Philip K. Dick-La Nave de Ganimedes (Cuento-Ciencia Ficción).


 

La nave de Ganimedes

El general Thomas Groves contempló lúgubremente los

mapas tácticos que colgaban de las paredes. La delgada

línea negra, el círculo de hierro que rodeaba Ganimedes,

continuaba intacta. Esperó un momento, como si abrigara

alguna vaga esperanza, pero la línea no se alteró. Por fin se

volvió y abandonó la sala de mapas, abriéndose paso entre

la fila de escritorios.

Se topó en la puerta con el mayor Siller.

—¿Qué ocurre, señor? ¿No se han producido cambios

importantes en el frente?

—Ningún cambio.

—¿Qué vamos a hacer?

—Pactaremos una tregua, aceptando sus condiciones. No

podemos seguir otro mes así. Todo el mundo lo sabe; ellos lo

saben.

—Derrotados por algo tan insignificante como

Ganimedes.

—Necesitaríamos más tiempo, pero no lo tenemos. Las

naves han de zarpar al espacio ahora mismo. Si hemos de

capitular para conseguir que lo hagan, capitularemos.

¡Ganimedes! —escupió—. Si pudiéramos aniquilarles…

Pero cuando lo lográramos…

—Cuando lo lográramos las colonias habrían dejado de

existir.

—Hemos de controlar la situación —gruñó Groves—,

aun a costa de rendirnos.

—¿No nos queda otra solución?

—Encuéntrela. —Groves pasó junto a Siller y salió al

pasillo—. Si la encuentra, comuníquemelo.

La guerra duraba desde hacía dos meses terrestres, sin

señales visibles de debilitarse. La difícil posición del

Senado se basaba en el hecho de que Ganimedes era el punto

de partida entre el Sistema y su precaria red de colonias en

Próxima Centauro. Todas las naves que se dirigían a las

profundidades del espacio eran lanzadas desde las enormes

bases espaciales de Ganimedes. No existían otras.

Ganimedes había consentido en este punto, y las bases se

habían construido allí.

Los habitantes de Ganimedes se enriquecieron al

permitir que sus pequeñas naves en forma de tubo

transportaran todo tipo de carga y aprovisionamientos. Las

naves de Ganimedes, cargueros, cruceros y patrulleros,

invadieron poco a poco el espacio.

Un día, esta extraña flota tomó tierra entre las bases,

asesinó o encarceló a los guardias terrestres y marcianos, y

proclamó que Ganimedes y las bases les pertenecían. Si el

Senado deseaba utilizar las bases pagaría; y pagaría mucho:

el veinte por ciento de las mercancías sería entregado al

emperador de Ganimedes, instalado en la luna con toda una

representación del Senado.

Si el Senado del Sistema intentaba recuperar las bases

por la fuerza, estas serían destruidas. El ejército de

Ganimedes las había minado con bombas H. La flota

ganimediana rodeó la luna, un estrecho círculo de hierro. Si

la flota del Senado trataba de romper el cerco y apoderarse

de Ganimedes, sería el fin de las bases. ¿Qué podía hacer el

Sistema?

Y las colonias de Próxima se verían reducidas a la

inanición.

—¿Están seguros de que no podemos enviar naves al

espacio desde pistas normales? —preguntó un senador

marciano.

—Solo las naves de clase Uno tienen alguna oportunidad

de llegar a las colonias —respondió con semblante

contrariado el comandante James Carmichael—. Una nave

de clase Uno es diez veces más grande que las naves

normales intrasistemáticas. Una nave así necesita unos

soportes de varios kilómetros de anchura. No se puede

lanzar una nave de tal envergadura desde un prado.

Se hizo el silencio. La enorme cámara del Senado estaba

atestada con representantes de los nueve planetas.

—Las colonias de Próxima no resistirán ni veinte días —

aseguró el doctor Basset—. Eso significa que debemos

enviar una nave antes de una semana; de lo contrario, no

encontraremos a nadie con vida cuando lleguemos.

—¿Cuánto falta para terminar las nuevas bases de la

Luna?—

Un mes —contestó Carmichael.

—¿No puede ser antes?

—No.

—Parece evidente que hemos de aceptar las condiciones

de Ganimedes —afirmó el presidente del Senado con

disgusto—. ¡Nueve planetas contra una miserable y

minúscula luna! ¡Atreverse a desafiar a los miembros del

Senado!

—Podríamos romper su cerco —dijo Carmichael—,

pero destruirían las bases sin dudarlo ni un momento.

—Quizá pudiéramos aprovisionar a las colonias sin

utilizar las bases —sugirió un senador de Plutón.

—Eso significaría no utilizar naves de clase Uno.

—¿No existe otro vehículo capaz de llegar a Próxima?

—Ninguno, que sepamos.

Un senador de Saturno se levantó.

—Comandante, ¿qué clase de naves usa Ganimedes?

¿Son muy diferentes de las nuestras?

—Sí, pero no sabemos nada de ellas.

—¿Cómo las lanzan?

—De la forma acostumbrada. —Carmichael se encogió

de hombros—. Desde las pistas.

—¿Cree que…?

—No creo que sean naves hiperespaciales. Estamos

divagando. Para decirlo claro, no hay nave capaz de

adentrarse en las profundidades del espacio que no requiera

una lanzadera; es un hecho que debemos aceptar.

El presidente del Senado se agitó.

—Se ha presentado una moción ante este Senado, en el

sentido de que aceptemos las propuestas de Ganimedes y

terminemos la guerra. ¿Procedemos a la votación, o hay más

preguntas?

Nadie encendió su luz.

—Empecemos, por tanto. Mercurio: ¿cuál es el voto del

primer planeta?

—Mercurio acepta las condiciones del enemigo.

—Venus. ¿Qué vota Venus?

—Venus vota…

—¡Alto! —El comandante Carmichael se irguió de

súbito. El presidente del Senado levantó la mano.

—¿Qué ocurre? El Senado está votando.

Carmichael bajó la vista hacia una hoja de papel que le

habían traído desde la sala de mapas.

—Desconozco la importancia de esto, pero creo que el

Senado debería escuchar antes de seguir la votación.

