios. Entretanto, Negami tenía dificultades para explicarse y

buscaba la colaboración de Warai, pero éste no hacía más que

repetir expresiones como «bueno», y ladear la cabeza. Como

estaba en Babia, lejos del tema que allí se estaba tratando, nadie le

prestó la menor atención ni se dirigió a él durante ese tiempo.

Permanecía al margen de la conversación y estuvo abstraído un

buen rato, pero de repente consultó el reloj y comprobó que eran las

cuatro y cuarto. La conversación parecía estar en pleno auge.

Pensando que le iba a resultar imposible volver a la oficina antes de

las cinco, Warai dio un profundo suspiro. El aire del suspiro pasó

violentamente por su garganta y se le escapó un fuerte ruido. Los

tres se quedaron mirando a Warai con extrañeza, pero retomaron la

conversación. Warai volvió a mirar el reloj al cabo de un momento y

emitió un ridículo suspiro, interrumpiendo el diálogo. A la cuarta vez,

los tres fijaron la mirada en él.

Oiga, ¿se encuentra bien? le preguntó el director del

departamento técnico. Warai se levantó negando con la cabeza.

No, qué va, nada de eso. Nada en absoluto. Esto, ¿podría

usar un momento el teléfono?

Si lo que quiere es llamar por teléfono, tiene uno al fondo del

pasillo frontal, en la portería del salón de recepciones.

Pues sí que han elegido a un tipo raro en su empresa, ¿eh?

Justo al salir de la sala, Warai pudo oír cómo el jefe de la sección

de materiales, el que le había indicado dónde había un teléfono, le

decía estas palabras en voz baja a Negami, pero él no estaba para

esas historias, de modo que se dirigió corriendo al pasillo, se

abalanzó sobre el teléfono y marcó el número directo de la

secretaría de la empresa.

 

Warai quedó con Keiko Noguchi a las cinco y media en la

Cafetería Zigzag, que estaba detrás de la estación de tren, pero, al

regresar al salón de recepciones constató que la conversación

seguía su curso. Y no parecía tener visos de terminar pronto. Cada

treinta segundos aproximadamente Warai miraba su reloj y soltaba

profundos suspiros. Poco después dieron las cinco, la hora de salida

de la oficina. «Esto no puede ser. Seguramente tendré que ir

corriendo hasta El Zigzag sin pasar por la oficina. A lo mejor ni

siquiera me da tiempo de comprar condones en la farmacia. Si me

acuesto con Keiko sin haber preparado nada, y ella tampoco ha

tomado ninguna precaución, se quedará embarazada sin remedio.

Embarazada. Em Emba Embarazada». Warai, sobrecogido, se

enderezó y, con la mirada perdida, aspiró haciendo mucho ruido.

«¡Ah, claro! Es posible que una mujer lista como Keiko emplee

adrede algún método para casarse conmigo, como, por ejemplo,

quedarse embarazada. Y ¿qué hago si se me presenta con una

barriga enorme y me dice: Éste es tu hijo?». Sólo de pensar en esa

posibilidad, Warai se quedó horrorizado. «Si se me ocurre decirle

que no quiero casarme, a lo mejor me trae a su padre. Y éste,

agraviado y encendido de ira, montará un escándalo. “¡Eh, tú! ¡Mira

la barriga que le has hecho a mi hija! ¿Qué te has creído? ¿Qué

piensas hacer? Vamos, ¡di algo!».

—¿Se puede saber qué le pasa? le dijo a Warai el director del

departamento técnico, que le había estado preguntando en

repetidas ocasiones qué le sucedía. Al ver que no obtenía

respuesta, le dijo irritado, en voz alta: ¿Qué le parece? Pero

dígame algo, ¡por el amor de Dios!

