Yasutaka Tsutsui-El Peor Contacto Posible
Yasutaka Tsutsui-El Peor
Contacto Posible
—Tú eres precisamente
la persona adecuada —empezó a decir
el director general
desviando la vista después de haberme echado
una mirada
escrutadora. Yo ya temblaba; tenía un mal
presentimiento—. Me
acaban de decir que los llamados
«magumagus» quieren
contactar con nosotros. Todavía no hay un
solo terrícola que
haya entablado contacto directo con ellos. Pero
antes de iniciar
relaciones plenas, hemos decidido que, a modo de
prueba, un
representante de la Tierra y otro de Magumagu convivan
durante una semana en
uno de los domos de la base.
Como esperaba, se
trataba de un trabajo que no me satisfacía, o
más bien debería decir
que me aterrorizaba.
—¿Y me ha elegido a
mí?
El director asintió
con una profunda inclinación de cabeza.
—En efecto. De todas
las bases, creo que la nuestra es la más
cercana a Magumagu.
—Tratándose de un
periodo de convivencia, es conveniente que
el representante de la
Tierra esté dotado de un gran sentido común.
—Lo que quiero decir
es que yo no soy así —dijo el director
sonriendo
irónicamente. De repente dio un salto, me señaló en las
narices y empezó a
vociferar—: Verás. Tú pillas alguna que otra
borrachera, eres
holgazán, pendenciero y careces de sentido
común. ¡Mierda! ¿Por
qué todos mis subordinados serán así? —El
director, que parecía
estar a punto de tranquilizarse, empezó a dar
vueltas por su
despacho—. Ahora bien, repasemos a quién
tenemos. Chan, por ejemplo,
es un alcohólico crónico y siempre
lleva consigo un
elefante rosa. El Carapalo es autista. No habla con
nadie y «no da un palo
al agua». Sancho no bebe una sola gota de
alcohol, pero es
sumamente irascible e, independientemente del
lugar en que se
encuentre y de su interlocutor, saca el cuchillo en
menos que canta un
gallo. Bakshi es serio y trabajador, pero
siempre la pifia en
todo lo que hace. Si pasas por el lugar en donde
ha estado trabajando,
ves perfectamente a qué ha estado dedicando
todas sus fuerzas. No
hay ocasión en que no se cargue algo. Por
eso, tú eres… —Se
levantó del sillón y asintió lentamente—. Es
cierto que eres
bebedor, pero no llegas a ser alcohólico. Eres
holgazán, pero no
autista. Y, aunque peleón, no eres un criminal
sediento de sangre. Te
falta sentido común, pero no eres un perfecto
idiota.
—Eso ha sido demasiado
cruel por su parte —dije ofendido,
como correspondía a la
situación. Después desplegué mi ingenio—:
A pesar de todo, no es
para tanto.
El director iba a
responder algo, pero se lo pensó mejor y se
puso a reír.
—En efecto, no es para
tanto. Tú eres la persona más sensata
de toda la base.
—Volvió a adquirir un semblante serio y habló en
tono imperativo—: Vas
a convivir con un magumagu.
Yo odiaba las tribus
de otras especies, pero no tenía otro
remedio. Al fin y al
cabo, sólo debía resistir una semana.
—Bueno, ¿y ese
magumagu cómo es?
El director se puso
algo nervioso y empezó a tamborilear en la
mesa con las yemas de
los dedos.
—Pues no lo sé. Por
eso te envío a convivir con él. Tendrás que
observarlo todo: sus
usos y costumbres, su actitud ante la vida, su
forma de pensar, su
carácter, y volverás habiéndolo aprendido. Tu
interlocutor también
tiene que aprender eso de ti, así que tú tendrás
que enseñarle todo lo
que tenga que aprender.
—Y ¿qué pasa si no
puedo aprender nada? Por ejemplo, esto…
si fuera de una raza
que usa la telepatía, yo no tengo esa
capacidad. O si se
tratara de una raza muda que sólo se comunica
con gestos…
—Ah, en cuanto a eso
ya dispongo de la información. Los
magumagus son capaces
de hablar el idioma común de los
humanoides, el mismo
que tú debiste aprender en el colegio.
Eso me alivió.
—¿Humanoides? O sea,
que no tienen forma de babosa, o de
araña o pulpo, ¿no?
—No, hombre,
tranquilízate, tienen forma humana. Además, no
respiran con flúor,
cloro o hidrógeno sulfúrico, sino con oxígeno.
Como es lógico, al
tratarse de humanoides, comparten con los
terrícolas tanto la
presión como la temperatura y la gravedad.
—El problema es el
compañero que hayan elegido para mí —dije
yo—. Por muy buena que
sea la raza, si el que me toca en suerte es
un bárbaro…
—No, por eso tampoco
te preocupes —repuso el jefe,
mirándome
intencionadamente de arriba abajo—. Al contrario que
nosotros, viene de la
sede de Magumagu, así que está claro que es
un excelente y selecto
magumagu. No existe ninguna posibilidad de
que se haya producido
un descuido al respecto. Ya se han
establecido decenas de
comunicaciones con los magumagus y, a la
vista de los
resultados de más de cien preparativos realizados en
colaboración con la
base de la Tierra, así como de lo que parecen
ser matrimonios de
prueba, por fin se ha fijado una fecha para la
convivencia con esos
alienígenas. A tal efecto, en el límite de la
base se ha construido
un domo donde acoger los enseres que han
traído de Magumagu,
entre ellos un juego de menaje.
Ese mismo día, cuando
ya estaba dispuesto a partir hacia el
domo y me encontraba
embutiendo los objetos de uso diario en una
bolsa, vino Bakshi y
me anunció:
—Acaba de llegar la
nave y el magumagu ha entrado en el
domo. ¡Será mejor que
te des prisa!
—¿Cómo es?
—Es un varón.
—¿Ah, sí? ¡No me
digas! —Se armaría un gran revuelo si se
organizara una
convivencia entre un hombre y una mujer y naciera
un ser con sangre
medio alienígena.
—Tiene el pelo castaño
claro, pero parece blanco. Es un poco
más bajo que tú. Sólo
lo he visto de lejos, pero la única vez que
dirigió la mirada
hacia donde yo estaba, pude ver que tenía los ojos
totalmente rojos.
—¡Vaya! Eso me da
repelús, la verdad. —Pensé que se podía
tratar de una raza
albina, como sucede con los conejos domésticos.
Yo, en la Tierra, me
había topado dos o tres veces con albinos que
tenían los ojos de
color rojo. Estaba claro que no era algo agradable
de ver, precisamente.
