Felisberto Hernandez-Diario del Sinverguenza
DIARIO DEL SINVERGÜENZA
1
Una
noche el autor de este trabajo descubre que su cuerpo, al cual llama
«el
sinvergüenza», no es de él, que su cabeza, a quien llama «ella», lleva,
además,
una vida aparte: casi siempre está llena de pensamientos ajenos y
suele entenderse
con el sinvergüenza y con cualquiera.
Desde
entonces el autor busca su verdadero yo [y escribe sus aventuras.
F. H.
Nota:
El autor persigue su yo todos los días; pero sólo escribe algunos;
éstos
se distinguen por números y no por fechas. La forma es de diario].
2
Día 1
Cuando
era niño vi a un enfermo al que le mostraban su propia mano y
decía
que era de otro.
Hace
algunos meses descubrí que yo tenía esa enfermedad desde hacía
muchos
años. Tal vez habría empezado en aquella noche de mi niñez en que
después
de apagada la luz veía andar sola la mano de aquel hombre enfermo
y
escondía las mías entre las cobijas. Después escondía la cabeza; pero
seguía
pensando que a la mañana siguiente aquella mano podía tomar las
mías
descuidadas, del pequeño patio de teclas blancas y negras del piano de
Celina.
Y creo que fue otra noche que empecé a sentir soledad, en mis
manos.
Le pedí a mi madre que me encendiera la luz para arreglarme las
cobijas
y aproveché a mirarme las manos: las vi como si nunca las hubiera
mirado,
las encontré extrañas y tenía pena de que no fueran mías. Y todavía
mi
madre me dijo: «Parecen las manos de un cavador; nunca te las lavas
antes
de acostarte».
No sé
cuándo olvidé la mano del enfermo; pero ella, escondida entre
otros
recuerdos, debe haber trabajado en mis sueños, en mis juegos y debe
haber
engañado mis manos, las debe haber llevado, de la mano, quién sabe
a
dónde o a quien y debe haber traído estas otras. Pero aquella mano no se
detuvo
nunca; y en la noche de hace pocos meses sentí todo mi cuerpo
como
si fuera de otro. Y después algo peor: descubrí que mi cuerpo ya
había
sido ajeno desde hacía muchos años. Él había estado pensando y
escribiendo
en mi nombre y ahora hasta mi propio nombre tiene otro
sentido
y parece de él, de este cuerpo con el que fui teniendo tan larga
complicidad
y al que he terminado por llamarle «el sinvergüenza».
Cuando
yo era niño no ponía mucha atención en mi cuerpo. Es que lo
miraba
con cierta indiferencia, pero a veces casi me hacía gracia y sentía
por él
esa pena que se tiene por algún predestinado a una enfermedad
incurable.
Muchas veces trataba de que esquivara pellizcones, de que
huyera
de las palizas y lo acompañaba en los rincones de penitencias. Él se
entretenía
en cerrar los ojos, tirar un alfiler y buscarlo a tientas; o en acercar
los
ojos, muy abiertos, al piso y a las paredes para ver bien las cosas muy
pequeñas.
Pero
ahora no quiero entregarme a los recuerdos. Tengo otras cosas
importantes
que descubrir. Sin embargo hoy tampoco puedo pensar.
Mañana,
me levantaré temprano y empezaré a buscar mi yo, mi verdadero
yo;
quiero saber dónde y cómo vive en este misterioso continente, en este
cuerpo,
en este sinvergüenza.
3
Día 2
A
pesar de haberme prometido buscar mi yo a la mañana siguiente lo
empecé
a perseguir esa misma noche. Y no sólo dentro de mi cuerpo sino
también
dentro del sótano donde vivo. Hay que pasar por una puerta chica
como
la de cubierta de algunos barcos; se bajan unos escalones y las piezas,
de
techos bajos cruzados por caños, también hacen pensar en un vapor. Y si
en la
mañana me despierta la máquina de lavar la ropa, la ilusión de soledad
en
alta mar es completa.
