MARIO LEVRERO-NUESTRO IGLÚ EN EL ÁRTICO
NUESTRO IGLÚ EN EL ÁRTICO
A Elvio E. Gandolfo
Apagué
el cigarrillo en el cenicero y cerré el libro que
estaba leyendo.
Mientras
iba por el corredor pensaba que me gustaría respirar un
poco de aire
puro.
Entré
al dormitorio de mi esposa (Elga) y la llamé por su
nombre. Algo
brillaba
en la penumbra.
Al no
obtener respuesta encendí la luz; a excepción
de la cama, la pieza
estaba
vacía;
sobre la cama, extendidas, había distintas ropas íntimas,
de
nailon,
dispuestas (el baby-doll
transparente, la bombacha negra, el sostén
blanco
a lunares verdes) de tal forma sobre el rojo acolchado que parecían
contener
el cuerpo de una mujer; la ilusión de un ser
invisible allí
tendido
hizo
que me acercara y tocara las ropas, para concluir que estaban vacías.
El
nailon
me produjo una sensación áspera y eléctrica
en la yema de los dedos.
Atrajo
mi curiosidad una puerta entornada que había estado
oculta, sin
duda
por ese enorme ropero de mi esposa. La abrí por
completo; al oír
un
ruido
familiar encendí
la luz y vi que estaba dentro de un lujoso cuarto de
baño,
cubierto de espejos; la canilla abierta dejaba correr un hilo de agua en la
bañera;
el tapón
no estaba puesto y el agua se iba.
El
espejo colocado sobre el lavatorio estaba dividido en tres secciones, y
una de
ellas, la del medio, tenía una perilla; me observé
en el espejo y luego
tiré
de la perilla, y mi imagen giró sobre unas bisagras; detrás
había
un placar,
lleno
de objetos de colores.
Cerré
el placar y traté de cerrar la canilla del baño;
se había
atascado.
Luego
apagué
la luz y cerré
la puerta, pero la cerradura no trabajaba bien y
volvió
a quedar entornada; crucé el dormitorio, apagué
la luz y continué por
el
corredor. Llamé
a Elga en voz alta, sin obtener otra respuesta que el tañido
de la
campana del antiquísimo reloj, ubicado al final del pasillo
sobre una
repisa
muy alta; nunca llega luz a ese lugar, jamás podemos ver
la hora;
podemos
en cambio escuchar las campanadas, aunque indican la hora de una
manera
compleja y no siempre uno alcanza a comprender ese lenguaje.
El baño
que suelo utilizar se halla en la mitad del corredor; golpeé
la
puerta
sin que nadie me respondiera y aunque dudase de que Elga se
encontrara
allí,
ya que lo utiliza sólo en raras ocasiones. Dentro, la luz
estaba
encendida
y la ducha dejaba correr agua caliente en forma vertical; había
vapor
en el cuarto, y una mujer me observaba por entre las gotas de la lluvia.
Pensé
que se trataba de mi esposa; ella cubrió rápidamente
el pubis con la
mano
izquierda, y cruzó el brazo derecho por encima de sus
pechos enormes,
sin
llegar a cubrirlos; el derecho asomó y se volcó
por sobre el codo, el oscuro
pezón
del izquierdo se abrió camino entre los dedos de la mano
derecha.
—Te
vas a mojar los zapatos —dijo; no la conocía—. El jabón —exclamó
luego,
mirando hacia el piso, y me agaché a recogerlo;
el agua de la ducha me
mojó
el hombro izquierdo y parte de la cabeza. Al enderezarme, el zapato
derecho
resbaló
en el piso y debí abrazar la cintura de la mujer para no
caerme;
le entregué
el jabón,
pero seguí
rodeándola
con el brazo izquierdo y
luego
con los dos; la atraje hacia mí y la besé en la boca.
—Puedes
retirarte —dijo, y algo en la voz me impulsaba a
obedecerle; sin
embargo,
intenté
un nuevo acercamiento, y ella comenzó a reírse
de mis ropas
mojadas;
le pregunté
quién
era, pero no dejó de reír, y ahora se
mostraba
impúdicamente,
se enjabonaba la espalda y las axilas; abrió al máximo
la
canilla
del agua caliente y se retiró un poco de la lluvia, y pronto el baño
todo
estuvo
lleno de vapor y ya no se podía ver ni respirar; tuve que salir.
Fui a
mi dormitorio. Se habían llevado los muebles; quedaba aún
el
ropero,
lo que, dentro de todo, me pareció afortunado.
Me desvestí
y me puse
ropa
interior seca que extraje de un estante; luego busqué
un traje. Al abrir la
puerta
central del ropero vi una masa de carne; se trataba de una pareja, un
hombre
y una mujer; ella estaba de espaldas sobre el piso, la cabeza apoyada
contra
la pared izquierda del mueble; el hombre sobre ella, las rodillas sobre
el
piso de chapa compensada, entre las piernas abiertas y recogidas de la
mujer;
se abrazaban, y sólo se apreciaba el movimiento de las
manos sobre
los
cuerpos; él
tenía
la cabeza enterrada entre el hombro izquierdo y la cabeza
de la
mujer. Ella abrió los ojos y miró
sin expresión;
se trataba, también, de
una
desconocida.
Descolgué
un traje y me puse el saco; la percha quedó vacía,
y
rápidamente
comprobé
que ya no quedaban más pantalones. Intenté,
entonces,
volverme
a poner los mojados, pero eran de una tela ordinaria y habían
encogido
notablemente; debí conformarme con el saco, y me cambié
de
calcetines.
Al
tirar de la parrilla de los zapatos, ubicada todo a lo largo por debajo del
ropero,
sentí
un crujido y noté que su piso estaba a punto de ceder bajo
el
peso
de la pareja; empujé apresuradamente la parrilla, no sin
antes extraer un
par de
zapatos, y quise cerrar luego la puerta central; pero volvió
a abrirse con
un
desagradable chirrido de bisagras, que molestó a la mujer,
y ella me miró
con
reproche.
