Felisberto Hernández-Cosas que me gustaría que pasaran





Felisberto Hernández-Cosas que me gustaría que pasaran:

 

 

 

 

Estaría sentado en el césped de un pequeño bosque.

Pensaría en otras cosas que no tendrían nada que ver con el bosque.

Pero de pronto estaría distraído y miraría de arriba a abajo los grandes

árboles.

Después, los troncos de los grandes árboles me interrumpirían la visión

de las personas que cruzaban a alguna distancia.

Una de ellas caminaría levantando un poco de polvo y yo me daría

cuenta de que por allí cruzaba un camino polvoriento.

Pero antes de terminar de suponerme el camino, cruzaría una mujer

joven.

Sería linda, pero yo no sabía adónde iba, y por qué casi corría.

No se me ocurriría seguirla, ni pensaría que yo tenía tan agradable

pereza; a lo mejor, algún otro día volvería a ver a aquella mujer.

Me levantaría del césped y después estaría en otro lado.

Pero aquella mujer y las demás cosas del pequeño bosque, descansarían

en mi olvido hasta quién sabe cuándo.

Sería de noche.

Yo estaría llegando de la oscuridad de una carretera que tendría quintas

a los lados.

Al entrar en el cruce de una calle empedredada y alumbrada, me

parecería que entraba en un escenario y que sentía miradas sobre mí:

entonces me detendría en una de las esquinas como para esperar algo.

Nadie me miraría a pesar de haber enfrente un boliche concurrido.

Me miraría un hombre que estaría cerca del boliche y en actitud de

esperar el tranvía: ese hombre sería un dramaturgo a quien me hubiera

gustado conocer, pero todavía no se me habría presentado la oportunidad de

que me lo presentaran.

Yo miraría para arriba. En el centro del cruce habría un foco.

La luz, más fuerte que él, estaría metida en las copas de los paraísos que

a esa altura se encontrarían.

Después el dramaturgo tomaría el tranvía y yo entraría en el boliche.

Ahora se me antoja hacer la historia de mi atrevimiento al haber

copiado aquí esas cosas tan simples.

Pensaba hace mucho que si nuestro apreciado pensamiento soñaba con

plantear concretamente el orden y la ponderación de todo lo que hay en el

espíritu, es posible que antes de morir su dueño, las fuerzas espontáneas de

la Naturaleza le despertaran de semejante pesadilla, y se encontrara con que

a veces la realidad es oscura y confusa en sí, y que cuando los escritores y

psicólogos creen haberla aclarado, se refieren a otra cosa; ellos convierten

la realidad oscura en realidad clara, y entonces ésa no es la realidad con su

real color, calidad y condición; que eso que ellos plantean es una realidad

de sus cabezas y no tiene nada que ver con los hechos que espontáneamente

ocurren en el espíritu.

En esa real confusión, tan pronto la vanidad parece que toma de

sirviente al pensamiento como que es el pensamiento el autor de ella, o que

es él quien la hace crecer, etc. Pero sé que al fin nuestro apreciado

pensamiento interviene en nuestros dolores, placeres y sentimientos y

especula para que nuestro espíritu sea superior y nuestra personalidad

cotizada. Hasta cierto grado esto lo sentiría con simpatía; sólo que cuando

la vanidad es demasiado predominante y hace también demasiado

predominante nuestro pensamiento, la vida es una rara tortura. Muchas ve

ces no se tiene resistencia para esta tortura y el paciente se salva; pero otras

veces resiste en ese estado hasta la muerte.

Yo había escrito esto en un cuento:

Aquel tipo que era yo antes de conocerla, tenía la indiferencia del

cansancio. Si la hubiera conocido mucho antes, mucho antes hubiera

gastado mis energías en amarla; pero como no la encontré, esas

energías las gasté en pensar: había pensado tanto, que había

descubierto lo vano y lo falso del pensamiento cuando éste cree que es

en primer término, quien dirige nuestro destino. Y a pesar de esto,

seguía pensando, mis energías seguían atacándome el pensamiento y

sentía el más antipático cansancio. Este tipo que soy yo ahora descansa

en la inquietud de amar a su antojo; pero desde el 19 de mayo —dos

días después de empezar la historia— hasta el 6 de junio —el día en

que yo mismo suspendí la historia porque al día siguiente temprano salí

de la ciudad en que ella vivía— en esos veintidós días que median

entre esas dos fechas, descansé además en sus grandes ojos azules —

también era grande la distancia que había de sus ojos a las cejas, de ese

espacio pintado de azul tenue, y de esa bóveda azul, parecía que

descendía eso que había en sus ojos, eso que me hizo descansar de mis

pensamientos y amarla con toda la amplitud de mis ganas—.

