Mario Levrero-Todo El Tiempo (Cuento)

 

TODO EL TIEMPO

Al maestro Juan José Fernández Salaverría

Cuando creía que todo había terminado, todo recién comenzaba.

Mi amigo aceptó por fin que yo conociera el galpón donde realizaba sus


experimentos. A la entrada había una gruesa puerta de madera, marrón y

antigua, que se abría empujándola un poco. En el interior, el sol alcanzaba a

iluminar una franja estrecha: luego se lo tragaba una densa obscuridad.

Debemos esperar que la vista se acostumbre dijo mi amigo, y yo ya

podía percibir que el recinto era insospechablemente grande; largo y ancho,

muy largo. Después, poco a poco, fui advirtiendo detalles: el suelo era de

tierra, poblada en algunos lugares por matas de pasto, verde aún, y montones

de paja seca acumulados junto a las paredes, como en un establo, alternando

con unas construcciones de tejido de alambre, sin una finalidad actual:

parecían gallineros abandonados. En el aire flotaba un olor suave y antiguo,

con algo de excrementos de aves, caballos y vacas. Algo me hizo pensar en

los circos.

Comenzamos a caminar hacia el fondo del galpón. A la derecha vi una

vieja mesa de carpintero, y encima solamente un gran bollón de vidrio.

Éste es el homúnculo dijo mi amigo, señalando el bollón. Me acerqué

a mirar, y aunque la luz era escasa pude ver una sustancia espesa y sucia,

como la que podría resultar de la mezcla del contenido de varias docenas de

huevos.

Pero a pesar de la enorme cantidad de tiempo y esfuerzos que invertía en

el homúnculo, su experiencia más importante era otra y estaba más hacia el

fondo; yo no tenía la menor idea de qué podría tratarse, pues acerca de esto

mi amigo guardaba siempre el más hermético silencio.

Allí está María dijo de pronto, señalando a una muchacha que

llevaba una cesta y un delantal blanco, y avanzaba en nuestra dirección.

Ella le da de comer a los animales.

Yo estaba mudo por la sorpresa. Hacía tiempo que buscaba a esta

muchacha, a quien había visto fugazmente alguna que otra vez. Me había

impresionado mucho; por momentos sentía amarla desesperadamente. Pero

buscaba en vano una oportunidad de estar con ella más tiempo, y a solas, para

confirmar esa impresión. Nunca hubiera esperado encontrarla aquí.

Se oye un rugido tremendo, a la izquierda.

—¡Cuidado! gritó mi amigo. ¡Corran! ¡Corran! ¡Algo salió mal!

Él y la muchacha echaron a correr hacia la salida; yo me demoré un

instante, por curiosidad. El rugido provenía de un tigre que ahora se acercaba.

Tenía una cara hermosa, parecía un gato. Me miró sin malignidad.

—¡Huye! volvió a gritar mi amigo, y recién entonces, demasiado tarde,

tomé conciencia del peligro. Di media vuelta y eché a correr; pero, en dos

saltos, el tigre me alcanzó. Cayó pesadamente sobre mi espalda.

La familia se había desorganizado mucho antes de la muerte de mi padre.

Ahora, como tratando de reparar un grave error, como tratando de salvar

cualquier cosa que flotara en el agua después de un naufragio, la familia

buscaba reconstruirse: penosamente, desordenadamente. Sin una finalidad

precisa; nos buscábamos por soledad, nos encontrábamos por azar.

Al llegar a la casa, encontré con alegría que había aparecido el tío-abuelo,

y conversaba con mi madre acerca de los detalles de su próxima mudanza.

Venía a vivir con nosotros.

Era curioso, pero hacía pocas horas, después de tantos años, había creído

verlo por la calle. Era nada más que alguien muy parecido a él, y de inmediato

lo había comprendido así porque la semejanza se remontaba a la época en que

el tío no había sufrido aún su ataque de hemiplejia. Con todo, al verlo ahora,

noté que no habían quedado huellas del ataque; incluso el ojo que había

perdido la visión ahora parecía completamente normal.

Por un instante comprendí que ambos estábamos muertos: después del

salto del tigre, no podía ser de otra manera. Sin embargo sería una casualidad

muy grande que mi madre hubiese muerto en el mismo momento que yo; y

ella estaba allí, tal vez apenas más joven, y también estaba mi amigo. Había

un problema de lógica que no podía resolver, y entonces lo aparté de mi

mente. Mi amigo no colaboraba: comenzó a contarles a mi madre y a mi tíoabuelo

cómo yo había sido atrapado por el tigre. No quise enterarme de los

detalles y salí de la habitación; bajé la escalera de caracol y, después de

algunos rodeos, volví a subir por la escalera recta de madera, hacia mi altillo.

Dispuse las cosas para el complicado rito del té; las tazas, la tetera y el

cubretetera, el colador, el frasco del azúcar, el limón, la vieja caldera eléctrica

que demoraba muchísimo en calentar el agua, y el paquete de té importado de

la India. Mientras esperaba que el agua hirviera, agité la cubeta con agua

donde se procesaban algunos dibujos en cartulina y luego regulé el gotear de

la canilla para que el agua se fuera renovando lentamente y sin salpicar.

Hay una teoría actual muy interesante dijo mi amigo, según la cual la

vida no sería más que una forma económica de disipar energía. Siempre que

existen diferencias, de cualquier manera, tarde o temprano, los sistemas se

equilibran; pero allí donde hay bacterias, el proceso es mucho más rápido.

Yo estaba preocupado por la insistencia con que se presentaba en mi

mente el «Bolero» de Ravel. Lo había escuchado una vez en casa de mi

amigo, y al tiempo reapareció en mi memoria con toda su fuerza obsesiva. De

tarde me había puesto a silbarlo con entusiasmo tratando, justamente, de

disiparlo; pero no había tenido en cuenta la retroalimentación: la estructura

mecánica fue recogida por un vecino, quien diez minutos más tarde se puso a

silbar con el mismo entusiasmo que yo. De inmediato me esforcé por silbar

más fuerte y con algunas variantes acumulativas pero, aunque no volví a

escuchar que ningún vecino contraatacara, de todos modos el daño se había

hecho más profundo: ahora ni en sueños podía alejar el Bolero de mi cabeza.

Seguramente las personas que me rodeaban en un amplio radio seguían

devolviéndome la energía de mi primer silbido, que aunque transformada en

otros sonidos que yo no podía reconocer, reactivaba en mi mente la versión

original, incluso más perfeccionada, más clara y con nuevos elementos.

El agua hierve señaló mi amigo. Se oía un murmullo musical, pero

no era como el del agua al hervir en la caldera.