—Váyase
de una vez —dijo, fastidiada. El hombre se movió
inquieto
encima
de ella, como despertando de un sueño. Intenté
cerrar de nuevo pero
los
cuerpos volvieron a empujar la puerta—. Pruebe con la
llave —dijo ella, y
le
hice caso; la puerta quedó, en efecto, cerrada, aunque su parte
inferior
tendía
a sobresalir, y tuve miedo de que se rompiera, o que saltaran las
bisagras.
Me
preocupaba no tener pantalones; pensé en el
criado, para que me
buscara
un par. Aún
tenía
deseos de salir.
La
habitación
contigua, por lo general vacía —y que utilizo
para evitar un
rodeo—, estaba ahora recargada de muebles y tapices; en el centro
había
una
gran
cama. No vi a nadie, aunque se destacaba una especie de mancha sobre
la
colcha; se trataba de una enorme tortuga. Escondió la gran
cabeza y las
patas
en el interior del caparazón; era entre castaño
y verdoso, y mirándolo
atentamente
podía
verse un extraño
dibujo, de líneas
de colores (entre los que
predominaba
el amarillo); el dibujo semejaba un mapa.
Quise
abrir uno de los roperos, pensando hallar un par de pantalones; las
puertas
no tenían
llave pero estaban hinchadas por la humedad, y dos de ellas
se
obstinaron en permanecer cerradas. Logré abrir la
tercera y pude ver que el
ropero
estaba vacío.
Oí
un ruido detrás;
era la tortuga, que había asomado la cabeza (una
cabeza
de pájaro
donde brillaban, como inconexos entre sí, dos ojos
fijos).
Tenía
una especie de pico de fulgores metálicos; lo
abrió
y cerró
varias veces,
y el
ruido era también
metálico,
y mandibular.
Uno de
los ojos era maligno, y el otro pasivo; comenzó a mover las
patas
en mi
dirección,
y tuve miedo, aunque imaginé que no le sería
posible bajarse
de la
cama. Sin embargo, siguió avanzando y el cuerpo quedó
en equilibrio
sobre
el filo del respaldo delantero, la mitad fuera de la cama; continuó,
empujándose
con las patas traseras (mientras las delanteras se movían,
al
mismo
tiempo, en el aire), y cayó seca y verticalmente sobre el piso con
ruido
de
gran nuez que se parte; el caparazón se separó
en dos mitades, y el cuerpo
desagradable
y arrugado del animal se enderezó sobre las
patas traseras y
siguió
avanzando hacia mí, ahora con mayor rapidez, libre de su
pesada carga.
Bloqueaba
el camino hacia la puerta, pero al retroceder choqué
contra
algo
metálico
que resultó
ser una puertita (similar a las de ciertas oficinas); la
tortuga
estaba ya muy próxima cuando pasé
al otro lado; quedé escuchando,
con el
corazón
palpitante, cómo
las mandíbulas
sonaban rítmicamente
en el
lugar
que ocupara mi cuerpo.
Sentí
frío
y luego humedad, y la rugosidad del piso me hizo pensar que
me
hallaba en la entrada de un sótano; me moví
con cuidado para no caer en
el
hueco de una posible escalera; mis manos buscaron en vano una llave de
luz a
lo largo de las paredes, que también eran
rugosas, y llegué a creer que
estaba
encerrado en un lugar sin salida. Más que nunca
anhelé
poder irme de
aquella
casa, y recordé
la pureza del aire en los verdes parques.
Me
separé
de la pared y comencé a gatear por el piso; la rugosidad me
molestaba
las rodillas y el polvo me ensuciaba las manos. Luego hallé
un
hueco;
con sumo cuidado me senté en el borde y tanteé
el vacío
con los pies,
tocando
unos escalones de madera. Comencé a bajar, de
frente a la escalera,
agarrándome
de sus travesaños
verticales y cuidando mucho al apoyar cada
pie.
Me
encontré
en un lugar de mayor humedad, y en seguida logré tocar
cosas
que presumiblemente estaban apoyadas contra las paredes; eran
damajuanas
en sus canastos. Rozando un trozo de pared libre, cerca de la
escalera,
hallé
una llave de luz y la encendí; efectivamente me encontraba en
un sótano
repleto de damajuanas apiladas contra las paredes.
Por
encima de una de estas pilas, un tanto menor que las demás,
se veía
una
ventanita con barrotes. Fui escalando con mucha dificultad la pila; a
veces
rodaba alguna damajuana, pero no llegué a caer;
cuando estuve en la
cima
me pareció
que aquello oscilaba, y me agarré de los
barrotes de la
ventanita;
luego, forzando los músculos de los brazos, me elevé
por unos
instantes
y logré
que mi cara estuviera a la altura de los barrotes: vi una
pradera
muy verde, que no imaginaba en las inmediaciones de casa; luego
pensé
que quizás
no fuera una pradera sino el fondo de alguna casa vecina,
que
quedaba oculta por razones de perspectiva. Cuando los músculos
se me
cansaron
descendí
suavemente por la pila de damajuanas; me resultó un poco
difícil
llegar con elegancia al piso.
Examiné
el resto del lugar, y vi que no había otra salida
que la misma
escalera
que había
usado para bajar; subí por ella, dejando la luz encendida, y
cuando
llegué
arriba vi que, además de la puertita metálica,
había
en otra
pared
una abertura en forma de arco, algo de escasa altura, tal vez medio
metro.
También
vi una llave de luz, que no había podido encontrar tanteando
las
paredes porque estaba ubicada un poco más arriba que
de costumbre;
encendí
esa luz, y de nuevo bajé la escalera y apagué
la luz del sótano.
Volví
a subir, y asomé
la cabeza por la arcada: aquello era un túnel
oscuro.
Apagué
la luz y me metí
por el túnel;
en una oportunidad una delgada
pero
resistente tela de araña me cruzó la cara y
quedó
pegada allí;
con una
mano
pude quitarme una parte de la tela pero quedaron algunos hilos y esto
me
mortificaba cuando seguí gateando.
