Ursula K. Leguin-Los Que Se Alejan De Omelas
Ursula K. Le Guin
Los que se marchan
de Omelas
5
INTRODUCCIÓN. MUCHAS
INCÓGNITAS Y ALGUNA CERTEZA
Sólo soy verdaderamente libre cuando todos los seres
humanos que me rodean, hombres y mujeres, son igualmente libres, de manera que
cuanto más numerosos son los hombres libres que me rodean y más profunda y más
amplia es su libertad, más extensa, más profunda y más amplia viene a ser mi
libertad
Mijail Bakunin. Sobre la libertad
Pocos
cuentos tan cortos abren un espacio tan amplio a la reflexión. Y nunca el
género fantástico y de ciencia-ficción al que nos acostumbró la escritora
Ursula K. Le Guin estuvo más próximo a lo real. Sus cuentos y novelas -aunque
no se movieran dentro de los cauces más “ortodoxos” de la
ciencia-ficción-siempre han incluido una correspondencia entre algún aspecto de
lo narrado y la realidad, lo que permitía poder realizar una crítica de la
sociedad actual sobre una base tangible.
Los
que se marchan de Omelas presenta algunas cuestiones tan antiguas como
la civilización: unas, han aparecido a lo largo de la historia bajo distintas
formas; otras, sólo pueden ser observadas desde el prisma de la modernidad;
todas, sin embargo, nos llevan, al menos, a una reflexión sobre el mundo de
hoy.
¿Deben
la felicidad y prosperidad generales basarse en la opresión y el sometimiento
de unos/as pocos/as? ¿Está justificado? ¿Sería posible de otra manera? Este es
el argumento principal que nos plantea la autora, un asunto que atraviesa
nuestra existencia desde los primeros asentamientos humanos. ¿Hubieran sido
capaces en la antigüedad clásica grecorromana, por poner un ejemplo, de
renunciar a la esclavitud (base sobre la que se asentaba su economía)?
¿Seríamos capaces de renunciar
6
-veinte
siglos después- a unas “comodidades” y a un “nivel de vida” occidentales
basados en la desgracia de millones de seres en alguna otra parte del globo?
¿Quién no respondería afirmativamente que el derecho a la vida plena de una
persona debería situarse por delante de cualquier consideración de otra índole?
No obstante, ¿cuál es su correspondencia en la vida real? ¿Y si ello exigiese
una productividad menor, una tecnología más simple asequible para la mayoría,
una ración menor de “progreso”, en suma, una manera de relacionarnos
completamente distinta y/o antagónica a la actual? ¿Seguiría siendo, entonces,
afirmativa la respuesta? ¿Se plantea alguien hoy, de manera seria, estas
paradojas?
Por
otra parte, la historia ha dado sobrados ejemplos de que un mayor conocimiento
de una situación de decadencia o catástrofe no es factor suficiente para un
acto de rebelión. ¿Es, como se plantea en el texto, la costumbre, la
degradación, el no conocer otra cosa, una losa demasiado pesada para la
voluntad y la determinación humanas? ¿Se ha llegado a un punto sin retorno? Si
el ser humano ha sido el sujeto de la Historia y ya no tiene posibilidad de
elección, ¿supone esto el fin de la Historia?...
Todos
estos interrogantes y muchos más que, por motivos de espacio no hemos referido,
podrían inferirse de una lectura profunda y pausada de Los que se marchan de
Omelas. Dejamos ese ejercicio a quienes encaren las siguientes páginas.
Para terminar, sólo nos queda la certeza a la que hacemos mención en nuestro
título, la de los/as que se marchan de Omelas, aquellos/as que, sin
saber a ciencia cierta a dónde se dirigen, sabemos que han logrado abrir los
ojos y que nunca más podrán cerrarlos.
Alcorcón,
Agosto de 2016.
URSULA
K. LE GUIN
LOS QUE SE MARCHAN
DE OMELAS
[Variaciones sobre
un tema de William James]
La
idea central de este psicomito, la víctima propiciatoria, aparece en Los
hermanos Karamazov, de Dostoievski, y algunas personas me han preguntado,
con bastantes recelos, por qué le otorgué el mérito a William James. El caso es
que no he sido capaz de releer a Dostoievski — aunque me gustaba mucho—desde
que tenía veinticinco años, y había olvidado que él utilizó la idea. Pero
cuando me la encontré en El Filósofo Moral y la Vida Moral de
William James, me impresionó reconocerla. Así es como la expresa James:
«Consideremos
la hipótesis de que se nos ofreciera un Mundo en el que fueran posibles las
utopías de Fourier, Bellamy y Morris, y en el que, por tanto, millones de
personas fueran siempre felices, pero con la única condición de que un alma
perdida más allá de las cosas tuviera que llevar una vida de solitario
tormento. Por mucho que nos tentara el impulso de agarrarnos a una felicidad
así ofrecida, sólo una emoción muy específica e independiente podría hacernos
sentir todo lo repugnante que sería disfrutar de ella a cambio de aceptar
deliberadamente un trato semejante.»