Esa
noche, para no despertar a mi señora, tuve que tantear con cuidado
el
camino a mi cama y hacer contorsiones y fuerza para sacar obstáculos.
Pero
de pronto, en la poca luz, tuve una sorpresa. En el instante de descubrir
que mi
señora no estaba, la cama de ella, muy bien tendida con su
almohadón
inclinado, me dio la impresión de que la propia cama, acostada
en sí
misma, estaba inocentemente dormida. Y fue en ese momento, al ver
redondeados
los bordes de las cobijas con algo de ternura, que me asaltó el
sentimiento
angustioso de estar solo con mi cuerpo, de tenerlo que revisar
como a
un mal compañero y recriminarle su impostura.
Encendí
una pequeña luz, debajo de la cama. Está allí para no despertar
a mi
mujer cuando el sinvergüenza quiere levantarse en medio de la noche.
Ahora
en el momento de ponerlo de pie, casi en la oscuridad —la luz, como
una
candileja, sólo iluminaba los zapatos—, me di cuenta de que él estaba
prevenido
y nervioso como un bandido que presiente la policía. Estoy
seguro
de que caminaba de un lado para otro sin motivo; yo alcancé a verle
las
rodilleras del pantalón. Tenía cierta expresión de desfachatez. Después,
mientras
yo estaba distraído, encendió la luz de una portátil encima de una
mesa,
fue al fondo de la pieza y echó mano a una botella de vino puro que
había
traído mi señora. Entonces —esta vez supongo que fui yo—, lo
obligué
a sentarse a una mesa con intención de interrogarlo.
En
primer término ¿quién lo enteró de mis propósitos? Él había
demorado
la boca en el vino y ocurrió lo de muchas veces: llegó mi señora
a
punto de salvarlo y con esa extraña relación que ella tiene con él por
encima,
o aparte de mi yo, y que yo nunca sé bien como es. ¿Pero quién le
avisó,
al mismo tiempo, a ella también? Creo haberlo descubierto esa
misma
noche.
4
Esa
mañana, apenas mi señora subió a «cubierta», y yo me quedé
solo
con mi cuerpo, me encontré comprometido, con él, como con un
compañero,
en un largo viaje, al que tuviera que revisarle los bolsillos y
recriminarle
algo.
Esa
primer [a] mañana me pareció que él era inocente, que yo lo
traicionaba,
y que debía mirar bien lo que hacía antes de proceder. Esto me
trajo
a la memoria lo que me ocurría con algunos compañeros cuando yo
iba a
un empleo que dejé hace poco tiempo; ahora lo comprendo todo
mejor.
Las
calles próximas a la de mi oficina eran malditas. Sabía que al entrar
allí
me iba a encontrar una persona horrible, cobarde y artificial; que me
enfermaba
de angustia. Esa persona era yo. Ya, si en las calles era visto por
compañeros
—si me veían los esquivaba—, ya los apreciara o los detestara,
mi
persona artificial se dirigía insistentemente hacia ellas, cordial y lleno de
bromas.
Ese era mi cuerpo. No, era este cuerpo solitario como un perro
resentido,
que una vez me cambiaron, que no sé de dónde vino y cuál es su
historia.
¿Por qué le cuesta tanto salirse de sí mismo y cuando lo hace es
con
tanta violencia y en una forma tan poco natural? ¿Por qué es cobarde, y
perezoso
y tiene una dificultad tan grande en escuchar a los demás, en
esperar
a comprenderlos, y después hablarles con su propio criterio
tranquila
y valientemente?
¿Por
qué esa dificultad de improvisar frente a las personas cuando ellas
están
presentes? ¿De dónde le viene ese miedo que lo vuelca
anticipadamente
ante las personas conocidas con esa cordialidad llena de
bromas
que eviten el silencio, que no dejen pasar mucho tiempo sin
palabras,
sin alguna manifestación exterior?
