Philip Dick-La Maqueta
Philip
Dick-La maqueta
Verne Haskel subió los escalones del
porche casi sin fuerzas,
arrastrando el abrigo tras él. Estaba
cansado. Cansado y
desalentado. Y le dolían los pies.
—Dios mío —exclamó Madge, cuando él cerró
la puerta y se
quitó la chaqueta y el sombrero—. ¿Ya has
vuelto?
Haskel dejó caer el maletín y empezó a
desanudarse los
zapatos, con el cuerpo vencido. Estaba
pálido y ojeroso.
—¡Di algo!
—¿Está preparada la cena?
—No, la cena aún no está preparada. ¿Qué
ha pasado esta vez?
¿Te has vuelto a pelear con Larson?
Haskel entró en la cocina dando tumbos y
llenó un vaso con
agua caliente y soda.
—Vayámonos.
—¿A qué te refieres?
—Lejos de Woodland. A San Francisco, o
donde sea. —Haskel
bebió su soda, apoyando su decrépito
cuerpo en el fregadero—. Me
siento fatal. Quizá debería ir a ver al
doctor Barnes. Ojalá hoy fuera
viernes y mañana sábado.
—¿Qué te apetece para cenar?
—Nada. No lo sé. —Haskel sacudió la
cabeza—. Cualquier cosa.
—Se desplomó frente a la mesa de la
cocina—. Sólo me apetece
descansar. Abre una lata de estofado. Lomo
y judías. Cualquier
cosa.
—Sugiero que vayamos a Don’s Steakhouse.
Los lunes tienen
buenos solomillos.
—No. Ya he visto suficientes caras humanas
por hoy.
—Supongo que estás demasiado cansado para
llevarme al local
de Helen Grant.
—El coche está en el garaje. Estropeado
otra vez.
—Si lo cuidaras mejor…
—¿Qué demonios quieres que haga?
¿Envolverlo en una bolsa
de celofán?
—¡No me grites, Verne Haskel! —Madge
enrojeció de furia—. Tal
vez te apetezca prepararte tú mismo la
cena.
Haskel se puso en pie con dificultades.
Arrastró los pies hacia la
puerta del sótano.
—Hasta luego.
—¿Adónde vas?
—Al sótano.
—¡Oh, Dios mío! —gritó Madge—. ¡Esos
trenes! ¡Esos juguetes!
¿Cómo es posible que un hombre mayor, un
hombre adulto…?
Haskel no dijo nada. Ya estaba bajando la
escalera, tanteando
en busca de la luz.
El sótano estaba frío y húmedo. Haskel
tomó la gorra de
maquinista del gancho y se la encasquetó
en la cabeza. Una débil
oleada de entusiasmo y renovadas energías
recorrieron su cuerpo
cansado. Se acercó a la gran mesa de
madera terciada con pasos
ansiosos.
Por todas partes corrían trenes. Por el
suelo, bajo el depósito de
carbón, entre las tuberías de vapor de la
caldera. Las vías
convergían en la mesa, ascendían en rampas
cuidadosamente
niveladas. La mesa se hallaba abarrotada
de transformadores,
señales, interruptores y montones de
cables y accesorios. Y…
Y la ciudad.
La maqueta de Woodland, minuciosa hasta el
último detalle.
Cada árbol y casa, cada tienda, edificio,
calle y boca de incendio.
Una ciudad en miniatura, perfecta.
Construida con celoso cuidado a
lo largo de muchos años. Ni siquiera
recordaba cuántos. Desde que
era niño, construía, encolaba y trabajaba
al salir del colegio.
Haskel conectó el transformador principal.
Las señales
luminosas se encendieron a lo largo de la
vía. Dotó de energía a la
pesada locomotora Lionel, estacionada con
sus vagones de
mercancías. La locomotora cobró vida
suavemente y se deslizó por
la vía, un relampagueante proyectil oscuro
que le ponía un nudo en
la garganta. Accionó un interruptor
eléctrico y la locomotora
descendió por la rampa, atravesó un túnel
y salió de la mesa. Corrió
bajo el banco de trabajo.
Sus trenes. Y su ciudad. Haskel se inclinó
sobre las casas y
calles en miniatura; su corazón se llenó
de orgullo. Él la había
construido…, con sus propias manos. Cada
centímetro. Cada
perfecto centímetro. Toda la ciudad. Tocó
la esquina de la tienda de
Fred. No faltaba ni un detalle. Los
escaparates, las muestras de
género, los letreros, los mostradores.
El hotel Uptown. Pasó la mano sobre el
tejado. Los sofás y
butacas del vestíbulo. Los veía a través
de las ventanas.
La farmacia de Green. Almohadillas para
juanetes. Revistas.
Accesorios Automovilísticos Frazier.
