MARIO LEVRERO-NUESTRO IGLÚ EN EL ÁRTICO

 


NUESTRO IGLÚ EN EL ÁRTICO

                                                                       A Elvio E. Gandolfo

 

 

 

 

Apagué el cigarrillo en el cenicero y cerré el libro que estaba leyendo.

Mientras iba por el corredor pensaba que me gustaría respirar un poco de aire

puro. Entré al dormitorio de mi esposa (Elga) y la llamé por su nombre. Algo

brillaba en la penumbra.

Al no obtener respuesta encendí la luz; a excepción de la cama, la pieza

estaba vacía; sobre la cama, extendidas, había distintas ropas íntimas, de

nailon, dispuestas (el baby-doll transparente, la bombacha negra, el sostén

blanco a lunares verdes) de tal forma sobre el rojo acolchado que parecían

contener el cuerpo de una mujer; la ilusión de un ser invisible allí tendido

hizo que me acercara y tocara las ropas, para concluir que estaban vacías. El

nailon me produjo una sensación áspera y eléctrica en la yema de los dedos.

Atrajo mi curiosidad una puerta entornada que había estado oculta, sin

duda por ese enorme ropero de mi esposa. La abrí por completo; al oír un

ruido familiar encendí la luz y vi que estaba dentro de un lujoso cuarto de

baño, cubierto de espejos; la canilla abierta dejaba correr un hilo de agua en la

bañera; el tapón no estaba puesto y el agua se iba.

El espejo colocado sobre el lavatorio estaba dividido en tres secciones, y

una de ellas, la del medio, tenía una perilla; me observé en el espejo y luego

tiré de la perilla, y mi imagen giró sobre unas bisagras; detrás había un placar,

lleno de objetos de colores.

Cerré el placar y traté de cerrar la canilla del baño; se había atascado.

Luego apagué la luz y cerré la puerta, pero la cerradura no trabajaba bien y

volvió a quedar entornada; crucé el dormitorio, apagué la luz y continué por

el corredor. Llamé a Elga en voz alta, sin obtener otra respuesta que el tañido

de la campana del antiquísimo reloj, ubicado al final del pasillo sobre una

repisa muy alta; nunca llega luz a ese lugar, jamás podemos ver la hora;

podemos en cambio escuchar las campanadas, aunque indican la hora de una

manera compleja y no siempre uno alcanza a comprender ese lenguaje.

El baño que suelo utilizar se halla en la mitad del corredor; golpeé la

puerta sin que nadie me respondiera y aunque dudase de que Elga se

encontrara allí, ya que lo utiliza sólo en raras ocasiones. Dentro, la luz estaba

encendida y la ducha dejaba correr agua caliente en forma vertical; había

vapor en el cuarto, y una mujer me observaba por entre las gotas de la lluvia.

Pensé que se trataba de mi esposa; ella cubrió rápidamente el pubis con la

mano izquierda, y cruzó el brazo derecho por encima de sus pechos enormes,

sin llegar a cubrirlos; el derecho asomó y se volcó por sobre el codo, el oscuro

pezón del izquierdo se abrió camino entre los dedos de la mano derecha.

Te vas a mojar los zapatos dijo; no la conocía. El jabón exclamó

luego, mirando hacia el piso, y me agaché a recogerlo; el agua de la ducha me

mojó el hombro izquierdo y parte de la cabeza. Al enderezarme, el zapato

derecho resbaló en el piso y debí abrazar la cintura de la mujer para no

caerme; le entregué el jabón, pero seguí rodeándola con el brazo izquierdo y

luego con los dos; la atraje hacia mí y la besé en la boca.

Puedes retirarte dijo, y algo en la voz me impulsaba a obedecerle; sin

embargo, intenté un nuevo acercamiento, y ella comenzó a reírse de mis ropas

mojadas; le pregunté quién era, pero no dejó de reír, y ahora se mostraba

impúdicamente, se enjabonaba la espalda y las axilas; abrió al máximo la

canilla del agua caliente y se retiró un poco de la lluvia, y pronto el baño todo

estuvo lleno de vapor y ya no se podía ver ni respirar; tuve que salir.

Fui a mi dormitorio. Se habían llevado los muebles; quedaba aún el

ropero, lo que, dentro de todo, me pareció afortunado. Me desvestí y me puse

ropa interior seca que extraje de un estante; luego busqué un traje. Al abrir la

puerta central del ropero vi una masa de carne; se trataba de una pareja, un

hombre y una mujer; ella estaba de espaldas sobre el piso, la cabeza apoyada

contra la pared izquierda del mueble; el hombre sobre ella, las rodillas sobre

el piso de chapa compensada, entre las piernas abiertas y recogidas de la

mujer; se abrazaban, y sólo se apreciaba el movimiento de las manos sobre

los cuerpos; él tenía la cabeza enterrada entre el hombro izquierdo y la cabeza

de la mujer. Ella abrió los ojos y miró sin expresión; se trataba, también, de

una desconocida.

Descolgué un traje y me puse el saco; la percha quedó vacía, y

rápidamente comprobé que ya no quedaban más pantalones. Intenté, entonces,

volverme a poner los mojados, pero eran de una tela ordinaria y habían

encogido notablemente; debí conformarme con el saco, y me cambié de

calcetines.

Al tirar de la parrilla de los zapatos, ubicada todo a lo largo por debajo del

ropero, sentí un crujido y noté que su piso estaba a punto de ceder bajo el

peso de la pareja; empujé apresuradamente la parrilla, no sin antes extraer un

par de zapatos, y quise cerrar luego la puerta central; pero volvió a abrirse con

un desagradable chirrido de bisagras, que molestó a la mujer, y ella me miró

con reproche.

