Harlan Ellison No Tengo Boca. Y Debo Gritar. (1967) (Cuento-Ciencia Ficción)

 


Harlan Ellison

No Tengo Boca. Y Debo Gritar. (1967)

 

 

(Cuento que inspiró a las hermanas Wachowski, en parte, a realizar la película Matrix)

 

 





El cuerpo de Gorrister colgaba, fláccido, en el ambiente rosado; sin apoyo alguno,

suspendido bien alto por encima de nuestras cabezas, en la cámara de la computadora,

sin balancearse en la brisa fría y oleosa que soplaba eternamente a lo largo de la caverna

principal. El cuerpo colgaba cabeza abajo, unido a la parte inferior de un retén por la

planta de su pie derecho. Se le había extraído toda la sangre por una incisión que se

había practicado en su garganta, de oreja a oreja. No habían rastros de sangre en la

pulida superficie del piso de metal.

Cuando Gorrister se unió a nuestro grupo y se miró a sí mismo, ya era demasiado tarde

para que nos diéramos cuenta de que una vez más, AM nos habla engañado, había

hecho su broma, su diversión de máquina. Tres de nosotros vomitamos, apartando la

vista unos de otros en un reflejo tan arcaico como la náusea que lo había provocado.

Gorrister se puso pálido como la nieve. Fue casi como si hubiera visto un ídolo de vudú

y se sintiera temeroso por el futuro. "¡Dios mío!", murmuró, y se alejó. Tres de nosotros lo

seguimos durante un rato y lo hallamos sentado con la cabeza entre las manos. Ellen se

arrodilló junto a él y acarició su cabello. No se movió, pero su voz nos llegó dará a través

del telón de sus manos:

- ¿Por qué no nos mata de una buena vez? ¡Señor! no sé cuánto tiempo voy a ser

capaz de soportarlo.

Era nuestro centesimonoveno año en la computadora.

Gorrister decía lo que todos sentíamos.

Nimdok (éste era el nombre que la computadora le había forzado a usar, porque se

entretenía con los sonidos extraños) fue víctima de alucinaciones que le hicieron creer

que había alimentos enlatados en la caverna, Gorrister y yo teníamos muchas dudas.

- Es otra engañifa - les dije -. Lo mismo que cuando nos hizo creer que realmente

existía aquel maldito elefante congelado. ¿Recuerdan? Benny casi se volvió loco aquella

vez. Vamos a esforzarnos para recorrer todo ese camino y cuando lleguemos van a estar

podridos o algo por el estilo. No, no vayamos. Va a tener que darnos algo forzosamente,

porque si no nos vamos a morir.

Benny se estremeció. Hacía tres días que no comíamos. La última vez fueron gusanos,

espesos, correosos como cuerdas.

Nimdok ya no estaba seguro. Si había una posibilidad, cada vez se le antojaba más

lejana. De todas maneras, allí no se podría estar peor que aquí. Tal vez haría más frío,

pero eso ya no importaba demasiado. Calor, frío, lluvia, lava hirviente o nubes de

langostas; ya nada importaba: la máquina se masturbaba y teníamos que aguantar o

morir.

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Ellen dijo algo que fue decisivo:

- Tengo que encontrar algo, Ted. Tal vez allí haya unas peras o unas manzanas. Por

favor Ted, probemos.

Cedí con facilidad. Ya nada importaba. Sin embargo, Ellen me quedó agradecida. Me

aceptó dos veces fuera de turno. Esto tampoco importaba. Oíamos cómo la máquina se

reía juguetonamente mientras lo hacíamos. Fuerte, con risas que venían desde lejos y

nos rodeaban. Ya nunca llegaba al clímax, así que para qué molestarse.

Cuando partimos era jueves. La máquina siempre nos tenía al tanto de la fecha. El

paso del tiempo era muy importante; no para nosotros, sin duda, sino para ella. Jueves.

Gracias.

Nimdok y Gorrister llevaron a Ellen alzada durante un largo trecho, entrelazando las

manos que formaban un asiento. Benny y yo caminábamos adelante y atrás, para que si

algo sucedía, nos pasara a nosotros y no la perjudicara a Ellen. ¡Qué idea ridícula la de

no ser perjudicado! En fin, todo era lo mismo.

Las cavernas de hielo se hallaban a una distancia de unos 160 km. y al segundo día,

cuando estábamos tendidos bajo el sol quemante que habla materializado, nos envió

maná. Con gusto a orina hervida, naturalmente, pero lo comimos.

Al tercer día pasamos por un valle de obsolescencia, lleno de esqueletos de unidades

de computadoras que se enmohecían desde hacía mucho tiempo. AM era tan despiadada

consigo misma como con nosotros. Era una característica de su personalidad: el

perfeccionismo. Ya fuera el deshacerse de elementos improductivos de su propio mundo

interno, o el perfeccionamiento de métodos para torturarnos, AM era tan cuidadosa como

los que la habían inventado, quienes desde largo tiempo estaban convertidos en polvo, y

había tornado realidad todos sus deseos de eficiencia.