—¿De qué se trata?

—Tengo un mensaje de la avanzadilla. Una patrulla

marciana ha conseguido capturar una Estación de

Investigaciones de Ganimedes, en un asteroide situado entre

Marte y Júpiter. Se ha incautado una enorme cantidad de

material ganimediano —Carmichael paseó la mirada por la

sala—, incluyendo una nave de Ganimedes, una de

fabricación reciente que se ensayaba en la Estación. La

tripulación fue exterminada, pero la nave apresada resultó

indemne. La patrulla la traslada hacia aquí para que sea

examinada por nuestros expertos.

Un murmullo se elevó de la sala.

—Presento la moción de que aplacemos nuestra decisión

hasta que la nave de Ganimedes haya sido examinada —

clamó un senador de Urano—. ¡Quizás extraigamos nuevas

conclusiones!

—Los ganimedianos se han dedicado con gran energía a

diseñar naves —murmuró Carmichael al presidente del

Senado—. Sus naves son muy extrañas, muy diferentes de las

nuestras. Quizá…

—¿Cuál es la opinión acerca de esta moción? —preguntó

el presidente del Senado—. ¿Esperamos a que la nave sea

examinada?

—¡Esperemos! —gritó un coro de voces—. ¡Esperemos!

Carmichael se frotó las manos con aire pensativo.

—Vale la pena intentarlo, pero si no sacamos nada en

claro nos tendremos que resignar a la rendición —dobló la

hoja de papel—. De todas maneras, vamos a intentarlo. Una

nave de Ganimedes. Me pregunto…

La cara del doctor Earl Basset se puso roja de excitación.

—Déjenme pasar —se abrió paso a codazos entre la fila

de oficiales uniformados—. Por favor, déjenme pasar.

Dos gallardos tenientes se apartaron y entonces vio, por

primera vez, la gran esfera de acero y rexenoido que había

sido capturada a las fuerzas de Ganimedes.

—Mírela —susurró el mayor Siller—. No se parece en

nada a las nuestras. ¿Cómo funciona?

—No lleva motores, solo los de aterrizaje. ¿Qué clase de

energía la impulsa? —preguntó el comandante Carmichael.

La esfera de Ganimedes reposaba en el centro del

laboratorio experimental terrestre; se elevaba sobre las

cabezas de los hombres que la rodeaban como una

gigantesca burbuja. Era una hermosa nave, que resplandecía

con destellos metálicos, brillaba e irradiaba una fría luz.

—Produce una sensación extraña —dijo el general

Groves. De pronto, contuvo el aliento—. ¿Se supone que

esto…, esto es una nave gravitacional? Creemos que los

ganimedianos experimentan con la gravedad.

—¿Qué es eso? —preguntó Basset.

—Una nave gravitacional alcanzaría su objetivo sin que

transcurriera el menor lapso de tiempo. La velocidad de la

gravedad es infinita, no puede ser medida. Si esta esfera

es…

—Tonterías —protestó Carmichael—. Einstein demostró

que la gravedad no es una fuerza, sino una torsión de la

malla espacio-temporal.

—¿Pero no podría construirse una nave utilizando…?

—¡Caballeros! —El presidente del Senado entró en el

laboratorio, seguido de su escolta—. ¿Es esto la nave? ¿Esta

esfera?

Los oficiales se apartaron y el presidente del Senado se

acercó con cautela al enorme globo resplandeciente. Posó la

mano sobre la superficie.

—Está intacta —dijo Siller—. Están descifrando las

instrucciones para que podamos utilizarla.

—Así que esta es la nave ganimediana. ¿Nos será de

alguna ayuda?

—Todavía no lo sabemos —respondió Carmichael.

—Aquí llegan los expertos —señaló Groves.

Se abrió la compuerta de la esfera y dos hombres con

batas blancas salieron del interior, cargados con un

descifrador semántico.

—¿Cuáles son los resultados? —preguntó el presidente

del Senado.

—Hemos traducido las indicaciones. Una tripulación

terrestre puede hacerse cargo de la nave. Todos los controles

están señalizados.

—Antes de hacer despegar la nave deberíamos examinar

los motores —advirtió el doctor Basset—. ¿Qué sabemos de

ellos? Ignoramos qué fuerza los mueve, o el tipo de

carburante.

—¿Cuánto tardarían en hacer ese estudio? —preguntó el

presidente.

—Varios días, como mínimo —respondió Carmichael.

—¿Tanto?

—No es posible predecir lo que encontraremos; tal vez

alguna clase radicalmente diferente de propulsión o

carburante. Los análisis quizá se prolonguen durante

semanas.

El presidente del Senado reflexionó.

—Señor —dijo Carmichael—, creo que sería factible

realizar un vuelo de prueba. No nos costaría mucho reclutar

voluntarios.

—El experimento se llevaría a cabo enseguida —dijo

Groves—. Sin embargo, tardaríamos semanas en completar

los estudios sobre la propulsión.

—¿Cree que toda una tripulación se presentará

voluntariamente?

Carmichael entrelazó las manos.

—No se preocupe por eso. Cuatro hombres serían

suficientes. Tres, sin contarme a mí.

—Dos —dijo el general Groves—. Cuenten conmigo.

—¿Y yo, señor? —preguntó el mayor Siller,

esperanzado.

El doctor Basset levantó un brazo con nerviosismo.

—¿Se admiten voluntarios civiles? Siento una gran

curiosidad.

—¿Por qué no? —El presidente del Senado sonrió—. Si

nos va a servir de ayuda, adelante. Ya tenemos la tripulación.

Los cuatro hombres intercambiaron una sonrisa.

—Bueno —dijo Groves—, ¿qué esperamos?

¡Empecemos!

El lingüista señaló los datos con el dedo.

—Observen las indicaciones ganimedianas. A

continuación hemos colocado los equivalentes terrestres. Sin

embargo, hay una dificultad. Sabemos que la palabra

ganimediana zahf significa, por ejemplo, cinco, de modo que

al lado de zahf escribimos cinco. ¿Ven este cuadrante? ¿Ven

que la saeta marca nesi? Quiere decir cero. ¿Ven cómo está

señalizado?

