Mario Levrero-Apuntes Bonaerenses




APUNTES BONAERENSES

 

 

 

 

3.I.86 Abrí la puerta. No; no exactamente. Quiero decir: allí estaba la puerta,

yo estaba delante de la puerta. Yo estaba de este lado, la puerta estaba allí;

estaba cerrada, y entonces abrí la puerta. Pero no quiero decir que estuviera

cerrada con llave; yo no tenía la llave. Tampoco tenía que accionar el

picaporte, porque en realidad no estaba cerrada, no estaba del todo cerrada.

No es que haya abierto la puerta, pero la puerta estaba allí; yo la empujé, y

giró sobre sus goznes. No lo suficiente, de primera intención; para pasar el

cuerpo por allí debía empujar nuevamente, un poco más. Pero no lo hice; ni

pasé el cuerpo por allí. Abrí la puerta, y me quedé allí, esperando.

7.X.86 Sentado en un banco de la plaza observaba a las palomas; no es nada

original, ya que casi no se ve otra cosa; pero quiero decir que llegué a

redondear mi opinión sobre las palomas, algo que hasta el momento no había

sido más que una vaga sensación de malestar. Así como las ratas tienen su

mala fama, concluí, las palomas tienen su buena fama, tan arbitraria e

incomprensible como la otra. Yo había podido observar detenidamente una

rata que quedó atrapada hace un tiempo en el patiecito trasero de mi casa, y

encontré que era un animal inteligente, gracioso, delicado y simpático. Las

palomas, en cambio, son ridículas, glotonas y extremadamente lúbricas,

además de carecer por completo de inteligencia y sensibilidad. Me asombra

que la gente les dé de comer. Incluso se ha creado toda una industria al

respecto; aquí en la plaza son varios los vendedores de un misterioso

«alimento para palomas» (que en realidad tiene todo el aspecto del maíz). Lo

venden en unos sobrecitos alargados, y parece que realmente venden porque

hace mucho que los veo todos los días allí sin intenciones de cambiar de giro.

Hay un pibe de trece o catorce años que impresiona como un comerciante

hábil y próspero; coloca un caballete con una tabla encima, y luego se dedica

a formar unas torrecitas con los paquetes alargados; primero pone dos,

paralelos, a unos centímetros uno de otro, y luego los cruza con otros dos,

perpendiculares a los anteriores, y encima otros dos en la misma posición de

los primeros, y así sucesivamente; lo hace con rapidez y solvencia y con un

aire de concentración que no perjudica su aspecto dinámico. Creo que llegará

lejos.

Sea como fuere, yo odio el andar bamboleante de las palomas, semejante

al de las gallinas y al de ciertas mujeres obesas y obtusas; y mi conclusión

final fue que, probablemente, lo que me hace tan odiosas a palomas y gallinas

es esa especie de caricatura extrema de lo femenino. Pero allá en el fondo de

mi alma, algo me susurra que más probablemente no sea caricatura sino

expresión de la esencia de lo femenino cosa que, por respeto a mis

ilusiones, no quiero aceptar. Así me va.

1.III.87 Me ha sucedido, este verano, de perderme en el tiempo. He llegado a

sentir que había vivido siempre en este verano húmedo, demasiado caluroso y

demasiado húmedo, y que siempre habría de vivir en él. Por momentos, y

para mí, ha llegado a ser como una indeseada eternidad.