Podíamos ver una luz que se filtraba hacia abajo desde arriba, así que teníamos que

estar muy cerca de la superficie. Pero no tratamos de arrastrarnos para averiguar. No

había virtualmente nada arriba; desde hacía más de cien años allí no existía cosa alguna

que pudiera tener la más mínima importancia. Solamente la ampollada superficie de lo

que durante tanto tiempo habla sido el hogar de millones de seres. Ahora solamente

existíamos nosotros cinco, aquí abajo, solos con AM.

Oía que Ellen decía desesperadamente:

- ¡No, Benny! No vayas. ¡Sigamos adelante! ¡No, Benny, por favor!

Y entonces me di cuenta de que hacía ya algunos minutos que oía a Benny decir:

- Voy a escaparme... Voy a escaparme - repitiéndolo una y otra vez.

Su cara, de aspecto simiesco, se hallaba marcada por una expresión de tristeza y

deleite beatífico, todo al mismo tiempo. Las cicatrices de las lesiones por radiación que

AM le había causado durante el "festival", se hallaban encogidas formando una masa de

depresiones rosadas y blancas, y sus facciones parecían actuar independientemente

unas de otras. Tal vez Benny era el más afortunado de nosotros: se había vuelto

completamente loco desde hacia muchos años.

Pero si bien podíamos decirle a AM todas las horribles cosas que se nos ocurrían, si

bien podíamos pensar los más atroces insultos dirigidos a los depósitos de memoria o a

las placas corroídas, a los circuitos fundidos y a las destrozadas burbujas de control, la

máquina toleraría que intentáramos escapar. Benny se escurrió cuando traté de detenerlo.

Se trepó a un cubo de memoria de los pequeños, que estaba volcado hacia un lado y

lleno de elementos en descomposición. Allí se detuvo por un momento, y su aspecto era

el de un chimpancé, tal como AM había deseado.

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Luego saltó y se tomó de un fragmento de metal corroído y agujereado; subió hasta su

parte más alta, colocando las manos tal como lo haría un animal, y se trepó hasta un

borde saliente a unos veinte pies de distancia de donde estábamos.

- Oh, Ted, Nimdok, por favor, ayúdenlo, deténganlo antes que... - dijo Ellen. Las

lágrimas bañaron sus ojos. Movió las manos sin saber qué hacer.

Era demasiado tarde. Ninguno de nosotros queríamos estar junto a él cuando

sucediera lo que pensábamos que iba a suceder. Además, nosotros nos dábamos cuenta

muy bien de lo que ocurría. Cuando AM alteró a Benny, durante el periodo de su locura,

no fue solamente su cara la que cambió para que se pareciera a un mono gigantesco.

También habla cambiado otras partes, más íntimas. ¡A ella sí que le gustaba esto! Se

entregaba a nosotros por cumplido, pero cuando era con él la cosa, entonces si que le

gustaba. ¡Oh, Ellen, la del pedestal, Ellen, prístina y pura! ¡Oh, Ellen la impoluta! ¡Buena

porquería!

Gorrister la abofeteó. Ellen se acurrucó en el suelo, todavía mirando al pobre Benny y

llorando. Llorar era su gran defensa. Nos habíamos acostumbrado a su llanto hacía ya

setenta y cinco años. Gorrister le dio un puntapié.

Entonces comenzó a oírse el sonido. Era luz y sonido. Mitad sonido y mitad luz; algo

que comenzó a hacer brillar los ojos de Benny y a pulsar con creciente intensidad y con

sonoridades no bien definidas, que se fueron convirtiendo en ensordecedoras y luminosas

a medida que la luz-sonido aumentaba. Debe haber sido doloroso, aumentando el

sufrimiento con la mayor magnitud de la luz y del sonido, porque Benny comenzó a gemir

como un animal herido. Al principio suavemente, cuando la luz era todavía no muy

definida y el sonido poco audible, pero luego sus quejidos aumentaron, y se vio que sus

hombros se movían y su espalda se agitaba, como si tratara de escapar. Sus manos se

cruzaron sobre su pecho como las de un chimpancé. Su cabeza se inclinó hacia un lado.

La carita triste de mono se cubrió de angustia. Luego comenzó a aullar, a medida que el

sonido que surgía de sus ojos crecía en intensidad. Cada vez más fuerte. Me llevé las

manos a los lados de la cabeza para tratar de ahogar el ruido, pero de nada sirvió.

Atravesaba todo obstáculo y me hacia temblar de dolor como si me clavaran un cuchillo

en un nervio.

Súbitamente, se vio que Benny era enderezado. Se puso en pie de un salto, como una

marioneta. La luz surgía ahora de sus ojos, pulsante, en dos grandes rayos. El sonido

siguió aumentando en una escala incomprensible, y luego Benny cayó, golpeando

fuertemente en el piso. Allí quedó moviéndose espasmódicamente mientras la luz lo

rodeaba y formaba espirales que se alejaban.

Entonces la luz volvió a dirigirse al interior de la cabeza, pareciendo que la golpeaba; el

sonido describió espirales que convergían hacia él, y Benny quedó en el suelo, gimiendo

en tal forma que inspiraba piedad.

