Felisberto Hernandez-Diario del Sinverguenza




DIARIO DEL SINVERGÜENZA

1

Una noche el autor de este trabajo descubre que su cuerpo, al cual llama

«el sinvergüenza», no es de él, que su cabeza, a quien llama «ella», lleva,

además, una vida aparte: casi siempre está llena de pensamientos ajenos y

suele entenderse con el sinvergüenza y con cualquiera.

Desde entonces el autor busca su verdadero yo [y escribe sus aventuras.

F. H.

Nota: El autor persigue su yo todos los días; pero sólo escribe algunos;

éstos se distinguen por números y no por fechas. La forma es de diario].

2

Día 1

Cuando era niño vi a un enfermo al que le mostraban su propia mano y

decía que era de otro.

Hace algunos meses descubrí que yo tenía esa enfermedad desde hacía

muchos años. Tal vez habría empezado en aquella noche de mi niñez en que

después de apagada la luz veía andar sola la mano de aquel hombre enfermo

y escondía las mías entre las cobijas. Después escondía la cabeza; pero

seguía pensando que a la mañana siguiente aquella mano podía tomar las

mías descuidadas, del pequeño patio de teclas blancas y negras del piano de

Celina. Y creo que fue otra noche que empecé a sentir soledad, en mis

manos. Le pedí a mi madre que me encendiera la luz para arreglarme las

cobijas y aproveché a mirarme las manos: las vi como si nunca las hubiera

mirado, las encontré extrañas y tenía pena de que no fueran mías. Y todavía

mi madre me dijo: «Parecen las manos de un cavador; nunca te las lavas

antes de acostarte».

No sé cuándo olvidé la mano del enfermo; pero ella, escondida entre

otros recuerdos, debe haber trabajado en mis sueños, en mis juegos y debe

haber engañado mis manos, las debe haber llevado, de la mano, quién sabe

a dónde o a quien y debe haber traído estas otras. Pero aquella mano no se

detuvo nunca; y en la noche de hace pocos meses sentí todo mi cuerpo

como si fuera de otro. Y después algo peor: descubrí que mi cuerpo ya

había sido ajeno desde hacía muchos años. Él había estado pensando y

escribiendo en mi nombre y ahora hasta mi propio nombre tiene otro

sentido y parece de él, de este cuerpo con el que fui teniendo tan larga

complicidad y al que he terminado por llamarle «el sinvergüenza».

Cuando yo era niño no ponía mucha atención en mi cuerpo. Es que lo

miraba con cierta indiferencia, pero a veces casi me hacía gracia y sentía

por él esa pena que se tiene por algún predestinado a una enfermedad

incurable. Muchas veces trataba de que esquivara pellizcones, de que

huyera de las palizas y lo acompañaba en los rincones de penitencias. Él se

entretenía en cerrar los ojos, tirar un alfiler y buscarlo a tientas; o en acercar

los ojos, muy abiertos, al piso y a las paredes para ver bien las cosas muy

pequeñas.

Pero ahora no quiero entregarme a los recuerdos. Tengo otras cosas

importantes que descubrir. Sin embargo hoy tampoco puedo pensar.

Mañana, me levantaré temprano y empezaré a buscar mi yo, mi verdadero

yo; quiero saber dónde y cómo vive en este misterioso continente, en este

cuerpo, en este sinvergüenza.

3

Día 2

A pesar de haberme prometido buscar mi yo a la mañana siguiente lo

empecé a perseguir esa misma noche. Y no sólo dentro de mi cuerpo sino

también dentro del sótano donde vivo. Hay que pasar por una puerta chica

como la de cubierta de algunos barcos; se bajan unos escalones y las piezas,

de techos bajos cruzados por caños, también hacen pensar en un vapor. Y si

en la mañana me despierta la máquina de lavar la ropa, la ilusión de soledad

en alta mar es completa.

Esa noche, para no despertar a mi señora, tuve que tantear con cuidado

el camino a mi cama y hacer contorsiones y fuerza para sacar obstáculos.

Pero de pronto, en la poca luz, tuve una sorpresa. En el instante de descubrir

que mi señora no estaba, la cama de ella, muy bien tendida con su

almohadón inclinado, me dio la impresión de que la propia cama, acostada

en sí misma, estaba inocentemente dormida. Y fue en ese momento, al ver

redondeados los bordes de las cobijas con algo de ternura, que me asaltó el

sentimiento angustioso de estar solo con mi cuerpo, de tenerlo que revisar

como a un mal compañero y recriminarle su impostura.