Difícilmente
podría expresarse mejor el dilema de la conciencia americana. Dostoievski era
un gran artista, y un radical, pero su temprano radicalismo social dio un
vuelco convirtiéndole en un violento reaccionario. En cambio, el americano
James, que parece tan tibio, tan ingenuo y caballeroso, fue y sigue siendo un
verdadero pensador radical. ¡Y fíjense cómo dice «nosotros», dando por supuesto
que todos sus lectores son tan honrados como él! Inmediatamente después del
párrafo
del «alma perdida» continúa:
«Todas
las ideas agudas y elevadas son revolucionarias. Se nos presentan mucho menos
como efectos de la experiencia pasada que como probables causas de experiencias
futuras; son factores ante los que habrán de inclinarse el medio ambiente y las
lecciones aprendidas hasta ahora.»
Estas
dos frases se aplican muy directamente a este cuento, a la ciencia ficción y a
todo el pensamiento acerca del futuro en general. Los ideales como «probable
causa de futuras experiencias» ¡he aquí una observación sutil y estimulante!
Por
supuesto, no fue leer a James y sentarse y decir: «Ahora escribiré un cuento
acerca de esa “alma perdida”». No suele ser tan sencillo. Me senté y empecé a
escribir una historia, únicamente porque me apetecía, pensando sólo en la
palabra <<Omelas>>. Venia de una señal de carretera: Salem (Oregon)
leída al revés. ¿Ustedes no leen los letreros de la carretera al revés? POTS.
NÓICUACERP soñin. Ocsicnarf Nas… Salem es igual a schelomo, que es igual a
salaam, que es igual a Paz. Melas. O melas. Omelas. Homme hélas. «¿De dónde
saca sus ideas, señora Le Guin?». De olvidar a Dostoievski y leer los letreros
de la carretera de derecha a izquierda, naturalmente. ¿De dónde, si no?
Con
un estruendo de campanas que hizo alzar el vuelo a las golondrinas, la Fiesta
del Verano penetró en la deslumbrante ciudad de Omelas, cuyas torres dominan el
mar. En el puerto, los gallardetes ponían notas multicolores en los aparejos de
los buques. En las calles, entre las casas de tejados rojos y paredes
encaladas, entre los tupidos jardines y en las avenidas flanqueadas de árboles,
ante los enormes parques y los edificios públicos, avanzaban las procesiones.
Algunas eran solemnes: ancianos
vestidos con ropas grises y malvas, maestros
artesanos de rostros graves, mujeres sonrientes pero dignas, llevando en
brazos a sus chiquillos y charlando mientras avanzaban. En otras calles, el
ritmo de la música era más rápido, un estruendo de tambores y de platillos; y
la gente bailaba, toda la procesión no era más que un enorme baile. Los
chiquillos saltaban por todos lados, y sus agudos gritos se elevaban como el
vuelo de las golondrinas por encima de la música y de los cantos. Todas las
procesiones avanzaban ascendiendo hacia la parte norte de la ciudad, hacia la
gran pradera llamada Campos Verdes, donde chicos y chicas, desnudos bajo el
Sol, con los pies, las piernas y los ágiles brazos cubiertos de barro,
ejercitaban a sus caballos antes de la carrera. Los caballos no llevaban ningún
arreo, excepto un cabestro sin freno. Sus crines estaban adornadas con lazos de
color plateado, verde y oro. Dilataban sus ollares, piafaban y se pavoneaban;
se mostraban muy excitados, ya que el caballo es el único animal que ha hecho
suyas nuestras ceremonias. En la lejanía, al norte y al oeste, se elevaban las
montañas, rodeando a medias Omelas con su inmenso abrazo. El aire matutino era
tan puro que la nieve que coronaba aún las Dieciocho Montañas brillaba con un
fuego blanco y oro bajo la luz del Sol, ornada por el profundo azul del cielo.
Había exactamente el viento preciso para hacer ondear y chasquear de tanto en
tanto las banderas que limitaban el terreno donde iba a desarrollarse la
carrera. En el silencio de los amplios prados verdes podía oírse cómo la música
serpenteaba por las calles de la ciudad, primero lejana, luego más y más
próxima, avanzando siempre, un agradable presente difundiéndose en el aire, que
a veces reverberaba y se condensaba para estallar en un inmenso y alegre
repicar de campanas.
¡Alegre!
¿Cómo es posible hablar de alegría? ¿Cómo describir a los ciudadanos de Omelas?