El pensamiento, a pesar de haberse descubierto, insiste y da

explicaciones de por qué insiste. Yo no hubiera querido escribirle en esta

carta cosas del pensamiento y mire cuánto pienso para eliminar el

pensamiento. Este es el castigo de quienes lo atacan: seguir pensando. Sin

embargo ahora mi pensamiento me da explicaciones —y sigue pensando—:

escribir lo que piensa es un medio de muchas posibilidades para eliminar el

pensamiento. Además tengo la esperanza de que atacándolo fuertemente en

los primeros momentos, nuestras cartas se verán más aliviadas de él.

Precisamente, los dos trocitos que copié estaban muy aliviados. Pero no he

hecho todavía toda mi defensa por haber copiado eso, aunque todo lo que

haya dicho me sirva.

Si es cierto que en el recuerdo quedan algunas cosas, por la intensidad

con que el pensamiento ha hecho jugar a los sentimientos, también es cierto

que quedan otras cosas en las cuales el pensamiento ha tenido poca

intervención. Eso ocurre con recuerdos de la niñez; y precisamente, porque

yo creo que en mí algo se quedó niño, es que busco con una sencillez

especial; por eso encontré esa onda de lo desconocido que me interesa.

También me alegran y me gustan los recuerdos de los momentos en que he

sentido la vida con tan poco significado y en ese estado tan sin tensión del

espíritu y del pensamiento.

Todavía un poco más; no crea que cuando nos toma el pensamiento, nos

suelta tan pronto. Aún quiero epilogar explicándole más ampliamente el

objeto de todo cuanto he dicho del pensamiento —precisamente, el tener

objeto es cosa del pensamiento—. Además quiero librar nuestras cartas en

todo lo posible de cosas del pensamiento. Con respecto a mí mismo y con

esa esperanza, es que quise dejar todo eso como medio de que no me

atacara tanto en adelante; con respecto a lo desconocido, hacer más nítida la

onda al especificar que en ella hay poco pensamiento; con respecto al

recuerdo de hechos, pintar los que hayan tenido poca intervención de

pensamientos; con respecto a lo que copié, defender —precisamente el

pensamiento es una cosa de atacar y defender— la simplicidad de las cosas

copiadas; para defenderme también de la falta de ilación —precisamente es

el pensamiento el que hila— y por último, saber si a usted le interesa esa

onda en que le propongo que escriba, porque jamás le pediría que lo hiciera

sobre un tema impuesto, aunque tuviera la esperanza de que sufriera como

ahora, la misma curiosidad que yo.

Si usted me escribe, tampoco se tome trabajo para hacerlo, porque

desearía que le resultara un placer ligero, y que tuviera algo de esa riqueza

de cosas femeninas que hay en usted cuando juega y cuando mueve su

espíritu con tantas alegrías inesperadas.

Un gran saludo.

A Margarita:

No es necesario que lea en seguida esta historia: preferiría que la leyera

en momentos en que no tuviera necesidad ni ganas de pensar en nada —

aunque en ese caso es cuando se piensa en esas cosas…—.

Hace poco tiempo, y en el andén de una pequeña estación, mientras yo

esperaba un ferrocarril que tardaría, se reunieron en mí recuerdos y unos

pensamientos, y me hicieron comprender lo grande que era en mi vida un

deseo sencillo. En el resultado exterior de este deseo, sentía inmensa dicha

en escribir algunas cartas y recibir otras. Era más sencillo todavía el

sentimiento que provocaba este deseo: un sentimiento de alegría tranquila y

lenta, que quería ir a encontrarse con cosas inesperadas, y que al mismo

tiempo las esperaba. Al otro día y cuando estaba en mi pequeña casa —que

está en un barrio alejado, pintoresco y tranquilo— volvió a insistir, —como

insistiría un niño para que le hicieran un cuento—, el inmenso deseo de

escribir algunas cartas y recibir otras. Y en seguida empecé a suponer la

emoción que tendría, al dejar en una carta cosas sentidas en la soledad de

mi pequeña casa; al ir a poner mi carta en medio del barullo de la ciudad; al

volver a mi casa y suponer cómo habría llegado mi carta a la soledad íntima

de una mujer que viviera en medio de una multitud desconocida; y por

último, al pensar en el día que llegara a la tranquilidad de mi barrio

pintoresco, la otra carta, la que traería escondidas algunas de las cosas que

son para esperar.