Nunca como en este tiempo de espera desahuciada me había fabricado

ilusiones para entretener la ansiedad; casi he llegado a la alucinación. Y me

he enamorado, de una manera insistente, obsesiva, adolescente; esta obsesión

rellenó innumerables insomnios. En cierta forma me alegra haber rescatado la

posibilidad de amar, que creía perdida en medio de la edad y el cinismo de la

edad, aunque he sentido el pecho bullente de esa angustia amorosa, dolorido,

maltrecho, como castigado por puños; he percibido la dulzura escondida en

ciertas misteriosas vueltas de ese dolor, lo que más de una vez me llevó a

buscar ciegamente el dolor para conseguir algo de esa dulzura. He vivido, en

fin, como borracho, entre los efectos del calor, la humedad, el amor, los

ensueños, el dolor y la dulzura, tambaleando por las calles, o pegado a la

seguridad de las paredes, o con la vista fija no muy lejos de la punta de los

zapatos, temeroso del engaño de los sentidos y de la precariedad del

equilibrio. He visto a la ciudad como a través de un vidrio empañado o con

las dos dimensiones de un filme o con la lejanía imprecisa de un recuerdo. El

tiempo es una masa cálida girando en torno de sí misma, conteniéndolo todo,

sin soltar nada; un tiempo de dispersión pero también de conservación de los

hilos dispersos. Nada se pierde, pero nada deviene; nada puede nacer, lo que

aparenta nacer, ya era, una y otra vez, cada acto, cada gesto, cada cosa, todo

tiene el sabor de lo ya vivido muchas veces.

En ningún momento pensé conseguirla; no traté de envolverla en ninguna

historia amena y complicada; no traté de rescatarla de su propio ensueño. Me

fue suficiente, en un asalto verbal, la concesión fugaz de su rubor. Sé que hay

 

algo tremendamente perverso en esta satisfacción pero, después de todo, es

por completo vano hablar de perversión y de moral en un verano como éste,

en el que el clima mismo es una obscenidad mayúscula; lo mío es una pobre

imitación, un vago reflejo de la perversión de la tierra.

3.I.88 La voy obteniendo por pedazos. Un sábado baja del avión, toma un taxi

hasta casa, hacemos el amor, comemos, peleamos un poco o simplemente nos

contamos algo, y se va. Cuando vuelve, dos o tres semanas más tarde, todo se

repite pero nunca igual, porque nosotros nunca somos iguales a nosotros

mismos.

Entre una visita y otra yo pienso en ella, trato de construirla, pero cada

visita añade nuevos elementos que destruyen lo que estuve construyendo. Hay

imágenes contradictorias, como dos piezas idénticas de un rompecabezas pero

con distinto dibujo. No sé cuál elegir para mi construcción. Luego se ve, en

otra visita, que el rompecabezas era mucho más grande y que una de las dos

piezas va en otro sector, en otra parte del dibujo. Pero no sé cuál es el dibujo

que tengo que armar. No hay modelos.

Mi tiempo pasa a ser, cada vez más, tiempo de construcción de ella. Es

inútil. Ella vuelve, y vuelve a destruir lo que construyo. Me desgasto; mi

trabajo me parece inútil, creo que estoy perdiendo el tiempo, y sin embargo

no puedo hacer otra cosa. Hay ventajas: como ya no pienso en mí, me he

vuelto un poco más valiente, menos aprehensivo. También hay ventajas para

ella: sabe que si yo terminara de armar el dibujo, de construirla tal como es,

me aburriría de ella, dejaría de amarla. Es tal vez por eso que se llena de

obligaciones y de complicadas tramas familiares que le impiden venir más a

menudo, a quedarse más tiempo cuando viene.

Durante sus ausencias que cubren la mayor parte del tiempo hablamos

mucho por teléfono, aunque no estoy muy seguro de que eso sea una

verdadera ayuda. Más bien es un recurso ilusorio, pero de todas formas es lo

único que tengo.

En primer lugar, están las dificultades para conseguir la comunicación.

Con frecuencia parten de mi propio teléfono, aparato caprichoso si los hay. La

señal de ocupado puede aparecer en cualquiera de las etapas, incluso en el

momento de levantar el tubo. A veces me lleva más de media hora conseguir

la comunicación. Otras veces, no la consigo.

Después está el sonido de los pulsos del telediscado, una especie de

taxímetro que transmite un sentimiento de urgencia, que recuerda segundo a

segundo el dinero que voy invirtiendo, la fugacidad del tiempo presente, la

vanidad de las cosas terrenales. Me pongo nervioso y no digo exactamente lo

que pensaba decir, hablo del tiempo, hablo de las propias dificultades del

comunicarse por teléfono, le pregunto cómo está. A veces olvido decirle que

la amo, que cuánto la extraño.