Váyase de una vez dijo, fastidiada. El hombre se movió inquieto

encima de ella, como despertando de un sueño. Intenté cerrar de nuevo pero

los cuerpos volvieron a empujar la puerta. Pruebe con la llave dijo ella, y

le hice caso; la puerta quedó, en efecto, cerrada, aunque su parte inferior

tendía a sobresalir, y tuve miedo de que se rompiera, o que saltaran las

bisagras.

Me preocupaba no tener pantalones; pensé en el criado, para que me

buscara un par. Aún tenía deseos de salir.

La habitación contigua, por lo general vacía y que utilizo para evitar un

rodeo, estaba ahora recargada de muebles y tapices; en el centro había una

gran cama. No vi a nadie, aunque se destacaba una especie de mancha sobre

la colcha; se trataba de una enorme tortuga. Escondió la gran cabeza y las

patas en el interior del caparazón; era entre castaño y verdoso, y mirándolo

atentamente podía verse un extraño dibujo, de líneas de colores (entre los que

predominaba el amarillo); el dibujo semejaba un mapa.

Quise abrir uno de los roperos, pensando hallar un par de pantalones; las

puertas no tenían llave pero estaban hinchadas por la humedad, y dos de ellas

se obstinaron en permanecer cerradas. Logré abrir la tercera y pude ver que el

ropero estaba vacío.

Oí un ruido detrás; era la tortuga, que había asomado la cabeza (una

cabeza de pájaro donde brillaban, como inconexos entre sí, dos ojos fijos).

Tenía una especie de pico de fulgores metálicos; lo abrió y cerró varias veces,

y el ruido era también metálico, y mandibular.

Uno de los ojos era maligno, y el otro pasivo; comenzó a mover las patas

en mi dirección, y tuve miedo, aunque imaginé que no le sería posible bajarse

de la cama. Sin embargo, siguió avanzando y el cuerpo quedó en equilibrio

sobre el filo del respaldo delantero, la mitad fuera de la cama; continuó,

empujándose con las patas traseras (mientras las delanteras se movían, al

mismo tiempo, en el aire), y cayó seca y verticalmente sobre el piso con ruido

de gran nuez que se parte; el caparazón se separó en dos mitades, y el cuerpo

desagradable y arrugado del animal se enderezó sobre las patas traseras y

siguió avanzando hacia mí, ahora con mayor rapidez, libre de su pesada carga.

Bloqueaba el camino hacia la puerta, pero al retroceder choqué contra

algo metálico que resultó ser una puertita (similar a las de ciertas oficinas); la

tortuga estaba ya muy próxima cuando pasé al otro lado; quedé escuchando,

con el corazón palpitante, cómo las mandíbulas sonaban rítmicamente en el

lugar que ocupara mi cuerpo.

Sentí frío y luego humedad, y la rugosidad del piso me hizo pensar que

me hallaba en la entrada de un sótano; me moví con cuidado para no caer en

el hueco de una posible escalera; mis manos buscaron en vano una llave de

luz a lo largo de las paredes, que también eran rugosas, y llegué a creer que

estaba encerrado en un lugar sin salida. Más que nunca anhelé poder irme de

aquella casa, y recordé la pureza del aire en los verdes parques.

Me separé de la pared y comencé a gatear por el piso; la rugosidad me

molestaba las rodillas y el polvo me ensuciaba las manos. Luego hallé un

hueco; con sumo cuidado me senté en el borde y tanteé el vacío con los pies,

tocando unos escalones de madera. Comencé a bajar, de frente a la escalera,

agarrándome de sus travesaños verticales y cuidando mucho al apoyar cada

pie.

Me encontré en un lugar de mayor humedad, y en seguida logré tocar

cosas que presumiblemente estaban apoyadas contra las paredes; eran

damajuanas en sus canastos. Rozando un trozo de pared libre, cerca de la

escalera, hallé una llave de luz y la encendí; efectivamente me encontraba en

un sótano repleto de damajuanas apiladas contra las paredes.

Por encima de una de estas pilas, un tanto menor que las demás, se veía

una ventanita con barrotes. Fui escalando con mucha dificultad la pila; a

veces rodaba alguna damajuana, pero no llegué a caer; cuando estuve en la

cima me pareció que aquello oscilaba, y me agarré de los barrotes de la

ventanita; luego, forzando los músculos de los brazos, me elevé por unos

instantes y logré que mi cara estuviera a la altura de los barrotes: vi una

pradera muy verde, que no imaginaba en las inmediaciones de casa; luego

pensé que quizás no fuera una pradera sino el fondo de alguna casa vecina,

que quedaba oculta por razones de perspectiva. Cuando los músculos se me

cansaron descendí suavemente por la pila de damajuanas; me resultó un poco

difícil llegar con elegancia al piso.

Examiné el resto del lugar, y vi que no había otra salida que la misma

escalera que había usado para bajar; subí por ella, dejando la luz encendida, y

cuando llegué arriba vi que, además de la puertita metálica, había en otra

pared una abertura en forma de arco, algo de escasa altura, tal vez medio

metro. También vi una llave de luz, que no había podido encontrar tanteando

las paredes porque estaba ubicada un poco más arriba que de costumbre;

encendí esa luz, y de nuevo bajé la escalera y apagué la luz del sótano.