Restaurante México City.
Sastrería Sharpstein. Licorería Bob.
Billares As.
Toda la ciudad. La recorrió con la mano.
Él la había construido; la
ciudad era suya.
El tren salió a toda velocidad por debajo
del banco de trabajo.
Sus ruedas pasaron sobre un conmutador
automático y un puente
levadizo descendió obedientemente. El tren
pasó por encima y se
alejó, arrastrando los vagones.
Haskel aumentó la potencia. El tren
aceleró. Sonó el silbato.
Dobló una curva pronunciada y voló sobre
un cruce de vías. Más
velocidad. Las manos de Haskel saltaron
hacia el transformador. El
tren avanzó como una flecha. Tomó una
curva, oscilando y
sacudiéndose. El transformador se hallaba
al máximo de potencia.
El tren corría sobre las vías como una
mancha difusa, atravesando
puentes e interruptores, tras las grandes
tuberías de la caldera.
Desapareció en el interior del depósito de
carbón. Un momento
después surgió por el otro lado, oscilando
de un lado a otro.
Haskel disminuyó la velocidad del tren. Su
pecho se movía al
compás de la respiración. Se sentó en el
taburete cercano al banco
de trabajo y encendió un cigarrillo con
dedos temblorosos.
El tren y la maqueta le producían una
extraña sensación. Le
costaba explicarla. Siempre había amado
los trenes, las
locomotoras, señales y edificios a escala.
Desde que era niño, tal
vez desde los seis o siete años. Su padre
le había regalado el
primer tren: una locomotora y algunas
vías. Un viejo tren de juguete.
A los nueve años le regalaron su primer
tren eléctrico. Y dos
cambios de vías.
Lo fue ampliando, año tras año. Vías,
locomotoras, agujas,
vagones, señales. Transformadores más
poderosos. Y el principio
de la ciudad.
Había construido la ciudad con mucha
minuciosidad, pieza a
pieza. Primero, cuando asistía a la
escuela secundaria inferior, la
Estación del Pacífico Sur. Después, la
parada de taxis contigua. El
bar donde comían los camioneros. La calle
Broad.
Y continuó. Más y más. Casas, edificios,
tiendas. Una ciudad
completa, que crecía bajo sus manos a
medida que los años
pasaban. Todas las tardes, cuando volvía a
casa, trabajaba.
Pegaba, cortaba, pintaba y aserraba.
Ahora estaba prácticamente terminada.
Casi. Tenía cuarenta y
tres años y la ciudad estaba casi
terminada.
Haskel se movió alrededor de la gran mesa
de madera terciada.
Extendió las manos con reverencia. Tocó
algunos comercios, la
florería, el cine, la compañía telefónica,
Suministros Hidráulicos
Larson.
Y eso, también. Su centro de trabajo. Una
perfecta miniatura de
la fábrica, hasta el menor detalle.
Haskel frunció el ceño. Jim Larson. Había
trabajado durante
veinte años como un esclavo, día tras día.
¿Para qué? Para ver
cómo los demás le pasaban por encima.
Hombres más jóvenes.
Favoritos del jefe. Serviles gusanos con
corbatas brillantes,
pantalones bien planchados, y amplias y estúpidas
sonrisas.
Haskel había acumulado odio y despecho.
Woodland le había
robado lo mejor de su vida. Nunca había
sido feliz. La señora
Murphy en la escuela superior. Los
compañeros de la fraternidad en
la universidad. Los empleados de los
pretenciosos almacenes. Sus
vecinos. Policías, carteros, conductores
de autobús y mensajeros.
Incluso su esposa. Incluso Madge.
Nunca se había mezclado con la ciudad, el
rico y caro pequeño
suburbio de San Francisco, en la parte
baja de la península, al otro
lado del cinturón de niebla. En Woodland
dominaba la maldita clase
media alta. Demasiadas mansiones,
jardines, coches cromados y
tumbonas. Demasiado pomposo y elegante.
Hasta donde
alcanzaban sus recuerdos. En el colegio.
Su trabajo…
Larson. Suministros Hidráulicos. Veinte
años de duro trabajo.
Los dedos de Haskel se cerraron sobre el
diminuto edificio, la
maqueta de Suministros Hidráulicos Larson.
La arrancó con furia y
la tiró al suelo. La pisoteó; los
fragmentos de vidrio, metal y cartón
se convirtieron en una masa informe.
Dios, temblaba de pies a cabeza. Miró los
restos. Su corazón
latía con violencia. Extrañas, locas
emociones se retorcían en su
interior. Pensamientos que nunca había
abrigado. Contempló
durante un largo momento el confuso
montón, lo que había sido la
maqueta de Suministros Hidráulicos Larson.