Noté
que el túnel
se bifurcaba, y después de vacilar un instante seguí
camino
por la rama derecha; después volvió a bifurcarse
y elegí
la rama
izquierda.
Al fin, luego de un rato, vi una débil claridad
y pronto pude sacar la
cabeza
fuera del túnel.
A pocos centímetros
de mi nariz había
un caño
acodado
y oxidado, entre unas paredes pequeñas y húmedas;
me agaché
aún
más
para pasar por debajo del caño, y en ese momento advertí
que me
encontraba
en la cocina, bajo el fregadero, y que dos piernas bien formadas se
situaban
junto a mi cabeza; también escuché el ruido de
manipular platos.
Adelanté
la cabeza unos centímetros y forcé
los ojos hacia arriba, lo que
me
produjo un dolor especial en la vista; antes de volverlos a su posición
inicial
alcancé
a ver una prenda negra y la parte inferior de un largo collar de
perlas
que rozaba un ombligo.
Forcé
nuevamente la vista pero no alcancé a averiguar
si realmente se
trataba
de María,
la cocinera; podía ser ella, aunque nunca antes había
reparado
en la belleza de su cuerpo. Porque resultaba más cómodo
me
dediqué
a mirarle las rodillas; después de un rato no pude contenerme y las
besé;
la mujer dejó
escapar un chillido agudo y se rompieron algunos platos;
saltó
hacia atrás,
golpeándose
la espalda contra un armario verde y llevándose
la
mano al pecho.
—¡Qué
susto me diste! —exclamó, y tuve una
sonrisa—. Pensé que eras
una
rata, o quizás
un oso —agregó; no era María,
pero tenía
los ojos verdes,
igual
que María.
—¿Dónde
está
María?
—pregunté, y ella se
acercó
y se colocó
junto a mí,
en
cuclillas, bajo la pileta. Tenía una sonrisa amplia; observó
que yo miraba
entre
sus piernas, las que forzosamente debía mantener
separadas, para no
caer,
y noté
el vello a través
de una cierta transparencia de la tela; ella, riendo
aún,
se tomó
del caño
oxidado para permanecer en la misma posición, y juntó
las
piernas. Estiré
una mano para acariciarlas, y las mantuvo apretadas.
—También
pensé
que eras un murciélago —dijo—, o un chimpancé o un
pulpo.
Hice
girar mi cuerpo, con dificultad, y logré apoyar la
cabeza en su
regazo;
me acarició
los cabellos con una mano que soltó del caño.
—Antes
—dijo— había
una cortina floreada que tapaba este hueco bajo la
pileta;
si ahora estuviese, podríamos quedarnos a vivir aquí;
pero María
puede
venir
en cualquier momento —tiró de mi brazo,
para sacarme de allí.
—¿Dónde
está
María?
—insistí, y ella respondió
que había
renunciado
(pensé
que mentía).
—Pronto
llegarán
los invitados —dijo, y cuando estuvimos de pie,
tomándola
de la cintura la llevé al rincón formado por
una de las paredes y el
armario
verde; pero no cabíamos los dos en ese hueco, y ella me
empujó
hacia
el
centro de la cocina.
—¿Qué
has hecho con tus pantalones? —me preguntó,
y dejó
escapar una
carcajada.
Me di cuenta de que hacía el ridículo con el
saco puesto y sin
pantalones,
así
que me quité
el saco.
—María
está
por venir, María
está
por venir —canturreó la mujer, y
tomó
el
saco y se lo puso al revés, y pidió que le
abrochara los botones, a la
espalda.
Comencé
a abrocharlos, pero la espalda me tentó y la besé,
y luego le
desprendí
el broche del sostén (negro) y pasé
los brazos por debajo de sus
axilas
y le busqué
los pechos—. No —dijo, apartándose—. Vamos. —Me
tomó
de la mano y se adelantó con sigilo; cruzamos la sala en puntas
de pie
(aunque
ella estaba descalza) y comenzamos a subir la escalera hacia el piso
superior.
Ella iba adelante y yo veía sus nalgas a través
de la transparencia de
la
prenda; estiré
los brazos, pero se movía con mucha rapidez y mis manos
nunca
llegaron a alcanzarla.
—Aquí
debemos separarnos —dijo, parándose
junto a una puerta del piso
superior
y apoyando la mano izquierda en el pomo—. Debo bañarme
y
vestirme
de inmediato, porque la fiesta va a comenzar. Hasta luego.
—Un
momento. —La detuve, tomándola de un
brazo, cuando iba a cerrar
la
puerta—. No podemos separarnos así.
—Empujé hacia adentro, pero ella se
mantenía
firme—. Déjame entrar.
—No
—respondió—.
Tengo que bañarme
y que vestirme, y que pintarme
los
ojos y las cejas, y que ponerme carmín en los
labios, y antisudoral en las
axilas,
y perfume en los cabellos y detrás de las
orejas.
—Yo
puedo ayudarte —le dije—. Se
sabe que hay un punto en la espalda,
el
cual nadie, nunca, puede alcanzar por esfuerzo propio; yo te pasaré
por allí
la
esponja enjabonada, y luego te ayudaré con las
cintas del corsé
y los cierres
metálicos
del vestido de seda, y pintaré tus uñas y empolvaré
con precisión
tus
mejillas.
—No
—dijo—. En realidad quieres
acostarte conmigo, y ahora no tengo
tiempo;
no te olvides que vendrá el Presidente.
—¿El
Presidente? —pregunté, asombrado,
pensando que sabía muy poco
de lo
que sucedía
en mi propia casa—. Pero no importa —agregué—.
No
importa
el Presidente; déjame entrar, al menos deja que te mire
mientras te
bañas
y te vistes.
—No
—dijo—. En todo caso puedes
mirar por el ojo de la cerradura. —
Cerró
la puerta—. Y será mejor —agregó desde adentro—
que busques a
Teodoro
y le pidas que te preste sus pantalones; no pensarás
que el Presidente
esté
ansioso por verte en calzoncillos. Hasta es posible que arruines la fiesta
que,
como se sabe, es excusa para un pacto político que
puede resultar de gran
beneficio
para el país.