Volví a subir, y asomé la cabeza por la arcada: aquello era un túnel

oscuro. Apagué la luz y me metí por el túnel; en una oportunidad una delgada

pero resistente tela de araña me cruzó la cara y quedó pegada allí; con una

mano pude quitarme una parte de la tela pero quedaron algunos hilos y esto

me mortificaba cuando seguí gateando.

Noté que el túnel se bifurcaba, y después de vacilar un instante seguí

camino por la rama derecha; después volvió a bifurcarse y elegí la rama

izquierda. Al fin, luego de un rato, vi una débil claridad y pronto pude sacar la

cabeza fuera del túnel. A pocos centímetros de mi nariz había un caño

acodado y oxidado, entre unas paredes pequeñas y húmedas; me agaché aún

más para pasar por debajo del caño, y en ese momento advertí que me

encontraba en la cocina, bajo el fregadero, y que dos piernas bien formadas se

situaban junto a mi cabeza; también escuché el ruido de manipular platos.

Adelanté la cabeza unos centímetros y forcé los ojos hacia arriba, lo que

me produjo un dolor especial en la vista; antes de volverlos a su posición

inicial alcancé a ver una prenda negra y la parte inferior de un largo collar de

perlas que rozaba un ombligo.

Forcé nuevamente la vista pero no alcancé a averiguar si realmente se

trataba de María, la cocinera; podía ser ella, aunque nunca antes había

reparado en la belleza de su cuerpo. Porque resultaba más cómodo me

dediqué a mirarle las rodillas; después de un rato no pude contenerme y las

besé; la mujer dejó escapar un chillido agudo y se rompieron algunos platos;

saltó hacia atrás, golpeándose la espalda contra un armario verde y llevándose

la mano al pecho.

—¡Qué susto me diste! exclamó, y tuve una sonrisa. Pensé que eras

una rata, o quizás un oso agregó; no era María, pero tenía los ojos verdes,

igual que María.

—¿Dónde está María? pregunté, y ella se acercó y se colocó junto a mí,

en cuclillas, bajo la pileta. Tenía una sonrisa amplia; observó que yo miraba

entre sus piernas, las que forzosamente debía mantener separadas, para no

caer, y noté el vello a través de una cierta transparencia de la tela; ella, riendo

aún, se tomó del caño oxidado para permanecer en la misma posición, y juntó

las piernas. Estiré una mano para acariciarlas, y las mantuvo apretadas.

También pensé que eras un murciélago dijo, o un chimpancé o un

pulpo.

Hice girar mi cuerpo, con dificultad, y logré apoyar la cabeza en su

regazo; me acarició los cabellos con una mano que soltó del caño.

Antes dijo había una cortina floreada que tapaba este hueco bajo la

pileta; si ahora estuviese, podríamos quedarnos a vivir aquí; pero María puede

venir en cualquier momento tiró de mi brazo, para sacarme de allí.

—¿Dónde está María? insistí, y ella respondió que había renunciado

(pensé que mentía).

Pronto llegarán los invitados dijo, y cuando estuvimos de pie,

tomándola de la cintura la llevé al rincón formado por una de las paredes y el

armario verde; pero no cabíamos los dos en ese hueco, y ella me empujó hacia

el centro de la cocina.

—¿Qué has hecho con tus pantalones? me preguntó, y dejó escapar una

carcajada. Me di cuenta de que hacía el ridículo con el saco puesto y sin

pantalones, así que me quité el saco.

María está por venir, María está por venir canturreó la mujer, y tomó

el saco y se lo puso al revés, y pidió que le abrochara los botones, a la

espalda. Comencé a abrocharlos, pero la espalda me tentó y la besé, y luego le

desprendí el broche del sostén (negro) y pasé los brazos por debajo de sus

axilas y le busqué los pechos. No dijo, apartándose. Vamos. Me

tomó de la mano y se adelantó con sigilo; cruzamos la sala en puntas de pie

(aunque ella estaba descalza) y comenzamos a subir la escalera hacia el piso

superior. Ella iba adelante y yo veía sus nalgas a través de la transparencia de

la prenda; estiré los brazos, pero se movía con mucha rapidez y mis manos

nunca llegaron a alcanzarla.

Aquí debemos separarnos dijo, parándose junto a una puerta del piso

superior y apoyando la mano izquierda en el pomo. Debo bañarme y

vestirme de inmediato, porque la fiesta va a comenzar. Hasta luego.

Un momento. La detuve, tomándola de un brazo, cuando iba a cerrar

la puerta. No podemos separarnos así. Empujé hacia adentro, pero ella se

mantenía firme. Déjame entrar.

No respondió. Tengo que bañarme y que vestirme, y que pintarme

los ojos y las cejas, y que ponerme carmín en los labios, y antisudoral en las

axilas, y perfume en los cabellos y detrás de las orejas.

Yo puedo ayudarte le dije. Se sabe que hay un punto en la espalda,

el cual nadie, nunca, puede alcanzar por esfuerzo propio; yo te pasaré por allí

la esponja enjabonada, y luego te ayudaré con las cintas del corsé y los cierres

metálicos del vestido de seda, y pintaré tus uñas y empolvaré con precisión

tus mejillas.

No dijo. En realidad quieres acostarte conmigo, y ahora no tengo

tiempo; no te olvides que vendrá el Presidente.

—¿El Presidente? pregunté, asombrado, pensando que sabía muy poco

de lo que sucedía en mi propia casa. Pero no importa agregué. No

importa el Presidente; déjame entrar, al menos deja que te mire mientras te

bañas y te vistes.

No dijo. En todo caso puedes mirar por el ojo de la cerradura.