Se apartó con brusquedad. Como en trance,
Haskel volvió a su
banco de trabajo y se sentó en el
taburete. Reunió sus herramientas
y materiales, conectó el taladro
eléctrico.
Sólo tardó unos momentos. Haskel construyó
una nueva
maqueta, trabajando con sus dedos veloces
y hábiles. Pintó,
enganchó, ensambló piezas. Dibujó las
letras de un letrero
microscópico y esparció un césped verde.
Después, transportó la maqueta a la mesa y
la pegó en el sitio
correcto, donde había estado Suministros
Hidráulicos Larson. El
nuevo edificio brilló bajo la luz del
techo, todavía húmedo y
reluciente.
FUNERARIA DE WOODLAND
Haskel se frotó las manos en un éxtasis de
satisfacción.
Suministros Hidráulicos había
desaparecido. Él lo había destruido,
borrado del mapa, arrancado de la ciudad.
Ante él estaba
Woodland…, sin Suministros Hidráulicos. En
su lugar, una funeraria.
Sus ojos brillaron. Frunció los labios.
Sus tormentosas
emociones se desataron. Se había
desembarazado de aquello con
determinación. En un segundo. Todo era muy
sencillo…
Sorprendentemente sencillo.
Era extraño que no lo hubiera pensado
antes.
Madge Haskel se llevó a los labios un vaso
alto de cerveza muy
fría y dijo:
—A Verne le pasa algo. Lo noté sobre todo
anoche, cuando llegó
a casa después de trabajar.
El doctor Paul Tyler gruñó, distraído.
—Un tipo muy neurótico. Complejo de
inferioridad. Introversión y
reserva.
—Pero va de mal en peor. Él y sus trenes.
Esos malditos trenes
a escala. ¡Santo Dios, Paul! ¿Sabes que
tiene toda una ciudad en el
sótano?
—¿De veras? —La curiosidad de Tyler se
despertó—. No lo
sabía.
—La tiene desde que le conozco. La empezó
cuando era niño.
¡Imagínate a un hombre adulto jugando con
trenes! Es… Es
desagradable. Cada noche igual.
—Interesante. —Tyler se acarició el
mentón—. ¿Juega con ellos
continuamente? ¿Se trata de una pauta
invariable?
—Cada noche. Ayer, ni siquiera cenó. Llegó
a casa y bajó al
sótano directamente.
Paul Tyler frunció el ceño. Madge estaba
sentada ante él,
bebiendo con languidez su cerveza. Eran
las dos de la tarde. El día
era caluroso y claro. La sala de estar
poseía un atractivo plácido y
relajado. De repente, Tyler se levantó.
—Vamos a echar un vistazo a las maquetas.
No sabía que había
llegado a tales extremos.
—¿De veras quieres verlo? —Madge se subió
la manga de la
chaqueta del pijama y consultó su reloj—.
No llegará a casa hasta
las cinco. —Se puso en pie de un salto y
posó el vaso sobre la mesa
—. Muy bien. Tenemos tiempo.
—Estupendo. Bajemos.
Tyler tomó a Madge por el brazo y ambos
corrieron hacia el
sótano, embargados por una extraña
emoción. Madge encendió la
luz del sótano y lo dos se acercaron a la
gran mesa de madera
terciada, nerviosos y risueños, como niños
traviesos.
—¿Lo ves? —dijo Madge, apretando el brazo
de Tyler—. Fíjate.
Años de trabajo. Toda su vida.
Tyler movió la cabeza lentamente.
—No me extraña. —Su voz denotaba asombro—.
Nunca había
visto nada parecido. Los detalles… Es
increíble.
—Sí, Verne es un experto en bricolaje.
—Señaló el banco de
trabajo—. No cesa de construir
herramientas.
Tyler paseó con parsimonia alrededor de la
mesa. Se inclinó y
examinó la maqueta.
—Increíble. Todos los edificios. La ciudad
completa. ¡Mira! Mi
casa.
Señaló su lujoso edificio de apartamentos,
situado a escasas
manzanas de la residencia de Haskel.
—Me parece que no falta nada —comentó
Madge—. ¿Te
imaginas a un hombre adulto jugando con
trenes a escala?
—Potencia. —Tyler empujó una locomotora
por la vía—. Por eso
atrae a los chicos. Los trenes son objetos
grandes. Enormes y
ruidosos. Símbolos de la potencia sexual.
El niño ve el tren
corriendo por la vía. Es tan inmenso e
inhumano que le asusta.
Después, le regalan un tren de juguete. Lo
controla. Lo obliga a
moverse y a parar, a correr y a frenar. Él
lo gobierna. El tren
responde a sus indicaciones.
Madge se estremeció.
—Subamos. Aquí hace frío.
—Y cuando el niño crece, se hace más
grande y fuerte.