—Acerqué el ojo a la cerradura; se estaba
quitando mi
saco,
junto con el sostén (negro)—. Se
sabe que el Presidente es pulcro y
pundonoroso,
como todos los militares; si, por razones que no están
en mí
determinar,
llegara a tolerar tu presencia en paños menores
(lo cual me parece
poco
probable), ¿crees, por ventura, que podría
soportar un solo instante tu
presencia
cuando, durante el baile, no puedas disimular la excitación
que te
provoca
estrechar el cuerpo de una mujer —había
salido fuera del radio visual
y su
voz llegaba desde un punto más alejado, pero seguí
escuchando con
nitidez— y el perfume de sus cabellos?
Luego
se puso a cantar, con voz muy dulce, algo sobre los verdes bosques
de
Irlanda; pensé
que ya estaría
bañándose,
y quise entrar; pero había corrido
el
pasador, porque la puerta no cedió.
—De
todos modos —dijo, interrumpiendo el canto— estoy segura de que
nos
veremos luego, después de que termine la fiesta; yo también
deseo
acostarme
contigo, debes recordármelo cuando se vaya el Presidente.
Esperé
un rato, con el ojo en la cerradura, pero pronto empezó
a dolerme
la
espalda y no escuché ni vi nada más;
me alejé
en busca del criado o de
Elga.
Bajé
las escaleras y estuve de nuevo en la sala; al pasar junto al piano de
cola
deslicé
una uña
sobre las teclas blancas. Una nota sonó mal, y
destapé
el
piano;
alguien había
enrollado con mucho cuidado una hebra de lana azul en
torno
a una de las cuerdas. Quité la lana y pensé
que no debía
perder el
tiempo
en esas cosas, porque estaba por llegar el Presidente y debía
conseguir
pantalones;
luego deduje que alguien trataba, con mucha sutileza, de sabotear
la
fiesta. «Quizás
al Presidente le guste tocar el piano, y con seguridad se
pondría
furioso si sonara en falso alguna nota». Fui a la
cocina y encontré a
María;
el parecido con la otra muchacha es relativo.
—¿Elga?
—pregunté.
María
se movía
ágilmente,
preparando una infinidad de bocadillos que
ponía
en una fuente sobre la mesa; eran amarillos y redondos, con una bolita
roja
en la parte superior. Tendí la mano para tomar uno; María
advirtió
el
ademán
y me pegó
en los dedos con una cuchara de madera:
—Son
para la fiesta —dijo—. No se
pueden comer ahora.
—Sólo
uno —rogué, mirándola
a los ojos (verdes) y pestañeando.
—Imposible
—respondió, y su
sonrisa era burlona—. Durante la fiesta,
todos
los que puedas tomar; ahora, no.
Abandoné
la cocina, en dirección al cuarto de Teodoro. El criado ocupa
toda
un ala de la casa; la parte inferior está abandonada,
porque él
prefiere el
altillo,
al que se llega por una crujiente y difícil escalera.
Subí
los escalones y
me
detuve ante la puerta del altillo. Golpeé y llamé
al criado por su nombre.
—¡Teodoro!
—llamé.
No
obtuve respuesta; empujé la hoja y al encender la luz la llave me
dio
un
pequeño
choque eléctrico.
En la pieza había
amontonados una cantidad de
muebles
viejos, incluso algunas tablas sueltas, y un maniquí.
También
había
ropa
en el suelo, en un rincón. La cama estaba tendida con pulcritud,
pero
tenía
un bulto en el centro. Levanté la frazada y luego la sábana,
y más
tarde
la
otra sábana,
y entonces comprendí que lo que producía
el bulto se
encontraba
debajo del colchón. Empujé el colchón
y lo hice caer hacia el otro
lado,
sobre el piso; debajo se hallaba Elga. Tenía los pechos,
el vientre y las
piernas
marcados por el elástico de la cama; debió
haber estado un tiempo
boca
abajo.
—¿Qué
quieres? —preguntó; su cara no
tenía
huellas del elástico.
—Necesito
un par de pantalones —respondí,
y le expliqué
que en mi
ropero
no había.
—Puedes
buscar ahí
—dijo, señalando el
montón
de ropas—. Es posible
que
Teodoro los haya tomado.
Busqué,
pero ningún
par me pertenecía.
—Voy
a ponerme éstos
—dije, señalando unos
manchados de cal que, con
seguridad,
pertenecían
al criado. Me los puse con idea de que me sentaban
bien,
aunque temía
adquirir aspecto de albañil, un poco reñido
con mi
obesidad—. ¿Qué te parece, cómo
me quedan? —pregunté.
—Están
bien —dijo, pero no se había
tomado el trabajo de examinarme
con
detenimiento. Luego se incorporó y exhibió el cuerpo de
espaldas—. ¿Te
parece
que el elástico
se ha marcado lo suficiente? —preguntó.
En
efecto, el elástico
se había
hundido y dejado profundos surcos en la
carne;
en algún
lugar incluso sangraba ligeramente.
—Sí
—dije, pasándole un dedo
por la espalda—. Sobre todo en los
omóplatos
y en las nalgas —agregué—.
En cambio, en la cintura apenas si se
nota. —La cintura no importa —dijo, y se
volvió
hacia mí—. Y adelante, ¿qué
tal?
—No
está
tan marcado como atrás —respondí—.
Debes haberte quedado
menos
tiempo. Además,
los pechos impiden que el elástico se apoye bien en
el estómago.
Deberías
emplear una técnica
distinta; por ejemplo…
—Ahora
no tengo tiempo —respondió—.
Ya está
por llegar el Presidente.
—Deberías
explicarme eso del Presidente —dije.
—Ahora
no tengo tiempo. Si leyeras los diarios.
—¿Y
Teodoro?
—No
sé,
no sé
—respondió—.
Pero no creo que se enoje porque hayas
tomado
esos pantalones.
Cuando
íbamos
a salir, la detuve y la miré a los ojos. Son negros.