No respondí con una sonrisa. Es la cubeta.

En efecto: sin quererlo había logrado con mi equilibrio del goteo un

sistema que producía sonido, y en extremo coherente.

Debe tratarse del aire, al pasar entre las hojas de cartulina dijo mi

amigo.

Yo creo que más bien debe ser el agua respondí.

Nos empeñamos en una discusión estéril. Mi amigo, para demostrarme

que era el aire, acercó una mano a la cubeta y me pidió que hiciera lo mismo.

—¿Ves? dijo. Sale un aire fresco, a golpes rítmicos. Yo asentí.

Pero eso no demuestra nada dije, finalmente. El aire puede ser una

consecuencia del movimiento del agua; y es el agua lo que produce el sonido.

Mi amigo se fue enojado, sin tomar el té. Yo quedé mirando los dibujos

de las cartulinas y me pregunté cómo, a pesar de ser obras mías, me

resultaban tan completamente nuevos y desconocidos.

En el patio que oficiaba de comedor, junto a la cocina, bajo una gran

claraboya, mi tío-abuelo, subido a una silla, trataba de instalar en la pared la

jaula de un pájaro, a una altura que se me antojó exagerada. Se había quitado

el saco y pude ver que usaba unos antiguos tiradores sobre la camiseta de

manga larga. Si realmente no hemos muerto, él es el único que queda vivo de

una serie de hermanos, muy distintos todos entre sí pero con algo indecible en

común que sólo puedo referir a la simpatía que todos ellos me despertaban;

especialmente mi abuelo, el padre de mi madre, por otra parte muy parecido a

mí. Si la barrera entre vivos y muertos se ha disuelto, que es la otra

posibilidad, ¿por qué no están todos ahora, reunidos aquí conmigo? Tal vez

sea una cuestión de tiempo; ya he dicho que el proceso de reorganización de

la familia es lento, azaroso, desordenado.

Mi tío habla con mi madre mientras trata de centrar la jaula. No veo que

en su interior haya ningún pájaro ni comprendo la importancia de esta jaula,

vacía o habitada, para que sea el primer elemento de la mudanza de mi tío.

Una de las mayores dificultades que encuentra para que la jaula se mantenga

derecha y equilibrada es su propia distracción al dialogar con mi madre:

aunque más bien es un monólogo: cuenta la historia de su vida, en todos estos

años en que no nos hemos visto. La historia no es demasiado interesante y

está compuesta principalmente de penurias. Como la historia de todos

nosotros, de todo el mundo.

Luego se irá, a buscar otras pertenencias suyas para traer a esta casa. A

pesar de que nuestra presencia aquí es tan reciente que aún no conozco todos

los detalles de la construcción espaciosa, cómoda, alegre, llena de luz, tan

distinta del oscuro y húmedo apartamento en que he vivido miserablemente

durante tanto tiempo, se ha logrado crear un ambiente tan amable y

familiar, tal vez por la presencia de mi madre, que puedo reconocerla sin

vacilar como mi casa, y sentirme muy cómodo. Pero tampoco entiendo cómo

he llegado a aceptar con tanta facilidad la presencia de mi madre, que en los

últimos tiempos me resultaba fastidiosa y hostil. Es cierto que se ve más

joven y que, pensando bien, yo he dejado de lado toda una serie de patrañas

que componían mi vida adulta y he recuperado en buena medida ese

asombrado bienestar de la infancia. No creo que sea efecto de la agresión del

tigre; ya antes de entrar al galpón había notado una alegre percepción de los

rayos del sol.

El tío-abuelo se pone el saco y se va. Me inquieta que lo haga, por una

lejana intuición, o el temor, de que no vaya a regresar. Parece que mi madre

siente lo mismo porque entre los dos lo enredamos en preguntas y obstáculos

para demorar su partida. Sin embargo, sin prisa pero sin pausa, se va

acercando a la puerta de calle, y al fin puede desprenderse de nosotros, y se

va.

Yo también, después de todo, estoy en medio de un largo proceso de

mudanza. Aún conservo mi apartamento céntrico, y como nunca termino de

adecuar las cosas y llevarlas a la nueva casa, en realidad es como si no tuviera

domicilio; estoy a veces aquí, a veces allá, y los días van pasando sin que me

dé el tiempo para hacer nada útil. Me había propuesto quitar la humedad de

los colchones, las frazadas, sábanas, fundas y almohadas antes de llevarlos a

la nueva casa; pero por lo general me levanto muy tarde y con la mente

confundida aún por los ensueños de la noche, y el sol se va de la única pieza

que da a la calle antes de que pueda siquiera recordar mi propósito. Estamos

en medio del otoño y en esta habitación del primer piso donde por el

ventanal entra junto con la luz el ruido de los coches, las voces de la gente, el

humo, la tierra y el olor el paso del sol a mediodía se hace más rápido que

en verano. Hasta hace poco los rayos llegaban más temprano y se iban más

tarde, aunque a veces eran sólo una estrecha franja cerca de la ventana. Ahora

la franja se ha alargado, llega casi hasta la puerta de la pieza, opuesta al

ventanal: si tuviera tiempo y ganas, podría calcular si es cierta esta teoría mía

de que la ecuación es siempre la misma, que siempre entra al cabo del día la

misma cantidad de sol, más concentrado en el espacio y más estirado en el

tiempo durante el verano, y a la inversa durante el invierno, pero siempre la

misma.

Así, sólo he podido llevar algunos objetos a la nueva casa; entre ellos, los

de la ceremonia del té. Sin embargo, a pesar de todo, creo que mi mudanza,

por más lenta que sea, va bien encaminada; y el proceso no se detiene. He

vivido aquí demasiado tiempo como para poder irme de una vez para siempre;

aunque el lugar es deprimente y en muchos aspectos detestable y malsano, la

fuerza del hábito es muy poderosa y, en última instancia, es mayor el tiempo

que paso en mi apartamento que en la nueva casa.

No era la primera vez que una mudanza había tenido consecuencias trágicas

en nuestra familia. Todavía en vida de mi abuela, me encontré a cargo de una

desesperada vigilancia nocturna en una casa de campo donde vivíamos todos.

Tan reciente era la mudanza que yo no tenía clara conciencia de quiénes ni

cuántos vivíamos allí; sólo sabía de la presencia cierta de mi abuela, en una

pieza pequeña; de mi madre, en otra; y en una tercera, de mi hija, quien en esa

época era una criatura de meses. Por desidia, por falta de experiencia, por esa

costumbre de hacer las cosas a las apuradas, guiándonos por impulsos

momentáneos, nos habíamos mudado allí sin haber hecho todas las

previsiones del caso; y en esa desgraciada noche, de luz tenue y crepuscular,

yo no tenía ni idea de la naturaleza del peligro que nos acechaba.

