Mario Levrero-Todo El Tiempo (Cuento)
TODO EL TIEMPO
Al
maestro Juan José Fernández Salaverría
Cuando creía que todo
había
terminado, todo recién comenzaba.
Mi amigo aceptó por fin que yo conociera el galpón donde realizaba sus
experimentos. A la entrada había
una gruesa puerta de madera, marrón y
antigua, que se abría
empujándola
un poco. En el interior, el sol alcanzaba a
iluminar una franja estrecha: luego se lo
tragaba una densa obscuridad.
—Debemos
esperar que la vista se acostumbre —dijo mi amigo, y yo
ya
podía percibir
que el recinto era insospechablemente grande; largo y ancho,
muy largo. Después,
poco a poco, fui advirtiendo detalles: el suelo era de
tierra, poblada en algunos lugares por
matas de pasto, verde aún, y montones
de paja seca acumulados junto a las
paredes, como en un establo, alternando
con unas construcciones de tejido de
alambre, sin una finalidad actual:
parecían gallineros
abandonados. En el aire flotaba un olor suave y antiguo,
con algo de excrementos de aves, caballos
y vacas. Algo me hizo pensar en
los circos.
Comenzamos a caminar hacia el fondo del
galpón.
A la derecha vi una
vieja mesa de carpintero, y encima
solamente un gran bollón de vidrio.
—Éste
es el homúnculo
—dijo mi amigo, señalando el
bollón.
Me acerqué
a mirar, y aunque la luz era escasa pude
ver una sustancia espesa y sucia,
como la que podría
resultar de la mezcla del contenido de varias docenas de
huevos.
Pero a pesar de la enorme cantidad de
tiempo y esfuerzos que invertía en
el homúnculo, su
experiencia más
importante era otra y estaba más hacia el
fondo; yo no tenía
la menor idea de qué podría tratarse,
pues acerca de esto
mi amigo guardaba siempre el más
hermético
silencio.
—Allí
está
María
—dijo de pronto, señalando a una
muchacha que
llevaba una cesta y un delantal blanco, y
avanzaba en nuestra dirección—.
Ella le da de comer a los animales.
Yo estaba mudo por la sorpresa. Hacía
tiempo que buscaba a esta
muchacha, a quien había
visto fugazmente alguna que otra vez. Me había
impresionado mucho; por momentos sentía
amarla desesperadamente. Pero
buscaba en vano una oportunidad de estar
con ella más
tiempo, y a solas, para
confirmar esa impresión.
Nunca hubiera esperado encontrarla aquí.
Se oye un rugido tremendo, a la
izquierda.
—¡Cuidado!
—gritó mi amigo—. ¡Corran! ¡Corran! ¡Algo
salió
mal!
Él y la muchacha echaron a correr hacia la
salida; yo me demoré un
instante, por curiosidad. El rugido
provenía
de un tigre que ahora se acercaba.
Tenía una cara
hermosa, parecía
un gato. Me miró
sin malignidad.
—¡Huye!
—volvió a gritar mi amigo, y recién
entonces, demasiado tarde,
tomé conciencia
del peligro. Di media vuelta y eché a correr;
pero, en dos
saltos, el tigre me alcanzó.
Cayó
pesadamente sobre mi espalda.
La familia se había
desorganizado mucho antes de la muerte de mi padre.
Ahora, como tratando de reparar un grave
error, como tratando de salvar
cualquier cosa que flotara en el agua
después
de un naufragio, la familia
buscaba reconstruirse: penosamente,
desordenadamente. Sin una finalidad
precisa; nos buscábamos
por soledad, nos encontrábamos por azar.
Al llegar a la casa, encontré
con alegría
que había
aparecido el tío-abuelo,
y conversaba con mi madre acerca de los
detalles de su próxima mudanza.
Venía a vivir con
nosotros.
Era curioso, pero hacía
pocas horas, después de tantos años,
había
creído
verlo por la calle. Era nada más
que alguien muy parecido a él, y de inmediato
lo había comprendido
así
porque la semejanza se remontaba a la época en que
el tío no había
sufrido aún
su ataque de hemiplejia. Con todo, al verlo ahora,
noté que no habían
quedado huellas del ataque; incluso el ojo que había
perdido la visión
ahora parecía
completamente normal.
Por un instante comprendí
que ambos estábamos
muertos: después
del
salto del tigre, no podía
ser de otra manera. Sin embargo sería una
casualidad
muy grande que mi madre hubiese muerto en
el mismo momento que yo; y
ella estaba allí,
tal vez apenas más joven, y también
estaba mi amigo. Había
un problema de lógica
que no podía
resolver, y entonces lo aparté de mi
mente. Mi amigo no colaboraba: comenzó
a contarles a mi madre y a mi tíoabuelo
cómo yo había
sido atrapado por el tigre. No quise enterarme de los
detalles y salí
de la habitación;
bajé
la escalera de caracol y, después de
algunos rodeos, volví
a subir por la escalera recta de madera, hacia mi altillo.
Dispuse las cosas para el complicado rito
del té;
las tazas, la tetera y el
cubretetera, el colador, el frasco del azúcar,
el limón,
la vieja caldera eléctrica
que demoraba muchísimo
en calentar el agua, y el paquete de té importado de
la India. Mientras esperaba que el agua
hirviera, agité
la cubeta con agua
donde se procesaban algunos dibujos en
cartulina y luego regulé el gotear de
la canilla para que el agua se fuera
renovando lentamente y sin salpicar.
—Hay
una teoría
actual muy interesante —dijo mi amigo—,
según
la cual la
vida no sería más
que una forma económica de disipar energía.
Siempre que
existen diferencias, de cualquier manera,
tarde o temprano, los sistemas se
equilibran; pero allí
donde hay bacterias, el proceso es mucho más rápido.
Yo estaba preocupado por la insistencia
con que se presentaba en mi
mente el «Bolero»
de Ravel. Lo había escuchado una vez en casa de mi
amigo, y al tiempo reapareció
en mi memoria con toda su fuerza obsesiva. De
tarde me había
puesto a silbarlo con entusiasmo tratando, justamente, de
disiparlo; pero no había
tenido en cuenta la retroalimentación: la
estructura
mecánica fue
recogida por un vecino, quien diez minutos más tarde se
puso a
silbar con el mismo entusiasmo que yo. De
inmediato me esforcé por silbar
más fuerte y
con algunas variantes acumulativas pero, aunque no volví
a
escuchar que ningún
vecino contraatacara, de todos modos el daño se había
hecho más profundo:
ahora ni en sueños
podía
alejar el Bolero de mi cabeza.
Seguramente las personas que me rodeaban
en un amplio radio seguían
devolviéndome la
energía
de mi primer silbido, que aunque transformada en
otros sonidos que yo no podía
reconocer, reactivaba en mi mente la versión
original, incluso más
perfeccionada, más clara y con nuevos elementos.