No
eran gentes simples, aunque fueran felices. Pero las palabras que expresan la
alegría ya no suenan muy a menudo. Todas
las sonrisas se han vuelto algo arcaico. Con
una descripción así, uno tiende a hacer ciertas conjeturas. Con una descripción
como ésta, uno espera ver al rey montado en un espléndido garañón y rodeado de
sus nobles caballeros, o quizá en una litera de oro transportada por musculosos
esclavos. Pero en Omelas no había rey. No se utilizaban las espadas, y tampoco
había esclavos. No eran bárbaros. No conozco las reglas y las leyes de su
sociedad, pero estoy segura que éstas eran poco numerosas. Y como vivían sin
monarquía y sin esclavitud, tampoco tenían Bolsa, ni publicidad, ni policía
secreta, ni bombas. Y sin embargo, no eran gentes sencillas, nada de dulces
pastores, ni nobles salvajes, ni cándidos utópicos. No eran menos complejos que
nosotros. Lo malo es que nosotros poseemos la mala costumbre, animada por los
pedantes y los sofistas, de considerar la felicidad como algo más bien
estúpido. Sólo el sufrimiento es intelectual, sólo el mal es interesante. Esta
es la traición del artista: su negativa a admitir la banalidad del mal y el
terrible aburrimiento del dolor. Si no les puedes vencer, únete a ellos. Si te
duele, vuelve a comenzar. Pero aceptar la desesperación es condenar la alegría;
adoptar la violencia es perder el dominio de todo lo demás. Y casi lo hemos
perdido todo; ya no podemos describir a un hombre feliz, ni celebrar la menor
alegría. ¿Podría hablarles yo, en algunas palabras, de los habitantes de
Omelas? No eran en absoluto niños ingenuos y felices… aunque, de hecho, sus
niños eran felices. Eran adultos maduros, inteligentes y apasionados, cuya vida
no era en ningún sentido miserable. ¡Oh, milagro! Pero me gustaría poder
ofrecer una mejor descripción. Me gustaría poder convencerles. Omelas resuena
en mi boca como una ciudad de cuento de hadas; suena a érase una vez, hace
tanto tiempo, en un lejano país… Quizá sería mejor forzarles a imaginarla por
ustedes mismos, aunque no estoy segura del resultado, ya que seguramente no
podré satisfacerles a todos. Por ejemplo: ¿cuál era su tecnología? No había
coches en sus calles ni helicópteros volando sobre la ciudad; y esto provenía
del hecho que los habitantes de Omelas son gentes felices. La felicidad se
funda en un justo dis
cernimiento entre lo que es necesario, lo que
no es ni necesario ni nocivo, y lo que es nocivo. Si se considera la segunda
categoría —la de lo que no es ni necesario ni nocivo; la del confort, el lujo,
la exuberancia, etcétera—, podían tener perfectamente calefacción central,
ferrocarril subterráneo, lavadoras, y toda esa clase de maravillosos aparatos
que aquí aún no hemos inventado: lámparas flotantes, otra fuente de energía
distinta al petróleo, un remedio contra el resfriado. Quizá no tuvieran nada de
todo eso: es algo que no tiene la menor importancia. Ustedes mismos. Yo me
inclino a creer que los habitantes de las ciudades vecinas llegaron a Omelas,
durante los días que precedieron a la Fiesta, en pequeños trenes rápidos y en
tranvías de dos pisos, y que la estación de Omelas es el edificio más hermoso
de la ciudad, aunque su arquitectura sea más sencilla que la del magnífico Mercado
de Agricultores. Pero pese a esos trenes, me temo que Omelas no les parezca una
ciudad agradable. Sonrisas, campanas, paradas, caballos…, ¡bah! Entonces,
añádanle una orgía. Si les parece útil añadirle una orgía, no vacilen. Sin
embargo, no nos dejemos arrastrar hasta instalar en ella templos de donde
surgen magníficos sacerdotes y sacerdotisas enteramente desnudos, ya casi en
éxtasis y dispuestos a copular con cualquiera, hombre o mujer, amante o
extranjero, deseando la unión con la divinidad de la sangre, aunque esta fuera
mi primera idea. Pero, realmente, será mejor no tener templos en Omelas… al
menos no templos materiales. Religión sí, clero no. Esas hermosas personas
desnudas pueden sin duda contentarse con pasear por la ciudad, ofreciéndose como
soplos divinos al apetito de los hambrientos y al placer de la carne.
Dejémosles unirse a las procesiones. Dejemos que los tambores resuenen por
encima de las parejas copulando, dejemos los platillos proclamar la gloria del
deseo, y que (y este no es un extremo que haya que olvidar) los hijos nacidos
de tales deliciosos rituales sean amados y educados por toda la comunidad. Una
cosa que sé que no existe en Omelas es el crimen. ¿Pero podría ser de otro
modo? Al principio pensaba que no existían las drogas, pero esta es una actitud
puritana. Para aque
llos que lo desean, el insistente y difuso
dulzor del drooz puede perfumar las calles de la ciudad. El drooz no
produce adicción. Otorga primero al cuerpo y a la mente una gran claridad y una
increíble ligereza de miembros, y luego, tras algunas horas, una ensoñadora
languidez, y finalmente maravillosas visiones sobre los secretos más íntimos y
recónditos del Universo, al tiempo que excita los placeres del sexo más allá de
toda imaginación. Para aquellos que tienen gustos más modestos, imagino que
debe existir la cerveza. ¿Qué otra cosa puede hallarse en la radiante ciudad?