100 - liw

50 - ka

5 - zahf

0 - nesi

5 - zahf

50 - ka

100 - liw

—¿Y? —inquirió Carmichael.

—Ese es el problema. No sabemos a qué se refieren las

cifras. Cinco, pero cinco ¿qué? Cincuenta, pero cincuenta

¿qué? Velocidad, presumiblemente, o quizá distancia. Como

no se ha efectuado ningún estudio de la maquinaria de esta

nave…

—¿No pueden interpretarlo?

—¿Cómo? —El lingüista señaló un conmutador—. Sin

duda, este mando conecta la propulsión. Mel: encendido.

Cuando se cierra el conmutador indica io: alto. Pero guiar la

nave es harina de otro costal. No sabemos para qué sirven

los medidores.

Groves tocó un volante.

—¿Sirve para guiar la nave?

—Controla los cohetes de frenado, de aterrizaje.

Desconocemos la propulsión central o cómo controlarla. La

semántica no les ayudará, pero sí la experiencia. Nos

limitamos a traducir números.

Groves y Carmichael se miraron entre sí.

—¿Y bien? —preguntó Groves—. Corremos el riesgo de

perdernos en el espacio, o de caer en el sol. Una vez

presencié cómo una nave se precipitaba hacia el sol, girando

en espiral, cada vez más rápida, bajando, bajando…

—Estamos muy lejos del sol. Nos dirigimos hacia

Plutón. Nos haremos con el control. ¿Está arrepentido de

haberse presentado voluntario?

—Por supuesto que no.

—¿Y ustedes? —preguntó Carmichael a Basset y a Siller

—. ¿Aún se sienten con ánimos?

—Desde luego. —Basset se colocaba el traje espacial

—. Ahora vamos.

—Cierre el casco herméticamente. —Carmichael le

ayudó a ajustarse las polainas—. Y ahora, los zapatos.

—Comandante —dijo Groves—, están terminando de

instalar una videopantalla, por si necesitamos establecer

contacto. Quizá necesitemos ayuda.

—Buena idea. —Carmichael examinó las conexiones—.

¿Una unidad energética autosuficiente?

—Para mayor seguridad; independiente de la nave.

Carmichael se sentó ante la pantalla y la conectó.

Apareció el operador local.

—Póngame con la estación Garrison de Marte, con el

comandante Vecchi.

Mientras se efectuaba la conexión, Carmichael se ató los

cordones de las botas y las polainas. Se estaba colocando el

casco cuando la pantalla se iluminó. Se materializaron las

morenas y enjutas facciones del comandante Vecchi, que

portaba su uniforme escarlata.

—Saludos, comandante Carmichael —murmuró.

Contempló con curiosidad el atuendo de Carmichael—. ¿Se

va de viaje, comandante?

—Es posible que le visite. Vamos a hacer despegar la

nave de Ganimedes. Si todo va bien, confío en aterrizar en su

pista a última hora de la tarde.

—Tendremos la pista despejada y preparada.

—Será mejor que dispongan un equipo de emergencia;

aún no sabemos hacer funcionar bien los mandos.

—Les deseo suerte. —Los ojos de Vecchi centellearon

—. Veo desde aquí el interior de la nave. ¿Qué propulsión

utiliza?

—Todavía no lo sabemos. Ese es el problema.

—Ojalá sepan aterrizar, comandante.

—Gracias, eso esperamos. —Carmichael cortó la

conexión. Groves y Siller ya se habían vestido, y ayudaban a

Basset a ajustarse los auriculares.

—Estamos dispuestos —anunció Groves.

Miró afuera y vio a un grupo de oficiales que les

observaban en silencio.

—Despídase —dijo Siller a Basset—. Puede ser su

último minuto en la Tierra.

—¿Tanto peligro corremos?

Groves se sentó junto a Carmichael ante el tablero de

mandos.

—¿Preparado?

Carmichael oyó su voz a través de los auriculares.

—Preparado. —Carmichael estiró su mano enguantada

hacia el interruptor que llevaba la indicación mel—. Allá

vamos. ¡Agárrense!

Asió la palanca y tiró.

Caían por el espacio.

—¡Socorro! —gritó el doctor Basset.

Rodó por el suelo y se golpeó contra una mesa.

Carmichael y Groves se sujetaron con todas sus fuerzas para

no ser despedidos del tablero de control.

La esfera daba vueltas y se precipitaba en medio de una

cortina de lluvia, descendiendo sin cesar. Por la tronera se

veía un inmenso océano, una infinita extensión de agua azul

que ocupaba todo el espacio visible. Siller, oscilando de un

lado a otro, miraba el espectáculo con las manos sobre las

rodillas.

—Comandante, ¿dónde… dónde se supone que estamos?

—En algún lugar que no es Marte… ¡porque esto no

puede ser Marte!

Groves conectó los cohetes de frenado. La esfera tembló

cuando los cohetes se pusieron en funcionamiento.

—Perfecto —dijo Carmichael, estirando el cuello para

mirar por la tronera—. ¿Un océano? Pero ¿qué demonios?

La esfera se deslizó con toda rapidez sobre el agua,

paralela a la superficie. Siller se levantó poco a poco,

cogiéndose de la barandilla. Ayudó a Basset a levantarse.

—¿Se encuentra bien, doctor?

—Gracias —tartamudeó Basset. Sus gafas se habían

caído en el interior del casco—. ¿Dónde estamos? ¿Ya

hemos llegado a Marte?

—Yo diría que esto no es Marte —contestó Groves.

—Pero yo pensaba que íbamos a Marte.

—Y nosotros también. —Groves aminoró la velocidad

de la esfera cautelosamente—. Es evidente que no estamos

en Marte.

—¿Y dónde estamos?

—No lo sé. Ya lo averiguaremos. Comandante, cuidado

con el motor de estribor, está desequilibrado. Compénselo.

Carmichael hizo los ajustes necesarios.

—¿Dónde cree que nos hallamos? No lo entiendo.

¿Continuamos en la Tierra? ¿O es Venus?