Desde una ventanita podía ver los alrededores: un lugar apacible, con

plantas, bosquecillos lejanos y más lejanos acantilados. Lo único desapacible

era la absoluta soledad de aquella casa, su absoluta falta de protección. La

pauta del peligro inminente me la dio una comadreja que se escurrió entre

unos matorrales, mirando significativamente hacia mi lugar en la ventana.

Recorría impotente distintas habitaciones, buscando alguna cosa con la

cual defenderme y, sobre todo, defender a los demás habitantes,

especialmente a mi hija. Aunque el pensamiento en mi abuela, durmiendo con

total inocencia, también me enternecía, por más que habitualmente era odio lo

que sentía por ella.

Allí no había armas. Con una escopeta o un revólver, me habría sentido

más seguro. Casi deseaba que se desatara el ataque inminente, y tenía la

seguridad de que un arma cualquiera me habría dado el triunfo.

Tuve cierto alivio cuando sentí el ruido del motor y vi que se acercaba el

viejo coche de mi amigo. «Ahora él me ayudará a defender la casa», pensé.

Corrí hasta la puerta del fondo, y espié por la ranura del buzón; vi a mi amigo

descender de su coche celeste y acomodar algunas cosas en el interior

mientras mantenía la puerta abierta con un costado del cuerpo. Comprendí

que no podía esperar ninguna ayuda de su parte; continuó luego con el motor,

al que sometía a una inspección cuidadosa, y mientras tanto comenzaban a

atacar la casa por la puerta del frente.

Me habría sido muy fácil ubicar a María; bastaba con preguntarle a mi

amigo. Pero todo el asunto era oscuro y difuso, y yo no sabía exactamente

cómo actuar; ignoraba qué clase de relación había entre ellos; mi amigo no

me había dicho nunca siquiera que la conocía. Así, yo temía mostrar interés

en ella. Pero también había otros motivos, quizás más importantes, que me

impedían encontrarla. Había un tigre suelto en la ciudad, aunque los diarios

no lo mencionaban. Yo lo intuía, lo sospechaba oculto en cualquier rincón,

pronto para dar el zarpazo o saltar otra vez sobre mí. Obscurecía temprano y

en la ciudad se habían impuesto restricciones a la iluminación; aun sin el tigre

ya era peligroso salir a la calle al anochecer. Me fui acostumbrando a

quedarme en casa, y de esta manera se reducían las posibilidades de

encontrarme con María por azar, como las veces anteriores. También, como

he dicho, era pleno otoño: al menos, según el almanaque. Pero este año el

verano se había prolongado en forma inusual, y el cambio de clima se dio un

poco abruptamente y con cierto retraso. Estos cambios de estación tienen un

efecto especial sobre mí; deben producir alteraciones en una serie de procesos

bioquímicos que dan por resultado un especial desequilibrio psíquico. Tiendo

a dormir en exceso, mucho más que de costumbre, y a sentirme muy

angustiado en las horas de vigilia. Por otra parte tengo ensueños durante la

noche que se prolongan en las vigilias y paso mucho tiempo tratando de

activar mi mente para habilitarla en los asuntos prácticos inmediatos, o bien

dejándome llevar por ese torrente de imágenes, algunas muy sutiles y casi

ocultas, que me van tejiendo toda una otra vida llena de irrealidad. Por

momentos me resulta muy difícil, en forma un poco paradójica, creer en la

realidad de las cosas tangibles que estoy viviendo. Mi paso en la calle se hace

vacilante, como si transitara una zona sospechosa de arenas movedizas o

pantanos, y en suma, por esta época, mi tiempo útil es muy escaso. Casi diría

que temo encontrar a María por no saberme desenvolver con naturalidad en su

presencia y causarle una mala impresión, o quizás desilusionarme de ella al

comprobar que está fuera de la fina red de mis ensoñaciones; que su realidad

es muy distinta de la realidad que yo espero, en este mi estado actual, de la

gente y de las cosas.

En el extremo opuesto está la esperanza de que su presencia pueda ser un

estímulo suficiente para sacarme de este estado casi melancólico y decidirme

a emprender alguna actividad; quebrar de un solo golpe toda esta nefasta

estructura de irrealidad y llevarme a una loca carrera contra el desorden

creciente de las cosas y el tiempo. Pero luego advierto que esta esperanza

también forma parte del tejido bioquímico, de los sutiles cambios orgánicos

producto del otoño, y ya no me rebelo: dejo que la vida y la naturaleza me

impongan sus leyes, y solamente cuido de hacer las cosas elementales para la

subsistencia.

Cuando mi madre notó mi prolongada ausencia de la casa, resolvió hacer algo

muy poco usual en ella: vino a mi apartamento, con intención de averiguar

qué me sucedía. Me encontró en la pieza que da a la calle, sentado en un

sillón, con la mirada un tanto ausente, silbando en forma machacona la

melodía del Bolero de Ravel y ejecutando la parte rítmica con la punta de los

dedos sobre el brazo del sillón. Como preferí dejar sin respuesta la mayor

parte de sus preguntas, entre otras cosas porque creía estar logrando el clímax

del Bolero y fastidiando a los vecinos de una manera irreversible, cargándolos

de una energía que no pudieran devolverme por ningún medio, se atacó de los

nervios. En un estado de gran alteración, agitada, con los ojos llorosos y

retorciendo en sus manos un pañuelo blanco, me llevó al médico.

El buen hombre, a lo largo de varias sesiones, fue reconstruyendo con

mucha paciencia cada una de las instancias de mi vida. No parecía prestar

atención a los detalles que yo creía más salientes, anotaba ciertas cosas dichas

por mí al pasar, más bien como complemento de algunas ideas o simple

relleno estético de frases que, aunque completas de sentido, me resultaban

incompletas en la forma. Por fin logró establecer un diagnóstico.

A este muchacho le falta una primavera dijo. Explicó que habiendo

nacido yo en verano, hacía un par de años se había producido un desequilibrio

a raíz de mi viaje a Francia: los tres meses de otoño pasados allá me habían

robado el equivalente de la primavera dejada acá; había pasado de un verano a

un otoño, de un otoño a un invierno, y del invierno nuevamente al otoño y

otra vez el verano, que para mí fue casi inexistente. Sobraba un otoño, faltaba

una primavera. La única solución era un viaje inmediato a París.