—El
agua hierve —señaló
mi amigo. Se oía
un murmullo musical, pero
no era como el del agua al hervir en la
caldera.
—No
—respondí con una
sonrisa—. Es la cubeta.
En efecto: sin quererlo había
logrado con mi equilibrio del goteo un
sistema que producía
sonido, y en extremo coherente.
—Debe
tratarse del aire, al pasar entre las hojas de cartulina —dijo
mi
amigo.
—Yo
creo que más
bien debe ser el agua —respondí.
Nos empeñamos en una
discusión
estéril.
Mi amigo, para demostrarme
que era el aire, acercó
una mano a la cubeta y me pidió que hiciera lo mismo.
—¿Ves?
—dijo—. Sale un aire fresco, a
golpes rítmicos.
Yo asentí.
—Pero
eso no demuestra nada —dije, finalmente—. El aire puede ser una
consecuencia del movimiento del agua; y
es el agua lo que produce el sonido.
Mi amigo se fue enojado, sin tomar el té.
Yo quedé
mirando los dibujos
de las cartulinas y me pregunté
cómo,
a pesar de ser obras mías, me
resultaban tan completamente nuevos y
desconocidos.
En el patio que oficiaba de comedor,
junto a la cocina, bajo una gran
claraboya, mi tío-abuelo,
subido a una silla, trataba de instalar en la pared la
jaula de un pájaro,
a una altura que se me antojó exagerada. Se había
quitado
el saco y pude ver que usaba unos
antiguos tiradores sobre la camiseta de
manga larga. Si realmente no hemos
muerto, él
es el único
que queda vivo de
una serie de hermanos, muy distintos
todos entre sí
pero con algo indecible en
común que sólo
puedo referir a la simpatía que todos ellos me despertaban;
especialmente mi abuelo, el padre de mi
madre, por otra parte muy parecido a
mí. Si la
barrera entre vivos y muertos se ha disuelto, que es la otra
posibilidad, ¿por
qué
no están
todos ahora, reunidos aquí conmigo? Tal vez
sea una cuestión
de tiempo; ya he dicho que el proceso de reorganización
de
la familia es lento, azaroso,
desordenado.
Mi tío habla con
mi madre mientras trata de centrar la jaula. No veo que
en su interior haya ningún
pájaro
ni comprendo la importancia de esta jaula,
vacía o habitada,
para que sea el primer elemento de la mudanza de mi tío.
Una de las mayores dificultades que
encuentra para que la jaula se mantenga
derecha y equilibrada es su propia
distracción
al dialogar con mi madre:
aunque más bien es un
monólogo:
cuenta la historia de su vida, en todos estos
años en que no
nos hemos visto. La historia no es demasiado interesante y
está compuesta
principalmente de penurias. Como la historia de todos
nosotros, de todo el mundo.
Luego se irá, a buscar
otras pertenencias suyas para traer a esta casa. A
pesar de que nuestra presencia aquí
es tan reciente que aún no conozco todos
los detalles de la construcción
—espaciosa, cómoda, alegre,
llena de luz, tan
distinta del oscuro y húmedo
apartamento en que he vivido miserablemente
durante tanto tiempo—,
se ha logrado crear un ambiente tan amable y
familiar, tal vez por la presencia de mi
madre, que puedo reconocerla sin
vacilar como mi casa, y sentirme muy cómodo.
Pero tampoco entiendo cómo
he llegado a aceptar con tanta facilidad
la presencia de mi madre, que en los
últimos tiempos me resultaba fastidiosa y
hostil. Es cierto que se ve más
joven y que, pensando bien, yo he dejado
de lado toda una serie de patrañas
que componían mi vida
adulta y he recuperado en buena medida ese
asombrado bienestar de la infancia. No
creo que sea efecto de la agresión del
tigre; ya antes de entrar al galpón
había
notado una alegre percepción de los
rayos del sol.
El tío-abuelo se
pone el saco y se va. Me inquieta que lo haga, por una
lejana intuición,
o el temor, de que no vaya a regresar. Parece que mi madre
siente lo mismo porque entre los dos lo
enredamos en preguntas y obstáculos
para demorar su partida. Sin embargo, sin
prisa pero sin pausa, se va
acercando a la puerta de calle, y al fin
puede desprenderse de nosotros, y se
va.
Yo también, después
de todo, estoy en medio de un largo proceso de
mudanza. Aún conservo mi
apartamento céntrico,
y como nunca termino de
adecuar las cosas y llevarlas a la nueva
casa, en realidad es como si no tuviera
domicilio; estoy a veces aquí,
a veces allá,
y los días
van pasando sin que me
dé el tiempo
para hacer nada útil. Me había propuesto
quitar la humedad de
los colchones, las frazadas, sábanas,
fundas y almohadas antes de llevarlos a
la nueva casa; pero por lo general me levanto
muy tarde y con la mente
confundida aún
por los ensueños
de la noche, y el sol se va de la única pieza
que da a la calle antes de que pueda
siquiera recordar mi propósito. Estamos
en medio del otoño
y en esta habitación del primer piso —donde
por el
ventanal entra junto con la luz el ruido
de los coches, las voces de la gente, el
humo, la tierra y el olor— el paso del sol a mediodía se hace más
rápido
que
en verano. Hasta hace poco los rayos
llegaban más
temprano y se iban más
tarde, aunque a veces eran sólo
una estrecha franja cerca de la ventana. Ahora
la franja se ha alargado, llega casi
hasta la puerta de la pieza, opuesta al
ventanal: si tuviera tiempo y ganas, podría
calcular si es cierta esta teoría mía
de que la ecuación
es siempre la misma, que siempre entra al cabo del día
la
misma cantidad de sol, más
concentrado en el espacio y más estirado en el
tiempo durante el verano, y a la inversa
durante el invierno, pero siempre la
misma.
Así, sólo
he podido llevar algunos objetos a la nueva casa; entre ellos, los
de la ceremonia del té.
Sin embargo, a pesar de todo, creo que mi mudanza,
por más lenta que
sea, va bien encaminada; y el proceso no se detiene. He
vivido aquí demasiado
tiempo como para poder irme de una vez para siempre;
aunque el lugar es deprimente y en muchos
aspectos detestable y malsano, la
fuerza del hábito
es muy poderosa y, en última instancia, es mayor el tiempo
que paso en mi apartamento que en la
nueva casa.
No era la primera vez que una mudanza había
tenido consecuencias trágicas
en nuestra familia. Todavía
en vida de mi abuela, me encontré a cargo de
una
desesperada vigilancia nocturna en una
casa de campo donde vivíamos todos.