Cerró la puerta. Y será mejor agregó desde adentro que busques a

Teodoro y le pidas que te preste sus pantalones; no pensarás que el Presidente

esté ansioso por verte en calzoncillos. Hasta es posible que arruines la fiesta

que, como se sabe, es excusa para un pacto político que puede resultar de gran

beneficio para el país. Acerqué el ojo a la cerradura; se estaba quitando mi

saco, junto con el sostén (negro). Se sabe que el Presidente es pulcro y

pundonoroso, como todos los militares; si, por razones que no están en mí

determinar, llegara a tolerar tu presencia en paños menores (lo cual me parece

poco probable), ¿crees, por ventura, que podría soportar un solo instante tu

presencia cuando, durante el baile, no puedas disimular la excitación que te

provoca estrechar el cuerpo de una mujer había salido fuera del radio visual

y su voz llegaba desde un punto más alejado, pero seguí escuchando con

nitidez y el perfume de sus cabellos?

Luego se puso a cantar, con voz muy dulce, algo sobre los verdes bosques

de Irlanda; pensé que ya estaría bañándose, y quise entrar; pero había corrido

el pasador, porque la puerta no cedió.

De todos modos dijo, interrumpiendo el canto estoy segura de que

nos veremos luego, después de que termine la fiesta; yo también deseo

acostarme contigo, debes recordármelo cuando se vaya el Presidente.

Esperé un rato, con el ojo en la cerradura, pero pronto empezó a dolerme

la espalda y no escuché ni vi nada más; me alejé en busca del criado o de

Elga. Bajé las escaleras y estuve de nuevo en la sala; al pasar junto al piano de

cola deslicé una uña sobre las teclas blancas. Una nota sonó mal, y destapé el

piano; alguien había enrollado con mucho cuidado una hebra de lana azul en

torno a una de las cuerdas. Quité la lana y pensé que no debía perder el

tiempo en esas cosas, porque estaba por llegar el Presidente y debía conseguir

pantalones; luego deduje que alguien trataba, con mucha sutileza, de sabotear

la fiesta. «Quizás al Presidente le guste tocar el piano, y con seguridad se

pondría furioso si sonara en falso alguna nota». Fui a la cocina y encontré a

María; el parecido con la otra muchacha es relativo.

—¿Elga? pregunté.

María se movía ágilmente, preparando una infinidad de bocadillos que

ponía en una fuente sobre la mesa; eran amarillos y redondos, con una bolita

roja en la parte superior. Tendí la mano para tomar uno; María advirtió el

ademán y me pegó en los dedos con una cuchara de madera:

Son para la fiesta dijo. No se pueden comer ahora.

Sólo uno rogué, mirándola a los ojos (verdes) y pestañeando.

Imposible respondió, y su sonrisa era burlona. Durante la fiesta,

todos los que puedas tomar; ahora, no.

Abandoné la cocina, en dirección al cuarto de Teodoro. El criado ocupa

toda un ala de la casa; la parte inferior está abandonada, porque él prefiere el

altillo, al que se llega por una crujiente y difícil escalera. Subí los escalones y

me detuve ante la puerta del altillo. Golpeé y llamé al criado por su nombre.

—¡Teodoro! llamé.

No obtuve respuesta; empujé la hoja y al encender la luz la llave me dio

un pequeño choque eléctrico. En la pieza había amontonados una cantidad de

muebles viejos, incluso algunas tablas sueltas, y un maniquí. También había

ropa en el suelo, en un rincón. La cama estaba tendida con pulcritud, pero

tenía un bulto en el centro. Levanté la frazada y luego la sábana, y más tarde

la otra sábana, y entonces comprendí que lo que producía el bulto se

encontraba debajo del colchón. Empujé el colchón y lo hice caer hacia el otro

lado, sobre el piso; debajo se hallaba Elga. Tenía los pechos, el vientre y las

piernas marcados por el elástico de la cama; debió haber estado un tiempo

boca abajo.

—¿Qué quieres? preguntó; su cara no tenía huellas del elástico.

Necesito un par de pantalones respondí, y le expliqué que en mi

ropero no había.

Puedes buscar ahí dijo, señalando el montón de ropas. Es posible

que Teodoro los haya tomado.

Busqué, pero ningún par me pertenecía.

Voy a ponerme éstos dije, señalando unos manchados de cal que, con

seguridad, pertenecían al criado. Me los puse con idea de que me sentaban

bien, aunque temía adquirir aspecto de albañil, un poco reñido con mi

obesidad. ¿Qué te parece, cómo me quedan? pregunté.

Están bien dijo, pero no se había tomado el trabajo de examinarme

con detenimiento. Luego se incorporó y exhibió el cuerpo de espaldas. ¿Te

parece que el elástico se ha marcado lo suficiente? preguntó.

En efecto, el elástico se había hundido y dejado profundos surcos en la

carne; en algún lugar incluso sangraba ligeramente.

Sí dije, pasándole un dedo por la espalda. Sobre todo en los

omóplatos y en las nalgas agregué. En cambio, en la cintura apenas si se

nota. La cintura no importa dijo, y se volvió hacia mí. Y adelante, ¿qué

tal?

No está tan marcado como atrás respondí. Debes haberte quedado

menos tiempo. Además, los pechos impiden que el elástico se apoye bien en

el estómago. Deberías emplear una técnica distinta; por ejemplo

Ahora no tengo tiempo respondió. Ya está por llegar el Presidente.

Deberías explicarme eso del Presidente dije.

Ahora no tengo tiempo. Si leyeras los diarios.

—¿Y Teodoro?

No sé, no sé respondió. Pero no creo que se enoje porque hayas

tomado esos pantalones.