Todas estas suposiciones no eran muy claras. Unas veces me parecía

que aguardaban y otras que intervenían con disimulo y vaguedad, el

recuerdo y la suposición de mujeres extraordinarias. Pero a medida que mis

pensamientos atacaban los recuerdos, desaparecían más las que imaginaba,

y aparecían las que conocía; entonces todo se volvía más franco y más

claro; cada una de ellas se detenía, y las rodeaban los recuerdos que a cada

una correspondían. A veces los recuerdos de una se enganchaban con los de

otra, y las veía juntas en una entrevista; pero de pronto recordaba una

conversación en que cada una defendía sus encantos, y las volvía a ver

separadas.

Al imaginarme cómo caería una carta mía en el misterio de cada una,

pensaba que por más sencillo que fuera ese misterio, yo tendría la suerte de

no saber qué cosas se producirían en cada espíritu. Y entonces, el inmenso

deseo de sentir ese sencillo misterio, el inmenso deseo de moverlo y ver si

era amigo del mío, me hizo caer en los mismos lugares hacia donde me

habían empujado los pensamientos y los recuerdos que se habían reunido en

mí el día anterior, cuando estaba en el andén de una pequeña estación y

esperaba un ferrocarril que tardaría.

En esos momentos en que pensaba en el misterio de una mujer, el

presentimiento se inquietaba y en el espíritu había algo doble: lo de saber

que había una cosa y lo de querer saber cuál era su forma, lo de sentir que

existía y lo de desear sentir su manera de moverse y de existir.

Otra de las cosas que percibí me ocurrían en el espíritu, era que no

sentía límite ni distancia en el momento de producirse el presentimiento del

misterio de un espíritu, y el deseo de llegar hasta él con los medios que

necesitaría; estas dos cosas estaban más que ligadas, estaban juntas y se

confundían en el momento que nadan; yo no sabía si el presentimiento del

misterio me había despertado el deseo de caminar hacia él, o si el deseo de

caminar me había hecho presentir el misterio. Pero lo que sabía seguro era

que todo eso era la aventura que más deseaba mi espíritu, y que esa

aventura había empezado cuando aquellos recuerdos y aquellos

pensamientos se reunieron.

Al llegar aquí quise distraerme y no pensar en eso; me ponía el pretexto

de que quería planear bien la aventura; pero también sentía como un ligero

temor de gastar esa emoción porque esa emoción se me terminaría.

Entonces, después de haber dominado el interés de seguir pensando en eso,

y cuando hacía y pensaba otras cosas, me atacaba con mucha prudencia y

con cierta contenida emoción, la curiosidad de saber a quién dirigiría mi

primera carta y las cosas que en ella pondría.

Esa misma noche estaba muy contento. Había ido al centro de la ciudad

y me encontraba rodeado de barullo y de personas conocidas. Pero esa

noche, ese barullo, esas personas, y los pedazos de cosas que oía, me dieron

una angustia rara y fea, porque he tenido otras angustias que en recuerdo y

hasta en el momento de ser sentidas, han tenido como algo de bueno;

también han sido más mías y me ha parecido como que mi sentimiento las

comprendía, y la tristeza que habían dejado en el recuerdo era de una

calidad fina; pero angustias como las de aquella noche, eran como cosas

que no pertenecían a mi vida, como incomprensibles para mi sentimiento,

como una enfermedad para la cual mi organismo no hubiera tenido

predisposición, como algo que hubiera llegado a mí equivocado.