Encendí una pequeña luz, debajo de la cama. Está allí para no despertar

a mi mujer cuando el sinvergüenza quiere levantarse en medio de la noche.

Ahora en el momento de ponerlo de pie, casi en la oscuridad —la luz, como

una candileja, sólo iluminaba los zapatos—, me di cuenta de que él estaba

prevenido y nervioso como un bandido que presiente la policía. Estoy

seguro de que caminaba de un lado para otro sin motivo; yo alcancé a verle

las rodilleras del pantalón. Tenía cierta expresión de desfachatez. Después,

mientras yo estaba distraído, encendió la luz de una portátil encima de una

mesa, fue al fondo de la pieza y echó mano a una botella de vino puro que

había traído mi señora. Entonces —esta vez supongo que fui yo—, lo

obligué a sentarse a una mesa con intención de interrogarlo.

En primer término ¿quién lo enteró de mis propósitos? Él había

demorado la boca en el vino y ocurrió lo de muchas veces: llegó mi señora

a punto de salvarlo y con esa extraña relación que ella tiene con él por

encima, o aparte de mi yo, y que yo nunca sé bien como es. ¿Pero quién le

avisó, al mismo tiempo, a ella también? Creo haberlo descubierto esa

misma noche.

4

Esa mañana, apenas mi señora subió a «cubierta», y yo me quedé

solo con mi cuerpo, me encontré comprometido, con él, como con un

compañero, en un largo viaje, al que tuviera que revisarle los bolsillos y

recriminarle algo.

Esa primer [a] mañana me pareció que él era inocente, que yo lo

traicionaba, y que debía mirar bien lo que hacía antes de proceder. Esto me

trajo a la memoria lo que me ocurría con algunos compañeros cuando yo

iba a un empleo que dejé hace poco tiempo; ahora lo comprendo todo

mejor.

Las calles próximas a la de mi oficina eran malditas. Sabía que al entrar

allí me iba a encontrar una persona horrible, cobarde y artificial; que me

enfermaba de angustia. Esa persona era yo. Ya, si en las calles era visto por

compañeros —si me veían los esquivaba—, ya los apreciara o los detestara,

mi persona artificial se dirigía insistentemente hacia ellas, cordial y lleno de

bromas. Ese era mi cuerpo. No, era este cuerpo solitario como un perro

resentido, que una vez me cambiaron, que no sé de dónde vino y cuál es su

historia. ¿Por qué le cuesta tanto salirse de sí mismo y cuando lo hace es

con tanta violencia y en una forma tan poco natural? ¿Por qué es cobarde, y

perezoso y tiene una dificultad tan grande en escuchar a los demás, en

esperar a comprenderlos, y después hablarles con su propio criterio

tranquila y valientemente?

¿Por qué esa dificultad de improvisar frente a las personas cuando ellas

están presentes? ¿De dónde le viene ese miedo que lo vuelca

anticipadamente ante las personas conocidas con esa cordialidad llena de

bromas que eviten el silencio, que no dejen pasar mucho tiempo sin

palabras, sin alguna manifestación exterior?

¿Por qué le tiene miedo al vacío de la conversación y al tiempo que pasa

sin responder? ¿Es porque tiene alguna dificultad desconocida en el trato?

Si se sabe inferior, físicamente, para resistir una pelea, ¿también se sabe

incapaz de emplear su cabeza para arreglar una situación?

Ante estas recriminaciones se quedó callado. No sabía lo que él haría;

pero el hecho de que yo no lo temiera me decía que él era un cobarde, que

yo sabía que él se quedaría callado, que yo estaba acostumbrado a que él se

encogiera.

Pero no ocurrió exactamente eso. Esa mañana al cerrar la puerta de la

«cubierta» tuve un instante la sensación de que él había quedado adentro,

debajo, en el camarote. Pero en seguida sentí que venía conmigo y que yo

tenía la incomodidad de andar junto a un enemigo, de no sentirme libre.

Entonces recordé otra cosa que me ocurría en el empleo: cuando él se

enojaba ante una mala contestación de un compañero (el perro resentido era

muy susceptible) era insufrible la situación de pensar, de tener

continuamente la atención, de cómo tendría que comportarme con el

compañero. Le era más cómoda la violencia máxima que [la] forma

obsesiva de la atención ante la circunstancia de tener que improvisar a cada

instante los gestos de una persona resentida. La obsesión era tan

enloquecedora que trataba de hablarle como si nada hubiera pasado (pero

con un odio inmenso) al que me había agraviado.