Sancho me llevó hasta
la misma puerta del domo en un pequeño
vehículo hermético, y
me metí en la cámara estanca que se emplea
a la vez como
descompresor. Allí me quité el traje herméticamente
cerrado y, por fin,
entré en la sala donde estaba el magumagu.
De natural, yo soy más
bien antipático. Pensé que estaría bien
persistir en mi
actitud de siempre aunque fuera antinatural, pero lo
reconsideré y llegué a
la conclusión de que sería mejor que me
mostrara simpático,
haciéndome pasar por un ciudadano medio con
sentido común. Quizá
me supondría un esfuerzo espiritual, pero
decidí imitar a mi
interlocutor a la vez que cambiaba de opinión y
adquiría una conducta
que correspondiera a la de una persona con
una forma de pensar
generalizada.
Al abrirse la puerta,
me encontré al magumagu de pie,
mirándome mientras
sonreía. Tenía pinta de intelectual, y aparte de
tener los ojos rojos
—a diferencia de los japoneses, que los tenemos
negros—, no era en
nada distinto a los terrícolas. Yo le devolví la
sonrisa y, nada más
dejar el equipaje en el suelo, le extendí los
brazos en diagonal e
inclinándolos hacia delante. Me habían
enseñado que, por lo
general, este método era el mejor para
demostrar a los
alienígenas con forma humanoide que uno no tiene
intenciones aviesas.
—Encantado, me llamo
Takemoto.
El magumagu se llevó
las manos a la espalda y me devolvió el
saludo inclinando la
cabeza.
—Encantado. Yo soy
Kerara.
El gesto de llevarse
las dos manos hacia atrás es una forma de
jurar sumisión al
otro. La emplean dos o tres tribus. Yo me apresuré
también a llevarme las
manos a la espalda.
En ese mismo instante,
Kerara, el magumagu, blandió un garrote
que tenía agarrado por
detrás y me arreó un golpe en la cabeza.
Me quedé ofuscado.
—¡Ay, ay, ay, ay, ay,
ay, ay!
Por momentos me
desplomé, pero, en parte por el cabreo que
había pillado, me
levanté de inmediato y le grité:
—Pero ¿qué haces?
Si el otro hubiera
sido un terrícola, le habría devuelto el golpe,
pero hice esfuerzos
sobrehumanos por controlarme y tan sólo lo
miré enfurecidamente.
Kerara se limitó a
sonreír.
—¡Menos mal! No te has
muerto, ¿eh?
Por un instante olvidé
el enfado y me quedé atónito. Mientras
procuraba averiguar
sus intenciones, me senté lentamente en una
silla.
—Has estado a punto de
matarme, ¿sabes?
—Si te matara, ¿de qué
serviría?
Kerara se puso a reír
y se sentó a la mesa frente a mí.
—Pero ¡hombre!, ¡te he
golpeado de forma que no te murieras!
De nuevo se adueño de
mí el enfado y, golpeando la mesa, grité:
—Lo que te pregunto
es: Entonces, ¿por qué me has golpeado?
Kerara volvió a
adquirir un semblante serio y se mostró algo
extrañado.
—Pero si ya te lo he
dicho, ¿no? No te he matado.
Me levanté indignado y
pegué un alarido:
—¿Te parecería bien
que te matara yo a ti?
—¿Por qué te pones
así?
Kerara se levantó con
aire perplejo y se me quedó mirando con
cara de total
sorpresa.
—El hecho de que no te
haya matado es fantástico, ¿no te
parece?
—¡Imbécil! —le grité
con todas mis fuerzas—. Eso será una
señal de buena
voluntad, ¿no?
—Tranquilízate.
Siéntate ahí. Enseguida te lo explico todo. —
Kerara me indicó la
silla y yo me senté.
—En Magumagu,
¿normalmente se golpea a otro para
saludarlo? —le
pregunté casi gimiendo mientras me tocaba el
chichón que me había
salido.
Kerara abrió los ojos
como platos.
—El golpear es lo de
menos. Ese saludo lo debe de haber en
cualquier mundo, ¿no?
Golpear duele, oye. —Se sacó un paquete
del bolsillo y me lo
ofreció.
—¿Fumas?
—Sí. O sea, que en
Magumagu también hay tabaco, ¿no? —Yo
alargué el brazo—.
Está bien, cogeré uno.
—Por supuesto que en
Magumagu hay tabaco. —Tras decir
esto, Kerara se guardó
el paquete—. Sin embargo, yo no fumo. —
Rompió el paquete y,
después de estrujar los cerca de diez
cigarrillos que
quedaban, lo tiró a la papelera.
Con la boca abierta,
Kerara empezó a hablar mientras soplaba
para despejar la mesa
de los restos de tabaco.
—En el punto en que
colisionan el sentido común con el mismo
sentido común nace una
nueva civilización, ¿no te parece? De la
mezcla mutua de las
diferentes costumbres se puede obtener una
nueva cultura. ¿Estás
de acuerdo?
Yo asentí con la
cabeza sin entender muy bien qué quería decir.
—Hasta ahí estoy de
acuerdo, sí.
De repente, Kerara
rompió a llorar.
—¿Qué necesidad hay de
reconocer eso? —me dijo con voz
turbada mientras me
miraba fijamente con lágrimas en los ojos—.
¿Qué necesidad tienes
de reconocerlo? Si fuera yo, pues vale,
pero…
Como no me esperaba
que se pusiera a llorar, me quedé un
tanto desconcertado.
—Parece que he dicho
algo malo, ¿no?
Kerara se levantó.
—No. Lo que has dicho
está bien. —Se puso a caminar por la
habitación mientras se
enjugaba las lágrimas, y, al mismo tiempo,
recogía del suelo el
garrote con el que me había atizado momentos
antes.
Yo me levanté del
asiento adoptando una postura de defensa, ya
que me temía lo peor.
—Eres un tipo
estupendo —dijo Kerara observándome fijamente.
Acto seguido se golpeó
a sí mismo en medio de la cabeza con todas
sus fuerzas, y se
desplomó.
Me acerqué corriendo
hacia él; estaba perdiendo el
conocimiento. «Me temo
que entender a este tipejo me va a llevar
mucho tiempo», pensé.
Lo levanté abrazándome a él y lo llevé hasta
la cama que había en
un rincón de la habitación.
Luego le quité el
garrote y, tras poner en marcha el incinerador,
lo tiré allí.
Desconozco por qué llevaba consigo ese palo, pero lo que
sí parecía claro es
que en Magumagu era un artículo de primera
necesidad y que, pura
y simplemente, se utilizaba para hacer daño.