Groves conectó la pantalla.

—Enseguida sabremos si estamos en la Tierra.

Sintonizó el canal de toda onda, pero la pantalla

permaneció sin imagen.

—No estamos en la Tierra.

—Ni en ningún lugar del Sistema. —Groves hizo girar el

dial—. No hay respuesta.

—Sintonice la frecuencia de la gran Emisora Marciana.

Groves movió el dial. No había nada en el punto

correspondiente a la Emisora Marciana…, nada. Los cuatro

hombres contemplaron con incredulidad la pantalla en

blanco. Toda su vida habían captado en esa onda los rostros

sanguíneos de los presentadores marcianos, veinticuatro

horas al día. La emisora más potente del sistema. La Emisora

Marciana llegaba a los nueve planetas, y aún más lejos.

Siempre estaba en el aire.

—Señor —musitó Basset—, hemos salido del sistema.

—No estamos en el sistema —dijo Groves—. Observen

ese horizonte curvo… Se trata de un pequeño planeta, tal vez

una luna, pero nunca antes lo habíamos visto, ni en el sistema

ni en la zona de Próxima.

—Las cifras deben referirse a cantidades enormes. —

Carmichael se levantó—. Hemos salido del sistema y

aterrizado en algún lugar desconocido de la galaxia.

Escudriñó las aguas ondulantes a través de la tronera.

—No veo estrellas —dijo Basset.

—Más tarde procederemos a una medición estelar,

cuando lleguemos al otro lado, lejos del sol.

—Un océano —murmuró Siller—, un océano enorme. Y

una excelente temperatura. —Empezó a quitarse el casco—.

Quizá no los necesitemos, después de todo.

—Es mejor dejárnoslos puestos hasta que analicemos la

atmósfera —advirtió Groves—. ¿Hay tubos de análisis en

esta burbuja?

—No veo ninguno —contestó Carmichael.

—Bueno, no importa. Si…

—¡Señor! —exclamó Siller—. ¡Tierra!

Se precipitaron hacia la tronera. En el horizonte del

planeta se vislumbraba tierra. Una larga y llana faja de

terreno, el perfil de una costa. Se veía algo verde; la tierra

era fértil.

—Giraré un poco a la derecha —dijo Groves, sentado

ante el tablero de mandos. Ajustó los controles—. ¿Qué tal?

—Directos hacia allí —confirmó Carmichael—. Bueno,

al menos no nos ahogaremos. Me pregunto dónde estaremos.

¿Cómo lo averiguaremos? ¿Y si la carta estelar no coincide?

Podemos realizar un análisis espectroscópico, encontrar una

estrella conocida…

—Estamos a punto de llegar —anunció Basset con

nerviosismo—. Será mejor que empiece a frenar, general, no

sea que nos estrellemos.

—Hago lo que puedo. ¿Hay montañas o picos?

—No, terreno llano.

La esfera aminoró la velocidad a medida que descendía.

Bajo sus pies se desplegaba una alfombra de verdor. Muy

lejos divisaron una fila de colinas insignificantes. La esfera

casi rozaba el suelo, mientras los dos pilotos luchaban para

frenarla.

—Suave, suave —murmuró Groves—. Demasiado

rápido.

Todos los cohetes de frenado estaban conectados. Un

ruido atronador, el sonido de los motores funcionando a

pleno rendimiento, ensordecía a los viajeros. Perdió

velocidad poco a poco, hasta que prácticamente quedó

colgando en el cielo. Luego flotó, como un globo de juguete,

hasta posarse con suavidad sobre la llanura verde.

—¡Pare los motores!

Los pilotos cerraron los interruptores. El sonido cesó de

repente. Se miraron entre sí.

—En cualquier momento… —murmuró Carmichael.

«¡Plop!».

—Hemos aterrizado —se regocijó Basset—, hemos

aterrizado.

Abrieron la esclusa sin quitarse los cascos. Siller vigiló

con un fusil Boris mientras Groves y Carmichael ajustaban

de nuevo el pesado disco de rexenoide. Una ráfaga de aire

caliente remolineó a su alrededor.

—¿Ve algo? —preguntó Basset.

—Nada, campos llanos. Una especie de planeta. —El

general avanzó unos pasos sobre la tierra—. ¡Plantas! Hay

miles de ellas, pero no sé de qué clase.

Los demás le siguieron. Sus botas se hundían en el

húmedo suelo. Contemplaron lo que les rodeaba.

—Qué camino tomamos, ¿hacia aquellas colinas? —

preguntó Siller.

—Tanto da. ¡Qué planeta tan llano!

Carmichael echó a andar; dejaba profundas huellas en el

suelo. Los demás le siguieron.

—Parece un lugar inofensivo —comentó Basset. Recogió

un puñado de plantas—. ¿Qué serán? Tienen aspecto de

maleza.

Lo guardó en el bolsillo del traje espacial.

—Alto.

Siller se inmovilizó, rígido, con el fusil levantado.

—¿Qué ocurre?

—Algo se ha movido entre aquellos arbustos.

Esperaron. Todo estaba tranquilo. Una leve brisa agitaba

la superficie verde. El cielo azul se veía limpio de nubes.

—¿Cómo era? —preguntó Basset.

—Algún insecto. Esperen.

Siller avanzó hacia los arbustos y les dio una patada.

Una diminuta criatura salió corriendo al instante. Siller

disparó. La lengua de fuego blanco prendió en el suelo.

Cuando la nube de humo se disipó solo descubrieron un hoyo

calcinado.

—Lo siento.

Siller bajó el fusil, tembloroso.

—Está bien. En un planeta desconocido es mejor

disparar primero.

Groves y Carmichael se dispusieron a remontar una

pequeña elevación.

—Espérenme —gritó Basset, pisándoles los talones—.

Me ha entrado algo en la bota.

—Sáqueselo.

Los tres siguieron adelante y dejaron solo al doctor. Este

se sentó sobre el húmedo suelo, malhumorado. Se desató los

cordones de las botas lenta y cuidadosamente.