El sentido de la victoria, por supuesto, la celebración del valor. Pero, puesto
que no tenemos clérigos, no tengamos tampoco soldados. La alegría que nace de
una victoria carnicera no es una alegría sana; no le convendría aquí; está
llena de horror y no posee ningún interés. Un placer generoso e ilimitado, un
triunfo magnánimo experimentado no contra algún enemigo exterior, sino en comunión
con lo más justo y más hermoso que hay en la mente de todos los hombres, y con
el esplendor del verano dominando el Mundo: eso es lo que hincha el corazón de
los habitantes de Omelas, y la victoria que celebran es la victoria de la vida.
Realmente, creo que no hay muchos que sientan la necesidad de tomar drooz.
La
mayor parte de las procesiones han alcanzado ya Campos Verdes. Un maravilloso
aroma a comida escapa de las tiendas rojas y azules tras los tenderetes. Los
rostros de los niños están llenos de dulce. Unas migajas de un sabroso pastel
permanecen prisioneras en la benévola barba gris de un anciano. Los chicos y
las chicas han montado en sus caballos y van agrupándose cerca de la línea de
salida de la carrera. Una vieja mujer, menuda, gorda y sonriente, distribuye
flores de un cesto, y la gente se las mete entre sus brillantes cabellos. Un
niño de nueve o diez años permanece sentado al borde de la multitud, solo,
tocando una flauta de madera. Las gentes se detienen a escucharle, le sonríen,
pero no le dicen nada, ya que él no deja de tocar y ni siquiera les ve, sus
ojos obscuros están perdidos en la suave y ondulante
magia de la melodía.
De
pronto, se detiene y baja las manos que sostienen la flauta de madera.
Como
si ese pequeño silencio personal fuera la señal, una trompeta deja oír su
vibrante sonido desde la tienda que se halla junto a la línea de partida:
imperiosa, melancólica, penetrante. Los caballos patalean y se agitan.
Tranquilizadoramente, los jóvenes jinetes acarician el cuello de su montura y
murmuran palabras halagadoras: «Tranquilo, tranquilo, vas a ganar, estoy seguro…».
Comienzan a formar una hilera a lo largo de la línea de partida. La multitud
que bordea el campo de carreras da la impresión de una pradera de hierba y
flores agitada por el viento. La Fiesta del Verano acaba de comenzar.
¿Creen
ustedes todo esto? ¿Aceptan la realidad de esta celebración, de esta ciudad,
de esta alegría? ¿No? Entonces déjenme describirles algo más.
En
el subsuelo de uno de los magníficos edificios públicos de Omelas, o quizá en
los sótanos de una de esas espaciosas mansiones privadas, hay un cuarto. Su
puerta está cerrada con llave, y no tiene ninguna ventana. Un poco de
polvorienta luz se filtra en su interior por los intersticios de las planchas
de otra ventana recubierta de telarañas en algún lugar al otro lado de la
puerta. En un rincón del pequeño cuarto hay dos escobas hechas con ramas duras,
llenas de mugre, de olor repugnante, colocadas cerca de un oxidado cubo. El
suelo está sucio, es húmedo al tacto, como suelen serlo generalmente los suelos
de los sótanos. El cuarto tiene tres pasos de largo por dos de ancho: apenas
una alacena o un cuarto trastero abandonado. Hay un niño sentado en este lugar.
Puede que sea un niño o una niña. Parece tener unos seis años, pero de hecho
tiene casi diez. Es retrasado mental. Quizá
naciera deficiente, o tal vez su imbecilidad
sea debida al miedo, a la mala nutrición y a la falta de cuidados. Se rasca la
nariz y a veces se manosea los dedos de los pies o el sexo, y permanece
sentado, acurrucado en el rincón opuesto al cubo y a las dos escobas. Tiene
miedo de las escobas. Las encuentra horribles. Cierra los ojos, pero sabe que
las escobas siguen estando allá; y la puerta está cerrada con llave; y nadie
vendrá. La puerta permanece siempre cerrada, y nadie viene nunca, excepto
algunas veces —el niño no tiene la menor noción del paso del tiempo—, algunas
veces en que la puerta chirría horriblemente y se abre, y una persona, o varias
personas, aparecen. Una de ellas entra a veces y golpea al niño para que se
levante. Las demás no se le acercan nunca, pero miran al interior del cuarto
con ojos de horror y de disgusto. El cuenco de la comida y la jarra son llenados
apresuradamente, la puerta vuelve a cerrarse con llave, los ojos desaparecen.
Las gentes que permanecen en la puerta no dicen nunca nada, pero el niño, que
no siempre ha vivido en aquel cuarto y puede recordar la luz del Sol y la voz
de su madre, habla algunas veces.
«Seré
bueno —dice—. Por favor, déjenme salir. ¡Seré bueno!».