Ella contribuye espléndidamente a complicar las cosas. A pesar de que yo

sé perfectamente que ella no puede hablar con libertad la mayoría de las

veces, porque lo nuestro es clandestino y porque casi siempre hay alguien

cerca de ella, a pesar de saberlo me confundo. Cuando logro decirle que la

amo o que la extraño, su respuesta puede ser, por ejemplo, «¿y cómo andan

sus cosas, doña Catalina?», dicho con voz fría o por lo menos no con la voz

que suele reservar para hablar conmigo. Quedo confuso y vacilante unos

momentos, preguntándome tal vez por mi verdadera identidad, o si realmente

me habrá reconocido, si habrá entendido lo que le dije, si me habrá cambiado

tanto la voz. En las escasas ocasiones en que estoy perfectamente lúcido y

sobreaviso, respondo con humor «muy bien, Roberto» y vuelvo a mi tema

pero, claro, ella no puede seguir una conversación normal y a mis arrebatos

pasionales responde mecánicamente con trivialidades o bien con

argumentaciones profesionales que, debo decirlo, suelen ser muy agudas y

pueden generarme un auténtico interés y distraerme de mi tema, y entonces

vuelvo a perder algunos minutos de telediscado, son como ríos de relucientes

monedas que tiro a la calle y después, desde luego, no sé cómo retomar mi

tema que, a todo esto, ha ido perdiendo su impulso; la pasión se me fue

agotando o desviando entre los interrogantes sobre mi identidad y otras

banalidades, y por fin, me despido con un melancólico «adiós, Roberto», y

cuelgo.

18.I.88 Aquí, en la plaza, hay un hombre, podría decir un viejo, que desafía

al sol. Es robusto y aunque viste pobremente tiene una presencia noble, esa

rara aristocracia espiritual que sólo he percibido en ciertas personas humildes

(y que me hace sentir despreciable). (Una vez, este hombre me pidió un

cigarrillo; la ciudad me había acorazado en una especie de indiferencia

selectiva, cerrado a todo lo que no me interesara, y entonces no prestaba

atención a estos pedidos; pero este hombre se me impuso con su actitud y su

presencia; al darle el cigarrillo sentí que era yo quien estaba recibiendo algo.

Le ofrecí otro, y lo rechazó).

Ahora lo veo en la plaza, todos los días, en las horas en que el sol cae a

plomo. La plaza está desierta, y cuando me es inevitable atravesarla a esa

hora, es probable que a la noche me sangre un poco la nariz; cada paso bajo

ese sol implacable se siente como un martillazo en el cráneo. Pero él se sienta

allí, en el medio de la plaza, lejos de la sombra de los árboles y de todo

refugio, al rayo del sol, con la camisa abierta y el cuerpo chorreando sudor.

Estuve a punto de acercarme, una vez, para decirle que no fuera loco, que se

estaba suicidando. Pero le vi una expresión, en la cara y en todo el cuerpo,

que me hizo desistir: obstinación, desafío, odio, placer, conciencia, rabia.

Cada día se pone más negro. La piel de la cara y de la cabeza toda es

como un grueso cuero ennegrecido. Puede ser un suicidio pero es, sobre todo,

una lucha, algo estrictamente privado entre él y el sol, quién sabe qué historia

secreta que soy incapaz de comprender.

20.I.88 Mi teléfono nunca anda del todo bien; a la gente que me llama le

cuesta mucho hacer entrar la llamada, o directamente le resulta imposible

hacerlo. Lo curioso es que después me lo dicen con un tono fuertemente

acusador, como si la culpa fuera mía y no del teléfono. Más curioso aún es el

hecho de que por algún oscuro motivo yo entro en el juego y me siento de

veras culpable.

Los frascos de salsa kétchup vienen con un tapón especial; luego de

enroscarlo como cualquier tapón normal, es preciso hacer un pequeño

esfuerzo para conseguir un giro más profundo que lo afirme. Esto es

importante, porque el frasco debe sacudirse enérgicamente antes de utilizar la

salsa, o de lo contrario sólo saldría un líquido chirle en lugar de la salsa

consistente.