—Dime
si me amas —le dije.
—¿Por
qué
quieres saberlo?
—Es
preciso —respondí; busqué
su boca y nos besamos, ella se apretó
contra
mi cuerpo, pero pronto se aflojó y noté que estaba
impaciente.
—Luego
—dijo—. Ahora no tengo tiempo.
—Sólo
eso y nada más.
—Es
que no tengo tiempo —insistió—.
Ahora te respondería mal, para
sacarte
de adelante.
Me
crucé
de brazos.
—Es
preciso —dije—. No te dejaré
ir hasta que respondas bien.
—¡Oh,
no tiene sentido! —rezongó, dejándose
caer sentada en la cama;
luego
advirtió
que las nalgas se le marcarían en forma distinta y se levantó—.
Déjame
salir, por favor te lo ruego.
—Bien
—respondí fríamente—. Debo entender que no me amas; de lo
contrario,
no te costaría
tanto responder.
—Tómalo
como quieras —dijo—. Pero no es
exactamente así;
luego
conversaremos,
cuando pase todo.
Al
apagar la luz recibí otro choque eléctrico.
No quería
que anduviera
desnuda
por la casa, habiendo otros hombres, pero no quise añadir
leña
a la
hoguera.
—Deberías
desinfectarte la lastimadura de la espalda; no es profunda,
pero
el elástico
está
oxidado, y quizás
se te infecte —dije.
—De
todos modos estoy vacunada contra el tétanos —dijo—. ¡Dios
mío!
¡Qué
tarde se ha hecho!
—¿A
qué
hora comienza la fiesta? —pregunté,
consultando el reloj
pulsera;
marcaba las tres y cuarenta y cinco.
—Cuando
llegue el Presidente —fue la respuesta.
Atravesamos
la sala; Elga fue a la cocina y dio algunas órdenes a la
cocinera
(María),
luego caminé
a su lado.
—¿Por
qué
me sigues? —preguntó.
—No
sé
—respondí—.
En realidad, no sé qué hacer.
—Yo
pensé
que no saldrías
de la biblioteca —dijo.
—No
pensaba —respondí—.
Pero ahora recuerdo que quería tomar un
poco
de aire.
—Puedes
hacerlo —dijo—. Cuando vuelvas,
haz el favor de traer
cigarrillos.
Se
internó
por el corredor. El reloj tocaba (quizás el menos
cuarto). Fui
hasta
la puerta de calle; al pasar junto al piano recordé
que alguien lo había
saboteado.
«Aunque
quizás
la lana fue colocada con otra intención»
—pensé,
pero
no dejé
de levantar la tapa para controlar que todo estuviera en orden.
Luego
seguí
mi camino, y al pasar junto al perchero tomé la gorra y
me la
puse.
Me miré
al espejo; en la imagen reflejada faltaba el saco.
Subí
a la planta alta y golpeé la puerta de la mujer que había
hallado en la
cocina
(ojos verdes, parecida a María, la cocinera); no respondió;
miré
entonces
por la cerradura, y la vi sentada oblicuamente en la cama, tirada un
poco
hacia atrás,
apoyada en la palma de las manos; un hombre, en quien no
pude
reconocer a Teodoro, estaba de rodillas en el suelo, junto a ella, el rostro
muy próximo
a su sexo. Golpeé de nuevo con fuerza y exigí
que me
devolvieran
el saco.
—Ahora
no puedo —respondió ella—. Me están ayudando a atarme los
zapatos.
Presté
atención
y me pareció
que, en efecto, ese hombre manipulaba en
sus
pies; de todos modos, ella, la mirada hacia arriba, mostraba en el rostro
una
intensa expresión
de placer.
—Es
que lo necesito —exclamé.
—Te
dije que nos veríamos luego de la fiesta —respondió—.
Ahora vete,
rápido;
puedes tomar otro saco de tu ropero.
Sentí
despecho por la presencia de ese hombre; en lugar de bajar la
escalera,
fui a un cuarto contiguo, con la esperanza de encontrar una
comunicación
con el que ella ocupaba.
—Te
estaba esperando —dijo Teodoro, sentado en un pequeño
taburete,
que
reconocí
como perteneciente al piano—. Has tardado en venir —agregó.
—No
sabía
que me esperabas —dije. Lo noté
demacrado. Sonrió con
tristeza,
y se acentuaron las arrugas de su rostro. Sorpresivamente extrajo un
brillante
revólver
de entre sus ropas; lo agarró por el caño y me lo
extendió.
—Toma
—dijo—. Mátame.
Yo lo
tomé,
sin saber bien por qué lo hacía; mis dedos
rodearon la culata
y el índice
se apoyó
en el gatillo, pero dejé caer el brazo a lo largo del cuerpo.
—No
—dije—, hoy no. Está
por llegar el Presidente.
—Sin
embargo, debes hacerlo. Te lo ruego. Hijo mío, te he
traicionado.
Debes
saberlo. Me remuerde la conciencia.
—No
es nada —respondí, fastidiado
por la situación.
—Por
favor —insistió.
El
piano, en la planta baja, dejó escapar un acorde; yo pensé
que había
llegado
el Presidente. Abrí la puerta y me asomé,
apoyándome
en la
barandilla;
vi que el gato se había trepado al piano y estaba sentado sobre
las
teclas.
—¡Fuera!
—le grité, y el gato
miró
hacia arriba y quedó mirándome, sin
moverse.
—Hijo
mío
—decía Teodoro, quien había
llegado al vano de la puerta. Se
apoyaba
contra el marco, con el hombro izquierdo.
—¡Déjame
en paz! —le dije, y amenacé
al gato con el revólver.
—Tienes
que escuchar mi confesión —insistió
el viejo, y resbalaba
lentamente
hacia el suelo, siempre apoyado en el hombro—. Eres mi
hijo:
fruto
de las relaciones ilícitas con la condesa, tu madre; y me he
acostado
repetidamente
con todas tus mujeres; hoy mismo he tenido a Elga entre mis
brazos,
fue al mediodía,
había
tomado mucho vino con el almuerzo, y las
moscas
zumbaban en la soledad de mi cuarto; el sol, que entraba por la
ventanita,
me daba en la nuca, y yo quería salir de mi sopor y no podía,
y
murmuraba
su nombre…
—¡Basta!