¿Por
qué le tiene miedo al vacío de la conversación y al tiempo que pasa
sin
responder? ¿Es porque tiene alguna dificultad desconocida en el trato?
Si se
sabe inferior, físicamente, para resistir una pelea, ¿también se sabe
incapaz
de emplear su cabeza para arreglar una situación?
Ante
estas recriminaciones se quedó callado. No sabía lo que él haría;
pero
el hecho de que yo no lo temiera me decía que él era un cobarde, que
yo
sabía que él se quedaría callado, que yo estaba acostumbrado a que él se
encogiera.
Pero
no ocurrió exactamente eso. Esa mañana al cerrar la puerta de la
«cubierta»
tuve un instante la sensación de que él había quedado adentro,
debajo,
en el camarote. Pero en seguida sentí que venía conmigo y que yo
tenía
la incomodidad de andar junto a un enemigo, de no sentirme libre.
Entonces
recordé otra cosa que me ocurría en el empleo: cuando él se
enojaba
ante una mala contestación de un compañero (el perro resentido era
muy
susceptible) era insufrible la situación de pensar, de tener
continuamente
la atención, de cómo tendría que comportarme con el
compañero.
Le era más cómoda la violencia máxima que [la] forma
obsesiva
de la atención ante la circunstancia de tener que improvisar a cada
instante
los gestos de una persona resentida. La obsesión era tan
enloquecedora
que trataba de hablarle como si nada hubiera pasado (pero
con un
odio inmenso) al que me había agraviado.
El
cuerpo, el sinvergüenza, tiene una cabeza y le ha hecho una seña
imperceptible,
instintiva, para que ella lo justifique.
Voy a
esperar a que ella hable.
Esta
tranquilidad de la espera es de ellos, de mi cuerpo y de mi cabeza.
Mi yo,
en la situación de quererse agarrar el alma con una mano que no es
de él,
siente otra cosa.
5
He
andado buscando mi
propio yo desesperadamente como alguien
que
quisiera agarrarme el alma con una mano que no es de él. Y lo sigo
buscando
entre mis pensamientos, de los cuales desconfío, y entre mis
sueños.
Y para colmo, todos ellos, ni siquiera se me aparecen de él
solamente,
sino como de muchos cuerpos confusos, de los que vivieron en
sus
antepasados.
¿Y
quién es el que busca mi yo? Debe ser él, mi cuerpo. Tal vez él
presiente
mi yo como un bandido presiente la policía. Pero Ja idea de la
justicia
¿será de mi yo? En todo caso mi yo la puede haber tomado de otros.
No
sólo mi cuerpo sino también mi yo, debemos estar llenos de
pensamientos
ajenos. ¿Y ahora será él que quiere confundir mi yo con el de
los
otros?
He
vivido instantes en que creía encontrarlo en la pena de estar
enfermo,
en la angustia de encontrarme dividido de no tener unidad leal
ante
el mundo. Pero he aquí que un día descubrí que no estaba solo: empecé
a
mirar a los demás con mi condición y encontré hombres mucho más
divididos
que yo, de grandes culturas y grandes sentimientos por una parte
y con
sinvergüenzas mucho más grandes que el mío.
A mí
me queda la ilusión de luchar con el sinvergüenza y crear con él
una
unidad de lucha. Pienso que este diario me ayudará para para crearme
un yo
que lo pueda ver sin tanta vergüenza.
Pero
oigo a mi sinvergüenza decirme: Yo soy grande y misterioso: no
me
hice solo, soy múltiple… Ya sé, mi yo es débil; y debo admitir, también
pensamientos
ajenos para que me ayuden. Pero también en esto tengo que
luchar
con él, con su vanidad de ser él solo, por encima de todos los otros:
él
tiene un egoísmo inmenso y yo estoy a expensas de su poder.