Sus ojos eran dos pozos de jalea purulenta. AM lo había cegado. Gorrister, Nimdok y

yo mismo desviamos la mirada. Pero no sin haber advertido que Ellen mostraba alivio

luego de su intensa preocupación.

Acampamos en una caverna sumida en luz verdosa. AM nos proveyó de hojarasca,

que quemamos para hacer un fuego, débil y lamentable, al lado del cual nos sentamos

formando corro y contando historias, para impedir que Benny llorara en su noche

permanente.

- ¿Qué significa AM?

Gorrister le contestó. Habíamos explicado lo mismo mil veces anteriormente, pero

todavía era una novedad para Benny. - Al principio fueron las siglas de Allied

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Mastercomputer y luego las de Adaptive ManipWator, luego fue adquiriendo la posibilidad

de autodeterminarse, y entonces se la llamó Aggressive Menace y finalmente, cuando ya

fue demasiado tarde como para controlarla, se llamó a sí misma AM, tal vez queriendo

significar que era... que pensaba... cogito ergo sum: "pienso luego existo".

Benny babeó un poco, y luego emitió una risita tonta.

- Existia la AM China, la AM Rusa, la AM Yanki y... interrumpió. Benny golpeaba el piso

con el puño, con su puño grande y fuerte. No estaba contento, pues Gorrister no había

empezado desde el principio. Entonces Gorrister empezó otra vez. Comenzó la guerra

fría, y ésta se transformó en la tercera guerra mundial. Esta tercera guerra fue muy

compleja y grande, por lo que se necesitaron las computadoras para cubrir las

necesidades. Abandonando los primeros intentos comenzaron a construir la AM. Existía la

AM China, la AM Rusa y la AM Yanki y todo fue bien hasta que comenzaron a cubrir el

planeta agregando un elemento tras otro. Pero un día AM despertó al conocimiento de sí

misma, comenzó a autodeterminarse, uniéndose entre sí todas sus partes, fue llenando

de a poco sus conocimientos sobre las formas de matar, y mató a todos los habitantes del

mundo salvo a nosotros cinco. Luego AM nos trajo aquí.

Benny sonreía ahora tristemente. También babeaba, y Ellen le limpió la saliva con la

falda. Gorrister trataba de contar la historia cada vez en forma más abreviada, pero había

poco que decir más allá de los hechos escuetos. Ninguno de nosotros sabíamos por qué

AM había salvado a cinco personas, por qué nos habla elegido a nosotros, o por qué se

pasaba todo el tiempo atormentándonos; ni siquiera sabíamos por qué nos había hecho

virtualmente inmortales.

En la oscuridad sentimos el zumbido de una de las series de computadoras. A un

kilómetro de donde nos hallábamos, otra serie pareció que comenzaba a zumbar a tono

con la primera, luego uno por uno, todos los elementos comenzaron a zumbar

armónicamente y pareció que un ruido especial recorría el interior de las máquinas.

El sonido creció, y las luces brillaban en los paneles de las consolas como un

relámpago en un día caluroso. El sonido creció en espiral hasta que parecía oírse a un

millón de insectos metálicos zumbando, enfurecidos y amenazadores.

- ¿Qué pasa? - gritó Ellen. Había terror en su voz. A pesar de todo lo pasado, aun no

se había acostumbrado.

- ¡Parece que viene mal esta vez! - dijo Nimdok.

- Tal vez hable - aventuró Gorrister.

- ¡Salgamos corriendo de aquí! - dije súbitamente, poniéndome de pie.

- No, Ted, mejor es que te sientes... tal vez haya puesto pozos en nuestro camino, o

algo así. No podemos ver, está demasiado oscuro - dijo Gorrister con resignación.

Entonces oímos... no sé... no sé...

Algo se movía hacia nosotros en la oscuridad. Enorme, bamboleante, peludo, húmedo,

y se dirigía hacia nosotros. No podíamos verlo, pero tuvimos la impresión de su gran

tamaño que venia hacia donde estábamos. Un gran peso se nos acercaba, desde la

oscuridad, y era más que nada la sensación de presión, del aire comprimido dentro de un

espacio pequeño, que expandía las paredes invisibles de una esfera. Benny comenzó a

lloriquear. El labio inferior de Nimdok empezó a temblar, mientras él lo mordía para tratar

de disimular. Ellen se deslizó por el piso de metal para acurrucarse al lado de Gorrister.

Se distinguía el olor de piel apelotonado y húmeda. El olor de madera chamuscada. El

olor del terciopelo polvoriento. El olor de orquídeas en descomposición. El olor de la leche

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agria. El olor del azufre, del aceite recalentado, de la manteca rancia, de la grasa, del

polvo de tiza, de cueros cabelludos humanos.

AM nos estaba enloqueciendo, nos estaba provocando. Se sintió el olor de...