Decidí que la cama que
se encontraba en el rincón contrario de
donde estaba tendido
Kerara sería la mía, y allí me tumbé. Me puse
a pensar en las
peculiaridades de los magumagus considerando las
palabras que había
cruzado con Kerara y las acciones que había
experimentado hasta
entonces. Pero, claro, no podía hacerme una
idea clara por mucho
que quisiera. Estaba muy confuso. Me di por
vencido y me levanté.
Sin que me hubiera dado cuenta, Kerara
también se había
incorporado y empezó a mirarme sentado en la
cama.
—Tengo hambre —me
dijo—. Prepara tú la cena.
Era la hora de cenar,
pero como había empleado esa forma tan
arrogante de
decírmelo, empecé a pensar si verdaderamente este
Kerara sería un
magumagu prototípico.
—No me da la gana. No
me gusta que me den órdenes, ¿sabes?
La cena te la haces
tú.
Kerara se levantó con
una sonrisa de alegría y se me acercó.
Además de sentirme
mal, tenía un poco de miedo, así que volví
a adoptar una postura
defensiva.
—Primero tú te haces
tu cena, ¿vale? Luego yo preparo la mía.
Primero uno hace la
suya y después el otro, ¿vale? De esta forma
conoceremos las
diferencias de la cultura gastronómica de cada
uno, ¿vale? O mejor
dicho, las diferencias de gustos, ¿vale?
Kerara se me iba acercando
cada vez más. Mientras, seguí
insistiendo con la
coletilla «¿vale?». Para entonces él había relajado
la boca y se le caía
la baba; además, se frotaba las manos de
alegría.
—¿De verdad quieres
que cocine yo primero?
—Sí, por favor —le
contesté.
Por un momento me
intranquilicé al seguir con la mirada su
figura dirigiéndose
alegremente a la cocina. ¿Qué pensará hacer
este tipo? Seguro que
me prepara algo que no soy capaz de comer.
Bueno, no pasa nada.
Si me cocina algo que no pueda comer, no
tengo más que hacerme
mi propia ración.
Kerara se puso a hacer
la cena tarareando una canción. Debía
de ser algún tema
popular en Magumagu, aunque era un poco
extraño. Se parecía
algo a You’d be so nice to come home to[9]; yo
diría que la había
fusilado.
Me pregunté cuál sería
el trabajo de este tipo en Magumagu. Si
le pedía que me dijera
su profesión, quizá tendría ocasión de
enterarme de su forma
de pensar.
Me fui justo hasta la
entrada de la cocina y desde la mampara le
pregunté:
—Oye, ¿tú a qué te
dedicas?
Kerara dejó de
canturrear.
—¿Me preguntas por mi
trabajo? Eso ya se me escapó antes.
—¿Cómo dices?
—Que se me escapó.
—¿Qué?
—Lo que me acabas de
preguntar. Mi trabajo, por supuesto.
Al parecer no había
entendido bien la pregunta.
—Bueno, y dime, ¿qué
tipo de educación escolar has recibido?
—Me cuestioné si no
sería algo insignificante, o incluso ridículo,
preguntar eso.
—Recibí una educación
bastante aceptable.
Por primera vez me
daba una respuesta algo coherente.
—¿Cuál es tu
especialidad?
—¿Especialidad? Fue
bastante larga, la verdad. Verás, hubo un
cambio en la
delimitación de las calles, ¿sabes? Una cosa
miserable. No podré
volver a encontrar un trabajo igual, era un
chollo. Aparte de ti y
de mí. Pero, es decir, especialidad, lo que se
dice especialidad… Ja,
ja, ja.
Yo no entendía ni una
sola palabra.
Desistí de seguir
conversando y me volví al centro de la
habitación. Me puse a
esperar sentado a la mesa. Kerara salió de la
cocina con dos platos
de comida. Esbozaba una risa burlona.
—¡Ya está!
—¡Anda, pero si parece
carne!
Me quedé mirando los
platos que Kerara había depositado en la
mesa y expresé mi
sorpresa.
—Desde que estoy en la
base no había visto nada de carne. La
habrás traído de
Magumagu, supongo.
—A los magumagus les
gusta la carne. A mí me gusta más que
mi propio ser. El
motivo es que yo también soy de carne. —Kerara
alineó el cuchillo y
el tenedor. Todos los cubiertos se asemejaban a
los de la Tierra, pero
estaban hechos de un material diferente, que
no parecía metal—. La
cuestión es que no como carne con las
personas que tienen
intereses comunes.
—Y eso, ¿qué
significa?
—Quiero decir que si
es contigo, sí que como carne. Venga,
comamos. —Kerara se
echó al coleto un trozo que tenía un aspecto
blandengue.
Eso me tranquilizó.
Corté un trozo de carne acompañado de un
montón de salsa
blancuzca, y me dispuse a metérmelo en la boca.
En ese instante,
Kerara se levantó. Rodeó la mesa con los ojos
brillantes y una
sonrisa burlona, se acercó a mí y, como si ladrara,
se puso a gritarme al
oído:
—Si te la comes, te va
en ello la vida. Le he echado veneno.
Por unos instantes me
quedé sin habla. Por fin, cuando terminé
de comprender el
significado de las palabras de Kerara, me puse a
golpear la mesa con el
cuchillo y el tenedor y me levanté.
—¡Mierda! Así que
querías envenenarme, ¿no?
—¿Por qué te enfadas?
—Kerara, sorprendido, abrió los ojos de
par en par y se me
quedó mirando fijamente—. Podrás imaginar que
no tenía intención de
asesinarte, supongo. Al fin y al cabo, te he
dicho que te había
puesto veneno.
Agarré a Kerara por el
pecho.
—Has echado veneno en
la comida. Eso al menos lo reconoces,
¿no?
Kerara apartó mi mano
y se puso a gritar como un histérico.
—¿Por qué tengo que
reconocer algo así? Si fueras tú,
todavía… —Y se puso a
llorar—. Ha sido un enorme malentendido.
—¿Un malentendido,
dices? —grité—. A partir de ahora ya ni
siquiera podré comer
nada. Puedes acabar conmigo en cualquier
momento.
Kerara me miró
intranquilo una vez que dejó de llorar.
—¿Así lo crees?
—¿Qué es lo que tengo
que creer? Me refiero a ti. Eres tú el que
ha estado a punto de
hacerme comer algo envenenado.
Kerara se frotó las
dos manos con aire alegre.
—Eso es, eso es. Y te
lo he dicho.
—Encima querrás que te
dé las gracias, ¿no? ¡Será imbécil! —
Me volví a sentar en
la silla con estupefacción—. ¿Por qué has
hecho algo así? Ahora
la comida se ha echado a perder.