Ellos
no contestan nunca. Antes, por la noche, el niño gritaba pidiendo ayuda y
lloraba mucho, pero ahora no hace más que gemir suavemente, «mhmm-haa, mhmmhaa
», y habla menos cada vez. Está tan delgado que sus piernas son puros huesos y
su vientre una enorme protuberancia; vive con medio cuenco diario de grasa y
cereal. Está desnudo. Sus muslos y sus nalgas no son más que una masa de
infectas úlceras, y permanece constantemente sentado sobre sus propios
excrementos.
Todos
saben que está allá, todos los habitantes de Omelas. Algunos comprenden por
qué, otros no, pero todos comprenden que su felicidad, la belleza de su ciudad,
el afecto de sus relaciones, la salud de sus hijos, la sabiduría de sus
sabios, el talento
de sus artistas, incluso la abundancia de sus
cosechas y la suavidad de su clima dependen completamente de la horrible
miseria de aquel niño.
Generalmente
esto les es explicado a los niños cuando tienen entre ocho y doce años, cuando
se hallan en edad de comprender; y la mayor parte de los que van a ver al niño
son jóvenes, aunque hay también adultos que acuden a menudo a verle, algunas
veces de nuevo. No importa el modo cómo les haya sido explicado, esos jóvenes
espectadores se muestran siempre impresionados y disgustados por lo que ven.
Sienten aversión, algo que creían superado. Sienten la cólera, el ultraje, la
impotencia, pese a todas las explicaciones. Les gustaría hacer algo por el
niño. Pero no hay nada que puedan hacer. Si el niño fuera conducido a la luz
del Sol, fuera de aquel abominable lugar, si se le lavara y recibiera comida y
cuidados, eso sería algo bueno, desde luego. Pero si se hiciera esto, toda la
prosperidad, la belleza y la alegría de Omelas serían destruidas ese mismo día y
esa misma hora. Ésas son las condiciones. Cambiar toda la bondad y alegría de
Omelas por esa simple y mínima mejora: rechazar la felicidad de miles de
personas por la posibilidad de la felicidad de uno solo: esto sería, por
supuesto, dejar que la culpa atravesara las murallas.
Las
condiciones son estrictas y absolutas; ni siquiera hay que decirle una palabra
amable al niño.
A
menudo los jóvenes entran llorando en sus casas, o inundados de una contenida
rabia, cuando han visto al niño y afrontado aquella terrible paradoja. Pueden
irla asimilando durante semanas o incluso años. Pero con el tiempo empiezan a
darse cuenta que, incluso si el niño fuera liberado, no sacaría mucho provecho
de su libertad: un pequeño y vago placer de calor y alimento, por supuesto,
pero no mucho más. Está demasiado idiotizado y degradado como para sentir la
menor alegría real.
Ha vivido durante demasiado tiempo atemorizado
para verse alguna vez liberado de él. Sus costumbres son demasiado salvajes
para que pueda reaccionar ante un trato humano. De hecho, tras tanto tiempo, se
sentiría indudablemente desgraciado sin paredes que le protegieran, sin
tinieblas para sus ojos, sin excrementos sobre los que sentarse. Sus lágrimas
ante tan cruel injusticia se secan cuando empiezan a percibir y a aceptar la
terrible justicia de la realidad. Y sin embargo son sus lágrimas y su cólera,
su tentativa de generosidad y el reconocimiento de su impotencia, lo que tal
vez constituya la auténtica fuente del esplendor de sus vidas. Entre ellos no
existe la felicidad insípida e irresponsable. Saben que ellos mismos, al igual
que el niño, no son tampoco libres. Conocen la compasión. Es la existencia del
niño, y su conocimiento de tal existencia, lo que hace posible la nobleza de su
arquitectura, la fuerza de su música, la grandiosidad de su ciencia. Es a
causa de este niño que son tan considerados con sus propios hijos. Saben que
si aquel ser tan miserable no estuviera allá, lloriqueando en las tinieblas, el
otro, el que toca la flauta, no podría interpretar aquella gozosa música mientras
los jóvenes y magníficos jinetes se alinean para la carrera, bajo el Sol de la
primera mañana del verano.
¿Creen
ahora en ellos? ¿No les parecen mucho más reales? Pero aún queda algo por
decir, y esto es casi increíble.
A
veces, uno o una de los adolescentes que acuden a ver al niño no regresa a su
casa para llorar o rumiar su cólera; de hecho, no regresa nunca a su casa.
Algunas veces también, un hombre o una mujer adulto permanece silencioso
durante uno o dos días, y luego abandona su hogar. Esas gentes salen a la calle
y avanzan, solitarios, a lo largo de ella. Siguen andando y abandonan la ciudad
de Omelas. Todos ellos se van solos, chico o chica, hombre o mujer. Cae la
noche; el viajero debe atravesar poblados, pasar entre casas de iluminadas
ventanas, luego hundirse en las tinieblas de los campos. Solitario, cada uno
de ellos 17
va hacia el oeste o hacia el norte, hacia las
montañas. Y siguen. Abandonan Omelas, se sumergen en la oscuridad, y no vuelven
nunca. Para la mayor parte de nosotros, el lugar hacia el cual se dirigen es
aún más increíble que la ciudad de la felicidad. Me es imposible describirlo.