Tan reciente era la mudanza que yo no tenía
clara conciencia de quiénes ni
cuántos vivíamos
allí;
sólo
sabía
de la presencia cierta de mi abuela, en una
pieza pequeña; de mi
madre, en otra; y en una tercera, de mi hija, quien en esa
época era una criatura de meses. Por
desidia, por falta de experiencia, por esa
costumbre de hacer las cosas a las
apuradas, guiándonos
por impulsos
momentáneos, nos habíamos
mudado allí
sin haber hecho todas las
previsiones del caso; y en esa
desgraciada noche, de luz tenue y crepuscular,
yo no tenía ni idea de
la naturaleza del peligro que nos acechaba.
Desde una ventanita podía
ver los alrededores: un lugar apacible, con
plantas, bosquecillos lejanos y más
lejanos acantilados. Lo único desapacible
era la absoluta soledad de aquella casa,
su absoluta falta de protección. La
pauta del peligro inminente me la dio una
comadreja que se escurrió entre
unos matorrales, mirando
significativamente hacia mi lugar en la ventana.
Recorría impotente
distintas habitaciones, buscando alguna cosa con la
cual defenderme y, sobre todo, defender a
los demás
habitantes,
especialmente a mi hija. Aunque el
pensamiento en mi abuela, durmiendo con
total inocencia, también
me enternecía,
por más
que habitualmente era odio lo
que sentía por ella.
Allí no había
armas. Con una escopeta o un revólver, me habría
sentido
más seguro.
Casi deseaba que se desatara el ataque inminente, y tenía
la
seguridad de que un arma cualquiera me
habría
dado el triunfo.
Tuve cierto alivio cuando sentí
el ruido del motor y vi que se acercaba el
viejo coche de mi amigo. «Ahora
él
me ayudará
a defender la casa», pensé.
Corrí hasta la
puerta del fondo, y espié por la ranura del buzón;
vi a mi amigo
descender de su coche celeste y acomodar
algunas cosas en el interior
mientras mantenía
la puerta abierta con un costado del cuerpo. Comprendí
que no podía esperar
ninguna ayuda de su parte; continuó luego con el
motor,
al que sometía
a una inspección
cuidadosa, y mientras tanto comenzaban a
atacar la casa por la puerta del frente.
Me habría sido muy fácil
ubicar a María;
bastaba con preguntarle a mi
amigo. Pero todo el asunto era oscuro y
difuso, y yo no sabía exactamente
cómo actuar;
ignoraba qué
clase de relación
había
entre ellos; mi amigo no
me había dicho nunca
siquiera que la conocía. Así, yo temía
mostrar interés
en ella. Pero también
había
otros motivos, quizás más
importantes, que me
impedían
encontrarla. Había un tigre suelto en la ciudad, aunque
los diarios
no lo mencionaban. Yo lo intuía,
lo sospechaba oculto en cualquier rincón,
pronto para dar el zarpazo o saltar otra
vez sobre mí.
Obscurecía
temprano y
en la ciudad se habían
impuesto restricciones a la iluminación; aun sin el
tigre
ya era peligroso salir a la calle al
anochecer. Me fui acostumbrando a
quedarme en casa, y de esta manera se
reducían
las posibilidades de
encontrarme con María
por azar, como las veces anteriores. También, como
he dicho, era pleno otoño:
al menos, según
el almanaque. Pero este año el
verano se había
prolongado en forma inusual, y el cambio de clima se dio un
poco abruptamente y con cierto retraso.
Estos cambios de estación tienen un
efecto especial sobre mí;
deben producir alteraciones en una serie de procesos
bioquímicos que dan
por resultado un especial desequilibrio psíquico. Tiendo
a dormir en exceso, mucho más
que de costumbre, y a sentirme muy
angustiado en las horas de vigilia. Por
otra parte tengo ensueños durante la
noche que se prolongan en las vigilias y
paso mucho tiempo tratando de
activar mi mente para habilitarla en los
asuntos prácticos
inmediatos, o bien
dejándome llevar
por ese torrente de imágenes, algunas muy sutiles y casi
ocultas, que me van tejiendo toda una
otra vida llena de irrealidad. Por
momentos me resulta muy difícil,
en forma un poco paradójica, creer en la
realidad de las cosas tangibles que estoy
viviendo. Mi paso en la calle se hace
vacilante, como si transitara una zona
sospechosa de arenas movedizas o
pantanos, y en suma, por esta época,
mi tiempo útil
es muy escaso. Casi diría
que temo encontrar a María
por no saberme desenvolver con naturalidad en su
presencia y causarle una mala impresión,
o quizás
desilusionarme de ella al
comprobar que está
fuera de la fina red de mis ensoñaciones; que
su realidad
es muy distinta de la realidad que yo
espero, en este mi estado actual, de la
gente y de las cosas.
En el extremo opuesto está
la esperanza de que su presencia pueda ser un
estímulo
suficiente para sacarme de este estado casi melancólico
y decidirme
a emprender alguna actividad; quebrar de
un solo golpe toda esta nefasta
estructura de irrealidad y llevarme a una
loca carrera contra el desorden
creciente de las cosas y el tiempo. Pero
luego advierto que esta esperanza
también forma parte
del tejido bioquímico, de los sutiles cambios orgánicos
producto del otoño,
y ya no me rebelo: dejo que la vida y la naturaleza me
impongan sus leyes, y solamente cuido de
hacer las cosas elementales para la
subsistencia.
Cuando mi madre notó
mi prolongada ausencia de la casa, resolvió hacer algo
muy poco usual en ella: vino a mi
apartamento, con intención de averiguar
qué me sucedía.
Me encontró
en la pieza que da a la calle, sentado en un
sillón, con la
mirada un tanto ausente, silbando en forma machacona la
melodía del Bolero
de Ravel y ejecutando la parte rítmica con la
punta de los
dedos sobre el brazo del sillón.
Como preferí
dejar sin respuesta la mayor
parte de sus preguntas, entre otras cosas
porque creía
estar logrando el clímax
del Bolero y fastidiando a los vecinos de
una manera irreversible, cargándolos
de una energía
que no pudieran devolverme por ningún medio, se
atacó
de los
nervios. En un estado de gran alteración,
agitada, con los ojos llorosos y
retorciendo en sus manos un pañuelo
blanco, me llevó
al médico.
El buen hombre, a lo largo de varias
sesiones, fue reconstruyendo con
mucha paciencia cada una de las
instancias de mi vida. No parecía prestar
atención a los
detalles que yo creía más salientes,
anotaba ciertas cosas dichas
por mí al pasar, más
bien como complemento de algunas ideas o simple
relleno estético de
frases que, aunque completas de sentido, me resultaban
incompletas en la forma. Por fin logró
establecer un diagnóstico.
—A
este muchacho le falta una primavera —dijo. Explicó
que habiendo
nacido yo en verano, hacía
un par de años
se había
producido un desequilibrio
a raíz de mi viaje
a Francia: los tres meses de otoño pasados allá
me habían
robado el equivalente de la primavera
dejada acá;
había
pasado de un verano a
un otoño, de un otoño
a un invierno, y del invierno nuevamente al otoño —y
otra vez el verano, que para mí
fue casi inexistente. Sobraba un otoño, faltaba
una primavera. La única
solución
era un viaje inmediato a París.