Entonces, puede abandonar el modelo
simbólico y dominar el objeto
real, el tren real, conseguir un control
auténtico sobre las cosas. Una
supremacía efectiva. —Tyler sacudió la
cabeza—. No este sustituto.
Es poco común que un adulto llegue a estos
extremos. —Frunció el
ceño—. No me había dado cuenta que hay una
funeraria en la calle
State.
—¿Una funeraria?
—Y esto: la tienda de animales Steuben,
junto a la tienda de
reparaciones de radios. Ahí no hay ninguna
tienda de animales. —
Tyler se devanó los sesos—. ¿Qué hay allí,
junto a la tienda de
reparaciones?
—Pieles de París. —Madge se abrazó el
cuerpo—. Brrrrr.
Vamos, Paul, subamos antes que me quede
tiesa.
Tyler lanzó una carcajada.
—De acuerdo, conejita. —Se dirigió hacia
la escalera, con el
ceño fruncido—. Me pregunto por qué.
Animales Domésticos
Steuben. Primera noticia. Todo está tan
detallado… Debe conocer la
ciudad al dedillo. Poner una tienda que no
existe… —Apagó la luz
del sótano—. Y la funeraria. ¿Qué hay en
ese lugar? ¿No es la…?
—Olvídalo —le interrumpió Madge, corriendo
hacia la caldeada
sala de estar—. Eres tan malo como él. Los
hombres son como
niños.
Tyler, enfrascado en sus pensamientos, no
respondió. Su
tranquila confianza en sí mismo se había
esfumado; parecía
nervioso y agitado.
Madge bajó las persianas. La sala de estar
se sumió en una
penumbra ambarina. Se dejó caer en el sofá
y atrajo a Tyler a su
lado.
—Deja de pensar en eso —ordenó—. Nunca te
había visto así.
—Le rodeó el cuello con sus esbeltos
brazos y acercó los labios a
su oreja—. Si llego a saber que ibas a
preocuparte tanto por él, no
te habría permitido entrar.
Tyler gruñó, inquieto.
—¿Por qué me permitiste entrar?
Madge aumentó la presión de sus brazos. Su
pijama de seda
crujió cuando se aplastó contra él.
—Tonto —susurró.
Jim Larson, enorme y pelirrojo, se quedó
boquiabierto.
—¿Qué quieres decir? ¿Qué te ocurre?
—Me largo. —Haskel amontonó los objetos de
su escritorio en el
maletín—. Envíame el cheque a casa.
—Pero…
—Apártate.
Haskel empujó a un lado a Larson y salió
al pasillo. Larson
estaba petrificado de estupefacción. El
rostro de Haskel albergaba
una expresión fija; una mirada vidriosa, una
mirada decidida que
Larson jamás había observado antes.
—¿Te encuentras…, te encuentras bien?
—preguntó Larson.
—Claro. —Haskel abrió la puerta principal
de la fábrica y
desapareció dando un portazo—. Por
supuesto que me encuentro
bien —murmuró para sí. Se abrió paso entre
la multitud de
compradores que abarrotaba las calles y
frunció los labios—.
Puedes estar seguro que me encuentro bien.
—Cuidado, colega —murmuró un trabajador en
tono de
advertencia cuando Haskel le empujó.
—Lo siento.
Haskel apresuró el paso aferrando su
maletín. Se detuvo un
momento en lo alto de la colina para
recuperar el aliento. Había
dejado a sus espaldas Suministros
Hidráulicos Larson. Haskel rió de
forma estentórea. Veinte años…, borrados
en un segundo. Se había
terminado. Al infierno Larson. Al infierno
la monótona y pesada
rutina de cada día. Sin ascensos ni
futuro. Rutina y aburrimiento,
mes tras mes. Asunto liquidado. Una vida
nueva, volver a empezar.
Siguió caminando. El sol se estaba
poniendo. No cesaban de
pasar coches; ejecutivos que regresaban a
sus casas. Mañana
volverían al trabajo…, pero él no. Nunca
más.
Llegó a su calle. La casa de Ed Tildon,
una enorme y majestuosa
estructura de hormigón y vidrio, se alzaba
ante él. El perro de Tildon
se acercó corriendo y le ladró. Haskel
pasó de largo. El perro de
Tildon. Lanzó una salvaje carcajada.
—¡Será mejor que te largues! —gritó al
perro.
Subió los escalones de su casa de dos en
dos. Abrió la puerta de
un empujón. La sala de estar se hallaba en
silencio y a oscuras. Se
produjo un repentino movimiento. Formas
que se apartaban y
ponían en pie a toda prisa.
—¡Verne! —exclamó Madge—. ¿Qué haces en
casa tan pronto?