—grité—.
¡Déjame en paz!
—Mátame,
por favor —dijo, con un hilo de voz; yo no lo escuché
más
y
empecé
a bajar las escaleras, con idea de sacar al gato de encima del piano.
Teodoro
se arrastró
hasta la barandilla, y me gritó con todas sus fuerzas:
—¡Ladrón!
¡Ladrón de pantalones! ¡Cínico!
¡Robarle los pantalones
manchados
de cal a un pobre criado, hijo de una lavandera y de padre
desconocido!
¡Miserable, traidor, cornudo, roñoso…!
Intenté
agarrar al gato pero me tiró un zarpazo, arañándome
la mano. Le
pegué
en la nuca con la culata del revólver, y se
desplomó
muerto, haciendo
sonar
otra vez el instrumento.
—¡Llévate
a este gato de acá! —le grité
a Teodoro, quien aún asomaba la
cabeza
por entre las rejas.
—¡Sí,
señor!
—respondió, y fui al
dormitorio. El ropero ya no estaba; la
pieza
vacía,
sólo
la araña
de cristal con todas sus luces encendidas y, debajo
de
ella, la mujer que había visto en el cuarto de baño.
—¿Ha
llegado ya el Presidente? —preguntó.
Parecía
mucho más
gorda
por
los distintos vestidos puestos uno encima del otro. Un gran sombrero de
plumas
le coronaba la cabeza.
—No
sé
por qué
todo el mundo me fastidia con el Presidente —respondí;
sus
faldas eran cortas y una de las medias (la derecha) se le caía,
y quedaba
arrugada
en un montoncito sobre el pie—. Son lindas tus medias
de malla —
le
dije—. Y tus piernas también
son hermosas.
—Ayúdame,
por favor, a enganchar las medias —dijo—. Nunca supe
manejarme
con estos portaligas.
De
rodillas, aproveché para acariciarle las piernas mientras
trabajaba en el
portaligas;
llevaba una faja muy apretada; después de terminar
con los
broches
seguí
acariciándole
las piernas, y luego las enfundadas nalgas, y entre
las
piernas.
—Quita
las manos de allí —dijo, tardíamente;
no le hice caso y continué,
y
luego traté
de doblarle las piernas apretándole los tendones—.
Me vas a
hacer
caer —dijo—, y romperás
las medias de malla. Vamos, quítate de allí.
—Yo
no quería
hacerla caer, ni romperle las medias, pero la húmeda tibieza
que
invadía
la parte inferior de la faja hizo que le aferrara aún
más
las piernas
y
tirara con fuerza hacia abajo—. Quítate
—volvió a decir, pero su voz estaba
quebrada,
ella se había
ablandado y estaba a punto de ceder.
Entonces,
del otro extremo de la casa, más allá de la puerta
del corredor
que da
a la sala, llegó
un ruido estruendoso y familiar.
—¡El
tambor! —gritó la mujer, y
se apartó,
acomodándose
las plumas del
sombrero
y olvidándome—. ¡Es el redoble del tambor, llega
el Presidente!
Se
lanzó
al corredor, a la carrera; permanecí de rodillas
en medio de la
pieza,
debajo de la araña de cristal, sintiéndome
estúpido.
Oí
que abría
la
puerta
del corredor, y el tambor me ensordeció; era un
redoble militar e
interminable.
El redoble cesó,
y una voz gangosa anunció al Presidente.
Espié
hacia la sala, que estaba llena, y no pude ver al Presidente que, es de
presumir,
era la persona a quien todos rodeaban, cerca de la puerta de calle.
Me produjo
un escalofrío
ver al gato muerto, aún sobre el piano.
«Maldito
Teodoro»,
pensé,
y comencé
a caminar furtivamente por la sala,
hacia
el gato; aún
la multitud formaba un círculo más allá,
y no me veía;
tomé
al
gato por la piel del pescuezo y huí.
—¡Ahí
va! —sentí una voz que
decía,
en la cual creí
reconocer a Teodoro;
cerré
rápidamente
la puerta de la sala que da al corredor y le pasé llave, y
también
un pasador; siempre con el gato en la mano (agarrado por la piel del
pescuezo),
que me producía
una sensación
incómoda
(estaba tibio, y me
recordaba
la faja de la mujer), corrí hacia el cuarto de baño;
el piso estaba
mojado
todavía.
Caminé
en puntas de pie, para no mojarme los zapatos, y
dejé
caer el cadáver
en el W.C.; luego tiré de la cadena, pero el agua no logró
arrastrarlo,
porque era muy grande.
—¿Qué
estás
haciendo con el pobre Michín? —dijo una voz;
era Elga
quien,
lujosamente ataviada, también portando sombrero de plumas y amplias
vestiduras,
estaba sentada en el bidé, y no le respondí
porque me irrita gritar
por
encima de otros ruidos; de todos modos, el gato era mío.
Elga
había
dejado encendida la luz de su dormitorio, una costumbre
reprobable.
No advertí
escondites posibles para el gato, y seguí hacia el
cuarto
de baño,
ese otro cuarto de baño cuya puerta estaba antes disimulada
tras el
enorme
ropero ahora desaparecido; allí, la canilla seguía
abierta. Encendí
la
luz y
miré
en todas direcciones; al fin elegí el placar.
Metí
al gato en uno de
los
estantes (detrás
del espejo) y cerré la puertita; el animal cabía
en forma
muy
ajustada, y su carne empujó el espejo hacia afuera. Lo acomodé
un poco
mejor,
pero parecía
desparramarse, desbordarse, siempre sobraba un poco de
carne.
Recordé
la experiencia de la pareja en el ropero e hice girar la perilla,
que
trancaba por dentro.