Mi madre y yo nos miramos gravemente. Era una solución imposible. Aun

juntando todo nuestro dinero, vendiendo algunas cosas y pidiendo prestado a

los amigos, sólo conseguiríamos lo suficiente para un pasaje de ida. Por otra

parte yo no quería interrumpir de nuevo mis estudios, y además estaba

pendiente ese proceso insoslayable de la reorganización de la familia. Pero el

médico fue terminante:

Este muchacho dijo no podrá soportar el próximo invierno.

Mi madre salió del consultorio hecha un mar de lágrimas.

No te preocupes le dije. Ese médico no sabe nada. Con mi amigo

tenemos planeado construir un órgano electrónico. Es barato y relativamente

sencillo. Cuando esté pronto, podremos disipar toda la energía del Bolero en

forma definitiva.

—¿Tú crees? preguntó mi madre, mirándome esperanzada. Ella

siempre ha tenido mucha confianza en mis palabras.

Seguramente le dije; pero todo aquello no era cierto. Cuando llegué a

casa me puse a pensar en el invierno y rompí a llorar con desesperación.

Pero algo de cierto había en lo que había dicho a mi madre; algo musical,

cuya forma definitiva aún no conocíamos, estábamos fabricando; en realidad

era una orquesta. Mi amigo venía casi diariamente con botellas vacías, que

recogía aquí y allá, y que en mi apartamento, en una de las tantas piezas

inútiles y polvorientas, iba ordenando según su tamaño y calidad de sonido,

llenas de agua a distintos niveles. También acumulábamos tubos de cartón,

los cuales habían contenido originalmente hojas de papel y que, según

descubrimos, al estar vacíos y ser destapados con violencia producían un

sonido breve y profundo; una serie rápida de manipulaciones de este tipo daba

una idea muy aproximada del sonido del contrabajo. Contábamos también con

un viejo violín de una sola cuerda, y unos tubos anchos de goma, cuya

finalidad original desconocíamos, que podían servirnos para obtener distintos

sonidos ya fuese golpeándolos con una varilla metálica o cantando con la

boca pegada a un extremo: distorsionaban la voz humana hasta hacerla

irreconocible, y al mismo tiempo la amplificaban y producía ecos.

Cuando todos los detalles estuvieran prontos, invitaríamos a otros amigos

a participar en un concierto que consistiría en una versión llena de furia y

angustia contenida del Bolero de Ravel. Mi amigo sería el director de la

orquesta; señalaría a cada uno su parte y mantendría, con el expresivo

movimiento de sus brazos, la coherencia del conjunto.

Pero, cuando creíamos que todo recién comenzaba, todo había terminado

hacía mucho tiempo.

Nuestra idea del yo, de la propia persona, había sido bombardeada

sistemáticamente por todos los medios; nos movíamos como sombras de

nosotros mismos sin que hubiera aparecido la armonía con todas las cosas que

nos prometieran los maestros Zen. Éramos nada más que despojos, que los

despojos de fieras un poco más hábiles aún se disputaban. Sólo manteníamos

una ilusión de continuidad acumulando afeites sobre la carne envejecida y

recurriendo a lugares comunes de la conversación en los que todos podíamos

reconocernos, pero sin entusiasmo. Todo parecía haberse decidido siglos

atrás; la batalla memorable ya había sido librada y alguien la había ganado y

alguien la había perdido; nosotros éramos los restos, lo que no importa, lo

sobrante. La vida transcurría en otro lugar, de otra manera.

Cuando llegó mi amigo, vi que tenía los ojos brillantes de fiebre.

Necesito oro dijo. El homúnculo se muere.

Estoy harto respondí. Habíamos debido mudarnos, con la familia

multiplicada, a un apartamento más pequeño, oscuro y húmedo que todos los

anteriores. Y no sólo la familia: había con nosotros gente vagamente conocida

que nunca supe cómo hizo para llegar allí y quedarse. No se podía ir del

comedor a la cocina sin pasar forzosamente por el cuarto de baño; yo estaba

tratando de darme una ducha pero mi abuela, con el pretexto de controlar el

hervor del caldo, pasaba de aquí para allá. Quise aislarla en el comedor pero

la llave, pequeña y dorada, había desaparecido. Se la exigí a mi abuela; ella

dijo que no la tenía, y volvió a pasar para la cocina y yo no podía desnudarme

para la ducha. Después llegó Eduardo, el primo de mi amigo, y él tenía una

llave que, aunque no era la misma, servía para esa cerradura. Pero quiso

conservarla, porque dijo que era la única forma de mantener su aislamiento en

la piecita donde dormía. Después se puso a jugar al ajedrez con mi amigo. Yo

me fui, sin ducharme, a mi viejo apartamento; todavía quedaban algunas

cosas aunque todo estaba muy deteriorado. Había hierbas que crecían en

rajaduras de las paredes.

Estoy harto repetí. Voy a juntar dinero para irme a París. Merezco

morir en un lugar más hermoso que éste.

El homúnculo se muere dijo mi amigo. Vamos a juntar dinero para

comprar oro. Un poco, menos de un gramo. Vamos a vender esas botellas

inútiles y la vieja tetera. Algún coleccionista querrá pagar algo por ella.

La tetera no dije. Salimos a vender botellas y diarios viejos. Fuimos

humillados y maltratados pero finalmente conseguimos un poco de oro, que

casi no se veía en la palma de la mano.

En la escuela, mi compañera de banco era una rubia exuberante, la más

inteligente de la clase pero muy tonta para muchas otras cosas. Tenía lentes

redondos y peinaba sus cabellos largos de modo de parecer angelical y

complacer a la monja. Masticaba chicle y acostumbraba pegarlo en la parte

inferior de mi lado del banco; a veces yo llevaba allí la mano y encontraba

unas bolitas resecas, pegadas, o una masa todavía fresca de goma y saliva.

En la clase de Historia Natural la monja habló de los virus y de su forma

de reproducción; dijo que eran en esencia escaleritas dobles, retorcidas en

forma de hélice, y que cuando estaban en un medio adecuado las escaleritas

se despegaban y cada una formaba su complementaria con elementos que

obtenía del medio; así de un virus salían dos, y en pocas horas llegaban a ser

millones. Esta idea me inquietó y me produjo picazón en la espalda. A la

salida, mi compañera de banco me susurró al oído que, si yo quería, esa noche

me iba a mostrar el lugar donde la había mordido el tigre.

La llegada de mi abuela había complicado las cosas y poblado la casa de

peligros. Con esa aparente inocencia, en verdad inconsciente de todas sus

acciones, mi abuela era muy hábil para tendernos a todos trampas mortales.