El aire era cálido. Se relajó y suspiró. Al cabo de un

momento se quitó el casco para ponerse bien las gafas. El

perfume de las plantas y las flores era penetrante. Inspiró y

dejó escapar el aire poco a poco. Entonces se puso el casco

y terminó de atarse las botas.

Un hombrecillo que medía menos de veinte centímetros

salió de unos arbustos y le disparó una flecha.

Basset miró la flecha, un diminuto dardo de madera que

colgaba de la manga del traje espacial. Abrió y cerró la boca

sin emitir sonido alguno.

Una segunda flecha rebotó en la visera transparente de su

casco, seguida de una tercera y una cuarta. Al arquero se

habían unido otros hombrecillos, uno de ellos montado sobre

un caballo diminuto.

—¡Madre de Dios! —exclamó Basset.

—¿Qué ocurre? —la voz del general Groves resonó en

sus auriculares—. ¿Se encuentra bien, doctor?

—Señor, un enano me ha disparado una flecha.

—¿De veras?

—Hay… hay muchos, ahora.

—¿Está loco?

—¡No! —Basset se levantó de un salto. Una lluvia de

flechas se clavó en su traje o rebotó en el caso. Las

vocecillas agudas de los enanos llegaron a sus oídos,

excitadas y penetrantes—. ¡General, vuelva, por favor!

Groves y Siller aparecieron en lo alto de la colina.

—Basset, ¿ha perdido los…?

Se inmovilizaron, estupefactos. Siller levantó el fusil

Boris, pero Groves bajó el cañón.

—Es imposible. —Avanzó con la vista clavada en el

suelo. Una flecha se estrelló contra su casco—.

Hombrecillos con arcos y flechas.

De súbito, los enanos dieron media vuelta y huyeron,

algunos a pie, otros a caballo, atravesaron los arbustos y

salieron al otro lado.

—Se escapan —dijo Siller—. ¿Les seguimos?

—No es posible. —Groves agitó la cabeza—. En ningún

planeta viven seres humanos tan pequeños como esos. ¡Tan

diminutos!

El comandante Carmichael bajó corriendo la cuesta y se

les unió.

—¿Es cierto lo que estoy viendo? ¿Han visto también a

unos enanitos que huían?

Groves se sacó una flecha del traje.

—Los vimos, ya lo creo que los vimos. —Se acercó la

flecha a la visera y la examinó—. Miren… La punta brilla.

Es de metal.

—¿Reparó en su vestimenta? —preguntó Basset—. Lo

leí una vez en un cuento: Robin Hood. Gorritos, botas…

—Un cuento… —Groves se frotó la mandíbula. Un

extraño brillo iluminaba sus ojos—. Un libro.

—¿Cómo dice, señor? —preguntó Siller.

—Nada. —Groves se reanimó y empezó a caminar—.

Sigámosles. Quiero ver su ciudad.

Aceleró el paso, persiguiendo a grandes zancadas a los

hombrecillos, que no estaban muy lejos.

—Vamos —dijo Siller—, antes de que los perdamos de

vista. Carmichael, Basset y Siller alcanzaron a Groves. Los

cuatro pisaban los talones a los enanos, que corrían tan

rápidamente como podían. Al cabo de un rato, uno de los

hombrecillos se detuvo y se arrojó al suelo. Los demás

vacilaron, mirando hacia atrás.

—Está agotado —dijo Siller—. No puede seguir el

ritmo.

Se oyeron grititos agudos. Le estaban azuzando.

—Echadle una mano —dijo Basset.

Se agachó y cogió al hombrecillo. Lo sostuvo

delicadamente entre sus dedos enguantados, sin dejar de

darle vueltas.

—¡Uy!

Lo volvió a posar en el suelo.

—¿Qué sucede? —preguntó Groves.

—Me ha picado.

Basset se friccionó el pulgar.

—¿Le ha picado?

—Quiero decir que me ha atravesado el dedo con una

espada.

—Eso no es nada.

Groves se lanzó en pos de los hombrecillos.

—Señor —comentó Siller a Carmichael—, esto hace que

el problema de Ganimedes parezca muy remoto.

—Estamos muy lejos.

—Me pregunto cómo será su ciudad —dijo Groves.

—Creo que lo sé —aseguró Basset.

—¿Cómo lo sabe?

Basset no contestó. Se abismó en sus pensamientos y

contempló con sumo interés a los hombrecillos.

—Vamos —dijo—, no les perdamos de vista.

Permanecieron juntos sin intercambiar la menor palabra. A

lo lejos, divisaron una ciudad en miniatura. Los

hombrecillos penetraron en ella a través de un puente

levadizo. El puente se alzó, tirado por cuerdas casi

invisibles. El puente se cerró ante sus miradas curiosas.

—¿Y bien, doctor? —preguntó Siller—. ¿Era esto lo que

esperaba?

—Ni más ni menos —asintió Basset.

La ciudad estaba rodeada de una muralla de piedra gris,

y circundada por un pequeño foso. Incontables agujas, torres

y gabletes se elevaban hacia el cielo. Una furiosa actividad

recorría la ciudad. Una cacofonía de agudos sonidos

surgidos de innumerables gargantas, que aumentaban de

intensidad a cada momento, llegó hasta los cuatro hombres.

Soldados protegidos con armaduras hicieron acto de

aparición sobre la muralla.

De repente, el puente levadizo se movió. Empezó a bajar

hasta quedar horizontal. Hubo una pausa, y luego…

—¡Miren! —exclamó Groves—. ¡Ahí vienen!

—¡Santo Dios! ¡Mirad eso! —dijo Siller, con el fusil

preparado para disparar.

Una horda de hombres armados a caballo cruzó el puente

y salió a campo abierto. Se precipitaron sobre los cuatro

hombres. El sol arrancaba reflejos de sus corazas y lanzas.

Eran varios centenares, provistos de gallardetes, banderas y

pendones de todos los colores y tamaños: un impresionante

espectáculo en miniatura.

—Prepárense —advirtió Carmichael—. Vienen

dispuestos a todo. Protéjanse las piernas.