El cuerpo, el sinvergüenza, tiene una cabeza y le ha hecho una seña

imperceptible, instintiva, para que ella lo justifique.

Voy a esperar a que ella hable.

Esta tranquilidad de la espera es de ellos, de mi cuerpo y de mi cabeza.

Mi yo, en la situación de quererse agarrar el alma con una mano que no es

de él, siente otra cosa.

5

He andado buscando mi propio yo desesperadamente como alguien

que quisiera agarrarme el alma con una mano que no es de él. Y lo sigo

buscando entre mis pensamientos, de los cuales desconfío, y entre mis

sueños. Y para colmo, todos ellos, ni siquiera se me aparecen de él

solamente, sino como de muchos cuerpos confusos, de los que vivieron en

sus antepasados.

¿Y quién es el que busca mi yo? Debe ser él, mi cuerpo. Tal vez él

presiente mi yo como un bandido presiente la policía. Pero Ja idea de la

justicia ¿será de mi yo? En todo caso mi yo la puede haber tomado de otros.

No sólo mi cuerpo sino también mi yo, debemos estar llenos de

pensamientos ajenos. ¿Y ahora será él que quiere confundir mi yo con el de

los otros?

He vivido instantes en que creía encontrarlo en la pena de estar

enfermo, en la angustia de encontrarme dividido de no tener unidad leal

ante el mundo. Pero he aquí que un día descubrí que no estaba solo: empecé

a mirar a los demás con mi condición y encontré hombres mucho más

divididos que yo, de grandes culturas y grandes sentimientos por una parte

y con sinvergüenzas mucho más grandes que el mío.

A mí me queda la ilusión de luchar con el sinvergüenza y crear con él

una unidad de lucha. Pienso que este diario me ayudará para para crearme

un yo que lo pueda ver sin tanta vergüenza.

Pero oigo a mi sinvergüenza decirme: Yo soy grande y misterioso: no

me hice solo, soy múltiple… Ya sé, mi yo es débil; y debo admitir, también

pensamientos ajenos para que me ayuden. Pero también en esto tengo que

luchar con él, con su vanidad de ser él solo, por encima de todos los otros:

él tiene un egoísmo inmenso y yo estoy a expensas de su poder.

Sin embargo hoy debo decir que buscaré mi yo, también, en el pasado,

con pasos de fantasma y entre hechos con la falsa claridad de algunos

sueños. Y por último ¿quién es que ama la vida también en los recuerdos?

Y si es él que me obliga a escribirlos ¿quiere relamerse del pasado o es para

representarse una presa del futuro?

6

Me desperté en completa oscuridad[129] sabiendo que la cama de

Acacia, mi mujer, estaba a mi derecha y junto a la mía. Entonces saqué mi

mano izquierda de entre las cobijas y la dejé colgando, fuera de la cama, en

el aire oscuro. Y en el instante de preguntarme «¿qué estaba soñando?»,

empecé a comprender, como si la oyera, otra pregunta. Era hecha con mi

voz, con mi voz imaginada de otras veces, cuando pienso con palabras en

medio de la noche; esa pregunta tomaba descuidada a la primera con una

insinuación irónica pero que se iba llenando de miedo: «¿Y si una mano,

que no es de ninguna de las de este cuerpo, viniera acercándose, en la

oscuridad, y de pronto tomara esta mano caída?».

Primero la cabeza y después el cuerpo, se fueron erizando. Yo no

alcancé a percibir el movimiento de la mano al meterse entre las cobijas.

Pero ¿quién hizo la pregunta? ¿O dónde y por qué se produjo esa pregunta?

Tenía que haber una «ella», inesperada, actuando en mis propias narices.

Precisamente ¿quién es la que se mira en el espejo de mañana? ¿Quién es la

gran vanidosa, la que todo lo quiere saber y hace caso a lo que dice

cualquiera? ¡Tan desconfiada y tan crédula! Cuando Acacia dice que recibe

de mí pensamientos telepáticos, yo me quedo sorprendido; pero ¿quién se

los trasmite? Todas estas preguntas son mías, estoy seguro, pero aún me

quedan otras: ¿por qué ellos, la cabeza y el cuerpo se asustaron y «ella»

hizo la pregunta? Ellos sabían que podría venir a visitarme una mano de mi

propio yo cuando ellos no la vieran. Entonces tuve una tristeza tierna, casi

infantil; empecé a sentir que una mano mía, desde hacía muchos años, debía

andar perdida; que aprovecharía a confundirse con la noche, que debía

haber pasado muchas necesidades creciendo sola y pidiendo limosna

escondida en un paño negro.