Verne Haskel dejó caer el maletín y tiró
el sombrero y el abrigo
sobre una silla. Su rostro arrugado estaba
deformado por violentas
tensiones internas.
—¿Qué demonios…? —Madge corrió hacia él,
presa de los
nervios, alisándose el pijama—. ¿Ha pasado
algo? No te esperaba
tan… —Enmudeció, ruborizada—. Quiero decir
que…
Paul Tyler avanzó con aire despreocupado
hacia Haskel.
—Hola, Verne —murmuró, violento—. Pasaba
por aquí y entré
para saludarles y devolver un libro a tu
mujer.
—Buenas tardes —replicó Haskel
cortésmente. Dio media vuelta
y se encaminó hacia la puerta del sótano,
sin hacer caso de ambos
—. Estaré abajo.
—¡Pero Verne! —protestó Madge—. ¿Qué ha
pasado? Verne se
detuvo un momento en la puerta.
—He dejado mi trabajo.
—¿Qué?
—He dejado mi trabajo. He terminado con
Larson. Se acabó. La
puerta del sótano se cerró con estrépito.
—¡Santo Dios! —chilló Madge, aferrando a
Tyler con todas sus
fuerzas—. ¡Ha perdido el juicio!
Verne Haskel encendió la luz del sótano de
un manotazo,
impaciente. Se encasquetó la gorra de
maquinista y acercó el
taburete a la gran mesa de madera
terciada.
Y ahora, ¿qué?
Muebles Morris. Una tienda enorme y
elegante, en la que todos
los empleados le miraban por encima del
hombro.
Se frotó las manos, regocijado. Al
infierno con ellos. Al infierno
los estirados empleados, que enarcaban las
cejas cuando le veían
entrar. Todo cabello, corbatas de lazo y
pañuelos doblados.
Quitó la maqueta de Muebles Morris y la
desmontó. Trabajaba
con prisa frenética, febril. Ahora que por
fin había puesto manos a la
obra, no quería perder tiempo. Un momento
después estaba
pegando dos pequeños edificios en lugar
del anterior: Limpiabotas
Ritz, La Bolera de Pete.
Haskel lanzó una risita, excitado. Una
muerte merecida para la
lujosa y exclusiva tienda de muebles. Un
puesto de limpiabotas y
una bolera. Justo lo que merecía.
El Banco Estatal de California. Siempre había
odiado el banco.
En cierta ocasión le habían negado un
préstamo. Lo arrancó.
La mansión de Ed Tildon. Su maldito perro.
El perro le había
mordido en el tobillo una tarde. Desmontó
la maqueta. La cabeza le
daba vueltas. Podía hacer lo que le
viniera en gana.
Electrodomésticos Harrison. Le habían
vendido una radio
averiada. Al infierno Electrodomésticos
Harrison.
Artículos de Fumador Joe. El dueño le
había dado una moneda
de 25 centavos falsa en mayo de 1949. Al
infierno con él.
La fábrica de tinta. Detestaba el olor a
tinta. Lo mejor sería
sustituirla por un horno de pan. Le
encantaba hornear pan. Al
infierno la fábrica de tinta.
La calle Elm estaba demasiado oscura por
las noches. Había
tropezado un par de veces. Necesitaba más
farolas.
No había bastantes bares en la calle High.
Demasiadas
boutiques, sombrererías caras, peleterías
y tiendas para mujeres.
Las desprendió de un solo manotazo y las
depositó sobre el banco
de trabajo.
La puerta del sótano se abrió poco a poco.
Madge se asomó,
pálida y asustada.
—¿Verne?
Haskel la miró con el ceño fruncido,
impaciente.
—¿Qué quieres?
Madge bajó, vacilante, seguida por el
doctor Tyler, apuesto y
elegante en su traje gris.
—Verne… ¿Todo va bien?
—Por supuesto.
—¿De veras…, de veras has dejado tu
trabajo?
Haskel asintió con la cabeza. Empezó a
desmontar la fábrica de
tinta, sin hacer caso de su mujer ni del
doctor Tyler.
—Pero, ¿por qué?
—No tengo tiempo —gruñó Haskel,
impaciente. El doctor Tyler
empezó a mostrarse preocupado.
—¿Debo entender que estás demasiado
ocupado para ir a
trabajar?
—Exacto.
—¿Demasiado ocupado en qué? —El doctor
Tyler alzó la voz.
Temblaba de nerviosismo—. ¿Trabajando en
tu ciudad de aquí
abajo, cambiando cosas?
—Lárgate —murmuró Haskel.
Sus diestras manos estaban montando un
pequeño y encantador
horno de pan Langendorf. Le dio forma con
cariño, lo pulverizó con
pintura blanca y dispuso en la parte
delantera un sendero de grava y
algunos arbustos. Lo dejó a un lado y se
dedicó a construir un
parque. Un gran parque verde. Woodland siempre
había necesitado
un parque. Sustituiría el hotel de la
calle State.