Quizá ni siquiera exista. Pero, sin embargo, todos los que se van de Omelas
parecen saber muy bien hacia dónde van.
Fin.
¿QUIÉN
ES URSULA K. LE GUIN?
Nacida
el 21 de octubre de 1929 en Berkeley, Ursula Kroeber era hija de Theodora y
Alfred Kroeber, escritora de cuentos infantiles y antropólogo, respectivamente.
Estudió en el Radcliffe College y se graduó en Literatura Italiana y Francesa
del Renacimiento en la Universidad de Columbia. Tras ganar una beca para
estudiar en Francia, conoció a Charles A. Le Guin, historiador, con el que
contrajo matrimonio en 1953 en París. En 1958 se establecieron en Portland,
Oregón. Tuvieron tres hijos y, de momento, tres nietos. A lo largo de su vida,
Ursula K. Le Guin se ha revelado como activa militante pacifista y feminista.
Ursula
K. Le Guin es una de las autoras más completas de nuestro tiempo. Escribe prosa
y verso, y ha publicado sus trabajos en géneros tan distintos como la
fantasía, ciencia-ficción, ficción realista, libros infantiles, libros para
jóvenes, ensayos, guiones, etc. Ha publicado 6 libros de poesía, 20 novelas,
más de 100 cuentos cortos (que han sido recogidos en 11 volúmenes), 11 libros
infantiles, 4 colecciones de ensayos y 4 traducciones de otras obras, en apenas
40 años. Unas cifras realmente impresionantes, que muy pocos autores han
conseguido, y más aún teniendo en cuenta la alta calidad de sus textos y de la
variedad de sus formas.
Algunos
de los trabajos más conocidos de Ursula K. Le Guin llevan re-imprimiéndose de
forma continuada desde hace más de treinta años. Además, sus libros de fantasía
más conocidos (los cuatro primeros volúmenes de la saga de Terramar) han
vendido millones de ejemplares en EE.UU. y en Inglaterra, y han sido traducidos
a más de dieciséis idiomas. Su primera obra importante de ciencia-ficción, La
mano izquierda de la oscuridad, se considera
clave en su campo, por su investigación
radical de los roles de género, y por su complejidad moral y literaria. Sus
novelas Los desposeídos y El eterno regreso a casa redefinen el
alcance y el estilo de la ficción utópica. De sus libros infantiles, la saga de
Catwings se ha convertido en una de las favoritas del público lector.
Por otro lado, su versión del Tao Te Ching, de Lao Tzu, una traducción
en la cual trabajó durante cuarenta años, ha recibido gran reconocimiento.
Entre
los muchos premios que sus libros han recibido están el National Book Award, 5
premios Hugo, 5 premios Nébula, el Grand Master de los SWFA, el Kafka Award, el
Pushcart Prize, el Howard Vursell Award de la Academia Americana de las Artes y
las Letras, y el premio Robert Kirsch Award del L.A. Times.
- Extraído de ursulakleguin.com -
ENTREVISTA
AURSULA K. LE GUIN
Entrevista aparecida en el fanzine Strangers in a
tangled wilderness.
- Extraído de Alasbarricadas.org -
SiTW:
Una de las cosas por las que siento curiosidad es por el papel del radical como
autor de ficción. ¿Qué sientes que has conseguido, tanto a nivel social como
político, con tu escritura? ¿Tienes algún ejemplo en concreto acerca de algún
cambio que hayas ayudado a iniciar?
Ursula: Puedo dar la razón a Shelley en que
los poetas son los legisladores no reconocidos del mundo, pero eso no quiere
decir que realmente consigan que se aprueben muchas leyes, y supongo que nunca
busqué realmente unos resultados prácticos y definibles de todo lo que escribí.
Mis utopías no son anteproyectos. De hecho, desconfío de las utopías que
pretenden ser anteproyectos. La ficción no es un buen medio para sermonear o
planificar. Es realmente buena, sin embargo, para lo que solemos llamar
“auge-consciente”.
Dentro de mi campo de trabajo -la
ficción imaginativa- creo que he tenido un efecto apreciable en la
representación del género y de la “raza”, específicamente el color de piel.
Cuando llegué a este campo, el punto de vista era totalmente masculino y todos
eran de raza blanca. Al principio, yo misma escribía de esa manera también. En
la ciencia ficción, me uní al movimiento feminista cuando resurgió a finales de
la década de los sesenta y principio de los setenta, y eliminamos las
chirriantes Barbies y empezamos a escribir sobre personajes femeninos actuales.
En la fantasía, mis héroes eran de color en una época en la que, que yo sepa,
nadie más lo era. (Y aún lucho para conseguir que sean representados como
no-blancos).
SiTW: Cambiando de tema, ¿alguna vez te
sientes presionada por parte de “radicales” por el hecho de escribir “más
moderadamente” o desde determinadas posturas?