Mi madre y yo nos miramos gravemente. Era
una solución
imposible. Aun
juntando todo nuestro dinero, vendiendo
algunas cosas y pidiendo prestado a
los amigos, sólo
conseguiríamos
lo suficiente para un pasaje de ida. Por otra
parte yo no quería
interrumpir de nuevo mis estudios, y además estaba
pendiente ese proceso insoslayable de la
reorganización
de la familia. Pero el
médico fue
terminante:
—Este
muchacho —dijo— no podrá
soportar el próximo
invierno.
Mi madre salió
del consultorio hecha un mar de lágrimas.
—No
te preocupes —le dije—. Ese médico
no sabe nada. Con mi amigo
tenemos planeado construir un órgano
electrónico.
Es barato y relativamente
sencillo. Cuando esté
pronto, podremos disipar toda la energía del Bolero
en
forma definitiva.
—¿Tú
crees? —preguntó mi madre,
mirándome
esperanzada. Ella
siempre ha tenido mucha confianza en mis
palabras.
—Seguramente
—le dije; pero todo aquello no era cierto. Cuando llegué
a
casa me puse a pensar en el invierno y
rompí
a llorar con desesperación.
Pero algo de cierto había
en lo que había
dicho a mi madre; algo musical,
cuya forma definitiva aún
no conocíamos,
estábamos
fabricando; en realidad
era una orquesta. Mi amigo venía
casi diariamente con botellas vacías, que
recogía aquí
y allá,
y que en mi apartamento, en una de las tantas piezas
inútiles y
polvorientas, iba ordenando según su tamaño y calidad
de sonido,
llenas de agua a distintos niveles. También
acumulábamos
tubos de cartón,
los cuales habían
contenido originalmente hojas de papel y que, según
descubrimos, al estar vacíos
y ser destapados con violencia producían un
sonido breve y profundo; una serie rápida
de manipulaciones de este tipo daba
una idea muy aproximada del sonido del contrabajo.
Contábamos
también
con
un viejo violín
de una sola cuerda, y unos tubos anchos de goma, cuya
finalidad original desconocíamos,
que podían
servirnos para obtener distintos
sonidos —ya fuese
golpeándolos
con una varilla metálica o cantando con la
boca pegada a un extremo: distorsionaban
la voz humana hasta hacerla
irreconocible, y al mismo tiempo la
amplificaban y producía ecos.
Cuando todos los detalles estuvieran
prontos, invitaríamos a otros amigos
a participar en un concierto que
consistiría
en una versión
llena de furia y
angustia contenida del Bolero de Ravel.
Mi amigo sería
el director de la
orquesta; señalaría
a cada uno su parte y mantendría, con el expresivo
movimiento de sus brazos, la coherencia
del conjunto.
Pero, cuando creíamos
que todo recién
comenzaba, todo había terminado
hacía mucho
tiempo.
Nuestra idea del yo, de la propia
persona, había
sido bombardeada
sistemáticamente por
todos los medios; nos movíamos como sombras de
nosotros mismos sin que hubiera aparecido
la armonía
con todas las cosas que
nos prometieran los maestros Zen. Éramos
nada más
que despojos, que los
despojos de fieras un poco más
hábiles
aún
se disputaban. Sólo manteníamos
una ilusión de
continuidad acumulando afeites sobre la carne envejecida y
recurriendo a lugares comunes de la
conversación
en los que todos podíamos
reconocernos, pero sin entusiasmo. Todo
parecía
haberse decidido siglos
atrás; la batalla
memorable ya había sido librada y alguien la había
ganado y
alguien la había
perdido; nosotros éramos los restos, lo que no importa, lo
sobrante. La vida transcurría
en otro lugar, de otra manera.
Cuando llegó mi amigo, vi
que tenía
los ojos brillantes de fiebre.
—Necesito
oro —dijo—. El homúnculo
se muere.
—Estoy
harto —respondí. Habíamos
debido mudarnos, con la familia
multiplicada, a un apartamento más
pequeño,
oscuro y húmedo
que todos los
anteriores. Y no sólo
la familia: había
con nosotros gente vagamente conocida
que nunca supe cómo
hizo para llegar allí y quedarse. No se podía
ir del
comedor a la cocina sin pasar
forzosamente por el cuarto de baño; yo estaba
tratando de darme una ducha pero mi
abuela, con el pretexto de controlar el
hervor del caldo, pasaba de aquí
para allá.
Quise aislarla en el comedor pero
la llave, pequeña
y dorada, había
desaparecido. Se la exigí a mi abuela; ella
dijo que no la tenía,
y volvió
a pasar para la cocina y yo no podía desnudarme
para la ducha. Después
llegó
Eduardo, el primo de mi amigo, y él tenía
una
llave que, aunque no era la misma, servía
para esa cerradura. Pero quiso
conservarla, porque dijo que era la única
forma de mantener su aislamiento en
la piecita donde dormía.
Después
se puso a jugar al ajedrez con mi amigo. Yo
me fui, sin ducharme, a mi viejo
apartamento; todavía quedaban algunas
cosas aunque todo estaba muy deteriorado.
Había
hierbas que crecían en
rajaduras de las paredes.
—Estoy
harto —repetí—.
Voy a juntar dinero para irme a París. Merezco
morir en un lugar más
hermoso que éste.
—El
homúnculo
se muere —dijo mi amigo—. Vamos
a juntar dinero para
comprar oro. Un poco, menos de un gramo.
Vamos a vender esas botellas
inútiles y la
vieja tetera. Algún coleccionista querrá
pagar algo por ella.
—La
tetera no —dije. Salimos a vender botellas y diarios
viejos. Fuimos
humillados y maltratados pero finalmente
conseguimos un poco de oro, que
casi no se veía
en la palma de la mano.
En la escuela, mi compañera
de banco era una rubia exuberante, la más
inteligente de la clase pero muy tonta
para muchas otras cosas. Tenía lentes
redondos y peinaba sus cabellos largos de
modo de parecer angelical y
complacer a la monja. Masticaba chicle y
acostumbraba pegarlo en la parte
inferior de mi lado del banco; a veces yo
llevaba allí
la mano y encontraba
unas bolitas resecas, pegadas, o una masa
todavía
fresca de goma y saliva.
En la clase de Historia Natural la monja
habló
de los virus y de su forma
de reproducción;
dijo que eran en esencia escaleritas dobles, retorcidas en
forma de hélice, y que
cuando estaban en un medio adecuado las escaleritas
se despegaban y cada una formaba su
complementaria con elementos que
obtenía del medio;
así
de un virus salían
dos, y en pocas horas llegaban a ser
millones. Esta idea me inquietó
y me produjo picazón en la espalda. A la
salida, mi compañera
de banco me susurró al oído que, si yo
quería,
esa noche
me iba a mostrar el lugar donde la había
mordido el tigre.