Sin
embargo hoy debo decir que buscaré mi yo, también, en el pasado,
con
pasos de fantasma y entre hechos con la falsa claridad de algunos
sueños.
Y por último ¿quién es que ama la vida también en los recuerdos?
Y si
es él que me obliga a escribirlos ¿quiere relamerse del pasado o es para
representarse
una presa del futuro?
6
Me
desperté en completa oscuridad[129]
sabiendo que la cama de
Acacia,
mi mujer, estaba a mi derecha y junto a la mía. Entonces saqué mi
mano
izquierda de entre las cobijas y la dejé colgando, fuera de la cama, en
el
aire oscuro. Y en el instante de preguntarme «¿qué estaba soñando?»,
empecé
a comprender, como si la oyera, otra pregunta. Era hecha con mi
voz,
con mi voz imaginada de otras veces, cuando pienso con palabras en
medio
de la noche; esa pregunta tomaba descuidada a la primera con una
insinuación
irónica pero que se iba llenando de miedo: «¿Y si una mano,
que no
es de ninguna de las de este cuerpo, viniera acercándose, en la
oscuridad,
y de pronto tomara esta mano caída?».
Primero
la cabeza y después el cuerpo, se fueron erizando. Yo no
alcancé
a percibir el movimiento de la mano al meterse entre las cobijas.
Pero
¿quién hizo la pregunta? ¿O dónde y por qué se produjo esa pregunta?
Tenía
que haber una «ella», inesperada, actuando en mis propias narices.
Precisamente
¿quién es la que se mira en el espejo de mañana? ¿Quién es la
gran
vanidosa, la que todo lo quiere saber y hace caso a lo que dice
cualquiera?
¡Tan desconfiada y tan crédula! Cuando Acacia dice que recibe
de mí
pensamientos telepáticos, yo me quedo sorprendido; pero ¿quién se
los
trasmite? Todas estas preguntas son mías, estoy seguro, pero aún me
quedan
otras: ¿por qué ellos, la cabeza y el cuerpo se asustaron y «ella»
hizo
la pregunta? Ellos sabían que podría venir a visitarme una mano de mi
propio
yo cuando ellos no la vieran. Entonces tuve una tristeza tierna, casi
infantil;
empecé a sentir que una mano mía, desde hacía muchos años, debía
andar
perdida; que aprovecharía a confundirse con la noche, que debía
haber
pasado muchas necesidades creciendo sola y pidiendo limosna
escondida
en un paño negro.
Hubiera
querido llorar pero no quería hacerlo porque las lágrimas serían
de
«ella», aparecería en los ojos de esta cabeza, que esconde, en alguna
parte
de «ella» o del cuerpo, mi yo.
7
El día
que descubrí mi sinvergüenza caía
una lluvia fina y yo había
ido a
un barrio pobre a buscar una valija. Necesitaba mucho la valija; pero
con
aquel tiempo y pensando en la molestia que me traería el viaje en
ómnibus
con ella, estaba contento de no haber encontrado la familia que me
tenía
que dar la valija. Esperaba el ómnibus debajo de una cina-cina y al
lado
mío había un caballo con una cuerdita al pescuezo que se me ocurrió
que
había sido atada por un chiquilín. Tenía ganas de pasar la mano por la
pradera
caliente y lustrosa que parecía la piel del caballo, pero de pronto
ella
producía un pequeño terremoto para ahuyentar una mosca. La cuerdita
me
hizo acordar del director de mi escuela cuando yo tenía trece años. Él
tenía
una nariz inmensa, usaba un cuello anchísimo y decía que la corbata
finita,
más angosta que un dedo, armonizaba con sus facciones. Los
muchachos
decían que era una cinta de hilera y que compraba toda la pieza
para
hacerse corbatas.