La primera oleada de hombres se lanzó sobre Groves,

que se hallaba un poco adelantado. Un círculo de guerreros,

diminutas figuras protegidas con armaduras resplandecientes

y adornadas con plumas, le rodearon y acuchillaron

furiosamente los tobillos con sus espadas.

—¡Basta! —aulló Groves, retrocediendo a saltos—.

¡Alto! —Nos van a dar problemas —dijo Carmichael.

Siller rio histéricamente cuando las flechas empezaron a

llover a su alrededor.

—¿Disparo, señor? Una descarga del fusil Boris y…

—¡No! No dispare, es una orden.

Groves siguió retrocediendo cuando una falange de

caballería cargó sobre él con las lanzas enhiestas. Propinó

puntapiés con su pesada bota. Una frenética masa de

hombres y caballos se les vino encima.

—Atrás —aconsejó Basset—. Malditos arqueros…

Un ejército de hombres a pie brotó de la ciudad.

Llevaban largos arcos y carcajes a la espalda. Un sonido

agudo estremeció el aire.

—Tiene razón —asintió Carmichael. Tenía las polainas

destrozadas por obstinados guerreros que habían desmontado

y trataban de derribarle—. Si no vamos a disparar, será

mejor que nos retiremos. Son muy tozudos.

Nubes de flechas llovían sobre sus cabezas.

—Tienen buena puntería —admitió Groves—. Son

soldados experimentados.

—Cuidado —dijo Siller—, intentan separarnos y

cazarnos uno a uno. —Se acercó a Carmichael, nervioso—.

Larguémonos de aquí.

—¿Les oyen? —preguntó Carmichael—. Están como

enloquecidos, se nota que no les gustamos.

Los cuatro hombres iniciaron la retirada. Los

hombrecillos fueron deteniéndose gradualmente y

procedieron a reorganizar sus líneas.

—Es una suerte que nos pusiéramos los trajes —dijo

Groves—. Esto ha dejado de ser divertido.

Siller se agachó y arrancó un puñado de arbustos. Lo

lanzó contra la vanguardia de jinetes, que se dispersaron.

—Déjelo —dijo Basset—. Vámonos.

—¿Nos marchamos?

—Vámonos de aquí. —Basset estaba pálido—. No

puedo creerlo; debe de ser algún tipo de hipnosis, algún tipo

de control mental. No puede ser cierto.

—¿Se encuentra bien? —Siller le cogió del brazo—.

¿Qué sucede?

Una mueca peculiar se dibujó en el rostro de Basset.

—No puedo aceptarlo —murmuró en voz baja—. Hace

tambalear toda la estructura del universo, todas las creencias

básicas.

—¿Por qué? ¿A qué se refiere?

Groves cogió a Basset por el hombro.

—Tranquilo, doctor.

—Pero, general…

—Ya sé lo que está pensando, pero es imposible. Tiene

que haber una explicación racional, tiene que haberla.

—Un cuento de hadas —musitó Basset—. Una leyenda.

—Mera coincidencia. El relato era una sátira social,

nada más. Una sátira social, una obra de ficción. Recuerde lo

que ocurre en este lugar. El parecido es solo…

—¿De qué hablan? —preguntó Carmichael.

—Este lugar —divagó Basset—. Debemos de

marcharnos. Estamos atrapados en una especie de malla

mental.

—¿De qué habla? —Carmichael miró alternativamente a

Basset y a Groves—. ¿Saben dónde nos hallamos?

—No podemos permanecer aquí —dijo Basset.

—¿Dónde?

—Él lo ha adivinado: un cuento de hadas, un cuento

infantil.

—No, una sátira social, para ser exactos —remachó

Groves.

—¿De qué están hablando, señor? —preguntó Siller al

comandante Carmichael—. ¿Lo sabe?

Carmichael gruñó. Su rostro expresó cierta comprensión.

—¿Qué?

—¿Sabe dónde estamos, señor?

—Volvamos a la esfera —respondió Carmichael.

Groves paseaba arriba y abajo, inquieto. Se detuvo junto a la

tronera y miró afuera.

—¿Vienen más? —preguntó Basset.

—Muchos más.

—¿Qué hacen ahora?

—Siguen trabajando en su torre.

Los hombrecillos levantaban una torre, un andamio junto

a la esfera. Caballeros, arqueros, mujeres y niños

colaboraban en la construcción. Desde la ciudad les

enviaban carros tirados por caballos y bueyes, cargados de

suministros. Un griterío estridente penetraba a través del

casco de la esfera y llegaba a oídos de los cuatro hombres.

—¿Y bien? —inquirió Carmichael—. ¿Qué vamos a

hacer? ¿Regresamos?

—Ya he tenido bastante —dijo Groves—. Lo único que

me interesa es volver a la Tierra.

—¿Dónde estamos? —preguntó Siller por enésima vez

—. Doctor, usted lo sabe. ¡Dígalo, maldita sea! Los tres lo

saben. ¿Por qué no lo confiesan?

—Porque queremos conservar nuestra salud mental —

respondió Basset con los dientes apretados—. Solo por eso.

—Me gustaría saberlo —murmuró Siller—. Si nos

fuéramos a un rincón, ¿me lo diría?

—No me moleste, mayor. —Basset meneó la cabeza.

—No es posible —murmuró Groves—. ¿Cómo podría

ser cierto?

—Si nos vamos, nunca lo sabremos, nunca llegaremos a

estar seguros. Nos perseguirá durante el resto de nuestras

vidas. ¿De verdad estuvimos… aquí? ¿Existe este lugar? ¿Es

cierto que…?

—Había un segundo lugar —interrumpió Carmichael.

—¿Un segundo lugar?

—En el cuento. Un lugar en que la gente era grande.

—Sí —asintió Basset—. Se llamaba… ¿cómo?

—Brobdingnag.

—Brobdingnag. Quizás exista también.

—Así que piensa en serio…

—¿No se ajusta a la descripción? —Basset agitó la mano

en dirección a la tronera—. ¿No es eso lo que describe?

Todo a escala reducida, soldados diminutos, pequeñas

ciudades amuralladas, bueyes, caballos, jinetes, reyes,

gallardetes, el puente levadizo, un foso, y esas condenadas

torres. Siempre construían torres… y disparaban flechas.