Ursula: No me pongo a mí misma en una
posición para recibir mucha presión por parte de nadie. No me caso con nadie, y
hago pocas acciones públicas (excepto cosas como manifestaciones, las cuales he
estado haciéndolas durante el pasado milenio). Por supuesto he sido acusada por
marxistas de no ser marxista, pero ellos acusan a todo el mundo de no serlo. Y
los anarquistas activistas siempre tienen la esperanza de que pueda ser una
activista, pero creo que se dan cuenta de que sería pésima, y dejan que vuelva
a dedicarme a escribir lo que escribo.
Jefferson pensaba que ya teníamos la
libertad como un derecho inalienable, y ya sólo teníamos que perseguir la
felicidad. Yo creo que la búsqueda de la libertad es de lo que se encarga la
izquierda, pero también, pienso que si realmente persigues la libertad, como
artista, no puedes unirte a un movimiento que tiene reglas y está organizado.
Visto desde esa óptica, el feminismo era perfecto -nos dimos cuenta
mayoritariamente de que tod@s podíamos ser feministas a nuestro modo. Los
movimientos pacifistas, muy difusos y ad hoc, han estado muy bien. Y
puedo también trabajar para cosas como planificación familiar o Conservación de
la Naturaleza, o para una campaña política, pero sólo como rellenasobres: no
puedo poner mi trabajo directamente a su servicio, expresando sus metas. Mi
trabajo tiene que seguir su propio camino hacia la libertad.
SiTW:
¿Te has encontrado con algún problema, publicando en el circuito comercial del
mundo de ficción, habida cuenta de tu naturaleza política?
Ursula: No que yo sepa. Es posible que a
Charles Scribner, que había publicado mi libro anterior y que tenía opciones de
hacer lo propio con Los Desposeídos, no le gustara porque le desagradase
la temática
anarquista;
pero pienso que en realidad simplemente pensó que era un tocho enorme y
aburrido y no entendió absolutamente nada. Me pidió que lo cortase a mitad.
Dije: no gracias, rompimos el contrato amigablemente, y Harper and Row no dejó
pasar la oportunidad -mejor editorial para mí, en cualquier caso. Así que no
puedo decir que haya sufrido por mis ideas políticas. La ciencia ficción y la
fantasía pasan muy desapercibidas, ¿sabes? La gente simplemente no busca
pensamientos radicales en un campo que nuestros respetables críticos definen
como banalidades escapistas. Algo de ello es escapista, de acuerdo, pero de lo
que se está escapando es de las banalidades de la ficción popular, de gran parte
de la televisión y de las películas.
SiTW:
Tengo la sensación de que haces un trabajo excelente presentando conceptos
bastante radicales en historias que no aparentan ser propaganda. Por ejemplo,
en la historia Ile Forest [algo así como En el Bosque], de Cuentos Orsinianos,
creo que socavas las creencias del lector en ideas como las leyes (escritas).
Ursula: ¡Ja! ¡Eso me agrada! Es una historia
tan romántica, nunca pensé en ella en tanto que poseedora de un significado
subversivo, pero, por supuesto, tienes razón, lo tiene.
SiTW:
Puede que esté equivocad@, pero tengo la impresión de que la cultura moderna de
la fantasía y la ciencia ficción rehúye intencionadamente la política más de lo
que solía. Muchas revistas, por ejemplo, afirman específicamente que no están
interesadas en trabajos que tengan que ver con cuestiones políticas.
Ursula: ¿Lo hacen? Guau. Eso es deprimente
más allá de las palabras. Están cavando su propia tumba.
SiTW:
¿Has percibido algún cambio en esta dirección?
Ursula: Simplemente ya no miro al mercado.
Hace ya un tiempo que no escribo historias cortas, y si lo hiciera, sería mi
agente quien
elucubrara
sobre dónde se iban a vender mejor.
Pero quizás ésta es una de las razones
por las que ya no leo demasiada ciencia ficción. La cojo y en seguida la
vuelvo a dejar. Tal vez simplemente me pasé con ella. Pero parece algo casi
académico, últimamente. Producir el mismo material pero más atrayente, con más
hardware, más noir. Pero puede que esté completamente equivocada en esto.
SiTW:
Has acuñado tal vez una de mis descripciones de una línea favoritas de qué es
un anarquista: “Alguien que, eligiendo, acepta la responsabilidad de la
elección”. ¿Te describirías a ti misma como anarquista?
Ursula: No lo hago, porque carezco por entero
del elemento activista, y por lo tanto parecería falso o demasiado fácil. Como
l@s blanc@s que dicen que tienen “parte de Cherokee”.
SiTW:
Espero que no te importe que much@s de nosotr@s te reivindiquemos, más o menos
como hacemos con Tolstoi. (De quien creo que es posible afirmar que dijo “Los
anarquistas tienen razón... en todo salvo en su creencia de que el anarquismo
puede alcanzarse mediante la revolución”, aunque sólo he leído esta cita, y no
su ensayo original).
Ursula: ¡Por supuesto, a mí no me importa! Me
conmueve y me siento sobrevalorada.