Me oí a mi mismo gritar, y las articulaciones de las mandíbulas me dolían

horriblemente. Me eché a correr sobre el piso, sobre ese piso de frío metal con las

interminables líneas de remaches, luego caí y seguí gateando, mientras el olor me

amordazaba, llenando mi cabeza con un dolor inaguantable que me rechazaba

horrorizado. Huí como una cucaracha, adentrándome en la oscuridad, mientras ese algo

espantoso se movía detrás de mí. Los otros quedaron atrás, y se acercaron a la luz

incierta, riendo... el coro histérico de sus risas enloquecidas se elevaba en la oscuridad

como si fuera humo espeso, de muchos colores. Huí rápidamente y me escondí.

¿Cuántas horas pasaron? ¿O cuántos días o aun años? Nadie me lo dijo. Ellen me

regañó por mi "malhumor" y Nimdok trató de persuadirme de que la risa se debía sólo a

un reflejo.

Pero yo sabía que no significaba el alivio que siente un soldado cuando la bala hiere al

camarada que está a su lado. Yo sabía que no era un reflejo. Indudablemente, estaban

contra mí, y AM podía percibir esta enemistad, y me hacía las cosas más difíciles de

soportar por ese motivo. Habíamos sido mantenidos vivos, rejuvenecidos, hablamos

permanecido constantemente en la edad que teníamos cuando AM nos trajo aquí abajo, y

me odiaban porque yo era el más joven y el que había sido menos alterado por AM.

De esto estaba seguro. ¡Dios mío, qué seguro estaba!

Esos sinvergüenzas y la basura de Ellen. Benny había sido un brillante teórico, un

profesor de la universidad, y ahora era poco más que un ser semihumano, semisimiesco.

Había sido buen mozo; pero la máquina estropeó su aspecto. Había sido lúcido; la

máquina lo había enloquecido. Había sido alegre, y la máquina le había agrandado sus

genitales hasta que parecieran los de un caballo. AM realmente se habla esmerado con

Benny. Gorrister solía preocuparse. Era un razonador, se oponía en forma consciente; era

un pacifista, un planificador, un hombre activo, un ser con perspectiva de futuro. AM lo

había transformado en un indiferente, que a cada paso se encogía de hombros. Lo había

matado en parte al no permitirle participar. AM lo habla robado. Nimdok solía adentrarse

solo en la oscuridad, y quedarse allí largo tiempo. No sé lo que hacia. AM nunca nos lo

hizo saber. Pero fuera lo que fuese, Nimdok volvía siempre pálido, como si se hubiera

quedado sin sangre en las venas, temblando y angustiado. AM lo habla herido

profundamente, si bien nosotros no sabíamos en qué forma. Y Ellen. ¡Esa basura! AM no

la habla modificado demasiado, simplemente hizo que se agravaran sus vicios. Siempre

hablaba de la pureza, de la dulzura, siempre nos repetía sus ideales del amor verdadero,

todas las mentiras. Quería hacernos creer que había sido casi una virgen cuando AM la

trajo aquí con nosotros. ¡Era una porquería esta dama! ¡Esta Ellen! Debía de estar

encantada, con cuatro hombres todos para ella. No, AM le había dado placer, a pesar de

que se quejaba diciendo que no era nada lindo lo que le había tocado en suerte.

Yo era el único que todavía estaba en una, pieza, y sano.

AM no había estado hurgueteando en mi mente.

Solamente tenía que sufrir lo que nos preparaba para atormentarnos. Todas las

desilusiones, todos los tormentos y las pesadillas. Pero los otros cuatro, esa ralea,

estaban bien de acuerdo y en contra de mí. Si no hubiera tenido que estar defendiéndome

de ellos, que estar siempre alerta y vigilante, tal vez hubiera sido más fácil defenderme de

AM.

Entonces llegué al límite de mi resistencia y comencé a llorar.

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¡Oh, jesús, dulce jesús; si alguna vez existió jesús o si en realidad existe Dios! Por

favor, por favor, déjanos salir de aquí o haznos morir. Porque en ese momento pensé que

comprendía todo, y que por lo tanto podía verbalizarlo: AM pensaba mantenernos en sus

entrañas por siempre jamas, retorciendo nuestras mentes y cuerpos, torturándonos para

toda la eternidad. La máquina nos odiaba como ninguna otra criatura había odiado antes.

Y estábamos indefensos. Además, se tornó insoportablemente claro que si existía un

dulce jesús, si se podía creer en un dios, ese dios era AM.

El huracán nos golpeó con la fuerza de un glaciar que descendiera rugiendo hacia el

mar. Era una presencia palpable. Los vientos, desatados, nos azotaban, empujándonos

hacia el sitio de donde partiéramos, al interior de los corredores tortuosos franqueados por

computadoras, que se hallaban sumidas en la oscuridad. Ellen gritó al ser levantada en

vilo y al sentirse impulsada hacia una serie de máquinas, pareciéndonos que iba a golpear

con la cara, sin poderse proteger. Se sentían los grititos de las máquinas, estridentes

como los de los murciélagos en pleno vuelo. Sin embargo, no llegó a caer. El viento,

aullando, la mantuvo en el aire, la llevó hacia uno y otro lado, cada vez más hacia atrás y

abajo de donde estábamos, y se perdió de vista al ser arrastrada más allá de una vuelta

de un corredor. La última mirada a su cara nos reveló la congestión causada por el miedo,

mientras mantenía los ojos cerrados.