Tyler apartó a Madge de la mesa y le
indicó que se quedara en
un rincón del sótano.
—Santo Dios.
Encendió un cigarrillo con dedos
temblorosos. El cigarrillo
resbaló de sus manos y rodó por el suelo.
Sin hacer caso, encendió
otro.
—¿Lo ves? ¿Ves lo que está haciendo?
Madge sacudió la cabeza, casi incapaz de
hablar.
—¿Qué es? Yo no…
—¿Cuánto tiempo lleva trabajando en esto?
¿Toda su vida?
—Sí, toda su vida —corroboró Madge,
pálida.
—Dios mío, Madge. —Tyler tenía el rostro
descompuesto—. Es
suficiente para volverte loca. Apenas
puedo creerlo. Debemos hacer
algo.
—¿Qué está pasando? —gimió Madge—. ¿Qué…?
—Se está hundiendo cada vez más en su
propia obsesión. Una
máscara de incrédulo asombro cubría el
rostro de Tyler.
—Siempre ha bajado aquí —vaciló Madge—. No
es nada nuevo.
Siempre ha querido huir.
—Sí, huir.
Tyler se estremeció, cerró los puños y se
serenó. Cruzó el
sótano y se aproximó a Verne Haskel.
—¿Qué quieres? —murmuró Haskel al advertir
su presencia.
Tyler se humedeció los labios.
—Estás añadiendo algunas cosas, ¿verdad?
Nuevos edificios.
Haskel asintió con la cabeza.
Tyler tocó el pequeño horno de pan con
dedos temblorosos.
—¿Qué es esto? ¿Un horno de pan? ¿Dónde
está situado? —
Caminó alrededor de la mesa—. No recuerdo
que Woodland tenga
un horno de pan. —Giró sobre sus talones—.
¿No estarás, por
casualidad, mejorando la ciudad, haciendo
algunos cambios?
—Largo de aquí —dijo Haskel, con
amenazadora calma—. Los
dos.
—¡Verne! —graznó Madge.
—Tengo muchas cosas que hacer. Bájame unos
bocadillos hacia
las once. Espero terminar esta noche.
—¿Terminar? —preguntó Tyler.
—Terminar —contestó Haskel, volviendo a su
trabajo.
—Vamos, Madge. —Tyler la tomó por el brazo
y la arrastró hacia
la escalera—. Salgamos de aquí. —Pasó
delante de ella, subió la
escalera y salió al vestíbulo—. ¡Vamos!
En cuanto Madge llegó arriba, cerró la
puerta a sus espaldas.
Madge se frotó los ojos histéricamente.
—¡Se ha vuelto loco, Paul! ¿Qué vamos a
hacer? Tyler estaba
abismado en sus pensamientos.
—Tranquilízate. Debo pensarlo bien. —Paseó
de un lado a otro,
con el ceño fruncido—. Ocurrirá pronto. A
esta velocidad, no tardará
mucho. En cualquier momento de esta noche.
—¿Qué? ¿A qué te refieres?
—Su retirada a ese mundo substituto. El
modelo mejorado que
se halla bajo su control, al que puede
escapar.
—¿No podemos hacer nada?
—¿Hacer? —Tyler sonrió levemente—.
¿Queremos hacer algo?
Madge tragó saliva.
—Pero no podemos…
—Tal vez esto solucione nuestro problema.
Tal vez sea lo que
buscábamos. —Tyler miró a la señora Haskel
con aire pensativo—.
Tal vez sea lo ideal.
Eran casi las dos de la madrugada cuando
Haskel hizo los
toques finales. Estaba cansado…, pero bien
despierto. Los
acontecimientos se precipitaban. El trabajo
estaba casi terminado.
Prácticamente perfecto.
Dejó de trabajar un momento para
inspeccionar sus logros. La
ciudad había experimentado un cambio
radical. A las diez había
iniciado alteraciones en la estructura
básica del trazado de las
calles. Había eliminado la mayoría de los
edificios públicos, la zona
para peatones y el distrito comercial en
plena expansión que lo
rodeaba.
Había erigido un ayuntamiento y una
comisaría de policía
nuevos, así como un inmenso parque con
fuentes y luces indirectas.
Había despejado los barrios bajos, las
antiguas tiendas en
decadencia, las casas y las calles. Las
calles eran más amplias y
estaban mejor iluminadas. Las casas eran
pequeñas y limpias. Las
tiendas, modernas y atractivas…, sin
llegar a ser ostentosas.
Había quitado todos los letreros
publicitarios y la mayoría de las
gasolineras. Había sustituido la inmensa
zona destinada a las
fábricas por una ondulada campiña:
árboles, colinas y hierba verde.