Cuando íbamos a salir, la detuve y la miré a los ojos. Son negros.

Dime si me amas le dije.

—¿Por qué quieres saberlo?

Es preciso respondí; busqué su boca y nos besamos, ella se apretó

contra mi cuerpo, pero pronto se aflojó y noté que estaba impaciente.

Luego dijo. Ahora no tengo tiempo.

Sólo eso y nada más.

Es que no tengo tiempo insistió. Ahora te respondería mal, para

sacarte de adelante.

Me crucé de brazos.

Es preciso dije. No te dejaré ir hasta que respondas bien.

—¡Oh, no tiene sentido! rezongó, dejándose caer sentada en la cama;

luego advirtió que las nalgas se le marcarían en forma distinta y se levantó.

Déjame salir, por favor te lo ruego.

Bien respondí fríamente. Debo entender que no me amas; de lo

contrario, no te costaría tanto responder.

Tómalo como quieras dijo. Pero no es exactamente así; luego

conversaremos, cuando pase todo.

Al apagar la luz recibí otro choque eléctrico. No quería que anduviera

desnuda por la casa, habiendo otros hombres, pero no quise añadir leña a la

hoguera.

Deberías desinfectarte la lastimadura de la espalda; no es profunda,

pero el elástico está oxidado, y quizás se te infecte dije.

De todos modos estoy vacunada contra el tétanos dijo. ¡Dios mío!

¡Qué tarde se ha hecho!

—¿A qué hora comienza la fiesta? pregunté, consultando el reloj

pulsera; marcaba las tres y cuarenta y cinco.

Cuando llegue el Presidente fue la respuesta.

Atravesamos la sala; Elga fue a la cocina y dio algunas órdenes a la

cocinera (María), luego caminé a su lado.

—¿Por qué me sigues? preguntó.

No sé respondí. En realidad, no sé qué hacer.

Yo pensé que no saldrías de la biblioteca dijo.

No pensaba respondí. Pero ahora recuerdo que quería tomar un

poco de aire.

Puedes hacerlo dijo. Cuando vuelvas, haz el favor de traer

cigarrillos.

Se internó por el corredor. El reloj tocaba (quizás el menos cuarto). Fui

hasta la puerta de calle; al pasar junto al piano recordé que alguien lo había

saboteado. «Aunque quizás la lana fue colocada con otra intención» pensé,

pero no dejé de levantar la tapa para controlar que todo estuviera en orden.

Luego seguí mi camino, y al pasar junto al perchero tomé la gorra y me la

puse. Me miré al espejo; en la imagen reflejada faltaba el saco.

Subí a la planta alta y golpeé la puerta de la mujer que había hallado en la

cocina (ojos verdes, parecida a María, la cocinera); no respondió; miré

entonces por la cerradura, y la vi sentada oblicuamente en la cama, tirada un

poco hacia atrás, apoyada en la palma de las manos; un hombre, en quien no

pude reconocer a Teodoro, estaba de rodillas en el suelo, junto a ella, el rostro

muy próximo a su sexo. Golpeé de nuevo con fuerza y exigí que me

devolvieran el saco.

Ahora no puedo respondió ella. Me están ayudando a atarme los

zapatos.

Presté atención y me pareció que, en efecto, ese hombre manipulaba en

sus pies; de todos modos, ella, la mirada hacia arriba, mostraba en el rostro

una intensa expresión de placer.

Es que lo necesito exclamé.

Te dije que nos veríamos luego de la fiesta respondió. Ahora vete,

rápido; puedes tomar otro saco de tu ropero.

Sentí despecho por la presencia de ese hombre; en lugar de bajar la

escalera, fui a un cuarto contiguo, con la esperanza de encontrar una

comunicación con el que ella ocupaba.

Te estaba esperando dijo Teodoro, sentado en un pequeño taburete,

que reconocí como perteneciente al piano. Has tardado en venir agregó.

No sabía que me esperabas dije. Lo noté demacrado. Sonrió con

tristeza, y se acentuaron las arrugas de su rostro. Sorpresivamente extrajo un

brillante revólver de entre sus ropas; lo agarró por el caño y me lo extendió.

Toma dijo. Mátame.

Yo lo tomé, sin saber bien por qué lo hacía; mis dedos rodearon la culata

y el índice se apoyó en el gatillo, pero dejé caer el brazo a lo largo del cuerpo.

No dije, hoy no. Está por llegar el Presidente.

Sin embargo, debes hacerlo. Te lo ruego. Hijo mío, te he traicionado.

Debes saberlo. Me remuerde la conciencia.

No es nada respondí, fastidiado por la situación.

Por favor insistió.

El piano, en la planta baja, dejó escapar un acorde; yo pensé que había

llegado el Presidente. Abrí la puerta y me asomé, apoyándome en la

barandilla; vi que el gato se había trepado al piano y estaba sentado sobre las

teclas.

—¡Fuera! le grité, y el gato miró hacia arriba y quedó mirándome, sin

moverse.

Hijo mío decía Teodoro, quien había llegado al vano de la puerta. Se

apoyaba contra el marco, con el hombro izquierdo.

—¡Déjame en paz! le dije, y amenacé al gato con el revólver.

Tienes que escuchar mi confesión insistió el viejo, y resbalaba

lentamente hacia el suelo, siempre apoyado en el hombro. Eres mi hijo:

fruto de las relaciones ilícitas con la condesa, tu madre; y me he acostado

repetidamente con todas tus mujeres; hoy mismo he tenido a Elga entre mis

brazos, fue al mediodía, había tomado mucho vino con el almuerzo, y las

moscas zumbaban en la soledad de mi cuarto; el sol, que entraba por la

ventanita, me daba en la nuca, y yo quería salir de mi sopor y no podía, y

murmuraba su nombre

—¡Basta! grité. ¡Déjame en paz!