Pues bien, después de usar la salsa kétchup, ella se limita a colocar el

tapón sobre el frasco, sin darle ni siquiera el primer giro normal como a

cualquier tapón de rosca. Me pregunto si entre nosotros sería posible la

convivencia.

Hoy tuve que cruzar, por fuerza, nuevamente la plaza, y volví a ver al

Hombre que Desafía al Sol, sudando y ennegreciéndose, resistiendo. Me

consta que no le importaría enterarse de que estoy de su parte aunque no

llegue a sospechar el sentido de su lucha.

Y unas cuadras más allá de la plaza, me encontré con una mujer que

asocié, por contraste, con este Hombre. La había visto por primera vez antes

de mudarme, en una fiambrería de la que era mi cuadra. Estaba antes que yo y

estuvo a punto de terminar con mi paciencia; para empezar, me molestó su

nuca. Llevaba un corte de pelo imposible, muy corto, muy por encima de la

nuca, recto, como trazado con una regla. Debe haber buenas razones para que,

en general, la gente no ande con la nuca descubierta; a mí me produjo la

sensación de un molusco obsceno y perceptivo que me estaba estudiando. La

mujer tenía lentes gruesos, edad incalculable y al parecer era sorda y tenía

dificultades para hablar. Debió despertar mi piedad y esa subterránea y no

siempre expresada solidaridad que uno siente con los discapacitados; pero no

fue así. Me irritó. La percibía como una presencia maléfica, algo que en el

ambiente ya bastante cargado por la impaciencia de los que iban llegando a la

fiambrería asocié vagamente con rituales perversos, erotismo distorsionado,

sociedades delictivas. Estuvo mucho tiempo examinando muy de cerca los

productos que quería comprar, discutiendo el precio de cada uno,

preguntando, tocando, olfateando, seleccionando billetes arrugados que

sacaba con tremenda morosidad de un monederito mezquino. Llevaba un

paraguas colgado del brazo. Y antes de soltar cada billete, volvía a tocar lo

que estaba comprando y preguntaba de vuelta el precio.

Tiempo después la vi por la calle, andaba como pensando en otra cosa, se

detenía cada tantos pasos, como confusa, abría la cartera y revisaba el

monedero, se cambiaba el paraguas de un brazo a otro. Me quedé con ganas

de seguirla.

Hoy estaba parada en una esquina, en una actitud que sólo pude calificar

de disimulada. A pesar del sol que rajaba las piedras, llevaba el inseparable

paraguas colgado del brazo, y estaba parada allí, con aire ausente o confuso,

sin hacer nada en especial pero sin dar idea de estar descansando o esperando

algo. Di un rodeo para pasar tras ella y mirarle la nuca. El corte de pelo estaba

exactamente igual que hace dos años en la fiambrería, recto y desafiante.

Al volver a casa, vi que el Hombre seguía, firme, desafiando al sol.

5.II.88 De vacaciones, en un balneario. Anoche soñé que estaba junto a ella

en la playa, cerca de unas escaleras de cemento que subían a la rambla. A la

derecha se veía el mar, donde había algunos barcos, de gran tamaño, que

podían distinguirse con total nitidez. Mucho más lejos, sobre el horizonte,

había otro barco; también era de gran tamaño, pero no se distinguía

claramente. Estaba como envuelto en niebla o, mejor, como formado por

niebla. Lo veía como en una foto borrosa, de grano muy grueso. Junto con las

imágenes había un razonamiento: los barcos que estaban cerca, llegarían

pronto; yo estaba, en cierto modo, percibiendo el futuro, porque los barcos

aún no habían llegado. ¿Pero cómo era posible percibir aquel otro barco,

sobre el horizonte, si faltaba casi un año para que llegara? Me desperté con

algo de pánico, interrogándome sobre las relaciones entre percepción, espacio

y tiempo, y con la angustia de una comprensión que se me escapaba.