El barrio de los ricos también había sido
alterado. Sólo quedaban
algunas mansiones, las pertenecientes a
personas que le caían
bien. Las restantes habían sido reducidas
a viviendas idénticas de
dos habitaciones, una planta y un único
garaje.
El ayuntamiento de la ciudad ya no era un
edificio rococó y
recargado, sino una estructura baja y
sencilla, a imitación del
Partenón, uno de sus favoritos.
Había unas diez o doce personas que le
habían perjudicado de
forma especial. Había alterado sus casas
considerablemente. Les
había concedido unos apartamentos del
tiempo de la guerra, seis
por edificio, en el extremo más alejado de
la ciudad, donde el viento
soplaba desde la bahía y transportaba el
hedor de las marismas.
La casa de Jim Larson había desaparecido
por completo. Había
borrado del mapa a Larson. En esta nueva
Woodland, casi
terminada, ya no existía.
Casi terminada. Haskel examinó su obra con
suma atención.
Todos los cambios debían efectuarse ahora.
Era el momento de la
creación. Luego, cuando hubiera acabado,
ya no podría alterarse.
Tenía que realizar ahora todos los cambios
necesarios…, o bien
olvidarlos.
La nueva Woodland tenía un aspecto
excelente. Limpia,
pulcra…, y sencilla. El distrito rico
había sido rebajado de tono. El
distrito pobre, por el contrario, había
experimentado mejoras. Todos
los letreros, enseñas y anuncios luminosos
habían sido cambiados o
eliminados. El centro comercial era más
pequeño. Parques y
campos sustituían a las fábricas. La zona
para peatones era
encantadora.
Añadió un par de parques infantiles para
los niños pequeños. Un
cine de escasa capacidad en lugar del
enorme Uptown, con su
letrero de neón. Después de algunas
reflexiones, eliminó la mayoría
de bares que había construido. La nueva
Woodland iba a ser de una
moralidad a toda prueba. Pocos bares, y
nada de billares o barrios
de prostitutas. Y una cárcel a la medida
de los indeseables.
Lo más costoso había sido dibujar las
letras microscópicas de la
puerta principal del ayuntamiento. Lo dejó
para el final. Pintó las
letras con agonizante minuciosidad:
ALCALDE
VERNON R. HASKEL
Hizo algunos cambios de última hora.
Adjudicó a los Edwards un
Plymouth de 1939, en lugar del nuevo
Cadillac. Añadió más árboles
al centro. Un nuevo parque de bomberos.
Una boutique menos.
Nunca le habían gustado los taxis. Llevado
por un impulso, quitó la
parada de taxis y puso una florería.
Haskel se frotó las manos. ¿Algo más? Tal
vez estaba
completa… Perfecta… Examinó cada pieza con
la mayor atención.
¿Habría pasado algo por alto?
La escuela superior. La quitó y puso dos
más pequeñas, una en
cada extremo de la ciudad. Otro hospital.
Tardó casi media hora.
Empezaba a sentirse cansado. Sus manos
actuaban con menor
velocidad. Se frotó la frente tembloroso.
¿Algo más? Se sentó en el
taburete para descansar y pensar.
Todo terminado. Completo. Le embargó una inmensa
alegría. Un
grito de felicidad bailaba en la punta de
su lengua. Su obra estaba
acabada.
—¡He terminado! —chilló Verne Haskel.
Se puso en pie, tambaleante. Cerró los
ojos, extendió los brazos
y avanzó hacia la mesa de madera terciada.
Haskel se dirigió hacia
ella con dedos ansiosos. Su rostro
arrugado y avejentado
transparentaba una radiante exaltación.
Tyler y Madge oyeron el grito, un lejano
estruendo que recorrió la
casa de un extremo a otro. Madge se
encogió visiblemente
aterrorizada.
—¿Qué ha sido eso?
Tyler escuchó con atención. Oyó que Haskel
se movía en el
sótano. Apagó el cigarrillo bruscamente.
—Creo que ya ha sucedido. Antes de lo que
yo esperaba…
—¿Te refieres a que…?
Tyler se puso en pie de un salto.
—Se ha ido, Madge. A su otro mundo. Por
fin somos libres.
Madge le tomó por el brazo.
—Quizá nos equivoquemos. Esto es terrible.
¿No deberíamos…
hacer algo? Sacarle de ahí… Intentar
devolverle a la realidad.
—¿Devolverle a la realidad? —Tyler lanzó
una carcajada
nerviosa—. Creo que ya es imposible,
aunque quisiéramos. Es
demasiado tarde. —Corrió hacia la puerta
del sótano.
—Es horrible. —Madge se estremeció y le
siguió a
regañadientes—. Ojalá no nos hubiéramos
involucrado.