Aún
no había
conseguido un saco y no quería ir a la sala y saludar en
camisa
al Presidente; incluso, aún teniendo el saco puesto, ese «¡ahí
va!»
que
había
escuchado me hacía sospechar que había
sido visto con el gato, y no
podía
mirarlo a los ojos ni estrecharle la mano (al Presidente).
Busqué
refugio en el cuarto de baño (que uso habitualmente); Elga ya no
estaba.
Sobre las baldosas mojadas seguirían humedeciéndose
mis zapatos;
entonces,
tomé
la rejilla de madera, la coloqué en el piso y me paré
encima.
Estuve
así
un rato hasta que me aburrí, y llegó a mí
la comprensión
de que
debía
hacer algo. Recordé que había visto sacos
en el montón
de ropa que
Teodoro
tenía
en su pieza, y me pregunté si no habría otro camino
para llegar
al altillo,
sin pasar por la sala.
La
ventanita del baño no era grande, pero calculé
que podía
pasar el
cuerpo
por allí;
nunca antes había
mirado a través
de ella. Estaba ubicada a
cierta
altura; con cuidado, para mojar los zapatos lo menos posible, trepé
a la
bañera
de azulejos y alcancé la ventana y la abrí;
del otro lado había un patio
descubierto.
Saqué
primero la cabeza y los hombros, y luego no sé bien cómo
hice para
llegar
al otro lado; recuerdo que en determinado momento quedé
cabeza
abajo,
pero no sufrí
ningún
daño.
Me encontré
en un patiecito cerrado por los
cuatro
costados, un pozo de aire de paredes grises con manchitas de alquitrán,
y
algunas ventanas opacas. Pude ver las nubes que transitaban por la naciente
oscuridad
del cielo.
Frente
a la ventanita del baño había una puerta
de madera; daba la
impresión
de que no se usaba muy a menudo. Pero no tenía llave, y a
pesar de
estar
hinchada por la humedad, pude abrirla con un pequeño
forcejeo. Me
encontré,
otra vez, en un pasillo que daba a muchas habitaciones. Esto me
produjo
desánimo.
Entré
a una primera habitación, que estaba completamente vacía;
pero
tenía
un gran vitral, una especie de ventanal lleno de vidrios esmerilados, de
colores
opacos; los vidrios eran pequeños y el armazón
que los sostenía
era de
hierro.
Imaginé
que del otro lado había un hermoso parque, y siguiendo un
impulso
rompí
uno de los vidrios con la culata del revólver. Alcancé
a ver la
sorprendida
cara del Presidente, aunque creo que él no alcanzó
a verme
porque
huí
de inmediato; el Presidente sostenía una copa de
licor en su mano
derecha,
tenía
la mano izquierda en el bolsillo y era evidente que un segundo
antes
le sonreía
con agrado y displicencia a una señora
desconocida que tenía
frente
a él;
estaban cerca del piano.
La
segunda pieza, enorme, cobijaba todos los muebles que habían
desaparecido
del resto de la casa; pronto localicé mi ropero, y
conseguí
un
saco
(los pantalones seguían fugitivos). Sobre el piso del ropero
ya no estaba
la
pareja. Luego noté que una mesita de luz se movía
con sacudidas breves;
abrí
la puertita y media docena de ratones salió corriendo y
se distribuyó
por
distintos
rincones insospechados o inaccesibles.
Me
examiné
ante el gran espejo del ropero; no estaba excepcionalmente
bien
vestido, quizás
las ropas no fueran muy adecuadas para recibir a un
Presidente;
pero no tenía
otra alternativa. Lo único que pude hacer por mi
aspecto
fue sustituir la gorra por un sombrero. Quería, de
cualquier forma,
hacerme
presente en la fiesta.
En la
tercera habitación, una mujer sollozaba. Entré,
y reconocí
a María
(la
cocinera) sentada en una cama.
—¡Mira!
—exclamó, mostrando la tortuga, que tenía
amorosamente entre
los
brazos—. ¡Mira en qué
ha quedado!
—No
veo la importancia que pueda tener —dije, acercándome,
y el
inmundo
animal hizo sonar las mandíbulas—. Además,
así
lo quiso ella
misma.
—¡Cómo
hemos de obsequiar al Presidente con la tortuga desnuda! —se
quejó
la cocinera (María, hermosa, de ojos verdes).
—Puede
obsequiársele
otra cosa —respondí, indiferente.
—Bien
sabes que no es posible —dijo ella, y me miró,
angustiada—. El
Presidente
sólo
admite tortugas, y ésta nos ha costado mucho dinero. Es un
ejemplar
rarísimo,
de los Trópicos,
o del Asia.
Se
puso de pie, y se paseó por la pieza (con la tortuga).
—Escucha
—dije, tomándola de un
brazo—. Yo creo —agregué,
y me
situé
a sus espaldas— que podría disimularse
el fiasco de la tortuga si tú, que
eres
la encargada de entregarla al Presidente, te presentaras tan desnuda como
ella. —Mientras hablaba le iba desabrochando el vestido—. Incluso, si lo
deseas
—le quité el vestido,
aunque guardando distancia de las mandíbulas de
la
tortuga—, yo también puedo
presentarme desnudo; la impresión sería más
completa.
—Le quité la ropa
interior, y luego unas caravanas que le colgaban
de las
orejas; como parecía dudar, continué
hablando—. Podríamos
convencer,
además,
a todos los invitados de que hicieran lo mismo.
Traté
de acercarla a la cama, pero opuso resistencia y me amenazó
con la
tortuga.
—Déjame
—suplicó—.
Déjame,
por favor; el Presidente está esperando
su
tortuga, y si no la presentamos de inmediato se irá,
enojado, creyéndose
víctima
de un engaño,
y fracasará
el pacto; desde que llegó, ya ha hecho trece
alusiones
a tortugas. Vamos, déjame; luego, después
de la fiesta, prometo que
he de
estar contigo. De todos modos —agregó,
luego de una pausa, mientras
se
vestía
apresuradamente—, tu idea es estúpida.