El
caballo movió la cola y me acordé del hospital donde hacía poco me
habían
sacado la última vértebra y me habían dejado un agujero tan grande
que
parecía que le hubieran arrancado de raíz la cola a un caballo. Un
médico,
al comentar la fístula, les hablaba a los estudiantes de algo como
una
equivocación de la naturaleza al cerrar las vértebras. De pronto me di
cuenta
que el caballo y yo, al mismo tiempo, habíamos hecho el mismo
movimiento
para apoyar el cuerpo del otro costado y descansar, él en otra
pata y
yo en otra pierna.
8
Ahora
estoy más tranquilo; pero hace algunos días tuve como una
locura
del hombre que corre perdido en una selva y lo excita el roce de
plantas
desconocidas.
La
realidad se parecía a los sueños y yo me preguntaba: ¿Pero quién es
que
busca mi yo? ¿No será él, mi cuerpo? ¿O será que él huye de mi yo
como
un bandido que presiente la policía? Entonces, la idea de justicia,
¿será
de mi yo?
Después
pensaba que esa idea estaba formada de pensamientos ajenos,
que
ellos me vigilaban desde la infancia y habrían empezado a invadirme,
como a
un continente, a una señal hecha por aquella mano y que tanto mi
cuerpo
como yo nos habíamos empezado a llenar de pensamientos ajenos.
Pero
yo, mi yo más yo, ¿no estaría escondido en algún rincón de este
grande
y misterioso continente? ¿No lo dejarán salir, alguna vez? ¿No
tendrá
recreos? ¿No intentará evadirse?
Debe
estar muy vigilado.
9
Al
anochecer saqué mi cuerpo a
caminar; pero en el momento de
cerrar
Ja puerta de mi pieza me vino el sentimiento desagradable de una
época
en que tenía que vivir en una pieza con otra persona. Habiendo otra
persona
ya hay traición. Pero nunca creí que podría estar en esa situación
con el
cuerpo donde vivo. Esto es sin Esperanza.
10
No, no
se puede buscar el «yo» por la mañana; hay que esperar a la
noche,
a la hora en que salen los fantasmas.
Pero
¿quién es que quiere trabajar ahora, en la mañana? ¿Cuál es la
parte
del cuerpo que puede estar más contra mi yo? ¿No es la que está
arriba,
que vigila desde lo alto y que está tan despejada en las mañanas?
¿Pero
quién se puede fiar de ella? Ella está con el cuerpo, ella está con mi
yo,
ella está con todos y contra todos. Ella es intermediaria de cualquiera.
11
Día…
Hoy he
pensado en los amaneceres de
algunas conciencias. Es
impresionante
como un abismo, lo que puede entreverse dentro de los
límites
de un cuerpo o de un sinvergüenza.
La
curiosa, la conciencia, quiere ver y comprender todo. Todo lo
entrevera
o todo lo acomoda, lo cual es lo mismo para el sinvergüenza.
Cuando
el cuerpo se despierta y empieza a mover sus límites, ella le
recuerda
una existencia casi siempre inconveniente y lo pone de mal humor.
Ella
ha estado sentada al lado de él, en el teatro del sueño y apenas se
rompe
el hechizo él se la encuentra conversando y poniendo todo en orden.
Él no
puede prescindir de ella porque si él se enferma o tiene hambre ella le
sugiere
lo que tiene que hacer. (Entre muchas otras cosas el sinvergüenza es
maula
y voraz). Ella ocupa el piso superior y se deja caer con insinuaciones
terribles:
«¿Si eso que tienes resultara ser tal cosa y después te viene tal otra
y te
mueres? A lo mejor no es nada, es hambre nada más». Ella sabe
moverlo,
conoce su instrumento. Ha pulsado primero la bordona del miedo.
La
vibración duraría largo rato si ella no se apresurara a apagarla con la
delicadeza
de su dulce yema. Se produce el vacío expectante, el
movimiento
de otro dedo para pulsar otra cuerda; ese vacío era ya la
sensación
del hambre: suena la cuerda que lo decide a conseguir el
desayuno.