Tyler se detuvo un momento en la puerta.
—¿Horrible? Ahora es más feliz, donde se
encuentre. Y tú
también. Nadie lo era antes. Es lo mejor
que podía pasar.
Abrió la puerta del sótano. Madge le
siguió. Bajaron la escalera
con cautela y penetraron en el oscuro y
silencioso sótano de
paredes húmedas.
El sótano estaba desierto.
Tyler se relajó. Una mezcla de alivio y
estupor se apoderó de él.
—Se ha ido. Todo va bien. Ha salido a
pedir de boca.
—No lo entiendo —repitió Madge,
desesperada, mientras el
Buick de Tyler recorría las oscuras calles
vacías—. ¿Adónde ha ido?
—Ya sabes adónde —respondió Tyler—. A su
mundo substituto,
por supuesto. —Tomó una curva sobre dos
ruedas—. El resto será
muy sencillo. Unos trámites de rutina. Ya
no queda mucho por
hacer.
La noche era lóbrega y fría, apenas
iluminada por alguna farola
ocasional. Un tren emitió a lo lejos un
fúnebre silbido. Filas de casas
silenciosas pasaban a ambos lados del
coche.
—¿Adónde vamos? —preguntó Madge.
Estaba recostada contra la puerta, pálida
de terror. Temblaba
como una hoja.
—A la comisaría de policía.
—¿Para qué?
—Para informar que ha desaparecido, por
supuesto. Tendremos
que esperar varios años antes que le
declaren legalmente muerto.
—Tyler alargó el brazo y la acarició un
momento—. Mientras tanto,
nos las arreglaremos, estoy seguro.
—¿Y si… le encuentran?
Tyler sacudió la cabeza, irritado. Los
nervios aún no le habían
abandonado.
—¿Es que no lo entiendes? Nunca le
encontrarán: no existe. En
nuestro mundo no, al menos. Se encuentra
en el suyo. Tú lo viste.
En la maqueta, el substituto mejorado.
—¿Está allí?
—Se ha pasado toda la vida trabajando en
la maqueta,
construyéndola, transformándola en algo
real. Él logró que ese
mundo cobrara existencia…, y ahora está en
él. Es lo que deseaba.
Por eso lo construyó. No se limitó a soñar
con un mundo de
fantasía. Lo construyó…, pieza a pieza,
fragmento a fragmento.
Ahora, se ha desplazado de nuestro mundo
al suyo. Ha salido de
nuestras vidas.
Madge empezó a comprender.
—Por lo tanto, fue absorbido literalmente
por ese mundo
alternativo. A eso te referías cuando
dijiste que quería… huir.
—Tardé un poco en darme cuenta. La mente
construye la
realidad. La moldea. La crea. Todos
compartimos una realidad, un
sueño, pero Haskel volvió la espalda a
nuestra realidad común y
creó una propia. Y poseía una capacidad
única, extraordinaria.
Dedicó toda su vida y toda su habilidad a
construirla. Ahora se
encuentra en ella.
Tyler vaciló y frunció el ceño. Aferró el
volante con determinación
y aceleró. El Buick corrió como una flecha
por la oscura calle,
atravesando la negrura silenciosa e
inmóvil que era la ciudad.
—Hay algo que todavía no entiendo
—prosiguió.
—¿Qué es?
—La maqueta. También ha desaparecido.
Supuse que él se
había… encogido, por así decirlo. Se había
fundido con ella. Pero la
maqueta también ha desaparecido. —Tyler se
encogió de hombros
—. Da igual. —Escudriñó la oscuridad—.
Casi hemos llegado. Ésa
es la calle Elm.
Fue entonces cuando Madge chilló.
—¡Mira!
A la derecha del vehículo se veía un
pequeño y pulcro edificio. Y
un letrero. El letrero podía leerse con
toda facilidad en la penumbra.
FUNERARIA DE WOODLAND
Madge sollozó horrorizada. El coche saltó
hacia adelante, guiado
automáticamente por las manos entumecidas
de Tyler. Mientras
pasaban frente al ayuntamiento, otro
letrero destelló durante unos
segundos.
TIENDA DE MASCOTAS STEUBEN
El ayuntamiento estaba bañado por luces
ocultas en algunos
huecos. Se trataba de un edificio bajo y
sencillo, un cuadrado blanco
y resplandeciente. Como un templo de
mármol griego.
Tyler frenó el coche, gritó y encendió de
nuevo el motor. Pero no
con bastante rapidez. Los dos relucientes
coches negros de la
policía flanquearon en silencio el Buick,
uno a cada lado. Los cuatro
severos policías ya tenían las manos en la
puerta. Descendieron y
avanzaron hacia él, sombríos y eficientes.


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