—Doctor —preguntó Siller—, ¿a qué se refieren?

No hubo respuesta.

—¿Podría…, podría contármelo al oído?

—No entiendo cómo ha podido hacerse realidad —

comentó Carmichael—. Recuerdo el libro, por supuesto. Lo

leí de niño, como todo el mundo. Más tarde me di cuenta de

que satirizaba las costumbres de su tiempo, pero, por el

amor de Dios, ¡es pura fantasía, no un lugar real!

—Tal vez poseyera un sexto sentido, tal vez estuvo allí, o

sea, aquí, en sueños. Quizá tuvo una visión. Dicen que, hacia

el final de su vida, derivó hacia la psicosis.

—Brobdingnag. Su equivalente —reflexionó en voz alta

Carmichael—. Si este existe, quizás el otro también existe.

Nos explicaría… Saldríamos de dudas, una especie de

verificación.

—Sí, de nuestra teoría, nuestra hipótesis. Pronosticamos

que debió de existir; su existencia serviría de prueba.

—La teoría de L, que predice la existencia de B.

—Hemos de asegurarnos —dijo Basset—. Si regresamos

sin comprobarlo, siempre nos quedaremos con la duda.

Cuando estemos luchando con los ganimedianos nos

detendremos y nos preguntaremos… ¿Estuve allí? ¿Existe

realmente? Siempre pensamos que era un cuento, pero

ahora…

Groves se sentó ante el tablero de control. Examinó los

cuadrantes con suma atención. Carmichael se sentó a su lado.

—Observe esto. —Groves tocó con el dedo el medidor

central—. Llega hasta liw, cien. ¿Recuerda qué distancia

indicaba cuando despegamos?

—Por supuesto. Nesi, cero. ¿Por qué?

Nesi indica la posición neutral, nuestra posición en la

Tierra. Hemos ido en una dirección hasta el límite.

Carmichael, Basset tiene razón. No podemos volver a la

Tierra hasta que hayamos averiguado si esto es realmente…

¿Me entiende?

—¿Quiere recorrer todo el camino? ¿Ir hasta el otro

extremo, hasta el otro liw?

Groves asintió con la cabeza.

—De acuerdo. —El comandante exhaló el aire

lentamente—, estoy de acuerdo con usted. Yo también quiero

descubrir el misterio.

—Doctor Basset, no volveremos a la Tierra, de momento

—explicó el general Groves—. Nosotros dos queremos

continuar.

—¿Continuar? —Basset se mostró perplejo—. ¿Hacia el

otro extremo?

Ambos asintieron. Se hizo el silencio. Los sonidos del

exterior habían cesado. La torre casi llegaba al nivel de la

tronera.

—Debemos saber lo que ocurre —dijo Groves.

—Estoy de acuerdo —consintió Basset.

—Estupendo —aprobó Carmichael.

—Me gustaría que alguien me dijera de qué están

hablando —expresó Siller en tono de lamentación—. ¿Sería

posible?

—Allá vamos. —Groves apoyó la mano en el interruptor

—. ¿Estamos dispuestos?

—Sí —dijo Basset.

Groves bajó el interruptor.

Enormes y confusas formas.

La esfera se tambaleó y trató de equilibrarse. Caían de

nuevo, se deslizaban hacia las profundidades. La esfera

vagaba en un océano de formas indistintas, neblinosas y

movedizas que se agitaban alrededor del aparato.

Basset miraba por la tronera, apretando los dientes.

—¿Qué…?

La esfera descendía con velocidad creciente. Todo era

difuso, informe. Formas inmensas, carentes de límites

precisos, flotaban y derivaban como sombras.

—¡Señor! —murmuró Siller—. ¡Comandante, dese prisa!

¡Mire!

Carmichael se acercó a la tronera.

Se encontraban en un mundo de gigantes. Una forma

inmensa, un torso tan enorme que solo divisaron una pequeña

parte, pasó frente a ellos. Había otras formas tan grandes y

confusas que no podían ser identificadas. Un rugido, una

profunda corriente subterránea que recordaba el sonido de

las olas de un monstruoso océano, bombardeaba la esfera,

como un eco repetido y ensordecedor.

Groves miró a Basset y a Carmichael.

—Por tanto, es cierto —dijo Basset.

—Esto lo confirma.

—No puedo creerlo —dijo Carmichael—, pero es la

prueba que buscábamos. Aquí la tenemos…, ahí fuera.

Algo se acercaba a la esfera con movimientos

majestuosos. Siller lanzó un grito y se apartó de la tronera.

Se apoderó del fusil Boris, con el rostro de color ceniciento.

—¡Groves! —chilló Basset—. ¡Bájelo a neutral, rápido!

¡Hemos de salir de aquí!

Carmichael obligó a Siller a bajar el fusil, y le dedicó

una sonrisa tranquilizadora.

—Lo siento, pero esta vez nos serviría de muy poco.

Una mano, tan enorme que ocultó la luz, avanzó hacia

ellos, una mano provista de dedos gigantescos, poros del

tamaño de cráteres, uñas desmesuradas y grandes mechones

de vello. La mano se cerró sobre la esfera y la zarandeó.

—¡Rápido, general!

Desapareció de repente, así como la presión. Por la

tronera no se veía… nada. Las agujas de los cuadrantes

ascendían a nesi, hacia la franja neutral, hacia la Tierra.

Basset exhaló un suspiro de alivio. Se quitó el casco y

secó el sudor de su frente.

—Nos libramos por poco —dijo Groves.

—Una mano quería cogernos, una mano enorme —dijo

Siller—. ¿Dónde estábamos? ¡Díganmelo!

Carmichael se sentó junto a Groves. Intercambiaron una

mirada en silencio.

—No debemos decírselo a nadie —masculló Carmichael

—. A nadie. No nos creerían y, si lo hicieran, sería muy

perjudicial. No es conveniente que una sociedad se entere de

ciertas cosas. Mucha gente perdería los estribos.

—Debió de tener una visión, a partir de la cual escribió

un cuento. Comprendió que nunca podría presentarlo como

un hecho real.