Pero
mientras come, ella empieza a ejecutar, en todo el instrumento, los
arpegios
de la ambición: «Debías tener auto, heladera, aspiradora y radioortofónica,
como
fulano».
Mientras
suenan los arpegios modulando a diferentes tonalidades, se
oye al
mismo tiempo una nota en el bajo que insiste; es una nota pedal.
Rivalidad,
guerra, competencia, lucha cuerpo a cuerpo, de sinvergüenza a
sinvergüenza.
Y la conciencia ha puesto en marcha al gran instinto.
Hay sinvergüenzas
que marchan a dos conciencias, la de él y la de la
señora…
El
mozo de café me ha visto reír solo y ha venido a darme charla.
12
Creo
haber sentido por primera vez a mi yo. Mi cuerpo estaba
sentado
en una silla y los ojos miraron por una ventana que daba sobrecopas
de
árboles. Bueno, era mi yo quien se asomó a mis ojos y miró largo rato
los
movimientos de las hojas mientras la cabeza pensaba en sus cosas. Y
debe
haber sido él quien se asustó cuando una palmera movió sus palmas
como
si fueran ciempiés muy grandes.
Ya es
la hora en que la cabeza se burle de mí y me diga que es el cuerpo
y ella
misma que me hacen escribir y que el yo tal vez sea la burla y el
desengaño;
que tal vez la burla y el desengaño del cuerpo y de la cabeza
sean
el yo que busca el yo o el yo que busca la cabeza y el cuerpo.
Me
parece que se están burlando, nuevamente de mi yo.
¿Tengo
ilusión o tengo curiosidad de buscar el yo?
El
cuerpo, o su cabeza, que todas las mañanas se burlan de mí, tienen
curiosidad
por saber cómo la utilizaré para buscar el yo.
Pero
mi tristeza tiene ilusión. ¿Y esta tristeza no será del cuerpo? me
dice
la pretenciosa cabeza.
Mi yo
¿no se habrá ido de mí como un padre a quien lo acusaron de un
crimen
y cuando se descubrió que era inocente, un hijo lo salió a buscar por
la
selva?
Es
decir, el padre había cometido el crimen, pero en el pueblo había
cambiado
la moral que lo acusaba. El muerto pretendía vender y esclavizar
a
aquella gente y el matador fue un héroe.
La
madre, en el momento de despedirse del hijo, le advirtió: Si
encuentras
a tu padre no lo traigas, porque puede cambiar la política del
pueblo
y lo meterán en la cárcel o lo lincharán.
¿Y si
el hijo encuentra al padre y lo trae y la política del pueblo cambia
el
concepto del muerto?
13
Los
días que las palmeras me parecen ciempiés
movidos por el
viento,
siento caminar cerca de mi enfermeras que me ponen inyecciones, y
los
días que las palmeras me parecen árboles que dan persianas inmóviles
viene
una sola enfermera y me besa uno por uno los dedos de los pies.
14
Quiero
comprenderme de alguna manera…
Todo
lo que ignoro de mí, se me ocurre que se produce dentro de los
límites
de mi cuerpo y más de una vez he pensado que ando en él como
montado
en un animal desconocido. Además le tengo miedo porque no sé
qué
cosa de él me fallará primero y si me hará sufrir mucho tiempo antes de
morir.
No sé
dónde estoy yo, o cómo soy yo, o cómo es este sentimiento de ser
yo… a
veces lo siento muy seguro y otras me siguen de cerca dudas…
Sólo
puedo decir que como no soy el que con nostalgia y pena desearía
ser y
como el que comprendo de mí, lo considero un sinvergüenza, así lo
llamaré.
No creo que decir esto es cinismo ofensivo. Si el cinismo es una
manera
franca de mostrar los defectos, bastante a menudo veo en mis
congéneres
que tal vez sin saberlo ellos, o creyendo que lo disimulan, o
cubiertos
con telas tan finas que son peores que la desnudez, también son
cínicos.