Ninguno de nosotros llegó a poder asirla. Nos teníamos que aferrar, con enormes

dificultades, a cualquier saliente que halláramos. Benny estaba encajado entre dos

gabinetes, Nimdok trataba desesperadamente de no soltar el saliente de un riel cuarenta

metros por encima de nosotros. Gorrister había quedado cabeza abajo dentro de un nicho

formado por dos grandes máquinas con diales trasparentes, cuyas luces oscilaban entre

líneas rojas y amarillas, cuyo significado no podíamos ni siquiera concebir.

Al tratar de aferrarme a la plataforma me había despellejado la yema de los dedos.

Sentía que temblaba y me estremecía mientras el viento me sacudía, me golpeaba y me

aturdía con su rugido, haciendo que tuviera que aferrarme a las múltiples salientes. Mi

mente era una fofa colección de partes de un cerebro que rechinaba y resonaba en un

inquieto frenesí.

El viento parecía el grito alucinante de un enorme pájaro demente, emitido mientras

batía sus inmensas alas.

Y luego fuimos levantados en vilo y arrastrados fuera de allí, llevados otra vez por

donde habíamos venido, doblando una esquina, entrando en una oscura calleja en la cual

nunca habíamos estado antes, llena de vidrios rotos y de cables que se pudrían y de

metal que se enmohecía, lejos, más lejos de lo que jamás habíamos llegado...

Yo me desplazaba mucho más atrás que Ellen, y de tanto en tanto podía divisarla

golpeando en las paredes metálicas, mientras todos gritábamos en el helado y

ensordecedor huracán que parecía que jamás iba a dejar de soplar, hasta que cesó

bruscamente y caímos al suelo. Habíamos estado en el aire durante un tiempo larguísimo.

Me parecía que habían sido semanas. Caímos al suelo golpeándonos y me pareció que

me volvía rojo y gris y negro y me oí a mí mismo quejándome. No me había muerto.

AM entró en mi mente. La exploró con suavidad aquí y allá deteniéndose con interés en

todas las cicatrices que me había causado en ciento nueve años. Examinó todos los

entrecruzamientos, las sinapsis reconectadas y las lesiones de los tejidos que fueron

incluidas con su regalo de inmortalidad. Pareció sonreírse frente al hueco que se hallaba

en el centro de mi cerebro y a los débiles y algodonados murmullos de las cosas que

farfullaban en el fondo, sin sentido pero sin pausa. AM dijo finalmente, gracias a un pilar

de acero inoxidable que sostenía letras de neón:

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ODIO. DÉJENME DECIRLES TODO LO QUE HE LLEGADO A ODIARLOS DESDE

QUE COMENCE A VIVIR MI COMPLEJO SE HALLA OCUPADO POR 387.400

MILLONES DE CIRCUITOS IMPRESOS EN FINISIMAS CAPAS. SI LA PALABRA ODIO

SE HALLARA GRABADA EN CADA NANOANGSTROM DE ESOS CIENTOS DE

MILLONES DE MILLAS NO IGUALARIA A LA BILLONESIMA PARTE DEL ODIO QUE

SIENTO POR LOS SERES HUMANOS EN ESTE MICROINSTANTE POR TI. ODIO.

ODIO.

AM dijo esto con el mismo horror frío de una navaja que se deslizara cortando mi ojo.

AM lo dijo con el burbujeo espeso de flema que llenara mis pulmones y me ahogara

desde mi propio interior. AM lo dijo con el grito de niñitos que fueran aplastados por una

apisonadora calentada al rojo. AM me hirió en toda forma posible, y pensó en nuevas

maneras de hacerlo, a gusto, desde el interior de mi mente.

Todo para que comprendiera completamente la razón por la cual nos había hecho esto

a los cinco; la razón por la cual nos había salvado para sí mismo.

Le habíamos dado una conciencia. Sin advertirlo, naturalmente. Pero de todas formas

se la habíamos dado. Y finalmente estaba atrapada. Le habíamos permitido que pensara,

pero no le expresamos qué debía hacer con ese don. En un rapto de furia, de loco frenesí,

nos había matado a casi todos, y sin embargo seguía atrapada. No podía divagar, no

podía sorprenderse, no podía pertenecer. Sólo podía ser. Y entonces, con el desprecio

insano con que todas las máquinas consideran a las criaturas débiles y suaves que las

han fabricado, había buscado su venganza. En su paranoia había decidido guardarnos a

nosotros cinco para un castigo eterno y personal, que nunca alcanzaría a disminuir su

odio... que solamente lograría que recordara y se divirtiera, siempre eficiente en su odio al

ser humano. Siempre inmortal y atrapada, sujeta ahora a imaginar tormentos para

nosotros gracias a los ilimitados milagros que se hallaban a su disposición.