7.II.88 Anoche descubrí que hay una araña en el cuarto de baño del

apartamento que alquilé. La araña es de tipo ventrudo y de patas largas que se

van afinando hacia los extremos. Había tejido una red desde un pequeño

plafón con dos lamparitas hasta el botiquín con espejo que está sobre el

lavatorio. No es una tela prolija, clásica, sino una serie de hilos muy finos,

más bien paralelos entre sí aunque con entrecruzamientos y uniones

imprevisibles. La vi anoche porque tuve que levantarme para ir al baño, de

madrugada; durante el día nunca la había visto. Como el aspecto de la araña

era un tanto preocupante, fui a buscar el insecticida en spray, agité el envase

como recomiendan las instrucciones y lo destapé; fue entonces cuando la

araña realizó el truco que le salvó la vida: trepó por la tela en dirección a la

luz, y la vi desaparecer, poco a poco, ante mis ojos, como si se fuera borrando

lentamente desde la periferia; las patas se le iban acortando, el cuerpo parecía

comprimirse, y luego desapareció del todo con una graciosa voltereta. Quedé

un buen rato con el insecticida en la mano y la boca abierta.

Después descubrí que había pasado por un pequeño agujero que hay en el

metal del plafón, junto a la pared, una delgada lámina que corre por detrás de

las lámparas; el agujero tiene pocos milímetros de diámetro, algo como para

pasar un tornillo que sujete el aparato a la pared, y que no había sido utilizado

por el instalador. Al pasar primero las patas, la presencia del cuerpo no me

permitía ver el agujero, y de ahí la impresión de que se iba borrando. Fue

tanto el truco de prestidigitador como la comprensión de su pequeñísimo

tamaño real lo que me hizo desistir de usar el insecticida; pero sobre todo creo

que fue por el truco.

Esta noche no la encontré. Arrojé trocitos de escarbadientes en la tela para

hacerle creer que había caído algún insecto, pero no vino a investigar. Temo

que se haya mudado, y que aparezca en algún lugar menos conveniente

como por ejemplo mi cama.

En libros sagrados y filosóficos de distintos lugares y tiempos, suele

intentarse la educación de la conducta mediante ejemplos; y en estos ejemplos

es frecuente encontrarse con dos personajes que parecen ser siempre los

mismos: el Sabio y el Necio (o Tonto). El sabio es previsor, prudente y

humilde; el necio es descuidado, imprudente y jactancioso. Después de

muchas lecturas de este tipo he ido incorporando a estos personajes como a

viejos conocidos, y casi he llegado a visualizarlos: el sabio es sereno, de

frente despejada, de mirada profunda y bondadosa con algo de risueño; el

necio tiene facciones toscas, ojos desconfiados, un tanto saltones, y sonrisa

burlona, sobradora. Están siempre juntos, y uno sin el otro casi puede decirse

que no tienen existencia; son como el Gordo y el Flaco. Desde luego, siempre

me identifiqué con el sabio, así como suelo identificarme con los buenos de

las películas; leo con asentimientos de aprobación sobre las acciones del

sabio, mientras espero con regocijo anticipado la entrada en escena del necio.

Al necio todo le sale mal, es el que espera que empiece a llover para arreglar

el techo, no aprende nunca la lección.

Sin embargo, hace un tiempo comencé a despertar a la cruda realidad y

finalmente pude llegar en estos días a una clara formulación desagradable:

cuando los libros que tratan de la sabiduría hablan del necio, hablan, sin lugar

a dudas, de mí. No soy previsor, ni prudente, ni humilde. Compro shorts en

verano y pulóveres en invierno. Cuando abro la boca es para decir algo fuera

de lugar e incomodar a la gente. Y me identifico con el sabio, en una clara

ausencia de humildad. Fue duro reconocerlo, pero es así. Ahora, al leer esos

textos, cuando aparece el necio tiene facciones más regulares y su aire ya no

es burlón, sino desconcertado. «Pobre tipo», pienso.

2.III.88 Ha caído mi ídolo. El Hombre que Desafiaba al Sol en la plaza sigue

en la plaza y al sol, pero hoy se ha puesto un sombrero ridículo, de paja

trenzada o su imitación en plástico, liviano, blando, femenino, con dibujos de

flores en la trama del trenzado. Es cierto que él no ha perdido su dignidad y

lleva el sombrero de modo natural y sin mostrar vergüenza; pero es evidente

que la tragedia se ha transformado en comedia.

 


 

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