La llegada de mi abuela había
complicado las cosas y poblado la casa de
peligros. Con esa aparente inocencia, en
verdad inconsciente de todas sus
acciones, mi abuela era muy hábil
para tendernos a todos trampas mortales.
Había sido, sin
lugar a dudas, la causante principal de la muerte de mi abuelo,
cambiándole el vaso
de agua que acostumbraba tomar antes de dormirse por
un vaso que contenía
un detergente poderoso, con un alto contenido de
hipoclorito de sodio; tenía
el pretexto de que ella quería decolorar unos
botones forrados de género
para que hicieran juego con un vestido que estaba
haciendo para regalarle a mi madre el día
de su cumpleaños.
Siempre se las
arreglaba para aparecer ella misma también
un poco como víctima.
Mi abuelo
tomó heroicamente
su vaso de veneno y no dijo nada a nadie hasta mucho
tiempo después,
cuando un médico
lo sometió
a un severo interrogatorio,
soportando la quemadura que debilitaría
su aparato digestivo y facilitaría la
aparición de un cáncer.
Anoche, tratando de hacer en silencio el
recorrido desde la puerta de calle
hasta mi cuarto, y a oscuras, para no
despertar a nadie, al pasar por la cocina
me llevé por delante
un armario que había sido cambiado de sitio, y tuve la
suerte de esquivar intuitivamente la olla
de aceite hirviendo o grasa derretida
que mi abuela acababa de colocarle encima
en precario equilibrio. Esta
mañana se
hablaba del asunto, pero no quise escuchar las infaltables
justificaciones y salí
sin desayunar.
Anduve al azar por la ciudad, al
principio abstraído en mis pensamientos o
en mi falta de pensamientos, sin reparar
mayormente en el entorno; pero
luego abrí los ojos a
lo que me rodeaba y me di cuenta del cambio que se
había producido
en las cosas. Ya casi me era imposible reconocer los lugares;
lo único que
permanecía
era el plano de la ciudad inscripto en mi mente,
incorporado en forma abstracta, como
estructura, el juego de calles; pero la
ciudad había ido
variando en todo este tiempo sin que yo lo notara. ¿O
era
que yo había estado
encerrado en mi apartamento mucho más de lo que
creía?
Lo cierto es que si me detenía
un instante, quitando la idea del recorrido que
estaba haciendo, y me fijaba en un lugar
concreto, en el nombre o en la
vidriera de un comercio, en la forma de
las baldosas o en el color del asfalto,
en los balcones o en esos semáforos
que antes no estaban, me atacaba una
sensación extraña,
parecida al vértigo,
y unas ganas tremendas de correr,
como cuando me sentía
perdido en Buenos Aires o en Burdeos. Debía volver
entonces de inmediato, y a veces no sin
esfuerzo, a la idea de la estructura en
sí del
recorrido y el plano abstracto de las calles, salirme de los detalles
actuales que mis ojos veían,
y acomodarme a la idea de que lo esencial no
había cambiado,
que la ciudad era la misma, que sólo cambiaban
detalles sin
importancia, fachadas y letreros de
colores. Y si elevaba los ojos me
confirmaba esta idea la vista de las
claraboyas de las partes altas de los
edificios: a pesar de las refacciones en
la planta baja, las partes altas seguían
tal cual, viejas y polvorientas, sucias y
antiguas, apenas acentuado
ligeramente el deterioro que ya tenían
cuando yo nací.
Mi madre, presionada por mi abuela, quien
ejercía
sobre ella un silencioso e
innegable dominio, comenzó
a estudiar piano y solfeo. Compramos el piano
en un remate; era recto y pequeño,
de teclas amarillentas. Para ahorrar dinero
lo trajimos a pie, entre mi amigo y yo;
este acarreo, y la posterior subida por
las escaleras empinadas hasta el tercer
piso que habitábamos,
y más
aún,
la
instalación final en el
estrecho pasillo entre el dormitorio y el corredor, fue
sin querer una especie de homenaje a la
memoria de Laurel y Hardy. Después,
mi madre aporreaba el piano sin piedad,
todo el día
y todos los días
con
escalas obsesivas que llegaron a
desplazar de mi mente al Bolero de Ravel.
Mi compañera de banco
había
venido aquella noche. Atravesamos en
silencio el complicado recorrido hasta mi
pieza y allí,
a la luz de la portátil
con una lamparita empantallada por un
diario que se iba quemando
lentamente y que proyectaba una forma
imprecisa de luz blanca sobre el
cielorraso, se levantó
la pollera y me mostró la cicatriz horrible en el muslo
izquierdo. Por muchos motivos, algunos
poco claros, me sentía como
avergonzado de ella; tal vez el motivo
principal era esa cicatriz espantosa, y
otra bastante profunda que tenía
en el vientre como consecuencia de una
operación de
peritonitis. Debía centrar mi atención
en la parte superior de su
cuerpo para evitar que se me inhibiera el
deseo, y esto me generaba una
especie de culpa por mezclar la imaginación
con el sexo. De cualquier manera
tenía buen
cuidado de que en la casa no se enteraran de su presencia, aunque
vestida era una muchacha agradable y
nadie podía
sospechar la mordedura del
tigre. Una noche, mientras estaba a solas
con ella, mi madre se levantó en
medio de un ataque de sonambulismo y
comenzó
a ejercitarse en el piano.
Quedé inmóvil
sobre el cuerpo de mi compañera de banco y durante un par de
semanas me fue imposible volver a tener
con ella relaciones normales.
Solucionamos el problema habilitando
parcialmente mi viejo apartamento, al
cual por una razón
u otra siempre debía regresar. Ahora había
sido ocupado
por una gente conocida, quien sin ningún
derecho intentó
resistirse a nuestra
presencia; por fin me relegaron a una de
las piezas más
húmedas,
hacia el
fondo, cerca de la cocina. Era mejor, sin
embargo, que el apartamento donde
vivía mi familia.
Nunca había sentido tan
fuertemente la impresión de ser dominado por un
hueco en mi conciencia. Como una mancha
blanca en un cuadro célebre,
como la estrella que falta en el cielo
por coincidir con el punto ciego del ojo,
una presencia al mismo tiempo brutal y
silenciosa: el ojo de la conciencia
estaba ciego para algo en particular que
yo no podía
definir, algo que me
negaba a ver, a saber, y ese algo me
estaba torturando, tal vez señalándome un
camino que yo no quería
seguir. La palabra que no puede decirse, el rostro
que en un sueño
no puede verse, porque al darse vuelta la figura de espaldas
despertamos una fracción
de segundo antes, por la certidumbre de no poder
tolerarlo; aunque, en este caso, no era
nada tan violento ni aterrador. Yo sabía
que con el paso del tiempo podría
ir rodeando ese hueco, reconociendo o
iluminando levemente sus bordes, que se
harían
primero borrosamente
visibles y poco a poco me irían
dando las pistas para poder ajustar el dibujo
que faltaba, reconocerlo, aceptarlo sin
asustarme. Mientras tanto me sentía
impedido para realizar una serie de cosas
y tenía
momentos de distracción que
a veces se prolongaban en forma
alarmante. Yo, sin embargo, no llegaba a
alarmarme por mis rarezas más
que cuando me miraba críticamente con los
ojos de un extraño,
o me comparaba con los modelos de salud que
preconizaban los manuales de psicología.