—Nada de eso, en
absoluto se ha echado a perder. Si no
hubiera preparado la
comida, no habría podido echar el veneno.
—¡Anda! —solté
inclinándome hacia atrás—. O sea, lo que
quieres decir es que
has echado el veneno en la comida para
dejarme claro que
contenía veneno, y has hecho esta comida para
introducir el veneno.
¿Es eso?
Kerara pegó un salto.
—¡Por fin me has
entendido! —Empezó a brincar mientras me
sacudía las manos—.
¡Nosotros, amigos! ¡Nosotros, amigos!
Yo también me levanté
medio atraído por sus palabras, y los dos
nos pusimos a saltar
desesperadamente.
—¡Nosotros, amigos!
Por fin dejé de pegar
saltos como un tonto y aparté las manos de
Kerara.
—Espera un momento. Hay
algo que no me cuadra.
Kerara asintió con la
cabeza y se puso a pensar.
—Eso es. Tú todavía
eres un poco raro.
—¿Qué quieres decir?
Tú eres el raro. —En vista de que me
estaba volviendo loco,
volví a la cama y, una vez tumbado, me
agarré la cabeza.
Kerara se puso a mi
lado y me observó detenidamente.
—¿Te pasa algo?
—Me duele la cabeza.
—¡Vaya! —Kerara
asintió—. A mí no me duele. —De nuevo se
puso a canturrear la
cancioncilla de antes y empezó a dar vueltas
por la habitación.
Observé a Kerara por
el rabillo del ojo, presa de un cabreo
considerable que me
hacía sentir repugnancia por él. Me rodeaba
por la habitación
mirando hacia el suelo y con pinta de ir a soltar
algo.
—Tú me has tirado el
garrote al incinerador. —Kerara me miró y
ladeó la cabeza—. El
garrote se llama kareblatti.
—¿Se llama kareblatti?
—dije, intranquilo por momentos—. Debe
de ser un artículo de
primera necesidad entre los magumagus, ¿no?
—Por supuesto que sí.
—No hice bien. ¡Mira
que quemarlo! —A pesar de todo, Kerara
se tranquilizó.
—Ese pertrecho, ¿para
qué se utiliza? —le pregunté yo.
—Para golpear en la
cabeza.
Lo dejé por imposible.
—Así pues, ¿no hay
ningún instrumento que pueda calificarse de
primera necesidad?
Kerara fijó la mirada
en el suelo y dijo susurrando:
—Claro que aún queda
veneno.
Yo salté de repente.
—¿Pero es que todavía
tienes intención de usar el veneno? —
Me acerqué a Kerara y,
extendiendo la mano, le dije gimiendo—:
Venga, dame ese
veneno.
Kerara me miraba
fijamente y negó con la cabeza con cara triste.
—No. Eso que queda no
te lo puedo entregar. He oído decir que
los terrícolas, en
cuanto tienen veneno en la mano, se lo toman. Si
te lo doy, podría ser
horrible.
—Pero ¿qué estás
diciendo? ¿Cómo me voy a tomar yo el
veneno?
Esta vez, Kerara negó
con la cabeza con actitud firme.
—Está claro que al
principio me vas a decir eso, pero no te lo
puedo dar. Lo guardaré
yo.
Bajé el brazo que
había extendido y le dirigí una mirada hostil a
Kerara.
—Esto es el colmo. Que
lo vas a guardar tú, ¡vamos, hombre!
Seguro que tienes
pensado volver a ponerlo en la comida —dije
negando también con la
cabeza.
—No voy a hacer tal
cosa. A partir de ahora sólo prepararé mi
propia comida.
De repente me acordé
del hambre que tenía, así que me dispuse
a caminar en dirección
a la cocina.
—¡Vaya! ¿Así que
piensas hacerte otra comida?
En ese instante se me
acercó corriendo por la espalda, pegando
un grito que podríamos
calificar de entre un alarido y un bramido.
Me di la vuelta
asustado, y, entonces, Kerara se encaramó
violentamente a mi
pecho dándome patadas. Me desplomé.
—No vuelvas a decir
que vas a preparar la cena. —A Kerara se
le crisparon las
mejillas del enfado monumental que tenía, me
agarró por el cuello
agachado a mi lado como estaba y me sacudió
fuertemente—. Pero qué
falta de respeto. La cena de esta noche es
la que tenía el veneno
y que no has podido comer.
Yo le respondí con
otro alarido.
—Por eso voy a
prepararme algo comestible.
Kerara vociferó:
—Vamos a ver, ¿cuántas
veces tengo que repetírtelo para que
me entiendas? Si tú
preparas la cena, la que yo he hecho no sirve
para nada. ¿Para qué
crees que he echado ese veneno en la
comida? Espera hasta
el desayuno de mañana.
—¡Que no espero,
hombre! —Me solté de la mano de Kerara y
me puse de pie—. Tengo
hambre, y ya está.
—Sí, pero es que yo no
tengo hambre.
Pegué una fuerte
patada en el suelo.
—¡¡He dicho que me
preparo yo mismo la comida!!
Kerara me cortó el
paso poniéndose delante de mí cuando me
disponía a ir a la
cocina. Le temblaban los labios de ira. Se sacó del
bolsillo algo que
parecía una pequeña pistola de rayos.
—¡Vaya!, así que ahora
sacas un arma de fuego, ¿eh? —dije
paralizado de miedo.
—¡Anda! O sea, que
esto parece un arma de fuego —asintió
Kerara—. Perfecto.
Cualquiera que vea esto creerá que es un arma
de fuego. Quizá
también te lo parezca a ti. Pero no puedo
engañarte. En
realidad, esto es un arma de fuego.
—¡Venga, hombre!
¡Déjate de bromas! —chillé a todo meter—.
Tú lo que quieres es
que yo no coma, ¿verdad?
—Lo que yo tenga
intención de hacer no viene al caso. El
problema eres tú.
—¡Por supuesto que el
problema soy yo! ¡Me muero de hambre!
—Y yo no.
Me cansé de discutir.
Me dirigí tambaleante a la cama y allí me
senté, derrengado. Al
parecer, no me quedaba más remedio que
aguantar el hambre
hasta la mañana siguiente. Pensé que si de
todos modos no lo
podía soportar, me levantaría mientras aquel
magumagu enloquecido
estuviera durmiendo y entonces me
prepararía algo.
Kerara se llegó hasta
la mesa y se me quedó mirando fijamente.
—¿No duermes o qué?
Como no sabía qué me
podía hacer, era incapaz de conciliar el
sueño.
—Si tú duermes, yo
también. Si tú no duermes, yo tampoco.