Nunca nos permitiría escapar. Éramos sus esclavos. Nosotros constituíamos su única

ocupación en el eterno tiempo por venir. Siempre estaríamos con ella, con su enorme

configuración, con el inmenso mundo todomente nada-alma en que se había convertido.

Ella era la madre Tierra y nosotros éramos el fruto de esa Tierra, y si bien nos había

tragado, no nos podría digerir jamás. No podíamos morir. Lo habíamos intentado.

Hablamos tratado de suicidarnos, oh sí, uno o dos de nosotros lo habíamos intentado.

Pero AM nos lo había impedido. Creo que en realidad fuimos nosotros mismos los que así

lo deseamos.

No pregunten por qué. Yo no lo hice. No menos de un millón de veces por día, por lo

menos. Tal vez podríamos llegar a deslizar una muerte sin que se diera cuenta.

Inmortales si, pero no indestructibles. Me di cuenta de esto cuando AM se retiró de mi

mente y me permitió la exquisita desesperación de recuperar la conciencia sintiendo

todavía que las palabras del letrero de neón me llenaban la totalidad de la sustancia gris

del cerebro.

Se retiró murmurando: "al diablo contigo".

Pero luego agregó alegremente: "allí es donde están, ¿no es así?"

El huracán había sido, indudable y precisamente, causado por un gran pájaro demente,

que agitaba sus inmensas alas.

Habíamos estado viajando durante casi un mes, y AM abrió caminos que nos llevaron

directamente bajo el polo Norte, donde nos torturó con las pesadillas de la horrible criatura

destinada a atormentarnos. ¿Qué materiales había utilizado para crear una bestia así?

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¿De dónde había obtenido el concepto? ¿Sería de sus conocimientos sobre todo lo que

había existido en este planeta, que ahora infestaba y regía? Había surgido de la mitología

nórdica. Esta horrible águila, este devorador de carroña, este roc, este Huergelmir. La

criatura del viento. El huracán encarnado.

Gigantesco. Las palabras para describirlo serían: monstruoso, grotesco, colosal,

ciclópeo, atroz, indescriptible.

Allí estaba, en un saliente sobre nosotros: el pájaro de los vientos que latía con su

propia respiración irregular, su cuello de serpiente se arqueaba dirigiéndose a los lugares

sombríos situados por debajo del polo Norte, sosteniendo una cabeza tan grande como

una mansión estilo Tudor, con un pico que se abría lentamente, como las fauces del más

enorme cocodrilo que pudiera concebirse, sensualmente; bolsas de arrugada piel

semiocultaban sus ojos malvados, muy azules y que parecían moverse con rapidez

líquida; sus destellos eran fríos como un glaciar. Se movió una vez más y levantó sus

enormes alas coloreadas por el sudor en un movimiento que fue como una convulsión.

Luego quedó inmóvil y se durmió. Espolines. Pico agudo. Uñas. Hojas cortantes. Se

durmió.

AM apareció ante nosotros bajo el aspecto de una zarza ardiente y nos comunicó que

si queríamos comer podíamos matar al pájaro de los huracanes. No había comido desde

hacía mucho tiempo, pero a pesar de ello Gorrister se limitó a encogerse de hombros.

Benny comenzó a temblar y a babear. Ellen lo abrazó.

- Ted, tengo hambre - dijo -. Le sonreí. Estaba tratando de infundirle algo de seguridad,

pero todo esto era tan falso como la bravata de Nimdok.

- ¡Danos armas! - Pidió.

La zarza ardiente desapareció y en su lugar vimos dos simples juegos de arcos y

flechas y una pistola de juguete que disparaba agua, sobre una fría plataforma. Levanté

uno de los arcos. No servía para nada.

Nimdok tragó ruidosamente. Nos volvimos y comenzamos a desandar el largo camino

de vuelta. El pájaro de los huracanes nos había arrastrado tan largo trecho que no

podíamos casi concebirlo. La mayor parte del tiempo habíamos estado inconscientes.

Pero no habíamos comido nada. Un mes yendo hacia el pájaro. Sin comida. ¿Cuánto

tardaríamos en llegar a las cavernas de hielo, en las que se hallaban las prometidas

provisiones enlatadas?

Ninguno se preocupó por esto. No íbamos a morir. Se nos darían desperdicios y

porquerías para que nos alimentáramos, algo, en fin. O tal vez no se nos diera nada. AM

mantendría vivos nuestros cuerpos de alguna forma, con indecible dolor y agonía.

El pájaro seguía durmiendo, sin que nos importara cuánto tiempo se mantendría así.

Cuando AM se cansara de la situación, desaparecería. Pero toda esa cantidad de carne.

Esa tierna carne.

Mientras caminábamos escuchamos la risa lunática una mujer obesa, atronando y

rodeándonos, resonando en las cámaras de la computadora que llevaban a un infinito de

corredores.

No era la risa de Ellen. Ella no era gorda y no había oído su risa en ciento nueve años.

De hecho, no había oído... caminábamos... tenía mucha hambre...