A todo esto, el otoño
avanzaba implacablemente hacia el invierno, y al
mismo tiempo se iba demorando con cierta
coquetería;
cada hoja seca
resonaba estruendosamente al caer sobre
las veredas, y en el borde de cada
resonancia se enlazaba con los colores
del sol de otoño
que habían
quedado
grabados para siempre en mi memoria de
París.
Pero, como tantas cosas, la reorganización
de la familia resultó no ser más
que una ilusión.
Pronto llegaron rencores y desavenencias, algunos se fueron
yendo, y mi abuela enfermó
gravemente. Sufrió un ataque en un día
de fiesta
y yo debí recorrer
desesperado, sin saber por qué lo hacía, odiándola
como la
odiaba, toda la ciudad en busca de un
tubo de oxígeno
que al fin me
alquilaron en una estación
de nafta. Así
fue languideciendo, con intervalos
breves de falsa mejoría,
los tubitos de goma permanentemente instalados en la
nariz, la mirada cada vez más
lejana, con una conciencia constante de su
verdadero estado, durante semanas y
semanas. Yo procuraba evadirme de su
presencia, por más
que ella me solicitara continuamente, porque sabía que mis
ojos delataban la absoluta certeza de su
muerte próxima
y toda aquella cosa
nunca dicha a las claras, todo mi amor
incomprensible y todo mi odio
justificado, toda mi indiferencia que no
sabía
hasta qué
punto podía
ser real y,
en definitiva, con todo el mal que ella
me había
hecho, todo mi perdón, por
esa inocencia final.
El entierro fue una ceremonia grotesca, íbamos
a pie, porque era más
barato, detrás
del coche fúnebre
de ridículos
arabescos y borlas negras, con
una inmensa cruz arriba y una enorme
corona de flores de plástico detrás,
portando una cinta en la que también
figuraba mi nombre sin que nadie lo
hubiera solicitado. Yo iba entre mi madre
a la izquierda y a la derecha una tía
que no comprendía
nada y sentía
hondamente todo aquello como algo cierto,
del brazo de ambas, en actitud que
aparentaba algo como heroísmo o
dignidad, desmentida por los anteojos
negros que protegían del sol a mis ojos
irritados por una noche en vela corriendo
trámites
burocráticos
en la funeraria
y recibiendo pésames.
Detrás,
toda la familia reunida nuevamente, ahora en
una farsa majestuosa, seguida de un
cortejo inmenso de gente desconocida,
gente que ni mi madre ni yo habíamos
visto jamás
y, probablemente, tampoco
mi abuela. A la mitad del pedregoso
camino al cementerio se unió a nosotros
el tonto del pueblo, un hombre babeante,
con mocos que le colgaban, que se
puso a trastabillar cerca de la cabina
del coche, con su grasienta gorra en una
mano que llevó
a la espalda; y de vez en cuando apartaba cuidadosa e
innecesariamente algunas piedras pequeñas
del camino, y a veces le hacía
señas al conductor.
—Nunca
en mi vida me había sentido tan ridículo
—dije, de pronto, en
voz alta, ante el asombro de mi tía.
—Yo
estaba pensando lo mismo —respondió
mi madre con calma. Y
comprendí que eran
entendimientos como ése lo que nos había
mantenido
unidos, a pesar de todo.
Mi amigo, algunos metros más
atrás,
iba recogiendo otras anécdotas que
después habríamos
de intercambiar en el boliche.
Mi madre trataba de distraer su soledad
con las escalas al piano, cada día más
débiles; yo me
fui a rumiar mi propia soledad al viejo apartamento. Ahora
estaba nuevamente deshabitado; un caño
o una serie de caños habían estallado
en el edificio y el techo se llovía,
gota a gota, en muchas de las piezas. La
humedad, siempre característica,
ahora se enseñoreaba
de la construcción y
había bastado
para alejar a los intrusos. No tenía dinero ni
fuerzas para pensar
en reparaciones, ni derecho a protestar
ante el dueño
del edificio, a quien
pagaba un alquiler miserable. Conseguí
una serie de platitos metálicos y con
mi amigo tratamos de ordenarlos debajo de
ciertas gotas para conseguir al
menos un poco de música.
El talento de mi amigo consiguió sin mayores
complicaciones técnicas
una estructura armónica muy sólida. Las
variaciones
melódicas no tenían
demasiada importancia; la obra, continua, iba variando
siempre sutilmente, de tal manera que
bastaba su latencia en la memoria para
ser reconocida como siempre la misma,
aunque uno estuviera ausente muchas
horas del apartamento; al regresar, y no
por monotonía,
casi podía
decir que
se adivinaba lo que iba a escucharse.
Pero el apartamento ya no era habitable,
y debí
refugiarme en la pieza del
frente durante el día,
y de noche ir a dormir a la casa de mi madre. Esto me
trajo dificultades con mi compañera
de banco, quien sólo disponía de las
noches porque su marido era sereno; debía
introducirla clandestina,
silenciosamente en la casa; y mi madre,
ahora, disponía
con mayor libertad de
sus horas y nunca podíamos
saber cuándo
estaba durmiendo o cuándo iría a
tocar sus escalas en el piano, ni si lo
hacía
despierta o en estado de
sonambulismo, y a veces tenía
que interrumpir en mal momento mis
relaciones con la muchacha para ver si mi
madre necesitaba atención. Tal vez
todo habría sido más
sencillo si las hubiese presentado formalmente; pero
como no lo había
hecho desde un principio, había como un hábito en lo
clandestino y, por otra parte, me seguía
avergonzando de aquella cicatriz en la
pierna izquierda. Además
no podía
quitar a María
del centro de mis
esperanzas, como si tuviera la íntima
certeza de que ella era la compañera
final que la vida me había
destinado.
—Por
supuesto que hay algo por detrás de la materia —dijo
mi amigo—, y
muy pronto la ciencia deberá
reconocerlo o será su fin. Y no me hablen de
energía. Yo pienso
más
bien en términos
de voluntad, o de deseo.