—Más o menos. En realidad, existe, ambos existen, y

quizás otros: el País de las Maravillas, Oz, Pellucidar,

Erewhon, todas las fantasías, todos los sueños…

Groves cogió por el brazo al comandante Carmichael.

—Tómeselo con calma. Les diremos que la nave no

funcionó. No llegamos a ningún sitio. ¿De acuerdo?

—De acuerdo.

La pantalla cobró vida y se formó una imagen.

—De acuerdo, no diremos nada. Solo nosotros cuatro

estaremos al corriente. —Miró de reojo a Siller—. Solo

nosotros tres, quiero decir.

El presidente del Senado se materializó en la pantalla.

—¡Comandante Carmichael! ¿Se encuentra bien?

¿Podrán aterrizar? No recibimos ningún mensaje de Marte.

¿Están todos ustedes bien?

Basset se asomó a la tronera.

—Sobrevolamos Ciudad Tierra a unos mil quinientos

metros de altura. Descendemos con suavidad. El cielo está

lleno de naves. No necesitamos ayuda, ¿verdad?

—No —contestó Carmichael.

Puso en marcha los cohetes de frenado y la nave empezó

a perder velocidad.

—Algún día, cuando la guerra haya terminado —dijo

Basset—, quiero hacerles algunas preguntas a los

ganimedianos sobre este asunto. Me gustaría redondear la

historia.

—Tal vez consiga su oportunidad —respondió Groves,

más sereno que antes—. ¡Claro, Ganimedes! Hemos perdido

nuestra oportunidad de ganar la guerra.

—El presidente del Senado se disgustará —observó

Carmichael en tono sombrío—. Quizá cumpla sus deseos

pronto, doctor. La guerra terminará pronto, ahora que hemos

vuelto… con las manos vacías.

El esbelto ganimediano de color amarillo entró lentamente

en la sala, arrastrando la túnica por el suelo. Se detuvo e

hizo una reverencia.

El comandante Carmichael le indicó por señas que se

enderezara.

—Me dijeron que viniera —silabeó el emisario— para

recuperar una propiedad nuestra que tienen en su laboratorio.

—Exacto.

—Si no tienen objeción, nos gustaría…

—Llévesela.

—Bien, me alegra que no exista animosidad por su parte.

Ahora que volvemos a ser amigos, deseo que trabajemos

juntos en armonía, sobre la base de…

Carmichael le dio la espalda y se dirigió hacia la puerta.

—Acompáñeme. Vamos a buscar su propiedad.

El ganimediano le acompañó hasta el recinto principal

del laboratorio. En el centro de la amplia sala estaba la

esfera.

Groves se aproximó.

—Veo que han venido a buscarla.

—Aquí está —indicó Carmichael al emisario—, su nave

espacial. Llévesela.

—Nuestra máquina del tiempo, querrá decir.

Groves y Carmichael se sobresaltaron.

—¿Su qué?

—Nuestra máquina del tiempo —sonrió el ganimediano,

señalando la esfera con el dedo—. ¿Puedo trasladarla a

nuestra nave?

—Llame a Basset, rápido —ordenó Carmichael.

Groves salió corriendo de la sala. Un momento después

regresó con el doctor Basset.

—Doctor, este ganimediano viene a recuperar su

propiedad. —Carmichael inspiró hondo—. Dice que es

una… máquina del tiempo.

—¿Una qué? ¿Una máquina del tiempo? —Su rostro se

demudó—. ¿Esto? ¿Una máquina del tiempo? ¿No lo que…

nosotros…?

Groves hizo un esfuerzo para serenarse. Dirigió la

palabra al emisario de Ganimedes con el tono de voz más

reposado que pudo.

—Antes de que se lleve su… su máquina del tiempo,

¿viaja al pasado y al futuro?

—Exacto.

—Entiendo. Nesi es el presente.

—Sí.

—¿Para viajar al pasado se levanta la palanca?

—Sí.

—Por tanto, bajándola se va al futuro. Otra cosa: una

persona que viajara al pasado, ¿descubriría que a causa de

la expansión del universo…?

El ganimediano reaccionó con una súbita sonrisa de

comprensión.

—¿Han probado la nave?

Groves asintió con un gesto.

—¿Fueron al pasado y lo encontraron todo mucho más

pequeño? ¿Reducido de tamaño?

—Claro… ¡porque el universo se expande! Y, en el

futuro, todo ha aumentado de tamaño.

—Sí —la sonrisa del emisario se ensanchó—. Menuda

sorpresa, ¿verdad? Les dejó perplejos descubrir nuestro

mundo reducido de tamaño y poblado por seres diminutos,

aunque el tamaño, por supuesto, es relativo, como

comprendieron cuando se trasladaron al futuro.

—Así es. —Groves respiró con fuerza—. Bien, eso es

todo. Llévese su nave.

—El viaje a través del tiempo no es una empresa

positiva —se lamentó el ganimediano—. El pasado es

demasiado breve, y el futuro demasiado extenso.

Consideramos que esta nave es un fracaso.

El ganimediano tocó la esfera con su sensor.

—No podíamos imaginar para qué la querían. Alguien

sugirió que habían robado la nave —el emisario sonrió—

para llegar hasta sus colonias más allá del Sistema, pero no

habría sido muy divertido. Ni siquiera le dimos crédito a esa

idea.

Nadie dijo nada.

El ganimediano emitió un silbido. Un grupo de obreros

se acercó para transportar la esfera hasta un enorme camión.

—De modo que nunca abandonamos la Tierra —

murmuró Groves—. Aquellos seres eran nuestros

antepasados.

—A juzgar por su indumentaria, eran del siglo XV —dijo

Basset—, la Edad Media.

Se miraron entre sí.

Carmichael lanzó una carcajada.

—Y pensamos que era… Pensamos que nos hallábamos

en…

—Siempre supe que se trataba de un simple cuento —

dijo Basset.

—Una sátira social —le corrigió Groves.

Contemplaron en silencio cómo los ganimedianos

sacaban la esfera del laboratorio y la trasladaban al

carguero.

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