—Entonces, no hagas
ninguna de las dos cosas —dijo Kerara—.
Ahora voy a comerme
esto. —Y se puso a engullir lo que se había
preparado para él, que
no contenía veneno.
Fuera de mis casillas
y en un arrebato de cólera, le dije con
cierto retintín:
—¿No decías que no
tenías hambre?
—Cuando tengo hambre,
intento no comer —dijo Kerara
mientras seguía
comiendo.
Le di la espalda a
Kerara. Me disponía a pensar apuntando la
nariz hacia las
paredes del domo cuando, quizá por el hambre que
tenía, empecé a sentir
un poco de frío. Me volví a levantar y deshice
el equipaje en busca
de una manta. Pero en el equipaje que me
habían preparado en la
Tierra no había ninguna.
—¿Por casualidad
tienes alguna manta? —le pregunté a Kerara.
—¿De qué tipo? —dijo
él—. ¿Una manta para dormir o para
levantarse?
Como me contestó con
el semblante serio, pensé que no me
estaba tomando el
pelo, así que le expliqué:
—Las mantas de la
Tierra sirven para las dos cosas.
—¡Ah, bueno! Si es
así… —contestó Kerara asintiendo con la
cabeza— no tengo
ninguna.
Me dieron ganas de
responderle: «Si no tienes ninguna, ¿para
qué me preguntas?».
Pero si me ponía a discutir de nuevo, el
desconcierto estaba
asegurado. La temperatura de la habitación
donde estábamos era
bastante baja para los terrícolas, y bastante
alta para los
magumagus. Como la habían regulado desde fuera del
domo, no me quedó otra
solución que ponerme dos prendas de
ropa; después volví a
acostarme.
Yo no soy muy dado a
pensar, así que me encontraba en una
situación
comprometida. Nada menos que descubrir los principios
que regían la forma de
pensar de un representante magumagu
como Kerara. No era
cosa de risa. Para las personas a quienes no
se les da muy bien
pensar, es difícil entender la forma de pensar de
un alienígena. Aun
así, me vi empujado a hacerlo y, al no tener más
remedio, me puse a
pensar.
Kerara me había
golpeado con todas sus fuerzas y había puesto
veneno en mi comida,
y, en ambos casos, había estado a punto de
matarme, pero a lo
mejor los magumagus eran una tribu que sentía
placer jugando con la
muerte. Desconocía si habían establecido de
verdad un dualismo;
los terrícolas, por ejemplo, tenemos, dos
grandes impulsos
representados en Eros y Tánatos. Según esto, la
pulsión de vida es
tanto de amor como de hambre, y se manifiesta
abiertamente. Sin
embargo, la pulsión de muerte permanece oculta
inconscientemente, y
sólo muy de tarde en tarde aflora con ímpetu.
Por el contrario,
quizá los magumagus tuvieran tendencia a
regocijarse cuando se
desencadena un impulso hacia la muerte del
interlocutor. Por
consiguiente, en su caso debía de suceder lo
opuesto: el mostrar
que vas a matar a tu interlocutor sería una forma
de cortesía, y puede
que el mejor modo de hacerle feliz.
De no ser así, no
lograba encontrar una lógica a las acciones de
Kerara. En cualquier
caso, sólo había un método para probar si
estaba en lo cierto o
no: intentar asesinar al propio Kerara.
Fingí estar dormido,
me di la vuelta en la cama y, al entreabrir los
ojos, atisbé que
Kerara había acabado de cenar y estaba llevando
los platos a la
cocina. Pensé si tendría alguna arma mortífera, y
llegué a la conclusión
de que en la cocina no habría ninguna, aparte
de los cuchillos. Lo
que si tenía era la pistola de rayos. Si mi ataque
no era el apropiado,
recibiría un contraataque y él acabaría
disparándome. Kerara
llevaba la pistola metida en la chaqueta, y no
se la quitó hasta que
se metió en la cama. Tenía que sorprenderlo
durmiendo.
Dos horas después,
tras haber comprobado por su respiración
que estaba dormido, me
incorporé, salí de la cama y me metí en la
cocina para coger unos
cuchillos. Al volver a la oscura habitación,
iluminada tan sólo por
una lamparilla de noche, Kerara estaba en su
cama tumbado de
espaldas y, tal vez por el calor, desnudo de
cintura para arriba.
—¡Allá voooy! —Blandí
el cuchillo con la mano torcida y la punta
hacia abajo y me
abalancé contra la cama de Kerara gritando cosas
sin sentido.
Él se despertó, me
miró con ojos soñolientos y, al parecer, se
asustó porque pegó un
grito y se cayó rodando de la cama. Adrede,
contuve la respiración
un instante para después clavar el cuchillo
repantigado sobre la
cama.
Kerara, impaciente, se
dispuso a sacar el arma del bolsillo de la
chaqueta. Profirió un
grito mezclado con un alarido.
—Pero ¿por qué me
quieres matar?
—¡Ah! Te has asustado,
¿eh? —Asentí con la cabeza mientras
sonreía burlonamente—.
Era de mentirijillas. No tenía intención de
matarte.
Una vez iluminada la
estancia, Kerara se plantó delante de mí y
me miró a la cara con
un semblante de completa perplejidad.
—¿Por qué has hecho
esa estupidez? —me dijo blandiendo la
pistola.
Yo me puse un poco
nervioso.
—¡Hombre! Pensé que te
gustaría estar al borde de la muerte.
Kerara se me quedó
mirando con aire de compasión.
—No hay nadie a quien
le guste que lo asesinen. ¿O es que tú
crees que sí lo hay?
Puse mala cara.
—Pero tú has estado a
punto de matarme, y en dos ocasiones,
¿o no?
—Por supuesto que sí.
Pero lo que yo te estoy preguntando
ahora es por qué has
hecho una cosa así.
—Pues eso mismo digo
yo… —afirmé desconcertado—. Lo he
hecho por la misma
razón que tú.
—¡Ah! ¿Acaso sabes el
motivo por el que yo lo he hecho?
—Bueno, no. Sólo me lo
imagino.
—Tú me estás tomando
el pelo, ¿no? —dijo inclinando hacia
arriba la boca del
arma. Le temblaban los labios de rabia por el
enfado que tenía—. Y
¿se puede saber qué te has imaginado?
—Espera, espera un
poco. Ahora te lo…, te lo digo —dije,
perdiendo la
serenidad. Para tranquilizarme me senté en la silla.
Kerara seguía
apuntándome. Estaba frente a mí con la mesa de
por medio.
Intenté darle una
explicación.
—No sé por dónde
empezar.
—En ese caso, cállate.