Mátame, por favor dijo, con un hilo de voz; yo no lo escuché más y

empecé a bajar las escaleras, con idea de sacar al gato de encima del piano.

Teodoro se arrastró hasta la barandilla, y me gritó con todas sus fuerzas:

—¡Ladrón! ¡Ladrón de pantalones! ¡Cínico! ¡Robarle los pantalones

manchados de cal a un pobre criado, hijo de una lavandera y de padre

desconocido! ¡Miserable, traidor, cornudo, roñoso!

Intenté agarrar al gato pero me tiró un zarpazo, arañándome la mano. Le

pegué en la nuca con la culata del revólver, y se desplomó muerto, haciendo

sonar otra vez el instrumento.

—¡Llévate a este gato de acá! le grité a Teodoro, quien aún asomaba la

cabeza por entre las rejas.

—¡Sí, señor! respondió, y fui al dormitorio. El ropero ya no estaba; la

pieza vacía, sólo la araña de cristal con todas sus luces encendidas y, debajo

de ella, la mujer que había visto en el cuarto de baño.

—¿Ha llegado ya el Presidente? preguntó. Parecía mucho más gorda

por los distintos vestidos puestos uno encima del otro. Un gran sombrero de

plumas le coronaba la cabeza.

No sé por qué todo el mundo me fastidia con el Presidente respondí;

sus faldas eran cortas y una de las medias (la derecha) se le caía, y quedaba

arrugada en un montoncito sobre el pie. Son lindas tus medias de malla

le dije. Y tus piernas también son hermosas.

Ayúdame, por favor, a enganchar las medias dijo. Nunca supe

manejarme con estos portaligas.

De rodillas, aproveché para acariciarle las piernas mientras trabajaba en el

portaligas; llevaba una faja muy apretada; después de terminar con los

broches seguí acariciándole las piernas, y luego las enfundadas nalgas, y entre

las piernas.

Quita las manos de allí dijo, tardíamente; no le hice caso y continué,

y luego traté de doblarle las piernas apretándole los tendones. Me vas a

hacer caer dijo, y romperás las medias de malla. Vamos, quítate de allí.

Yo no quería hacerla caer, ni romperle las medias, pero la húmeda tibieza

que invadía la parte inferior de la faja hizo que le aferrara aún más las piernas

y tirara con fuerza hacia abajo. Quítate volvió a decir, pero su voz estaba

quebrada, ella se había ablandado y estaba a punto de ceder.

Entonces, del otro extremo de la casa, más allá de la puerta del corredor

que da a la sala, llegó un ruido estruendoso y familiar.

—¡El tambor! gritó la mujer, y se apartó, acomodándose las plumas del

sombrero y olvidándome. ¡Es el redoble del tambor, llega el Presidente!

Se lanzó al corredor, a la carrera; permanecí de rodillas en medio de la

pieza, debajo de la araña de cristal, sintiéndome estúpido. Oí que abría la

puerta del corredor, y el tambor me ensordeció; era un redoble militar e

interminable. El redoble cesó, y una voz gangosa anunció al Presidente.

Espié hacia la sala, que estaba llena, y no pude ver al Presidente que, es de

presumir, era la persona a quien todos rodeaban, cerca de la puerta de calle.

Me produjo un escalofrío ver al gato muerto, aún sobre el piano.

«Maldito Teodoro», pensé, y comencé a caminar furtivamente por la sala,

hacia el gato; aún la multitud formaba un círculo más allá, y no me veía; tomé

al gato por la piel del pescuezo y huí.

—¡Ahí va! sentí una voz que decía, en la cual creí reconocer a Teodoro;

cerré rápidamente la puerta de la sala que da al corredor y le pasé llave, y

también un pasador; siempre con el gato en la mano (agarrado por la piel del

pescuezo), que me producía una sensación incómoda (estaba tibio, y me

recordaba la faja de la mujer), corrí hacia el cuarto de baño; el piso estaba

mojado todavía. Caminé en puntas de pie, para no mojarme los zapatos, y

dejé caer el cadáver en el W.C.; luego tiré de la cadena, pero el agua no logró

arrastrarlo, porque era muy grande.

—¿Qué estás haciendo con el pobre Michín? dijo una voz; era Elga

quien, lujosamente ataviada, también portando sombrero de plumas y amplias

vestiduras, estaba sentada en el bidé, y no le respondí porque me irrita gritar

por encima de otros ruidos; de todos modos, el gato era mío.

Elga había dejado encendida la luz de su dormitorio, una costumbre

reprobable. No advertí escondites posibles para el gato, y seguí hacia el cuarto

de baño, ese otro cuarto de baño cuya puerta estaba antes disimulada tras el

enorme ropero ahora desaparecido; allí, la canilla seguía abierta. Encendí la

luz y miré en todas direcciones; al fin elegí el placar. Metí al gato en uno de

los estantes (detrás del espejo) y cerré la puertita; el animal cabía en forma

muy ajustada, y su carne empujó el espejo hacia afuera. Lo acomodé un poco

mejor, pero parecía desparramarse, desbordarse, siempre sobraba un poco de

carne. Recordé la experiencia de la pareja en el ropero e hice girar la perilla,

que trancaba por dentro.