(El sinvergüenza se defiende).
Parece
que todo ese yo mío ocurre dentro de los límites de mi cuerpo.
15
El
cuerpo siente en la noche, en verano, en un viaje en ómnibus con
poca
luz, un placer inesperado. Otras veces ha sentido ese placer pero no
atina
a contenerlo con toda la conciencia, sin duda esperando quién sabe
qué
otro placer. Ahora sabe (después de mucho tiempo y muchos
sacrificios)
que debe aprovecharlo lo más posible. Ese instante le recuerda
habitaciones
sombrías en verano con persianas y sabiendo que afuera el sol
da
sobre vegetaciones extendidas vistas en un cine.
Sin
duda en el cine el cuerpo los disfrutó recordando otras persianas y
sol
sobre vegetaciones vistas en la niñez, y aquellas sensaciones lo habían
preparado
para el instante del cine.
16
Al
empezar este diario el
autor creyó descubrir, una noche, que
tenía
una enfermedad parecida a los que piensan que una parte de su cuerpo
no es
de ellos. Y después pasó por etapas en las que experimentó lo
siguiente:
Todo su
cuerpo era ajeno. Empezó a buscar dentro de ese cuerpo
—con
el que había estado complicado desde hacía muchos años y había
terminado
por llamarle el sinvergüenza—, su verdadero yo.
El
cuerpo había estado pensando y escribiendo en nombre de un «yo»
que no
le pertenecía y hasta el nombre mismo parecía ser del cuerpo.
Todo
ese cuerpo no era, sin embargo, de esa otra persona: la cabeza
pertenecía
a una tercera. Ese cuerpo y la cabeza tenían extraños
entendimientos
y desentendimientos; pero los dos obstaculizaban la
búsqueda
del «yo» del autor del diario.
El
«yo» tenía que valerse de la cabeza y del cuerpo para descubrirse a sí
mismo.
Los otros dos se burlaban. El yo los odiaba y, misteriosamente,
también
los amaba —podría decirse que tenía con ellos relaciones más
estrechas
y más extrañas que las que podría haber en una familia—.
El yo
creía existir en instantes fugaces. Desde el interior del cuerpo y
por
medio de él observaba a las demás personas y por medio de la cabeza
pensaba:
Este «yo», este enfermo, dividido como un feudo que ha ido
cediendo
terreno a otros, no está solo en su enfermedad. Ha mirado a otros,
con su
condición, desde luego, y encontró que hay muchos «divididos» sin
saberlo.
Hasta hay quienes tienen «sinvergüenzas» más grandes que el de él
y
cuyas cabezas hacen «arreglos» no sólo con sus sinvergüenzas, sino hasta
con
los más profundos, misteriosos e inaprensibles «yos». Y a su vez con
otros
«sinvergüenzas» y cabezas y «yos».
A
veces, el autor de este diario ha sentido envidia de los yos seguros,
con
sinvergüenzas inocentes y cabezas sin grandes problemas;
sinvergüenzas
que no piden mucho, cabezas que olvidan o justifican
cualquier
cosa y yos sin preocuparse si existen o no.
En una
etapa casi de optimismo, y casi de cura, el autor buscó cierta
unidad
de lucha, por lo menos, entre el cuerpo, la cabeza y él, para poder
tener
una actitud leal ante el mundo. Pero después cayó en una gran
desilusión.
Su yo, además de fantasma inaprensible, era solitario. Ni el
cuerpo,
con sus múltiples codicias, pudo hacer de él un «yo» social; ni la
cabeza,
con su astucia y con una inmensa fuerza de pensamientos ajenos,
pudo
atraparlo.
Aún no
sabe, mi yo, cómo vive con ellos y con todos. Parece que
quisiera
crearse otra existencia que no sabe cómo será, sin importársele
gran
cosa el [sic], con un egoísmo que no parece ni del cuerpo ni de la
cabeza.



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