—Espera, no, espera,
por favor. Estoy pensando en cómo
decírtelo. En
definitiva, es esto: pensaba en vuestra estructura
mental.
—La estructura mental
no es algo en lo que se piense. La
estructura mental es
la que produce las ideas.
—Intentaba imaginar
cómo sería vuestra psicología.
—¡Mentira! —gritó
Kerara—. Puesto que me tenías delante, era
suficiente con que me
lo preguntaras. ¿Por qué no haces lo que
puedes hacer?
—Me imaginaba que no
lo entenderías aunque te lo preguntara.
Te lo ruego, escucha
en silencio, hasta el final, lo que tengo que
decirte. Es decir, dos
impulsos opuestos que llevan al ser humano
hacia Eros y Tánatos…
—Empapado en sudor, le estuve explicando
mi teoría durante
cerca de una hora—. Seguro que ahora sí lo
habrás entendido, ¿no?
—Sí, lo he entendido.
Todo excepto de qué estabas hablando.
Abrí la boca de par en
par y a punto estuve de ponerme a gritar
entre sollozos. Pero
antes de que pudiera salir de mi garganta el
primer aullido, Kerara
me disparó un rayo rojo con la pistola que
llevaba, y el rayo se
introdujo en mi boca.
Kerara sonrió
irónicamente.
—Es la especia más
fuerte que tenemos en Magumagu.
Me fui a la cocina
rodando por el suelo. Allí me bebí tres litros de
agua y volví a la
habitación agonizando por el dolor y el picor.
—A partir de ahora, ya
no habrá más avisos. Sólo te golpearé
una vez.
A Kerara se le borró
la sonrisa y volvió a torcer el gesto.
—Tú te enfadas
automáticamente cada vez que hago algo malo.
¿Por qué?
Me quedé patidifuso.
—¿O sea, que haces las
cosas aun a sabiendas de que están
mal hechas?
Como era de esperar,
Kerara se limitó a asentir.
—Así es. Te voy a
hacer beber este aceite de mostaza picante,
que mata hasta al más
pintado. Esto es algo malo. ¿Crees que no
soy capaz de
distinguir entre el Bien y el Mal?
—Pero ¿por qué haces
cosas malas a propósito?
—Por regla general, el
ser humano, cuando hace cosas malas,
las hace a propósito.
Proferí un grito.
—No te estoy
preguntando eso.
—Entonces, ¿qué es lo
que me preguntas? Pregúntame lo que
quieras. Yo te
responderé sobre cualquier cosa que desconozcas.
Me hinqué de rodillas
en el suelo con todas mis fuerzas.
—No entiendo nada de
nada. —En ese momento se me saltaron
las lágrimas—. Ya no
comprendo absolutamente nada. Soy un
solemne idiota —dije
llorando a moco tendido—. No logro entender
ni una sola de
vuestras acciones.
—Siendo así, ¿no has
entendido ya una cosa? —dijo Kerara
hincándose también de
rodillas en el suelo, delante de mí—. Es muy
importante que hayas
entendido que no entiendes nada de nosotros.
—Gracias, muchas
gracias.
Kerara me levantó
mientras yo seguía sollozando y me condujo
en brazos hasta la
cama.
—No te preocupes. Nos
podemos llevar bien. Las primeras
generaciones no harán
más que pelearse por un quítame allá esas
pajas, y puede que
alguna sea aniquilada, pero, en fin, eso es algo
que pasa a menudo,
¿no?
Como estaba rendido,
me dormí en seguida.
Al día siguiente me
desperté temprano atormentado por el
hambre. Desde el día
anterior notaba la influencia de Kerara sobre
mí: por la cabeza me
rondaban raras expresiones al más puro estilo
Kerara, como que
«estaba lleno porque tenía mucha hambre».
Kerara seguía dormido.
Tambaleándome, entré en la cocina y me
preparé un sencillo
desayuno a base de sopa, café y tostadas.
Puse los platos en una
bandeja y, al regresar a la habitación, me
encontré a Kerara
sentado en su cama pensando en algo.
—¿Ya te has
despertado, eh? —le dije—. ¿Qué haces ahí?
—Como siempre, lo que
hago aquí es estar en apuros.
—Venga, que te echo
una mano —le dije hincando el diente a
una tostada.
Como ya era habitual,
Kerara me dirigió una mirada hostil.
—Te has topado con un
tipo malo de verdad, ¿eh? Si rompieras
con él, más bien sería
yo quien te echara una mano.
Lo miré con ojos de
asombro.
—Oye, ¿quién es ese
«tipo malo»?
—Tú mismo —me gritó
Kerara al oído tras acercárseme
corriendo—. Tú me has
robado una cosa.
Se me atragantó el
café y me puse a toser.
—¿Qué te he robado yo?
A Kerara se le crispó
la nariz por el olor del café.
—Pequeños placeres,
¿eh? Éste es el olor de los pequeños
placeres que uno
quiere robar.
—Esos pequeños
placeres no se encuentran en la Tierra. Esto
se llama «café» —dije
incorporándome—. Y deja de tratarme de
ladrón.
—Te voy a echar una
mano para comprobar si eres o no un
ladrón. En primer
lugar, ¿sabes qué me han robado?
—Ni idea.
—Pues es fácil de
saber. Estás a punto de conocer el valor de lo
que me han robado.
Seguí desayunando sin
prestar atención a los disparates que me
decía Kerara.
—Si tienes dudas,
puedes volcar mi equipaje y comprobarlo.
—Estoy seguro de que
no está ahí —dijo Kerara situándose
frente a mí. Se llegó
a la mesa y me miró fijamente—. Esta noche he
tenido un sueño, pero
no era de los que yo suelo tener. Yo no me
veía en el sueño.
Le devolví la mirada.
—O sea, que lo que te
han robado ¿era un sueño?
—Has intercambiado tu
sueño por el mío.
—¿Tú puedes hacer eso?
—le espeté—. ¡No digas disparates!
—Conque disparates
¿eh? ¿Me puedes decir, entonces, qué
soñaste anoche?
—Tenía que ver con una
extraña mujer.
—Bueno, quizá sea esa
mujer la que me ha robado —dijo Kerara
—. Y esa mujer,
¿adónde iba?
—¿Que adónde iba? Eso
es algo que no tengo el menor interés
en saber —le dije
gritando—. Esa mujer no era de mi agrado.
—No quiero que me
cuentes el peregrinar de esa mujer en tu
pasado.
—¿Quién has dicho que
habla? En resumidas cuentas, ¿qué
quieres saber?
—¿Qué pasa una vez que
te lo diga?
—¡Y yo qué sé!