No había vuelto a
mencionar el homúnculo, por lo que supuse que había
fracasado también
en esa experiencia. Entre nosotros hay cosas que uno de los
dos jamás menciona, y
el homúnculo
y el tigre son para mí temas prohibidos;
él, por su parte, nunca me habló
de aquella otra experiencia que iba a
mostrarme cuando apareció
el tigre. Y el tema de María está
definitivamente
fuera de nuestras conversaciones.
—¿Te vas a París? —preguntó de pronto, mirándome
fijamente.
—¿París?
Ah, no, no —respondí, distraído,
contemplando la columna de
humo que se elevaba de un cigarrillo
apoyado en un cenicero que había traído
de allá, con la
imagen impresa de un boleto perforado de metro.
A veces me resulta muy fácil
hablar de París,
pero ahora trato de evitarlo
porque temo repetirme. Tengo conciencia
de haberme repetido muchas veces,
pero ahora siento como si se hubiera
agotado un ciclo. Son pocas las cosas
vividas allá, y lo
principal, ese significado inmenso que tienen para mí
la
ciudad y su nombre, y la delicada
interacción
entre las cosas vistas y sus
antecedentes emocionales, y la historia
posterior de mis descubrimientos
acerca de mí mismo con
relación
a todo esto, bueno, es algo muy difícil de
transmitir y, por otra parte, mi amigo ya
conoce todo; lo conoce de una
manera tan minuciosa como puede conocerlo
alguien que no sea yo mismo.
—¿Has
recibido noticias de Marie? —preguntó
maliciosamente, sabiendo
que es la pregunta que más
puede molestarme. Ambos sonreímos.
—Va t’en faire…! —le dije. Del corredor y las distintas
piezas goteantes
del apartamento llegaba, como formulada mágicamente
por una lluvia de un
cielo muy benévolo,
la música
de las gotas sobre los platitos metálicos—.
Haría falta un
grabador —añadí
luego, e hice un gesto vago hacia el fondo de
la casa—. No
puede perderse todo esto.
—¿Por
qué
no?
—Cierto.
¿Por qué no?
¿Por
qué
no? Entre tantas cosas perdidas, entre tantos hombres perdidos,
como por ejemplo nosotros, entre tanta
cosa que debió
ser y no fue, o que fue
no debiendo ser, entre tanta oscuridad,
tanto misterio, tanta incapacidad para
vivir…
—¿Y
esa voluntad, ese deseo, ese psiquismo por detrás de la
materia y la
energía?
—Tal
vez no baste —murmuró mi amigo,
hundido tanto como yo en un
estado depresivo que habíamos
provocado sin querer, casi jugando—. Tal vez
no baste. La entropía…
Pero, cuando creíamos
que todo había
terminado, todo estaba recién por
comenzar.
Mario Levrero
| Mario Levrero | ||
|---|---|---|
| Información personal | ||
| Nombre de nacimiento | Jorge Mario Varlotta Levrero | |
| Nacimiento | 23 de enero de 1940 Montevideo (Uruguay) | |
| Fallecimiento | 30 de agosto de 2004 Montevideo (Uruguay) | |
| Nacionalidad | Uruguaya | |
| Información profesional | ||
| Ocupación | Escritor, fotógrafo, editor, comediante y guionista | |
Jorge Mario Varlotta Levrero (Montevideo, 23 de enero de 1940-Montevideo, 30 de agosto de 2004), más conocido como Mario Levrero fue un escritor, fotógrafo, librero, guionista de cómics, columnista, humorista, creador de crucigramas y juegos de ingenio uruguayo. En sus últimos años de vida dirigió un taller literario.1
Biografía[editar]
Mario Levrero vivió la mayor parte de su vida en su ciudad natal, Montevideo, con períodos de residencia más o menos prolongados en otras ciudades uruguayas (Piriápolis, Colonia), o en Buenos Aires, Rosario y Burdeos (Francia).
Se desempeñó como librero en La Guardia Nueva, librería de viejo que montó junto a su amigo y socio Jorge Califra en 1959 en la calle Soriano ubicada en su ciudad natal.2 El nombre de la librería rinde honor al club de tango homónimo que frecuentaba en su juventud. Durante la década del sesenta mantuvo gran interés por el cine y la fotografía. Rodó algunas películas caseras con Califra y se dedicó a ser fotógrafo amateur,3 estableciendo un laboratorio en una de las habitaciones de su casa.3 Colaboró principalmente como humorista entre los años 1969 y 1971 en Misia Dura —suplemento semanal de El Popular, periódico vinculado al partido comunista—4 y, en la década del ochenta, en diferentes revistas de Uruguay y Argentina. También fue editor de una revista de entretenimiento y, en sus últimos años, dirigió un taller literario.2
Estilo[editar]
El estilo literario de Levrero muestra influencia de la ciencia ficción y el género policial;3 también es importante el papel que tienen el humor y la narrativa cómica dentro de sus textos. A pesar de ello, es difícil clasificarlo con uno de los géneros ya mencionados.
Los «raros»[editar]
El crítico uruguayo Ángel Rama lo incluye dentro del grupo de los "raros",5 una corriente típicamente uruguaya de autores que no pueden encasillarse dentro de ninguna corriente reconocible, aunque tienden a una especie de surrealismo leve. Felisberto Hernández, Armonía Somers, José Pedro Díaz y el propio Levrero son los nombres principales de esta corriente, aunque este último era bastante más joven que el resto, y sobrevivió a todos. De los autores vivos, más jóvenes que Levrero, se incluirían Marosa di Giorgio o Felipe Polleri, quien es el continuador que más se acerca a la categoría.6
Dentro de la tradición uruguaya, Levrero es más asimilable a Felisberto Hernández que al resto de los "raros". En cuanto a los referentes extranjeros presentes en la literatura levreriana, salvo un cierto aire kafkiano que impregna la primera parte de su obra (desde La ciudad),3 solo podría encontrársele parecidos con la obra de algunos de los surrealistas más atípicos, en particular Leonora Carrington.
Los autores del grupo de “los raros" tienen como característica ser “autocancelantes”, es decir, que no han generado una corriente literaria de seguidores de su estilo, y cada uno es una singularidad dentro de su género. Sin embargo, en el caso de Levrero hay un amplio espectro de escritores más o menos jóvenes que se declaran deudores del estilo del maestro, pero en general se trata de alumnos de sus talleres, y son más deudores de su método de enseñanza que de su obra literaria, entre sus alumnos están Pablo Silva Olazábal7 y José Miguel Búsquets Apólito.8
Singularidad[editar]
Incluso dentro del grupo de los "raros”, Levrero es singular en su formación y estilo. Su literatura está fuertemente influenciada por la literatura popular. Durante su adolescencia fue ávido lector de ciencia ficción: Asimov, Richard Matheson, Brian W. Aldiss y Ray Bradbury, así como de novela policíaca: Raymond Chandler, Chester Himes y Erle Stanley Gardner.3
En su obra hay una fuerte vocación introspectiva6 que, viéndola en conjunto, da la idea de cierto tipo de escalada desde lo más narrativo hacia lo más cotidiano. El autor lo explica en una entrevista, diciendo que, inadvertidamente, a lo largo de tres décadas su literatura fue recorriendo el camino que va desde el inconsciente colectivo, reflejado en sus primeras novelas, pasando por el subconsciente hasta aflorar en la conciencia y permitirle describir lo que ocurre fuera de sí mismo.2
Ese análisis del conjunto de su obra hace que a pesar de lo muy distinto de sus diversas fases, el conjunto adquiera una coherencia que enriquece los significados de cada libro en general. Otra de las características de la obra levreriana, fruto de su casi maniáticamente preciso uso del idioma, es su engañosa sencillez. Salvo algunos relatos excesivamente experimentales, toda su obra se lee con una fluidez que en ocasiones oculta complejidad de significados que pueden extraerse, ya sea a cada texto por separado o en su conjunto.