Había sido, sin lugar a dudas, la causante principal de la muerte de mi abuelo,

cambiándole el vaso de agua que acostumbraba tomar antes de dormirse por

un vaso que contenía un detergente poderoso, con un alto contenido de

hipoclorito de sodio; tenía el pretexto de que ella quería decolorar unos

botones forrados de género para que hicieran juego con un vestido que estaba

haciendo para regalarle a mi madre el día de su cumpleaños. Siempre se las

arreglaba para aparecer ella misma también un poco como víctima. Mi abuelo

tomó heroicamente su vaso de veneno y no dijo nada a nadie hasta mucho

tiempo después, cuando un médico lo sometió a un severo interrogatorio,

soportando la quemadura que debilitaría su aparato digestivo y facilitaría la

aparición de un cáncer.

Anoche, tratando de hacer en silencio el recorrido desde la puerta de calle

hasta mi cuarto, y a oscuras, para no despertar a nadie, al pasar por la cocina

me llevé por delante un armario que había sido cambiado de sitio, y tuve la

suerte de esquivar intuitivamente la olla de aceite hirviendo o grasa derretida

que mi abuela acababa de colocarle encima en precario equilibrio. Esta

mañana se hablaba del asunto, pero no quise escuchar las infaltables

justificaciones y salí sin desayunar.

Anduve al azar por la ciudad, al principio abstraído en mis pensamientos o

en mi falta de pensamientos, sin reparar mayormente en el entorno; pero

luego abrí los ojos a lo que me rodeaba y me di cuenta del cambio que se

había producido en las cosas. Ya casi me era imposible reconocer los lugares;

lo único que permanecía era el plano de la ciudad inscripto en mi mente,

incorporado en forma abstracta, como estructura, el juego de calles; pero la

ciudad había ido variando en todo este tiempo sin que yo lo notara. ¿O era

que yo había estado encerrado en mi apartamento mucho más de lo que creía?

Lo cierto es que si me detenía un instante, quitando la idea del recorrido que

estaba haciendo, y me fijaba en un lugar concreto, en el nombre o en la

vidriera de un comercio, en la forma de las baldosas o en el color del asfalto,

en los balcones o en esos semáforos que antes no estaban, me atacaba una

sensación extraña, parecida al vértigo, y unas ganas tremendas de correr,

como cuando me sentía perdido en Buenos Aires o en Burdeos. Debía volver

entonces de inmediato, y a veces no sin esfuerzo, a la idea de la estructura en

sí del recorrido y el plano abstracto de las calles, salirme de los detalles

actuales que mis ojos veían, y acomodarme a la idea de que lo esencial no

había cambiado, que la ciudad era la misma, que sólo cambiaban detalles sin

importancia, fachadas y letreros de colores. Y si elevaba los ojos me

confirmaba esta idea la vista de las claraboyas de las partes altas de los

edificios: a pesar de las refacciones en la planta baja, las partes altas seguían

tal cual, viejas y polvorientas, sucias y antiguas, apenas acentuado

ligeramente el deterioro que ya tenían cuando yo nací.

Mi madre, presionada por mi abuela, quien ejercía sobre ella un silencioso e

innegable dominio, comenzó a estudiar piano y solfeo. Compramos el piano

en un remate; era recto y pequeño, de teclas amarillentas. Para ahorrar dinero

lo trajimos a pie, entre mi amigo y yo; este acarreo, y la posterior subida por

las escaleras empinadas hasta el tercer piso que habitábamos, y más aún, la

instalación final en el estrecho pasillo entre el dormitorio y el corredor, fue

sin querer una especie de homenaje a la memoria de Laurel y Hardy. Después,

mi madre aporreaba el piano sin piedad, todo el día y todos los días con

escalas obsesivas que llegaron a desplazar de mi mente al Bolero de Ravel.

Mi compañera de banco había venido aquella noche. Atravesamos en

silencio el complicado recorrido hasta mi pieza y allí, a la luz de la portátil

con una lamparita empantallada por un diario que se iba quemando

lentamente y que proyectaba una forma imprecisa de luz blanca sobre el

cielorraso, se levantó la pollera y me mostró la cicatriz horrible en el muslo

izquierdo. Por muchos motivos, algunos poco claros, me sentía como

avergonzado de ella; tal vez el motivo principal era esa cicatriz espantosa, y

otra bastante profunda que tenía en el vientre como consecuencia de una

operación de peritonitis. Debía centrar mi atención en la parte superior de su

cuerpo para evitar que se me inhibiera el deseo, y esto me generaba una

especie de culpa por mezclar la imaginación con el sexo. De cualquier manera

tenía buen cuidado de que en la casa no se enteraran de su presencia, aunque

vestida era una muchacha agradable y nadie podía sospechar la mordedura del

tigre. Una noche, mientras estaba a solas con ella, mi madre se levantó en

medio de un ataque de sonambulismo y comenzó a ejercitarse en el piano.

Quedé inmóvil sobre el cuerpo de mi compañera de banco y durante un par de

semanas me fue imposible volver a tener con ella relaciones normales.

Solucionamos el problema habilitando parcialmente mi viejo apartamento, al

cual por una razón u otra siempre debía regresar. Ahora había sido ocupado

por una gente conocida, quien sin ningún derecho intentó resistirse a nuestra

presencia; por fin me relegaron a una de las piezas más húmedas, hacia el

fondo, cerca de la cocina. Era mejor, sin embargo, que el apartamento donde

vivía mi familia.

Nunca había sentido tan fuertemente la impresión de ser dominado por un

hueco en mi conciencia. Como una mancha blanca en un cuadro célebre,

como la estrella que falta en el cielo por coincidir con el punto ciego del ojo,

una presencia al mismo tiempo brutal y silenciosa: el ojo de la conciencia

estaba ciego para algo en particular que yo no podía definir, algo que me

negaba a ver, a saber, y ese algo me estaba torturando, tal vez señalándome un

camino que yo no quería seguir. La palabra que no puede decirse, el rostro

que en un sueño no puede verse, porque al darse vuelta la figura de espaldas

despertamos una fracción de segundo antes, por la certidumbre de no poder

tolerarlo; aunque, en este caso, no era nada tan violento ni aterrador. Yo sabía

que con el paso del tiempo podría ir rodeando ese hueco, reconociendo o

iluminando levemente sus bordes, que se harían primero borrosamente

visibles y poco a poco me irían dando las pistas para poder ajustar el dibujo

que faltaba, reconocerlo, aceptarlo sin asustarme. Mientras tanto me sentía

impedido para realizar una serie de cosas y tenía momentos de distracción que

a veces se prolongaban en forma alarmante. Yo, sin embargo, no llegaba a

alarmarme por mis rarezas más que cuando me miraba críticamente con los

ojos de un extraño, o me comparaba con los modelos de salud que

preconizaban los manuales de psicología.