Hubiera querido llorar pero no quería hacerlo porque las lágrimas serían

de «ella», aparecería en los ojos de esta cabeza, que esconde, en alguna

parte de «ella» o del cuerpo, mi yo.

7

El día que descubrí mi sinvergüenza caía una lluvia fina y yo había

ido a un barrio pobre a buscar una valija. Necesitaba mucho la valija; pero

con aquel tiempo y pensando en la molestia que me traería el viaje en

ómnibus con ella, estaba contento de no haber encontrado la familia que me

tenía que dar la valija. Esperaba el ómnibus debajo de una cina-cina y al

lado mío había un caballo con una cuerdita al pescuezo que se me ocurrió

que había sido atada por un chiquilín. Tenía ganas de pasar la mano por la

pradera caliente y lustrosa que parecía la piel del caballo, pero de pronto

ella producía un pequeño terremoto para ahuyentar una mosca. La cuerdita

me hizo acordar del director de mi escuela cuando yo tenía trece años. Él

tenía una nariz inmensa, usaba un cuello anchísimo y decía que la corbata

finita, más angosta que un dedo, armonizaba con sus facciones. Los

muchachos decían que era una cinta de hilera y que compraba toda la pieza

para hacerse corbatas.

El caballo movió la cola y me acordé del hospital donde hacía poco me

habían sacado la última vértebra y me habían dejado un agujero tan grande

que parecía que le hubieran arrancado de raíz la cola a un caballo. Un

médico, al comentar la fístula, les hablaba a los estudiantes de algo como

una equivocación de la naturaleza al cerrar las vértebras. De pronto me di

cuenta que el caballo y yo, al mismo tiempo, habíamos hecho el mismo

movimiento para apoyar el cuerpo del otro costado y descansar, él en otra

pata y yo en otra pierna.

8

Ahora estoy más tranquilo; pero hace algunos días tuve como una

locura del hombre que corre perdido en una selva y lo excita el roce de

plantas desconocidas.

La realidad se parecía a los sueños y yo me preguntaba: ¿Pero quién es

que busca mi yo? ¿No será él, mi cuerpo? ¿O será que él huye de mi yo

como un bandido que presiente la policía? Entonces, la idea de justicia,

¿será de mi yo?

Después pensaba que esa idea estaba formada de pensamientos ajenos,

que ellos me vigilaban desde la infancia y habrían empezado a invadirme,

como a un continente, a una señal hecha por aquella mano y que tanto mi

cuerpo como yo nos habíamos empezado a llenar de pensamientos ajenos.

Pero yo, mi yo más yo, ¿no estaría escondido en algún rincón de este

grande y misterioso continente? ¿No lo dejarán salir, alguna vez? ¿No

tendrá recreos? ¿No intentará evadirse?

Debe estar muy vigilado.

9

Al anochecer saqué mi cuerpo a caminar; pero en el momento de

cerrar Ja puerta de mi pieza me vino el sentimiento desagradable de una

época en que tenía que vivir en una pieza con otra persona. Habiendo otra

persona ya hay traición. Pero nunca creí que podría estar en esa situación

con el cuerpo donde vivo. Esto es sin Esperanza.

10

No, no se puede buscar el «yo» por la mañana; hay que esperar a la

noche, a la hora en que salen los fantasmas.

Pero ¿quién es que quiere trabajar ahora, en la mañana? ¿Cuál es la

parte del cuerpo que puede estar más contra mi yo? ¿No es la que está

arriba, que vigila desde lo alto y que está tan despejada en las mañanas?

¿Pero quién se puede fiar de ella? Ella está con el cuerpo, ella está con mi

yo, ella está con todos y contra todos. Ella es intermediaria de cualquiera.

11

Día…

Hoy he pensado en los amaneceres de algunas conciencias. Es

impresionante como un abismo, lo que puede entreverse dentro de los

límites de un cuerpo o de un sinvergüenza.