—Pregúntame lo que no
sepas. Yo te enseñaré cualquier cosa.
Proferí un grito y me
incorporé. Por muy diferentes que fueran
dos razas, la
conversación entre colegas humanoides con vida
intelectual no tenía
por qué llegar a esos niveles de desencuentro.
Aquí había una
discrepancia intencionada. Estaba convencido de
ello.
—Estoy seguro de que
se trata de uno de esos programas de
cámara oculta —dije
para mí, mientras buscaba dónde estaba
escondida la cámara—.
Eso es, todos se han confabulado para
gastarme una broma. El
director general también debe de estar
conchabado. Y, claro,
tú no eres un magumagu ni nada que se le
parezca. No eres más
que un cómico terrícola de poca monta. Te
has puesto unas
lentillas rojas. En estos momentos, estarán
viéndome por la tele
desde la Tierra y se estarán burlando de mí.
Kerara me observaba
con estupor. Me preguntó ladeando la
cabeza:
—¿Qué estás buscando?
—La cámara oculta
—respondí volviendo la cabeza hacia Kerara
—. ¡Ah, claro! Aunque
no encuentre la cámara, basta con
comprobar si tus ojos
rojos son de verdad o no. —Saqué una
linterna y me acerqué
a Kerara.
—¿Qué haces?
—¡Estáte quietecito!
—Me quedé observando a Kerara mientras
apuntaba la luz a sus
pupilas.
Las pupilas rojas eran
de verdad. No sabía cómo reaccionar.
—¿No serás un cómico
albino?
—¿Qué es eso de la
«cámara oculta»? —me preguntó Kerara.
Se mirase por donde se
mirase, aquello no parecía ser una
comedia, en absoluto.
Bien pensado, el
director general, con ese aire tan serio, no tenía
ninguna necesidad de
participar en un programa de televisión tan
bromista. En fin, que
no tuve más remedio que explicarle a Kerara lo
que era la «cámara
oculta».
—Verás…, es un
programa televisivo en el que se crea una
situación para tomarle
el pelo a alguien, y que la gente se divierta
viendo cómo reacciona
el tipo. Por ejemplo, alguien entra en un
restaurante (es un
lugar donde se come). Una vez dentro, el cliente
pide, por ejemplo, un
filete (ya sabes, carne asada). Sin embargo, el
camarero le trae yakisoba[10].
Tras decir que no había pedido eso, a
la siguiente vez el
camarero le lleva arroz con curri.
Kerara se me quedó
mirando y me preguntó:
—Y eso… ¿qué gracia
tiene?
—Pues, hombre, que
sólo le llevan platos de comida que él no
ha pedido.
—Pero eso es lo normal
—dijo Kerara—. Si yo fuera el camarero,
haría lo mismo.
Le respondí con otra
pregunta:
—En los restaurantes
de Magumagu, ¿te sirven la comida que
no has pedido?
—Pero ¿no me estabas
hablando ahora de los restaurantes de la
Tierra?
—No, no. Estoy
hablando de un programa de televisión que hay
en la Tierra. Seguro
que en Magumagu habrá algo comparable a la
televisión, ¿no? Pues
en esa televisión me imagino que saldrá
alguna vez un
establecimiento de comidas…
—Pero si eso ya se ha
llevado a la pantalla, entonces, no es un
restaurante de verdad.
—Sí, hombre, por
supuesto, pero…
—En ese caso no hay
por qué sorprenderse por lo que va a
pasar. No son más que
imágenes… Aunque se sorprenda uno al ver
esas imágenes, no es
una sorpresa de verdad. La sorpresa que
sorprende basándose en
intenciones destinadas a sorprender no es
una sorpresa de verdad
y, puesto que una gran parte de las
sorpresas que nos
depara la vida son de ese tipo, en ese caso no se
trataría de algo sorpresivo,
sino más bien de algo que está llamado
a ponernos en
aprietos. ¿Que por qué nos pone en aprietos? Pues
porque en la vida la
mayoría de cosas nos ponen en aprietos por las
sorpresas que no son
sorpresas. Según esta forma de pensar, la
vida es un fastidio, y
esos dobles aprietos que pasamos, lo que se
denomina «conducta
vital en aprietos», coincide, por casualidad,
con los triples
aprietos del objetivo vital.
Yo pensaba que él
estaba hablando de cosas esenciales, pero,
mientras escuchaba con
toda la atención del mundo, de repente, sin
más ni más, interrumpí
a Kerara.
—Te has saltado algo.
Kerara negó con la
cabeza.
—No me he saltado
nada. Los apuros se convierten en dobles
apuros y después en
triples apuros, estoy hablando en el orden
correcto. Si acaso, el
salto al que te refieres estará precisamente en
las expresiones «te
has saltado algo», «no es una broma», «no
tiene sentido»,
etcétera.
De repente, Kerara se
incorporó. Sus ojos rojos se abrieron tanto
que parecía que se le
fuesen a salir de las órbitas, y, acto seguido,
dijo a voz en cuello:
—¿Por qué has
interrumpido mi exposición diciendo que «me
había saltado algo»?
Me disculpé de
inmediato:
—Te pido disculpas. Te
escucharé en silencio.
—No, no. Me da lo
mismo si me escuchas en silencio o no. De
hecho, yo no puedo
hablar si estoy callado. —Kerara permaneció un
rato callado,
mirándome fijamente—. ¿Me oyes?
Me puse en pie de un
salto.
—No oigo nada.
—Por supuesto. Todavía
no he dicho nada.
Me enjugué el sudor.
—¡Con razón no
escuchaba nada!
Kerara suspiró
profundamente y se puso a caminar por las
inmediaciones.
—¡Claro claro! Como
pensabas eso, yo también estaba callado.
Sin querer se me
escapó un chillido.
—Pero ¿es que piensas
seguir con esas bobadas durante toda
la semana?
El caso es que esos siete
días transcurrieron al borde de la
locura. Fue una semana
en la que se puede decir que fue un
milagro que no
enloqueciera. Las palabras y las acciones de Kerara
traspasaban los
límites del sentido común, aunque tampoco puedo
decir que siempre
fuera así del todo. Por extraño que parezca,
cuando pensaba que él
estaba poniendo a prueba mi intelecto, de
repente me salía con
algo literario. En algunas ocasiones no hacía
más que asustarme, y
me daba mucha rabia, pero otras veces,
cuando a mí me daba
por tener una conducta desprovista de sentido
común, él se volvía
sumamente sensato y me preguntaba por qué
hacía esas tonterías,
y entonces yo sentía asco hacia mí mismo. En
diecisiete ocasiones
estuvimos a punto de emprenderla a golpes;
Kerara estuvo cuatro veces
al borde del suicidio; yo lloré veintiséis
veces; y los dos o
tres últimos días, tanto él como yo estuvimos
próximos a la
incontinencia emocional: se sucedían las risas y los
llantos.