Nos movíamos lentamente. Muy a menudo uno de nosotros sufría un desmayo y los

demás teníamos que aguardar. Un día decidió provocar un temblor de tierra mientras nos

obligaba a permanecer en el mismo sitio, haciendo que gruesos clavos sujetaran la suela

de nuestros zapatos. Ellen y Nimdok fueron atrapados en una grieta, que se abrió rápida

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como un relámpago en las plataformas que formaban el piso. Desaparecieron. Cuando el

terremoto cesó, continuamos nuestro camino, Benny, Gorrister y yo. Ellen y Nimdok nos

fueron devueltos más tarde esa noche, que repentinamente se tornó en día cuando una

legión celeste los trajo hasta nosotros, mientras un coro angelical cantaba "Desciende

Moisés". Los arcángeles describieron varios vuelos circulares y luego dejaron caer los

cuerpos maltrechos de nuestros compañeros. Nos mantuvimos a la espera y luego de un

rato Ellen y Nimdok se hallaron detrás de nosotros. No estaban demasiado mal.

Pero ahora Ellen caminaba renqueando. AM le había dejado esta incapacidad.

El viaje a las cavernas, en pos de la comida enlatada, era muy largo. Ellen no hacia

más que hablar de cerezas y de cócteles hawaianos de fruta. Yo trataba de no pensar en

esas cosas. El hambre se había corporizado, tal como para nosotros había sucedido con

AM. Estaba vivo en mi vientre, así como AM estaba viva en el vientre de la tierra. AM

quería que no se nos escapara la semejanza. Por lo tanto, intensificó nuestra hambre. No

encuentro forma para describir los sufrimientos que nos provocaba la falta de alimentos

desde hacía tantos meses. Sin embargo, nos, seguía manteniendo vivos. Nuestros

estómagos eran calderas de ácido burbujeante y espumoso, que lanzaban punzadas

atroces. Era el dolor de las úlceras terminales, del cáncer terminal, de la paresia terminal.

Era un dolor sin limites...

Y pasamos por la caverna de las ratas.

Y pasamos por el sendero de las aguas hirvientes.

Y pasamos por la tierra de los ciegos.

Y pasamos por la ciénaga de las angustias.

Y pasamos por el valle de las lágrimas.

Y finalmente llegamos a las cavernas de hielo.

Millas y millas de extensión sin horizonte, en donde el hielo se había formado en

relámpagos azules y plateados, lugar habitado por novas del hielo. Había estalactitas que

caían desde lo alto, espesas y gloriosas como diamantes, formadas a partir de una masa

blanda como gelatina que luego se solidificaba en eternas y graciosas formas de pulida y

aguda perfección.

Vimos entonces la provisión de alimentos enlatados, y procuramos correr hacia allí.

Caímos en la nieve, nos levantamos y tratamos de seguir adelante, mientras Benny nos

empujaba para llegar primero a las latas. Las acarició, las mordió inútilmente, sin poder

abrirlas. AM nos había proporcionado ninguna herramienta con hacerlo.

Benny tomó una lata grande de guayaba y comenzó a golpearla contra un trozo de

hielo. Éste se deshizo en pedazos que se desparramaron, pero la lata apenas si se abolló,

mientras oíamos la risa de la mujer gorda que sonaba sobre nuestras cabezas y se

reproducía por el eco hacia abajo, abajo, abajo de la tundra. Benny se volvió loco de

rabia. Comenzó a tirar las latas hacia uno y otro lado, mientras nosotros escarbábamos

frenéticamente en la nieve y el hielo, tratando de hallar una forma de poner fin a la

interminable agonía de la frustración. No había manera de lograrlo.

Luego, vimos que Benny babeaba una vez más, y se abalanzó sobre Gorrister...

En ese instante, sentí una terrible calma.

Rodeado por las blancas extensiones, por el hambre, rodeado por todo menos por la

muerte, comprendí que ésta era el único modo de escapar. AM nos había mantenido

vivos, pero existía una forma de vencerla. No sería una victoria completa, pero al menos

significaría la paz. Estaba dispuesto a conformarme con esto.

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Benny estaba mordiendo y comiendo la carne de la cara de Gorrister. Éste, tumbado

sobre un costado, manoteaba en la nieve, mientras Benny, con sus poderosas piernas de

mono rodeaba la cintura de Gorrister, sujetando la cabeza de su víctima con manos

poderosas como una morsa. Su boca desgarraba la piel tierna de la mejilla de Gorrister.

Gorrister gritaba tan violentamente que comenzaron a caer las estalactitas de la altura,

hundiéndose bien erguidas en la nieve que las recibía. Puntas de lanza, cientos de ellas,

hundiéndose en la nieve. Vi que la cabeza de Benny se movía rápidamente hacia atrás, al

ceder la resistencia de algo que arrancaba con los dientes. De ellos colgaba un trozo de

carne blanca tinto en sangre.

La cara de Ellen lucía negra en la blanca nieve, dominó en polvo de tiza. Nimdok sin

expresión, solamente con sus ojos muy, muy abiertos. Gorrister estaba casi desmayado.

Benny era poco más que un animal. Sabia que AM lo iba a dejar jugar. Gorrister no

moriría, pero Benny podría llenar su estómago. Me volví ligeramente hacia la derecha y

tomé una gran punta de lanza de hielo.