Cuando volvía en el tranvía a mi casa, y trataba de sacudirme esa rara y

fea angustia y miraba distraído los cuadros de luces del tranvía al pasar por

las calles y subir las veredas, llegó hasta mí un pensamiento inútil, falso y

vicioso; pensé en lo que hubiera ocurrido si yo hubiera descubierto mi

secreto ante las personas conocidas; ese pensamiento me hacía sentir el

mismo vértigo y la misma sugestión que sentiría si tocara con un pie la

arista del borde de un rascacielos; y sin embargo me fue útil, pues por él

llegué a otros pensamientos que me hicieron ver muchas de las dificultades

que habría de franquear antes que mis cartas cayeran en el abismo del

misterio de las mujeres extraordinarias. Pensé además en muchas

dificultades que no correspondían a mujeres de esa calidad; pero también

me sirvieron para llegar a saber algo de lo común del espíritu. Por más

cultura, por más libertad inteligente que hubiera en una persona, el más

pequeño hecho desacostumbrado que se produjera en el espíritu de otra con

relación al de ella, le produciría siquiera una pequeña reacción, y esa

reacción podría alcanzar a inhibir la espontaneidad. Es menos habitual que

un hombre escriba a una mujer sin la oportunidad del más insignificante

hecho concreto, y sin otra causa que el inspirado deseo de ver cómo siente

la vida otra persona, de mover su misterio y ver si es amigo, y de sentir

todas las cosas que traté de exponer. También es desacostumbrado que

alguien sienta como yo un deseo tan sencillo.

Algo parecido les ocurre a dos personas cuando se encuentran y una se

allega a la otra; pero como eso sería más común, no extrañaría; sin embargo

ese espontáneo movimiento del espíritu es muy parecido al que tengo ahora

al escribir, y la diferencia que habría no sería de actitud; mi deseo podría ser

continuo de ese otro, porque después que dos personas hablaran y

presintieran su afinidad, sería muy natural que también sintieran placer en

que ese intercambio de sensaciones del espíritu y del pensamiento, se

produjera a distancia. En ese caso el intercambio dependería de algo así

como de la velocidad de las personas; para los que somos lentos y nos es

lento el proceso de las sensaciones, es posible que cada hecho del espíritu

tenga más duración y más comentario que en los de sensaciones rápidas; y

entonces, para los lentos, la distancia tiene nuevos matices con respecto a

esa comunicación, y hasta tendría cierta compensación, de alguna cosa que

se produjera en lo vivo cuando se está cerca. Además, por más que cuando

improvisemos ante otra persona, tomemos cosas del fondo de nuestra

experiencia, también es posible que la improvisación nos lleve a traicionar

hasta lo mejor de lo que tendríamos sabido, y ciertos detalles produjeran

ciertas interferencias en el sentimiento de lo verdadero. No es que no crea

tampoco en las otras cosas buenas que hay en el cambio vivo, en todo el

misterio que puede empezar a suscitarse con la presencia física, y hasta en

lo bueno que resulte cuando en el espíritu se producen esas interferencias

que lo mueven y le dan otras posibilidades; pero hay almas en que el

recuerdo de aquellas presencias provoca la creación de otra cualidad de

matices, enriquece el sentimiento con nuevos elementos y con todo lo

desconocido que se puede producir a la distancia, mientras reconstruimos

de alguna manera la presencia física que ahora no tenemos.

Como en varias ocasiones he sido muy feliz hablando con usted de

hechos que ocurren en el espíritu, es que ahora deseo tan intensamente el

reposado y gran placer de hacerlo en esta otra forma; y le he contado

semejante historia para que usted conozca ampliamente mis deseos y tenga

los menores motivos posibles para reaccionar contra ellos.

Si en realidad las cartas que deseo escribir son desinteresadas, ésta tiene

la intención de pedirle que quiera realizar las otras, y por eso desearía que

ésta fuera el prólogo. No pido otra cosa que lo que en ésta di primero:

comentarios de cosas. A pesar de que la última vez que la vi, usted

reaccionó diciéndome que no acostumbraba a contestar cartas, yo tengo la

esperanza de que me escriba: esta carta no tiene el mérito de haber sido

escrita en la seguridad de no ser contestada, —ya ve con qué franqueza le

hablo. Además tendría una inmensa alegría si ésta hubiera llegado a

merecer que usted hiciera una excepción en su costumbre: a pesar de saber

lo fuerte que es en usted la inercia de su vida, no puedo renunciar tan

fácilmente a tan inmenso deseo.

A Irene:

No me acuerdo bien si usted ya había cerrado su pequeño paraguas y

quedaba abierto el mío, grande, cuando hablábamos de aquel hombre que

conocí en mi niñez y al que admiré y quise tanto. Pero recuerdo bien, que

bajo aquella lluvia indecisa y bajo aquel foco y aquel verde de las copas de

los árboles, sentí junto a usted aquello de lo desconocido que tanto hice por

decir en mis cartas. Donde más sentía yo la presión de lo desconocido era al

recordar a ese hombre que ahora no existe; y aquel oscurecer, con su lluvia

imprecisa y su luz artificial y sus árboles y todas las cosas, hicieron una

escena como para que después yo rememorara esos recuerdos. Y ahora al

sentir ese anochecer, me parece que fue mucho más cerca de la época en

que vivió él, que de ésta en que hace pocos días nosotros nos encontramos.