El último día vino a
buscarnos la nave, y después de que Kerara
se hubiera marchado a
Magumagu, yo también regresé a mi base
en el vehículo
hermético que conducía Sancho. Como no estaba en
condiciones de
informar al director general sobre el resultado de
nuestra convivencia,
me dirigí a mi habitación y me desplomé en la
cama.
El jefe me llamó al
día siguiente, así que no tuve más remedio
que ir a informarle.
—¿Por qué no has
venido antes? —me preguntó, mirando para
otro lado con cara de
malas pulgas.
—Es que no sabía cómo
informar del tema —le respondí—.
Necesitaba tiempo para
pensar.
—Lo que tienes que
hacer es informar, no pensar —me dijo él—.
Mientras estabas
durmiendo, nos hemos comprometido a iniciar las
relaciones
diplomáticas entre Magumagu y la Tierra.
—¿Perdón? —dije a la
vez que me inclinaba hacia atrás—. ¿Sin
esperar mi informe?
—La parte terrícola ha
juzgado que era suficiente con el informe
del representante de
Magumagu.
Me estremecí pensando
en el follón que se podía montar.
—Kerara, esto…, bueno,
el representante de Magumagu, ¿qué
tipo de informe
presentó?
—Que los terrícolas
somos una raza buena y que el trato con
nosotros es muy fácil;
que tenemos sentido común y, en ocasiones,
mostramos incluso
inteligencia, a pesar de lo cual mantenemos un
equilibrio afectivo;
que es evidente que el trato con nosotros está
llamado al éxito.
—¡Ah! ¿Eso dijo? —gemí
yo—. ¡Y en la Tierra, claro, se han
fiado de eso!
—No hay ningún motivo
para no creerlo —dijo el director
mirándome fijamente—.
Aunque tú tengas un informe
diametralmente
opuesto, me fío más del que ha hecho el
magumagu.
—Pues no sé qué pasará
—dije mosqueado—. Si el culto a los
alienígenas resulta
ser un chasco, se puede liar una buena. Está
claro que el revuelo
será de órdago. Pero, en fin, yo no sé nada.
Pues sí. Al fin y al
cabo, no es justo, habiendo sido el único que ha
estado con él. Por mí,
como si todos los terrícolas se vuelven medio
tarumbas. Que se
vuelvan locos. A mí, plin. Je. Je, je. Je, je, je. Je,
je, je, je, je, je.
—¡Tranquilízate y
vuelve a tu cuarto! —me gritó—. Una vez que
te hayas calmado, me
escribes el informe. Es un trabajo, así que a
ver si te esmeras.
—Sí, señor, por
supuesto —contesté irónico, en la medida de lo
posible—. Lo escribiré
todo detalladamente, de pe a pa. Eso es. No
es algo que se pueda
olvidar fácilmente, por mucho que se quiera.
Ésa es la verdad.
Al quinto día frente a
la pantalla del ordenador, en mi habitación,
ya había roto
trescientas hojas. Sólo me quedaban cien folios por
escribir.
De repente, se
presentó el director:
—¿Por qué no has
venido antes a informarme?
Le había cambiado el
color de la cara. «¡Vaya, el que faltaba!»,
pensé, y me reí
disimuladamente para mis adentros. Seguro que los
de la Tierra habrían
dicho algo.
—Parece que por fin ha
entendido el motivo por el cual antes le
dije que no sabía cómo
informar correctamente. ¿Qué han dicho en
la Tierra?
El director empezó a
hablar, al tiempo que daba vueltas por la
habitación.
—Se ha formado una
buena. Ha llegado a la Tierra un grupo de
magumagus. El jefe de
la delegación pronunció un discurso ante la
Asamblea, y, como
consecuencia, cuatro diputados terrícolas se
volvieron locos. En
cuanto terminó su discurso, el jefe de la
delegación se suicidó
en la tribuna tomando una dosis de veneno.
Cerca de trescientos
miembros de la misión empezaron a armarla y
a ponerlo todo patas
arriba. Se trasladaron hasta una escuela
primaria, donde
obligaron a los niños a ponerse sobre la tarima. Les
dieron una clase
incoherente que casi los hizo enloquecer; lanzaron
una cama desde la
habitación de un hotel y se fueron a la recepción
protestando
enérgicamente porque no volaba; en un restaurante
soltaron cerca de diez
mil moscas; en el interior de un museo
hicieron una hoguera;
se durmieron en medio del tráfico; en un zoo
suministraron a todos
los animales dosis de LSD; se llevaron sin
pagar todo lo que
había en una joyería; se subieron a un tren y
durante el recorrido
partieron el vagón en dos; fueron por ahí
inyectando a las
mujeres aceite de chile picante por el culo;
metieron una serpiente
de mar en una piscina; quemaron cortinas;
lanzaron platos;
masacraron a perros; desparramaron dinero a
diestro y siniestro;
y, para colmo de males, el comportamiento de
estos magumagus
influyó en los jóvenes terrícolas, que empezaron
a imitarlos y lo
pusieron todo patas arriba. Si me hubieras informado
a tiempo de todos
estos disparates de los magumagus, nada de
esto hubiera sucedido.
¿Qué piensas hacer?
—Pero usted, señor
director, no tiene ninguna responsabilidad al
respecto. Fue cosa de
los de la Tierra, que, así, sin más, decidieron
iniciar las relaciones
diplomáticas sin esperar a mi informe. ¿O es
que acaso les dijo
usted que mi informe no servía para nada?
El director se quedó
sin palabras, me echó una ojeada
despectiva por el
rabillo del ojo y se sonó las narices.
—Está bien. De todos
modos, termina cuanto antes ese informe.
En la base hay
montones de cosas que hacer.
El director salió de
la habitación con cara de malas pulgas, y yo
me volví a centrar en
la redacción del informe.
Al final, mi escrito
llegó a la sede, en la Tierra, donde no ayudó
en nada a arreglar la
situación. Lo único positivo fue que una copia
del informe llegó, a
través de una ruta que desconozco, a seres del
exterior y, por
casualidad, fue traducido al idioma magumagu. Por
otro lado, en la sede
de Magumagu salió un libro que, al parecer,
tuvo muy buenas
críticas entre los magumagus, y que, según dicen,
hasta se convirtió en
un best seller.
Desconozco qué querían decir,
pero parece que ponía
que «el informe describe muy bien a los
humanos».



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