A todo esto, el otoño avanzaba implacablemente hacia el invierno, y al

mismo tiempo se iba demorando con cierta coquetería; cada hoja seca

resonaba estruendosamente al caer sobre las veredas, y en el borde de cada

resonancia se enlazaba con los colores del sol de otoño que habían quedado

grabados para siempre en mi memoria de París.

Pero, como tantas cosas, la reorganización de la familia resultó no ser más

que una ilusión. Pronto llegaron rencores y desavenencias, algunos se fueron

yendo, y mi abuela enfermó gravemente. Sufrió un ataque en un día de fiesta

y yo debí recorrer desesperado, sin saber por qué lo hacía, odiándola como la

odiaba, toda la ciudad en busca de un tubo de oxígeno que al fin me

alquilaron en una estación de nafta. Así fue languideciendo, con intervalos

breves de falsa mejoría, los tubitos de goma permanentemente instalados en la

nariz, la mirada cada vez más lejana, con una conciencia constante de su

verdadero estado, durante semanas y semanas. Yo procuraba evadirme de su

presencia, por más que ella me solicitara continuamente, porque sabía que mis

ojos delataban la absoluta certeza de su muerte próxima y toda aquella cosa

nunca dicha a las claras, todo mi amor incomprensible y todo mi odio

justificado, toda mi indiferencia que no sabía hasta qué punto podía ser real y,

en definitiva, con todo el mal que ella me había hecho, todo mi perdón, por

esa inocencia final.

El entierro fue una ceremonia grotesca, íbamos a pie, porque era más

barato, detrás del coche fúnebre de ridículos arabescos y borlas negras, con

una inmensa cruz arriba y una enorme corona de flores de plástico detrás,

portando una cinta en la que también figuraba mi nombre sin que nadie lo

hubiera solicitado. Yo iba entre mi madre a la izquierda y a la derecha una tía

que no comprendía nada y sentía hondamente todo aquello como algo cierto,

del brazo de ambas, en actitud que aparentaba algo como heroísmo o

dignidad, desmentida por los anteojos negros que protegían del sol a mis ojos

irritados por una noche en vela corriendo trámites burocráticos en la funeraria

y recibiendo pésames. Detrás, toda la familia reunida nuevamente, ahora en

una farsa majestuosa, seguida de un cortejo inmenso de gente desconocida,

gente que ni mi madre ni yo habíamos visto jamás y, probablemente, tampoco

mi abuela. A la mitad del pedregoso camino al cementerio se unió a nosotros

el tonto del pueblo, un hombre babeante, con mocos que le colgaban, que se

puso a trastabillar cerca de la cabina del coche, con su grasienta gorra en una

mano que llevó a la espalda; y de vez en cuando apartaba cuidadosa e

innecesariamente algunas piedras pequeñas del camino, y a veces le hacía

señas al conductor.

Nunca en mi vida me había sentido tan ridículo dije, de pronto, en

voz alta, ante el asombro de mi tía.

Yo estaba pensando lo mismo respondió mi madre con calma. Y

comprendí que eran entendimientos como ése lo que nos había mantenido

unidos, a pesar de todo.

Mi amigo, algunos metros más atrás, iba recogiendo otras anécdotas que

después habríamos de intercambiar en el boliche.

Mi madre trataba de distraer su soledad con las escalas al piano, cada día más

débiles; yo me fui a rumiar mi propia soledad al viejo apartamento. Ahora

estaba nuevamente deshabitado; un caño o una serie de caños habían estallado

en el edificio y el techo se llovía, gota a gota, en muchas de las piezas. La

humedad, siempre característica, ahora se enseñoreaba de la construcción y

había bastado para alejar a los intrusos. No tenía dinero ni fuerzas para pensar

en reparaciones, ni derecho a protestar ante el dueño del edificio, a quien

pagaba un alquiler miserable. Conseguí una serie de platitos metálicos y con

mi amigo tratamos de ordenarlos debajo de ciertas gotas para conseguir al

menos un poco de música. El talento de mi amigo consiguió sin mayores

complicaciones técnicas una estructura armónica muy sólida. Las variaciones

melódicas no tenían demasiada importancia; la obra, continua, iba variando

siempre sutilmente, de tal manera que bastaba su latencia en la memoria para

ser reconocida como siempre la misma, aunque uno estuviera ausente muchas

horas del apartamento; al regresar, y no por monotonía, casi podía decir que

se adivinaba lo que iba a escucharse.

Pero el apartamento ya no era habitable, y debí refugiarme en la pieza del

frente durante el día, y de noche ir a dormir a la casa de mi madre. Esto me

trajo dificultades con mi compañera de banco, quien sólo disponía de las

noches porque su marido era sereno; debía introducirla clandestina,

silenciosamente en la casa; y mi madre, ahora, disponía con mayor libertad de

sus horas y nunca podíamos saber cuándo estaba durmiendo o cuándo iría a

tocar sus escalas en el piano, ni si lo hacía despierta o en estado de

sonambulismo, y a veces tenía que interrumpir en mal momento mis

relaciones con la muchacha para ver si mi madre necesitaba atención. Tal vez

todo habría sido más sencillo si las hubiese presentado formalmente; pero

como no lo había hecho desde un principio, había como un hábito en lo

clandestino y, por otra parte, me seguía avergonzando de aquella cicatriz en la

pierna izquierda. Además no podía quitar a María del centro de mis

esperanzas, como si tuviera la íntima certeza de que ella era la compañera

final que la vida me había destinado.

Por supuesto que hay algo por detrás de la materia dijo mi amigo, y

muy pronto la ciencia deberá reconocerlo o será su fin. Y no me hablen de

energía. Yo pienso más bien en términos de voluntad, o de deseo.

No había vuelto a mencionar el homúnculo, por lo que supuse que había

fracasado también en esa experiencia. Entre nosotros hay cosas que uno de los

dos jamás menciona, y el homúnculo y el tigre son para mí temas prohibidos;

él, por su parte, nunca me habló de aquella otra experiencia que iba a

mostrarme cuando apareció el tigre. Y el tema de María está definitivamente

fuera de nuestras conversaciones.

 —¿Te vas a París? preguntó de pronto, mirándome fijamente.

—¿París? Ah, no, no respondí, distraído, contemplando la columna de

humo que se elevaba de un cigarrillo apoyado en un cenicero que había traído

de allá, con la imagen impresa de un boleto perforado de metro.