Aún no había conseguido un saco y no quería ir a la sala y saludar en

camisa al Presidente; incluso, aún teniendo el saco puesto, ese «¡ahí va!» que

había escuchado me hacía sospechar que había sido visto con el gato, y no

podía mirarlo a los ojos ni estrecharle la mano (al Presidente).

Busqué refugio en el cuarto de baño (que uso habitualmente); Elga ya no

estaba. Sobre las baldosas mojadas seguirían humedeciéndose mis zapatos;

entonces, tomé la rejilla de madera, la coloqué en el piso y me paré encima.

Estuve así un rato hasta que me aburrí, y llegó a mí la comprensión de que

debía hacer algo. Recordé que había visto sacos en el montón de ropa que

Teodoro tenía en su pieza, y me pregunté si no habría otro camino para llegar

al altillo, sin pasar por la sala.

La ventanita del baño no era grande, pero calculé que podía pasar el

cuerpo por allí; nunca antes había mirado a través de ella. Estaba ubicada a

cierta altura; con cuidado, para mojar los zapatos lo menos posible, trepé a la

bañera de azulejos y alcancé la ventana y la abrí; del otro lado había un patio

descubierto.

Saqué primero la cabeza y los hombros, y luego no sé bien cómo hice para

llegar al otro lado; recuerdo que en determinado momento quedé cabeza

abajo, pero no sufrí ningún daño. Me encontré en un patiecito cerrado por los

cuatro costados, un pozo de aire de paredes grises con manchitas de alquitrán,

y algunas ventanas opacas. Pude ver las nubes que transitaban por la naciente

oscuridad del cielo.

Frente a la ventanita del baño había una puerta de madera; daba la

impresión de que no se usaba muy a menudo. Pero no tenía llave, y a pesar de

estar hinchada por la humedad, pude abrirla con un pequeño forcejeo. Me

encontré, otra vez, en un pasillo que daba a muchas habitaciones. Esto me

produjo desánimo.

Entré a una primera habitación, que estaba completamente vacía; pero

tenía un gran vitral, una especie de ventanal lleno de vidrios esmerilados, de

colores opacos; los vidrios eran pequeños y el armazón que los sostenía era de

hierro. Imaginé que del otro lado había un hermoso parque, y siguiendo un

impulso rompí uno de los vidrios con la culata del revólver. Alcancé a ver la

sorprendida cara del Presidente, aunque creo que él no alcanzó a verme

porque huí de inmediato; el Presidente sostenía una copa de licor en su mano

derecha, tenía la mano izquierda en el bolsillo y era evidente que un segundo

antes le sonreía con agrado y displicencia a una señora desconocida que tenía

frente a él; estaban cerca del piano.

La segunda pieza, enorme, cobijaba todos los muebles que habían

desaparecido del resto de la casa; pronto localicé mi ropero, y conseguí un

saco (los pantalones seguían fugitivos). Sobre el piso del ropero ya no estaba

la pareja. Luego noté que una mesita de luz se movía con sacudidas breves;

abrí la puertita y media docena de ratones salió corriendo y se distribuyó por

distintos rincones insospechados o inaccesibles.

Me examiné ante el gran espejo del ropero; no estaba excepcionalmente

bien vestido, quizás las ropas no fueran muy adecuadas para recibir a un

Presidente; pero no tenía otra alternativa. Lo único que pude hacer por mi

aspecto fue sustituir la gorra por un sombrero. Quería, de cualquier forma,

hacerme presente en la fiesta.

En la tercera habitación, una mujer sollozaba. Entré, y reconocí a María

(la cocinera) sentada en una cama.

—¡Mira! exclamó, mostrando la tortuga, que tenía amorosamente entre

los brazos. ¡Mira en qué ha quedado!

No veo la importancia que pueda tener dije, acercándome, y el

inmundo animal hizo sonar las mandíbulas. Además, así lo quiso ella

misma.

—¡Cómo hemos de obsequiar al Presidente con la tortuga desnuda! se

quejó la cocinera (María, hermosa, de ojos verdes).

Puede obsequiársele otra cosa respondí, indiferente.

Bien sabes que no es posible dijo ella, y me miró, angustiada. El

Presidente sólo admite tortugas, y ésta nos ha costado mucho dinero. Es un

ejemplar rarísimo, de los Trópicos, o del Asia.

Se puso de pie, y se paseó por la pieza (con la tortuga).

Escucha dije, tomándola de un brazo. Yo creo agregué, y me

situé a sus espaldas que podría disimularse el fiasco de la tortuga si tú, que

eres la encargada de entregarla al Presidente, te presentaras tan desnuda como

ella. Mientras hablaba le iba desabrochando el vestido. Incluso, si lo

deseas le quité el vestido, aunque guardando distancia de las mandíbulas de

la tortuga, yo también puedo presentarme desnudo; la impresión sería más

completa. Le quité la ropa interior, y luego unas caravanas que le colgaban

de las orejas; como parecía dudar, continué hablando. Podríamos

convencer, además, a todos los invitados de que hicieran lo mismo.

Traté de acercarla a la cama, pero opuso resistencia y me amenazó con la

tortuga.

Déjame suplicó. Déjame, por favor; el Presidente está esperando

su tortuga, y si no la presentamos de inmediato se irá, enojado, creyéndose

víctima de un engaño, y fracasará el pacto; desde que llegó, ya ha hecho trece

alusiones a tortugas. Vamos, déjame; luego, después de la fiesta, prometo que

he de estar contigo. De todos modos agregó, luego de una pausa, mientras

se vestía apresuradamente, tu idea es estúpida.