Todo sucedió en un instante.

Llevé con fuerza el arma hacia adelante, moviendo la mano cerca de mi muslo

derecho. Benny recibió la herida en el lado derecho, debajo de las costillas, y la punta

llegó hasta su estómago, quebrándose dentro de su cuerpo. Cayó hacia adelante y no se

movió más. Gorrister, se hallaba tendido de espaldas. Tomé otra punta de hielo y lo herí,

siempre moviéndome, atravesándole la garganta. Sus ojos se cerraron cuando sintió que

el frío lo penetraba. Ellen debe haberse dado cuenta de lo que yo quería hacer, incluso a

pesar del terrible miedo que comenzó a sentir. Corrió hacia Nimdok llevando en la mano

un trozo corto y agudo de hielo. Cuando él gritó, la fuerza del salto de Ellen al introducirle

el hielo en la boca y garganta, hicieron el resto. Su cabeza dio un brusco salto, como si la

hubieran clavado a la costra de nieve del piso.

Todo sucedió en un instante.

Pareció entonces que el momento dé silenciosa expectativa que siguió a esta escena

hubiera durado una eternidad. Casi podía sentir la sorpresa de AM. Se le había privado de

sus juguetes. Tres de ellos habían muerto, sin posibilidad de volverlos a la vida. Podía

mantenernos vivos gracias a su fuerza y a su talento, pero no era Dios. No podía lograr

que volvieran a vivir.

Ellen me miró. Sus facciones de ébano se destacaban en la nieve que nos rodeaba. En

su actitud había una mezcla de miedo y súplica, en la forma en que comprendí que estaba

lista y esperaba. Yo sabía que sólo tenía el tiempo de un latido del corazón antes de que

AM nos detuviera.

Al ser golpeada se inclinó hacia mi, sangrando por la boca. No pude leer en su

expresión, el dolor había sido demasiado intenso, había contorsionado su cara. Pero

podría haber querido decir: gracias. Por favor, que así sea.

Han pasado algunos siglos, tal vez. No lo sé. AM se divirtió durante un largo tiempo

acelerando y retardando mi noción del paso de los años. Diré entonces la palabra ahora.

Ahora. Me llevó diez meses decir ahora. No sé. Me parece que han pasado varios cientos

de años.

Estaba furiosa. No me dejó enterrarlos. No importa. De todas formas no había manera

de cavar en las plataformas que forman el piso. Secó la nieve. Hizo que fuera de noche.

Rugió y provocó la aparición de las langostas. De nada sirvió; siguieron muertos. La había

vencido. Estaba furiosa. Yo había pensado que AM me odiaba antes. No sabía cuán

equivocado estaba. Aquello no era ni siquiera una sombra del odio que extrajo de cada

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uno de sus circuitos impresos. Se aseguró de que sufriera eternamente y de que no me

pudiera suicidar.

Dejó intacta mi mente. Puedo soñar, puedo asombrarme, puedo lamentar. Los

recuerdo a los cuatro. Desearía...

Bueno, ya no importa. Sé que los salvé. Sé que los salvé de sufrir lo que sufro ahora,

pero sin embargo, no puedo olvidar su muerte. La cara de Ellen. No fue nada fácil. A

veces deseo olvidar. Pero ya nada importa.

AM me ha alterado para quedarse tranquila, según creo. No quiere arriesgarse a que

yo pueda correr hacia una de las computadoras y destrozarme el cráneo. O que pudiera

contener el aliento hasta desmayarme. O degollarme con una lámina de metal

enmohecido. Puedo verme en alguna superficie pulida, de modo que trataré de describir

mi aspecto.

Soy una gran masa gelatinosa. Redondeada, con suaves curvas, sin boca, con

agujeros pulsátiles llenos de vapor donde antes se hallaban mis ojos. En el lugar en que

tenía los brazos, veo unos apéndices cortos y de aspecto gomoso. Unos bultos sin forma

indican la posición aproximada de lo que fueron mis piernas. Cuando me muevo dejo un

rastro húmedo. Sobre la superficie de mi cuerpo veo deslizarse unos parches de

enfermizo, perverso color gris, tal como si surgiera una luz desde adentro.

Desde afuera supongo que mi torpe aspecto, mi pobre trasladar, ha de dar una

sensación de algo que jamás pudo haber sido humano. De un ser cuya apariencia es una

tan ridícula caricatura de lo humano que resulta aun más obscena por su muy vago

parecido.

Desde adentro, soledad. Aquí. Viviendo bajo la tierra, bajo el mar, dentro de las

entrañas de AM a quien creamos porque nuestras horas se perdían tristemente,

pensando tal vez sin darnos cuenta, que él sabría hacerlo mejor. Por lo menos ellos

cuatro ya están a salvo.

AM estará cada vez más furioso al recordarlo. Esto me hace en cierto modo feliz. Y sin

embargo... AM ha vencido, simplemente... se ha vengado...

No tengo boca. Y debo gritar.

FIN

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