SiTW:
¿Cuáles fueron tus primeros contactos con el anarquismo?
Ursula: Cuando me surgió la idea de Los
Desposeídos, la historia que esbocé estaba toda mal, y tuve que adivinar de
qué iba realmente y qué necesitaba. Lo que necesitaba en primer lugar, era
alrededor de un año leyendo todas las Utopías, y después otro año o dos leyendo
a todos los escritores anarquistas. Ésa fue mi interacción principal con
el
anarquismo. Tuve suerte: aquel material era difícil de encontrar en los setenta
-¡sombras de Sacco y Vanzetti!- pero había un librero muy de izquierdas aquí,
en Portland, y si llegabas a conocerlo te dejaba ver su fantástica colección de
antiguos textos anarquistas, y también algo de la gente nueva, como Bookchin.
Así que tuve una buena educación.
Me sentía totalmente en casa con el
anarquismo (pacifista, no violento), igual que siempre me ha pasado con el
taoísmo (están relacionados, al menos guardan afinidad). Es el único
pensamiento político con el que me siento cómoda. También está cada vez más
ligado estos días, muy interesantemente, con la etología y la psicología animal
(como Kropotkin sabía que pasaría).
SiTW:
Varios libros que he leído o visto -vistazos generales sobre la historia del
anarquismo- atribuyen la primera literatura “anarquista” a un antiguo pensador
taoísta, e incluyen el ensayo, aunque no lograría recordar el título o el autor
aunque me fuera la vida en ello. No obstante, encuentro la conexión bastante
interesante.
Ursula: Bueno, partes del libro de Lao Tzu
Tao Te Ching, y partes del libro de Chuang Tzu, a quien la gente llama
principalmente por su nombre, son clara y radicalmente anárquicas (y Chuang Tzu
es gracioso, además). La mejor traducción es de Burton Watson. Yo hice una
versión de Lao Tzu que saca a escena el anarquismo bastante claramente, y
también conseguí eliminar el lenguaje sexista, lo cual fue divertido (y no
demasiado exasperante, ya que los antiguos chinos generalmente no especifican
el género). Te mandaría una copia pero se me han acabado. El editor es
Shambhala. Ésos son los dos grandes nombres del taoísmo “filosófico” (no de la
religión taoísta, que es un tema bastante distinto).
SiTW:
¿Cuándo desapareció del inglés escrito la versión singular de “they*”? Es
bonito poder defender la práctica.
Ursula: Los gramáticos de los siglos XVII y
XVIII, intentando des
brozar
un camino común en la salvaje jungla del inglés isabelino, regularizaron
múltiples usos -incluido el deletreo-, lo cual no es mala idea en sí misma;
pero admiraban tanto el latín que lo utilizaron como modelo, en lugar de
observar cómo el inglés realmente solucionaba algunos de estos problemas. “El
lector/a” o “una persona” no coinciden en número con “they” [ell@s], y en latín
es absolutamente necesario que el sujeto y el verbo coincidan en número...así
que dijeron que también era necesario en inglés. (En realidad, no lo es
siempre, ya que tenemos otras formas de clarificar el significado, por ejemplo
el orden de las palabras, algo casi irrelevante en latín). De modo que usos
coloquiales como “he don’t**” (que mi padre, un profesor universitario, a veces
usaba) fueron erradicados de la lengua escrita, como también lo fue el “they”
indefinido, incluso a pesar de que aparece en Shakespeare. Pero los gramáticos
no pudieron hacerlo desaparecer del lenguaje hablado. Está perfectamente vivo
ahí. “¡Si alguien quiere “their” [sus] helado harían bien en darse prisa!” Así
que no supone una falta engorrosamente grande el deslizarlo de vuelta al
inglés escrito.
Es curioso cómo la gente que se opone
más furibundamente a “incorrecciones” como ésa casi siempre resultan ser muy
insegur@s política y/o socialmente.
*- “They” en inglés es el pronombre
utilizado para la tercera persona del plural, y no tiene género (es neutro),
luego no es sexista. Sin embargo, para la tercera persona del singular se
utilizan los pronombres “he” (él) “she” (ella) o “it” (pronombre neutro que se
utiliza para objetos, animales y en ocasiones para bebés), de modo que aparece
el problema del sexismo en el lenguaje, cosa que como explica Ursula K.LeGuin
no sucedía con el inglés antiguo, pues éste permitía utilizar “they” para el
singular también, ya que al no tratarse de una lengua latina, no obliga a la
coincidencia en número entre el sujeto y el predicado de una oración, como se
explica en el texto.
**-
El verbo “do” (hacer) se conjuga, en presente de indicativo, tercera persona
singular, como “does” (el agregado n’t es una contracción informal del not en
la oración negativa, que en realidad sería “do not” en vez de “don’t”), de
modo que “He don’t”, con las normas gramaticales en la mano, es una
incorrección (debería decirse “He doesn’t”), aunque es un coloquialismo
frecuente.



Comentarios
Publicar un comentario