Sí, sí dijo Warai levantándose. Con los ojos completamente

fuera de las órbitas, se cuadró ante él y gritó salpicando saliva: Le

ruego que me perdone. Tengo grandes ambiciones. Todavía es muy

pronto para contraer matrimonio. Mis padres son pobres y están

muy viejecitos. Viven en provincias y esperan que su hijo alcance

una buena posición social dijo entre gimoteos y lloros. Si no es

con la hija del presidente de una empresa o de un alto ejecutivo,

 

yo, yo, yo no puedo casarme, como comprenderá. Le pido que

me perdone. Discúlpeme, se lo ruego. Yo sólo quería perder mi

virginidad lo antes posible.

Al final pudo acudir a la cita en El Zigzag, y sólo hizo esperar

unos diez minutos a Keiko Noguchi. Por suerte había una farmacia

en el recinto de la estación, así que antes de ir a la cafetería pasó

por allí para comprar una caja de condones.

En principio, todo salió más o menos bien, y esa noche Warai

perdió su castidad con éxito. Claro está que cometió algunos

errores. Con las prisas se olvidó de abonar la cuenta en el

restaurante y, al salir, pensaron que quería irse sin pagar; a pesar de

que Keiko le había dicho en el hotel que se desnudaba ella sólita,

decidió hacerlo él y, como consecuencia, le rompió la cremallera del

vestido; después Keiko se quitó antes que él la ropa interior, a toda

prisa, y, al verla desnuda, Warai se excitó tanto que derramó su

espeso semen en los calzoncillos que acababa de estrenar.

Además, ella le dijo que no hacía falta que se pusiera condón, pero

él no se fiaba, y cuando iba a ponérselo volvió a excitarse y esa vez

el líquido blanquecino cegó los ojos de Keiko, que estaba echada

sobre la cama. El condón se le salió y se quedó dentro de Keiko, y

tuvo que arrancárselo. Además de estas meteduras de pata,

cometió siete u ocho más como mínimo, pero todas ellas eran

razonables en una noche destinada a perder la virginidad. Eran

pifias que se podían perdonar, así que se puede decir que fue un

gran éxito teniendo en cuenta el objetivo que pretendía. Lo que pasa

es que Warai era muy estricto a la hora de juzgar sus fallos en esa

precisa ocasión. Mientras elaboraba a conciencia el plan de

operaciones que seguiría a partir de entonces, se preguntaba qué

consecuencias tendría la sucesión de fallos de esa noche. Estaba

convencido de que Keiko lo despreciaría por completo. Se habría

desenamorado, y es posible que no quisiera saber nada más de él.

Lo extraño es que, en esos momentos, y aunque sólo se hubiera

acostado con ella una vez, con artimañas destinadas a perder su

virginidad, Keiko ya formaba parte de su existencia. Cuando salió

 

del hotel, ya había decidido que quería casarse con esa mujer a

toda costa. Pero, pese a todo, tenía que enmendar su

comportamiento vergonzoso de esa noche y ganarse su estima

cuanto antes. ¿Cómo podría lograrlo?

Warai acompañó a Keiko hasta la terminal de ferrocarriles

privados, que estaba bajo tierra. La noche era cerrada, desierta y

lúgubre y ambos enfilaron un paso subterráneo, cuando Warai

descubrió que a la sombra de una columna había cuatro o cinco

tipos ociosos que parecían de la mafia. «¡Peligro! Esos tipejos a lo

mejor se meten con nosotros». Warai pensó que no le importaba

que los atacaran. Les haría una llave de judo y saltarían por los

aires, y así, protegiendo a Keiko, se ganaría su estima. «¡Venga!

¿Es que no me vais a atacar? Primero lanzaré hacia la derecha al

que me venga de frente. Después, al que me venga por la

izquierda».

Finalmente, los mafiosos no buscaban pelea ni nada por el estilo,

y Warai y Keiko llegaron sin novedad a las taquillas de la estación.

Me lo he pasado muy bien, ¿sabes? ¿Me invitarás otra vez?

dijo Keiko volviendo la cabeza frente al torniquete de acceso al

andén, y, sonriente, le tendió la mano a Warai, que seguía pensando

qué sucedería a partir de entonces.

Warai le cogió la mano y gritó de alegría.

El grácil cuerpo de Keiko dio un salto, superando ampliamente la

altura del revisor, y rebasó el torniquete.

 

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