Pero hubo un momento en que esta época en que yo seguía viviendo y él

no, me parecía que tenía algo de falso: el privilegio que yo tenía de existir

después de él sería a expensas de que me fuera a ocurrir algo grave. Sin

embargo, también sentí algo de lo de ahora: cuando yo con mis ojos me caía

en los suyos, recordaba que los de él también eran negros y profundos; y

entonces era cuando sentía con más intensidad lo desconocido: lo

desconocido me miraba con los mismos ojos. Pero al mismo tiempo había

en sus ojos y en su cara otra cosa que me hacían desplazar los momentos en

que sentía lo falso del presente y que hacía que lo desconocido tuviera que

empezar de nuevo. Al mismo tiempo que hablábamos había algo que no

tenía que ver con las palabras; pero las palabras nos servían para atraernos

mutuamente hacia el silencio de cada uno. Ahora me parece que conservo

ese silencio y que en él escribo. Pero en aquel anochecer y al mismo tiempo

que hablaba y desarrollaba inquietamente lo que pensaba, sentía como la

presencia de otros pensamientos; también sentía que estos pensamientos

aparecían y desaparecían, como si en un camino de un bosque, por el cual

yo cabalgara velozmente y sin pensar en otra cosa que en llegar, de pronto

cabalgaran cerca de mí otros jinetes que se perderían en el bosque y que

volverían a aparecer.

A veces, de todas las palabras de mi conversación le hacía sonreír una;

entonces yo miraba extrañado a su cara como a un lago en el que se me

hubiera caído un objeto y viera las ondas que producía sin saber qué objeto

era.

Ahora tengo muchas ganas de recordar algunas cosas y pocas ganas de

escribir. Y usted, en su silencio, ¿no escribe?

A Margarita:

Hoy serían las cuatro de la tarde cuando llegaron a visitarme las jóvenes

y alegres palabras que me enviaron tus manos. Las conocí desde lejos

porque venían como siempre en una pequeña carta azul. Son las once de la

noche y todavía no han terminado su visita.

Cuando todavía no era de noche, llamó en el portón de mi casa un

mensajero: me traía una carta de una amiga: entonces pensé que las

palabras de tu carta habrían aprovechado ese momento para irse; pero

enseguida las sentí reír en mi cabeza. ¿Pasarán toda la vida conmigo? No

comentaré lo que ellas dijeron porque temo se enojen y nunca más me

muestren sus encantos. Además son pocas. Ya no todas quedan sonando en

mi soledad. Ni las que tienen más amplia sonoridad son las que alcanzan los

rincones preferidos. No sé quién las apaga ni cómo es la calidad o el secreto

de su penetración. No sé cuáles son las que logran llegar, posarse y quedar

dormidas sobre los misteriosos objetos que están escondidos desde quien

sabe cuándo en los más oscuros desvanes. Pero allí esperan desconocidos

silencios para levantar de nuevo su apagada sonoridad de recuerdo.

Mándame siempre palabras de larga permanencia.

A Margarita:

Ya sé. Te extraña que desde hace tanto no te escriba. Pero hace mucho

que una noche, el viento cambió de dirección mi desesperación, dobló mi

angustia para otro lado. Me reí de mí como si hubiera descubierto que había

andado con el alma dada vuelta del revés, con las costuras para los demás y

la trama suave para mí mismo. Revisé los oscuros trazos de mis cartas y me

di cuenta de que mis manos se habían equivocado: en lo que dieron y en lo

que esperaban. Había hecho un esfuerzo inútil por deducir un poco de

misterio. Tal vez ese poco lo puse yo. Había sufrido mucho porque aunque

mis amigas tuvieran una libertad inteligente y un espíritu lleno de colores

me escribieron muy poco.

Pero aquella noche que el viento cambió su soplo, alguien desde la

calle, llamó a mi corazón. Y él, desde mi sueño, se deslizó hasta el mundo.

Entonces, como solamente él era capaz de buscar las cosas que me

interesaban, nunca más busqué ni me interesé por nada. Ni siquiera lo he

buscado a él mismo.

 

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