La curiosa, la conciencia, quiere ver y comprender todo. Todo lo

entrevera o todo lo acomoda, lo cual es lo mismo para el sinvergüenza.

Cuando el cuerpo se despierta y empieza a mover sus límites, ella le

recuerda una existencia casi siempre inconveniente y lo pone de mal humor.

Ella ha estado sentada al lado de él, en el teatro del sueño y apenas se

rompe el hechizo él se la encuentra conversando y poniendo todo en orden.

Él no puede prescindir de ella porque si él se enferma o tiene hambre ella le

sugiere lo que tiene que hacer. (Entre muchas otras cosas el sinvergüenza es

maula y voraz). Ella ocupa el piso superior y se deja caer con insinuaciones

terribles: «¿Si eso que tienes resultara ser tal cosa y después te viene tal otra

y te mueres? A lo mejor no es nada, es hambre nada más». Ella sabe

moverlo, conoce su instrumento. Ha pulsado primero la bordona del miedo.

La vibración duraría largo rato si ella no se apresurara a apagarla con la

delicadeza de su dulce yema. Se produce el vacío expectante, el

movimiento de otro dedo para pulsar otra cuerda; ese vacío era ya la

sensación del hambre: suena la cuerda que lo decide a conseguir el

desayuno.

Pero mientras come, ella empieza a ejecutar, en todo el instrumento, los

arpegios de la ambición: «Debías tener auto, heladera, aspiradora y radioortofónica,

como fulano».

Mientras suenan los arpegios modulando a diferentes tonalidades, se

oye al mismo tiempo una nota en el bajo que insiste; es una nota pedal.

Rivalidad, guerra, competencia, lucha cuerpo a cuerpo, de sinvergüenza a

sinvergüenza. Y la conciencia ha puesto en marcha al gran instinto.

Hay sinvergüenzas que marchan a dos conciencias, la de él y la de la

señora…

El mozo de café me ha visto reír solo y ha venido a darme charla.

12

Creo haber sentido por primera vez a mi yo. Mi cuerpo estaba

sentado en una silla y los ojos miraron por una ventana que daba sobrecopas

de árboles. Bueno, era mi yo quien se asomó a mis ojos y miró largo rato

los movimientos de las hojas mientras la cabeza pensaba en sus cosas. Y

debe haber sido él quien se asustó cuando una palmera movió sus palmas

como si fueran ciempiés muy grandes.

Ya es la hora en que la cabeza se burle de mí y me diga que es el cuerpo

y ella misma que me hacen escribir y que el yo tal vez sea la burla y el

desengaño; que tal vez la burla y el desengaño del cuerpo y de la cabeza

sean el yo que busca el yo o el yo que busca la cabeza y el cuerpo.

Me parece que se están burlando, nuevamente de mi yo.

¿Tengo ilusión o tengo curiosidad de buscar el yo?

El cuerpo, o su cabeza, que todas las mañanas se burlan de mí, tienen

curiosidad por saber cómo la utilizaré para buscar el yo.

Pero mi tristeza tiene ilusión. ¿Y esta tristeza no será del cuerpo? me

dice la pretenciosa cabeza.

Mi yo ¿no se habrá ido de mí como un padre a quien lo acusaron de un

crimen y cuando se descubrió que era inocente, un hijo lo salió a buscar por

la selva?

Es decir, el padre había cometido el crimen, pero en el pueblo había

cambiado la moral que lo acusaba. El muerto pretendía vender y esclavizar

a aquella gente y el matador fue un héroe.

La madre, en el momento de despedirse del hijo, le advirtió: Si

encuentras a tu padre no lo traigas, porque puede cambiar la política del

pueblo y lo meterán en la cárcel o lo lincharán.

¿Y si el hijo encuentra al padre y lo trae y la política del pueblo cambia

el concepto del muerto?

13

Los días que las palmeras me parecen ciempiés movidos por el

viento, siento caminar cerca de mi enfermeras que me ponen inyecciones, y

los días que las palmeras me parecen árboles que dan persianas inmóviles

viene una sola enfermera y me besa uno por uno los dedos de los pies.

14

Quiero comprenderme de alguna manera…

Todo lo que ignoro de mí, se me ocurre que se produce dentro de los

límites de mi cuerpo y más de una vez he pensado que ando en él como

montado en un animal desconocido. Además le tengo miedo porque no sé

qué cosa de él me fallará primero y si me hará sufrir mucho tiempo antes de

morir.