—En
realidad —dije—, me importa un
comino de la tortuga, del
Presidente,
de la República
entera, del Universo. Yo te quería a ti.
—Lo
sospechaba —respondió, con una
sonrisa—. Siempre lo sospeché,
siempre
me pareció
que cuando te servía la comida era a mí,
y no a la comida,
a
quien mirabas con ojos ávidos; pero yo me acuesto con el chofer.
Mira —
agregó
luego—; yo sí tengo buenas
ideas. —Colocó a la tortuga
entre las dos
mitades
del caparazón,
y luego pegó
los bordes con cemento (un tubito que
extrajo
del bolsillo del vestido)—. Es un cemento especial,
seca rápido.
No
creo
que el arreglo sea duradero pero, al menos, si el Presidente no la
manosea
mucho, aguantará
por esta noche, hasta que se firme el pacto.
Salió,
con la tortuga.
Decidí,
mal que me pesara, integrarme a la fiesta. Me acerqué
a la sala,
respiré
hondo, y tomé
la resolución;
oía
música
y risas. Pero la puerta no
cedió.
Volví
a intentar un par de veces, sin resultado. De pronto, alguien abrió
del
otro lado; Teodoro, con un lujoso uniforme de portero, quien tenía
en sus
manos
un pesado bastón
reluciente, rematado por una cabeza de león
metálica,
gritó
mi nombre, mientras golpeaba el bastón contra el
piso, y me
hizo
pasar, con una reverencia, a la sala (creí notar ironía
en sus facciones).
Bailaban
los invitados al son de un disco, que giraba en un viejo
gramófono;
un tango. El Presidente bailaba con Elga, en el centro de la sala, y
parecía
estar muy a gusto. Unos reflectores ubicados arriba, junto a la
barandilla,
iluminaban la pista. Nadie se molestó en reparar
en mi presencia, a
pesar
del anuncio.
Busqué
en la mesa del lunch
aquellos bocadillos que había
preparado
María
(redondos y amarillos, con una bolita roja); tomé algunos de
una fuente
y me
puse uno en la boca, guardando el resto en los bolsillos de los
pantalones.
Sufrí
una decepción:
a pesar del aspecto de mayonesa, tenían
gusto
dulce, y destilaban un aceite desagradable.
Comencé
a subir la escalera, con idea de jugar un poco con los reflectores
y, de
paso, tener una visión de conjunto de la fiesta; estaba por la
mitad
cuando
la música
murió,
con un sonido grave y arrastrado; las luces se
encendieron,
y se apagaron los reflectores.
—Se
rompió
la cuerda —oí que decían,
y volví
a bajar para ver si podía
hacer
algo por la victrola; pero ya todos la rodeaban y hacían
afirmaciones
inexactas
en torno a su posible mal. Terminé de comer el último
bocadillo y
me
limpié
el aceite de los dedos en las piernas de los pantalones; luego el
Presidente
cruzó
la sala en dirección al piano.
—¡Atención!
—gritó Teodoro, parándose
en medio de la sala (me pareció
que
estaba borracho)—. A continuación,
el Excelentísimo
Señor
Presidente de
la República
ejecutará
para ¡todos ustedes! deliciosas ¡interpretaciones
al
piano!
Hubo
aplausos, y el Presidente se paró, confundido:
no hallaba el taburete.
Subí
las escaleras y busqué el taburete sobre el cual Teodoro estuvo
sentado,
en
aquella pieza, cuando lo del revólver; yo
tampoco hallé
el taburete.
Cuando
salí
de la pieza vi las luces otra vez apagadas y un reflector
apuntando
hacia abajo, hacia el piano; el Presidente estaba a punto de
comenzar
la ejecución,
alguien le había
alcanzado una silla.
Me
aproximé
a los reflectores.
—Hola
—dijo la cálida voz de
la persona que los manejaba, y era la mujer
a
quien un hombre ayudaba a atar los cordones de los zapatos, la misma a
quien
había
hallado en la cocina y que se parecía a la
cocinera (María).
Le
rodeé
la cintura con un brazo y juntos miramos al Presidente—.
Mi amor —
me
dijo al oído,
y el reflector se corrió por un momento, dejando al Presidente
en la
oscuridad, y enfocando en su lugar a una estatuilla hindú
y a una maceta
con
una palmera. Luego el Presidente comenzó algo de
Beethoven, pero
tocaba
muy mal.
—Qué
mal toca el Presidente —dijo la mujer a mi lado, y el
Presidente
gritó,
desde abajo, que encendieran las luces. Cuando se encendieron, levantó
la
tapa del piano.
Un
murmullo recorrió la sala.
—Vamos
—le dije a la mujer, tomándola del
brazo—. Vamos a
descolgarnos
por una ventana y a correr por los tejados, hacia los parques —
le
dije—. Vamos a huir de esta casa, de esta ciudad, de
este país,
vamos
adonde
nadie jamás
pueda hallarnos, una choza perdida en las islas tropicales,
o al
nevado pico de la montaña, vamos a navegar por mares
desconocidos, a
enfrentar
los vientos, guiados por las estrellas, busquemos un lugar en el
mundo,
nuestro iglú
en el Ártico,
una caverna próxima
a un volcán,
ese lugar
donde
a nadie se le ocurra buscarnos, vamos, amor.
El
Presidente había
sacado al gato muerto de adentro del piano, y ahora lo
exhibía.
Después,
la mujer me contó que le dijeron que el Presidente, al
agarrar
furioso
a su tortuga y ponérsela bajo el brazo, con intención
de retirarse, hizo
un
movimiento demasiado brusco y el caparazón volvió
a abrirse por el
remiendo,
y que la tortuga salió corriendo despavorida, y que se perdió
de
vista,
y que todo esto mandaba el pacto al diablo.
Que
los invitados, furiosos, destrozaron mi casa con hachas.
Que se
me buscaba, aún,
afanosamente, en todas partes.
Que en
las afueras de la ciudad la tortuga había mordido a
un niño
indefenso.
Nos
besamos, solos en algún lugar del mundo.
1967



Comentarios
Publicar un comentario