En 2016 su libro La novela luminosa fue seleccionado según la prensa española en la sexta posición como una de las mejores novelas de los últimos 25 años en idioma español.9
El taller[editar]
Durante más de veinte años impartió talleres de escritura en Argentina y posteriormente en Uruguay. La primera vez que se dedicó a ello fue en Buenos Aires después de haber trabajado en una editorial como jefe de redacción de revistas.3 En una entrevista realizada el mismo año en que murió, el escritor habla sobre su experiencia en el taller y explica que hubo una transformación del modo de trabajo que consistió en ir de los juegos a partir de la palabra y de textos ajenos a trabajar con lo que él considera la materia prima de la literatura. En dicha entrevista el escritor habla de su concepción del arte y de la literatura. En ella destaca el trabajo que el escritor debe realizar con su inconsciente para encontrar su estilo personal.7
Trayectoria[editar]
Levrero comenzó a publicar a fines de la década de los 60, en editoriales de Montevideo y Buenos Aires. Su obra se compone por partes casi iguales de novelas, en general de no mucha extensión, y recopilaciones de cuentos, muy variables en su tamaño. Hay una tercera zona —la de sus últimos libros—, a los que se les denomina novelas por comodidad, pero que son más bien un género propio, a caballo entre el ensayo, el relato y las memorias.
En el panorama de la literatura uruguaya contemporánea, Levrero surge como el último autor de culto del siglo XX. Su fama fue aumentando a partir de los años 80 pero, paradójicamente, siempre manteniendo un perfil muy bajo. Generó un creciente grupo de seguidores tanto en Uruguay como en Argentina pero nunca alcanzó grandes reconocimientos públicos, salvo una beca Guggenheim en el año 2000, que le permitió dedicarse a la redacción de La novela luminosa. Este diario-relato y su antecesor El discurso vacío se consideran sus obras mayores, por su complejidad fabuladora.
Pero otros lectores prefieren, por su elaboración autónoma, sus novelas de la llamada trilogía involuntaria: La ciudad, París y El lugar. Las tres se centran en la urbe, están escritas en primera persona, eso sí como toda su narrativa, y describen una sensación de atrapamiento a modo del sueño (y del cine mudo) propio del sentimiento del "aislado" que evocan casi todos sus relatos. Y, en último término, libros de relatos inclasificables y de intensidad suma son La máquina de pensar en Gladys y Todo el tiempo.
Mario Levrero en las artes contemporáneas[editar]
Entre el 13 de diciembre de 2019 y el 30 de mayo de 2020, el Centro Cultural de España en Montevideo presenta la muestra Levrero hipnótico, con la curadoría del doctor en historia del arte Ricardo Ramón Jarne, director del centro, y el doctor en literatura hispanoamericana Matías Núñez.1011 A partir de la compresión levreriana de la literatura como una forma de “hipnosis”12, la muestra construye un ambiente enrarecido y onírico propio de los escenarios que aparecen en las obras del autor. En este espacio escenográfico, montado sobre el plano en escala 1/1 de su apartamento de la calle Bartolomé Mitre 1376 de Montevideo (donde retomó la escritura de La novela luminosa), se ubican sus ilustraciones, fotografías y películas, los objetos personales que hizo ingresar en sus novelas autoficcionales13 así como copias facsimilares de los manuscritos de sus obras relevados por el Servicio de Documentación y Archivo del Instituto de Letras de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de Udelar. El resultado es una exposición multidisciplinar e interactiva que cuenta con la participación de artistas como Alfalfa, Brian Mackern, Diego Bianki, Guillermo Ifrán, Jorge Risso, Leandro Erlich, Lizán, Manuel Espínola Gómez, Marianella Morena, Hermenegildo Sábat, Sonia Pulido, Tola Invernizzi, Valentina López Aldao y Víctor Castro, entre otros.141516
Obra[editar]
Novelas[editar]
- 1970: La ciudad
- 1972: Diario de un canalla / Burdeos, 1972
- 1995: Nick Carter (se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo)
- 1980: París
- 1982: El lugar
- 1987: Fauna / Desplazamientos
- 1989: La Banda del Ciempiés
- 1996: El alma de Gardel
- 1996: El discurso vacío
- 1998: Dejen todo en mis manos
- 2005: La novela luminosa
- 2008: Trilogia involuntaria (reúne La ciudad, Paris y El lugar)
Cuentos[editar]
- 1970: La máquina de pensar en Gladys
- 1982: Todo el tiempo
- 1983: Aguas salobres
- 1986: Los muertos
- 1987: Espacios libres
- 1992: El portero y el otro
- 2001: Ya que estamos
- 2003: Los carros de fuego
- 2019: Cuentos completos
Cómics[editar]
- 1986: Santo Varón / I (ilustraciones de Lizán)
- 1988: Los profesionales (ilustraciones de Lizán)
- 2016: Historietas reunidas de Jorge Varlotta
Otros[editar]
- 1978: Manual de parapsicología
- 1986: Caza de conejos
- 2001: Irrupciones I
- 2001: Irrupciones II
Bibliografía sobre Levrero[editar]
- 2008: Conversaciones con Mario Levrero (de Pablo Silva Olazábal; epílogo de Ignacio Echevarría)
- 2008: Realismos del simulacro: imagen, medios y tecnología en la narrativa del Río de la Plata (de Jesús Montoya Juárez)4
- 2009: Intrusismos de lo real en la narrativa de Mario Levrero (de Jorge Olivera)5
- 2013: La máquina de pensar en Mario. Ensayos sobre la obra de Levrero (de Ezequiel De Rosso)
- 2015: Errante en las moradas interiores. Autoficción y performance en la obra de Mario Levrero (de Matías Núñez)
- 2016: Escribir Levrero. Intervenciones sobre Jorge Mario Varlotta Levrero y su literatura (de Carolina Bartalini)
- 2018: Maestros de la escritura (de Liliana Villanueva)17



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