No sé dónde estoy yo, o cómo soy yo, o cómo es este sentimiento de ser

yo… a veces lo siento muy seguro y otras me siguen de cerca dudas…

Sólo puedo decir que como no soy el que con nostalgia y pena desearía

ser y como el que comprendo de mí, lo considero un sinvergüenza, así lo

llamaré. No creo que decir esto es cinismo ofensivo. Si el cinismo es una

manera franca de mostrar los defectos, bastante a menudo veo en mis

congéneres que tal vez sin saberlo ellos, o creyendo que lo disimulan, o

cubiertos con telas tan finas que son peores que la desnudez, también son

cínicos. (El sinvergüenza se defiende).

Parece que todo ese yo mío ocurre dentro de los límites de mi cuerpo.

15

El cuerpo siente en la noche, en verano, en un viaje en ómnibus con

poca luz, un placer inesperado. Otras veces ha sentido ese placer pero no

atina a contenerlo con toda la conciencia, sin duda esperando quién sabe

qué otro placer. Ahora sabe (después de mucho tiempo y muchos

sacrificios) que debe aprovecharlo lo más posible. Ese instante le recuerda

habitaciones sombrías en verano con persianas y sabiendo que afuera el sol

da sobre vegetaciones extendidas vistas en un cine.

Sin duda en el cine el cuerpo los disfrutó recordando otras persianas y

sol sobre vegetaciones vistas en la niñez, y aquellas sensaciones lo habían

preparado para el instante del cine.

16

Al empezar este diario el autor creyó descubrir, una noche, que

tenía una enfermedad parecida a los que piensan que una parte de su cuerpo

no es de ellos. Y después pasó por etapas en las que experimentó lo

siguiente: Todo su cuerpo era ajeno. Empezó a buscar dentro de ese cuerpo

—con el que había estado complicado desde hacía muchos años y había

terminado por llamarle el sinvergüenza—, su verdadero yo.

El cuerpo había estado pensando y escribiendo en nombre de un «yo»

que no le pertenecía y hasta el nombre mismo parecía ser del cuerpo.

Todo ese cuerpo no era, sin embargo, de esa otra persona: la cabeza

pertenecía a una tercera. Ese cuerpo y la cabeza tenían extraños

entendimientos y desentendimientos; pero los dos obstaculizaban la

búsqueda del «yo» del autor del diario.

El «yo» tenía que valerse de la cabeza y del cuerpo para descubrirse a sí

mismo. Los otros dos se burlaban. El yo los odiaba y, misteriosamente,

también los amaba —podría decirse que tenía con ellos relaciones más

estrechas y más extrañas que las que podría haber en una familia—.

El yo creía existir en instantes fugaces. Desde el interior del cuerpo y

por medio de él observaba a las demás personas y por medio de la cabeza

pensaba: Este «yo», este enfermo, dividido como un feudo que ha ido

cediendo terreno a otros, no está solo en su enfermedad. Ha mirado a otros,

con su condición, desde luego, y encontró que hay muchos «divididos» sin

saberlo. Hasta hay quienes tienen «sinvergüenzas» más grandes que el de él

y cuyas cabezas hacen «arreglos» no sólo con sus sinvergüenzas, sino hasta

con los más profundos, misteriosos e inaprensibles «yos». Y a su vez con

otros «sinvergüenzas» y cabezas y «yos».

A veces, el autor de este diario ha sentido envidia de los yos seguros,

con sinvergüenzas inocentes y cabezas sin grandes problemas;

sinvergüenzas que no piden mucho, cabezas que olvidan o justifican

cualquier cosa y yos sin preocuparse si existen o no.

En una etapa casi de optimismo, y casi de cura, el autor buscó cierta

unidad de lucha, por lo menos, entre el cuerpo, la cabeza y él, para poder

tener una actitud leal ante el mundo. Pero después cayó en una gran

desilusión. Su yo, además de fantasma inaprensible, era solitario. Ni el

cuerpo, con sus múltiples codicias, pudo hacer de él un «yo» social; ni la

cabeza, con su astucia y con una inmensa fuerza de pensamientos ajenos,

pudo atraparlo.

Aún no sabe, mi yo, cómo vive con ellos y con todos. Parece que

quisiera crearse otra existencia que no sabe cómo será, sin importársele

gran cosa el [sic], con un egoísmo que no parece ni del cuerpo ni de la

cabeza.

 

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