A veces me resulta muy fácil hablar de París, pero ahora trato de evitarlo

porque temo repetirme. Tengo conciencia de haberme repetido muchas veces,

pero ahora siento como si se hubiera agotado un ciclo. Son pocas las cosas

vividas allá, y lo principal, ese significado inmenso que tienen para mí la

ciudad y su nombre, y la delicada interacción entre las cosas vistas y sus

antecedentes emocionales, y la historia posterior de mis descubrimientos

acerca de mí mismo con relación a todo esto, bueno, es algo muy difícil de

transmitir y, por otra parte, mi amigo ya conoce todo; lo conoce de una

manera tan minuciosa como puede conocerlo alguien que no sea yo mismo.

—¿Has recibido noticias de Marie? preguntó maliciosamente, sabiendo

que es la pregunta que más puede molestarme. Ambos sonreímos.

Va t’en faire…! le dije. Del corredor y las distintas piezas goteantes

del apartamento llegaba, como formulada mágicamente por una lluvia de un

cielo muy benévolo, la música de las gotas sobre los platitos metálicos.

Haría falta un grabador añadí luego, e hice un gesto vago hacia el fondo de

la casa. No puede perderse todo esto.

—¿Por qué no?

Cierto. ¿Por qué no?

¿Por qué no? Entre tantas cosas perdidas, entre tantos hombres perdidos,

como por ejemplo nosotros, entre tanta cosa que debió ser y no fue, o que fue

no debiendo ser, entre tanta oscuridad, tanto misterio, tanta incapacidad para

vivir

—¿Y esa voluntad, ese deseo, ese psiquismo por detrás de la materia y la

energía?

Tal vez no baste murmuró mi amigo, hundido tanto como yo en un

estado depresivo que habíamos provocado sin querer, casi jugando. Tal vez

no baste. La entropía

Pero, cuando creíamos que todo había terminado, todo estaba recién por

comenzar.



Mario Levrero

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Mario Levrero
Información personal
Nombre de nacimientoJorge Mario Varlotta Levrero Ver y modificar los datos en Wikidata
Nacimiento23 de enero de 1940 Ver y modificar los datos en Wikidata
Montevideo (Uruguay) Ver y modificar los datos en Wikidata
Fallecimiento30 de agosto de 2004 Ver y modificar los datos en Wikidata
Montevideo (Uruguay) Ver y modificar los datos en Wikidata
NacionalidadUruguaya
Información profesional
OcupaciónEscritorfotógrafoeditorcomediante y guionista Ver y modificar los datos en Wikidata

Jorge Mario Varlotta Levrero (Montevideo23 de enero de 1940-Montevideo, 30 de agosto de 2004), más conocido como Mario Levrero fue un escritorfotógrafo, librero, guionista de cómics, columnista, humorista, creador de crucigramas y juegos de ingenio uruguayo. En sus últimos años de vida dirigió un taller literario.1

Biografía[editar]

Mario Levrero vivió la mayor parte de su vida en su ciudad natal, Montevideo, con períodos de residencia más o menos prolongados en otras ciudades uruguayas (PiriápolisColonia), o en Buenos AiresRosario y Burdeos (Francia).

Se desempeñó como librero en La Guardia Nueva, librería de viejo que montó junto a su amigo y socio Jorge Califra en 1959 en la calle Soriano ubicada en su ciudad natal.2​ El nombre de la librería rinde honor al club de tango homónimo que frecuentaba en su juventud. Durante la década del sesenta mantuvo gran interés por el cine y la fotografía. Rodó algunas películas caseras con Califra y se dedicó a ser fotógrafo amateur,3​ estableciendo un laboratorio en una de las habitaciones de su casa.3​ Colaboró principalmente como humorista entre los años 1969 y 1971 en Misia Dura —suplemento semanal de El Popular, periódico vinculado al partido comunista4​ y, en la década del ochenta, en diferentes revistas de Uruguay y Argentina. También fue editor de una revista de entretenimiento y, en sus últimos años, dirigió un taller literario.2

Estilo[editar]

El estilo literario de Levrero muestra influencia de la ciencia ficción y el género policial;3​ también es importante el papel que tienen el humor y la narrativa cómica dentro de sus textos. A pesar de ello, es difícil clasificarlo con uno de los géneros ya mencionados.

Los «raros»[editar]

El crítico uruguayo Ángel Rama lo incluye dentro del grupo de los "raros",5​ una corriente típicamente uruguaya de autores que no pueden encasillarse dentro de ninguna corriente reconocible, aunque tienden a una especie de surrealismo leve. Felisberto HernándezArmonía SomersJosé Pedro Díaz y el propio Levrero son los nombres principales de esta corriente, aunque este último era bastante más joven que el resto, y sobrevivió a todos. De los autores vivos, más jóvenes que Levrero, se incluirían Marosa di Giorgio o Felipe Polleri, quien es el continuador que más se acerca a la categoría.6

Dentro de la tradición uruguaya, Levrero es más asimilable a Felisberto Hernández que al resto de los "raros". En cuanto a los referentes extranjeros presentes en la literatura levreriana, salvo un cierto aire kafkiano que impregna la primera parte de su obra (desde La ciudad),3​ solo podría encontrársele parecidos con la obra de algunos de los surrealistas más atípicos, en particular Leonora Carrington.

Los autores del grupo de “los raros" tienen como característica ser “autocancelantes”, es decir, que no han generado una corriente literaria de seguidores de su estilo, y cada uno es una singularidad dentro de su género. Sin embargo, en el caso de Levrero hay un amplio espectro de escritores más o menos jóvenes que se declaran deudores del estilo del maestro, pero en general se trata de alumnos de sus talleres, y son más deudores de su método de enseñanza que de su obra literaria, entre sus alumnos están Pablo Silva Olazábal7​ y José Miguel Búsquets Apólito.8

Singularidad[editar]

Incluso dentro del grupo de los "raros”, Levrero es singular en su formación y estilo. Su literatura está fuertemente influenciada por la literatura popular. Durante su adolescencia fue ávido lector de ciencia ficciónAsimovRichard MathesonBrian W. Aldiss y Ray Bradbury, así como de novela policíacaRaymond ChandlerChester Himes y Erle Stanley Gardner.3

En su obra hay una fuerte vocación introspectiva6​ que, viéndola en conjunto, da la idea de cierto tipo de escalada desde lo más narrativo hacia lo más cotidiano. El autor lo explica en una entrevista, diciendo que, inadvertidamente, a lo largo de tres décadas su literatura fue recorriendo el camino que va desde el inconsciente colectivo, reflejado en sus primeras novelas, pasando por el subconsciente hasta aflorar en la conciencia y permitirle describir lo que ocurre fuera de sí mismo.2

Ese análisis del conjunto de su obra hace que a pesar de lo muy distinto de sus diversas fases, el conjunto adquiera una coherencia que enriquece los significados de cada libro en general. Otra de las características de la obra levreriana, fruto de su casi maniáticamente preciso uso del idioma, es su engañosa sencillez. Salvo algunos relatos excesivamente experimentales, toda su obra se lee con una fluidez que en ocasiones oculta complejidad de significados que pueden extraerse, ya sea a cada texto por separado o en su conjunto.