En realidad dije, me importa un comino de la tortuga, del

Presidente, de la República entera, del Universo. Yo te quería a ti.

Lo sospechaba respondió, con una sonrisa. Siempre lo sospeché,

siempre me pareció que cuando te servía la comida era a mí, y no a la comida,

a quien mirabas con ojos ávidos; pero yo me acuesto con el chofer. Mira

agregó luego; yo sí tengo buenas ideas. Colocó a la tortuga entre las dos

mitades del caparazón, y luego pegó los bordes con cemento (un tubito que

extrajo del bolsillo del vestido). Es un cemento especial, seca rápido. No

creo que el arreglo sea duradero pero, al menos, si el Presidente no la

manosea mucho, aguantará por esta noche, hasta que se firme el pacto.

Salió, con la tortuga.

Decidí, mal que me pesara, integrarme a la fiesta. Me acerqué a la sala,

respiré hondo, y tomé la resolución; oía música y risas. Pero la puerta no

cedió.

Volví a intentar un par de veces, sin resultado. De pronto, alguien abrió

del otro lado; Teodoro, con un lujoso uniforme de portero, quien tenía en sus

manos un pesado bastón reluciente, rematado por una cabeza de león

metálica, gritó mi nombre, mientras golpeaba el bastón contra el piso, y me

hizo pasar, con una reverencia, a la sala (creí notar ironía en sus facciones).

Bailaban los invitados al son de un disco, que giraba en un viejo

gramófono; un tango. El Presidente bailaba con Elga, en el centro de la sala, y

parecía estar muy a gusto. Unos reflectores ubicados arriba, junto a la

barandilla, iluminaban la pista. Nadie se molestó en reparar en mi presencia, a

pesar del anuncio.

Busqué en la mesa del lunch aquellos bocadillos que había preparado

María (redondos y amarillos, con una bolita roja); tomé algunos de una fuente

y me puse uno en la boca, guardando el resto en los bolsillos de los

pantalones. Sufrí una decepción: a pesar del aspecto de mayonesa, tenían

gusto dulce, y destilaban un aceite desagradable.

Comencé a subir la escalera, con idea de jugar un poco con los reflectores

y, de paso, tener una visión de conjunto de la fiesta; estaba por la mitad

cuando la música murió, con un sonido grave y arrastrado; las luces se

encendieron, y se apagaron los reflectores.

Se rompió la cuerda oí que decían, y volví a bajar para ver si podía

hacer algo por la victrola; pero ya todos la rodeaban y hacían afirmaciones

inexactas en torno a su posible mal. Terminé de comer el último bocadillo y

me limpié el aceite de los dedos en las piernas de los pantalones; luego el

Presidente cruzó la sala en dirección al piano.

—¡Atención! gritó Teodoro, parándose en medio de la sala (me pareció

que estaba borracho). A continuación, el Excelentísimo Señor Presidente de

la República ejecutará para ¡todos ustedes! deliciosas ¡interpretaciones al

piano!

Hubo aplausos, y el Presidente se paró, confundido: no hallaba el taburete.

Subí las escaleras y busqué el taburete sobre el cual Teodoro estuvo sentado,

en aquella pieza, cuando lo del revólver; yo tampoco hallé el taburete.

Cuando salí de la pieza vi las luces otra vez apagadas y un reflector

apuntando hacia abajo, hacia el piano; el Presidente estaba a punto de

comenzar la ejecución, alguien le había alcanzado una silla.

Me aproximé a los reflectores.

Hola dijo la cálida voz de la persona que los manejaba, y era la mujer

a quien un hombre ayudaba a atar los cordones de los zapatos, la misma a

quien había hallado en la cocina y que se parecía a la cocinera (María). Le

rodeé la cintura con un brazo y juntos miramos al Presidente. Mi amor

me dijo al oído, y el reflector se corrió por un momento, dejando al Presidente

en la oscuridad, y enfocando en su lugar a una estatuilla hindú y a una maceta

con una palmera. Luego el Presidente comenzó algo de Beethoven, pero

tocaba muy mal.

Qué mal toca el Presidente dijo la mujer a mi lado, y el Presidente

gritó, desde abajo, que encendieran las luces. Cuando se encendieron, levantó

la tapa del piano.

Un murmullo recorrió la sala.

Vamos le dije a la mujer, tomándola del brazo. Vamos a

descolgarnos por una ventana y a correr por los tejados, hacia los parques

le dije. Vamos a huir de esta casa, de esta ciudad, de este país, vamos

adonde nadie jamás pueda hallarnos, una choza perdida en las islas tropicales,

o al nevado pico de la montaña, vamos a navegar por mares desconocidos, a

enfrentar los vientos, guiados por las estrellas, busquemos un lugar en el

mundo, nuestro iglú en el Ártico, una caverna próxima a un volcán, ese lugar

donde a nadie se le ocurra buscarnos, vamos, amor.

El Presidente había sacado al gato muerto de adentro del piano, y ahora lo

exhibía.

Después, la mujer me contó que le dijeron que el Presidente, al agarrar

furioso a su tortuga y ponérsela bajo el brazo, con intención de retirarse, hizo

un movimiento demasiado brusco y el caparazón volvió a abrirse por el

remiendo, y que la tortuga salió corriendo despavorida, y que se perdió de

vista, y que todo esto mandaba el pacto al diablo.

Que los invitados, furiosos, destrozaron mi casa con hachas.

Que se me buscaba, aún, afanosamente, en todas partes.

Que en las afueras de la ciudad la tortuga había mordido a un niño

indefenso.

Nos besamos, solos en algún lugar del mundo.

                                                    1967

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