En 2016 su libro La novela luminosa fue seleccionado según la prensa española en la sexta posición como una de las mejores novelas de los últimos 25 años en idioma español.9

El taller[editar]

Durante más de veinte años impartió talleres de escritura en Argentina y posteriormente en Uruguay. La primera vez que se dedicó a ello fue en Buenos Aires después de haber trabajado en una editorial como jefe de redacción de revistas.3​ En una entrevista realizada el mismo año en que murió, el escritor habla sobre su experiencia en el taller y explica que hubo una transformación del modo de trabajo que consistió en ir de los juegos a partir de la palabra y de textos ajenos a trabajar con lo que él considera la materia prima de la literatura. En dicha entrevista el escritor habla de su concepción del arte y de la literatura. En ella destaca el trabajo que el escritor debe realizar con su inconsciente para encontrar su estilo personal.7

Homenaje a Mario Levrero a los diez años de su muerte, organizado por la escritora Gabriela Onetto en torno a la temática de los sueños o el universo onírico. Realizado en el café a Deshoras, el 30 de agosto de 2014, Montevideo, Uruguay.

Trayectoria[editar]

Levrero comenzó a publicar a fines de la década de los 60, en editoriales de Montevideo y Buenos Aires. Su obra se compone por partes casi iguales de novelas, en general de no mucha extensión, y recopilaciones de cuentos, muy variables en su tamaño. Hay una tercera zona —la de sus últimos libros—, a los que se les denomina novelas por comodidad, pero que son más bien un género propio, a caballo entre el ensayo, el relato y las memorias.

En el panorama de la literatura uruguaya contemporánea, Levrero surge como el último autor de culto del siglo XX. Su fama fue aumentando a partir de los años 80 pero, paradójicamente, siempre manteniendo un perfil muy bajo. Generó un creciente grupo de seguidores tanto en Uruguay como en Argentina pero nunca alcanzó grandes reconocimientos públicos, salvo una beca Guggenheim en el año 2000, que le permitió dedicarse a la redacción de La novela luminosa. Este diario-relato y su antecesor El discurso vacío se consideran sus obras mayores, por su complejidad fabuladora.

Pero otros lectores prefieren, por su elaboración autónoma, sus novelas de la llamada trilogía involuntaria: La ciudadParís y El lugar. Las tres se centran en la urbe, están escritas en primera persona, eso sí como toda su narrativa, y describen una sensación de atrapamiento a modo del sueño (y del cine mudo) propio del sentimiento del "aislado" que evocan casi todos sus relatos. Y, en último término, libros de relatos inclasificables y de intensidad suma son La máquina de pensar en Gladys y Todo el tiempo.

Mario Levrero en las artes contemporáneas[editar]

Entrada a la muestra Levrero Hipnótico en el Centro Cultural de España en Montevideo

Entre el 13 de diciembre de 2019 y el 30 de mayo de 2020, el Centro Cultural de España en Montevideo presenta la muestra Levrero hipnótico, con la curadoría del doctor en historia del arte Ricardo Ramón Jarne, director del centro, y el doctor en literatura hispanoamericana Matías Núñez.1011​ A partir de la compresión levreriana de la literatura como una forma de “hipnosis12​, la muestra construye un ambiente enrarecido y onírico propio de los escenarios que aparecen en las obras del autor. En este espacio escenográfico, montado sobre el plano en escala 1/1 de su apartamento de la calle Bartolomé Mitre 1376 de Montevideo (donde retomó la escritura de La novela luminosa), se ubican sus ilustraciones, fotografías y películas, los objetos personales que hizo ingresar en sus novelas autoficcionales13​ así como copias facsimilares de los manuscritos de sus obras relevados por el Servicio de Documentación y Archivo del Instituto de Letras de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de Udelar. El resultado es una exposición multidisciplinar e interactiva que cuenta con la participación de artistas como Alfalfa, Brian Mackern, Diego Bianki, Guillermo Ifrán, Jorge Risso, Leandro ErlichLizánManuel Espínola Gómez, Marianella Morena, Hermenegildo SábatSonia PulidoTola Invernizzi, Valentina López Aldao y Víctor Castro, entre otros.141516

Obra[editar]

Novelas[editar]

  • 1970: La ciudad
  • 1972: Diario de un canalla / Burdeos, 1972
  • 1995: Nick Carter (se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo)
  • 1980: París
  • 1982: El lugar
  • 1987: Fauna / Desplazamientos
  • 1989: La Banda del Ciempiés
  • 1996: El alma de Gardel
  • 1996: El discurso vacío
  • 1998: Dejen todo en mis manos
  • 2005: La novela luminosa
  • 2008: Trilogia involuntaria (reúne La ciudadParis y El lugar)

Cuentos[editar]

  • 1970: La máquina de pensar en Gladys
  • 1982: Todo el tiempo
  • 1983: Aguas salobres
  • 1986: Los muertos
  • 1987: Espacios libres
  • 1992: El portero y el otro
  • 2001: Ya que estamos
  • 2003: Los carros de fuego
  • 2019: Cuentos completos

Cómics[editar]

  • 1986: Santo Varón / I (ilustraciones de Lizán)
  • 1988: Los profesionales (ilustraciones de Lizán)
  • 2016: Historietas reunidas de Jorge Varlotta

Otros[editar]

  • 1978: Manual de parapsicología
  • 1986: Caza de conejos
  • 2001: Irrupciones I
  • 2001: Irrupciones II

Bibliografía sobre Levrero[editar]

  • 2008: Conversaciones con Mario Levrero (de Pablo Silva Olazábal; epílogo de Ignacio Echevarría)
  • 2008: Realismos del simulacro: imagen, medios y tecnología en la narrativa del Río de la Plata (de Jesús Montoya Juárez)4
  • 2009: Intrusismos de lo real en la narrativa de Mario Levrero (de Jorge Olivera)5
  • 2013: La máquina de pensar en Mario. Ensayos sobre la obra de Levrero (de Ezequiel De Rosso)
  • 2015: Errante en las moradas interiores. Autoficción y performance en la obra de Mario Levrero (de Matías Núñez)
  • 2016: Escribir Levrero. Intervenciones sobre Jorge Mario Varlotta Levrero y su literatura (de Carolina Bartalini)
  • 2018: Maestros de la escritura (de Liliana Villanueva)17

 

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